¡Saludos de fin de semana, lectores!
Espero se encuentren muy bien y estén listos para disfrutar de un descanso. Mis días han estado llenos de correcciones y de artículos, van, van, me sacan canas moradas, Ikki y Mascarita no han podido secuestrar de nuevo a mi musa, así que la escritura avanza, y eso me tiene de buen humor.
Muchas gracias por leer y comentar, Kumikoson4 (me disculpo por hacerte sufrir), InatZiggy-Stardust, Tot12, creo que esta vez me pasé en serio con Aioros –de hecho con los dos hermanos fui bastante cruel, pobrecitos–, un gran sacrificio el suyo, anteponer su deber siempre, ante cualquier asunto personal…
Ahora tenemos sobre el escenario al español de la élite, Shura de Capricornio, espero disfruten de su actuación, basada en el Episodio G.
Copyright a Kurumada por sus personajes. Ya pueden pasar a leer, capítulo dedicado a SakuraK Li, que es de este mismo signo (aunque no seas afecta a los dorados, amiga, espero te guste esta rara escena). Falta ya muy poco para el final.
En mitad del laberinto
El camino recto, la justicia, ¿cuál es? No la encuentra. En su mente sólo hay pasadizos sin final, esquinas, muros negrísimos. Un lugar sin mapas. Y él, el guardián de Capricornio, está perdido, lejos de la entrada, lejos de la salida.
Fue al salón de audiencias. A ver al Patriarca, a consultar una duda con él. ¿Cuál era? Algo sobre un fugitivo. O un aprendiz que huía, quizás. Y el Patriarca lo recibió, está seguro, de lo contrario no vería sus ojos en cada vuelta del sendero, camino que va partiéndose conforme se hunde en la penumbra. Y el caballero clavó una rodilla en el suelo y rindió la cabeza. Porque eso dicta el protocolo del Santuario. Presentar respeto a la voluntad que gobierna a los ochenta y ocho caballeros. Al consejero de la diosa. Pero el cosquilleo entre las sienes no era parte del ritual. Ni eso, ni los choques de dolor en la frente, ni la iridiscencia que lo golpeó para deslumbrarlo unos minutos, poco antes de encerrarlo en este sembradío de paredes.
Recuerda una armadura y luego del dolor, una estela hecha de voces. Una era la suya, la otra, la ronca, venía de muy lejos, del otro lado de ese laberinto negro. Eres tú, el Sumo Sacerdote, qué hiciste con él, yo soy merecedor de su sitio, tú desapareciste, yo puedo aplicar la justicia, la justicia arde en mi mano, no dudes, por qué dudas, no debes dudar, ríndete, ríndete, ya eres mío.
Y ahora avanza y retrocede entre una selva de sombras. La exuberancia no le permite abrir un camino amplio. Si tan sólo se hiciera el silencio. Podría pensar, encender su cosmos, buscar una salida, rebanar la oscuridad con la espada Excalibur que permanece presta en su brazo. No había maldad en él, su cosmos brillaba sin mácula, lo recordé, dice, repite, como si quisiera guiarse con esas palabras en el interior de la oscuridad. Pero no son una lámpara, al contrario. Ellas y el término justicia, la imagen del que es capaz de impartirla, tornan más negro lo negro. Lo hacen sólido, cercando al caballero. Y Capricornio termina quieto, en silencio. De rodillas en ese laberinto.
Próximo capítulo: Camus.
Nada, aún. Esto es una olla de presión, se dice la autora. Espera no tener que correr ante un ataque combinado de los doce de la élite.
