Esta historia fue escrita y subida a Fanfiction entre febrero del 2012 y agosto del 2013, con otro nombre de usuario. Obra registrada en Safe Creative el 6 de julio del 2013, código 1307065389071. -OBRA EN EDICIÓN 2017-


Capítulo 10

A Gianna se le había ocurrido llevarme a tomar aire fresco al mismo lugar que había visitado con Esme antes del secuestro. En tres días caería la nevazón de la historia, ya se hacía sentir el frío. No era una fecha muy apta para contraer matrimonio, al menos por estos lares.

No había analizado el hecho de que fuesen a casarse en una iglesia, con algún reverendo o sacerdote. El toque religioso sí que desencajaba. No encontraba que nadie tuviese fe o que fuesen practicantes o que les valía a ellos una unión de palabra que algo que estuviese firmado. Lo pensaba por lo legal más que nada.

—Mañana al atardecer.

— ¿Ah?

—Que mañana al atardecer es la ceremonia —Gianna me informa.

—Bien por ellos. ¿Puedes conseguirte alcohol? Algo muy dulce. Podría pasar la jornada completa en la bañera con un buen trago.

— ¿Ahora? —Gianna dijo con extrañeza.

—Podría empezar ahora —me encogí de hombros.

— ¿Insinúas que no asistirás mañana?

— ¿Estoy invitada?

—No te hagas la estúpida porque no te queda.

—Pero —no me dejó terminar.

— ¿Tanto te afecta que se case?

—No es eso, es que ¿debo estar aquí? ¿Importa que asista? No soy importante.

—Hazlo por educación siquiera.

—Sí claro. ¿Cuál es el fin de esta conversación?

—Ninguna. Sólo que si ellos te invitaron y gracias a ellos estás viva, es obvio que debes aceptar su invitación.

—No me ha llegado el parte de matrimonio —ironicé—, y gracias a Edward querrás decir. Además, no tengo nada que agradecerle, esa cuenta esta saldada —me paré y pedí que me llevasen de vuelta a la casa.

—Isabella —la delicada voz de Esme me llamó cuando iba subiendo las escaleras. Me volteé y descendí los cuatro peldaños.

—Niña, no sé cómo decir esto —el auto-reproche iba impreso en la oración.

—Estoy bien, no se preocupe.

—Me siento horriblemente culpable, no debí dejar que te fueses a esas horas.

—Lo que sucedió es parte del pasado.

—Eres tan comprensiva… Tengo algo para ti, acompáñame —¿Caminaba más lento o era idea mía? Un tanto agitada se sentó en un sillón poniendo sobre su regazo una enorme caja. Genial, un vestido.

—Es para la boda —sonrió con dulzura.

—Oh, gracias.

—No es nada. Con lo sucedido dudaba que siquiera tuvieses pensado asistir.

—Siendo sincera, pensé que no estaría presente para la fecha.

—Edward no quería dejar que volvieras sin que estuvieses recuperada totalmente.

—Fue un poco obsesivo con eso.

—Lo sé. Mi niño es… ¡Ángela! —la chica no dejó que se levantara y fue a su encuentro.

—Ahora no me moveré más de su lado.

—Querida, al fin llegó el día.

—Buenas tardes —me saludó ella cordial.

—Buenas —respondí—. Con su permiso —proseguí.

—No, quédate Isabella, necesitaremos tu opinión y tu compañía. Rosalie quería hacer una reunión de chicas.

— ¿Una despedida de soltera? —pregunté. ¿Y qué tenía que ver yo con eso?

—Exactamente. Bueno, Ángela se negó rotundamente, así que haremos una comida de damas.

Y yo se suponía que caía en esa categoría… contando que casi, casi follé con el novio. Me dio una tentación de risa, tuve que morderme la lengua para no explotar en carcajadas.

—Más tarde vendrá la madre de Ángela, Alice y nosotras. Ahora podrías ayudarnos a elegir el —que no dijera negligé o algo por el estilo, Ángela no tenía pinta de hacer ese tipo de cosas publica— ramo, aún tenemos que decidirnos entre dos, o mejor dicho esta muchachita.

—Con gusto —me instalé y me quedé como estatua porque mis aportes fueron nulos en el asunto de chicas o consejos para la luna de miel. Me daba la impresión que la chica era virgen, por el rubor en sus mejillas cuando se aludía a algún tema sexual o que era muy recatada.

¿Ángela le recordaría a Elizabeth? Ella parecía más perfecta que yo, su piel más diáfana y su belleza delicada. Casi retrataba la impresión que me dio la descripción de Edward en la penumbra del cuarto cuando creyó que yo dormía. Tenía ese asunto pendiente y yo aquí eligiendo entre rosas o crisantemos.

Ángela parecía tan feliz, enamorada. ¿Qué habrá hecho para conquistarla? ¿Cómo sería su relación? ¿La trataba como a mí? ¿Le hablaba en metáforas? ¿Estaría al tanto de la existencia de Elizabeth?

Delicada, cándida… todo lo opuesto a él. Pura, no como yo. Lo irradiaba, o simplemente es feliz.

No me había dado cuenta que tenía tanta hambre hasta la hora de la cena. Todas reunidas alrededor de la mesa. Ángela era una fiel copia de su madre, sólo que más alta. Las canas se confundían con su cabello claro y las arrugas de su frente le daban un aspecto cansado.

—Pertenecerás a esta familia, cariño, nosotras te cuidaremos —Alice agregó en tono cariñoso en medio de una conversación de nostalgia entre ella y su madre.

Su mirada viajó inmediatamente a mí. Yo soy una prueba viviente de que su protección valía nada. Bueno, no creía que ella se fuese a meter a guaridas o pocilgas del tipo donde fui a parar, pero el punto se entendía.

—Nos tienes a nosotras ante todo —Esme dijo para salir del clima tenso que se creó unos segundos—. ¡Quiero un pedazo de pastel gigante! —dio unas palmaditas. Al momento la servidumbre trajo el postre.

—Alto ahí señora, usted se cuida el azúcar.

—Alice, no me regañes. Es un pastel especial —argumentó como niña pequeña.

—Sólo esta vez lo permitiré, no le digas a Edward.

— ¿Tiene diabetes? —solté curiosa, me llamaba la atención que Alice hiciera tanto hincapié en esto, bueno sus hijos. Cuando le acompañé a comprar me pidió que guardara su secreto.

—Eh, no querida, sólo que debo cuidar el colesterol —no encajaba mucho con lo que pensaba que podía subir los niveles de colesterol en la sangre, pero yo no era médico.

—Pues es mejor que se cuide.

—Eso me lo recuerdan constantemente —dirigió su mirada a Alice.

Mientras comíamos, Alice salió con varios chistes feministas y uno que otro subido de tono. Debía reconocer que la chica era graciosa, extraña, a veces inmadura pero divertida. Como una caricatura en miniatura.

Esme pidió permiso y se retiró de la mesa lo que dio por finalizada la comida. ¿Estaba enferma otra vez?

—Es el estrés —murmuró Alice—. La boda la tiene alterada.

Para la celebración de mi cumpleaños ocurrió algo parecido, lo que había acabado con la posible fiesta. Ahora no parecía estar mal, sólo como dijo Alice, un tanto alterada. Las bodas a quién no alteraban.

La pobre chica tendría que soportar ser la esposa de Edward parecía un cordero en el matadero, sus nervios la dejaban en evidencia. Sus padres estaban locos al dejar que ella uniera su vida a alguien como Edward. Si lo pienso con detenimiento ellos debían tener alguna clase de negocios o amistad muy fuerte para ligar sus familias.

—No te preocupes linda, mañana tendrás la mañana por completo para ti, para que llegues totalmente relajada al altar —Alice le alentó cuando nos levantamos de la mesa.

Deambulé por los corredores buscando a Gianna. En eso di con la habitación de las tres puertas "mágicas". Me detuve a ver si alguien no me había seguido, para mi suerte la puerta no estaba cerrada con pestillo. Me colé. La luz anaranjada se esparcía por el lugar, al parecer la mantenían siempre encendida. El televisor estaba en el suelo, hecho trizas, el catre aún tenía las corbatas colgando en una esquina…

Casi pude sentir la electricidad emanado desde los rincones donde Edward y yo habíamos tenido un encuentro. Donde él me torturó con el fuego de los dardos en mi piel. Ciertamente aquella vez mi atracción por él había comenzado a gestarse. De no ser por Gianna que me esperaba quizás no hubiese salido…

Me senté en la silla donde me había puesto Edward, podría jurar que su olor estaba en el aire. Observé a mí alrededor. La poca visibilidad que otorgaba la luz naranja me impedía concebir con mayor detalle las cosas. El desorden seguía siendo parte de este compartimiento, revisé un mueble, el único que no tenía obstruida su apertura. Armas llenas de polvo fue lo que encontré. Pateé una caja y algo se cayó… un sinnúmero de disquetes. Soplé el polvillo que les cubría, poseían inscripciones, fechas. Databan desde el 1985 al 1995. Estaban deteriorados, seleccioné los de mejor estado y los guardé entremedio de mi brasier. Aunque dudo que pueda ver su contenido, pues encontrar un computador me sería difícil, más aún, uno con disquetera. Fue el único soporte de información que hallé. Seguramente el registro en papel estaba bajo la montonera de cosas empotradas tras los muebles. Flexioné mi cuello hacia atrás, en un intento de quitar la contracción de los músculos por la postura al recoger y ordenar los discos. Reparé en un artilugio que pendía desde el techo. No alcanzaba a estar a ras de la cabeza, pero con la ayuda de una escalera… La silla no me proporcionaba la suficiente altura para poder tomar lo que fuese que caía desde el techo, parecían cadenas pero con otras cosas soldadas, no eran grilletes. O yo no había visto uno así, de forma triangular. ¿Era un aparato de torturas?

Me dije que volvería a averiguarlo. Traería una linterna y hurgaría el cuartucho, mis respuestas se encuentran en este lugar. Lo presentía.

Salí con mucho cuidado y rondé otro tanto hasta dar con mi habitación. Quité los disquetes desde el brasier y los escondí entremedio del colchón. Muy original de mi parte, pero no tenía algún agujero en la pared u otro lugar que sirviese de escondrijo.

— ¿Puedes conseguir un computador viejo? —Gianna me miró con cara de "¿es una broma?".

—Ahora no es el mejor momento para pedirme favores, Bella.

—Gracias —respondí un tanto molesta.

—No te lo tomes personal. El ajetreo por el súper evento me tiene ocupadísima. Puedes tomar mi notebook.

—Reitero las gracias, pero no me sirve.

—Y ¿qué cosa se te ocurrió?

—Por el momento nada, pero necesito averiguar…

—Tus averiguaciones te han costado caro.

—No hace falta que me lo recuerdes —bufé.

—Vale, te dejo en tu averiguación, a diferencia tuya, yo tengo asuntos que atender

Que no hiciera nada no era mi culpa. Yo estaba harta de estar aquí como un adorno o más bien, estorbo. Sin embargo, no podía conseguirme un trabajo, cuidar a Esme no había resultado o mejor dicho no creía que aquello siguiese en pie. Aunque continuaría acercándome a ella, pues me tenía intrigada su debilitamiento y sus comidas especiales.

—Pensé que me apoyarías —se detuvo, volteándose.

—En lo que esté a mi alcance, pero no puedo cometer acciones que comprometan mi trabajo, tengo una familia que mantener y estar involucrada con gente como ellos, más que dejarme sin dinero, puede costarme la vida.

—Me hablas como si no supiese lo que haces, o peor lo que hacen ellos. Comprendo tu preocupación, pero a diferencia tuya, yo sí he perdido lo que más he querido. Estoy sola en esto. ¿O es acaso que te llevé al escondite de los enemigos de Cullen? ¿Estuviste en un estacionamiento de mala muerte atada? ¿Cautiva por un tipo enfermo?

— ¡No sabes cuánto me disgusta que te pongas en ese plan!

— ¿Te he pedido alguna vez algo que te exponga?

—Bella —resopló.

— ¡Nunca! ¡Yo era siempre la que debía arriesgar el pellejo cuando te calentabas con algún guardia de turno! Yo permanecía de cebo expiatorio cada vez que querías ascender y manipulabas a quien estuviese en tu camino.

— ¿Me estás sacando en cara?

— ¡Sí! Lo hago, ¿algún problema? No olvides que donde estás ahora, no sólo es mérito tuyo.

—Eres terriblemente pendeja.

—Es algo que aprendí de ti. Conseguir lo que quiero a cualquier costo. Me sostendré de lo que tenga a mi alcance para lograrlo. Además, no te pido nada más que una puta computadora.

Gianna suspira, rendida.

—Dime niñata insoportable, ¿qué urde tu cabezota impulsiva?

—Tengo información.

—Dele la mula al trigo. Eso lo revisamos y tus cogitaciones terminaron mal. Olvida ya Bella, agradece de estar viva y hazlo en paz.

—No puedo, hice una promesa. La cumpliré a como dé lugar.

—Eres realmente obstinada.

—Me lo han dicho.

—Tendrás tu puta computadora —señaló antes de abandonarme y cerrar la puerta con rabia.

Sonreí para mí misma con suficiencia. Si bien había armado una discusión por algo realmente estúpido, el fin justificaba los medios.

.

.

.


Resultó ser que Gianna me llevó hasta la computadora. Tuve que dirigirme hacia el sector de la servidumbre, a sus habitaciones. En el pequeño sector cabía apenas el minúsculo escritorio con la maquina encima.

—Tienes veinte minutos antes de que lleguen, no los desperdicies. No te traeré de nuevo —sentenció antes de dejarme sola.

El ruido del motor me tenía nerviosa, el monitor era apenas distinguible. Metí un disco, al principio no lo reconoció. Diablos. Intente nuevamente… Apareció una carpeta de nombre "Adquisidores mayo 1985". Se nombraba a países tercermundistas con un listado de características físicas: peso, edad, el lugar de procedencia y hacia donde irían a parar. La información se extendía hacia una lista de órganos con su respectivo precio. Ahí me detuve, la mandíbula se me desencajó. ¡Mierda, era cierto de que traficaban órganos!…

Continúe con los otros, donde se repitieron sus negocios… Armas y un poco de lavado de dinero. Podía notar la transición de negocios a través de los años. El último disquete sólo registraba actividad de las armas, su negocio más reciente.

Anoté lo que más pude y el cronómetro que Gianna dejó en el picaporte chilló. Segundos más tarde asomó su cabeza por la puerta.

— ¿Y?

—Sigo con mis conjeturas —apagué el ordenador.

—Por favor no vayas a meterte en problemas —su voz me decía que su enojo había pasado.

—Eso mismo quisiera yo, pero dado a la situación me costará un poco hacerles el quite a los obstáculos.

— ¿Qué has descubierto? —le contagié la curiosidad.

—Nada. Sólo he confirmado teorías.

—Esta familia debe tener más secretos que Tutankamón —acotó insinuante.

—Los tiene y sobre todo uno que me liga a ellos de manera inexorable.

— ¿Charlie? —asentí. —Vamos, ¿en cuánto comienza la ceremonia?

—En tres horas.

—Será mejor que marchemos, seguramente Esme me espera con el dichoso vestido.

—Bella, esto cambiará los ánimos un poco, por lo que tengo entendido casi nunca hacen celebraciones, o al menos hace algún tiempo.

—Tienes razón, he querido hace mucho embriagarme.

Mi atuendo para el "tan esperado día" estaba sobre la cama. Un vestido de satín color lila, junto a unos stilettos. Me arreglé minuciosamente, casi como si yo fuese quien se casaría. Tomé mi pelo por las sienes, dejando el resto suelto. Apliqué maquillaje y hasta perfume. El vestido era largo, dejaba al descubierto mi espalda y una pierna. Su tonalidad no me agradó, pero no podía protestar. Podía decir que me veía bien, no obstante las marcas en mi piel, las cicatrices hacían que me viera tan vulnerable que por esto las tapaba, sobre todo ahora que la más reciente aún estaba fresca. Así que tomé unos guantes, pero no de seda como era habitual, sino unos de encaje que carecían de dedos, sólo un hilillo que se ajustaba al dedo corazón. Calcé los stilettos y me puse un abrigo negro.

Un automóvil nos acercó hasta una capilla verde. A diferencia de la vez anterior, flores demarcaban un sedero junto a farolas. La capilla rodeada por enredaderas hacía resaltar un arco de flores en su entrada. Era muy sencillo, pero hermoso.

Ya había gente afuera. Sus rostros de alegría contrastaban con su aspecto de hombres de negocios.

Me dejaron a un par de metros. El aire gélido me traspasó, me abracé a mí misma y rogué porque esto acabase pronto. Unos segundos después vislumbré a la familia Cullen, pero no quise acercarme. Las mujeres vestían de lila, distinguí un par más, las damas de honor, supuse. Aunque dudaba que yo fuese una, rogaba que no. No tenía sentido.

— ¡Bella! —Carlisle me llamó.

—Ven, cariño —Esme agregó. Caminé con cautela por los espacios habilitados, no pretendía enterrar los tacones en la tierra.

Lo vi parado en la entrada saludando a los invitados. Me detuve un instante y lo observé. Cuando estuve a un paso de él desvió su atención hacia mí. El verde intenso me traspasó. Estuve a punto de ponerme colorada. Lo que era muy malo, el rubor no me delataría.

—Estás hermosa —ella comentó.

—Gracias —agregue pestañeando para dejar de sentir el peso de sus ojos.

—Vamos adentro, ya hace frío —indicaron. Me ubicaron en segunda fila. Al menos lo de las damas de honor no corría para mí.

No más de cien personas había en la capilla, que, aunque pequeña, albergaba mucha gente. Un Cristo tallado en madera me sorprendió. No era asida a ningún tipo de religión, pero era bello. Cada detalle había sido perfectamente tallado, me trasmitía su dolor. Siempre pensé que el catolicismo tenía una especie de sátira contra ellos mismos, con esto de creer en alguien resucitado y recordar más su muerte que su vida o lo que realimente valía la pena contar, la parte feliz. Asimismo, me hacía pensar en ellos, en la muerte. En aquellas personas que su vida había sido tomada. No hacía falta ser religioso para saber que matar era malo y, por lo tanto, para ellos un pecado.

—Al fin —susurró Esme emocionada. Segundos más tarde, Edward avanzó hacia el altar. Nos pusimos de pie cuando una canción sonó, no era la marcha nupcial, algún otro cántico alusivo a las bodas. Ángela parecía realmente un ángel, el blanco le envolvía tan bien que daba la imagen de un ser celestial, puro y sin mancha. Era hermosa. Se desplazó temblorosamente por el pasillo de la pequeña iglesia. Edward le tomó la mano.

—Nos hemos reunido aquí para… —el sacerdote presidió. Mi conciencia apagó el exterior y mi mente se llenó de pajaritos hasta el momento de "puede besar a la novia" fue imposible pasar por alto esto. No había un ápice de lujuria, nada, el beso me pareció casto. Como si él temiese profanarla. A la salida, Alice me pasó pétalos de rosa o de alguna flor. Los aplausos estallaron.

—Felicidades, hijo —Esme lo abrazó con lágrimas en los ojos. Carlisle le siguió y así. Yo me hice a un lado del tumulto de gente. Un camarero pasó con una bandeja con copas, tomé una de inmediato. Mientras observaba distraídamente las burbujas ascender, su voz me sobresaltó.

— ¿Usted no me va a saludar, señorita Dwyer? —ni medio minuto llevaba casado y ya se había desecho de su esposa.

—Eh… felicidades —murmuré, pero él me abrazó. Lo que me obligó a hacerlo también.

—No olvides que he muerto contigo.

—Tu bipolaridad me saca de quicio.

—Cuida mi alma, Bella, la he dejado contigo.

— ¡Edward! —alguien gritó. Los integrantes de ambos clanes se aglomeraron en la entrada de la capilla para ser fotografiados.

Nos recogieron para llevarnos hasta el lugar de la fiesta. Una casa que no había visto antes. Aún más grande que la mansión de New Orleans, de seguro aquí alojarían a sus invitados.

El primer nivel era completamente de piedra y el suelo de madera, como una bodega de vinos. La misma especie de flor adornaba esta zona. Las mesas estaban distribuidas homogéneamente, con pequeñas palmatorias de oro en su centro con velas encendidas, las cuales sembraban tenue y acogedora luz. La de los recién casados difería del resto en cuanto a forma y distribución. Adelante, mirando al resto.

Me acomodé cerca con algunos familiares. Jacob fue una de las pocas caras conocidas en mi mesa.

Cuando entraron los novios los aplausos retumbaron nuevamente, junto a expresiones de júbilo. Los Cullen en pleno escoltaron a la pareja. Carlisle tomó un micrófono antes de que estos fuesen a instalarse.

—Primeramente, quisiera felicitar a mis hijos —se acercó y besó ambas mejillas, primero de Edward luego de Ángela—. Es una dicha inmensa la que me invade hoy, al ver cómo crece mi familia. Espero tengan un futuro próspero y nos den el privilegio de nietos pronto. De igual manera, les agradezco a ustedes por hacerse participes de nuestra felicidad —alzó una copa y brindó por la unión y el futuro…

La comida pasó rápido. Cuando se levantaron a bailar el vals un hombre moreno bastante corpulento se acercó a la mesa y murmuró algo a Jacob.

—¿Quién es ésta joven?

—Isabella Dwyer, padre —Jacob sonrió.

—Oh, la huésped de Carlisle. Es usted muy bella, tal cual la describió Jacob —él rodó los ojos—. Un gusto, Billy Black.

—El gusto es mío —lo era con creces, él sabía hasta el detalle más sucio sobre sus negocios, su pasado. A Billy iba dirigida la carta de Swan. Después de todo tenía suerte.

— ¿A qué te dedicas?

—Por el momento a nada, señor —le respondí avergonzada.

— ¿Terminaste tus estudios?

—Sí —mis mejillas ardían. Esto es incómodo, como si no hacer nada ahora fuese porque no tenía estudios.

— ¿Te interesaría…? —su móvil sonó—. ¿Me permites un segundo?

—No hay problema —se esfumó de mi vista.

—Le caíste bien —Jacob aprovechó para acercarse y quedar a mi lado.

— ¿Tú crees?

—Claro, él nunca ofrece nada. Me atrevería a decir que eres la primera persona a la que brinda ayuda desinteresadamente.

— ¿Por qué?

—Ni idea. Pero no temas —añadió guiñándome un ojo—. ¿Quieres algo de beber?

—Pues, claro —así pasaron frente a mí muchas copas. ¿Acaso Jacob intentaba emborracharme? Cuando moví mi cabeza bruscamente me di cuenta de que estaba mareada—. ¿Sabes dónde está el baño? —intenté modular lo mejor que pude.

—Si quieres puedo guiarte —eso sí que no, ya bastaba con estar en mis cinco sentidos aturdidos. Digamos que el alcohol me desinhibía demasiado, no quería hacer nada de lo cual arrepentirme. No sumaría más estupideces a mi lista.

—Indícame, puedo llegar.

Nunca di con el baño, pues al segundo que Jacob me dio las indicaciones, mi mente se transformó en un murmullo de voces. Terminé afuera. El aire fresco me despabiló y de seguro me haría peor. Conocía ese extraño efecto del viento cuando bebes en exceso. Me percaté después que iba con un vaso con alcohol firmemente agarrado. Me senté en una roca a pesar de su humedad, con el alcohol en el sistema el frío ya no era un inconveniente. Encendí un cigarrillo, también me pregunté de donde lo había sacado. Cuando éste se consumió, caminé hacia el arroyo, su sonido me distrajo. Oí unos pisos. Mis latidos se aceleraron. Con mis sentidos embotados era propensa a acosos. Traté de no moverme ni hacer ruido y, ante todo, no caer.

— ¿Qué es lo que no puede esperar? Es el matrimonio de mi hijo.

Pude percibir su molestia. A sabiendas de quien se trataba, me concentré para captar su conversación, lo que me costó un esfuerzo tremendo.

—La familia de Esme está presionando, quieren verla.

—Ellos son los que no han querido saber de ella.

—Es su madre —respondió alguien a quien no pude identificar.

—Ella dejó de ser una Masen en el momento que se casó conmigo. —Endureció el tono.

—No puedes negarlo, Carlisle. Hay mucho por pagar. Edward revivió una enemistad.

—Él no tiene la culpa —se lamenta.

—No lo justifiques.

— ¿Qué quieren de ella?

—No estoy al tanto, pero lo ocurrido está fresco en su memoria.

— ¿Será conveniente que hable con ellos?

—Mantente alejado —fue firme en su declaración, como una orden.

— ¡Me niego! Esme ha sufrido estando apartada de su familia, solo lo ha soportado por mí. Siendo sincero, me gustaría que se reconciliara con su pasado. Sé que no son muchos años los que le quedan a mi lado. Volveré a establecer contacto —refutó.

—No me digas que…

—Sí, el daño es degenerativo.

— ¿No hay posibilidad de una nueva intervención?

—Lo dudo, además su cuerpo no lo resistiría.

—¿Los chicos lo saben?

—Por supuesto que no. No expondría a Edward nuevamente. Menos ahora que comienza una nueva etapa en su vida.

—Es lo mejor, amigo. El muchacho necesita centrarse.

—Fue demasiada la presión. Creo que ocupado en los negocios estará al pendiente de otras preocupaciones.

—Lo será, Elizabeth descolocó su mente.

—Era muy bueno, tanto que hasta mí me daba miedo. No soy hipócrita, pero matar a mis enemigos lo hago cuando es estrictamente necesario. Cuando me veo amenazado, es para proteger a mi esposa, a mis hijos. Edward tiene una sed de sangre que no puede ser saciada. Y Elizabeth la llevó al límite.

—El amor por Esme lo hizo hacer lo que hizo, pues buscó por todas partes, se obsesionó. Hasta removió viejos negocios.

—El tráfico de órganos. Fue lo último a lo que se dedicó mi padre. Tú sabes que eso nunca me gustó, dado a los altos costos. Aunque la ganancia era buena, gastábamos mucho tiempo desapareciendo cuerpos, siendo que podía ser utilizado en otras cosas.

—Pues sí, fue una de las primeras cosas que te sugerí.

—Pero después tuve que volver al negocio a regañadientes. Nunca me gustó incluir a Edward. Ese presentimiento absurdo me acompañó ese año completo.

—Volviste a ese negocio por tu mujer.

—No lo justifico, mi hijo salió dañado.

—Pero ¿sabes con exactitud que sucedió ese día?

—Edward nunca ha querido contarme. Recibí su llamada en la madrugada, diciendo que tenía el corazón para Esme, nada más. Luego su desenfreno, tuvimos que sedarlo. Es un misterio para mí. Esa muchachita, Edward quería a esa chica es todo lo que sé.

—Venga, vamos, no te aflijas. Él ya lo superó.

—Eso espero, ciertas veces su mirada me perturba.

— ¿Qué quieres decir?

—Nada, volvamos, deben extrañarnos.

¿Estaba muy ebria?, ¿aluciné esa conversación? debía serlo. Era verosímil… ¡Dios! No podía cavilar con claridad. Dormir fue mi pensamiento coherente. Sacar los grados etílicos de mi sistema era imperativo, para armar el puzle. Las piezas estaban en la mesa, debía ponerlas en el orden adecuado. Entré de nuevo a la celebración, intentando hallar a alguien que me llevase de vuelta a la casa.

— ¡Jacob!

—Bella. Te has perdido el ramo.

— ¿Me puedes llevar? —alzó una ceja confuso.

— ¿A dónde?

—Quiero dormir.

—Entiendo, permíteme un segundo —se ausentó lo que a mí me pareció la eternidad misma.

— ¿Bebiste mucho?

—No lo sé, tal parece.

— ¿Dónde andabas? Tienes el vestido verde.

—No… no lo sé. ¿Importa?

Él hacia muchas preguntas. Me confundían, mi cabeza se había transformado en una maraña de sonidos.

—Aún falta el pastel.

—Cierra el pico, Jacob —cogí su brazo y me guió entre la gente. Su vehículo estaba hacia el otro lado, donde la tierra era lo que cubría el suelo. Razón por la que se me quebró un tacón, pues quedó enterrado en el fango—. Mierda. No me tironees.

—Lo siento, Isabella —silbó al notar por qué no avanzaba.

— ¡No! Prefiero cojear —que me llevara a cuestas era humillante, me bastaba estar borracha.

—Está bien—se disculpó, pasando su mano por mi cintura. Llegamos al estacionamiento. Me monté en el automóvil.

— ¿Podrías ir más rápido?

—Al igual que tú, he bebido. No pretenderás que quedemos estampados en un tronco.

—Pff. Bien, bien.

Corazón para Esme. No podía quitar aquellas palabras de la cabeza. Tendría pesadillas, de eso seguro.

—Llegamos, señorita impaciente.

—Ok, te debo una —tiré el otro stiletto dentro del carro. Descalza tambaleé de camino adentro.

Sin saber cómo, llegué a la cama. Desplomándome ahí mismo.

¿Edward mató a Elizabeth para obtener un corazón para Esme? ¡Dios! Estaba en shock.

.

.

.


Edward corría tras de mí con las manos ensangrentadas. Pude notar mi pecho carmesí. ¿Él quería mi corazón? O ¿ya lo tenía?

Verdugo —paré en seco cuando estuvo enfrente de mí—. Heme aquí. ¿Qué quieres de mí?

¿Por qué no te preguntas eso?

Yo, yo… —dije entre cortado.

Ya te mostré quién soy, ¿aun así me quieres? Los montes hielan la sangre de los cuervos.

¡No, no! Metáforas ¡no!

Sabes que lo soy… ¡No me quieres!

¡Le quitaste el corazón!

Los verdugos hacen eso, Bella. Matan. Siempre has sabido quien era yo, que hacía. ¿Sorprendida ahora?

Tenía razón Charlie… Estás enfermo.

¿Me salvarás? Lo haz prometido. Puedo ser tu siervo.

No sé qué debo hacer.

No conoces toda la historia.

¡Excusas!

Hemos muerto juntos. Bella.

La querías y ahora el remordimiento te carcome.

Al igual que a ti. Por eso ese beso nos destruyó para siempre.

Desperté con un mal sabor en la boca. Edward me perturba. Estaba confundida y no era nada con respecto a sus acciones.

Ahora comprendía el debilitamiento de Esme, sus subidas de presión, la comida especial. Fue trasplantada. Edward asesinó a Elizabeth para salvar a Esme, por esto no estaba en los registros. ¿Eso era lo que Swan reprochaba? Y me seguía dando vuelta. ¿Él conocía a la chica?

Sin embargo, Edward me tenía más que confundida. Ahora sabía algo muy importante de su pasado, algo que pocos estaban en conocimiento. En cierto modo lo comprendía. Dentro de su manera poco ortodoxa para ayudar a su madre, entendía su desesperación. ¿Era ese su dolor? ¿elegir entre el amor y su madre? ¿sería aquella su tortura?

Alguien giró la manilla de mi cuarto. Me tensé. La puerta se abrió iluminando a una silueta. Edward se perfiló en el umbral.

—Qué, ¿qué haces aquí?

—He venido por mi noche de bodas —entró y cerró la puerta con pestillo.

—Edward, yo no soy…

—Sh, estoy harto de las vírgenes, quiero alguien con experiencia —se abalanzó sobre mí—. Además, contigo puedo perder el control — Su boca se estampó contra la mía.

Lógica, te fuiste a la mierda.

.


Gracias por leer y comentar (: