Respuestas a reviews:

Katha phantomhive: Gracias! Me alegra mucho saber que este fic es uno de tus favoritos. Y sí, pobre de Ciel porque Sebastián planea casarse y parece que será pronto. Mmm.. ya pronto sabrás lo que hay dentro de la bolsa. Jajajaja.. Muchas gracias por el review.

Maka-Chan Evans: Sebastián hace que la intriga para todos agrande creeme, jajajaja.. Cierto, pobre pan, era el único inocente en esta historia. XDD Y gracias! Por el review y, por desear suerte e inspiración. :DD Lamento haberme tardado, espero no hayas organizado ya el funeral ?)

nEpEtA-lOvE: Si, lo dejaron al pobre solo y abandonado.. DD: Creo que algo así sera.. o por lo menos eso esperamos.. XDD Gracias por el review!

Guest: Has dicho exactamente la verdad, Sebastián no acaba con el compromiso porque no le conviene. Tiene planeado conseguir mucho por medio de esa familia. Y, pues, Ciel no está dispuesto a dejarlo así nada más jajajaja.. mm.. creo que éste cap tendrá algo intersante para ti.. xDD Gracias por el review!

plop: Si! Ella es uno de mis personajes favoritos en esta historia.. XDD Bruja de cabecera, sin prejuicios y todavía de buena familia.. :DD Ya veras lo que hacen.. Gracias por el review!

Bakaa-chan: Probablemente Ginebra quería impedir la boda por cuestión de negocios en un principio pero, ahora lo hace porque Ciel es su amigo. Y, Ciel también ha tenido que crecer por todo lo que le ha hecho Sebastián. :DD Muchas gracias por el review!

SaskiaKazeElric: Me alegro que te guste la historia, muchas gracias por leerla. Y pues, Ciel no se da por vencido como ves, aunque en el proceso le ha tocado no solo crecer sino madurar. :DD Y ya veremos para qué son las hierbas.. xDD Gracias por el review!


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Acababan de regresar de la ópera. No era que se presentaran muchos de estos espectáculos en Yorkshire. Generalmente, aquél era un pueblo tranquilo y silencioso. El teatro era pequeño y el grupo de oyentes siempre era el mismo.

-No me ha gustado, padre. – Se quejó Vanessa con el viejo Farrington por décima vez. Sebastián prefería ignorarle, de lo contrario estaría golpeándose la cabeza contra la pared hasta quedar inconsciente. "Con ese pequeño monstruo vas a casarte en cuatro días.", dijo una vocecilla en su interior provocándole arcadas.

-¿Por qué no le ha gustado, señorita Farrignton? – Interrupió la aterciopelada voz de Ciel, disfrazada de inocencia.

-Porque ha sido algo terriblemente aburrido, joven Phantomhive. – La pelirroja alzó las manos al aire en señal de descontento. – "La donna è mobile, la donna è mobile"; no entiendo el porqué a alguien le importaría si una mujer es móvil o no.

El ojiazul rió por lo bajo antes de poder responder. – Mi apreciable, señorita, "la donna è mobile" no significa eso. Significa "las mujeres son vanas", en italiano.

-¿Vanas? – Repitió la joven.

-Sí, usted sabe, - Ciel lanzó una mirada furtiva a Sebastián quien pretendía no darse por aludido. – gente fría, voluble e incapaz de experimentar verdaderos sentimientos.

-¡Pero qué falta de respeto! – Espetó Vanessa y, Ciel dio por concluida la conversación, asintiendo y dirigiéndose a la cocina, donde rompió en carcajadas.

Escuchó entonces a la señora Farrington invitar a todos a calmarse y a tomar una taza de té antes de la hora de dormir. Era su oportunidad para darles las hierbas que Ginebra Lembre le había obsequiado unos días atrás y que aún no había podido utilizar.

Caminó hasta la repisa del fondo y tomó dos teteras grandes. Puso agua en ellas y las colocó al fuego. Se quedó pensativo un momento, no era buena idea preparar ambas infusiones a la vez, Marie o James podrían verlo y sospechar por el hecho que fuesen dos y no una.

"¡Rayos!"

Sí, sería mejor preparar uno ahora y luego el del "señor Michaelis". ¿Qué pretendería hacerle Ginebra a él? Ojalá y nada malo, esperaba Ciel.

Estaba echando las hierbas al agua cuando una voz rompió su concentración. – Joven Phantomhive, pero ¿qué hace usted en la cocina? – El ojiazul dio un respingo antes de poder mirar de frente a Marie. Y, era una suerte que fuese ella, porque de haber sido James le habría interrogado hasta cansarse acerca de las hierbas.

-Preparo un té para los señores Farrington, Marie. – Respondió Ciel sorprendido por la tranquilidad de su voz.

-¿Sabe lo que diría el señor Michaelis si supiera que su huésped está aquí? – Espetó la mujer sobresaltada.

-No le diga nada, Marie, por favor. – El ojiazul le miró con aquellos dos hermosos y enormes zafiros, obligándose a pensar en una excusa lógica. – Verá, yo… deseaba darles algo especial a ellos. Así que, hoy que salí rumbo a casa de los Lembre me detuve en una tienda y compré una porción de este té, traído desde el África.

La mucama pareció anonadada ante tal descubrimiento. – No tenga usted cuidado, yo le guardo el secreto.


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Vanessa se alejó un momento del grupo. Aún no podía creer que hubiese salido con Sebastián. Lo bien que se había sentido el aferrarse a su brazo, el sentirle tan cerca que podía oler su perfume.

Se miró al espejo, asegurándose que sus enormes bucles rojizos aún estuvieran en su lugar. Sonrió, recordando el beso que el pelinegro le había dado hacía unas cuantas noches. ¿Sería posible que su futuro esposo ya le amara?

Recordó cuando su padre le instó a escribirle a Sebastián una carta. Le había dicho que este hombre era una gran personalidad en el mundo de los negocios, y que a pesar de ser joven todavía, era muy inteligente y se había ganado el aplauso de muchos otros negociantes en poco tiempo. Había agregado también, que a pesar de lo difícil que había sido la vida con él; el señor Michaelis conservó la sensibilidad y nobleza propias de cualquier caballero de la sociedad.

Pero, ¿qué tal si él nunca llegaba a quererla? No era tonta. Veía al pelinegro y se daba cuenta de cómo las mujeres se abanicaban y sufrían sofocos cuando le veían. Todas eran mujeres hermosas con las que ella jamás podría siquiera llegar a compararse. ¿Qué tal si su padre le dado a Sebastián una suma lo suficientemente cuantiosa como para que este aceptara el sacrificio?

"No," se dijo, "él no podría ser así. Le he besado y él me ha correspondido con tanta dulzura." Claro, que aún le quedaba una duda. ¿Quién era Ciel? No, no el joven Phantomhive. Ciel… la chica a quien había nombrado, sin querer, esa noche.


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Ciel se sentó en el sofá con una sonrisa de suficiencia en el rostro. Ya quería ver lo que les sucedería a los Farrington. "¡Bah! Las cosas buenas nunca pasan", se dijo, imaginando que en realidad solo se quedarían dormidos, cómodamente dormidos y al día siguiente estarían frescos como lechugas. Era Sebastián el que no dejaba de preocuparle.

La velada transcurría en un ambiente de felicidad e hipocresía. Nadie estaba a gusto, probablemente, pero, todos lo ocultaban tan bien que hasta parecían estar disfrutándolo.

Apareció Marie con una enorme charola. Llevaba la tetera, unas tazas y, un plato enorme con un bizcocho de aspecto delicioso. Colocó el objeto en la mesa de centro y todos se apresuraron a servirse.

Ciel observaba el cuadro con tranquilidad. Sebastián no tomaría ni comería nada, estaba acostumbrado a merendar en su oficina a solas y justo antes de irse a dormir. Había pasado el suficiente tiempo a su lado para percatarse de ello.

-¿No nos acompañará, señor Michaelis? – Preguntó Michaela Farrington.

Entonces sucedió lo inesperado. – Claro. - Asintió Sebastián con una sonrisa. – Una taza de té para calentar el estómago.

Ciel sintió como si un balde de agua fría le cayera encima. "¿Qué hago ahora?, se dijo, viendo como el pelinegro se servía una taza. – Yo quiero bizcocho. – Dijo el ojiazul, repentinamente. Halando el plato hacia él con brusquedad, haciendo que la taza de Sebastián cayera al suelo haciéndose añicos y salpicando al pelinegro.

-Mi traje. – Masculló el pelinegro, apretando los puños.

-Perdóneme, señor Michaelis. – Se disculpo Ciel, tomando una servilleta e intentando limpiarle.

-No se preocupe, joven Phantomhive. – Sebastián respiró hondo, retirando la mano del menor. – Me iré a cambiar. – Añadió hacia los demás. – Perdonen ustedes mi descortesía por abandonarles a mitad de la merienda.

Sebastián se retiró, no sin antes lanzar una mirada furibunda a Ciel; quien, se mostró cabizbajo ante los Farrington.

-Será mejor que me retire. – Dijo, intentando mostrar pesar. – Cuando el señor Michaelis regrese no querrá verme aquí.

-No tiene por qué preocuparse, joven Phantomhive. – Espetó el viejo Farrington con voz soñolienta, provocando que Ciel se revolviera de alegría en su interior. – La señora Michaela y yo nos retiraremos ya. – La dama asintió ante las palabras de su esposo. - ¿Y tú hija? – Preguntó a Vanessa.

-Yo también me retiraré ya, padre. Ha sido un día demasiado largo. – La joven se presionó el vientre con la mano, probablemente sintiendo algo de dolor por causa de las hierbas.

-Buenas noches a todos. – El ojiazul hizo una pequeña reverencia y fingió marcharse. Ahora debía colarse a la cocina nuevamente y preparar el otro brebaje.


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Sebastián descendió las escaleras y fue a la sala. Nadie. Todos se había ido antes que él volviera. – Supongo que trabajaré un poco, entonces. – Se dijo, dirigiéndose a su estudio.

Entro en su oficina y se sentó en su enorme silla, haciendo que el cuero del forro rechinara mientras se revolvía ligeramente en ella.

-Señor Michaelis, ¿puedo entrar? – Ciel llamó a la puerta y el pelinegro se sintió entre emocionado y nervioso.

-Adelante, joven Phantomhive. – Respondió, observando al ojiazul entrar con una charola.

-He traído un poco de té para usted, señor… Sebastián. – El menor pronunció aquella palabra con dolor, colocando la tetera frente al pelinegro, junto con una taza.

-Ciel, por favor… - No sabía cómo detenerle. Lo único que deseaba el mayor era tener al joven ahí, con él. – juega una partida de ajedrez conmigo.

Sin querer, el ojiazul había conseguido la oportunidad de quedarse con Sebastián. – Por supuesto. – Respondió, sintiendo como el corazón le latía más aprisa.

Sebastián colocó el tablero en la mesa, distribuyó las piezas y se sirvió una taza de té. – Muy bien, Ciel. Demuéstrame que aún puedes vencerme. – Añadió con una sonrisa y el juego empezó.

El ojiazul observaba al pelinegro mover pieza por pieza con mucha tranquilidad. ¿Sería que el estúpido brebaje no le estaba provocando siquiera cosquillas? – Tengo un poco de sed. ¿Podría beber un poco de tu té? – Preguntó.

-Adelante. Te ha quedado delicioso. – Sebastián le sonrió seductoramente. - ¿No pensarás que he creído que fue hecho por Marie?

-¿Ah no? – Ciel bebió el contenido de la taza de un solo trago.

-Jamás. Ella no podría haber preparado algo como esto. Es increíble. – El mayor apoyó su rostro en su puño, mirando al menor con ternura.

Ciel se sirvió otra taza y la bebió por completo. – Perdóname, creo que me lo he terminado.

-No importa. Ya había bebido dos tazas. – Respondió el pelinegro, mirando las piezas del ajedrez. - ¡Ah! ¡Jaque mate! – Exclamó triunfal, moviendo una pieza del juego.

-¡Vaya! He perdido después de todo. – Ciel arqueó una ceja observando el tablero. – Supongo que ahora es mejor que me vaya a dormir.

-¡No! Espera, por favor. – Sebastián se levantó de su silla y fue hasta donde se encontraba el ojiazul. – No me dejes. – La frase sonó como si hubiera sido una súplica. El pelinegro no sabía explicarlo pero, sentía como si su cuerpo hubiera empezado a hervir por dentro de repente.

-No quiero dejarte pero, tú vas a casarte. Y entonces, yo estaré sobrando en tu vida. – Ciel dio un respingo, al sentir el cuerpo de Sebastián acorralándole contra madera fría que cubría las paredes de la oficina.

-Ordéname que no lo haga entonces. – Susurró el mayor al oído del joven, forzándolo a deshacerse de su chaqueta.

-Podría ser cruel y obligarte a ser mío esta noche. – Ciel sonrió maliciosamente, mirando a Sebastián directo a los ojos. - ¿Crees que he olvidado la expresión de placer que había ese día en tu rostro?

-Oblígueme, joven Phantomhive. – Solo un pequeño espacio separaba sus labios en ese momento. Ambos estaban embargados por el deseo de probar los labios del otro nuevamente.

-Seb… - Ciel no fue capaz de terminar la palabra. Los labios de Sebastián estaban sobre los suyos y, esta vez él no le rechazaría. Separó los labios suavemente y se dejo llevar por el sabor de la boca del mayor y la textura de su lengua que rozaba contra la suya.

-Te amo, Ciel. – Gimotéo el mayor.

Y fue entonces cuando una mujer en camisones largos se acercó a la oficina de Sebastián. Aquel té le había caído mal y no había sido capaz de irse a la cama hasta que hubo vomitado. Sin embargo, en ese momento se le había ido el sueño y había decidido ir a ver a su futuro esposo por un rato.

-Señor Michaelis… - Susurró con tanta suavidad mientras giraba la perilla de la puerta, que no fue escuchada por el mencionado, quien estaba demasiado ocupado arrancando las ropas de su joven socio mientras le obligaba a acostarse en el suelo.

-Ciel… - Murmuró Sebastián, recostado sobre el joven quien le abrazaba revolviéndole los cabellos.

Una rendija de la puerta se abrió y una mirada aterrorizada se coló por la oficina. "Mi Sebastián y… Ciel", pronunció en un hilo de voz, cerrando la puerta nuevamente y corriendo hasta su habitación en un mar de lágrimas.