Basado en las imágenes: 194 (Duda, pero le toca la mano. Propuesta por Genee), 195 (Chico y chica en sus balcones. Propuesta por SkuAg) y 221 (Pies entrelazados en cama. Propuesta por Chia Moon)
Personajes: Taichi y Sora.
Disclaimer: Digimon no me pertenece.
Don't be afraid
Las luces del salón comedor le conferían a cada figura que bañaban un tono glamoroso. El ir y venir de la gente entre las diferentes mesas lograban distraerlo, sin embargo, seguía golpeteando la mesa con sus dedos. Sintió una mano tocándole el hombro.
—Lamento la tardanza —dijo ella.
Se giró para verla, abriendo ligeramente la boca en señal de sorpresa. Una sonrisa se asomó de forma inconsciente en el rostro de la mujer. Intentaban ignorar esos pequeños roces del último tiempo.
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Se despertó con el suave aroma que engatusaba a su nariz. El aire frio de la habitación contrastaba fuertemente con la calidez de las sábanas. No sabía cómo sentirse y poco a poco se iba convirtiendo en un amasijo de nervios mientras sentía el tacto suave de ella en la espalda.
Sentía que todo su cansancio acumulado había dejado de pesar en sus hombros, e incluso tenía esa antigua sensación de mariposas en el estómago, pero al mismo tiempo la sombra del arrepentimiento se hacía presente. No quería abrir los ojos.
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—¿Sora?
La mujer giró, dando la espalda a la mesa de recepción.
—Taichi —se acercó para saludarlo con un abrazo, ni muy fuerte ni muy suave. Habían tenido momentos demasiado cercanos en el pasado, especialmente cuando, durante una de las tantas charlas que siguieron a esa tarde fumando en el balcón, él confesó haber coqueteado con el suicidio tras la muerte de Yuriko. «Demasiado cercanos si tratara de otra persona» Pensó.
—¿También te estás alojando en este hotel? —preguntó sorprendido el castaño. Era uno de los principales expositores en la Cumbre sobre el Mundo Digital, por lo que llevaba una semana en Roma. Estaba acostumbrado a estar fuera de Japón, a pesar de todo lo que eso lo alejaba de su hijo. Taiki tenía nueve años.
—Sí, acabo de llegar —respondió mientras señalaba una maleta—. Voy a presentar mi trabajo más reciente… La verdad es que esta invitación me sorprendió, creo que me estoy volviendo más reconocida de lo que podría imaginar —dijo con un deje de orgullo.
El castaño sonrió.
—Eso es fabuloso, sabía que tu esfuerzo daría frutos —hurgó en su maletín y le extendió un folleto—. Sería bueno que pudieses ir, las puertas.
La pelirroja leyó la información sobre la cumbre e hizo un gesto de negación.
—A esa hora debo presentar mi trabajo… ¿tienes algo que hacer hoy en la noche?
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El silencio reinaba en aquel elevador que sólo los acogía a ellos. La música que se escuchó durante la cena seguí retumbando en las mentes de ambos.
—Lo siento —dijo el castaño antes de que ella saliera por aquella puerta. La sensación de sus labios rozándose permanecía allí.
Ella lo miró confundida antes de despedirse con un gesto.
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La música suave no hacía más que aumentar esa cálida sensación que provocaba su tacto. Habían llorado y reído ese día, y ahora sólo querían mantener ese abrazo mientras se movían al compás de la tonada. Estaba asustado y feliz por partes iguales.
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Tuvieron que abrir los ojos, encontrándose con la mirada fija del otro, debatiéndose entre separarse o eliminar esa pequeña distancia. Una caricia en la mejilla de la pelirroja fue el principio de una de las conversaciones más íntimas entre ellos.
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La cálida brisa de verano se encargaba de agitar las cortinas blancas de la habitación, haciendo que el aire lentamente dejara de estar impregnado de aquel aroma tan particular.
—¿Estamos mal? —preguntó ella mientras permanecía sentada en la orilla de la cama. Contemplaba el movimiento de las cortinas. Unas horas antes habían estado reunidos junto a sus antiguos compañeros y visto a sus hijos correr por el mundo digital.
Una camisa desabotonada era su única prenda. El cabello despeinado y una ligera capa de sudor eran la evidencia más notoria de lo que habían hecho.
El castaño la contempló acostado antes de acercarse a ella por detrás, apoyando su mentón en el hombro de la mujer y rodeando su cintura con ambas manos.
—Sora… yo también lo he pensado mucho, no creas que me ha sido sencillo —se sentó junto a ella, estrechando una mano con la de ella—, pero lo único que termino sacando en claro es que te quiero, como mi amiga y como mujer. No creo que estemos haciendo algo malo.
La pelirroja separó su mano de la de él.
—Desde hace casi un año que nos acostamos a escondidas y fingimos frente al resto, somos como…
—Somos amantes, Sora —interrumpió el castaño con voz tranquila mientras volvía a coger su mano—. Te amo, me amas... Quiero que seamos una familia.
Sora se giró completamente hacia Taichi. Uno de sus pechos estaba completamente descubierto, dejando ver un pezón marrón todavía ligeramente endurecido, y su rostro se encontraba ligeramente enrojecido y con una expresión de sorpresa.
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—No tengas miedo —dijo ella mientras le entregaba el fruto de su amor. Había sido una labor extenuante, pero la felicidad había compensado aquello.
—Es hermosa… Sacó tu nariz. —dijo él mientras sostenía a la bebé con mucho cuidado. Su mirada estaba absorta.
No fue hasta que la entregó nuevamente a su esposa, que decidió tocar aquel tema.
—¿Estás segura? —preguntó a sabiendas de que ella le entendía.
—Ya lo decidí, Taichi. Se llamará Yuriko.
De esta forma concluyo con mi pequeña trilogía Taiora dentro de esta colección, espero que haya sido de su agrado.
El título lo escogí por la canción del mismo nombre, la cual forma parte de la banda sonora del videojuego Metal Gear Solid 3: Snake Eater. Otras canciones que encuentro recomendables para leer este fic, son: Adieu, de la banda sonora de Cowboy Bebop, y Can't Say Goodbye to Yesterday, de la banda sonora de Metal Gear Solid 2: Sons of Liberty.
Nos leemos luego.
