N/A: El domingo hubo una actualización extra, así que si no la viste, vuelve al capítulo anterior para leerlo ;)
Capítulo revisado innúmeras veces, pero soy humana, así que, de antemano, disculpen cualquier error que se me haya escapado.
Disclaimer: La saga Crepúsculo pertenece a Stephenie Meyer, yo solamente me divierto con sus personajes, ya que me enamoré de ellos. Esta historia es una idea mía y ahora la comparto con ustedes.
Capítulo 10 — Aproximándose
POV Edward
Eran pasadas las nueve de la noche cuando aparqué en el garaje del edificio en que vivía Bella, y que pronto sería mi nuevo hogar. Maddie estaba despierta y Bella me dijo que tardaría por lo menos una hora para que volviera a dormirse, así que me invitó a subir a su piso para que pudiera pasar algún tiempo con mi hija.
La ayudé llevando el bolso de bebé y la nevera térmica, mientras ella llevaba una muy bien arropada Maddie en sus brazos. Esta vez no tuvimos que pasar por la recepción, tomamos el ascensor del garaje y subimos directo hacía el apartamento de Bella.
Vi nuestro reflejo en el espejo del ascensor mientras subíamos, y el cuadro que él enmarcaba era de una familia, una bella familia, una esposa cansada, pero hermosa, con su bebé en brazos y un padre cargado de cosas de bebé, algo cansado, pero con una mirada feliz al tener a las dos mujeres de su vida a su lado.
No empieces a imaginarte cosas, Cullen — me censuré desde mi monólogo interior.
— ¿Te importas quedarte a solas con ella mientras me ducho? — Me preguntó Bella cuando ya habíamos entrado en su apartamento.
— No, ve a ducharte, tuviste un día agitado, un baño te relajará.
Ella asintió y la vi suspirar con cansancio, antes de aproximarse a mí y dejarme mi hija en mis brazos.
— Sé buena con papá, cariño — le dijo ella a nuestra hija, mientras le dejaba un beso en su pequeña sien.
Papá… Oírla decir esta palabra con tamaña naturalidad hacía que todo fuera más concreto, que se sintiera correcto, estaba en el lugar correcto, con las personas correctas.
Con Maddie en brazos me senté en el sofá.
— Ahora somos nosotros dos — avisé a mi niña, mientras tomaba asiento en el sofá, ella me miraba muy atentamente para sus dos meses de vida. Sus ojos verdes de largas pestañas ni siquiera parpadeaban, su boquita rosada entreabierta, las mejillas regordetas de un tono natural de rosado, era la viva representación de la dulzura. — Tenemos que conversar, señorita, le estás dando guerra a tu mamá por las noches, ¿verdad? — Ella me miró fijamente y la vi hacer un pequeño mohín en sus labios, me reí —, voy a considerar eso como un "sí, papá" — sin poder resistirme más tiempo, la acerqué a mi rostro para dejarle besos en sus regordetes y sonrosadas mejillas, ella me regalo un montón de sus chillidos felices, lo que llenó mi corazón de amor y de dicha.
Aproveché mi tiempo con ella para llenarla de más besos, sentir su increíble aroma a bebé y disfrutar mientras la veía jugar con mis dedos. Su pequeño y calentito cuerpo parecía haber sido hecho para estar entre mis brazos; la sensación de sostenerla, de poder sentir su calor, su respiración, era algo indescriptible, me sentía el hombre más fuerte y más débil del mundo, fuerte porque ella me hacía querer ser siempre un hombre mejor, y débil, pues sabía que aquel pequeño ser entre mis brazos tenía el poder de llenarme de felicidad, como también despertaba en mí todos los tipos de miedos: miedo por su bienestar, su felicidad, su salud, y sabía que cualquier cosa que no estuviese bien con ella provocaría un gran dolor en mí. Me acuerdo de que cuando estaba en mi último año de la preparatoria, el hijo de una vecina de apenas cinco años, fue atropellado por un coche, el niño había atravesado la calle sin mirar para coger un balón de baloncesto, el conductor no tuvo como evitar la colisión, el niño murió en el hospital. Mis hermanos ya estaban en la universidad en esa época y mi padre tenía guardia, así que yo acompañé a mi madre en el funeral; jamás me olvidé del semblante de los padres del pequeño, la madre lloraba copiosamente y no se dejaba apartar del pequeño ataúd, estaba siempre a acariciar el rostro sin vida de su hijo y diciendo frases como: "Mi bebé… mi luz, qué haré sin ti", "¿Por qué Dios? ¿Por qué llevaste a nuestra luz?", mientras las lágrimas bajaban por su rostro; el padre lloraba en silencio, parecía estar en un estado de choque, tamaño era el dolor que sentía.
— Con sólo pensar en el dolor que están sintiendo aquellos padres, me duele el corazón — comentó mi madre cuando volvimos a nuestra casa tras el entierro del niño, dándome un abrazo muy fuerte, como para asegurarse que de verdad yo seguía a su lado.
— No comprendo, mamá, ¿por qué la gente tiene hijos, si saben que pueden sentir un dolor tan grande si algo les sucede? — Le cuestioné en aquel entonces.
— Porque el amor es mayor que el dolor, Edward. Gran parte de las personas desean amar y ser amadas, un hijo, es, creo yo, la expresión mayor del amor y da igual si se trata de un hijo biológico o no. Sea cuando generamos o adoptamos, estamos dispuestos a amar y el amor solamente aumenta a cada día que sabemos de la existencia y/o convivimos con ustedes, viendo cada pequeño cambio, sonrisa, logro. Por nuestros hijos dejamos a un lado nuestros gustos, nuestros placeres, hacemos diversos tipos de concesiones, que en general no haríamos en otras circunstancias, y eso es amar, pues nos entregamos en cuerpo y alma a un ser indefenso, y lo que duele es la pérdida de este gran amor. No obstante, ningún dolor puede ser mayor que el amor, porque si duele es porque amamos; No sé cómo explicarte el tipo de amor que nosotros padres sentimos, es algo tan irracional y profundo que para comprenderlo hay que vivirlo por sí mismo, un día lo comprenderás, hijo — dijo ella acariciando mi rostro con sus dedos. — Yo, aunque sabiendo que la vida es susceptible a cambios — añadió —, que a cualquier momento algo puede suceder y robar nuestra felicidad, si pudiera volver a elegir jamás decidiría no tener a tus hermanos y a ti, y sé que aquellos padres, pesen el dolor que están sintiendo ahora, tampoco elegirían por no tener a su hijo; el amor se atesora como la joya más preciosa, si ellos piensan en el amor y no en el dolor van a lograr a salir adelante con el tiempo, pero el dolor de la pérdida siempre estará presente, es un riesgo que todos nosotros aceptamos cuando decidimos amar.
Mi madre estaba en lo cierto cuando me dijo que un día comprendería sus palabras; mirando el rostro de mi bebé, estaba seguro que este día ya había llegado.
— ¿Cómo una cosita tan pequeña como tú puede lograr despertar un amor tan inmenso? — Pregunté retóricamente, la aproximé a mi rostro y dejé un beso sobre su frente. — Sabes, tengo muchos planes para nosotros, cuando seas algo mayor te llevaré a la playa, preguntaré a tu madre cuál será la edad adecuada para eso, ya que ella es médico pediatra — Escuché un pequeño gruñido salir de sus labios —, mamá viene con nosotros, por supuesto — aclaré. — Haremos lo mejor para ti, mi pequeña, mamá y papá te aman demasiado, y solamente por eso es que logramos ponernos en acuerdo, tú nos uniste, por tu bienestar somos capaces de cualquier cosa — le susurré, mientras ella jugaba con sus manos sin apartar sus hermosos ojos de mi mirada, una dulce sonrisa se dibujó en sus labios cuando terminé de hablar. — A veces parece que me comprendes a la perfección.
— Ella no necesita comprender tus palabras, porque ella comprende el amor que emana de ti y eso la hace feliz — oí decir Bella tras de mí. Me giré para verla, llevaba el pelo suelto y húmedo, y vestía un pantalón chándal gris y una blusa del mismo color. Era la visión de una mujer cómoda en su hogar, una visión muy hermosa, ya que la prenda se adhería de manera discreta a sus curvas.
— Si usted lo dice, doctora Swan… — dije en broma.
Ella rodó los ojos.
— Estás cierta. Maddie es un bebé feliz, ella siente el amor a su alrededor, basta con mirarla para saber eso, tú la haces feliz.
— Y ella me hace a mí — afirmó, y en sus labios se dibujaron una sincera sonrisa de felicidad.
Ella se sentó a mi lado e inmediatamente vi a mi hija girar el rostro en busca de su madre, Bella se inclinó sobre mi regazo, ya que tenía a Maddie apoyada contra mis muslos, y acarició con su nariz la mejilla de nuestra bebé, que al instante de sentir la caricia de su mamá empezó a emitir pequeños chillidos felices. Era extraño pensar en lo cómodo que me sentía al lado de aquella mujer que apenas conocía y en lo feliz que me sentía al verla interactuar con mi hija.
Debí de quedarme absorto en mis pensamientos, pues cuando volví a la realidad me encontré con Bella que me miraba entre curiosa y divertida.
— ¿A dónde fuiste, señor Cullen? — Cuestionó ella.
— Estaba pensando en lo poco que necesitamos para sernos felices — expliqué simplemente.
Ella me sonrió y asintió.
— Tengo que bañar a Maddie, ¿quieres ayudarme? — Preguntó.
— Sí, por supuesto.
— Ven conmigo, entonces.
Ella se levantó y yo la seguí con mi hija en brazos. Bella entró en el baño de invitados, y al entrar ella encendió un pequeño reproductor de música que estaba sobre la encimera del lavamanos y de pronto el ambiente se llenó de la dulce melodía del Nocturno número dos de Chopin. Al otro lado de la encimera había una bañera, que Bella llenó con agua de la ducha y enseguida la vi verificar la temperatura.
— Está algo caliente todavía, pero se enfriará mientras procedemos a hacer la parte difícil, quitarle la ropa — dijo ella, volviéndose hacia nosotros.
Miré a Maddie y puedo dar fe que ella ya empezaba a fruncir su pequeño ceño.
— ¿Quieres intentar hacerlo? — Quiso darme la oportunidad Bella.
— Si me ayudas, me gustaría.
— Vamos a su habitación, será más fácil quitarle las piezas con ella sobre el cambiador.
En la habitación de mi hija, la dejé sobre el cambiador, ella seguía con el ceño fruncido, primero le quité los zapatitos y las medias, luego sus pequeños pantalones amarillos, en este momento ella ya empezaba a gruñir malhumorada.
— Para quitarle la camisa tienes que sostener su tronco para que puedas subir el barrado de la pieza hasta su media espalda — empezó a explicarme Bella, hice lo que me indicó —, ahora déjale nuevamente sobre el cambiador, sostén una de sus manitas y con cuidado la vas sacando de dentro de la camisa — nuevamente seguí sus instrucciones, para entonces Maddie ya lloriqueaba descontenta. Con cuidado y preguntando siempre a Bella si lo estaba haciendo bien, logré quitarle la prenda. La peor parte fue tener que pasar la minúscula camisa por su cabeza, mi hija no se hizo de rogada y me mostró cuán saludables eran sus pulmones.
— Déjame mirar su pañal y ver si hay necesidad de limpiarla antes de ponerla en la bañera — pidió Bella, intercambiamos nuestras posiciones, y tras examinar el pañal y constatar que solamente había orina en él, se lo quitó, y tras envolver a una llorosa Maddie en una toalla, ella la tomó en brazos para calmarla.
— Shhh… cariño, qué ropa mala, siempre molesta a mi pobre bebé — le susurraba Bella con dulzura, mientras la acunaba contra su cuerpo, mi hija soltó un par de ruidos lastimeros y disgustada escondió el rostro contra el cuello de su madre, moviendo la cabeza contra la piel de ella — Siempre hace eso cuando esta disgustada — me explicó Bella, refiriéndose a su actitud de ocultarse contra ella.
Volvimos al cuarto de baño y Bella volvió a verificar la temperatura del agua, que ya estaba adecuada para el baño de nuestra bebé, ella pidió que yo también la verificase de esa manera podría hacerlo por mi cuenta una próxima vez.
— Es algo raro, pero, en la misma medida en que no le gusta vestir y quitar la ropa, le gusta estar en el agua — me reveló ella, mientras tumbaba a Maddie por sobre su brazo izquierdo, con el derecho ella, abrió la toalla y luego cogió un poco de agua de la bañera y empezó a mojarle los piececitos, mi hija como que para corroborar lo que su madre me señaló, empezó a mover los pies al sentir el agua caer sobre ellos, y una sonrisa desdentada se dibujó en sus labios. — Es siempre bueno empezar el baño por partes, para que el bebé no se asuste al verse metido dentro del agua, así él se acostumbra a la nueva temperatura — me explicó, mientras pasaba sus manos mojadas por el tronco y el rostro de Maddie, que parecía disfrutar del contacto de su madre. En seguida Bella retiró la toalla y poquito a poco fue introduciendo nuestra hija en el agua, sosteniéndola con un brazo, y con el otro empezó a mojarle el pequeño cuerpito que se movía muy feliz dentro de la pequeña bañera. — Puedes poner algo de jabón en mi mano, Edward — pidió ella, señalándome el envase del jabón líquido para bebés. Le puse el jabón sobre la palma de su mano y ella empezó a enjabonar a Maddie, y casi sentí envidia de mi hija, Bella la tocaba con una delicadeza, que sólo con ver la suavidad con la que le masajeaba la piel de mi bebé me sentí inmediatamente más relajado, podía comprender porque a Maddie le gustaba el agua, yo diría que no era el agua, sino el momento de relajación que tenía junto a su madre; en el reproductor seguía sonando las más dulces y suaves músicas clásicas, lo que sin duda contribuya para el clima de tranquilidad y relajación que se podía sentir en el ambiente.
Bella giró a Maddie dejándola con su culito al aire.
— ¿No quieres lavarle la espalda? — Me invitó. Puse un poco de jabón en mis manos, e intentando ser tan suave como Bella, empecé a frotarle su pequeña espalda. Creo que no me salí mal, pues no oí ningún quejido de parte de mi hija. — Otro día lo harás tu solo, y si es por la mañana, podrás incluso lavarle el pelo.
— ¿Solamente le lavas el pelo por las mañanas? — Cuestioné curioso por conocer la rutina de mi hija.
— Sí, es para evitar los resfriados.
Asentí, pensando que era algo muy bueno que Bella fuera un médico pediatra.
Enjuagamos a Maddie y Bella la volvió a envolverla en la toalla.
— Tenemos que secarla bien — me dijo mientras dejaba a nuestra bebé sobre el cambiador de su habitación. Bella jugaba con ella y le dejaba besitos sobre su pequeña tripa mientras la secaba, lo que la hacía sonreí y proferir chillidos felices, divirtiendo a su madre y a mí.
— ¿Quieres ponerle el pañal? — Me preguntó, tras secarla.
— Sí.
Acordándome de las instrucciones que Bella me había dado en el día anterior y bajo su supervisión, logré ponerle el pañal sin oír reclamos de parte de mi hija, pero cuando empecé a ponerle el pantalón de su muy pequeño pijama, ella empezó a agitar las piernitas y el ya muy conocido puchero se formó en sus labios, se avecinaba el llanto, con ayuda de Bella logré ponerle la pieza, oyendo muchos gruñidos de parte de mi hija, por Dios, era un verdadero suplicio tener que vestirla, lo que había visto en el día anterior sólo había sido una pequeña muestra. Cuando empecé a pasarle el cuello de la camisa por su cabeza el llanto explotó, creo que no le gusta estar sin ver durante los pocos segundos que la prenda le tapaba el rostro, cuando por fin terminé de vestirla, tenía a una niña rabiosa con el rostro totalmente rojo.
— Paso por eso todas las noches — suspiró Bella con cansancio, mientras la tomaba en brazos, inmediatamente Maddie se escondió en el hueco del cuello de su madre. — Ya pasó, muñequita, ya estás calentita, papá te vistió con tanto cuidado y cariño — le murmuraba ella mientras se sentaba en la mecedora al otro lado de la habitación.
— No te preocupes, Edward, no hiciste nada equivocado — me garantizó ella tras ver mi semblante asustado —, algunos bebés reaccionan así a los cambios de ropa, de pañal, al baño, ellos se sienten inseguros, todavía se están adaptándose a la vida fuera del útero, en general estas reacciones disminuyen o cesan hasta el tercer mes de vida. Saber todo eso no hace más fácil verla llorar como si alguien le estuviera haciendo mucho daño… tu madre fue la única capaz de tranquilizarme. — La vi ajustar a Maddie en sus brazos e inmediatamente mi hija empezó a buscar el seno de ella, solamente al ver a Bella levantar la parte superior de su blusa, comprendí la utilidad de la pieza que llevaba, pues ésta parecía estar dividida en dos partes, había una tela que le llegaba justo bajo los senos y otra que seguía cubriendo su cuerpo, de esa manera ella destapó su seno, sin mostrar demasiado, sólo lo necesario para que Maddie encontrara la fuente de su alimento. Bella hizo todo de una manera tan natural, que terminé por sentirme cómodo con la situación, e internamente le agradecí por eso, pues era un momento tan mágico y hermoso, me quedaría horas mirando a las dos. Maddie se calmó al instante de empezar a succionar el seno de ella. Mientras mi bebé se alimentaba, su mamá no le quitaba los ojos de encima y con las puntas de los dedos hacia caricias en su cabeza, deslizando los dedos por sobre su pelo, y Maddie la contemplaba el rostro retribuyendo su mirada de amor.
No sé decir cuánto tiempo estuve a mirar a la hermosa escena delante de mis ojos, sólo volví a mí cuando la voz de Bella interrumpió el silencio en que estábamos los dos, pues la única cosa que se oía era el sonido de succión de nuestra hija.
— Se está quedando dormida, ¿quieres sacarle los gases? — Me preguntó ella mientras se tapaba el seno con cuidado.
— Sí… por supuesto.
Ella se levantó y se aproximó de mí.
— Te voy a ayudar — avisó —, tienes que dejarla sobre tu hombro, deja que te la ponga, ya que no tienes la práctica todavía. — Ella dejó a Maddie sobre mi hombro derecho, e instintivamente puse una mano sobre su culito y otra sobre su espalda. — Tienes que poner tu mano entre su cabeza y su espalda, — me corrigió Bella, levando mi mano que estaba sobre la espalda de nuestra hija para el sitio que ella había indicado —, la cabeza de los bebés de pocos meses no se sostiene sola, pues los músculos del cuello todavía son débiles, se fortalecen con el tiempo, por eso hay que sostenerla, para así poder evitar una posible lesión en el tejido cerebral causada por un movimiento súbito de la cabeza — explicó en el plan médico, mientras ponía un paño entre mi hombro y el rostro de Maddie. — Es para evitar accidentes, a veces devuelve un poco de leche — esclareció.
Tras algunos pocos minutos en esta posición oí a Maddie proferir un pequeño eructo.
— Listo, puedes acostarla en tus brazos, se está cayendo rendida por el sueño — me dijo Bella.
Hice lo que ella me indicó, y era verdad, mi hija estaba casi dormida, la mecí en mis brazos mientras caminaba de un lado al otro de la habitación en pocos minutos ella estuvo totalmente dormida.
— Déjala en su cuna, boca arriba, es la posición más segura para los niños, pues reduce el riesgo de muerte súbita — me orientó Bella, nuevamente en su plan médico pediatra, diciendo la última parte de su frase en un tono bajo y receloso.
Ya había oído historias de bebés que se morían de la nada mientras dormían, negué con la cabeza para apartar de mi mente la conjetura de que algo así podría pasar a nuestra niña, con sólo pensarlo me dolía el corazón. Tras dejar a Maddie dentro de su cuna me incliné y planté un beso en su suave cabecita, olía tan bien, el tipo de olor que es capaz de devolver la paz a cualquiera, me quedé unos segundos más admirando su tranquila respiración y cuando me giré vi que estaba solo en la habitación, Bella nos había concedido algo de tiempo entre padre e hija, me volví hacia mi bebé nuevamente y me quedé allí viéndola dormir por algún tiempo más. Maddie suspiraba y a veces sonreía, debía de estar soñando, cuanta tranquilidad un pequeño ser, como era mi hija, era capaz de transmitir, me quedaría de por vida viéndola dormir, pero tenía que macharme y Bella tenía que descansar.
— Mañana papá vendrá a verte, pequeña — le susurré —, sé buena por la noche con tu mamá, ella está muy cansada.
Dejé otro beso sobre su cabeza y salí de su habitación, encontré a Bella acurrucada en el sofá de la sala con un tazón de té en sus manos y con un aspecto soñoliento.
— Hey, me voy para que puedas descansar — le avisé.
— Lo necesito — estuvo de acuerdo, dándome una sonrisa cansada en asentimiento. — ¿Quieres un té antes de irte? — Preguntó.
— No gracias, tengo miedo de que te caigas sobre el tazón mientras lo preparas.
— Muy gracioso. Te acompaño hasta la puerta, entonces — dijo poniéndose de pie y dejando su tazón sobre la mesita de centro delante del sofá.
Ella caminó delante de mí y me abrió la puerta, traspasé el umbral y me volví hacia ella.
— Gracias por el día de hoy, por todos los momentos e informaciones que me regalaste sobre Maddie.
— Eres su padre, un buen padre.
Sonreí.
— Gracias, ahora ve a descansar. Mañana por la mañana tengo una cita sobre mis asuntos de trabajo en Port Ángeles, pero te llamo así que tenga un tiempo libre, me gustaría ver a Maddie por la tarde, si no es un problema para ti.
— No, no es un problema — aseguró.
— Entonces, buena noches, Bella.
— Buenas noches, Edward. Hasta mañana.
— Hasta mañana — susurré y sin percibir mis pies me acercaron a ella — qué duermas bien — dije plantado un beso sobre su frente, aspirando su olor antes de apartarme.
— Gra… gracias… — musitó ella, algo sonrojada, los ojos de un increíble color chocolate agrandados por la impresión de mi acercamiento. Le sonreí y le di la espalda.
Mientras bajaba por el ascensor, me recriminé por haber ultrapasado la barrera de contacto entre nosotros a tan poco tiempo de conocernos, ella podría estar imaginando cosas, yo estaba imaginando cosas… ¡Un beso en la frente! Ayer le diste uno casi en la comisura de sus labios ¿¡Por Dios, Edward, qué tienes en la cabeza!? En aquel momento era un lío de sentimientos y emociones, jamás una mujer me había alterado como lo hacía Isabella Swan, la madre adoptiva de mi hija, y es muy bueno que te acuerdes de eso, Cullen, ella es la madre adoptiva de tu hija, no es tu novia, ni siquiera tu amante — Me censuré internamente. Pero también me acordé de todos los momentos en el día de hoy en que estuvimos muy próximos y a ella no le pareció importar mi cercanía, no me rechazó en ningún momento, se puso algo roja, pero me sonreía tímidamente — suspiré, levando las manos a mi pelo, tirando de él, nervioso e intranquilo —, no te hagas ilusiones, hay mucho en juego — me acordé.
Maddie volvió a la escena para regalarnos varios momentos tiernos n_n, y Edward sigue confuso por sus sentimientos por Bella, pero poquito a poco él empezará a aceptar lo que siente, pero vamos con calma, estos dos solamente llevan una semana de conocerse y como bien dijo Edward, hay el bienestar de una niña en juego.
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