Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas

Natasha Winsett

Su vida se había convertido en un jodido infierno. De hecho, había pasado de ser el mismísimo cielo para convertirse en la peor tortura que pudiera haber en el mundo. Se sentía sucia, asquerosa, como si todo el mundo la mirara por ser una apestada. Oía cuchicheos por doquier donde pasara, a sus espaldas, y cuando se volteaba todos disimulaban.

Había intentado esconderse en su habitación cada vez que no tenía nada que hacer, pero empezaba a resultar inútil. Si no eran sus compañeras las que intentaban hacer que se moviera, fuera a clases o hiciera algo divertido, era su hermana quien venía a molestarla. Y no quería hablar con su hermana.

Según tenía entendido, ella ya sabía que Sirius le era infiel. ¿Por qué no se lo había dicho antes? Así pudiera haber evitado que ese maldito rumor corriera por el castillo y ella se convirtiera en el hazmerreír de todo el mundo.

Tatiana no había sido una buena hermana con ella y eso le dolía.

Pero todo su odio iba hacia Juliet Adler. Esa puta asquerosa que le había quitado a su novio. La odiaba y, cuando pensaba en ella, solo quería agarrarla del cuello y apretar fuerte hasta que la Hufflepuff dejara de respirar. De hecho, siendo Adler tan pequeñita y poca cosa, Natasha estaba segura de que no sería nada difícil hacerlo.

Agarrar y apretar.

Eran las nueve de la noche de un jueves. Habían pasado ya dos semanas desde que 'ella había dejado' a Sirius. Estaba tumbada en su cama, mientras todo el mundo cenaba en el Gran Salón, cuando la puerta se abrió y, por ella, entró Alecto Carrow. Natasha la miró extrañada. Hacía tiempo que no hablaba con ella, aunque fuera una buena amiga de Tatiana. Siempre que estaba cerca de la imponente rubia, se sentía inferior. Muy inferior.

La aludida en cuestión se sentó en su cama, sin buscar todavía la mirada de la muchacha. Finalmente, Alecto clavó sus ojos grises en los azules de Natasha, y esta sintió que quedaba prisionera de un oscuro hechizo, aunque en el fondo sabía que no era más que la impresión que sentía hacia la joven. No podría apartar la mirada hasta que lo hiciera Alecto primero. Debería escuchar todo lo que hiciera.

—¿Piensas quedarte aquí hasta que te pudras o vas a dejar de esconderte? –inquirió maliciosa. Natasha no repuso. Escucharla no implicaba que tuviera que hablarle.

—¿A qué has venido? –quiso saber la menor, finalmente, intentando imponerse ante la otra.

Alecto sonrió. Se había levantado de la cama y daba vueltas por la habitación, a diferencia de las de Gryffindor, cuadrada. Finalmente, se sentó encima de la otra cama, y volvió a establecer contacto visual.

—Me molestas –explicó la rubia—. Tu hermana debe estar por lo que toca, y no para de preocuparse por ti. No me sirve si estás de este modo, así que es mejor que dejes de estarlo o desaparezcas del castillo hasta que deje de necesitar a tu hermana.

Natasha se sintió algo mejor. Su hermana, con quien ella estaba realmente decepcionada, se sentía fatal por el hecho de haberle engañado.

—¿Se siente mal por no haberme dicho antes que Sirius me era infiel? –quiso saber, esperanzada.

Alecto enarcó una ceja, divertida.

—Se siente mal por haber sido ella la causante de todo –continuó—. Es mejor que lo sepas, pero sólo te lo voy a contar si, de verdad, quieres saberlo, ¿me entiendes?

Se le había hecho un nudo en el estómago. ¿Tatiana la causante de todo? ¿Había todavía más secretos de los que imaginaba entre ella y su hermana? ¡No se lo podía creer!

—¿De qué me estás hablando? –inquirió la castaña, molesta.

Alecto soltó una pequeña risita.

—¿Todavía no lo entiendes? –le preguntó, divertida.

Natasha no repuso, sólo observó atentamente lo que le decía Alecto.

—Adler no fue la amante de Black. A él le gustaba, claro está, pero cuando tú los viste fue la primera vez que estaban juntos. Era Tatiana, quien llevaba tiempo detrás de tu novio y no sabía cómo hacer para que lo dejaras.

Cada palabra había ido cayendo como una puñalada contra su cuerpo. Estaba llena de heridas, de las cuales brollaba una sustancia de color carmín, manchando sus ropas, manchando el suelo, manchándolo todo. No era sangre, era odio y traición.

—¿Qué? –inquirió, con un hilo de voz.

—Tatiana le hizo chantaje a alguien, creo que a Andrews de Ravenclaw, para que consiguiera que dejaras a Sirius. Fue Andrews quien soltó el rumor, con ayuda de Prewett y de Black. Y fue Black quien se enrolló con Adler sabiendo que tú lo verías. Pero si hicieron eso solamente fue porque Tatiana quería a tu novio y no sabía cómo hacer que cortarais. Debías hacerlo tú, además, para que así fuera más fácil después.

Natasha se había quedado sin respiración ante esa declaración. ¿Cómo había podido Tatiana hacer semejante cosa? Además, cada vez que lo pensaba, había más cosas que le cuadraban. Días que Sirius desaparecía y su hermana también, miradas extrañas que le había estado lanzando últimamente Sirius, como si le supiera mal estar con ella por algo.

—¿Qué piensas? –quiso saber Alecto, tras un rato de silencio—. ¿Vas a dejar en paz a tu hermana?

La castaña seguía sin decir nada. Su hermana la había engañado, o eso le decía Alecto. ¿Y si Alecto no hacía más que engañarla? Era más fácil convencerla de que su hermana la había cagado, que intentar disuadirla del pequeño plan que, poco a poco, se había ido formando en su mente. Agarrar y apretar.

—La culpa es de Juliet Adler, no me vengas con tonterías sobre Tatiana –repuso.

De pronto, todo lo que le había dicho sobre su hermana se volatilizó en su cabeza. Tatiana jamás se había interesado por Sirius, jamás se había acostado con él, jamás había traicionado a Natasha para conseguir su novio. Adler era la única culpable de todo.

Agarrar y presionar.

—Seré feliz cuando Adler desaparezca del mapa –repuso.

Y Natasha, con apenas quince años, se dispuso a asesinar esa Hufflepuff que le había arruinado la vida, mientras Alecto la contemplaba con una media sonrisa pensando que, si las cosas no se torcían demasiado esa noche, sería genial tener a Natasha por San Valentín en Hogsmeade.

El Gran Salón estaba lleno de luz. En el techo, un estrellado cielo sin apenas una nube y con una gran luna llena iluminaba todavía más las mesas donde la gente comía entre sonrisas y conversaciones. Pero Natasha buscaba a alguien e iba a encontrarla.

Desde la mesa de Slytherin, oyó como su hermana la llamaba un par de veces pero hizo caso omiso. Buscaba a alguien en la mesa de Hufflepuff.

¿Con quien se relacionaba, de normal, Juliet Adler? Le sonó haberla vista en clase con Emmeline Vance, y pensó que seguramente serían amigas. Se acercó a ella, esbozando una amplia sonrisa de paz. Emmeline Vance se la devolvió, marcándosele unos hoyuelos en las mejillas con ese gesto. Pero, en el fondo, esa sonrisa era de miedo.

—¿Sabes donde está Juliet? –preguntó, amablemente—. Me gustaría hablar con ella.

Emmeline pareció dudar.

—Nada malo, de verdad. Me duele todo lo que ha sucedido, pero sé que no es culpa suya, y me gustaría hablar con ella en persona.

Había convencido a la Hufflepuff.

—Creo que había quedado en el quinto piso con Sirius. Hace veinte minutos que se ha ido de aquí –le explicó.

Miró hacia la mesa de Gryffindor. Black todavía estaba allí comiendo, acompañado de dos de sus amigos. Lupin no estaba, pero no le dio muchas vueltas. Lo único que necesitaba era saber que Sirius no había empezado con el postre todavía.

Salió hacia el quinto piso a toda prisa. Quizás, con un poco de suerte, llegaría antes que Black y le iban a echar el muerto a él. Aunque le daba igual, si se lo cargaba ella o él; él iba a ser infeliz de todos modos.

Al pasar por el lado de la mesa de Ravenclaw oyó varias risas masculinas. Se volteó. Fabian Prewett, hablaba a gritos burlándose de alguien.

—Fue realmente divertida la cara que le quedó cuando se encontró con Black en esa clase –explicaba el muchacho, sin darse cuenta de que Natasha estaba a su lado.

La serpiente intentó ignorarlo, y continuó con su camino. ¿Cómo había podido ver Prewett su cara cuando descubrió toda la verdad? Seguramente se lo habría contado Black y ahora él se lo contaba a medio Hogwarts. No quería oír a hablar más de ese tema, estaba harta.

Agarrar y apretar.

En el Vestíbulo se encontró con Lily Evans y Mary McDonald. Las dos la miraron consternadas, como si pudieran o quisieran compartir su dolor y estuvieran dispuestas a echarle una mano.

—Dejad de mirarme así –les ordenó, molesta—. No necesito la compasión de unas asquerosas hijas de muggles –por algún motivo, no le salió el insulto en concreto. Al parecer, las dos leonas también se dieron cuenta y la miraron todavía de forma más maternal. ¿Acaso querían adoptarla?

—Winsett, yo creo que... –empezó Lily, pero la Slytherin la cortó.

—Te digo que no necesito para nada tu compasión –anunció, molesta—. Mejor métete en tus asuntos.

Dicho esto, continuó hacia su camino en el quinto piso, cogiendo varios atajos para llegar rápidamente.

Juliet Adler estaba apoyada en el alfeizar de una ventana, de cara a la noche estrellada que brillaba ante sus ojos. Sirius le había dicho que esa noche en concreto no la podrían pasar juntos, pero que iría a verla y estarían a solas un ratito. Ella era feliz solamente con verlo medio segundo al día.

Fue por eso que no vio como Natasha se acercaba a ella sigilosamente. La Slytherin había encontrado, en el segundo piso, una cuerda que servía para atar unas cortinas e iba a utilizarla como arma. Sería menos satisfactorio, porque no iba a notar con sus propias manos cómo la sangre dejaba de circular, pero iba a ser menos arriesgado.

Antes de que la Hufflepuff pudiera darse cuenta, Natasha la había atrapado entre su cuerda y apretaba con fuerza. Quería que ella viera quien era su asesina y quería ver como en sus ojos se apagaba la vida.

—¿Qué me dices, ahora? –le preguntó, siseando—. ¿Duele?

Juliet estaba enrojeciendo a gran velocidad y sus ojos se aguaban. ¿Iba a morir? Natasha estaba casi segura. Los ojos se negaban de agua, unos ojos tan azules como los de su hermana. Su maldita hermana, quien la había traicionado.

Había aflojado la cuerda y Juliet inspiró profundamente, alertando a la serpiente.

—No –murmuró, furiosa. Volvió a apretar.

La Hufflepuff soltó un chillido ahogado, e intentó defenderse, pero empezaba a perder las fuerzas, a ver borroso, a quedarse sin aire…

—Vas a morir –le anunció Natasha, sin ningún remordimiento—. Por todo lo que me has hecho.

Podía ver como, poco a poco, Juliet dejaba de moverse, dejaba de intentar respirar y dejaba de intentar salvarse. Pronto, vería como toda vida desaparecía de esos ojos tan azules. Tan parecidos a los de Tatiana. Porque, muy en el fondo, sabía que estaba matando a Juliet porque no podía matar a su hermana. Ella no podía traicionarla así.

—¡Juliet! –gritó una voz masculina demasiado familiar.

Sirius había empujado a Natasha y se encontraba abrazando a Juliet, quien tosía sin fuerzas. El joven miraba a la Slytherin como si se hubiera convertido en un monstruo. Y así se sentía la serpiente. Como un ser repugnante y asqueroso.

¿Qué había estado apunto de hacer?

Empezó a llorar.

—Lo siento –murmuró, levantándose y echando a correr.

De todo eso hacía ya dos horas. Natasha se encontraba en los jardines del castillo, escondida detrás de un laurel enorme, esperando que nadie llegara a encontrarla nunca. Acurrucada en la nieve, sin notarse ya ni los pies ni las manos, temblaba entera.

Había estado apunto de matar a una persona. ¿Cómo podía haberse cegado tanto?

Se aborrecía mucho más de lo que podía aborrecer a su hermana. Se odiaba. Quería morir. Y eso estaba intentando. Si se quedaba allí suficientemente rato, el frío haría el resto y, quizás por la mañana siguiente, alguien la encontraría. Quizás, entonces, su hermana sabría cuánto daño le había hecho y se arrepentiría mucho más de lo que ya se arrepentía.

Se acercó al lago y apartó la nieve que cubría la superficie helada para poderse ver gracias al reflejo de esa luna llena tan brillante. Sus labios se habían vuelto de un tono morado y estaba más pálida que cualquiera de los fantasmas del colegio. Sus ojos brillaban con la luz de miles de estrellas y supo que debía pagar por lo que había estado apunto de hacer.

Se levantó y empezó a caminar por encima del lago helado.

A lo lejos, un aullido de lobo llamó su atención, pero no paró. Estaba dispuesta a llegar al medio del gran lago negro y romper el hielo que había si no se rompía por su propio peso. ¿A cuántos grados bajo cero debía de estar el agua? Un escalofrío recorrió su espalda.

No resbaló en ningún momento, pese a que no se notaba los pies. Estaba ya en medio del lago, y era donde el hielo parecía más débil, pero no lo suficiente como para romperse. Debería romperlo ella misma. Quizás esa iba a ser la acción más trascendental de toda su vida, aunque fuera para terminar con ella.

Sacó la varita.

Diffindo –murmuró.

El hielo bajo sus pies se rompió y ella cayó al agua. Notó como miles de puñales se clavaban en su piel si la menor piedad. Ahora sí que era dolor físico.

No cerró los ojos.

El hielo volvió a juntarse a la superficie, pero ella no quería salir a flote. Suspiró y todo el aire que había en sus pulmones subió hacia arriba en forma de burbuja. La luz iluminaba la pantalla de hielo que se había formado encima de ella. Ya no notaba nada. Natasha se sentía feliz, porque no podía pensar en nada.

El profesor Eric McKinnon había visto desde su despacho como la joven avanzaba por el agua. Cuando el hielo se rompió a sus pies, echó a correr para intentar salvar a la muchacha.

Pero cuando llegó allí, el hielo se había vuelto a congelar. Cuando la pudo sacar, la chica ya no tenía pulso.

Natasha Winsett había muerto.


¡Es corto! ¡Lo sé! Pero es un capítulo de paso. No sé si os habrá gustado, pero es que no estoy muy segura de él. Así que, si me queréis dar vuestra opinión, la aceptaré encantada, y podré hacer algunos retoques.

Así que, además de agradeceros vuestro apoyo moral con esta historia (me tomo mucho tiempo en prepararla, porque creo que está quedando bien). No pongo vuestros motes porque ahora internet ha decidido dejar de funcionar, y quiero actualizar sin más dilación (quizás, si la conexión mejora, ponga los nicks). Pero los aludidos ya sabéis quienes sois y cuánto me alegran vuestros comentarios.

Pues bueno, quedan 4 capítulos para terminar con la 'primera parte'. No voy a crear ningún fic otro, pero a partir de estos 4 capítulos las cosas van a ser muy distintas, estoy segura de que os va a gustar el cambio.

Pues nada más, me despido ya,

Eri.