(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
Capitulo 9.
Sonriendo, Candy miraba su reflejo en el espejo de palisandro.
Se paso una mano por el vestido. Un encaje blanco como espuma de mar brotaba del pronunciado escote y se fundía en la zona del pecho con el océano de seda verde pastel que constituía el vestido. Una faja roja en forma de pico invertido le cubría la cintura para separar el corpiño de la explosión de las faldas y enaguas de la parte inferior. El corpiño lucio una preciosa pedrería en color verde pálido de formas onduladas y caprichosas, y a lo largo de las varillas se extendía un brocado color hueso. Encajada en el corpiño, Candy había escondido la pequeña daga casera, que se le clavaba en el pecho sin piedad. Levanto las manos para tocarse el pelo ondulado y recogido.
No tenia planeado que haría una vez vestida. Seguramente tendría que cambiarse antes de que comenzase la competición, pero…
Oyó un frufrú en el umbral. Candy levanto la vista hacia el reflejo y vio entrar a Philippa. La asesina intento no lucirse ante ella… y fracaso estrepitosamente.
- Que pena que seas quien eres – dijo Philippa dándole la vuelta a Candy para verla de frente -. No me sorprendería que lograras enredar a algún caballero para que se casara contigo. Tal vez a su alteza en persona, si fueses los bastante encantadora.
Arreglo los pliegues del vestido de Candy antes de arrodillarse para cepillar los zapatos rojo rubí de la asesina.
- Bueno, eso insinúan los rumores. He oído decir a una muchacha que el príncipe heredero me ha traído aquí para cortejarme. Pensaba que toda la corte estaba al tanto de esa estúpida competición.
Philippa se incorporo.
- Sean cuales sean los rumores, todo quedara olvidado dentro de una semana. Espera y veras. Dale tiempo para encontrar a otra mujer que le guste y desapareces de los cuchicheos de la corte.
Candy se irguió mientras Philippa le recogía un tirabuzón suelto.
- Oh, no pretendía ofenderte, tesoro –siguió diciendo -. Al príncipe heredero siempre se lo asocia con damas hermosas. Deberías de estar orgullosa por ser lo suficientemente atractiva como para que te consideren su amante.
- Prefería que nadie pensara eso de mí.
- Mejor eso a que te vean como una asesina, digo yo.
La doncella negó con la cabeza.
- Estas mucho mas guapa cuando sonríes. Mi niña, incluso. Ese frunce que llevas siempre en la frente no te sienta nada bien.
- Si, quizá tenga razón – reconoció Candy, e hizo ademan de sentarse en la otomana color malva.
- ¡Eh! Exclamo Philippa. Candy se quedo paralizada a mitad del movimiento y volvió a levantarse -. Vas a arrugar la tela.
- Pero con estos zapatos me duelen los pies – frunció el ceño lastimosamente -. Po pretenderás que me quede de pie todo el día… ¿También para comer?
- Solo hasta que alguien me diga lo preciosa que estas.
- Nadie sabe que eres mi doncella.
- Oh, saben que me han asignado el cuidado de la amante que el príncipe ha traído a Rifthold.
Candy se mordió el labio. ¿Era bueno que nadie supiera quien era en realidad? ¿Qué pensarían sus competidores? Quizás hubiese sido preferible ponerse una saya y unas calzas.
Candy quiso apartarse un rizo que le hacia cosquillas en la mejilla, pero Philipa le dio un manotazo.
- Vas a estropear en peinado.
Antes de que pudiera responder, la puerta de sus aposentos se abrió de golpe. A continuación, Candy oyó un gruñido y unos pasos que ya le resultaban familiares. A través del espejo vio a Albert en el umbral, jadeando. Philipa hizo una reverencia.
- Tú – dijo, pero se quedo callado cuando Candy se dio la vuelta. Arrugo la frente al mismo tiempo que recorría su cuerpo con la mirada. Ladeo la cabeza y abrió la boca para decir algo, pero se limito a negar con la cabeza y a fruncir el ceño -. Al piso de arriba. Ahora.
Candy hizo una reverencia y lo miro con las pestañas entrecerradas.
- Y ¿adonde vamos, si eres tan amable de contármelo?
- Oh, a mi no me vengas con sonrisitas.
La agarro del brazo y la sacó de la habitación.
- ¡Capitán Andley! – lo reprendió Philipa -. La muchacha va a tropezarse con el vestido. Al menos dejad que se sujete las faldas.
En efecto, Candy se tropezó con el vestido y los zapatos le provocaban un terrible dolor de talones y la arrastro hasta el pasillo. Candy saludo a los guardias apostados ante su puerta, y sonrió radiante cuando estos intercambiaron miradas de aprobación. El capitán le apretó el brazo con tanta fuerza que le dolió.
- ¡Deprisa! – dijo-. No podemos llegar tarde.
- ¡Quizá si me hubieses avisado con mas antelación, me habría vestido antes y ahora no tendrías que llevarme a rastras!
Le costaba respirar con el corsé aplastándole las costillas. Mientras subían a toda prisa una larga escalera, se llevo una mano al pelo para asegurarse de que no se le había deshecho el peinado.
- Me he despistado. Has tenido suerte de estar vestida, aunque preferiría que llevaras algo menos… recargado para ver al rey.
- ¿El rey?
- Si, el rey. ¿Acaso pensabas que no lo verías? El príncipe heredero te dijo que el torneo empezaría hoy. Esta reunión marcara el comienzo oficial, pero el trabajo de verdad empieza mañana.
De repente, los brazos se le volvieron mas pesados y se olvido de sus pies adoloridos y de sus costillas aplastadas. En el jardín, el extraño y retorcido reloj de la torre comenzó a tocar las horas. Llegaron a lo alto de la escalera y echaron a andar rápidamente por un largo pasillo. Candy no podía respirar.
Mareada, miro las ventanas que alojaban las paredes del corredor. El suelo estaba muy abajo… Muy, muy abajo. Estaban en el edificio de cristal. Candy so quería estar ahí. No podía estar en el castillo de cristal.
- ¿Por qué no me habías avisado antes?
- Porque acaba de decidirlo. Estaba previsto que los viera a todos por la noche. Esperemos que los demás campeones lleguen mas tarde que nosotros.
Candy estaba a punto de desmayase. ¡El rey, nada menos!
- Cuando entres – le dijo Albert por encima del hombro -. Párate donde me pare yo. Haz una reverencia. Una gran reverencia. Cuando te levante, mantén la cabeza bien alta y la espalda erguida. No mires al rey a los ojos, no contestes nada sin añadir "majestad" y en ningún caso, bajo ninguna circunstancia, respondas con descaro. Si no lo complaces, ordenara que te ahorquen.
Candy tenia un dolor de cabeza terrible que se concentraba alrededor de la sien izquierda. Todo era frágil y complicado. Aquellas personas tenían tanto poder… Albert se detuvo antes de doblar una esquina.
- Estas pálida.
Le costaba enfocar la cara del capitán mientras inspiraba y espiraba, inspiraba y espiraba. Detestaba los corsés. Detestaba al rey. Detestaba los castillos de cristal.
Los días siguientes a su captura y condena habían sido como un sueño febril, pero podía recordar su juicio a la perfección: las paredes de madera oscura, la suavidad de la silla en la que se había sentado, lo mucho que le dolía la mano desde su captura y el terrible silencio que se había apoderado su cuerpo y de su alma. Había mirado al rey, una sola vez. Había sido mas que suficiente para nublarle la visión, para desear cualquier castigo que la alejase de el, incluso una muerte rápida. Su deseo había sido tan intenso que apenas había oído la sentencia cuando el rey la pronuncio. ¿Adonde la enviaban?
- Candy.
La chica parpadeo. Le ardían las mejillas. La expresión de Albert se suavizó.
- No es más que un hombre. Eso si, un hombre al que deberías tratar con respeto que exige su rango – echo a andar de nuevo, aunque mas despacio -. Esta reunión es solo para recordarte a ti y a los demás campeones por que están aquí, lo que tienes que hacer y lo que pueden ganar. No es un juicio. Hoy nadie te va a poner a prueba.
Entraron en un largo pasillo y la asesina vio cuatro guardias apostados ante las enormes puertas de cristal del otro extremo.
- Candy – añadió el capitán, y se detuvo a unos metros de los guardias. Sus ojos azules eran intensos, profundos.
- ¿Si? – pregunto ella. Su pulso había vuelto a la normalidad.
- Hoy estás muy guapa – se limito a decirle antes de que se abrieran las puertas y echaran a andar.
Candy levanto la barbilla mientras entraban al atestado salón.
Continuara…
