Capitulo 10 – Trabajo de biología.
Decir que Jacob se preocupó es realmente poco, pero también estaba muy enojado con Hillary y conmigo. Con la primera por haber "supuestamente" causado mi fractura y conmigo por no haber ido antes al hospital. Demasiado tiempo me costó convencerlo que no se tenía porqué enojar; qué lo echo, echo estaba y no se podía hacer nada al respecto. Además ya me sentía mejor, de modo que no tenía de qué preocuparse, solo necesitaba que me llevase a casa para así poder descansar un poco.
Luego de varios minutos discutiendo en la puerta del hospital, absorbiendo miradas asombradas de extraños por nuestro comportamiento, logré convencerlo a regañadientes de que me llevase a casa sin quejarse.

Pasó la mayor parte del camino despotricando en voz baja contra mi familia. En cierta parte me gustaba su parte protectora, pero prefería que se agarrara con mi familia y no con Edward. El solo echo de pensarlo me helaba la sangre, Jacob peleándose con Edward, era mortificante tan solo imaginarlo. Eso no debería pasar por nada en el mundo, de modo que Jake nunca se podría enterar de lo que Edward me hizo, sería un secreto que me llevaría a la tumba.
Al llegar a la casa tuve que volver a luchar contra Jacob para hacerle entender que no podía entrar, sería un caos si Janet lo encontraba allí. A pesar de que mi amigo insistía en cuidarme, tuve que negarme; sencillamente no quería más problemas. Así que luego de volver a insistirle, se fue pacíficamente a su casa con la promesa que llamaría por la noche para saber cómo me encontraba.

Mentiría si dijera que estaba en condiciones como para cocinar, pero pedir comida a domicilio no entraba en los planes de Janet; de modo que, a pesar de todo, tuve que cocinar. Demasiado tiempo me llevó preparar un simple arroz con pollo. Afortunadamente, para la hora que la señora de la casa llegó: la mesa esta servida.

La reacción de Janet al ver mi mano enyesada no fue la mejor. Sinceramente no había esperado piedad, desde luego que no, pero al menos un poco de compasión. Obviamente era algo que no recibiría en esta casa.

- Demonios, Isabella, ¿cómo harás las cosas de la casa con una mano así? – expresó totalmente enojada mi madrastra. Al parecer le preocupaba más mi ineficacia en los quehaceres domésticos que mi bienestar. Suspiré relajándome, rogando para que en algún momento esto terminase.
- Trataré hacer lo mejor posible, Janet – dije tratando de excusarme. No entendía porqué lo hacía. Demonios… ¡yo no había tenido la culpa de esto! Había sido culpa de Edward Cullen, él me había agredido. Y ahora, por su culpa, tendría que lidiar con más insultos y más peso en mis hombros.
- No, no, Isabella, no tratarás de hacer lo mejor posible – hizo una pausa mientras se tragaba de un bocado media porción de torta de frutillas – lo harás.
- Trataré – le refuté – tengo una mano quebrada y no se si sabes, pero es bastante difícil hacer las cosas con una sola mano. Por lo general, se necesitan las dos – cuando la verborrea terminó, sabía perfectamente que había ido más allá.

- ¿Así que enfrentándome, Isabella? – preguntó retóricamente. Traté de serenarme, sabía que llevarle la contraria no era buen puerto. Además, no estaba como para recibir otro golpe.
- Yo lo siento, Janet, no quise – susurré bajando la mirada. En el fondo, sabía que humillarme no me llevaría a nada, pero al menos aplacaba la tormenta; sobretodo si lo que necesitaba era descansar.
- Así me gusta – dijo sonriendo maliciosamente – ahora recoge todo.
Parecía el paraíso poder haber llegado a la cama luego de tanto ajetreo. La mano molestaba mas no dolía como hoy a la mañana. Los analgésicos hicieron efectos inmediatos, de modo que poco a poco comencé a relajarme para que por fin Morfeo me llevara a sus cómodos brazos.
Cuando el despertador sonó la mañana siguiente sentía que poco había dormido mas estaba agradecida de haber podido descansar el cuerpo. La ducha fue toda una hazaña, tuve que envolver mi brazo enyesado en una bolsa para que el yeso no se mojara. Y hacerlo con una sola mano había sido…complicado. Luego de una hora en la ducha lidiando con mi cabello enjabonado, salí totalmente agotada. Había sido duro hacerlo sola pero claro estaba que no recibiría ayuda al respecto.
El desayuno no había sido menos difícil, apenas unas tostadas para la "familia" y su correspondiente té; por mi parte, opté por leche con cereales. El camino a la escuela había sido duro también, y no esperaba menos. La muñeca comenzó a dolerme, de modo que tuve que sujetar el brazo con un pañuelo, para así tener el brazo en alto y que no doliese tanto.
Afortunadamente no llegué tarde, pero la diferencia fue pequeña, ya que cuando puse un pie en el instituto el timbre sonó indicando el comienzo de clases. Tranquilamente me dirigí a la clase de Lengua, a sabiendas de que el profesor no siempre llegaba en hora. Tal cual había predicho, cuando llegué al salón el profesor no se encontraba allí aún, de modo que me encaminé hacia mi asiento y con parsimonia me senté a esperar.
La clase de Lengua y las que le siguieron fueron tranquilas y poco interesantes, sin embargo agradecía el manto de piedad que los profesores me tenían a raíz de la fractura.

En la hora del almuerzo me encontré con Bean y Jacob en la mesa de siempre. El primero de ellos estaba sorprendido por mi fractura, pero inmediatamente pasó al enojo luego de recordar quién había sido la supuesta culpable. Traté de tranquilizarlo, como siempre solía hacer, pero al parecer Bean también había tocado su punto máximo.
- Oye, Be, ¿qué es lo que sucede? – pregunté a sabiendas que no era mi fractura lo que lo tenía de ese modo.

- Ya sabes, Bella, esta mujer no puede hacer de ti lo que quiere – dijo disgustado – tenemos que hacer algo al respecto.
- No es a eso a lo que me refiero, y lo sabes. Vamos cuéntame, ¿qué sucede? – traté de ser compasiva, de todos modos no iba a presionarlo demasiado; él me contaría en su momento. Jacob estaba tan desconcertado como yo con su actitud; generalmente Bean siempre era la persona calma y tranquila del grupo.
- Sí, Be, Be, cuéntanos que sucede – pidió Jacob para acompañarme.
- Demonios – exclamó, nuestro rubio amigo, con los ojos cerrados – eres jodidamente perceptiva Bella, a veces no es divertido.
- Lo siento – susurré – no quería importunarte.
- No te disculpes, es sólo que estoy mal, eso es todo – dijo agarrándose la cabeza. Eso sólo podía ser señal de una sola cosa: mal de amores.
- ¿Qué sucedió con Mery Sartaz? – pregunté totalmente segura de qué aquello era el problema que tenía.
- ¡Rayos! – exclamó molesto. Jacob y yo no hicimos más que sonreír porque le había embocado a su preocupación – ¡es que no pasó nada! – dijo de repente – ¡no pasó nada!, no sé cómo hablarle, cómo acercarme – confesó dolido.

El resto del almuerzo pasó entre varios consejos que entre Jacob y yo le dimos a nuestro angustiado amigo. Los míos eran infundados en la cantidad de libros románticos que había leído, no sabría decir de dónde Jacob sacaba tan buenos consejos y, sinceramente, no quería saberlo.
Afortunadamente, al ver mi yeso el profesor de gimnasia me dejó irme libremente. Me dirigí entonces a la cafetería, me compré una magdalena con unas monedas que encontré en mi mochila y con parsimonia me dirigí hacia la biblioteca.
Estuve un rato conversando con Liliana, debía hacer tiempo para después partir a la casa de los Cullen. De más esta decir que se preocupó mucho por mi fractura. Por suerte, y gracias a Jacob, acordamos que la mentira oficial ante todo esto sería que me había caído camino al instituto en el día de ayer cosa que, teniendo en cuenta mi poca coordinación, era sumamente creíble.
Cuando por fin el timbre sonó, me despedí de Lili con un beso y me dirigí hacia la carretera, por donde me había indicado Edward que era su casa.
Tenía idea de que los Cullen vivían fuera del pueblo, pero no sabía que era tan lejos. La carretera parecía interminable, como si su fin fuese el horizonte mismo. Cuando por fin doblé en la senda con follaje, tal como Edward me indicó, el húmedo calor del bosque me inundó y comenzó a faltarme el aire, pero según las instrucciones faltaba poco, de modo que seguí adelante.
De forma inesperada y sorprendente, me topé con una magnífica estructura blanca de tres pisos. Sabía que los Cullen tenían dinero, pero ¿tanto como para tener semejante casa? Daba las dimensiones del edificio, me sentí insignificante. Entonces supe que esa era la idea: intimidar el visitante.
Con resignada tranquilidad me encaminé hacia la puerta de la casa, si así se le podía llamar. Toqué timbre y se sintió una suave pero fuerte melodía que indicaba un invitado en la puerta. Inmediatamente abrió Edward y a pesar de que traté de evitarlo, no pude, me tensé automáticamente.
- ¿Dónde esta tu auto? – preguntó el dueño de casa, sacando su cabeza unos centímetros fuera de la puerta. Siquiera me dirigió un saludo; suspiré hondo, esta iba a ser una tarde larga.
- No tengo – respondí tímida ante su avasalladora mirada.
- ¿Te trajeron entonces? – preguntó curioso. Negué con la cabeza, su actitud no ameritaba hablar - ¿cómo viniste entonces?
- Caminando – susurré, de todas formas él escuchó por que dijo:
- Pero Isabella, por favor, ¡son ocho kilómetros! – dijo sorprendido – de verdad estas loca – añadió refunfuñando. Entonces se percató de que aún seguíamos en la puerta, porque entró y dejó la puerta abierta como para que yo entrase.
Con extremo cuidado me deslicé dentro de la majestuosa casa, cerré la puerta tras de mi y esperé en el vestíbulo. De repente y sin percatarme de aquello, había una amable mujer mirándome con una sincera sonrisa plantada en su hermoso rostro.

- Buenas tardes, ¿tu eres Isabella? – preguntó curiosa sin perder la amabilidad.
- Bella, por favor – pedí cortésmente. Parecía ser mayor que Edward y sus hermanos, y teniendo en cuenta que el Dr. Cullen era casado, ésta debía ser su esposa.
- Esme Cullen, querida – se presentó, estirando su mano para poder estrecharla. Al hacerlo, su mano estaba tan helada. De hecho, creo que se percató de mi atención porque la quitó enseguida – ¿así que vienes a hacer un trabajo con Edward?
- Si, señora. De biología – contesté medio sonriendo.
- Por favor, cariño, llámame Esme – pidió educadamente. Entonces me pregunté: ¿cómo es que Edward y Rosaline son tan malas personas, cuando los educó éste encanto de mujer? Creo que era una pregunta a la cual nunca le encontraría una respuesta, al menos no la respuesta correcta.
- Ven, pasa a la cocina. ¿Quieres algo de tomar? – me ofreció mientras me guiaba a la lujosa cocina. Todo parecía ser de mármol blanco, con cerámicas beige y alacenas de pino.
- Un jugo, por favor – pedí sonriendo.
Mientras la señora de la casa buscaba un vaso y la jarra de juego en la heladera, pude escuchar claramente como decía:
- ¿Dónde estará este Edward? Ya no se qué hacer con este chico.
Por un momento, sólo por un momento sentí pena por ella. Al parecer no estaba al tanto de lo terrorífico que era su hijo; o tal vez sí.
Justo para calmar los pensamientos de su madre, apareció Edward sonriéndole, como nunca antes lo había visto.

- Aquí estoy, madre – dijo su hijo, respondiendo a los pensamientos de su madre. Fue tan respetuoso con ella, como lo fue con su padre en el consultorio.
- Vayan a trabajar – nos pidió sonriente – en un momento les llevo leche y galletas.
- Gracias, madre – respondió respetuoso su hijo, a lo que ella sonrió.
Edward me condujo en silencio hacia la espaciosa sala, en dónde él se acomodó en un cómodo sillón blanco y yo lo imité. Comencé a sacar mis cosas de la mochila cuando él habló.
- ¿De verdad viniste caminando? – preguntó aún sorprendido por aquello - ¡demonios, son ocho kilómetros!
- Sí, Edward, ya te lo he dicho, vine caminando – respondí hastiada por su actitud.
- Si me hubieras dicho, yo…- comenzó y realmente no quería saber como continuaba, de modo que lo corté.
- El Sr. Smallaine dijo que había que hacer una carpeta y una maqueta. ¿Qué prefieres hacer? – pregunté pero al parecer no quería hacer nada, al menos eso pensé, porque no contestó – Si estas de acuerdo, prefiero hacer la carpeta, ¿sabes? Con una sola mano es complicado hacer una maqueta – reflexioné en voz alta, sin ninguna intención en echarle nada en cara. Pero al parecer él no opinaba igual, por que dijo:
- ¿Me lo estás echando en cara? – preguntó descontrolado, a lo que yo me asusté inmediatamente; no necesitaba otra de sus reacciones violentas.
- No realmente, sólo estoy constatando un hecho – logré decir, aún no sé cómo. No podía negar que sentía miedo, había conocido al Edward violento y no quería que aquella situación se repitiera. Era bastante frustrante pensar todo lo que iba a decir o hacer por temor a su reacción.
Nos quedamos en un incómodo silencio por varios minutos, cada cual absorto en sus pensamientos. Suspiré pensando que cuanto más me demorara aquí, mayor sería el castigo cuando llegara a la casa, sobretodo después del atrevimiento que me tomé anoche, de modo que dije:
- ¿Empezamos? – quise saber insegura, a lo que él asintió más serio de lo habitual - ¿alguna computadora para buscar información? – pregunté tímida.
- Sí, ya la traigo – contestó él con el mismo tono monocorde de hace unos instantes. Al cabo de unos minutos volvió con una moderna computadora portátil, la cual abrió para mí y la encendió. A su vez comenzó a sacar materiales para comenzar a hacer la maqueta, pero al ver que no me movía de mi lugar, preguntó:

- ¿Qué esperas? Supongo que, al igual que yo, quieres terminar este asunto rápido.
- Sí, así es – concordé – el problema es que no sé usar esta cosa – confesé tímida, a lo que él me miró como si fuese de otro planeta.
- ¿No sabes usar una computadora? – preguntó extrañado y con un tono de burla. La realidad era que no sabía, al menos no de este tipo.
- Claro que sé – me jacté – pero sólo en las convencionales – admití avergonzada. Acababa de darle a Edward una razón más para poder burlarse, ellos se prendían de cualquier oportunidad para hacerlo.
En un par de minutos me explicó como se utilizaba. No era difícil, sobretodo porque tenía las mismas funciones que la convencional sólo que se manejaba de manera táctil; era hasta divertido. Luego de aquello, comencé a buscar información sobre el ADN y seleccioné un par de paginas web que parecían bastantes fiables; además nos apoyaríamos en el libro de texto, obviamente.
Cuando guardé las páginas para poder leerla otro día, levanté la vista, me percaté de que ya era de noche y que, probablemente, hacía mucho frío afuera. Suspiré pensando en lo que sería la vuelta hacia la casa, simplemente fría y larga. Además tendría que hacer la comida con una sola mano, la cual me estaba doliendo. Me di cuenta, entonces, que Edward me miraba atento; seguramente estaba esperando que yo me fuera, de modo que se lo hice más sencillo al decir:
- Bueno, mejor me voy.
- Está bien – coincidió. Se levantó del sillón con agilidad y me condujo hacia la puerta. En ese momento entró su madre en el vestíbulo.
- ¿Ya te vas, querida? – preguntó con esa ternura que la caracterizaba.
- Si, señora, ya me iba – respondí con respeto. Entonces Esme miró a su hijo extrañada y dijo:
- Espero que seas caballero y la lleves, Edward – lo regaño aún sonriente.
- Por supuesto, madre – respondió su hijo, pero claramente era compromiso lo que hacía que pronunciase tales palabras. Además, no podía permitir que me llevase hasta la casa, se daría cuenta que es la casa de su novia. Debía impedirlo; de no ser así, me ganaría varios golpes.
- No hace falta, Esme – interrumpí tímida – yo me iré sola. No quiero incomodarlos.
- De ninguna manera – replicó ella testaruda – no dejaré que te vayas sola de noche. Además tus padres se preocuparían – pude ver como Edward habría los ojos desorbitados, tratando de advertirle a su madre que había metido la pata. Bajé la cabeza apenada.
- Quédese tranquila, mis padres no se preocuparán – traté de animarla sonriéndole – si les hace feliz, podría llamar a un amigo para que me pase a buscar – propuse esperanzada; llamar a Jacob era la única forma de escapar libre de aquí.
- Está bien – coincidió ella sonriendo. Edward me miraba sorprendido, supongo que le pareció raro no aceptar mi falta de padres, pero era tan feo sentir la lástima que irradiaban las personas luego de que se enteraban, que prefería que no lo hicieran - ¿Puedo usar el teléfono entonces? – pregunté cautelosa, bajo la atenta mirada de Edward.
- Por supuesto – contestó con dulzura la dueña de casa. Me tendió el teléfono sonriente. Al marcar a la casa de Jake, tuve que explicarle, muy por arriba, en la situación que me encontrara. Seguramente él lo entendió al vuelo porque dijo:
- Enseguida voy para ahí. Cuídate.
Decir que el momento de espera mientras venía Jacob fue incómodo, es realmente poco. La señora Esme trataba de sacar conversación, a lo que yo respondía con monosílabos; y Edward… Edward simplemente estaba allí.
La llegada de Jacob a la morada Cullen fue como un bálsamo para mis nervios, realmente necesitaba salir de ahí. Me despedí con cortesía de la señora de la casa y con un simple movimiento de cabeza de su hijo. No quería volver allí mañana por la tarde, realmente no podía hacerlo. Había una fuerza que me repelía esa casa, tenía un fuerte presentimiento de que si volvía a ir: algo andaría mal.
De todas formas, y contra mis propios presentimientos, al día siguiente estaba allí; volvía a estar allí. La situación no había cambiado demasiado al día anterior: Edward se sorprendió de verme en la puerta nuevamente, no necesitó preguntar para saber que había venido caminando; Esme me ofreció un vaso de jugo, conversamos unos minutos y luego su hijo me condujo hacia la sala.

Tensión. Sí, así se podría describir aquel momento. Cada uno estaba en lo suyo, concentrados pero también estábamos al tanto de lo que hacía el otro. Lejos de sentirme halagada porque Edward Cullen me miraba: ¡me sentía aterrada! Presentía que en cualquier momento venía un golpe hacia mi persona. Entonces él hablo:
- Ayer – lo miré extrañada y curiosa.
- ¿A qué te refieres? – pregunté haciendo una mueca.
- Ayer, cuando mi madre mencionó a tus padres. ¿Porqué…? ¿Porqué…?

-¿Porqué no dije que era huérfana? – pregunté suspirando y un tanto abatida por el tema – no es muy divertido recibir la lástima de otros, Edward – respondí medio sonriendo, tratando de ese modo sajar la conversación.