Cleopatra
Septiembre 1973
Era mi cumpleaños y mi primer aniversario de bodas. Amanecí y Rod me trajo el desayuno a la cama cuando lo pedí. Al dejarlo en la cama me abrazó y me besó con cariño, me besó suave, con miedo.
–Feliz cumpleaños, Bellatrix– me susurró al oído–. Y feliz aniversario.
Yo sonreí e intenté apartarme un poco, sabía lo que él quería y una parte de mí quería aceptar. Pero en seguida pensé en Lord Voldemort y respiré hondo. Aunque no sirvió de nada. Comenzó a besarme el cuello. Dulce, tierno. Cada beso era un disparo a mis defensas. Un disparo certero. Y las derribó todas. Cuando no pude más, empujé la bandeja, tirándola de la cama y me puse sobre él.
–Esa es mi chica.
Hice que se callara con un beso. Si todo se paraba, si por un momento yo hubiera pensado, no hubiera pasado nada, solo hubieran sido unos besos tontos. Pero entre Rodolphus y yo nada era tonto.
Me levanté y agarré mi bata beige de satén, colgada en la percha de la puerta. Miré a mi marido. Comencé a sentir pánico. Lord Voldemort lo había dejado bien claro: yo era de su posesión, nadie podía tocarme, nadie. Toqué el anillo de mi dedo. Estaba caliente. Agarré la varita y recompuse la bandeja. Me senté en el borde de la cama, con mi cara entre las manos, mostrando la preocupación con mi postura. Sentí las manos de Rod acariciando mi espalda.
–Te echaba de menos, Bellatrix.
Noté como se movía hacia mí. Me abrazó por la cintura y apoyó su cabeza en mi hombro. Yo jugué con su pelo, sin mirarle. Me sentía mal. Él no se merece esto. Puede que sí fuera una niña malcriada e infantil, como decía Tom, que fuera una niña engreída y egoísta y que Rod fuera la víctima inocente.
–A veces te noto lejos de mí. Desde que nos prometimos supe que no ibas a quererme nunca, lo vi en tus ojos, que nunca ibas a quererme como yo te quiero. Pero luego, estos momentos que me das son míos. Son nuestros, Bella– se giró, me giró y volvimos a quedarnos frente a frente–. Y nunca seremos un matrimonio normal, y menos ahora que ambos somos mortífagos, pero yo te quiero y sé que tú sientes algo por mí. Aunque lo escondas y lo quieras negar, lo sé. Y también sé que me voy a agarrar a ese sentimiento el resto de mi vida. Tú eres la luz de mi vida, no puedes faltarme, Bella. No sé qué darte para que no te vayas, así que lo único que voy a hacer es pedírtelo: por favor, Bellatrix Lestrange, no me faltes nunca.
Se me cae una lágrima. Por qué no puedo estar enamorada de él. Por qué no puedo quererle como quiero a Lord Voldemort. Cierro los ojos y él me abraza.
–Vamos a desayunar– me dice, al separarnos.
Mis padres habían organizado la fiesta de mi vigésimo segundo cumpleaños. Era un baile de disfraces. Yo había elegido un atuendo de reina, como debía ser, yo era Cleopatra. Una reina egipcia, conocida por los muggles, quienes no saben que no solo era una gran gobernadora sino también la mejor bruja del mundo antiguo. El vestido era verde, de manga francesa, con ciertos detalles de serpiente en tonos dorados (bien es sabido que, aunque por esos tiempos no existiese Howgarts o Salazar Slytherin, este era descendiente de la faraona, de ahí su adoración a los reptiles, y que por lo tanto ella era una Slytherin, como yo). Además, me había puesto una peluca negra, lisa, algo extraña para mí, con algunos acabados en dorado y con piedras preciosas, simulando las que llevaba Cleopatra. También mi maquillaje se ajustaba al suyo. La perfecta raya del ojo negra, mucho más larga y gruesa de lo habitual y la sombra en tonos malvas. No quise dejar ningún detalle al azar, todo tenía que ser perfecto.
Rod, para acompañarme, se vistió de general romano, Marco Antonio, un pobre soldado que siempre estuvo a merced de la reina del Nilo. Ese día se había afeitado, ya no lucía esa atractiva barba de varios días. Al verlo, al principio me reí de él, pero me respondió besándome, haciendo que los restos de crema de afeitar me manchasen el rostro y me di cuenta de que me gusta de las dos formas.
Llegué de las últimas, era mi deber como homenajeada. Los presentes se rindieron en aplausos al vernos pasar. Yo eché un vistazo en la sala. Reconocí a la mayoría, pese a los disfraces. Al fondo, en una esquina, estaba Lord Voldemort. Sonreí al verlo, ya me había advertido que me esperaba una sorpresa: a juego conmigo y, a sabiendas de que Rodolphus había sido degradado a plebeyo, Lord Voldemort había colocado una corona laureada en su sien y unas túnicas romanas de lo más elegantes, no llevaba uniforme de batalla, para dejar claro quién era el emperador, quién era Él, el único comparable a Julio César y que, en esa fiesta, había decidido suplantarle. Tampoco era un muggle, como dicen los libros de historia, sino un poderoso hechicero cuyo único error fue ignorar las señales que advertían de su inminente apuñalamiento. Error que, obviamente, Lord Voldemort no iba a cometer.
Mis padres, Narcissa y Andrómeda se acercaron enseguida a nosotros. Los Black iban de negro y verde, con trajes a conjunto de corte medieval, representando a los reyes de Francia Enrique II y Catalina de Médicis, quienes, por supuesto, también eran unos prodigiosos brujos. Mis hermanas, por dejar la realeza a un lado, se disfrazaron de Perséfone, diosa del Inframundo, y Afrodita, diosa del Amor. De nuevo, los Sagrados Veintiocho se habían congregado en la misma sala, la elegancia y la clase rebosaban esa noche. Rabastan y su padre fueron los siguientes en saludarnos. Me preguntaba si Voldemort ya había cumplido su propósito.
Estaba charlando con mis hermanas cuando el pesado de James Parkinson derramó una copa en el vestido de mi hermana Andrómeda. Rápidamente, le aconsejé que subiéramos a su habitación, yo le ayudaría a quitar la mancha cuanto antes. Se quitó el vestido y miraba como hechizaba con cuidado la tela, cuando me agarró la mano.
–Me alegra ver que estás enamorada– dijo, de repente.
–¿Qué?– pregunté extrañada.
–El día de tu boda me negaste que estabas enamorada de Rod, pero últimamente tu mirada tiene un brillo espléndido, propio de una novia, me alegro verdaderamente, Bella.
–No digas tonterías, no estoy enamorada de Rodolphus.
–Entonces será otro a quien quieres, pero soy tu hermana pequeña, te conozco.
Yo suspiré. ¿Tanto se me notaba? Al menos no parecía saber quién era.
–No lo negaré, hermanita, pero no hablemos de eso, no es correcto que una señorita ame a un hombre estando casada con otro.
–Bella, no puedes hacer eso, deberías divorciarte y casarte con tu enamorado. También se nota que es un amor correspondido.
–¡No puedo hacer eso!
–Si lo dices por el honor de la familia, tranquila, corren otros tiempos, lo entenderán. ¿O es que tu galán no quiere casarse contigo? ¿Es eso, Bella? ¿Ese hombre es tan canalla que no va a responder por sus actos?
Yo suelto su mano y me levanto indignada.
–¡No! ¡Claro que no es un canalla! Es solo que…
No pude finalizar la frase. Por supuesto que me hubiera gustado hacer todo lo que Andrómeda dijo. Casarme con Lord Voldemort era mi sueño. Que él se atreviese a desafiar a mi familia, a Rodolphus, a toda la alta sociedad mágica, todo por mí...
–No podemos hacer eso.
Mi hermana se acerca a mí y me abraza.
–Espero que sepas lo que estás haciendo. Te mereces ser feliz, Bella, todos nos lo merecemos.
Terminé de limpiar el vestido y ambas volvimos a la fiesta. Pasó un rato hasta que el Señor Oscuro se acercó a mí.
–Bonita fiesta, señora Lestrange. Felicidades– su voz, tenue, profunda, en mi oído provocó un escalofrío. Solo su olor ya era capaz de derribarme–. Quisiera hablar con usted. A solas.
Asentí, levemente, temerosa. ¿Y si ya sabía lo que había ocurrido esta mañana? ¿Y si iba a castigarme? Me agarró de la mano y me sacó de la fiesta, a la terraza. Me temblaban las piernas.
–Vuélvete.
Miré al horizonte, a la luna, mientras notaba sus brazos alrededor de mi cuello. Algo frío tocó mi pecho.
–Felicidades, Bella.
Yo lo toqué Y agaché la cabeza para poder verlo. Era un colgante, la calavera de un Fénix Irlandés o Augarey, como muchos lo llaman. Tenía el acabado en plata y los ojos eran dos esmeraldas relucientes. Sonreí y abracé a Voldemort. Él me aprieta contra su cuerpo y quise pensar que también sonreía. Pensé en lo que Andrómeda me había dicho. Mi hermana tenía razón, me merecía ser feliz. El problema era que mi felicidad era distinta a la que Él quería.
–Bellatrix, no sabía dónde te habías met…– El Señor Oscuro me apartó al escuchar la voz de Rodolphus y… ¿se había sonrojado? Rod nos miraba confuso–. Lo siento, mi Señor, esperaré dentro.
Mi marido se fue, contrariado, pero a la vez no quiso decir nada más por miedo. Pude haberme metido en su mente, mas decidí respetarlo. Yo me apoyé en la barandilla y suspiré. Una parte de mí pensó que lo que acababa de ocurrir era de lo más gracioso, Voldemort era "el otro" y mi marido acababa de encontrarnos juntos.
–Si te atreves a reírte, te tiro balcón abajo– yo negué con la cabeza rápidamente.
Él hizo un amago de marcharse, por lo bochornoso de la situación, pero yo no quise que nuestro momento acabase tan pronto.
–¿Tienes un cigarrillo?– le pedí, Él asintió–. Iré a por un par de copas y charlaremos un rato.
–¿Y el señor Lestrange?
–Él no importa– decidí–. Ahora quiero que estemos solo Tú y yo.
Entré y al coger la bebida me excusé con Rod, a quien no se le había quitado la cara de preocupación, y menos al ver que volvía a la terraza con el Señor Oscuro.
–Bellatrix, ¿hay algo que deba saber? –preguntó agarrándome del brazo. Yo negué con la cabeza y me solté, mostrando mi enfado.
Me alejé, pero me escondí tras la cortina al ver que Lucius Malfoy, vestido casualmente de Hades, dios del Inframundo, a juego con Narcissa (su compromiso era un secreto a voces que se haría oficial la semana siguiente), se acercó a hablar con él.
–Te veo preocupado, amigo– le dijo, mientras agarraba una copa–. ¿No van las cosas bien con Bellatrix?
–Pensaba que sí, pero… Me acaba de pasar algo muy raro… Puede que sean solo imaginaciones mías, aunque…
–¿Qué? ¿La has visto tonteando con otro tío? Rodolphus, siento ser yo el que te lo diga, amigo, pero tu esposa nunca ha sido cautelosa en ese sentido.
–¿A qué te refieres?
–Oh, vamos, a Bellatrix le gusta sentirse querida, le gusta gustar, le gusta llamar la atención, ya deberías saber eso, es así desde el colegio.
–Tú eres el que estaba en su clase… No, pero no es eso…
Voldemort se había cansado de estar en la terraza y entró, descubriéndome tras la cortina.
–¿Qué haces?– me preguntó contrariado. Yo balbuceé, pero fui incapaz de darle una respuesta–. Vamos, bailemos.
–Rod, si lo que dices es cierto, deberías tener más cuidado con lo que pasa en la pista de baile– volví a escuchar que le advirtió Malfoy a mi esposo– recuerda, Él es el César y tú… Tú no eres más que un soldado.
Los músicos pararon para hacer un receso y yo me separé a regañadientes de El Señor Oscuro. Me había sentido en una nube bailando junto a Él. Hablábamos sobre cuándo aprendimos a bailar, Él en Hogwarts, para un baile de navidad del Torneo de los Tres magos, ayudado por la jefa de la casa Slytherin. Yo, sin embargo, aprendí a los seis, en mi casa, con un profesor de baile que mi madre había contratado. No podía permitirse que una joven Black acudiera a alguna celebración sin bailar como es debido. A Él le gustaba oír esas historias. Decía que mi infancia era de lo más entrañable. Él no me contaba nada anterior a su época de estudiante de magia, salvo algunos detalles que se iban escapando sin darse cuenta, como la vez que me contó por qué odiaba la calabaza: un día en el orfanato colgó a un chiquillo de un árbol por el chaleco y como castigo le tuvieron durante dos semanas pelando y cortando calabazas para celebrar Halloween. Tampoco le gustaba esa fecha, claro está.
Se colocó en el centro de la sala y pidió la atención de la gente.
–Queridos compañeros, una vez más, me dirijo a vosotros en un evento organizado por los Black, pero esta vez no voy a daros un discurso para que apoyéis mi causa. Eso es algo que acabaréis haciendo cuando vosotros mismos os deis cuenta de los despropósitos que se están cometiendo en aras de la "igualdad". No, hoy me dirijo solo a mis mortífagos: leales seguidores, esta noche nos hemos reunido para celebrar el cumpleaños de mi primera mortífaga, Bellatrix Lestrange, que, como muchos ya saben ha demostrado tener más valía, astucia y habilidades que la mayoría de los demás juntos. Es por eso que hoy me gustaría premiarla y ascenderla al lugar que se merece. Bella– Él me hizo un pequeño gesto con la cabeza, indicándome que debía colocarme a su lado–, acércate. A partir de ahora, y sin que nadie se atreva a contradecir mis órdenes, Bellatrix Lestrange será mi mano derecha. Mi más cercana seguidora. En caso de faltar yo, quiero que siempre se cumplan sus órdenes y que jamás se las cuestione. Bellatrix ha demostrado ser extremadamente perspicaz e inteligente, además de una excelente estratega que nos ha hecho salir victoriosos en más de una situación. Y es por ello que ahora me dirijo a vosotros y me dirijo a ella: felicidades, Bella, por tus triunfos, que son los míos, que son los nuestros.
No sabía qué hacer. Tenía los ojos llenos de lágrimas de la emoción. Mis padres habían levantado la copa, orgullosos. Mi hermana Cissy, aunque cautelosa, hizo lo mismo. Rodolphus estaba allí, de pie, bebida en mano, pero sin expresar ninguna emoción, hasta que Malfoy le dio un codazo e intentó sonreír.
–Gracias, mi Señor– conseguí susurrar, aunque en realidad lo que quería era abrazarle y besarle, aunque fuera delante de todos.
El Señor Tenebroso no sonreía, todo había sido de lo más serio y directo, pese a los halagos. Aunque ya estaba acostumbrada a su falta de expresión cuando había más gente delante.
–Gracias, mi Señor– dijo de pronto una voz, tras de mí, que no tardó, además, en agarrarme por la cintura y darme un beso–, nos congratula la noticia. Aprovecho también para agradecerle su presencia en esta doble celebración: el cumpleaños de Bellatrix y nuestro primer aniversario de bodas.
Eran celos, se lo noté en la fuerza con la que me agarraba. Todo lo habían dicho los celos. Rodolphus se estaba atreviendo a desafiar al mago más poderoso del mundo por mí.
–Para–le espeté.
–Oh, Bellatrix, no estoy haciendo nada malo, solamente estoy siendo un buen anfitrión. Nuestro Señor es bueno y justo, lo ha demostrado con tu recompensa, además, como bien demuestra, Él es el César, pero… ¿quién es el César si no tiene un ejército que conquiste por Él?
Voldemort apretó los labios y tensó la mano en la que tiene la varita. Yo comencé a respirar agitada y puse la mano en el pecho de Rodolphus.
–Es suficiente– concluí, al ver la actitud de Voldemort–, has bebido demasiado, retírate, por favor.
–Hazle caso, vamos, Lestrange– exige el Señor Oscuro.
–Por favor–terminé por rogarle.
Rodolphus agarró su copa con fuerza y lo arrojó contra la pared antes de marcharse de lo más contrariado. Yo suspiré aliviada y me llevé la mano a la cara.
–Esto no va a quedarse así– me advirtió.
–Tú también deberías calmarte, será mejor que salgamos a tomar el aire.
Salimos al jardín y le quité la copa. No era conveniente mezclar el alcohol con lo que estaba ocurriendo.
Cierro el libro. Me pesan demasiado los párpados para seguir. Quiero reflexionar sobre lo leído pero me es imposible, mañana le preguntaré a Bellatrix. Ya era más de medianoche y al día siguiente debía levantarme temprano para poder atrapar al elfo que me diría lo que necesito. Mi madre hace rato que duerme. Esta mañana hemos descubierto cuál es la rutina del sirviente y lo fácil que sería atraparlo por un momento en una esquina. El plan no era difícil. Apago la luz y me recuesto en mi cama. Ya estoy un día más cerca de tener una familia.
Me despierta el olor a té y tortitas. Bellatrix cocina bien. Ciertamente no me lo esperaba, una niña rica como ella nunca tuvo la necesidad de aprender esas cosas, pero ya me ha contado que era parte de la educación de una señorita saber defenderse en la cocina, y, además, con la magia, dice, todo era más sencillo.
–¿Estás nerviosa?– le pregunto.
–No demasiado. Confío en ti.
Desayunamos en silencio mientras yo leo algunas noticias en el ordenador. Mi madre aún no se ha acostumbrado a convivir con tecnología muggle, pero no puedo evitarlo, ha sido mi fuente de información durante la última parte de mi vida.
–¿Dicen algo de ti?
–No, el tema parece zanjado, supongo que Potter ha tenido que rendirse.
Salimos o, mejor dicho, salgo a la calle respirando agitada por la presión a la que me estoy viendo sometida. Bellatrix confía en mí, sí, pero si algo sale mal temo las represalias. Llego a una de las calles del barrio donde viven los Potter y me siento paciente a esperar que pase el pequeño elfo.
–¡Klaus!–exclamo al verlo.
–¿Puedo ayudarla, señorita?
–No, es solo… ¿Tú trabajas para los Potter, no es cierto?
–Sí, señorita… Un momento, ¿usted no es…?– el elfo empieza a apartarse de mí, su voz se vuelve aguda y sigue balbuceando–. Señorita debo irme, yo no puedo hablar con usted, usted es peligrosa y mala, Klaus no debe hablar con la niña maldita…
Antes de que el estúpido sirviente siguiese hablando, le lancé un desmaius no verbal (que he aprendido gracias a las lecciones de mi madre) y recogí el cuerpo antes de que nadie pudiera darse cuenta, es demasiado temprano como para que algún mago o bruja me hubiera visto. Lo llevé hasta el callejón más cercano y me agaché para dejarlo en el suelo. Respiré hondo y apunté con mi varita:
–Legeremens.
Lo vi todo claro. A los Weasly, viviendo en una casita de campo, modesta a la vez que acogedora y entrañable. Vi a Molly, tejiendo, mientras que su marido leía El Profeta. Entonces entraron los Potter, y Klaus, que corrió a la cocina a dejar un paquete y saludó al perro con efusividad. No quise tentar más a la suerte e intenté ver el camino hasta la casa. No parecía complicado aunque sí que estaba lejos de la capital. Salí del cerebro del elfo y miré a Bellatrix, asintiendo, dándole a entender que ya tengo todo lo que necesitamos.
Coloqué al elfo en la esquina y lo desperté. Antes de que pudiera hacer nada, apliqué un hechizo desmemorizador (solo para los últimos quince minutos) y me perdí entre la multitud. Había encontrado a Molly Weasly. Lo había conseguido. Y todo gracias a lo que Bella me había enseñado. Gracias a lo que mi madre me había enseñado.
De nuevo muchas gracias por leer. Me he propuesto actualizar los domingos, preferiblemente por la noche, así que la semana que viene tendremos el capítulo 11.
También os recuerdo que estoy subiéndola, más despacio a wattpad, la podéis leer aquí: 470005033-into-you-a-bellamort-fanfiction-bellatrix tiene ilustraciones y header para cada capítulo.
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