CAPÍTULO 8

¿La mujer más hermosa que jamás había visto? Debía estar viendo a Odette, pensó Bella. Delgada pudiera ser, al menos desde dónde estaba, pero no había tal cosa como demasiado delgada y Bella lo era. Después del accidente, había estado obligada a guardar cama y alimentarse por un tubo. Cuando por fin había despertado, había podido alimentarse, se había enterado de la muerte de su familia y no había tenido apetito.

Ahora que el apetito se había reafirmado, se había visto obligada a comer frutas y frutos secos solamente.

Frutas y frutos secos... hmm... En ese momento, se dio cuenta que se estaba muriendo de hambre. De un filete jugoso y de patatas fritas por un lado, y otra clase de filete. La comida podía esperar, sin embargo. También estaba muerta de hambre por el tacto de un hombre. Por el toque de Edward. Sus fuertes dedos masajearon sus pantorrillas, profundamente y con fuerza, haciéndola sentir bien. Gimiendo, se apoyó en el musgo debajo de ella.

— ¿Demasiado? —le preguntó con voz grave.

—Perfecto —acertó a decir con voz entrecortada. Mantuvo los ojos cerrados, como le había exigido. No por su orden, sino porque había desnudado los colmillos. No era un insulto leve a sus palabras.

Los colmillos la asustaban tanto como la excitaban. Había visto el daño que podían hacer, rasgar a través de carne y hueso, pero también se preguntó sobre el placer que podría traer. Cada vez que se lo preguntaba, se estremecía.

Infiernos, ni siquiera ahora se estremeció. Si tenía hambre, tendría que darle de comer, decidió. Después de ese masaje, le debía un riñón, de todos modos. Porque, oh, dulce misericordia, jamás se había sentido así de bien. Ni siquiera rodando encima de él -en su fantasía y en la realidad- se había sentido como el cielo.

Bien, entonces, tal vez rodar habría sido fantástico.

Él trabajó en sus pantorrillas durante más de una hora, y cuando se movió hasta los muslos, dejó de tratar de ocultar sus pechos y las cicatrices. ¿Por qué habría de hacerlo? Ya la había visto y había afirmado que los encontraba exquisitos. Sus brazos se deslizaron hasta el suelo, inútiles. Dios, las manos del hombre eran mágicas.

Mágicas. Sí. De alguna forma, él estaba usando magia. El calor fluyó de su piel y fue a la suya, con un calor natural, un calor drogado, embriagador, que le robaba los músculos, los huesos, hasta que todo su cuerpo le hormigueaba a su son como si fuera de su propiedad. Oh, sí. Todo lo que tocaba al instante se convertía en suyo, existiendo sólo para él.

Cuando sus nudillos rozaban el borde de sus bragas, todas las terminaciones nerviosas que poseía rugieron a la vida repentinamente, alcanzándolo. Pronto empezó a jadear, a gemir, tratando de anticiparse a su siguiente movimiento. Él fue a su rodilla, se la frotó, y luego la acarició arriba, deslizándose a lo largo de su muslo, acariciándola, sí, no, por favor, no, casi, casi, sólo para hacer una pausa, sin acariciarla donde más lo necesitaba, antes de llegar a su otro muslo. Ella tuvo que morderse los labios para cortar sus gritos lastimeros.

Si prolongaba el contacto, si lo hacía en ángulo sólo un poco, podría llegar al clímax. Oh, Dios. Si llegaba a su clímax así... sería vergonzoso.

El masaje continuó. Y, realmente, ¿le preocupaba estar avergonzada? No. ¿Cuándo rozaría otra vez sus bragas? Se puso tensa, esperando, esperando, tan condenadamente ansiosa. Con todo su cuerpo vibrando. Incluso el aire en sus pulmones comenzó a calentarse. Pero el tiempo pasaba y sus movimientos se hacían un poco bruscos cuando amasaban sus nudos, sin ofrecerle tal desenfreno de nuevo.

—Distráeme —dijo. De lo contrario, le rogaría por un final feliz. Algo que no podía permitirse hacer. Él decía que se acostarían pronto. Lo que significaba, que no era el momento. O, ¿se suponía que ella tenía que rogarle? Antes, en el dormitorio, le había dicho, no hasta que me ruegues. ¿Era eso lo que deseaba ahora? ¿La espera para llevarla a un frenesí y escuchar su ruego? Bueno, lo haría…

— ¿Distraerte cómo? —le preguntó, sorprendiéndola. Bueno, mendigar no estaba en el menú. Asombrada consigo misma, luchó con la ola de decepción.

—Cuéntame una historia —él se quedó quieto—. ¿Una historia?

—Sí —ella abrió los párpados, y añadió—; Hagas lo que hagas, ¡No dejes de masajearme!

Sus labios temblaron a pesar de la tensión que irradiaba de él, algo que encontraba atractivo. La diversión no había existido en su vida durante mucho tiempo, sin embargo, él parecía disfrutar de ella. Como ella disfrutaba de él.

— ¿Una historia sobre qué? —le preguntó. Él se mantenía entre sus piernas abiertas, con las rodillas dobladas y enmarcándolo.

—No lo sé. De tu familia, tal vez —al instante de decir las palabras, quiso recuperarlas. Recordó el pasaje del libro. Él no recordaba su pasado. Su memoria…

—Tengo dos hermanos y una hermana —dijo y dejó de respirar. Pasó un momento, y luego otro. Sus colmillos se deslizaron dentro de su boca, desapareciendo. Shock y dolor reemplazaron el deseo y la alegría de su expresión.

— ¿Qué pasa? —preguntó aunque sabía la respuesta. O pensaba que la sabía. Él necesitaba hablar, liberarse. Algo que había aprendido, y tal vez descartado en sus sesiones de terapia. Pero sólo porque no lo había intentado, no quería decir que no debería hacerlo.

—No me acordaba de mis hermanos hasta ahora. Lo sospechaba, pero... tengo dos hermanos y una hermana. Ahora lo sé, sé que son reales —había una nota desafiante en su voz, como si esperara que ella discutiera.

—Son reales —ella estuvo de acuerdo.

Él hizo una mueca, asintió.

—Por fin puedo verlos en mi mente. No puedo recordar sus nombres. Cuando lo intento, me estalla la cabeza de dolor.

— ¿Dolor?

—Una cortesía del sanador.

—Oh, Edward. Lo siento mucho. Saber que tenías una familia y ser incapaz de recordar el pasado que compartiste, bueno, era una verdadera tortura, y mucho peor no saber que existían —durante meses, Bella había sobrevivido sólo con sus recuerdos—. Deja de intentar recordar sus nombres y descríbeme lo que ves —tal vez, cuando se relajara, su mente se centrara en una parte de sus recuerdos del pasado y otros los seguirían más fácilmente.

Una sombra de dolor desapareció de sus ojos y de las comisuras de sus labios arqueándose una vez más. Se hundió en sus músculos con más ferocidad.

—Mi hermano menor, es sólo un niño, tiene los ojos verdes y el pelo varios tonos más claros que el tuyo. Lo veo correr tras de mí, y eso me hace feliz.

—Apuesto a que te admiraba —le dijo para animarlo—. Yo tuve una hermana mayor, y siempre estaba persiguiéndola, desesperada por jugar con ella y con sus amigos.

—Sí —los ojos de Edward se abrieron, pero él fue más allá de ella, a un lugar que no podía comprender—. Sí, me admiraba. A todos. Y lo amábamos. Era la dulzura y la inocencia rodando en un malicioso paquete. Nos veo de pie, juntos, sonriendo, con un unicornio rampante frente a nosotros. Un unicornio real —Bella quería detalles tales como: ¿Habían ensillado a la criatura y montado alrededor? Pero no deseaba interrumpir el flujo de recuerdos de Edward.

— ¿Y tu otro hermano?—preguntó

—También es joven, aunque más cercano a mi edad —hizo una pausa, como si buscara en su mente por validación. Asintió—. Todos son más jóvenes que yo. Incluso mí querida hermana.

— ¿Y cómo son esos otros hermanos?

—Mi hermana tiene la cabeza dorada inclinada en un libro de hechizos. Intento convencerla para que se vaya conmigo, porque tengo que visitar el mercado, pero se niega. Quiere quedarse, tiene mucho que hacer. Trabaja muy duro, quiere complacer a mucha gente. Y el hermano que es de mi edad, tiene el pelo negro, como el mío, y caza en el bosque, corriendo junto a los lobos.

La devoradora de libros y el guerrero, ¿eh?

—Y tú eras el dictador, apuesto —dijo con una sonrisa—.Y el más joven es el novio.

—Jasper es un amor, sí —sus ojos se abrieron, con una huella de dolor regresando—Jasper, sí, ese es su nombre. Me pregunto dónde estará, dónde estarán todos, que estarán haciendo.

—Ya lo recordarás, tal como recordaste el nombre de Jasper. Y tal vez no necesites a una curandera para hacer eso. Estos recuerdos volvieron sin ella.

—Tal vez regresaron gracias a ti —la mirada de Edward volvió a ella. Él la vio fomentando su sonrisa y se humedeció los labios, su expresión cambió una vez más. De nostalgia a caliente, con sus mejillas ruborizándose, con sus colmillos asomando. Pequeñas gotas de sudor aparecieron en su frente.

— ¿A mí? —Ante la salida de los rayos del sol se quedó en silencio, con sus dorados rayos sobre el campo. Aunque se mantenía en las sombras, su piel bronceada pareció brillar. Sus ojos se arremolinaron, como plata líquida, hipnotizándola.

—Sí. Eres el único cambio en mi vida —dijo. Su atención se movió a sus pechos, y sus pezones se perlaron hacia él, como si estuvieran desesperados por complacerlo—. Mía —añadió él, recordándole a la bestia en que se había convertido en el interior del palacio.

Esta vez, la bestia le encantaba. El hormigueo se reavivó, más intenso y propagándose rápidamente. Podría haber gemido. Podría haber levantado sus caderas, buscando más de su calor. Era difícil decirlo, porque sus pensamientos estaban tan consumidos con lo que deseaba, necesitaba, de él.

—Sigue diciendo eso —Él siguió con la esperanza de que fuera verdad. Pero no se habían hecho ninguna promesa el uno al otro, sólo habían declarado su deseo mútuo. Y no tenía idea de cuánto tiempo estarían juntos. ¿Una hora? ¿Una semana? ¿Un año? Eran literalmente de dos mundos diferentes, y ella podía regresar tan repentinamente como había aparecido.

—Mía —dijo él con más fuerza, tal vez sintiendo sus dudas.

— ¿Qué quieres decir con eso? Explícate.

—Que te deseo. No hay secreto de ello. Tú me deseas, también.

Dios, las frases cortas y abruptas eran sexys como el infierno. Como si su mente estuviera cerrada por un pensamiento de placer y nada pudiera penetrar en su determinación de tenerla. A ella y sólo a ella.

Pero... ¿Podría realmente satisfacerlo? Más que ser de dos mundos diferentes, eran personas completamente diferentes. Uno, a él lo habían maltratado. ¿Le asustaría las cosas que deseaba hacerle? Quizás sí, quizás no. Hasta ahora no lo había asustado nada. Dos, estaba claro que sabía cómo conducirse alrededor de un cuerpo femenino.

Odette y Tania habían estado dispuestas a esclavizarlo para experimentar la alegría de su cuerpo. Bella sabía cómo complacer a un hombre. Sabía lo que les gustaba, pero no tenía idea de lo que otro hombre querría.

Su relación anterior había durado tres años, terminando con su accidente. No por él.

Mike había querido quedarse a su lado. Ella lo había apartado, con demasiado dolor asolándola para tratar con él o con nadie. Y el simple hecho era, que ya no lo deseaba. De ninguna forma. Lo había intentado, realmente lo había hecho, para obligarse a desearlo de nuevo. Había planeado una cita, con toda la intención de seducirlo. Sin embargo, incluso la idea de besarlo la había hecho enfermarse y lo había enviado directamente a casa después de la cena.

Por lo tanto, el hecho era, que Mike y ella habían hecho todo lo que los amantes podían hacer, y no tenía ninguna otra experiencia. Ninguna. En la escuela, había sido mucho más joven que sus compañeros de clase, por lo que nadie la había deseado. Después de eso, había estado demasiado ocupada. Mike había sido el primer hombre en distraerla lo suficiente como para empezar algo.

Esa falta no la había molestado antes. No había habido tiempo para reflexionar, ni siquiera cuando se había deslizado en la espalda de Edward. Había estado demasiado ocupada tratando de averiguar qué le había pasado, tratando de sobrevivir a su repentina aparición ahí.

Ahora, sin embargo, quería ser perfecta. La mejor. Quería complacer a Edward de la forma en que la había complacido en su fantasía.

Ella había disfrutado del sexo. Y se lo había perdido todo, a pesar de su falta de deseo, todos esos meses. En realidad, había pasado casi un año. Sobre todo, había amado y perdido el resplandor en los brazos de un hombre, absorbiendo su calor, hablando, riendo.

—Te has perdido en tus pensamientos — Edward maldijo en voz baja, pero no había humor en el trasfondo—. Estoy intentando resistirte, Bella y no lo estoy logrando. El desafío de involucrarme en tu atención no está ayudando.

— ¿Por qué? —una súplica entrecortada—. Quiero decir, ¿por qué estás tratando de resistirte?

—Necesitas tiempo para recuperarte. Y hay algo que debo decirte primero. Algo que no te gustará.

El estómago le dio calambres.

— ¿Qué es? —un latido, dos—. Sin mis recuerdos, no puedo estar seguro de... si una mujer puede estar esperándome...

Otro calambre.

—Oh, Dios. ¿Eres casado?

—No. No, eso lo sé. Justo antes de mi aparición en el mercado sexual, estuve con una mujer... con una sierva. Sí. Me acuerdo de eso. No hubiera estado con una sierva si hubiera estado casado. Pero podría haberme prometido a otra.

Podría haberlo hecho... No. No era posible.

—No lo has hecho —eso lo dijo con un repentino aumento de confianza.

Él era demasiado posesivo para haber dormido con una sirvienta si una novia lo hubiera esperando.

Un rayo de esperanza iluminó su expresión.

—Menciono esto sólo como una posibilidad, no una realidad. Podría no desear a nadie como te deseo ahora mismo. —se dobló sobre ella un segundo más tarde, con su boca justo por encima de la suya. Su respiración era superficial, con las manos ancladas junto a sus sienes, con su erección presionada entre sus piernas.

Finalmente. El contacto que había anhelado. Él era el suyo, suyo, suyo solamente. No podía creer nada menos.

—Puedes no conocerte a ti mismo, pero creo que yo te conozco —dijo.

—Confía en mí, nadie está esperándote.

Ella no estaba siendo terca o ciega al respecto. Descartando su naturaleza posesiva y el hecho de que cualquier mujer con la que él se comprometía tenía toda su atención, era un vampiro y los vampiros se emparejaban para toda la vida. Físicamente no podían ser infieles. Las investigaciones lo habían demostrado. Por lo tanto, con recuerdos o sin ellos, no reaccionaría con Bella si su corazón perteneciera a otra.

—Tal vez soy una persona horrible, porque no me preocupo por una desconocida que no tiene rostro —dijo él—. No puedo resistirte. No voy a resistir. No me niegues, Bella. Debo probarte, todo de ti. Por favor. —no esperó respuesta, sino que se inclinó el resto del camino.

—Edward—tenía intención de decirle que ella tampoco podía resistirlo, y nunca se negaría a él, que no era una persona horrible, pero las palabras se perdieron en un beso ardiente mientras unían sus labios. Su lengua empujó pasando sus dientes y rodó con la de ella. Caliente, tan caliente. Sabía menta y a caramelos... Mmm. Sí, a dulces. A azúcar, a todos los sabores, consumiéndola.

Incapaz de contenerse, deslizó sus dedos en su pelo.

—Sí. Por favor. Por favor —dijo ella, finalmente rogándole. Sus uñas acariciaron su cuero cabelludo, sujetándolo hacia sí.

Necesitaba más, tenía que tener más, todo lo demás quedó olvidado. Sus rodillas se apretaron a su cintura, y se estremeció contra él. Un abierto grito de alegría se escapó de sus labios. ¡Dios! La sensación de su erección contra ella era alucinante, rompiéndola, necesitándola, mejor que cualquier cosa que jamás hubiera conocido. Tal vez porque estaba tan malditamente mojada y lista. Así que lo hizo de nuevo, se balanceó, se frotó y jadeó.

Con un gruñido de aprobación, él le metió la lengua más profundamente. Sus dientes llegaron a unirse. Vertiginosa fricción, bienvenida, pero tortuosa mientras su necesidad brincaba a otro nivel. Luego ladeó la cabeza para tener un contacto más profundo, y ella sintió el roce de sus colmillos. No, era necesario. Era una verdadera necesidad sin diluir. Quería ser mordida, una y otra y otra vez. Ser todo para él. Su amante, su sustento, su respiración.

Su sangre estaba insoportablemente caliente, con su estómago temblando. Una y otra vez el beso continuó, hasta que no hubo más oxígeno en sus pulmones. Hasta que Edward era su único salvavidas.

—Por favor —gruñó ella—. Hazlo.

—Dioses, Bella. Eres... eres como el fuego. Y yo quiero quemarme.

—Sí —le pasó la lengua hasta el pulso latiendo en la base de su cuello. ¿La mordería por fin? Pero no, continuó lamiendo su pulso, chupándola mientras una de sus manos ahuecaban un pecho y se lo amasaban. Le pellizcó el pezón palpitante, y una lanza de deliciosa sensación atravesó su cuerpo completamente.

Cielo e infierno, tan dulce que se ofrecía... lo cerca que estaba ella de caer al vacío. Pero cuando lo hiciera —por favor, que se lo permitieran—. ¿Dónde aterrizaría? ¿En las nubes o en pozos de fuego? Sólo había una manera de averiguarlo...

— ¿Edward?

—Sí, cariño —susurró.

Cariño. Su novia.

—Muérdeme.

—Bella —un gemido—. Me tientas. No debería.

¿No, porque aún creía que necesitaba sanar? ¿O porque una parte de él aún creía que otra mujer estaba allí, esperando por él? Si lo imposible sucedía y estaba comprometido...

¿Por qué imposible? se preguntó después. Bella estaba ahí, ¿No? Nada era imposible.

El conocimiento causó que zarcillos de duda subieran a la superficie. Bella despreciaba a los tramposos, pero también odiaba las historias que obligaban a dos personas a permanecer juntas por un sentido del deber, en lugar de amor.

Edward no estaba enamorado. Y si hubiera una mujer, ¿por qué no lo había buscado? ¿Por qué no lo había salvado? Una vez más, Bella pensó que no podía estar comprometido. Ninguna novia habría dejado ir a ese tipo. Por lo tanto, Bella podría contar con él.

Sin embargo, no deseaba su resentimiento. O que tuviera una sensación de presión. O que lamentara lo que hacían.

—Está bien. Nosotros no…

—Lo haremos. Eso sí, no quiero hacerte daño —alivio. Mucho alivio, éxtasis brillando dentro de su alcance.

—Nunca podrías hacerme daño. Edward, por favor. Hazlo. Sí, sí, por favor. Rogaré si es necesario. Tengo que tener más... —sus colmillos volvieron a su cuello y rozaron su fabulosa piel.

—Debo probarte, moriré si no lo hago.

—Hazlo —siseó dejando escapar un suspiro y se puso rígida mientras mentalmente se preparaba para el ataque. De placer o de dolor, no estaba segura. Lo único que sabía era que necesitaba eso.

Él arrastró en un suspiro tembloroso.

— ¿Estás segura? No tiene que hacerlo. Puedo detenerme.

—No te detengas. Por favor, no te detengas. Desconfío de lo desconocido.

—No temas, pequeña Bella. Tendré cuidado contigo. Me controlaré —luego, con agónica lentitud, hundió los colmillos en su cuello, chupando de ella, tragando su sangre.

Ni una vez ella sintió dolor, pero el placer, oh, Dios, el placer... exactamente como lo había imaginado, hermoso de la forma más erótica. La pieza que faltaba en el rompecabezas de su vida.

La quemadura de su boca, la succión de su lengua, tanto desenfreno causaba reacciones en su cuerpo. Ella llevó las manos a su espalda, tirando de su cabello, perdida en una dicha que debería haber sido imposible. Pronto estaba retorciéndose y contorsionándose contra él, desesperada por terminar.

Él ronroneó contra ella, con su aliento cálido. Entonces, algo caliente, tan maravillosamente caliente, entró a su sistema. Y bien, no había conocido el placer antes de ese momento. Ese era el placer. El placer en su forma más pura. Fuerza, calor, energía. Sentía esos, también.

Su prisa se convirtió en un objetivo único para la satisfacción de Bella.

Ella se bajó contra su erección, una y otra vez, estremeciéndose un poco con la sensación que se dirigía a través de él cada vez que tragaba. Dios. Podía subir como una montaña. Podría comérselo, con una deliciosa mordida a la vez. Podría permanecer en sus brazos para siempre.

Él soltó su vena.

—Tengo que dejar de... no puedo tomar... demasiado.

No había tal cosa como demasiado.

—Toma mucho más.

—Te prometí tener cuidado —lamió las punciones, disparando más calor líquido a su sistema. Gruñó—. Ahora que estás marcada. Eres mía.

Suya, como él era de ella. Suya y de nadie más.

Tan bueno. Nunca había probado algo tan dulce... Era ya… adicta. Sí. Adicta.

Él era una droga. Su droga, y dudaba que hubiera una cura. Con los analgésicos, había tenido que dejar de usarlos. La retirada había sido una pesadilla. Sin embargo, sabía con claridad repentina, sorprendente que aquellos no se comparaban con lo que había experimentado sin Edward.

Volvió a colocar la mano en el pecho, con la boca agitando su candente lengua sobre su pezón, disparando más de esas lanzas gratificantes a través de ella. No mordiéndolo, no, no todavía. Ella quería que él la mordiera en todas partes.

—Por favor, Edward.

—Cualquier cosa que quieras, te la daré.

Ella se arqueó hacia él, envolviéndolo con sus tobillos a la altura del coxis. La longitud larga y gruesa de su erección la golpeó, con más líquido empapando sus braguitas.

—Lo quiero todo.

Seguía llevando el cinturón, pero la piel debía estar agrupada, liberando su pene, porque podía sentir el calor de su piel sedosa y suave, sin embargo, oh, tan duro, empujando el algodón en un intento por sacarlo del camino. Sólo un poco más, y estarían piel con piel. Fuerza con mojado.

Suspiró a eso. Lo deseaba con cada fibra de su ser. Sin embargo, Edward tenía otros planes. Continuó su viaje hacia abajo, trazando sus cicatrices con su lengua, llevando a su ombligo. Tendría que sentirse humillada por la decadente atención, pero estaba también estaba excitada. Se le puso la piel de gallina, sensibilizando su piel a un grado casi insoportable.

—Mía —gruñó.

Sí. ¡Sí! Suya. Siempre. Ella frunció el ceño. No, no siempre. Las repercusiones de su amor la golpearon como un martillo en la cabeza. Ella podía irse a casa en cualquier momento. Esto no era permanente, y no podía olvidar ese hecho. No podía apegarse a él. A esto.

Ya lo estás.

Sí, lo estaba.

¿Cómo podía volver a su antigua vida ahora? Había probado el fruto prohibido, era adicta como había sospechado y necesitaba más. Más de sus manos y su boca y sus dientes y sus dedos.

Más del calor y de la dulzura y de la ferocidad. Pero si ella no terminaba eso, si trataba de huir ahora, siempre se preguntaría qué podría haber sucedido. Por lo tanto, se preocuparía de las consecuencias más tarde. Ahora, simplemente disfrutaría.

—Mía —repitió él.

—Sí —ella estaba de acuerdo.

—Me deseas.

—A ti y sólo a ti.

—Estás tan húmeda para mí. Puedo sentirlo, sentir lo lista que estás.

—Lista para ti y sólo para ti —se estaba repitiendo, pero no le importaba. Las palabras eran ciertas.

—Estás tan caliente para mí.

—Sí.

—Me darás todo.

—Sí, yo… —los pensamientos de Bella se descarrilaron por completo. Finalmente él estaba allí, entre sus piernas, empujando sus bragas a un lado. Ella ancló sus pantorrillas sobre sus hombros mientras su lengua la acariciaba.

Con el primer contacto, ella gritó. Tan bien, tan condenadamente bien. La lamió, chupó y mordió, haciendo crecer su deseo a un punto álgido. Tan cerca, más cerca que nunca.

— ¿Te gusta?

— ¡Me gusta!

Sus dedos se unieron a la obra. Primero, hundiéndose dentro y fuera, y luego otro, dentro y fuera, dentro y fuera, estirándola, preparándola para su posesión.

—Podría quedarme aquí para siempre —jadeó.

Ella era incapaz de responder, con el poco aliento que le quedaba atrapado en su garganta.

—Aquí también sabes tan dulce.

Un sonido escapó de su nudo. Un gemido.

—Córrete para mí, mi amor —era una orden del animal que había estado en el palacio, cayendo en un frenesí desesperado, conquistador—. Déjame ver esa hermosa luz en tu cara —con eso, la mordió, allí, entre las piernas.

Chupó la sangre que goteó, y luego, gracias a Dios, disparó lo que sus colmillos habían producido directamente dentro de su núcleo.

Chispas de felicidad absoluta se encendieron, luego se extendieron, rápidamente quemándola de arriba a abajo. Cada músculo que poseía se cerró, sufrió un espasmo, disparándola a las estrellas. Otro grito la dejó, éste rompiendo la luz del día.

El clímax fue intenso, demoledor. Después, Edward se cernió sobre ella, con una de sus manos rasgando sus bragas, con su pene sondeando su entrada. Sus ojos eran brillantes con purpurina, sus colmillos un determinado ceño fruncido. No de ira, sino de necesidad agónica.

—Más —dijo él con dureza gutural—. Déjame tenerte, ahora —gruñó.

Justo antes de empujar en su interior, los arbustos a su izquierda sacudieron sus hojas bailando juntas. Su atención se movió hacia allí, con un gruñido de pura amenaza.

Bella estaba demasiado perdida en la agonía de la pasión para prestar atención.

— ¡Edward! Por favor. ¿Qué esperas? Hazme tu mujer de verdad.

—Proteger —se levantó en posición vertical, cortando todo contacto. Ella se estiró a por él, pero él se colocó delante de ella, actuando como su escudo.

El tiempo del placer había terminado. Había llegado el tiempo de luchar.


¿Qué pasará a continuación?