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ME despierto lentamente, por fases. Primero, siento el cosquilleo del pelo en la cara, después, el calor del sol en el brazo que tengo destapado. Por un momento, mi mente está flotando en ese limbo suave y cómodo entre el sueño y el insomnio, entre el sueño y la realidad.
Mantengo los ojos cerrados, sin querer despertar del todo,
porque la sensación es muy agradable.
Ahora me doy cuenta de que huele a tortitas, olor que
proviene de la cocina.
Mis labios se curvan y sonrío. Es fin de semana y mamá quiere darnos de nuevo un capricho. Solo hace tortitas en ocasiones especiales y a veces porque le da por ahí.
El pelo me vuelve a hacer cosquillas y sin ganas muevo el
brazo para quitármelo de la cara. Ya estoy más despierta y el
calor que sentía se disipa y lo sustituye el miedo constante e
intenso.
«No, por favor, que sea un sueño. Por favor, que sea una
pesadilla».
Abro los ojos.
No es un sueño. Sigue oliendo a tortitas, pero no puede ser
mamá quien las esté haciendo.
Estoy en una isla en mitad del Pacífico, secuestrada por un
hombre que obtiene placer haciéndome daño.
Me estiro con cuidado y me examino el cuerpo. Excepto un
ligero dolor en el trasero, parece que estoy bien. Anoche solo me obligó una vez, lo que agradezco.
Me levanto, camino desnuda hacia el espejo y me miro la
espalda. Tengo unos moratones apenas visibles en el culo, nada grave. Esa es una de las ventajas de estar bronceada, no me he echo cardenales. Mañana habrán desaparecido por completo.
Después de todo, parece que he sobrevivido a otra noche en la cama de mi secuestrador.
Cuando me lavo los dientes, pienso en anoche. La cena, el
estúpido plan de seducirlo, la sensación de traición por lo que hace él…
No puedo creer que haya empezado a confiar en él, aunque
solo sea un poco. Los hombres normales no secuestran a las
chicas en el parque, ni las drogan ni las traen a una isla privada.
Los hombres a los que les gusta el sexo consentido y normal no secuestran a una mujer.
No, Terry no es normal. Es un bicho raro al que le gusta el
control sadomasoquista. No puedo olvidarlo nunca. Que aún no me haya hecho demasiado daño no implica nada. Es solo
cuestión de tiempo que me haga algo horrible.
Tengo que escapar antes de que ocurra y no tengo tiempo para seducirlo. Es demasiado peligroso e impredecible.
Necesito encontrar una manera de salir de la isla.
DESPUÉS de darme una ducha rápida y lavarme los dientes, bajo a desayunar. Karen debe de haber estado en mi habitación porque ha preparado otro conjunto de ropa limpia: un bañador, unas chanclas y un vestidito.
Karen está en la cocina y también las tortillas que olí antes.
Al entrar, me sonríe. Parece que la tensión de ayer se haya
olvidado.
—Buenos días —me dice muy animada.
—¿Cómo te sientes?
La miro escéptica. ¿Sabe lo que Terry me hizo?
—Oh, pues bien —digo con sarcasmo.
—Eso es bueno —dice sin haberse dado cuenta de mi tono—Terry temía que tuvieras molestias esta mañana. Por eso me ha dejado una crema especial para que te la dé por si acaso.
Lo sabe.
—¿Cómo puedes vivir contigo misma? —pregunto, con
mucha curiosidad.
¿Cómo puede una mujer mantenerse aparte y ver cómo
abusan de otra de este modo? ¿Cómo puede trabajar para un hombre tan cruel?
En vez de responderme, Karen coloca una tortita grande y
esponjosa en un plato y me la acerca. También hay rodajas de mango en la mesa, justo al lado de la botella de sirope de arce.
—Come, Candy —me dice sin crueldad.
Le echo una mirada penetrante y le hinco el diente a la tortita, que está riquísima. Creo que le ha añadido plátano a la masa porque se puede saborear ese dulzor. No necesita ni sirope de arce, aunque le añado unas rodajas de mango para darle más sabor.
Karen me sonríe de nuevo y se pone a hacer las distintas tareas de la cocina.
Después del desayuno, salgo de la casa y exploro sola la isla.
Karen no me detiene. Aún me sorprende que me dejen vagar a mis anchas de esta forma. Deben estar totalmente seguros de que no se puede salir de la isla.
Bueno, encontraré la manera.
Camino incansable durante horas bajo el ardiente sol hasta
que las chanclas me hacen una rozadura. Me quedo cerca de la playa, con la esperanza de encontrar un barco atado en algún sitio, quizá en una cueva o en una laguna.
Pero no encuentro nada.
¿Cómo llegué aquí? ¿En avión o helicóptero? Terry mencionó ayer que había descubierto este sitio mientras volaba en avión.
¿Quizá es así como me trajo aquí, en un avión privado?
Esto no sería bueno. Aunque encontrara el avión en algún
sitio, ¿cómo lo pilotaría? Me imagino que, como mínimo, tiene que ser complicado.
Una vez más, si le pongo el suficiente empeño, quizá lo
averigüe. No soy tonta y pilotar un avión no debe ser tan difícil.
Pero tampoco encuentro el avión. Hay una zona cubierta de
hierba al otro lado de la isla con una estructura al final de ella, pero no hay nada dentro, está completamente vacía.
Cansada, sedienta y con la rozadura que me molesta cada vez más a cada paso que doy, me dirijo de vuelta a la casa.
—Terry salió hace un par de horas —Me dice Karen en cuanto entro.
Me quedo mirándola estupefacta.
—¿A qué te refieres? ¿Ya se ha ido?
—Tenía unos asuntos de negocios urgentes de los que
ocuparse. Si todo sale bien, volverá dentro de una semana.
Asiento, intentando mantener una expresión neutral, y subo a la habitación.
¡Se ha ido! ¡Mi torturador se ha ido!
Solo quedamos Karen y yo en la isla. Nadie más.
Empiezo a darle vueltas a distintas posibilidades de huida.
Puedo robar uno de los cuchillos de la cocina y amenazar a Karen hasta que me muestre una manera de salir de la isla. Quizá haya internet aquí y puede que sea capaz de contactar con el mundo exterior, fuera de esta isla.
Estoy tan emocionada que gritaría.
¿De verdad piensan que soy tan inofensiva? ¿Mi
comportamiento dócil los ha hecho relajarse tanto que creen que continuaré siendo una secuestrada amable y obediente?
Pues no podrían estar más equivocados.
Terry me asusta, pero Karen, no. Con los dos en la isla, atacar a Karen no tendría sentido y sería peligroso.
Sin embargo, ahora es jugar limpio.
UNA hora más tarde, voy a hurtadillas a la cocina. Como suponía, Karen no está. Es demasiado pronto para preparar la cena y demasiado tarde para el almuerzo.
No llevo puestos los zapatos para minimizar el ruido. Miro a
mi alrededor con cautela, abro uno de los cajones y saco un gran cuchillo carnicero. Le paso el dedo y veo que está afilado.
Un arma. Perfecto.
Como el vestido que llevo puesto tiene un cinturón pequeño,
lo utilizo para atarme el cuchillo en la espalda. Es una funda muy rústica, pero sujeta el cuchillo en su sitio. Espero no cortarme el trasero con la hoja, pero si lo hago, valdrá la pena correr ese riesgo.
Un gran jarrón de cerámica es mi siguiente adquisición.
Pesa lo suficiente para que apenas pueda levantarlo por encima de la cabeza con los brazos. No hay cráneo humano que pueda aguantar esto.
Una vez que tengo las dos cosas, voy a buscar a Karen.
La encuentro en el porche, con un libro, acurrucada en un
cómodo sofá exterior, disfrutando del aire fresco y de las bonitas vistas al océano. No mira cuando saco la cabeza a través de la ventana que está abierta y rápidamente la vuelvo a meter, intentando averiguar qué hacer después.
El plan es sencillo. Tengo que esperar a que Karen baje la
guardia y golpearle en la cabeza con el jarrón. Quizá atarla con algo. Después podría usar el cuchillo para amenazarla hasta que me ponga en contacto con el mundo exterior. De este modo, cuando Terry vuelva, podrían haberme rescatado y podría denunciarlo.
Solo debo saber cuál sería el lugar perfecto para mi
emboscada.
Al mirar alrededor, veo un recoveco pequeño cerca de la
entrada a la cocina. Viniendo desde el porche —como creo que sería el caso de Karen— no se ve nada dentro. No es el mejor lugar para esconderse, pero es mejor que atacarla directamente. Voy allí y me quedo pegada a la pared, con el jarrón en el suelo, justo a mi lado, para poder cogerlo con facilidad.
Respiro profundamente, intento calmar el leve temblor de las manos. No soy una persona violenta, pero aquí estoy, a punto de romper el jarrón en la cabeza de Karen. No quiero pensar en ello, pero no puedo dejar de imaginar su cráneo totalmente partido, sangre por todos lados, como si fuera una película de terror. La imagen me pone enferma y me digo que no será así, que seguramente acabe con un molesto moratón o una leve conmoción.
La espera parece interminable. Sigue y sigue, cada segundo
parece durar una hora. El corazón palpita con fuerza y estoy
sudando, aunque la temperatura de la casa sea mucho más fría que el calor que hace fuera.
Finalmente, después de lo que parecen ser varias horas,
escucho los pasos de Karen. Cojo el jarrón, lo levanto con cuidado por encima de mi cabeza y contengo la respiración cuando Karen entra por la puerta que viene del porche.
A medida que se acerca, sujeto el jarrón con más firmeza y se lo tiro encima de la cabeza.
No obstante, en algo me equivoco. En el último segundo, Karen debe de haber escuchado que me movía porque el jarrón le golpea en el hombro.
Grita de dolor y se toca el hombro.
—Hija de puta.
Respiro con dificultad, intento levantar el jarrón de nuevo,
pero ya es demasiado tarde. Coge el jarrón y lo tira, rompiéndolo en mil pedazos.
Salto hacia atrás y con la mano derecha busco frenéticamente el cuchillo. «Mierda, mierda, mierda». Logro coger el mango y lo saco, pero me agarra el brazo sin darme tiempo a hacer nada, moviéndose tan rápida como una serpiente. Me coge la muñeca derecha como si fuera una correa de acero.
Se sonroja y los ojos le brillan mientras me tuerce el brazo
hacia atrás: me duele mucho.
—Tira el cuchillo, Candy —me ordena severamente con un
tono lleno de ira.
Estoy en pánico, intento golpearle en la cara con la otra mano, pero también me coge el brazo. Está claro que sabe luchar y que también es más fuerte que yo.
Lloro por el dolor en el brazo izquierdo, pero intento pegarle
una patada. No puedo perder esta batalla. Es la mejor forma que tengo de escapar.
Le golpeo las piernas con los pies, pero no llevo puestos los
zapatos y me hago más daño yo en los dedos que ella en sus
espinillas.
—Tira el cuchillo, Candy, o te romperé el brazo —amenaza.
Sé que dice la verdad. Tengo los hombros a punto de
desencajarse y se me nubla la vista, el brazo me duele
muchísimo.
Me resisto durante más de un segundo y luego suelto el
cuchillo. Cae al suelo con un sonido hueco y alto.
Karen me suelta inmediatamente y se inclina para cogerlo.
Me alejo, respirando con dificultad, me arden en los ojos
lágrimas de dolor y frustración. No sé qué me va a hacer ahora, ni quiero saberlo.
Así que echo a correr.
SOY rápida y estoy en forma. Oigo como Karen me persigue, me llama, pero dudo que haya hecho atletismo alguna vez.
Salgo corriendo de la casa y bajo a la playa. Rocas, ramas y
grava se me meten en los pies, pero apenas los siento.
No sé a dónde me dirijo, pero no puedo dejar que Karen me
atrape. No pueden encerrarme en una habitación o hacerme algo peor.
—¡Candy!
Mierda, también es una buena corredora. Corro mucho más
rápido, sin hacerle caso al dolor de pies.
—¡Candy, no seas estúpida! ¡No puedes ir a ninguna parte!
Sé que es verdad, pero ya no puedo ser una víctima pasiva. No puedo sentarme y permanecer sumisa en esa casa, comer lo que Karen me prepare y esperar a que Terry vuelva.
No puedo dejarle que me vuelva a hacer daño y que provoque que mi cuerpo lo ansíe.
Los músculos de las piernas ya no pueden más y los pulmones se esfuerzan por tomar aire. Me olvido de las molestias e imagino que estoy en una carrera con la línea de meta a tan solo unos metros.
Parece que esté corriendo durante mucho tiempo. Cuando giro la cabeza, veo que Karen se está quedando cada vez más atrás.
Reduzco el ritmo un poco. No puedo mantener esa velocidad
durante mucho más tiempo. Sin pensarlo demasiado, me dirijo a la zona más rocosa de la isla, donde puedo escalar las rocas y desaparecer en la zona boscosa que hay encima.
Tardo unos diez minutos en llegar allí. Entonces, ya no veo a
Karen detrás de mí.
Disminuyo la velocidad y subo por las rocas. Ahora que estoy fuera de peligro inmediato, puedo sentir los cortes y moratones en los pies descalzos.
Es una subida lenta y tortuosa. Las piernas me tiemblan por el esfuerzo tan grande que he hecho y al que no estoy
acostumbrada. Siento un bajón de adrenalina. Sin embargo,
consigo subir la colina rocosa y llegar al bosque.
Estoy rodeada de vegetación tropical, abundante y espesa, que impide que me vean. Sigo adentrándome entre los matorrales en busca de un buen lugar en que desplomarme por el agotamiento.
No es fácil que me encuentren aquí. De lo que puedo recordar de lo que exploré, el bosque abarca una gran parte de este lado de la í debería estar a salvo por ahora.
A medida que empieza a oscurecer, me cobijo en un gran
árbol, apenas impenetrable por la maleza. Limpio una parte
pequeña del terreno y compruebo que no hay cerca ni
hormigueros ni nada que pueda picarme ni morderme.
Después me acuesto, sin hacerle caso al dolor punzante que siento en los pies por los cortes.
No es la primera vez en mi vida que agradezco que mi padre
me llevara de acampada cuando era niña. Gracias a su tutela, me siento a gusto con la naturaleza en todo su apogeo. Insectos, serpientes, lagartijas: no me molestan. Tendría que tener cuidado con ciertas especies, pero, por lo general, no les tengo miedo.
Temo más a las lagartijas que me trajeron a esta isla.
Ahora que estoy lejos de Karen, puedo pensar con más claridad.
No tiene un cuerpo esbelto y tonificado por hacer un poquito de cardio y de yoga en el gimnasio. Es fuerte—puede que como algunos hombres— y, sin duda, mucho más fuerte que yo.
También parece haber recibido algún entrenamiento especial.
¿Quizá artes marciales? Desde luego, cometí el error de intentar apresarla. Debería haberla acuchillado por la espalda cuando no estaba mirando.
Aunque no es demasiado tarde. Puedo regresar a la casa a
hurtadillas y sorprenderla. Necesito tener acceso a internet y lo necesito ahora, antes de que Terry vuelva.
No sé qué me haría por haber atacado a Karen, pero tampoco quiero saberlo.
CONTINUARA
