Capítulo 10

Edward se giró en redondo, dispuesto a entrar en la casa y detener a Bella lo antes posible. Aquello era una ridiculez.

Su padre lo sujetó por el brazo.

— ¿Adónde vas?

—A detener a Bella. Todavía no puede arreglárselas sola. Cualquiera puede verlo.

— ¿Y vas a entrar ahí para decirle que no puede irse?

—Exacto.

— ¿Y qué derecho tienes a retenerla aquí?

—Soy el padre, ¿recuerdas?

—Eso he oído. Pero no eres el marido. Jasper dice que, si Bella quiere ponerse difícil, tendrás que ir a los tribunales para obtener derechos de visita.

—Bella no haría eso. Además, da igual. Nos vamos a casar. Pensaba decírselo esta noche. Si no os hubierais entrometido, estaría ya todo arreglado —hizo una pausa—. No es que os reproche nada, pero quiero mostrarme responsable.

Su padre le puso una mano en el hombro.

—Hijo, nunca hemos dudado de que serías responsable.

—Entonces, ¿a qué ha venido lo de esta noche?

—A que queríamos que fueras feliz.

— ¿De qué estás hablando?

—Llevas mucho tiempo llorando la muerte de Tanya y el niño. Es comprensible. Fue una gran pérdida. Pero es algo que debes superar si quieres ser feliz.

—Ya te he dicho que me voy a casar con ella —gritó Edward, cansado de las palabras de su padre.

—Cuando te declaraste a Tanya, ¿le dijiste lo que tenía que hacer?

Aquella pregunta no tenía sentido.

—Por supuesto que no. Ella sabía bien lo que quería —repuso.

— ¿Y por qué crees que Bella no merece también una declaración auténtica?

— ¡Esto es diferente! —aulló Edward, al que no le gustaba lo que oía.

— ¿Por qué?

—Porque hay una niña. Y Bella no debe asumir la responsabilidad sola.

—Estoy de acuerdo. Sé que la ayudarás con la niña. Pero Bella parece ser independiente, quizá porque nunca ha tenido a nadie en quien apoyarse. Dudo que acepte una exigencia para casarse.

—Aceptará. La familia es importante para ella. Quiere lo mejor para Nessie. Claro que aceptará.

Las palabras de su padre empezaban a erosionar su seguridad. Lo tenía todo planeado. Tenía que salir bien. Le demostraría a su padre lo equivocado que estaba.

—Estará encantada. Y se lo diré ahora mismo —se apartó y echó a andar hacia la casa.

Carlisle Cullen lo miró en silencio. No creía que el enfoque de su hijo fuera a dar resultado, pero por primera vez en mucho tiempo, confiaba estar equivocado.

Tanto Esme como Alice intentaron convencer a Bella de que no se fuera.

—Agradezco todo lo que han hecho por mí, pero ya estoy más fuerte y creo que es importante que salga de la vida de Edward. También es importante para Nessie y para mí. No quiero que mi hija no se sienta querida por su padre.

—Seguro que llegará a quererla —dijo Esme, con voz angustiada.

Bella intentó sonreír, pero no pudo.

—Estaremos bien. Descansaré una semana más. Tengo dinero para ello, ya que Edward pagó todas las facturas del hospital.

Tardó poco en guardar las cosas de la niña, y ella había pasado casi todo el tiempo en bata y camisón. Esa noche era la primera en que se había vestido.

—Creo que es todo. Si cree que a Edward no le importará, me llevaré estos pañales.

—Llévate lo que necesites —dijo Esme—. Y mañana iré a llevarte comida, así que te llevaré también más pañales.

—Señora Cullen, no quiero causarle problemas con su hijo. Estaremos bien.

—No lo dudo, pero pienso asegurarme de ello. Y llámame Esme.

— ¿Seguro que no le importa llevarme al pueblo?

—Te llevaremos Jazz y yo —intervino Alice—. Mamá y papá se llevarán al niño.

— ¿Seguro? ¿No estás muy cansada?

—Estoy bien. Solo lamento que mi hermano esté tan ciego que no pueda ver a lo que está renunciando.

Bella la abrazó.

—Edward no tiene la culpa de no querernos. No te enfades con él.

Se abrió la puerta y entró el aludido.

—Bella, no puedes irte.

Para sorpresa de la joven, Esme se interpuso entre los dos.

—Tú no tienes nada que decir en esto. No puedes tenerla aquí prisionera.

Edward miró a su madre con ferocidad.

—No está prisionera. Pero no es necesario que se vaya. Vamos a casarnos.

Bella se quedó atónita. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Era su sueño hecho realidad. Solo tenía que aceptar y tendrá una familia para Nessie y para ella. Un padre para su hija.

Pero no podía hacerlo.

Porque la oferta no tenía sustancia. No las quería. Quería todavía a Tanya y a su hijo.

—Nos casaremos lo antes posible —siguió él—. Por mí la semana que viene, pero si tú quieres esperar a preparar una gran boda, también estoy de acuerdo.

—No —repuso ella con suavidad. Levantó la bolsa que acababa de cerrar.

—No hagas eso. Ya la llevará Jazz —dijo Alice.

— ¿Cómo qué no? —preguntó Edward.

—No puedo casarme contigo, pero gracias por pedírmelo. Alice, ¿te importa llamar a Jasper? Estoy lista.

Edward bloqueó la puerta.

—Pero yo creía que querías casarte. Seremos una familia. Dijiste que querías una familia.

Bella dejó de llorar. Tenía delante a un hombre testarudo que se negaba a ser sincero con ella o consigo mismo. Si no dejaba las cosas claras aquella noche, al día siguiente lo tendría en su puerta. Y era preciso terminar con aquella montaña rusa de sentimientos.

— ¿Por qué quieres casarte conmigo? —preguntó.

—Esa es una pregunta tonta. Tenemos una hija.

Alice lanzó un gemido, y Bella reprimió otro.

—Un matrimonio es algo más que una responsabilidad. Yo no tengo intención de prohibirte ver a Nessie. Pero tampoco me meteré en un matrimonio sin amor por ella. Sabía que no querías tener más hijos. No te hablé antes de ella porque temía que insistieras en que abortara.

Todo el mundo dio un respingo excepto ella.

—Cuando tomé aquella decisión, sabía que aceptaba la responsabilidad por mi hija. Te prometo que será feliz. No tienes que preocuparte por ella.

Intentó salir por la puerta, pero él la sujetó por los brazos.

—Eso es una ridiculez, Bella. Lo nuestro puede salir bien. El hecho de que yo quiera… de que estuviera casado antes no significa que no pueda volver a casarme.

La joven miró al hombre atractivo y bueno que tenía delante. ¡Lo quería tanto! Pero él no sentía nada por ella, y un matrimonio así no podía salir bien.

—Espero que vuelvas a casarte algún día, Edward, cuando encuentres a alguien a quien puedas amar. Pero hasta entonces no te lo aconsejo. Y ahora, si me disculpas, estoy cansada.

La mirada de incredulidad del rostro de él le dio ganas de abrazarlo, de asegurarle que haría lo que quisiera. Pero no podía.

—Edward —dijo su madre.

El hombre le lanzó una mirada inexpresiva, como si no supiera quién era. Bella aprovechó la ocasión para salir. Nessie dormía en el cuarto de enfrente, envuelta en una manta rosa. La levantó y la envolvió en una manta más grande. Tomó la bolsa de los pañales y se volvió.

Edward la miraba desde el umbral.

—No te la lleves —dijo con voz ronca.

—Es preciso —repuso ella, con gentileza—. No puede crecer compitiendo con un fantasma. Ella no es tu hijo. Pero es una hermosa niña, mi niña, y quiero que lo sepa.

—También es mi niña.

—Solo si tú quieres que lo sea. Tienes que decidirlo tú, Edward, pero yo no te la ocultaré. Si quieres verla, ya sabes dónde vivo.

Pasó a su lado y Esme le tomó la bolsa de pañales. Alice y Jasper salían ya del dormitorio de al lado con las demás bolsas.

— ¿Lista? —preguntó la mujer.

Bella asintió y corrió a la cocina. Allí se despidió llorosa de Jake.

—Si necesitas algo, no dudes en decírmelo —le pidió este.

—Gracias, pero creo que estaremos bien.

Salió al exterior, dejando atrás al único hombre que había amado nunca.

La casa pasó de estar llena de gente a estar vacía. Jake seguía allí, pero guardaba silencio. Y Edward comprendió de repente que, aunque su familia no se hubiera marchado, la casa le parecería igual de vacía sin Bella y Nessie.

¿Qué iba a hacer?

— ¿Quieres probar el postre que ha hecho tu madre? —gruñó el cocinero.

Edward lo miró como si estuviera loco.

—No, maldición. No quiero postre. He dicho que me casaría con ella. ¿Eso es malo? Era lo que quería cuando hablamos en octubre. Acepto y ella se marcha. Está loca. Buen viaje.

Jake, que aclaraba platos delante del fregadero, se volvió hacia él.

—No sabía que podías ser tan estúpido —gritó.

Salió de la cocina y Edward lo oyó dar un portazo en su dormitorio.

¿Todo el mundo le echaba la culpa de la marcha de Bella? La decisión había sido de ella. Él no quería que se fuera. Le había dicho que se casaría con ella y cuidaría de las dos. Y no habían aceptado su proposición.

Recordó las palabras de su padre. Y era cierto que lo suyo no había sido una declaración de amor precisamente. Pero qué diablos… las circunstancias eran diferentes. ¡Tenían una hija! Y la pequeña Renesmee necesitaba alguien que se ocupara de ella.

Echó a andar por la cocina mientras repasaba mentalmente lo ocurrido aquel día y buscaba el modo de llevar a cabo sus planes.

No encontró respuestas, así que siguió paseando.

Cuando Jake entró en la cocina a la mañana siguiente, encontró a Edward todavía allí, sentado con la cabeza apoyada en la mesa y los ojos cerrados.

— ¿Has estado levantado toda la noche? —preguntó, enfadado todavía con su jefe a causa de Bella y la niña, pero queriéndolo como siempre.

Edward levantó la cabeza y parpadeó varias veces.

— ¿Qué hora es? —gruñó.

—Las cinco y media. ¿Quieres desayunar?

El dueño de la casa se pasó las manos por el pelo con la esperanza de frenar el golpeteo que sentía en la cabeza. La noche anterior había acabado por forjar un plan, pero ¿cuál era?

Ah, sí; iría a ver a Bella y le haría ver lo tonto de su reacción. Volvería a proponerle matrimonio. No se había explicado bien. Seguramente ella creía que pensaba tratarla como a una hermana. Pero se equivocaba.

—Ah, voy a dormir un rato —dijo—. Despiértame a las ocho. Desayunaré entonces. Llama a Emmett y dile que no me espere hoy.

El capataz y los muchachos podrían arreglarse sin él. Para eso les pagaba.

—De acuerdo —Jake lo miró, y Edward apartó la vista de sus ojos acusadores.

—Me voy arriba —dijo con aire tenso.

El cocinero no respondió. Pero cuando se quedó solo, puso los brazos en jarras y movió la cabeza con tristeza de un lado a otro.

Bella no se despertó hasta las ocho. La niña empezaba a establecer ya una rutina que facilitaba las cosas: pedía comida cada cuatro horas.

Salió de la cama y corrió al cuarto de la pequeña.

—Buenos días, preciosa. Mami está aquí.

Le cambió el pañal y se sentó con ella en la mecedora que había comprado de segunda mano poco después de descubrir que estaba embarazada.

Después de darle de mamar y hacerle expulsar el aire, la acostó de nuevo y se dispuso a desayunar. Miró su despensa casi vacía y decidió que no tenía más remedio que ir de compras ese día.

Estaba tomando un té cuando oyó que llamaban a la puerta. No tenía la bata puesta y no quería que nadie la viera con el pelo revuelto y en camisón.

—Un momento —corrió al dormitorio, se puso la bata y se arregló un poco el pelo—. ¿Quién es?

—Esme y Carlisle —dijo la madre de Edward.

La joven abrió la puerta. Los dos iban cargados de bolsas de comida.

— ¿Qué es…?

La mujer pasó hacia la cocina, seguida por su marido. Bella fue tras ellos.

—No hacía falta que trajeran nada —protestó.

Esme estaba ya colocando la despensa.

—He pensado que seguramente no tenías leche y creo que luego me he dejado llevar por el impulso de comprar —le explicó con una sonrisa—. Carlisle siempre se queja de que compro demasiado.

— ¿Qué tal, jovencita? —le sonrió el hombre.

—Estoy bien. Nessie está en la cuna, pero creo que sigue despierta, si quieren verla.

—Oh, tráela aquí, Carlisle —le pidió su esposa—. Yo voy a preparar el desayuno —miró a Bella—. Si no te importa. Carlisle y yo aún no hemos comido. Siéntate y prepararé algo.

La joven no pudo negarse.

Volvió Carlisle con la niña en brazos y una sonrisa en el rostro.

—Es un encanto —musitó, colocándola de modo que su esposa le viera la cara.

Bella sonrió. Le gustaba que le hicieran cumplidos a la niña.

—Siéntate con Bella, Carlisle. No debería estar mucho de pie.

—Vamos —asintió el hombre—. Sentémonos a la mesa y puedes terminar el té mientras esperamos el desayuno.

Bella abrió la boca para protestar.

—Esme se siente mejor si puede cuidarte un poco —le explicó Carlisle—. Espero que no te importe.

—No me importa, pero no es necesario. Volver aquí fue decisión mía —no quería que se sintieran mal por culpa suya.

Pero como no podía hacer otra cosa, se sentó y comprobó que sí estaba cansada. Quizá porque no había dormido bien la noche anterior. Edward no era el único que tenía cosas que lamentar.

...

—Ha sido un desayuno maravilloso. Gracias —dijo Bella cuando terminaron de comer—, pero no quiero que sientan lástima de mí ni se consideren obligados a cuidarme. Nessie y yo estaremos bien.

—Desde luego que sí —asintió Esme—, pero quiero formar parte de la vida de mi nieta, si tú me lo permites. Y te considero como a una hija.

La joven parpadeó con rapidez.

—No quiero causarles problemas con Edward. No les impediré ver a Nessie, pero creo…

—Bella —la interrumpió Carlisle—, queremos mucho a nuestro hijo. Lo que no significa que pensemos que ha tomado la decisión correcta. Por desgracia, es él el que tiene que encontrar el buen camino. Y hasta entonces, tenemos intención de asegurarnos de que no os falte de nada.

La joven tragó el nudo que tenía en la garganta.

—No estén tan seguros de que vaya a cambiar de idea —dijo con suavidad—. Él no tiene la culpa de no quererme. En todo caso es culpa mía por acostarme con él antes de darme cuenta de lo que sentía.

Carlisle se puso en pie y comenzó a recoger los platos sucios.

—Bien, ya veremos. Por el momento vete a la cama y descansa mientras limpiamos esto.

—Y no se te ocurra protestar —añadió Esme—. Hace mucho tiempo que Carlisle no se ofrece a fregar. Y no pienso perdérmelo.

La joven les dio las gracias y se levantó para retirarse a su dormitorio. Una llamada a la puerta la detuvo.

— ¿Alice? Espero que no venga también a ayudarme —comentó, mirando a los otros dos.

— ¿Bella? —sonó la voz de Edward.

Los tres se quedaron inmóviles. Carlisle dejó los platos en la mesa.

— ¿Quieres que abra yo? —preguntó.

La joven asintió con la cabeza.

Edward miró a su padre y luego a las dos mujeres.

— ¿Se puede saber qué hacéis aquí? ¿Esto es una conspiración para que nunca esté a solas con ella?