Capítulo 10
Habían pasado cinco días desde el "accidente" en el río y Alexis se mostraba retraída. Kate había decidido dejarle su espacio. Se limitaba a hacer su trabajo como niñera y guardaespaldas, pero sin tratar de acercarse a la pequeña. También Richard notaba como la niña se rehuía y sabía de sobra el motivo. Se acercaba el día de la visita.
-¡No quiero ir!
Martha sacaba los platos del lavavajillas cuando oyó el grito de la pelirroja. Kate estaba arriba, en el inicio de las escaleras, tratando de ponerle el abrigo. El señor Castle esperaba abajo.
-Alexis, estate quieta, deja que te pon…
-No, ¡no quiero ir! ¡No voy a ir! –rabió. Kate respiró hondo e intercambió una mirada con los demás adultos. Su jefe estaba serio.
-Alexis, mamá te está esperan…
-¡Mentira! Mamá no me espera, ella nunca sabe que voy, ¡eres un mentiroso!
-Cielo… -Kate trató de calmarla.
-¡Suéltame! –De un tirón de soltó de su mano y corrió hacia su dormitorio. Richard hizo el ademán de subir las escaleras pero la guardaespaldas negó, señalándose a sí misma. Déjeme a mí.
Kate entró en la habitación de la niña. Alexis se había sentado en la cama, pegada a la pared, enterrando su cabeza entre las piernas. Se sacudía entre sollozos. Alzó la cabeza al oír los pasos.
-Vete –lloró.
-¿Sabes quién soy? –preguntó con suavidad.
-Papá pisa muy fuerte; Martha es como una bailarina. Tú pisas con fuerza pero no tanto como papá –murmuró.
-Ya veo… Alexis, tu padre te espera abajo. Deberías ir a ver a tu mamá.
-¿Ver? –repitió con amargura. Kate suspiró. Se sentó a su lado, cogiéndole la mano.
-Estoy segura de que la echas de menos.
-¿Y tú qué sabes?
-Yo perdí a mi mamá… hace mucho tiempo –respondió. La niña levantó la cabeza, sorprendida. A Kate se le encogió el corazón al ver su rostro mojado en lágrimas. Cogió un pañuelo de la mesita de noche y le secó la carita.
-¿Qué le pasó?
-La mataron –respondió. Una parte de sí misma le decía que no debía hablar de aquello a una niña tan pequeña, desde luego Richard no lo aceptaría; pero otra parte le recordaba que aquella criatura era una vieja en miniatura.
-¿Por qué? –susurró.
-No lo sé. Lo que sí sé, cariño, es que daría cualquier cosa por poder hablar con ella, decirle que la quiero mucho aunque ella no pudiera oírme. Tú puedes hacerlo –añadió.
-No quiero ir hoy. Hoy no –murmuró. Kate la observó y después sonrió.
-De acuerdo. Le diré a tu padre que posponga la visita. Hoy nada de hospitales.
-¿De verdad?
-De verdad, pequeña. Si no quieres ir, no pasa nada.
-Pero…
-Lávate la cara y ponte el abrigo –dijo con decisión, levantándose. Alexis la oyó alejarse y se encogió de hombros. Jamás entendería a esa mujer.
-o-
-Mi hija tiene que estar con su madre.
-Lo sé.
-Entonces, ¿cómo le dice que no tiene por qué ir?
-Alexis es una niña. Esas visitas le hacen daño.
-Kate –le advirtió.
-Mire, no digo que no deba ver a su madre –aclaró -. Sólo digo que no debería ser una obligación. Si hoy no quiere ir, no pasa nada. Ya irá otro día.
-Ya estoy lista –La voz infantil los hizo volverse. Alexis esperaba, aunque poco convencida. Kate sonrió.
-Perfecto, nos vamos de compras.
-¿Qué? –Richard las miró, tan sorprendido como Alexis. Kate cogió a la niña de la mano.
-Me la llevo de compras, quiero hacerle unos regalos a mis amigos de Nueva York y Alexis me podría ayudar a elegir.
-No creo que te sea de mucha ayuda –observó la niña con poco entusiasmo.
-Tonterías. Vámonos.
Y sin darle oportunidad a cambiar de opinión ni a Richard de negarse, se la llevó. El señor Castle se acercó a Martha, sin saber que decir. La mujer le dirigió una mirad aamable.
-Usted no tiene porqué quedarse en casa, monsieur. Vaya a ver a Meredith, sé que lo necesita.
-Martha –murmuró. Ella le entregó su abrigo.
-Quizás es el momento de que la niña pase página. Pero puede que todavía no sea tu momento, Rick –dijo amablemente. Él suspiró y se marchó. Ryan esperaba abajo, confuso.
-Jefe, la señorita Alexis se ha ido con…
-Lo sé, lo sé. No importa.
-¿Entonces?
-Al hospital, como siempre –dijo, aunque algo le decía que cometía una equivocación.
-o-
-Bueno… ¿Dónde me aconsejas ir?
Apenas habían caminado, sólo lo suficiente para salir de la isla. Alexis tenía la cabeza gacha, no parecía muy contenta. Kate por su parte se había prometido ir con toda la paciencia del mundo, aquella cría necesitaba un poco de afecto por su parte. Pero me mantendré alejada del río.
-¿Alexis? ¿Dónde debería ir para hacer unas compras? –insistió.
-¿Qué quieres comprar? –dijo al final.
En realidad no tenía intención de comprar nada a nadie, sólo había sido una excusa para llevar a la niña de compras, algo normal para variar. Pero cuando Alexis preguntó que era exactamente lo que quería, había respondido lo primero que se le había ocurrido. Souvenires. Y allí estaban, sentadas en el metro de camino a Montmartre. Es lo más barato había aclarado.
Tras llegar a la parada Kate sacó su plano y empezó a caminar, llevando a la niña fuertemente asida a su mano. Había bastante gente. –Bien, según el plano hay que ir todo recto y luego callejear un poquito. Tiene que ser por aquí.
-Vale –se limitó a responder. Aunque Kate notó algo nuevo en su rostro, parecía como… ¿entusiasmada?
Decidió no darle importancia, pero pronto todo el mundo empezó a mirarla con extrañeza y también con miradas reprobadoras. Se preguntó qué diablos le pasaba a la gente cuando de repente se fijó en los escaparates que adornaban la larga avenida por la que estaban pasando. Se atragantó.
-¿Qué coño…
-Hay que subir –le informó Alexis. Kate frunció el ceño, aunque por un lado se relajó. Al menos la niña estaba más contenta.
-Ya lo sabías, ¿verdad?
-Una vez, cuando yo todavía veía papá se equivocó de camino y nos trajo por aquí con el coche. Mamá se enfadó mucho y le gritó que esta calle no era para niños. Le pregunté a Martha por qué no es para niños pero nadie me lo dice.
-Y hacen bien –comentó.
-¿Tú tampoco me lo vas a decir? –preguntó con cara triste. Kate suspiró.
-Aquí sólo hay tiendas para mayores.
-¿Qué tiendas son sólo para mayores? –inquirió, curiosa.
-Tiendas de juguetes. Vamos –tiró de ella, metiéndose por una callejuela y empezando a subir.
-Los juguetes son para niños –replicó ella, poniendo los brazos en jarras.
-No todos –dijo más para sí que para que la oyera. Alexis pronto empezó a sentirse asfixiada ante el ritmo que su niñera llevaba, así que no insistió más en el tema. Kate se sintió más tranquila aunque luego una idea empezó a rondarle por la mente y decidió ser precavida. –Alexis… no le digas a tu padre que hemos cogido por aquí.
-¿Por qué te gritará igual que mamá le gritó a él?
-Por eso mismo.
-Vale.
Kate la miró con los ojos entrecerrados. -¿Vale?
-Sí, vale.
-¿No vas a chantajearme? –dijo, con desconfianza. La niña negó con la cabeza. –Vale… No te fíes, algo trama.
Kate y Alexis llegaron a una calle tranquila, ya bastante cercana a las escaleras que subían hacia el Sacre Coeur. La guardaespaldas se preguntaba qué hacer para entretener a la pelirroja cuando una tienda llamó su atención. Frenó en seco y mirando el escaparate con entusiasmo. –Oh –fue lo único que pudo decir.
-¿Qué?
-Una tienda muy… especial. Una tienda de ángeles –dijo sorprendida ante su entusiasmo infantil.
-Ah –dijo, ahora sin entusiasmo.
-¿Qué pasa? –preguntó, al ver su desencanto.
-Mamá me traía aquí a veces –murmuró -. Me compró una muñeca. Pero la perdí.
-¿Quieres entrar? –preguntó con suavidad. Algo le decía que la pequeña no había vuelto a aquella tiendecita desde que perdiera a su madre. Alexis miró al suelo. Kate decidió por ella.
La Boutique des Anges era un local diminuto con un agradable olor. Miraras por dónde miraras, por todas partes encontraban angelitos. Ángeles en figuras, en camafeos, en marca páginas, en postales, en cajitas. Y si mirabas al techo, encontrabas muñecas de trapo aladas. Eran preciosas. En el mostrador una mujer sonreía, afable, dejando a sus clientas curiosear. O más bien a su clienta, porque Alexis tenía la mirada clavada en el suelo. Kate parecía una niña de cinco años.
-Esto es precioso. Hay ángeles por todas partes, hasta en el techo. ¿No te gustaría tener uno? Puedo describírtelos, si quier... ¿Alexis?
-Quiero irme a casa. –Alexis empezó a llorar. Kate la tomó en brazos y la besó en el pelo, con dulzura. Le dirigió una mirada de disculpas a la dueña.
-Está bien, cielo. Vámonos a casa.
-o-
Richard Castle llevó a cabo su ritual, como todas las semanas. Obligó a Ryan a aparcar en el asiento más cercano a la puerta principal del hospital; enseñó su tarjeta de visitas; subió tres plantas en ascensor y saludó a la recepcionista y a las dos enfermeras que hablaban animadamente tras su cambio de turno. Luego entró en la habitación 3047 y cerró la puerta suavemente. Y por último, se sentó en la silla para acompañantes y tomó la mano de su mujer.
-Hola, Mer –saludó en voz baja -. Aquí me tienes otra vez. Supongo que te preguntarás dónde está nuestra petite Rousse. Bueno… hoy no va a venir. No porque no te quiera, sabes que para ella eres su ángel de la guarda. No… Es sólo que… hoy no se sentía con fuerzas. –Tomó aire, sin dejar de acariciarle la mano, con movimientos mecánicos, haciendo círculos con el pulgar. –Está preciosa y ha crecido desde la última vez que vino. Sí, sé que es imposible que crezca en sólo una semana pero… ya sabes, para mí ella nunca deja de crecer. Es a la vez una bendición y un castigo ver que tu niña se hace mayor, ¿eh? –sonrió, con lágrimas en los ojos. –Es igual que tú. Una pequeña copia de ti. Una perfecta copia de ti. Y sobre mí… la verdad es que no sé qué decirte. Me he cortado el pelo, ¿sabes? Martha me lo aconsejó, dijo que ya lo tenía demasiado largo. No estaba muy convencido, pero creo que me queda bien. Y he engordado un poco, otra vez Martha –añade, riendo – esa mujer se empeña en cebarme como a un pavo. Al menos a Alexis no la deja comer muchos dulces, no te preocupes. Hay algo que… tengo que contarte. Debí hacerlo hace una semana pero no quería… no podía. Hay una nueva mujer en la casa. Se llama Katherine. No, tranquila no estoy saliendo con nadie, es sólo la niñera de Alexis. Pero… pero… tengo que confesarte que he soñado con ella. Sólo ha sido una vez. Pero ha pasado. No es como con Gina, ya te hablé de ella. Gina fue un momento de debilidad pero con esta mujer es diferente. Apenas hablamos y cuando lo hacemos es sólo para discutir pero he soñado con ella. Después de tres años, por una vez no he soñado contigo, Mer. Y tengo miedo. Y, de verdad mi amor, de verdad que lo siento.
Parece que empieza la tregua :)
