La pequeña mano presionó con fuerza la del mayor que le tenía aferrado, y solo así tuvo el valor suficiente para emprender la marcha hacia el laboratorio de análisis previos. Clinton tuvo que quedarse en la entrada por orden de los científicos del laboratorio, y Theodore entró solo y temeroso. Al entrar, encontró al mismo muchacho pelinegro de la otra vez, al que nuevamente le estaban sacando muestras de sangre. Se quedó en su lugar un momento, mirándole con atención, y otra vez desvió la mirada cuando el chico le miró de mala gana. Fingió demencia, y caminó a sentarse en donde los científicos le indicaron, justo a un lado del chico.

Teddy estaba muy nervioso, jugaba con sus dedos y movía sus piernas en el aire ya que el asiento estaba alto y no alcanzaba a tocar el piso. Miraba a todos lados, y estar a un lado del muchacho aquél era como aumentar la tensión del laboratorio. Finalmente suspiró, y se dijo a sí mismo que debía de calmarse e intentar relajar el ambiente.

- ¿Tú también eres un experimento?- Habló repentinamente el rubio, volteándose hacia el otro chico, que lo miró totalmente serio, y sin la intención de responderle, desvió el rostro hacia el frente. - Vamos, no tengas pena. Yo lo soy. El doctor Connors hizo que mi papá se embarazara de mí hace un año.

Escuchar eso provocó que el chico alzara las cejas y lo volteara a ver abruptamente, con cara anonadada.

- ¿Hicieron que un hombre se embarazara?- Preguntó de un modo que podría rozar en lo imprudente. Sin embargo, Tedd sonrió como si fuese algo normal.

- Sí. Papá Clinton está allá afuera esperándome.

- ¡Woah woah! ¿Clinton Barton? ¡¿Hawkeye!?- Su expresión de asombro se hizo mayor. - Entonces los rumores eran ciertos...- Murmuró para sí mismo.

- Sí.- Amplió una sonrisa orgullosa, como si presumiera que su padre era Hawkeye, uno de los mejores agentes de la neue-gestapo.

- Pero niño, eso no puede ser. ¿Cuántos años tienes?

- Tengo un año y dos meses.

- ¡¿QUÉ!?- La exclamación en voz alta no le sentó nada bien a los científicos que estaban en la sala, miraron al pelinegro con una mirada fría que mostraba lo apáticos que eran. Solo se alzó de hombros y bajó el volumen de su voz. - No te creo.

- ¡Es verdad! Lo que pasa es que papá Bruce tiene un factor regenerativo que yo heredé, y como estoy en desarrollo, hace que crezca más rápido... Uh... nueve veces más rápido, según el doctor Connors.

- ¡Nueve veces! Eso es insano...- El chico frunció el ceño, sin poder creer algo así aún. - No lo sé... Tal vez si te veo en unos meses pueda creerte. Se supone que habrás crecido más, ¿No?

- Te lo aseguro.- Dijo finalmente con una amplia sonrisa. - Por cierto, ¿cómo te llamas?

- William Kaplan. Puedes decirme "Billy".

- Yo soy Theodore Altman. Puedes decirme "Teddy".

Con una sonrisa en los labios, ambos se dieron la mano a modo de saludo, garantizando así el inicio de una amistad. Momentos después, llegó el doctor que le tomaría muestras de sangre a Theodore. Ya se estaba acostumbrando a las agujas, pero no dejaban de ser incómodas. El otro chico se veía mucho mayor, seguramente ya habrían experimentado más con él, y se preguntaba si las agujas continuaban incomodándole. Volteó para hablarle nuevamente, pero no hizo falta hacer la pregunta cuando, al momento de extender su brazo hacia el doctor que le atendía, se mostraron los moretones por tantos piquetes de aguja que tenía. Esto hizo que el rubio abriera la boca inconscientemente por el asombro. Entonces agradeció su factor regenerativo, y a la vez volvió a sentir el miedo que se lo había estado comiendo previamente. Las muestras continuaban, y a un lado de él, William se levantaba para retirarse a su respectiva sala de experimentos. Solo vio cómo caminaba con ese aire de resignación que temió que pronto tendría él, y antes de cruzar la puerta del laboratorio, se volteó para ver a Theodore con una mirada vacía.

- ¿Qué esperas, "Wiccan"?- Decía el molesto científico a cargo de él, y segundos después, desaparecieron tras la puerta.

Teddy sintió que se angustiaba tras haber sentido el vacío de aquella mirada. Era como si ese vacío lo arrastrara hacia el abismo del miedo que tanto lo estaba jalando. Su propio rostro ya reflejaba ese sentimiento tan terrible, y su pecho se sentía tan hueco como la mirada de Billy. El doctor a su cargo terminó de sacarle sangre, y le dijo que podía salir del laboratorio. Con un miedo que pronto iba evolucionando a terror, se bajó de su asiento para caminar titubeante hacia la salida. Se sintió avergonzado de ese miedo cuando vio a su padre en la salida, esperándole sentado en una de las sillas del ancho pasillo. Permaneció parado en el marco de la puerta, con la mirada perdida y obligándose a moverse, pero estaba paralizado. Clinton alzó su mirada del suelo, y vio a su hijo ahí, aparentemente mirándole, pero no parecía bien. Se levantó para caminar hacia él sintiéndose preocupado por su semblante. Le tocó el hombro, y Teddy volteó a verlo con ojos vidriosos llenos de miedo, y a él se le partió el corazón. ¡Qué impotencia ver así a su hijo y no poder hacer nada! No tenía permitido quebrarse. Pintó la mejor sonrisa que pudo, y tomó la mano del niño entre la suya, apretándola, tratando de hacer que se mueva, hasta que torpemente reaccionó y comenzó a caminar a su respectiva sala de experimentos.

Las puertas se abrieron, y de nuevo, esa horrible máquina se alzaba en el centro de la gran habitación. Los científicos ya le esperaban a un lado de esta. Fue Clinton quien tuvo que jalarlo hasta la máquina para que caminara por su cuenta, y subirlo a la misma. Los científicos se encargaron de ponerle los grilletes. Y a pesar de escuchar el metal cerrándose alrededor de sus muñecas y tobillos, el rubio parecía estar apenas asimilando lo que estaba pasando... y estaba por suceder. Un pinchazo lo sacó de su repentino estado catatónico. Sintió su brazo arder después de un momento, de nuevo le estaban administrando ese suero. Sus manos comenzaron a forcejear, primero suave. Luego su mirada buscó a papá Clinton, y al no verlo, la desesperación fue mayor, y su forcejeo aumentó, al igual que la angustia en su rostro. El miedo había mutado a terror. Lentamente, la máquina comenzaba a apuntar directo hacia él, y con esa misma lentitud, su corazón iba acelerando su palpitar, y el terror parecía pasar a otro nivel. La mirada de Theodore entró en contacto perpendicular con el gigantesco artefacto, que ya comenzaba a brillar. Un segundo antes de que se disparara, el terror se convirtió en pánico, y Tedd comenzó a gritar.

Clinton había gritado a la par que su hijo, y se había aferrado al barandal desde el cual veía la crueldad hacia su pequeño. Los guardias tras de él no le permitirían ir a desconectar la máquina, y si intervenía de cualquier forma en el experimento seguramente sería castigado y hasta condenado por traicionar al régimen. No podía permitir eso, tristemente aún no. Su misión principal todavía continuaba en marcha, debía de filtrar la mayor cantidad de información posible para que un levantamiento se llevara a cabo. Tenía esperanza, la misma esperanza que Natasha tenía cuando consiguió la información que la condenó a muerte. Sin embargo, cada vez se hacía más difícil soportar todo eso... Lo único que le mantenía en pie era precisamente eso, la esperanza de estar de nuevo a lado de Bruce... y poder ser una familia con Teddy.

En la planta de abajo, la luz le pegó de lleno al experimento, haciéndole retorcerse en su lugar y apretar párpados y mandíbulas por el inmenso dolor que taladraba todo su cuerpo. Otro momento después, y sus mandíbulas se abrieron nuevamente para liberar un alarido desgarrador que fácilmente podría partirle las cuerdas vocales por la potencia que estaba usando. Las venas verdes se presentaron más pronto de lo que cualquiera hubiera pensado, incluso un muy leve incremento de masa muscular. Abrió los ojos en medio del rayo, y estos brillaban intensamente verdes. Su cuerpo ya había comenzado a convulsionar por tanto dolor, y por su boca se escurría la saliva...

Segundos después, el rayo dejó de emitir luz. La habitación quedó en su luminiscencia normal. Los grilletes de la silla se abrieron, y Theodore se bajó de esta con dificultad, cayendo al suelo como si de un costal de arena se tratara, cosa que hizo que Clinton sintiera que el pecho se le oprimía. Hizo varios intentos por levantarse, sin éxito, hasta que poco a poco lo fue logrando. Alzó la mirada para ver a todos y cada uno de los presentes, y sus ojos parecían emanar ira, sobretodo con ese tétrico color esmeralda en ellos. Empezó a gruñir a causa de unos repentinos espasmos en su cuerpo. Uno de sus brazos comenzaba a cambiar el color de su piel, después el otro, y así con el resto de su cuerpo. Pronto, este se hinchó como la otra vez, multiplicando el tamaño del niño... pero en esta ocasión hubo una variación. Su piel comenzó a escamarse en algunos lugares. Sus hombros, por ejemplo, formaron grandes escamas que daban la apariencia de unas hombreras. Sus orejas cambiaron su forma por unas puntiagudas. Sus manos igual se escamaron y asemejaban unas garras mortíferas. Finalmente, al momento de gruñir, sus dientes mostraron unos colmillos que no estaban ahí antes. Su mirada seguía siendo de ira, había conseguido ponerse de pie. Sus puños estaban hechos una roca a sus costados, y su pecho subía y bajaba en una respiración agitada.

- Tedd...- El doctor Connors le miraba con asombro, conteniéndose de sonreír. - Teddy, tranquilo. Estás bien.

La expresión de la bestia seguía siendo la misma iracunda de antes, y su respiración estaba igual de errática. Sus dientes estaban apretados, así como su cuerpo se mostraba completamente tenso. No hablaba, no hacía otro ruido que no fuera el de ese respirar agitado. A su alrededor solo escuchaba ecos, ecos por doquier. Ni si quiera identificaba una voz en concreto. Todos se veían como sombras borrosas. Theodore estaba aturdido. Quería saltar encima de todos aquellos entes extraños que estaban frente a él, parecían espectros que estaban empeñados en lastimarlo. Todavía sentía el dolor recorrer por todo su cuerpo, los músculos de su brazo se contraían de manera rápida, haciendo temblar sus manos. Nunca en la vida se había sentido dan enojado, y sobretodo, no había sentido tantos deseos de herir a alguien. La única vez que se había sentido así, había sido cuando... lastimó a los demás científicos. Esa escena se evocó en su mente. Recordaba el olor a sangre y los rostros de pánico de cada una de sus víctimas.

Su pecho se relajó, había regularizado su respiración. Los recuerdos continuaban atacándole, y así como de la bruma salen los demonios, en su mente se materializó uno que se reía de él, un ente verde con sonrisa malévola que le miraba divertido, a la espera del momento en el que se quebrara. Teddy lo veía como si realmente estuviera de frente, grande, fornido, verde, y con una mirada que daba miedo. ¿Ese era él? Su pequeña mano se alzó para tocar el rostro de aquella masa de músculo, y la mano del otro también se levantó para tocarle. La sonrisa del ente se borró, y su rostro cambió a uno de impresión. Ambos se miraban y tocaban la mejilla del otro, caían en la cuenta de que eran uno solo. Al frente de Theodore estaba la ira, su ira... Esa que papá Clinton le dijo que tenía que controlar.

- No somos malos...- Murmuró para la bestia. - Somos buenos. Somos uno. No tengas miedo.

El pequeño sonrió, y la masa verde contorsionó su rostro hasta romper en llanto. Ambos se abrazaron, y fue como si Teddy recuperara la consciencia. Parpadeó varias veces, y frente a él vio a todos los científicos que le miraban aterrados, y al doctor Connors que estaba a un lado suyo. Sentía tenso todo su cuerpo, y respiró para relajarse. Su cuerpo se aligeraba, ahora tenía control completo sobre sí.

- Doctor... Me siento... extraño...

Su voz era algunas notas más grave, y eso lo asombró. Miró sus manos, siguiendo con los ojos a sus brazos. Movió los dedos, tocó su cara, sintió la suavidad de la piel de su rostro y la aspereza de las yemas de sus dedos, puntiagudos cual garras. Volteó al vitral a un lado suyo, y se vio reflejado en él, de pies a cabeza... Era un cuerpo diferente, más grande de lo normal, pero extrañamente a proporción. No dejaba de verse que era un niño aún. La musculatura era más marcada y la escamación en algunas partes de su cuerpo lo hacían ver más rudimentario. Era él...

- ¿Te sientes enojado? ¿Con ira?...- Continuó entonces el doctor.

- Me siento enojado... pero... No como antes. Tengo un poco de miedo... ¿Dónde está papá Clint?

Con una mirada asustada, volteó a todas partes buscando a su padre, y su mirada fue a parar a las ventanas de la planta alta, en donde encontró a la persona que buscaba. Clinton le devolvió la mirada, completamente asombrado. No sabía qué estaba pasando ahí abajo, solo sabía que acababa de presenciar la transformación de su hijo... ¿Qué le habían hecho? Bruce no cambiaba de esa manera. Theodore estaba diferente, no del todo, pero no era como la primera vez que se transformó. Vio que su hijo le sonreía desde donde estaba, una sonrisa sincera, llena de vitalidad como esas que siempre dedicaba, y Clinton soltó unas lágrimas... Supo entonces que su hijo estaba consciente. Él también sonrió, y agitó la mano en el aire para saludarlo.

- Quiero ir con papá.- Habló entonces Theodore al doctor, y buscó la entrada de los espectadores. Connors lo detuvo antes de que comenzara a correr.

- Dorrek, espera. Primero hay que hacer pruebas.

- ¡Pero estoy bien! Me siento bien. Quiero ir con mi papá...

- No sabemos si eso es verdad, hay que probarte...

- Por favor, doctor. ¡Quiero ir con papá Clinton!

- Dorrek, estás inestable.- Connors aplicó más presión sobre el brazo del experimento al sentir que el ambiente se estaba tensando. - Todavía no puedes ir con Clinton.

Esto, por supuesto, enojó a un Theodore ya de por sí alterado...

- ¡Suélteme!

Tedd jaló su brazo para soltarse de manera brusca y con un exceso de fuerza que no se esperaba. Esto le hizo irse hacia atrás, trastabillando. Parecía que iba a caerse, y estuvo a punto de hacerlo, pero algo sorprendió a todos en la habitación. De su espalda salieron unas extremidades que inesperadamente se movieron, e impulsaron al experimento hacia arriba con tanta fuerza, que lo elevaron en el aire. Theodore lanzó una exclamación, asustado porque no sabía qué estaba pasando, y mientras más nervioso se ponía, más se movían aquellas cosas y más se elevaba en el aire. Se dio cuenta entonces de que no se trataba de otra cosa más que un par de alas...

- ¡¿Qué está pasándome!?

Los nervios eran traicioneros, sentía que no podía controlarlos, y la inestabilidad de sus nuevas extremidades se lo demostraba. Cerró los ojos con fuerza, intentando controlarse y controlar a esas cosas que se movían detrás de él sin su consentimiento, y solo así pudo percibirlas tal cuales eran, largas, fuertes y extrañamente pesadas, pero eran del peso exacto para su cuerpo. Las sintió moverse, las hizo parte de él, y el movimiento de aquellas alas se estabilizó. Ahora estaba ahí, flotando en el aire con un aleteo constante. Miraba a todos desde el aire, fascinado por la vista y por la sensación de vértigo que le daba mirar hacia el suelo y sentirse tan lejos de este. Intentó voltearse, al principio le costó trabajo y dio un giro completo en el aire, pero al segundo intento logró dar una media vuelta que lo dejó viendo directo al cristal de los espectadores. Y ahí estaba papá Clinton, viéndolo asombrado. El agente en realidad no sabía si sentirse asustado, todo eso era completamente nuevo. Su hijo se había transformado en un ser del que nunca había visto algo parecido. Algo le habían hecho los científicos y no sabía qué era. Aún así, sabía que era su Teddy, lo sentía en el pecho, sus mismos ojos se lo decían. La mirada de su hijo seguía siendo la misma, y así como estaba, esos ojos se parecían tanto a los de Hulk... Ese Hulk estable que se había hecho uno con Bruce hacía algunos años...

Después de varias pruebas físicas, cognitivas y psicológicas, lo único que faltaba era saber si Theodore podía volver a la normalidad por sí solo. Increíblemente, tras respirar profundo y cerrar los ojos para concentrarse, su cuerpo volvió a ser el de un chico de diez años, y el niño se sintió débil por tanta pérdida de energía espontánea. Los científicos en la habitación aplaudieron al experimento y se felicitaron entre sí por el éxito que estaban teniendo. Clinton finalmente bajó para abrazar a su pequeño, cargarlo y llenarlo de mimos con lágrimas en los ojos, estaba feliz de que estuviera bien. Teddy estaba cansado, por su puesto. Era la baja de energía que venía después de una metamorfosis espontánea, como solía pasarle a Bruce. Sin embargo, estaba bien. Solo necesitaba dormir y, al despertar, comer al menos tres veces su peso en comida.

Y así pasaron los meses. Los entrenamientos de Theodore Altman se hicieron cada vez más especializados. Aprendió a manejar su nuevo cuerpo y, por supuesto, también su incremento de fuerza. Había aprendido a volar con gran agilidad, e incluso a pelear en el aire por medio de simuladores. Clinton se había encargado de enseñarle arquería, y también a usar los dispositivos de los agentes. Todo lo que sabía se lo había enseñado a su hijo, y este lo había aprendido a la perfección. Ahora, luego de un año y medio, la rapidez de su crecimiento había disminuido drásticamente, y su cuerpo parecía el de un chico de 18 años. Oficialmente ya era un agente de la gestapo que incluso tenía su propio nombre clave.

- ¡Hulkling!

Al otro lado del pasillo en el que estaban Teddy y Clint, un chico de cabellos negros llamó al experimento, y corrió hacia donde estaba. El rubio hijo amplió una sonrisa hacia su compañero.

- ¡Hey, Billy!- Saludó al chico con un apretón de manos y un abrazo, un saludo de camaradas. - ¿Listo para el entrenamiento?

- Siempre estoy listo. Esta vez sí te voy a ganar, grandote.- El chico, ahora de 17 años, se veía entusiasmado. Sus ojos tenían un brillo peculiar mientras miraban a Theodore.

- Eso ya lo veremos.- ... Y Tedd veía con ese mismo brillo de emoción al pelinegro. Unos segundos después, reaccionó, y volteó su mirada hacia Clinton. - Papá, voy a entrenar. Te veo al rato.

Clinton sonrió sutilmente. No hizo ningún comentario a lo que acababa de presenciar, y probablemente no lo haría hasta que su hijo le dijera algo.

- Claro. Nos vemos, chicos. Y no seas muy rudo con Wiccan, ¿eh, Teddy?

Alzó una ceja, a modo de juego. Obviamente había un sutil doble sentido en ese comentario, y ambos chicos se sonrojaron sin poder evitarlo, riendo nerviosamente. Por supuesto, fingieron demencia.

- No prometo nada, papá, y Billy lo sabe.

- Lo sé, porque yo no tengo piedad contigo.- Rodó los ojos por el comentario de Teddy con una sonrisa.

- Ya, vamos.- Y el más alto revolvió los negros cabellos de su compañero para darse la vuelta y emprender la marcha al campo de entrenamiento. - ¡Nos vemos, papá!

Clinton amplió su sonrisa mientras negaba con la cabeza, su hijo siempre tan juguetón. Se dio la vuelta con un suspiro, y emprendió la marcha a la oficina de Steve. Justo en esos momentos, las cosas marchaban perfectamente. Un año atrás se habían enterado de que Charles y Erik seguían convida, y eso había significado más apoyo para ellos. A parte, el arquero había contactado con un aliado más dentro de la gestapo que se hacía llamar "Mar Muerto" en los servidores de la red Mariana, así que ahora la información era más fluida. Su vida dentro del régimen igual era estable. Theodore estaba creciendo bien, sus habilidades eran cada vez más fuertes y su crecimiento se estaba alentando. No tenía ningún problema con la gestapo, y eso era muy bueno, porque nadie tenía motivos para sospechar. En el pecho sentía que esa pesadilla pronto acabaría, y que de nuevo estaría a lado de Bruce, y ahora con Teddy sumado... Aunque Bruce no sabía de la existencia de Theodore, pero había decidido no decirle por el bienestar de su hijo y el propio. Ya llegaría su momento.

Mientras caminaba, el nombre "Dorrek VIII" le llegó a los oídos, y fue como un "click" inminente para su cerebro. Una alerta se había activado en él que le hizo retroceder sus pasos, hasta encontrar una abertura en la pared... Lo que vio adentro lo dejó perplejo, y lo que escuchó le hizo temblar de los nervios. Estaban hablando de Theodore.