Me tomé unos días de descanso hasta el entierro de Gerard. Me pasé los días en la seguridad de mi hogar, sin ir a la universidad. Lara eran mis ojos y oídos. Tras lo sucedido, la había invitado a pasar la tarde conmigo en mi apartamento. Y eso se alargó a todas las tardes. Ella era como un respiro de aire fresco en medio de aquel humo que bañaba la ciudad. Cuando le dije que no iba a ir a la universidad por unos días, prácticamente se prestó voluntaria para contarme cómo era el ambiente. Por supuesto, nunca era demasiado bueno.

-Hay muchos alumnos de Literatura que ya no vienen a la universidad. Supongo que tienen miedo, yo lo tendría si estuviese en su lugar. –me decía, una de aquellas tardes, sentada a mi lado en el sofá, mientras yo me limitaba a mirar al suelo. Ella se acercó y me cogió del brazo, apoyando su cabeza en mi hombro– O en tu lugar… Ojalá pudiese ayudarte más con todo esto.

-Ya haces más que suficiente. –le contesté con un suspiro– No me gustaría verte demasiado involucrada. –Apoyé mi cabeza en la suya de igual modo. Cualquier otra chica habría dejado a su novio. O utilizado la excusa de "dejarnos un tiempo". Pero ella no, supongo que también compartimos la cabezonería. No era lo suficientemente valiente para decirle que no era necesario que viniera constantemente a hacerme compañía. En lo más profundo de mi corazón lo agradecía, y las horas con ella se pasaban volando.

Cuando se fue, decidí distraerme un poco leyendo el periódico. Pero, por desgracia, todas las portadas tenían, dándole mayor o menor importancia, la muerte de "una nueva víctima" como noticia de impacto. Verdaderamente, Jeff era un regalo caído del cielo para la prensa sensacionalista, ya que sus exóticas características propias de un asesino de película de terror de serie B, lo hacían increíblemente llamativo. Todos los periódicos contaban más o menos lo mismo, con aparentemente pequeñas diferencias que, para mí, lo cambiaban todo. Tales como que la última víctima fue hallada en las mismas condiciones que las anteriores. Lo cierto es que, o eso, o tener que salir en todos los periódicos junto a Óscar e Iker. Preferí que fuese así, mientras la gente creyese que todo seguía igual y que el asesino andaba suelto por las calles de Barcelona, nada cambiaba realmente. Algo que si me pareció interesante fue ver como los periódicos se posicionaban en contra o a favor de la policía. Había dos o tres que, al igual que Silvestre, opinaba que la policía era inepta y que no podía sacar el caso adelante. Los demás, todos decían que la policía hacía lo que podía, y que saldrían adelante tarde o temprano. Me pregunté si la muerte de cierto periodista tuvo algo que ver con estas opiniones…

Pero, sin duda, el periódico que era más preciso, o al menos más sincero, era La Vanguardia, para la que trabajaba mi profesor de periodismo. Tenía un extenso artículo dedicado al caso, redactado por un periodista de nombre exótico, que mostraba muchas caras del caso y no daba nada en absoluto por hecho. Noté muchas similitudes con mi manera de pensar y mi visión del caso, supongo que fue por eso que lo leí tan gustosamente, que me hizo olvidar los problemas que había al otro lado de mi ventana.

Una de aquellas noches, mientras trataba de dormir en mi cama, con mi cabeza llena de dudas e inseguridades, me encontré despertándome de un sueño en el que ni me di cuenta haber caído, teniendo lo que parecían imágenes fijas en mi cabeza. Nunca he sido ese tipo de persona que recuerda en detalle todo lo que ve en sus sueños, ni mucho menos. Pero aún puedo recordar aquella extraña pesadilla que me hizo despertar de un salto en medio de la noche. No sabía si, quien allí estaba, era yo, o era la persona a la que buscaba. Ni si los ojos con los que veía eran los míos. Pero sí que la recuerdo... a ella.

Allí estaba, esperándome y huyendo de mí a la vez. Tan cerca y tan lejos. Notaba la calurosa, pero cómoda chaqueta negra de Óscar cubriendo mi torso de las gotas. ¿Gotas de qué? Las sentía, no las veía. Me recordaban a la sangre.

Y, por supuesto ¿Qué oía sino? "Jeff... Jeff... Jeff..." El nombre que tanto buscaba, rehuía. Y que seguía sin saber a ciencia cierta si era alguien real o solo una máscara.

Bañado en sudor frío y sintiéndome atrapado entre las cuatro paredes de mi pequeña habitación, salí al salón, me di un corto paseo para poder meditar en paz. Sin duda ese fue uno de esos momentos en los que me planteé mi manera de ver las cosas. Me di cuenta de todo lo que había cambiado algo tan simple, mundano, y pese a todo poético, como la noche.

Las cosas que vemos a nuestro alrededor son constantemente comparadas y usadas en más o menos complicadas metáforas que usamos para referirnos a aquello que es indescriptible. Pero algo que he aprendido de personas como mi profesor, Antonio Jiménez, es que dichas interpretaciones no se pueden plasmar ni reducir en un libro. Cada uno crea su propia vida, y toma sus propias decisiones. Eso sirve también para nuestra visión del mundo. Nadie nos dice si la noche significa algo negativo o algo positivo. Estoy seguro de que para Iker debía significar fiesta, vida y frescura. Y algo me decía que, para Óscar, era más bien oscuridad, desconocimiento y peligro. Para mí, siempre ha sido la parte del ciclo natural, y por consecuente, algo que había que admirar y temer tanto como el día. Jeff me había enseñado algo, después de todo. Que el día no significa solo luz y bondad. Cosas horribles pasan frente a nuestros ojos a plena luz del día, simplemente no las queremos ver.

Y, consciente de ello, también me di cuenta de que no siempre podía ver la verdad ante mis ojos. Las dudas siempre han sido motivo de pensamiento para mí, y pensamiento significaba progreso. ¿Es Óscar tal y como lo veo? ¿Será Iker tan feliz como parece ser? Si bien mi subconsciente más consciente, y aunque suene tan paradójico como mi pesadilla había sido, no quería ni pensarlo, había algo en esas preguntas que me gustaba; que sus respuestas solo planteaban más preguntas.

El problema era que, tal vez, aspiraba a conocer demasiado para un solo hombre. Y siendo yo el narrador de esta triste historia, uno debe asegurarse de plantear todas las variables posibles, algo completamente imposible para alguien que no comprende de lo que habla completamente. Ese era mi problema con Jeff. Era un gran interrogante que debía resolver. Y cuya respuesta era tan clara y concisa como un nombre. Un nombre que plantearía más preguntas con sus consecuentes respuestas. Y no sabía si estaba completamente preparado para afrontarlas.

Así que traté de cerrar mi mente, dejar de pensar, y fui directo a mi "Habitación de invitados", dónde hasta hacía poco había dormido Óscar. Y como cabía esperar, era la habitación más ordenada de la casa. Ambas habitaciones, la mía y esta, parecían polos opuestos en lo que respectaba al orden. Pero me venía bien un lugar así para dormir. Me estiré de espaldas en mi cama, como ya había hecho unos pocos días antes, y mirando el techo, volví a escuchar las gotas golpear la ventana, que daba directamente a mi pequeño balcón y no dejaba ver demasiado de la calle. Sonaba algún que otro relámpago aquí y allá. Pensé en lo bello que era el mar cuando había tormenta, y en lo mucho que lo echaba de menos. Una semana había pasado desde que lo vi con Lara, pero para mí fue una eternidad. Segunda vez en una noche, me dormí sin siquiera ser consciente de ello, aunque fuese parcialmente. Desperté en la luz de un nuevo día. Algo que no me agradaba en absoluto.

Cada día de esa eterna semana eran lo mismo una y otra vez. Lara diciéndome que en la universidad nada iba bien, comiendo lo que encontraba en la nevera, y, por algún motivo, duchándome hasta dos veces al día con tal de hacer algo. Alguna que otra vez llamaba a Óscar, quien también se había encerrado en su nuevo apartamento. Lo normal era que no contestase, o dejar ir cuatro palabras, dos de ellas monosílabas, y colgar. Él no lo estaba llevando nada bien, igual que Iker y yo. Pero a diferencia de Óscar, este sí contestaba las llamadas. Acostumbrado a hablar mucho y estar animado, no le resultaba difícil entablar conversación conmigo, y estoy seguro de que le resultaría incluso placentero. Pero nada de aquello llenaba las horas vacías. Hubo algo que sí pude hacer; pensar. Nada de anotar, escribir, ni redactar ningún tipo de artículo o teoría, simplemente pensar. En lo que me hacía diferente a los demás. En mi conexión con la persona a la que conocíamos como "Jeff".

Porque, cada vez más evidente, fui analizando mentalmente cada una de las muertes y ataques. Y, pese a todo, no lograba encontrar la respuesta. Al principio pensé, como ya había hecho con anterioridad, que el elemento que dificultaba al asesino en su modus operandi era la lluvia. Pero esa teoría comenzaba a desvanecerse al recordar a Gerard, completamente hipnotizado, a unos metros de distancia, fuera de mi alcance, sin ofrecer ningún tipo de resistencia ante su inminente muerte. Estábamos ambos en el mismo lugar, a la misma hora, y con el mismo "ser". Y pese a todo, él fue completamente hipnotizado mientras que yo tuve control de mi cuerpo, y salvé mi propia vida. Cruel destino que decidió salvarme a mí, a su vez dándome una pista fundamental para encontrar al culpable, el diablo que provocó estas barbaridades. Debía haber algo en mi nombre, en mi cuerpo, en mi ADN que me hacía único. Algún tipo de conexión casi directa que, pese que agradecía por salvar mi vida, despreciaba con toda mi alma.

Comencé a pensar que, tal vez, no fuese yo, si no el fantasma que me encontraba buscando, incansable, el que decidió el giro del destino. Cada vez se hacía más notorio que habíamos cruzado caras en algún momento. En la fiesta, en la universidad, en la comisaría de policía, no importaba dónde, pero él me había visto a mí, y yo le había visto a él. Y, aunque en el fondo sabía que aquel rostro blanco, de sonrisa macabra y ojos de diablo, era una máscara que escondía al cobarde detrás de esta historia, no podía hacer nada ante el miedo, que, ante todo, era lo que presionaba mis huesos y me paraba frente a su presencia, en mis recuerdos.

Ningún tipo de hipnosis, droga, medicina o psicología podía acapararse al miedo. Fue sin duda lo que sentí en aquel momento de inmovilidad completa, justo frente al enemigo que tanto había perseguido, y que tan dispuesto estaba a detener. Jeff no era nadie, nada más que un acolito del miedo, enviado para esconder al despreciable humano que, si no había sentido el miedo antes, estaba a punto de sentir… O eso me gustaba pensar, en aquel momento. Ahora, e incluso antes, estoy seguro de que sabía que no era cierto. Que quien temía era yo, y no él. Y que, cuando volviésemos a vernos, cara a cara, esa máscara iba a caer, y ambos seríamos esclavos del miedo que tanto nos une.