Inesperado

La vida en la Enterprise era una mezcla de rutina y novedades: rutina por el devenir diario de todos los sistemas, y novedades que había que enfrentar con cada nueva misión. Entre unas cosas y otras Spock se encontró inmerso en un sinfín de obligaciones que le alejaban de los momentos de ocio que deseaba poder pasar con Jim. Sólo la compañía de Nyota le hizo más liviano el paso del tiempo que, casi sin poder asimilarlo, había hecho que tres meses pasasen ante él. Mas, al final, Spock se encontró ante el capitán. La invitación de Jim para cenar en sus cuartos había sido tan sencilla y fácil de aceptar que el oficial sólo comprendió lo que eso significaba para sus opciones cuando estuvo dentro de las estancias del capitán.

Intentando controlarse Spock siguió hasta la mesa a Jim y cenó en su compañía conversando acerca de los asuntos domésticos de la nave. Cuando la comida desapareció de los platos Jim le invitó a un juego de ajedrez.

–Hace demasiado tiempo que no jugamos por culpa de los constantes ataques klingons y romulanos, pero ya no tenemos excusa– dijo Jim sacando el tablero y disponiendo las piezas.

Sin opción a rechazar la oferta, Spock eligió las blancas y el juego dio comienzo.

Sólo llevaban seis movimientos, pero el oficial ya sabía que su juego era inconsistente y que su mente era incapaz de formar estrategia alguna. Tomó una pequeña cantidad de aire y habló.

–Jim, me gustaría comentarte algo.

–Adelante Spock.

–Hace varias semanas hice un descubrimiento personal que ha trastocado la mayor parte de mis pensamientos.

–¿Ha pasado algo con Uhura?

–En cierto modo sí. No sé si estás familiarizado con la palabra thy'la.

–Suena vulcana. Pero no sé que significa.

–Estás en lo cierto, es vulcana. Su significado es: amigo, hermano, amante, alma gemela.

–Es un significado inmenso– observó Jim con gravedad.

–Así es. Los vulcanos, al escoger pareja, nos vinculamos a ella. Nyota y yo estamos vinculados.

–Ella es tu thy'la– aventuró el capitán.

–No. Encontrar a tu alma gemela no es fácil, Jim. Piensa en la inmensidad del universo y en las probabilidades que hay de conocer a esa persona.

–La verdad es que parecen pocas, sí.

–Lo son, ridículamente ínfimas. Por eso los vulcanos podemos vincularnos con aquellas parejas que son compatibles con nosotros, y Nyota lo es.

–Me alegro– dijo Jim no sin alivio–. Es una grandiosa mujer. Aunque no hayas encontrado a tu thy'la, con Uhura a tu lado serás inmensamente feliz.

–Te equivocas en parte. Lo que perturba mis pensamientos es precisamente que creo haber encontrado a mi thy'la.

Jim ahogó una exclamación antes de maldecir.

–No puede ser, ¡Cielos! ¿Y Uhura? ¡Maldita sea Spock! Ella es increíble: inteligente, divertida, preciosa… aunque hayas encontrado a tu alma gemela no puedes dejar a Uhura. Es cómo una hermana para mi, he hablado mucho con ella desde que estamos en la Enterprise y sé que te ama con todo su corazón y…

–No es necesario que te alteres Jim. Ya he hablado con ella para explicarle la situación.

–¿Ya lo sabe?– preguntó el rubio perplejo–. ¿Y qué te ha dicho?

–Comprende que ella es dueña de mi corazón pero no de mi alma. Es gracias a su apoyo que estoy aquí. Sus consejos me han llevado hasta este punto en el que estoy ahora hablando contigo.

–Ha hecho bien: si te puedo ayudar en algo lo haré.

El primer oficial apreció la sinceridad de su capitán y, aunque por un momento dudó, supo que tenía que concluir su conversación.

–Lo hay Jim.

–Dime entonces que es Spock.

–Tú eres mi thy'la.

Conociendo a Jim cómo lo conocía, Spock había calculado que su reacción sería reírse y tratar de restarle importancia al hecho mientras lo descartaba. Lo que no esperaba fue ver a su amigo completamente confundido, abriendo y cerrando su boca, incapaz de hablar.

–Es difícil, lo sé– continuó diciendo Spock–. Yo mismo he tenido que meditar muchos días al respecto pero, no tengo duda alguna de mis declaraciones: cuando estoy lejos de ti estoy inquieto y cuando estás cerca es irremediable sentir alivio. Ambas sensaciones se han ido intensificando estas semanas pues he podido atisbar tu mente en varios roces fortuitos y, aunque leve, esa unión me ha hecho concluir que puedes ser tú.

–Pero… yo… no…– los labios de Jim temblaron–. Has dicho que "puedo ser yo". ¿Hay alguna manera de comprobarlo?

–Sí. Si me permitieras conectar tus puntos psy sabría si somos compatibles, o no, y el grado de unión.

La mención de la unión mental hizo que Jim se estremeciese.

–No guardo muy buenos recuerdos de la última unión que hiciste conmigo– dijo el capitán a modo de disculpa.

–También he estado pensando acerca de eso Jim: si mi yo antiguo estableció una fusión directa contigo en Delta Vega sólo pudo ser por que creía que podía hacerlo. Es decir: en su dimensión ya nos habíamos fusionado. Por eso no temía el que pudieras salir dañado, aunque finalmente lo hiciste al arrastrar parte de sus sensaciones.

–Pero… ¡Mierda!– Jim se cubrió los ojos con la mano.

–No me fusionaré contigo si no quieres– aseguró Spock.

–No, he de hacerlo– el capitán se frotó los ojos antes de volver a mirar a su amigo–. Está bien. Hagámoslo y veamos si te equivocas.

–Quiero cerciorarme de que estás plenamente seguro de esto. No entraré en tu mente a no ser que de verdad así lo desees.

–Estoy conforme con ello– dijo Jim.

Spock se acercó a él acercando su mano derecha a sus puntos de unión.

–Mi mente a tu mente.

Y con un leve roce de las yemas de sus dedos, Spock presionó el rostro de Jim.

Al principio Spock no supo lo que estaba pasando. Siempre que iniciaba una fusión mental podía sentir cómo su mente se adentraba en la otra cómo si se tratase del agua fluyendo a través de un arrollo, para terminar llegando al centro de los pensamientos ajenos enfrentando los distintos niveles de complejidad de su portador que solían mostrarse cómo cajas de diferentes formas geométricas que sólo había que abrir para descubrir su interior. Pero en el caso de Jim… todo era diferente, extraordinariamente diferente.

A diferencia de los anteriores roces, al entrar directamente a la mente de Jim a través de los puntos de unión Spock fue lanzado a un torbellino: mirase dónde mirase el viento rugía alzándose en furiosos tornados que chocaban unos con otros, estallando en tormentas que caía sobre el suelo formando auténticos mares. Pero era hermoso, más de lo que el Vulcano hubiera podido imaginar pues los remolinos eran de oro líquido y transportaban en su interior gruesas gotas de vivos colores que Spock identificó cómo pensamientos: cientos de miles de pensamientos iban y venían hacia todos lados sin cesar, rozando la superficie, formada por incontables colinas de oro que se perdían entre las aguas plateadas de un océano que parecía no tener fin.

El primer oficial se deleitó ante semejante visión. Avanzó entre los remolinos, extendió sus manos para sentir el dorado viento y tembló ante el leve roce de las ideas que llegaban hasta él. Caminó a través de las colinas durante un tiempo que fue incapaz de calcular hasta que, finalmente, le vio: sobre la colina más alta, una figura rubia, de espaldas a él, contemplaba el horizonte, sentada en el suelo. Sin dudarlo, Spock ascendió la elevación y llegó hasta la proyección de Jim. Al acercarse, el primer oficial descubrió que dentro de su mente Jim era aún más joven, aparentando unos diecisiete años, su cabello estaba más largo, llegando a cubrir parte de su frente con rizos que el austero corte militar que solía llevar no permitía que se formasen. Su presencia no pasó desapercibida y el muchacho se giró hacia él revelando una mirada indescriptible pues Spock podía discernir todas las tonalidades de azul dentro de los iris de su capitán.

–Bienvenido.

–Gracias Jim. No sabes cuanto aprecio que me hayas permitido llegar hasta aquí.

–Confío en ti– Jim sonrió de una forma tan genuina que Spock imitó el gesto mientras se sentaba a su lado–. ¿Te gusta lo que ves?

–No Jim: me fascina. Nunca había visto algo así. Es…– su mirada vagó por el sinfín de torbellinos de ideas alrededor de la colina–… hermoso.

–Creía que todas las mentes eran similares.

En vez de responder, Spock proyectó varias ideas hacia Jim: las formas geométricas formando cajas que salvaguardaban los pensamientos, el sencillo mecanismo para llegar hasta ellos abriendo cada caja y adentrándose en los niveles de las mentes; la forma más elaborada de aquellos con entrenamiento psíquico y que eran capaces de proyectar pequeños laberintos de habitaciones dentro de sus pensamientos; un acogedor cuarto…

–¿Qué ha sido eso?– preguntó Jim cuando las imágenes cesaron.

–Perdona– dijo Spock mirando confundido a Jim–. Te mostré cómo suelen ser las mentes más sencillas y complejas. Luego no sé cómo pero lograste tirar de mis propios pensamientos y ver parte de mi mente.

–¿Esa habitación es tu mente?

–Una parte de ella– respondió el Vulcano–. Desde niños se nos enseña a guardar nuestros más profundos pensamientos bajo varias barreras mentales que impiden que seamos vulnerables si un ataque psíquico se da. Lo que tú has visto es mi última barrera.

–Lo lamento Spock– se apresuró a decir Jim–. Yo no quería…

–No te disculpes– Spock volvió a mostrar una leve sonrisa–. Me agrada que puedas entrar en mi mente ya que eso implica que somos compatibles.

–¿Eso que significa?

–Que en verdad eres mi thy'la.

Tres torbellinos de oro estallaron tras ellos creando una bella lluvia de oro y plata.

–Aún no entiendo lo que eso significa– admitió Jim–. Es muy confuso saber que tu alma me pertenece. Aunque… en cierto modo sé que es así.

Entonces sucedió algo que Spock no esperaba: la forma adolescente de Jim alargó su mano hacia la suya, la tomó y rozó sus dedos con delicadeza. Miró al joven en busca de una explicación pero este seguía absortó en las caricias. Spock dudaba que Jim supiese lo que ese gesto significaba para los vulcanos, pero la inocente curiosidad del rubio estremeció su corazón.

–Lo es.

–No sé que se supone que debo hacer a partir de ahora, pero una de mis amyores preocupaciones es Uhura.

–No te preocupes thy'la.

De nuevo Spock tendió una corriente de imágenes hacía Jim permitiéndole ver alguna de las conversaciones con Nyota en las que la mujer admitía la situación y le animaba a revelarle sus sentimientos, recordándole que ella siempre estaría a su lado cómo pareja.

–Si te sientes más tranquilo puedes hablar con ella– le dijo Spock.

–He de hacerlo, si para mi esto es complicado no me quiero ni imaginar lo que está siendo para ella– Jim suspiró.

–¿Estás bien?

–Sí– Jim volvió la mirada hacia el horizonte repleto de un paisaje cómo el que les rodeaba–. Es agradable estar aquí contigo.

Spock apretó la mano de Jim entre la suya.

–Es muy agradable, y si me lo permites me gustaría regresar para explorar todo lo que aún desconozco. Ahora voy a cesar la unión. No has sido entrenado manejar tu mente y una presencia prolongada de otra en ella puede fatigarte.

–Está bien– dijo Jim–. ¿Qué debo hacer?

–Nada, sólo cierra los ojos y relájate.

Al abrir los ojos lo primero que Spock pudo ver fue a Jim, que trataba de abrir por completo sus párpados.

–¿Estás bien?

–Sí… sí– repitió Jim cómo si aquello fuese extraño para él–. Para serte sincero: me siento muy bien.

–Las fusiones mentales no deben causar dolor– le recordó Spock.

–Ahora lo sé.

Spock se permitió unos segundos de deleite observando la sonrisa de Jim, pero su atención se desvió hacia su mano izquierda pues esta estaba entrelazada con la del rubio.

–¿Por qué miras las manos con tanta atención?– le preguntó el capitán.

–A diferencia de los humanos, los vulcanos tenemos gran parte de nuestra sensibilidad táctil en las manos– comenzó a deshacer el cruce de dedos pero se demoró rozando el índice y anular de Jim–. Para nosotros esta unión es un beso.

Un torrente de emociones golpeó a Spock que miró a Jim.

–¿Qué ha sido eso?– preguntó el rubio llevándose ambas manos a las sienes–. He sentido… cómo un murmullo en mi cabeza.

–Es mi mente. Aunque no nos hemos unido la compatibilidad de ambas mentes hace que estas queden conectadas, aún de forma superficial, tras la unión.

–¿Eso que significa? ¿Voy a tenerte en mi cabeza?

–Sí, y no: Parte de mi estará en ella, y parte de ti estará en la mía. Pero no de la forma en la que creo estás pensando, ya que no podré ver tus pensamientos a menos que tú me lo permitas, ni tú podrás ver los míos a no ser que te acceso a ellos.

Palpando su cabeza Jim asintió.

–¿Con Uhura te sucede igual?

–No, ambos compartimos un vínculo pero lo hemos tenido que perfeccionar durante mucho tiempo– la sombra del cansancio cruzó los ojos de Jim–. Deberías ir a dormir. Las primeras fusiones mentales requieren de bastante energía.

Sin oponerse, Jim se puso en pie y acompañó a Spock hacia la puerta. Cuando el Vulcano estaba a punto de irse Jim rompió el silencio de forma tímida.

–¿Qué pasará a partir de ahora?

–Es sencillo Jim– dijo Spock brindándole una sonrisa tan sincera cómo la que le había mostrado en el interior de su mente– que estaré a tu lado hasta el fin de los tiempos.