—Uno a uno, por favor —les exhorta el médico—. Y recuerden lo que les advertí… —Luego se voltea hacia Kyoko y le pregunta—. Mogami-san, ¿puede presentarme a estas personas?
Una cosa sencilla, una aparente cortesía, pero para el doctor era una prueba importante. Se trataba de saber hasta qué punto llegaba esa amnesia selectiva de su paciente, y si alcanzaba a alguno más de esa panda de salvajes desesperados.
—Sí, claro… —conviene Kyoko.
Pero quien entra la primera resulta ser Kanae, y claro… Pasa lo que tenía que pasar…
—¡MOKO-SAAAAN! —gritó Kyoko estirando los brazos todo lo que daban de sí.
—Mogami-san… —le interpeló el doctor con voz glacial. Kyoko tuvo que abrigarse con la sábana porque de pronto sintió frío—. Y usted, señorita —le dice a Kanae—, ¿qué le dije antes?
—Yo no tengo la culpa… —le responde con cierta indiferencia y un movimiento de melena—. Ella siempre hace lo mismo…
El doctor frunce el ceño, extrañado de la manifiesta efusividad de su paciente.
—¿Cada vez? —pregunta.
Kanae asiente, entre resignada y molesta. Más de lo segundo que de lo primero, pero en fin…
—Cada vez… —le confirma.
Luego entró María-chan, que pasó de puntillas delante del médico, mirándolo de reojo y conteniéndose lo que no está en los escritos para no pegar ella también otro alarido. Incluso con la cabeza vendada, su Onee-sama seguía viéndose hermosa… María sintió cómo la dulce mirada de Kyoko la acariciaba y le devolvió una sonrisa llena de afecto. Luego, (casi) olvidado el médico, aceleró sus últimos pasos para tomar la débil mano que su Onee-sama le tendía.
—María-chan, Takarada-san —fue diciendo Kyoko según iban entrando—, Yashiro-san, Sebastián-san, quiero decir, Ruto-san, Taisho, Okami-san, y… —El último en entrar fue Ren, que ya venía mentalmente resignado—, ¿cómo dijo que era su nombre?
