A las barricadas
Capítulo 10 - Un mero espectador
Aquel día hacía más calor que otros. Echaba de menos los pantalones cortos. Los recordaba, allí en su armario en Francia... Y él ahí, en España, con pantalones de uniforme y botas. Se le estaban cociendo los pies y encima ya los tenía doloridos del dichoso baile. Francis se encontraba sentado en el banco de una plazoleta y de repente, a lo lejos, había visto a una figura familiar acercarse. Conocía bien a ese chico de cabello corto castaño, despeinado y esos ojos verdes vivos. Confesaba que se había sentido ligeramente emocionado cuando le vio caminar en dirección a él. ¿Y si le hablaba con normalidad? Bueno, no esperaba que le dijera que le quería, pero al menos que no le insultara en cada frase. Eso estaría bastante bien. Sus ilusiones se rompieron estrepitosamente cuando vio el gesto que su rostro adoptaba.
El ceño de Antonio estaba fruncido y sus labios curvados en una mueca de disgusto. Entonces ya supo que no iba a darle los buenos días.
- ¿Qué es lo que te traes entre manos con Pierre? -dijo Antonio.
Efectivamente, ni un saludo. Había vuelto a ser un maleducado y además sólo con él. Le hacía sentir una profunda decepción y pérdida de la ilusión. ¿Merecería la pena el esfuerzo? Le daba la impresión de que nunca iba a volver a hablarle como antes. No decía que no se lo mereciese. Sabía que se había comportado como un idiota, pero ahora se estaba esforzando un montón. Merecía un poco de compasión. Aunque, claro, Antonio no sabía todo lo que estaba haciendo por él y aún no era el momento de decírselo.
- No me traigo nada entre manos. Deja de ser tan paranoico. -dijo Francis.
La ceja de Antonio se movió, como si estuviese afectada por un pequeño tic. ¡Es que encima le llamaba paranoico! El tío tenía valor a pesar de ser francés. Le daban ganas de volver a pegarle otro puñetazo para ver si de una vez por todas le reordenaba las neuronas.
- No soy paranoico. Lo que no es normal es que desaparezcáis. Pierre, a diferencia de ti, -esa frase hizo que un pequeño tic afectase ahora a la ceja izquierda del rubio- es una buena persona. No quiero que empieces a meterle ideas extrañas en la cabeza. ¿Me has oído?
- ¿Desde cuándo te crees el rey del mundo? -dijo Francis con sorna- Muchos aires para un español tan poquita cosa, que te estás poniendo enclenque.
Aquella no era la mejor manera de hacer que se le pasara el enfado que tenía pero al menos el galo iba a perder parte de ese intenso estrés que sentía. Antonio le miró con coraje. Empezaron a discutir cada vez más fuerte. No tenían un motivo, aparentemente, cada uno se esforzaba en insultar todo lo que podía al otro y viceversa. Finalmente se cansaron y terminaron la pelea de la manera más lógica posible.
- ¡Vete a la mierda! -gritó Francis.
- ¡Muérete! -gritó a su vez Antonio.
El hispano se alejó a pasos agigantados de él. Se sentía tan molesto... No sólo no le había contado qué tramaba, encima se había acabado por poner chulo. Estuvo paseando durante largos minutos, tratando de calmar su enfado. No quería llegar al punto de romper cosas. En realidad no era para tanto todo lo que había ocurrido, el problema era él mismo. Antonio sentía mucho rencor hacia el galo y no creía que nunca fuese a poder dejarlo atrás. Y no se debía tanto al rechazo como uno pudiese imaginar, por supuesto que no. Había más que superado eso. Lo que le ocurría era que ese estúpido gabacho le había comparado con su hermano y eso sí que no se lo perdonaba. Era como si todos estos meses en los que se habían estado conociendo Francis no hubiese dejado de mentirle. Le había dicho que estaba bien, que no era culpable, en resumen le había dicho que no tenía que estar tan amargado y que estaba bien que fuese feliz. Y luego el muy capullo, porque otro nombre no le podía poner, le había dado a entender que su personalidad no le gustaba y que su hermano era mejor. Le daba rabia pensar que Francis nunca lo había conocido de verdad. Lo del amor no correspondido ya lo había superado. Que sí, ya estaba en el pasado.
De repente se dio cuenta de que se escuchaban unos pasos detrás de él. Seguían escrupulosamente el ritmo que él mismo llevaba. Su rostro se tornó más serio y finalmente se dio la vuelta para encarar a su perseguidor.
Pero, lo que le sorprendió fue que no había nadie. Cogió una nota que había en el suelo y la leyó sin expresión en el rostro. Con frialdad, Antonio arrugó el papel y se marchó de ahí tras tirarlo.
Francis se sentía con ganas de mandar a la mierda a España, a la República, a las sevillanas y a todo español que hubiese en el mundo. Lo peor es que sabía que estaba más enfadado porque todo eso le dolía. Le daba rabia sentirse así de inestable por culpa de una sola persona. Estaba tan centrado que no escuchó pasos tras de él hasta que estaban muy cercanos. Se giró y de repente no había nadie. Arqueó una de sus cejas rubias, confundido. A lo lejos vio un papel que no había estado antes cuando había pasado por encima de esos adoquines. Se dio la vuelta, se agachó y tomó la nota. La desdobló y pudo ver unas letras garabateadas.
" Eres idiota. "
Francis frunció el ceño. ¿Qué demonios era aquello? No había nada más escrito. Le dio la vuelta y nada, por detrás tampoco. Volvió a escuchar ruido. Era similar al frotar de dos telas.
- Eres idiota y ahora te tengo. -dijo una voz relativamente cerca de su oreja izquierda.
Antes de poder girarse y comprobar cuánta distancia le separaba de ese desconocido, Francis recibió un fuerte golpe en la frente que hizo que todo se volviese negro de golpe.
Lo siguiente que notó fue un frío que se le clavaba como si se tratase de mil agujas. También su cuerpo y su ropa mojándose y la sensación de que se ahogaba. Jadeó sorpresivamente y cuando trató de moverse se percató de que no podía ya que sus piernas y pies estaban atados a la silla de madera en la que estaba sentado. Respiró de manera entrecortada mientras trataba de sobreponerse a la impresión causada por el cambio brusco de temperatura. Allí, frente a él, estaba el hombre que le había despertado de aquella manera. Aún tenía el cubo entre sus manos, enguantadas con cuero negro. El uniforme era el de los italianos. Cabellos de color chocolate, peinados hacia un lado y con un curioso mechón rebelde que sobresalía hacia arriba. Los ojos, que le observaban divertidos y con sorna, eran de color miel. Dejó el cubo en el suelo con malas maneras y provocando un ruido metálico que retumbó en sus oídos. Tras eso cogió una carpeta de la que sacó un par de hojas.
- Veamos... Francis Bonnefoy. 25 años. Nacionalidad: francesa. Lugar de nacimiento: París. Padres: Jean Paul y Sophie. Tipo de sangre: O. Fecha de nacimiento: 14 de Julio. Buena fecha.
- Vaya, no sabía que tenía fans entre las tropas italianas... -dijo Francis dibujando una sonrisa torcida.
- Además es idiota. -murmuró mientras escribía sobre los papeles. Luego levantó la vista- Pensaba que no ibas a caer en lo de la nota. Una vez más, te sobreestimé. Iluso de mí. Creí que, tras haberme tiroteado el otro día, serías un rival a la altura. Sólo eres otro pelele más.
- Señor pelele para ti, italien. -dijo con soberbia Francis. Una cosa era estar capturado por un loco nazi, otra cosa era que fuese a suplicarle clemencia. Sabía sacar fuerzas de flaqueza en los momentos difíciles.
- Eres muy amiguito de Fernández, ¿verdad?
- Si te refieres a Carlos... -empezó Francis tratando de desviar la conversación. Por supuesto que sabía que no se refería a él, pero le gustaría que lo olvidase de una vez.
- Estoy hablando de Antonio, ese estúpido que se cree que me ganará de nuevo... Jah... Ese bastardo... -dijo Lovino y su voz se tornó más baja, más molesta- A ese Fernández me estoy refiriendo.
- ¿Por qué estás tan obsesionado con él? ¿Es que te gusta? Porque sólo te falta mandarle un ramo de flores y cantar bajo su ventana una bonita balada.
Dos pasos sonaron contra las baldosas, los tacones de las botas militares resonaron con fuerza contra ellas, y de repente sintió que le ardía la mejilla izquierda. Por inercia, su cabeza se había movido hacia el lado contrario. Menudo puñetazo le había metido el criajo. No iba a mentir, dolía bastante. Aunque, sin dudarlo, no se podía comparar al que le había metido Antonio un día.
- No sé si eres consciente de la situación en la que te encuentras, francés. Aquí no vas a poder llamar a tus apestosos amiguitos para que vengan a salvarte. En realidad, mi interés por ti es también nulo.
- Pues podrías dejarme ir, ¿no crees? -escupió hacia un lado sangre. Se había mordido por dentro y se había hecho un corte.
Lovino le observó con suficiencia. ¿Es que se pensaba que porque era joven iba a poder convencerle con burdos trucos? Su mente no era pueril y tenía todo el plan pensado al dedillo. Aunque si quería jugar, ambos podían hacerlo. De repente su rostro adoptó un gesto pensativo y acabó por encogerse de hombros.
- Pues tienes razón, podría dejarte ir. Voy a soltarte.
Se volvió a acercar a él, se inclinó para desatar las cuerdas, o esa impresión daba, y de repente sintió como descargaba un golpe contra su estómago. Jadeó ahogadamente y se inclinó hacia delante ante aquel ataque. Entrecerró los ojos mientras trataba de recuperarse del impacto mientras escuchaba la risa burlona del italiano por encima de sus propios quejidos y su respiración.
- ¿Lo ves? Yo también puedo hacer bromas así de divertidas. -dijo sacando una pistola y agitándola hacia el aire con la mano, como el que tiene un palo inofensivo.
- No entiendo por qué estás tan obsesionado con Antonio. Él parece también tener algo pendiente contigo. Lo que aún comprendo menos es qué pinto yo en todo esto, ¿sabes? Eso de recibir palos gratuitamente no es santo de mi devoción.
- La historia es bien sencilla. Ese figlio di puttana me conoció al principio de la guerra. Me engañó, me hizo creer que era de los sublevados y entonces, cuando me tenía arrinconado, me pegó una buena paliza. Por algún motivo no me remató, dejó que viviese, y eso fue peor. Desde ese día mi objetivo ha sido el de hacérselo pagar.
- A ver... él te pegó una paliza, tú le has pegado unas cuantas. Ya está, ¿no? Todo arreglado, ¿no es así?
- Esto no es un patio de colegio, Bonnefoy. Una ofensa de esas características no se perdona tan fácilmente. Tengo claro que hasta que no muera no estaré satisfecho. Debe ser humillante, que sufra, y entonces se acabó. Y para eso te necesito a ti. -dijo sonriendo con sorna- Yo mismo fui testigo de cuando, sin pensarlo, se interpuso entre tú y Fabriccio. Estaba dispuesto a encajar una bala por ti, sin dudarlo un solo momento.
Francis adoptó un momento un gesto serio. Lo recordaba, fue aquel terrible momento en el que de repente vio su espalda. Se había enfadado mucho con él por hacer aquello. En ese momento no pasó nada porque alguien había disparado... Le miró sorprendido.
- ¿Por qué pones esa cara? ¿Tanto te sorprende? No podía permitir que lo matase. Es mi objetivo. Necesito limpiar mi orgullo italiano. El caso es que pensé que si no podía llegar a él, entonces tendría que ser un poco más creativo. Así que he venido directamente a por ti. Mi hermano se ha encargado de darle una nota en la que le informo que si quiere que no te pase nada debe presentarse en este almacén abandonado, solo, sin avisar a nadie.
Se hizo un silencio que duró exactamente segundo y medio. En ese momento, Francis estalló en una carcajada incrédula que retumbó por todo el lugar, oscuro, frío, húmedo, ruinoso. La pose y actitud de Lovino se había ido deshaciendo, confundido por esa actitud.
- ¿Qué es tan gracioso, maldita sea? ¡Yo no le veo la gracia, gabacho! -vociferó con nerviosismo.
- Me parece que tu "maravilloso" plan se ha ido al garete, ¿sabes? Desde entonces, Antonio y yo nos hemos peleado. De hecho hoy mismo hemos discutido hasta que me ha despedido con un bonito: muérete. Mucho me temo que aunque leyese esa nota nunca vendría. Me odia, ¿sabes?
La expresión anonadada de Lovino le dio la certeza de que su información no daba para tanto. En realidad aquello le aliviaba. Si hubiese sabido hasta ese detalle, Francis hubiese empezado a temer que había un topo dentro de los suyos. Eso sí que hubiese resultado horroroso. El italiano empezó a caminar con lentitud un par de metros hacia la derecha, pensativo. Mientras, Francis movía la mandíbula hacia los lados tratando de notarla menos entumecida.
- Bueno, no pasa nada. Sólo es un pequeño desvío en el plan. Puede que Antonio no venga, pero no creo que Carlos se quede indiferente, ¿verdad?
Al escuchar aquello, se tensó. Bueno, seguramente Carlos sí que no podría ignorar la situación.
- Cuando él llegue, te mataré y él ocupará tu silla. Puede que a ti te odie, pero seguro que a su hermano no puede dejarle tirado. Es más... Tú no necesitas estar vivo más tiempo. Carlos no sabrá que has muerto y vendrá a buscarte, pero sólo encontrará tu cuerpo. -cargó la pistola.
El corazón de Francis le iba a mil por hora. Era un sonido atronador para él, que retumbaba dentro de su cabeza con fuerza, rapidez... Lovino metió la bala en la recámara, movió el brazo y apuntó el cañón hacia la cabeza del francés.
- Ciao, signore Bonnefoy.
- ¡Quieto!
La voz de Antonio resonó por todo el recinto con una fuerza y provocó un ligero eco que siguió sonando durante un segundo. La sorpresa del rostro de Lovino había pasado a ser una sonrisa tras asimilar lo que acababa de escuchar. No bajó el arma, ladeó el rostro y se fijó en Antonio. Respiraba agitadamente y sus cabellos estaban algo más alborotados que de costumbre. En la mano derecha llevaba una pistola que apuntaba hacia Lovino y su rostro estaba serio. Los ojos azules de Francis observaban atónitos al recién llegado. No podía creer lo que veía. Y su interior se debatía entre la alegría y el desasosiego.
- Pero qué mentiroso eres, Bonnefoy. Con que no iba a venir, ¿no? Pues aquí lo tenemos... Has tardado mucho, bastardo.
- Había dos malditos almacenes iguales. -dijo Antonio sonriendo forzadamente- La próxima vez especifica un poco mejor y llegaré pronto. Baja esa pistola.
- ¿Que la baje? Esa debería ser mi frase. A ti es al que le importa la vida del francés.
- No quieres disparar...
- ¿Que no quiero disparar? JA. Que no quiero disparar dice... ¿Aún no lo has entendido? Tú eres al único al que le dispararía más tarde porque quiero que pagues por la manera en que te burlaste de mí. ¿Pero al francés? Me importa bien poco apretar el gatillo contra esta cabeza hueca.
Francis se quejó por lo bajo al sentir que apoyaba el cañón del arma contra alguna herida que tenía en la frente donde le había golpeado anteriormente.
- Si no quieres que le vuele los sesos, deja la pistola en el suelo, apártala con el pie y acércate para que pueda devolverte esa paliza con intereses.
- Eso es una locura... -murmuró Francis recuperándose un poco.
- Cállate, francés. Esto no va contigo. -le dijo despectivamente Lovino.
- Pero a él le dejas ir. -dijo Antonio al mismo tiempo.
- No soy idiota. ¿Para que te puedas defender? Esto tiene que ser humillante; tanto que al final sólo desees tu propia muerte.
- No tienes que hacerlo. -dijo Francis.
- Está bien. -dijo al mismo tiempo Antonio. Su rostro tenía una expresión serena, todo lo contrario a la que tenía Francis.
- Hazlo, entonces. Venga.
- ¡No lo hagas! Es una loc-
- ¡Cállate, francés! ¡Maldita sea! -bajó la pistola y disparó muy cerca de Francis. Uno de los tiros astilló una esquina de la silla en la que estaba sentado. El galo se calló, asustado por la proximidad de los disparos- ¡Tú no eres más que un maldito rehén así que cierra esa sucia bocota francesa!
- ¡Si vuelves a disparar contra él te voy a coser a balazos, joder! El trato no es ese. -le dijo Antonio molesto. El corazón le iba a mil. Había venido a protegerle, él no tenía que pagar por algo que había hecho el mismo español.
- Sí que te importa~ Venga, tira la pistola. Pórtate bien...
Aunque tenía intención, Francis no pudo hablar para decir que no lo hiciera. Sin embargo en su mente lo gritaba repetidamente. Si dejaba la pistola en el suelo no le quedaría nada con lo que defenderse y entonces estaría totalmente a su merced. Pero, lejos de escuchar sus peticiones, Antonio se agachó, dejó la pistola en el suelo, se incorporó y la barrió con el pie lejos de él. Francis observó aquello con gesto descompuesto. El italiano rio.
- ¡No me lo puedo creer! ¡No pensaba que fuese a ser tan fácil! Debería haber hecho esto mucho antes. Ah... Qué divertido. Date la vuelta.
La pistola seguía apuntando a Francis pero éste ni la miraba ya que no podía apartar los ojos de Antonio el cual, obedientemente, se daba la vuelta y les daba la espalda. Una sonrisa satisfecha se dibujó en los labios de Lovino. Ese español se había pasado de listo engañándole de esa manera. Y su estúpido hermano ya podía decir misa. Siempre le daba el tostón diciéndole que debería dejar esa loca venganza y centrarse en la guerra que tenían entre manos. La mejor manera de poder ignorar lo que le decía era no escuchar sus palabras. Cuando le hablaba ponía la mente en blanco y pensaba en otras cosas. Movió la mano y apuntó a la espalda del español.
- Me abruma... Ahora mismo podría apretar el gatillo y terminar contigo. Bang -fingió el retroceso con su mano- bang, bang... -se quedó en silencio y chasqueó la lengua- Demasiado fácil. Demasiado indoloro. Date la vuelta.
Logró cambiar esa expresión de odio en una de indiferencia antes de darse la vuelta. Lovino se acercó a él y trató de golpearle con el puño que tenía desocupado. Sin haber sido del todo consciente, Antonio levantó sus brazos para protegerse y reducir el impacto. La mirada de Lovino era desaprobatoria.
- No te defiendas. Quiero que recibas los golpes.
- ¿Quién en su sano juicio no intentaría protegerse un poco? ¿Tan inocente eres? -dijo confundido Antonio.
Lovino apuntó en un visto y no visto a Francis, bajó el arma y disparó cerca de un pie. El galo apartó lo que pudo éste del agujero en el suelo. Jodido psicópata... ¡Esa había estado cerca!
- No me hagas dispararle en el pie para que dejes de protegerte. Puedo mover la trayectoria un par de centímetros y chillará como un cerdo en el matadero. Entonces me dirás que pare y que está bien, que no te cubrirás. ¿Por qué no nos saltamos todo eso y me lo dices directamente? El francés tiene pinta de que va a gritar fuerte, nos ahorraremos un dolor de cabeza...
El francés escuchó aquello indignado. Iba a hablar cuando Lovino le apuntó y le hizo un gesto con el dedo índice sobre sus propios labios para que se callara. Miró a Antonio. El español suspiró y relajó sus extremidades a ambos lados de su cuerpo. No podía ser... Francis se negaba a creerlo, porque si lo hiciese, se sentiría demasiado horrorizado por lo que se avecinaba. Lovino cerró el puño y con fuerza lo dirigió hacia el rostro de Antonio. El golpe sonó seco e hizo que la cabeza del hispano se moviese por inercia hacia un lado. Su mejilla se estaba poniendo rojiza por momentos. Movió el rostro para mirarle de frente, impasible. El italiano había dibujado una sonrisa ladeada. ¡Lo había hecho...! ¡De verdad que había dejado de defenderse! Ese francés había sido su mejor idea.
Y ese fue el inicio de un espectáculo horroroso: patadas, puñetazos que hacía que el cuerpo de Antonio se doblase, adolorido y que el italiano aprovechaba para golpearle o bien en la cara con la pierna o bien en la nuca con el codo. En estas últimas, Antonio caía al suelo y en unos segundos Lovino le apremiaba para que se levantase. Tenía el labio cortado y sangraba. La mejilla derecha estaba tan machacada que empezaba a estar lila y Francis se sentía más impotente que nunca. Por mucho que se movía, lo único que lograba era clavarse las cuerdas en las muñecas y tobillos como si éstas estuviesen hechas de esparto, mientras le gritaba a Lovino que se detuviese. En una ocasión le pidió que hiciesen un cambio: él por Antonio, eso sólo había hecho que el italiano se riera. No sabía cómo podía mantenerse en pie -aunque fuese tambaleándose- el de ojos verdes. Eso sí, cada golpe que recibía le dolía a él también. Era muy duro verle cada vez más magullado y respirar más rápido de lo usual. Al principio no se había quejado ni una vez, pero a medida que el cuerpo había recibido más golpes no había podido aguantar los quejidos o incluso algún grito ahogado. El último porrazo con la pistola contra la cabeza abatió a Antonio contra el suelo. Francis no podía aguantarlo más.
- Eres un hijo de puta. Te juro que te haré pagar por esto, te lo prometo.-dijo en su lengua materna, mirando con absoluto desprecio al italiano.
Pero éste ni tan siquiera le miró, se agachó, agarró el pelo de Antonio y le hizo levantar la cabeza. Sus facciones estaban relajadas y sus ojos cerrados. El galo sintió el estómago revolverse.
- ¿Por fin has perdido el conocimiento? Qué patético~ -dijo con tono de burla. Se levantó, cogió la pistola y la apuntó hacia él.
- ¡Ni se te ocurra!
- Supongo que este es el final...
- ¡Antonio...! ¡Detente! ¡Italiano hijo de puta, detente!
- Arrivederci, espagnolo...
Se escuchó un disparo y Lovino retrocedió casi al instante un par de pasos. Se había llevado la mano izquierda al hombro derecho, que sangraba profusamente. El que había realizado dicho disparo se encontraba a la espalda de Francis. Salió de la penumbra y Lovino pudo ver aquellas facciones tan parecidas a la del hombre que había echado en el suelo y aquella característica cicatriz adornando su ojo.
- Atrévete a disparar, italiano de mierda... -dijo Carlos con desprecio- Intenta hacerle algo más a mi hermano si tienes cojones. Tienes tres segundos para darte la vuelta y correr por tu maldita vida. Cuando haya desatado a Francis, como estés, te mataré.
Cuando se giró, Lovino se dio cuenta de la desventaja en la que se encontraba. Chasqueó la lengua a disgusto y corrió para salir del lugar lo antes posible. Francis tenía entonces las manos libres e hizo amago de levantarse, pero Carlos no le dejó.
- Será hijo de puta... ¡Te voy a matar! ¡Te lo juro! -gritó Francis con pura frustración.
Cuando ya le cortó las cuerdas de los pies, Lovino no estaba. Su mirada fue directamente a Antonio y no tardó nada en correr a su lado. El español estaba gravemente herido, pero respiraba. A Francis le daba miedo tocarle y hacerle sin querer más daño. El estado en el que estaba era lamentable.
- Ayúdame a cargarlo. Que se mueva lo menos posible, no sé si tendrá algo roto. -dijo Carlos reaccionando finalmente. Le dolía ver cómo estaba, pero era mejor que Matías le examinara cuanto antes.
Entre los dos lo cargaron con cuidado de no moverle demasiado y lo llevaron de vuelta al edificio en el que se alojaban. Todos estaban esperándoles. Matías llegó primero a Francis, que iba en cabeza, y le apartó un mechón de pelo para ver su frente. Sin embargo, el rubio ladeó el rostro para que el cabello, manchado de sangre, volviese a caer sobre su rostro. Sus labios, resecos y algo cortados de mordérselos con estrés, se entreabrieron y murmuraron en voz baja un: "Primero Antonio".
Se quedó sentado en una silla, fuera de la sala donde Matías estaba curando al hispano. Miraba la puerta ausentemente, recordando todos y cada uno de los golpes que Antonio había recibido de la mano del italiano. No lo entendía. De verdad que había creído que no vendría. Después de la última pelea que habían tenido, era lo lógico. Le había dicho que se muriera, ¿qué mejor manera de hacerlo que a manos de un psicópata? No podía dejar de rememorar los golpes. Uno, otro y así una larga enumeración de ellos mientras él tenía el rostro contraído por el dolor. Casi le parecía oír cada impacto. Se sobresaltó cuando hubo un ruido sordo a su lado. Ladeó la mirada y descubrió que había sido el sonido de la silla golpear el suelo. Carlos se sentó a su lado sobre ésta.
- Tiene una pequeña fractura en el brazo, pero nada roto del todo. Lo demás son cortes y hematomas. Le están acabando de coser la herida de la cabeza, se la abrió con ese golpe con la pistola.
- Gracias por aparecer... No puedo decir nada más que eso, gracias por llegar a tiempo.
- No tienes que dármelas. Pierre fue el encontró a unos alemanes. Al parecer estaban ahí para cubrirle la retirada. Es lo que tiene que su hermano tenga contactos en el ejército alemán, es muy amiguito de uno de los grandes mandos de la operación en la península. El caso es que estuvimos barriendo la zona y encontré esa nota arrugada...
Carlos le pasó el trozo de papel. Era la nota que Lovino había mencionado. Decía que tenía a Francis, lo describía al dedillo y le decía que fuese a aquel maldito almacén sin avisar a nadie. Si no hacía eso, moriría. Rompió la nota a cachitos con un gesto de desprecio. Ojalá no hubiese leído nunca ese trozo de papel. No había sido nada agradable ver a sus compañeros de Brigada morir, sin embargo se había sentido igual o peor al ver que Antonio era apaleado como un perro, sin defenderse, y todo porque quería protegerle.
- ¿No te vas a mover de aquí? -preguntó Carlos.
- Me moveré para sentarme a su lado a esperar que se despierte cuando terminen con él. Va a estar desorientado y quiero además hablar con él.
- ¿Y tú qué? -inquirió mirando a la puerta.
- ¿Yo qué de qué? -dijo Francis.
- Debería verte Matías. La herida de la frente no se ha cerrado y aún sangras. A este paso te vas a acabar desmayando.
- No me duele. -y no era ninguna mentira. En aquel momento la herida ni la recordaba. Estaba en otra parte de su mente, escondida, olvidada.
- Da igual que no te duela. Antonio ha aguantado todos esos golpes para que a ti no te pasara nada, ¿crees que es justo que ahora tú no vayas a que te mire un médico? ¿Crees que le haría feliz saber que te desplomaste por la pérdida de sangre cuando lo podrías haber evitado?
- Supongo que no... -tenía el ceño fruncido. Aquello era chantaje emocional. Terminó suspirando pesadamente- No sé realmente lo que le haría feliz. Pensaba que sabía cómo pensaba últimamente pero veo que no...
- Mi hermano es especialista en sorprender. Voy a llamar a Matías y que te cure esa herida. Luego, si quieres puedes hacerle compañía mientras no despierta.
Estaba claro que eran hermanos, ambos eran igual de tercos. Dejó que el médico le examinara. Le dio un par de puntos en la frente y mientras lo hacía sólo la arrugó y chasqueó la lengua a disgusto. Entró en la habitación en la que reposaba Antonio. Tenía una venda en la cabeza y los moratones eran feos. El labio estaba un poco hinchado y todo. Sintió un estremecimiento al verle así. Se acercó y se sentó en una silla a su lado. Allí se quedó apoyado contra el respaldo, mirando perdidamente un rincón de la estancia. De vez en cuando ladeaba la vista y observaba a Antonio. En su pecho había una pesadez que no se iba. Se quedó medio dormido y tuvo un sueño muy raro. En éste, Francis estaba paseando por el jardín de su casa en París. De repente veía una silueta tenue y enseguida supo que era Antonio. Le seguía por el jardín, entre arbustos y rosales blancos. El hispano no se paraba ni le hablaba y Francis no dejaba de caminar rápido tras de él. Cada vez su silueta estaba más borrosa. Estiró la mano tratando de alcanzarle y desapareció. Al siguiente segundo se encontraba con la mano suspendida en el aire de una habitación medio oscura. Había una lamparita en la mesita de noche que alguien había encendido y que daba una luz amarillenta, acogedora, al sitio. Miró a Antonio, allí echado, inconsciente aún. Tomó su mano y suspiró inaudiblemente. Vale, nada de Antonios que no se pueden tocar. Estaba ahí, era real, era palpable. Al rato soltó la mano y entonces, poco después, el hispano jadeó entrecortado y se movió un poco. Francis dirigió la vista hacia él y contempló que abría sus ojos y despertaba. Le puso la mano con cuidado sobre el hombro, tratando de impedir que se moviese mucho.
- Tranquilo, estás a salvo. No intentes moverte. -dijo con tono conciliador.
Antonio suspiró pesadamente y hasta eso le dolió. No sabía dónde estaba y el ardor de cada golpe le recordó qué había pasado antes de desmayarse. La voz suave, grave, familiar, le tranquilizó y cesó la intentona de levantarse. Ahora que lo pensaba, sonaba algo más apagada que de costumbre.
- Estás ronco, Francis. -dijo Antonio sonriendo ligeramente. Su voz también sonaba más o menos de la misma forma.
- Mira quién fue a hablar. -no había reproche en su tono, aunque tampoco ningún otro tipo de emoción.
El hispano se dio cuenta de aquello y sabía que seguramente era su culpa. Estiró el brazo que no tenía vendado e hizo un amago de tocar el pómulo de Francis. Éste estaba demasiado alto para llegar.
- Tienes la mejilla roja.
- Y tú morada.
- ¿Vas a estar reprochándome cada cosa que te diga? -dijo Antonio arqueando una ceja levemente.
Francis suspiró. Quería guardarse aquella conversación hasta que estuviese más recuperado, pero estaba claro que no podía. Había intentado ser neutral al menos y estaba fracasando estrepitosamente. La prueba era que Antonio le estaba diciendo aquello. Se sentó sobre la silla de madera y suspiró pesadamente. Sus manos frotaron parte de la boca y las mejillas. Luego las bajó y dejó reposar sobre sus muslos.
- No quiero que te ofendas pero, ¿para qué has hecho esto? No tenías por qué venir.
- Debería ofenderme pero no lo haré. He hecho esto para que me peguen. ¿Tú qué crees? ¿Es que no tienes neuronas de repente? Lo he hecho porque he querido. No tenía por qué venir, lo sé. Pero lo he hecho.
- Dijiste que me muriese y esta era una buena manera de que eso ocurriese. Y sin embargo vienes y dejas que te den una de película. ¿Qué broma es esa?
- Si esas son las bromas que conoces, el humor francés es horrible... -Francis le miró con reproche tras ese comentario; estaba claro que se estaba yendo por las ramas. Antonio suspiró- Hay veces que lo que se dice no es lo que se siente.
- ¿Por qué lo has hecho? ¿Te puedes imaginar lo que ha sido verlo desde un lado sin poder hacer absolutamente nada? Si tengo la voz ronca es de gritar frustrado intentando detener esa escena digna de película de terror, joder...
- Lo sé, te escuchaba. Y en mi mente te pedía perdón una y otra vez. No me quedaba otra opción.
- ¡Sí! ¡Te quedaba la opción de dejarme tirado y ya está!
- Lo intenté. Cuando leí la nota pensé que merecías algo así y la tiré. Pero... Luego no podía dejar de pensar en ti. Mentí, Francis. No sólo a ti, también me mentí a mí mismo. Quise convencerme de que ya no me importabas nada, pero ni yo mismo me lo creía en el fondo. No podía abandonarte, nunca me lo hubiese perdonado. Eres muy importante.
Francis se acercó a la cama y se fue inclinando.
- Deberías haberte ido... Deberías haberme abandonado... Deberías haber evitado esto...
Escondió su rostro en la colcha, al lado del torso del hispano. Éste le miraba con pena. Acarició como pudo su cabellera rubia. Francis estaba llorando. Finalmente no había podido aguantar más. Se había abierto una brecha por la que estaban escapando todos esos sentimientos tan fuertes: la impotencia por no poder ser más que un observador, la frustración de no ser capaz de evitarlo, la culpa por haberse dejado coger de aquella manera, el dolor por ver todo lo que Antonio estaba sufriendo por él, el miedo a perderle... Ese tremendo miedo a perderle en uno de esos golpes.
- N-no vuelvas a hacerme esto nunca. Ni se te ocurra. -dijo con la voz afectada por el llanto.
Antonio no entendía nada. Lo único que comprendía era que Francis estaba afectado por lo ocurrido, que le importaba lo suficiente para llorar de esa manera. No iba a preguntar el porqué.
- Lo siento... No lo haré.
No le molestaba el cambio.
Ñañaña owo... Y así se suavizan las cosas entre ellos xDDDD
Y supongo que tras leer medio capítulo o así ya se entiende el capítulo. No sé, no tengo mucho que comentar realmente XD paso a los reviews o3o
Misao Kurosaki, jajaja me di cuenta de eso cuando vi que lo del lunes se quedó bien lejos xDDD Leer sólo un párrafo xDDDD Eso es todo un rato supongo xD. Francis es idiota porque lo valoró al perderlo ovo. Antonio ya está mejor, ya dije que quería hacerlo y por eso pedí paciencia al principio xD Era consciente de que no parecía él xD. Bueno es que tampoco es habitual ver a Gilbird o yo nunca he leído nada XDDD. No son dos semanas owo Capítulo este viernes y el próximo jueves owo Espero que no me duela :'DD... supongo que iré poniendo cosas por twitter cuando me las saquen la semana que viene xDDD
Nanda18, owo Puees... no sé cómo lo he logrado pero es bastante impresionante ouo Me siento feliz xDDD. Es que estuve buscando un nombre que se pareciese a Gilbird pero que fuese alemán y me salió Gisfrid y dije: oye, pues muy bien xDDD. Realmente cuando escribí esto pensé 8D Gilbird/Pierre... interesante... *sigue escribiendo* ¿Es malo que los shippee? Bueno, el pobre tampoco es que tenga un salero enorme, pero se esfuerza por Antonio ò.o xDDD
Izumi G, bueno es que en este fic Lovino y Feliciano son soldados fascistas, lolz owo Por eso tienen una "onda mafioso" ¡Estaba calro que acabaría reaccionando! xDDD No me puedo creer que siempre se dé cuenta de todo. Es imposible XDDD Gracias, espero que este también te agrade u.ú o al menos interese y eso.
Anooonimo P, Carlos no se ha enterado de que estos dos han tenido esos dilemas mentales de amoríos XDDD Francis la cagó monumentalmente, además sin recordar que Antonio odia ser comparado con su hermano xDD... Pero bueno estar solo de nuevo le ha hecho lanzarse adelante y avanzar sin Francis ouo Ahora ya es más él. Pierre es mi amor platónico, lo tengo que cuidar mucho :D
Y eso es todo por esta vez ovo La semana que viene intentaré por todos los medios tener el capítulo el jueves ouo
Nos leemos~
Miruru.
