¡Hola a todo el mundo! Vaya, ha pasado mucho tiempo; ¿todo bien? Espero que sí. Ya tenía muchas ganas de subir este capítulo; es una transición necesaria, pero de verdad espero que merezca la pena. Aprovecho para agradecer todo el apoyo que tengo con esta historia, me anima mucho y me hace muy feliz saber que esto en lo que pongo tanto esfuerzo os gusta. Así que gracias. Os quiero *declaración de amor* ¡Ya llevamos 10 capítulos!

Nota para Ly chan: ¡No tienes que disculparte ni mucho menos por tardar en algo tan estupendo como dejar un review! Me hacen feliz siempre. Además de que con lo que tardo en actualizar, estamos compensadas. Cada vez que leo tu review soy capaz de reunir coraje y ganas de seguir escribiendo, no puedes imaginar lo feliz que soy sabiendo que lo que escribí alegró a alguien. Oh, y también me gusta que me comentes las sensaciones que te transmite lo escrito, ¡me ayuda mucho! Espero que este capítulo también te guste. ¡Un saludo enorme hasta allá!

Los personajes históricos que aparecen en esta historia han sido mencionados siempre desde el respeto.

Disclaimer: Hetalia Axis Powers y sus personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya.


Künstlerleben: Es war so wunderschön

Capítulo Décimo

Si bien el frío que anunciaba la inminente llegada del invierno le golpeó en la cara de un modo repentino al salir de la mansión, poco a poco pudo Vash acostumbrarse a éste, sin llegar siquiera a encontrarlo desagradable. Le gustaba la sensación que tenía al sentir que el frío le rodeaba en esos días en los que él se seguía manteniendo caliente dentro de sus ropas de abrigo. De algún modo y hasta hace bien poco, había sido una persona que conocía el temor y el respeto que el mismo frío infunde; muy joven conoció lo que las bajas temperaturas representan, recibiendo el máximo calor en invierno de un triste samovar alrededor del cual la familia se reunía, a pesar de todo, felizmente. No fue hasta que tuvo que dormir en la imprenta que se arrepintió de todos los insultos proferidos contra el pobre aparato que, si bien nunca llegó a calentarle mucho, hacía un trabajo que no había llegado a apreciar hasta ese momento. Vivió con ropas desharrapadas, guantes descosidos y gorros desabrigados durante muchos años, temiendo más de una vez la muerte que acecha desde las sombras en invierno. Fue en uno de esos años cuando Richard Wagner le regaló un abrigo.

Le quedaba enorme, tanto que de a poco no arrastraba las mangas. Era grueso y además de esmerada costura, lo que no casaba para nada con su ritmo de vida. Recordaba ahora, mientras paseaba por las calles de Viena, cómo lo odió en primera instancia. Como llueva y se me moje moriré aplastado por este abrigo infernal, pensaba a menudo cuando el mero hecho de llevarlo puesto le importunaba al caminar. Empezó a llevarlo por puro compromiso con su maestro; incluso al señor Strauss le dio un considerable arrebato de risa cuando le vio con él por vez primera. Trató de justificar aquella risa como el recuerdo de algo gracioso que, no obstante, no engañó al muchacho y que finalmente hizo confesar la verdad a su profesor de violín.

Se rió ligeramente al pasar junto al Danubio, de esa manera tan particular suya en la que ni llegaba a esbozar una sonrisa, a la sazón de estos pensamientos, mientras se recogía mejor en aquel abrigo de hacía más de diez años que, ahora, le entallaba perfecto. Si bien con el dinero que había ganado se había comprado ropa nueva, necesaria en cualquier caso para esa nueva vida, el abrigo le resultó insustituible. Era parte de él. Había sido su calor, su única manta por las noches, y el recuerdo de su maestro que le impulsaba, cuando todo le venía en contra, a seguir adelante.

Este último pensamiento hizo volver a su mente el nombre y presencia del señor Edelstein, quien ahora le daba cobijo, comida y lo más importante: música. Si lo pensaba fríamente, daba igual los meses que hubieran pasado, se le seguía antojando casi inverosímil la suerte con la que había dado en su camino. Recordó la conversación que habían tenido antes de salir él de casa, y por algún motivo se sintió avergonzado. Se enterró todo lo posible en su abrigo y se llevó inconscientemente la mano a la cara al pensar en lo rápido que había cedido a la invitación de su mecenas. Ciertamente, anhelaba aprender francés desde el fondo de su corazón, poder leerlo o escribirlo, pero importunar más a Roderich Edelstein le azoraba en lo profundo. Encontrar dos personas tan buenas como el matrimonio Edelstein era algo que aún a día de hoy escapaba a su entendimiento; a pesar de que su relación se iba estrechando no podía evitar la desconfianza natural de la gente que no ha tenido suerte en la vida. Cabe decir que a pesar de que su relación con la señora Edelstein era más cordial, compartía con el marido un vínculo indescriptible. No podría explicar, si le preguntaran, cuál era el concepto que tenía de ese hombre. Discutían a menudo; él mismo se reprendía luego de sus encuentros interiormente por ello. Sin embargo, parecía ser algo inherente a los dos. Incluso en clase de música, cuando no estaban tocando, podía notarse lo diferentes que resultaban en todos los sentidos apreciables; observándose en ocasiones el uno al otro, quedábanse serios tratando de mantener su opinión mientras se desafiaban mirándose los ojos, mas de algún modo solía a menudo surgir la risa involuntaria entre ambos, cosa que Vash siempre le acababa reprochando. Restando los momentos de concentración en los que ambos trabajaban hasta ver gotear el sudor de su frente, jamás había visto serio al siempre atento con todo el mundo señor Edelstein. Quizá por ello no podía evitar meditar acerca de los señores Beilschmidt, cuya aparición podía hacer mutar tanto el rostro como el tono de voz de su anfitrión a uno insólitamente circunspecto. Como de la nada, de repente se encontró a sí mismo preocupado por el austrida. Él, a quien nunca le había intrigado lo más mínimo la vida personal de nadie, se preguntaba ahora, mientras se adentraba distraídamente en Stephansplatz, qué clase de relación uniría a su instructor con esos hermanos. No por morbosidad ni nada por el estilo, que de siempre había sido él de odiar los correveidiles; dicho, que no quería él que nada grave aconteciese a quien a pesar de sus rarezas tan bien le había estado tratando.

Las disquisiciones le acompañaron hasta el distrito de Hofburg, donde pasó por delante del palacio imperial y atravesó Heldenplatz para dirigirse hacia el Volksgarten. Siempre que salía a pasear por la ciudad acababa por aterrizar en ese parque, ya fuera voluntaria o involuntariamente; constituía éste parte importante de sus aspiraciones musicales, así como fue un punto de inflexión en su vida en aquel primer viaje que realizó hasta el mismo acompañado de Herr Wagner. Caminó distraídamente, prestando atención a los pequeños grupos que buscaban llamar la atención del público tales como dibujantes, mimos, aspirantes a grandes actores que interpretaban teatrillos o los mismos músicos callejeros. Conocía a muchos de estos últimos, pues siempre que hallaba alguno al cual no hubiera escuchado tocar antes se acercaba a fin de conocer su música. Con ninguno había cruzado palabra jamás. No había encontrado, tampoco, nadie que le llamara especialmente la atención, aunque como creía firmemente que de todos podía aprender algo dejaba religiosamente unos florines a cada uno de los músicos en los que, de un modo u otro, se veía reflejado. A pesar de que por lo inminente de los días de asueto los jardines se encontraban concurridos, la cercanía de la hora almuerzo parecía haber hecho el lugar más transitable, dejando a Vash un camino accesible para acercarse a dos clarinetistas que tocaban en un banco.

No llegó, empero, jamás hasta los clarinetistas, que desaparecieron de su memoria sin que volviera a acordarse de ellos en ningún otro momento de su futura vida. Desde un lugar algo apartado, una placita alrededor de la cual algunas gentes se estaban congregando, le llegó el sonido de lo que podía reconocer sin atisbo de duda como violines. Violines que, sin saber él cómo, generaban un conjunto de ritmos y sonidos que no había oído nunca. Impulsado por la curiosidad que guiaba sus pasos siempre que en su camino se cruzare algo que desconocía, ignoró por completo la dirección inicial que sus pies habían tomado y se dirigió hacia la foule aglomerada alrededor de los violinistas; se maldijo a sí mismo y a su estatura tan poco privilegiada, que le obligaba a tener que deslizarse por los precarios huecos libres hasta que alcanzaba la primera línea de visión. Una vez en esa posición aventajada, olvidóse de todo lo demás.

Cuatro, no, cinco violinistas, de aspecto extranjero más por sus ropas que por sus rostros, tocaban sus instrumentos alborozadamente. Tocaba primero uno, luego otro, después un tercero... como si de una batalla se tratase; era divertido. Por otro lado, de repente les daba por tocar juntos y eran capaces de lograr melodías tan poco familiares como divertidas, cosas que Vash jamás había llegado a escuchar.

De modo inconsciente, levantó ligeramente la mano izquierda, alzándola un poquito hasta una posición similar a la que ésta ocupaba cuando él mismo tocaba el violín; sus dedos, ansiosos de divertimento, emulaban sin darse cuenta la postura que correspondería a las notas que los músicos vertían sobre el pequeño grupo congregado. En la mano derecha no había rastro de tan fina motricidad, sin bien la muñeca del suizo se movía como si tuviere un arco en su mano. No eran gestos exagerados, ni siquiera algo importante en lo que nadie se habría fijado si no fuese músico. Pero, en el caso de nuestro héroe, daba la casualidad de que estaba precisamente frente a cinco.

Uno de los hombres le invitó a unirse a ellos con un gesto; esto recibió como respuesta el silencio habitual de Vash, que aun habiendo bajado sus manos seguía moviendo los dedos involuntariamente en busca de la respuesta a sus disquisiciones internas. Sin embargo, otro de los mozos acudió en ayuda de su amigo, volviendo a dirigirse al suizo.

—¡Ánimo, joven! Veo que toca usted el violín... ¿Por qué no se presta a tocar con mi amigo Ghazo? Un duelo callejero al uso...

Tardó en reaccionar; cuando quiso darse cuenta, ya lo habían arrastrado con ellos. Verdes, los ojos de Vash se abrieron incrédulos. Oprimiósele el pecho al sentirse centro de atención, queriendo volver a su discreto lugar anterior. No obstante, en el mismo momento en el que puso un pie en el suelo en la dirección de vuelta a su anterior plaza en la congregación de curiosos, las palabras que el señor Edelstein había proferido momentos antes volvieron a su mente como parte de la tremenda turbulencia de ideas y ocurrencias que nos poseen cuando nos vemos violentados. Triunfar requiere necesariamente atraer la atención del resto. Triunfar en la música es conseguir que el resto quiera escucharlo. Se detuvo en seco. Ciertamente, y sin engañarse a sí mismo, su deseo más patente en aquel momento era huir del lugar, ocultarse de las miradas ajenas que querían juzgarle. Pero, aunque eso fuera así y ése fuera el más patente, había un deseo oculto, vibrante, en lo más hondo de su ser que ahora más que nunca, y recordando las palabras del señor Edelstein, no se podía negar. Quería, por encima de cualquier cosa, tocar con esos hombres tan extraños.

—De acuerdo —aceptó tomando el violín que le estaba siendo ofrecido—. Pero desconozco por completo el proceder en un duelo como el que usted habla, así que no sé qué es lo que quiere que haga.

—¿No ha visto nunca un duelo? No se preocupe, se lo explicaré sin problema alguno. Abraham y yo proporcionaremos una base musical, principalmente de percusión, sobre la cual ambos deberán tocar a dúo. Después, a la primera señal, uno de los dos instrumentos tocará un trozo en solitario, y cuando se dé la segunda señal procederá análogamente el segundo instrumento. Llegado el momento, volverán a tocar los dos. ¿Le parece? En un duelo se suele repetir este proceso unas tres veces, para tener tiempo de tocar libremente. No hay más misterio.

—¿Eso es todo? —se sorprendió después de la amable explicación que el mismo hombre que le invitó a tocar le había dado— Quiero decir, ¿no hay ningún tipo de norma ni nada más que hayamos de tener en cuenta?

—¡Ninguna, mein Herr, esto es la calle! ¿Estáis preparados, entonces? —preguntó mirando a los dos que iban a, por aducirle algún significado poético, enfrentarse.

Vash tañó ligeramente las cuerdas con los dedos, tocándolas suavemente con el arco. Se sentía algo desahuciado lejos de su violín, haciendo sonar el de un extraño. Tomando un par de medidas para hacerse con el instrumento, finalmente, asintió.

Bajan los brazos que marcan la señal; suben entonces los de los violinistas. Escuchó el suizo la percusión que los dos extranjeros hacían sonar de fondo, a fin de poder tocar algo acorde con ello. Comenzó entonces su compañero de tarea, logrando un sonido grave, rápido y profundo; la gente aplaudía siguiendo el ritmo, descompasada. Vash se mordió el labio. Aquella empresa estaba mostrando ser más complicada de lo que había imaginado en un inicio. Convencido, con la única baza que contaba para sí emprendió la arremetida.

Una ristra de notas altas emergieron de su mano, vibrantes, fuertes, unidas. Era un sonido que, melódicamente, combinaba a la perfección con los graves del que ahora resultaba ser rival. Pero algo no iba bien; no era bueno el ritmo. Se sentía suerte de desacompasado y eso le acedaba tremendo, más en la medida en que se iba percatando de que no era persona capaz de arreglarlo para terminar de adaptarse a él. De todas las medidas que andaba probando ninguna se adaptaba; 3/4, 6/8, 4/4... Ninguna resultaba ser. Ni adagio, ni andante, ni allegro vivace. Siendo que él siempre había resultado en cuanto a esto descuidadamente liberal, cuestionábase ahora si en realidad era algo fuera de su control y no podía verdaderamente volver al tempo estricto y concreto en el que otrora su primer maestro, Herr Wagner, le hubo instruido. Daba igual si las notas eran adecuadas a sus equivalentes graves; si no sonaban en el momento exacto al ritmo perfecto, la estructura que resulta ser toda una pieza musical se derrumbaba desde los mismos cimientos.

Terminó lo que debía de ser el primer enfrentamiento, el cual sin necesidad de la opinión del público el suizo lo supo perdido. Se mordió el labio, oscilando entre la frustración de que no le saliera lo que él quería del modo en que le gustaría y la rabia que siempre le generaba el sabor de la derrota, aunque fuera en primera instancia. Tomó aire, observando cómo los otros tocaban ahora música mientras ellos se tomaban un descanso; aún le faltaba algo.

—¿Me permiten unas palabras con mi amigo, ve? —dijo entonces una voz.

Vash volteó a mirar, sorprendido. Era un muchacho más o menos de su altura y edad, de cabellos castaños con un extraño rizo a un lado y cara sonriente. Trató de hacer memoria, llegando por último a la misma conclusión que le había poseído primeramente, que no era nada más y nada menos que la certeza de no conocer de nada a aquel individuo que se acercaba a él con aire familiar tras la concesión de los músicos.

Sacó éste una de sus manos vestidas con manoplas del gran abrigo azul marino en el que estaba casi sumergido, que utilizó para tomar del brazo al rubio suavemente y acercarlo un poco a sí.

—¡Tocas fantástico! —exclamó casi en un susurro no carente de entusiasmo— Pero tienes que olvidarte de tratar de cuadrar los tiempos como es habitual. La gente del sudeste de Europa, especialmente los zíngaros, tienen sus propias normas —rió.

—¿Zíngaros? —preguntó tratando de seguir el rápido ritmo verbal del joven.

—Eso parece; sus ropas, sus hábitos, pero sobre todo su música los delatan —sonrió contento—. Ahora escucha: el ritmo de estas canciones es distinto. Olvídate de dividir lo que tocas en compases de largura o medida concreta ve, tienes que tocar de un modo que a ti te parecerá desacompasado. La mayoría ha de ser rápido; como si cada nota fuese un punteo. Luego, cuando te apetezca, haces una ligada lenta; si te da el aire, vuelves a hacerlo rápido. En estos duelos no es bueno pensar, lo mejor es tocar desde el corazón, sin analizar.

Se detuvo al ver que los músicos llamaban de nuevo a Vash a su vera, agitando la mano con alegría para agradecerles el favor. Al ver que el rubio aún le miraba le hizo un gesto con la testa, a fin de que éste reaccionara y volviese a su anterior tarea. Y vaya que si lo hizo.

Coraggio! —escuchó antes de comenzar.

Cuando reemprendió el duelo, no dejaba nuestro héroe de meditar acerca de las palabras de aquel desconocido. Trataba de encontrarle una lógica a lo que éste le había dicho, sin éxito. Su mente estaba huera, inútil, por mucho que divagara. Sólo pudo recordar cuatro de todas las palabras que le habían sido dichas: no es bueno pensar. Como nada se pierde por probar algo nuevo cuando uno va camino del fracaso, cerró los ojos y vació su espíritu.

Todo se volvió divertido entonces. Se sorprendió a sí mismo, allí de pie con los ojos cerrados, sintiendo simplemente a la música fluir de sus dedos, recorrerle el cuerpo, abrazarlo con alegría. Escuchaba las notas que provenían del violín del hombre llamado Ghazo, pero apenas si les prestaba atención. Le daba igual lo que él tocara. Le daba igual cómo se adaptase. Sólo sentía el ritmo que insuflaba vida a ese momento y tocaba inspirado por éste, como si nada más existiera. Estaba llegando a un lugar cálido y agradable, que siempre le acogía cuando no tenía refugio en el que guarecerse; se dejó llevar por lo feliz que le hacía, en ese mismo instante, ser consciente de que estaba aprendiendo algo nuevo y maravilloso.

Terminó casi sin ser consciente de lo que estaba ocurriendo. Cuando abrió los ojos, todo el mundo estaba mirándole en silencio; habíanse detenido, incluso, los músicos. Lanzó breves vistazos a su alrededor, violentándose su cuerpo por momentos. Sabía que tenía que decir algo, que seguramente se habría dejado llevar por el entusiasmo y que, de seguro, una disculpa sería una buena manera de escapar de aquel embrollo. Recordaba este momento de alguna ocasión anterior en alguna orquesta vienesa, que siempre había terminado, antes o después en el tiempo, con una carta de despido.

Empezó suavemente, de manos de aquel alegre muchacho castaño. Propagándose tímidamente entre los demás, terminó rodeándole incluso de parte de los mismos músicos. Tomando fuerza poco a poco, al final se escuchaba tan alto en su corazón que nada más podía oír. Aplausos. No, una ovación. Una ovación para él. Era algo inexplicable. A lo largo de su vida habíase enfrentado bastantes veces al público, del que nunca había obtenido un reconocimiento mayor que una triste cantidad de monedas de poco valor. Durante su adolescencia en Lucerna nadie jamás hubo de pararse o aplaudirle que no fuera de su círculo más cercano. Más duro fue en Austria, donde si bien en el bar en el que trabajó obtuvo alguna vez el reconocimiento en forma de una o dos palmadas, supo siempre que los ebrios que se las dedicaban apenas si podían llegar a escuchar lo que estaba tocando. Conocía el sufrimiento de tratar de demostrar cual fuera su pericia obteniendo a cambio negativas evasivas. Conocía el dolor de mostrar su trabajo al mundo y ser completamente ignorado. Conocía la desesperanza. Y ahora, ahora de repente tenía un aplauso colectivo para él sólo; ni él mismo comprendía lo que había hecho, más que disfrutar completamente de cuanto sus sentidos le permitían. Eran, a lo sumo, veinte personas las que había reunidas a su alrededor. Las veinte personas que, en este momento, Vash atesoró en su corazón para recordarlas siempre.

Con una tímida sonrisa agradeció el reconocimiento, devolviendo el violín a su dueño.

—¿No va a terminar el duelo? —preguntó uno de ellos cuyo nombre desconocía.

—Prefiero... Prefiero dejarlo en un empate. Terminémoslo aquí, hoy. Yo... estoy en deuda con ustedes de un modo que no van a comprender —afirmó—. Veámonos otra vez, ¿sí?

Y, tras una pequeña reverencia de gratitud, decidió marchar. Buscó el rostro de la persona que le había ayudado entre la gente, infructuosamente. Quería agradecerle su ayuda tanto como fuera posible, invitarle a algo hubiera sido una buena opción; no es que él y la sociedad estuviesen muy hermanados, pero el señor Edelstein le dijo en su día que resulta éste ser un detalle que luce muy noble a ojos ajenos y que sólo conlleva un leve esfuerzo social, a cambio del cual puede uno lograr grandes cosas. Aún no había perdido la esperanza cuando, desgraciadamente, lo vio correr detrás de un coche tratando de detenerlo, con su abrigo azul marino, su rizo extraño y sus manoplas de colores agitándose. Se asustó en un momento dado al ver que casi era atropellado; por suerte, consiguió sin que el suizo supiera cómo parar un carro y subirse a él con la alegría del que no había estado a punto de morir atropellado segundos atrás. Fue entonces, cuando el alivio se hizo con él, que Vash se dio cuenta de que acababa de perder al hombre que buscaba. Resopló por la nariz y se golpeó disimuladamente en la frente, ya que nadie más había cerca para recriminarle por idiota.

Comenzó su caminar a través del parque, contento a pesar de la desavenencia, inundado por un sentimiento que creía olvidado, o que quizás le era desconocido; daba igual. Se sentía bien. Se sentía en el lugar correcto. Creía por fin que estaba donde debía estar, y que además su camino empezaba a ser más agradable. Queriendo mantener consigo ese espíritu hasta el ensayo del día próximo, decidió emprender a pie el camino de vuelta a casa, donde podría practicar con su propio violín a fin de ver qué podría hacer con esa nueva inspiración vital.

Arribó a la mansión de anochecida, oscura ya la luz sobre su cabeza a pesar de ser poco más tarde de la hora de cenar. Entró, tal como se había ido, por la puerta de la cocina, asustando tremenda e involuntariamente a una Eirene que no esperaba en absoluto la aparición del joven Zwingli. Tras disculparse torpe e insistentemente numerosas veces trató de marchar hacia su habitación; no parecía entrarle a Vash en la testuz que a ojos del servicio él resultaba ser un invitado tan importante como aquellos que vinieron anteriormente. No obstante había algo innegable a ojos de todos los sirvientes y trabajadores de la casa Edelstein: Vash Zwingli era un muchacho terriblemente cercano y amable con todos y cada uno de ellos. Esto enternecía a los más mayores, viendo cómo el muchacho delataba completamente su humilde origen sin pretenderlo. La señora de seguro se enfadaría si lo viera, pensaba el ama de llaves recordando a la madre del señorito y lo importante que para ella resultaba la alta alcurnia. Negando con la cabeza sonrió, consiguiendo finalmente y no sin esfuerzo convencer al joven Zwingli de que cenase, delataba pues el hambre que tenía el gesto de su rostro. Aceptó Vash la invitación no sin resistencia, siendo además que el resto había cenado anteriormente en compañía. Tranquilo, al final se instaló en la cocina junto a los mayordomos, que cenaban aprovechando la larga sobremesa que se estaba llevando a cabo arriba.

Terminó y se retiró sin hacer ruido. Subió las escaleras que desde la cocina conducían hacia el vestíbulo, dispuesto a atravesar el pasillo sin más dilación, directo a su alcoba; algo, en cambio, se cruzó en su camino.

—¡Aaah!

Un grito a su espalda le sorprendió al punto de agarrarse el pecho para recolocar su corazón al girarse. Agarróse el rubio al pasamanos tratando de recuperarse; el sonido de pasos rápidamente se acercó hasta donde se encontraban el suizo y quienquiera que fuere.

—¿Qué ocurre? —preguntó la voz del señor Edelstein.

Tres personas aparecieron: el señor Edelstein y los que suponía serían los hermanos Beilschmidt, dado que tenían facciones prácticamente iguales. Eran hombres altos, uno más robusto que el otro, que vestían uniforme militar contrastando enormemente con el aristocrático anfitrión de la casa. Se asomó también por detrás Elizaveta Edelstein, curiosa. Entre el grupo de gente y Vash, el muchacho de cabellos castaños que había conocido en el parque le señalaba con expresión de sorpresa.

—¡Señor Austria! ¿Conoce usted a este chico, ve? —preguntó sorprendido.

—¡Compórtate! —amonestó el más robusto de los hermanos, dándole un coscorrón en la cabeza.

—Ve... Perdón, perdón, es que no esperaba encontrarle aquí...

—Ya, me lo imagino, pero no por eso puedes ir por donde te plazca asustando a la gente. Discúlpele, por favor. ¿Se encuentra bien?

—S... ¿Sí? —contestó, algo violentado por todo el caos, tratando de comprender algo. Él, que nada más había pretendido que pasar desapercibido, no podía creer que estuviera en medio de tanta vorágine.

—Discúlpate, anda.

Scusi —asumió bajando la cabeza alejándose ligeramente del rubio que lo había golpeado.

Nein, nein, está... todo bien —asumió tomando aire profundamente, restableciéndose casi por completo del susto del grito pero no así del de la situación.

—Discúlpeme, Vash, por este pequeño momento entrópico. ¿Por qué no volvemos todos al salón y charlamos como lo hace la gente normal y de bien?

—Porque tú no eres de bien, ni mucho menos normal —sonrió de lado el otro hombre que no conocía, de cabellos platino y extraño color de ojos, posando la mano sobre el hombro del señor Edelstein—. Pero sí, supongo que en el fondo tienes razón; sentados fumando y bebiendo estamos mejor.

Y, sin esperar a nadie y por propia voluntad, dio media vuelta y emprendió el camino de regreso al salón. Vash no sabría expresar la primera expresión que le causó aquel tipo. Se le antojó arrogante y maleducado; no le gustó. No era así con el otro Beilschmidt, cuya primera impresión fue la de persona responsable y considerada. A pesar de querer retirarse, finalmente se vio arrastrado con el resto de personas a conversar más relajadamente en el salón común.

El primero en interrumpir el silencio fue, sin dudar ni aguardar mucho, el chico de cabellos castaños.

—Lamento haberle asustado, señor...

—Zwingli. Vash Zwingli.

—Señor Zwingli. Me ha producido tal estallido de alegría encontrarle aquí que no he podido contenerme; pensé que no le volvería a ver. Antes, en el parque, he tenido que marcharme corriendo porque había olvidado que había quedado con Lu y Gil en venir aquí pronto para cenar. Y aun así me han reprendido igual...

—Haber llegado a la hora que debías —sentenció el de los ojos azules.

—Jo...

—Permítame que les presente —interrumpió su anfitrión ignorando deliberadamente la conversación a su alrededor, sorprendiendo ligeramente al suizo que trataba de seguir el ritmo—. Vash, ellos son el Oberst Gilbert Beilschmidt, el Hauptmann Ludwig Beilschmidt y Feliciano Vargas.

—Ve, qué triste, me siento solitario sin rango —afirmó con cara de pena el último.

—Feliciano es italiano de origen —siguió amable el señor Edelstein—. Y los Beilschmidt son alemanes.

—No te confundas, Roderich, yo soy prusiano de alma, corazón y nacimiento, y moriré como tal.

—Ya empezamos, el de la raza aria... —suspiró el vienés.

—Por favor, caballeros, no empecemos ya tan pronto —pidió la señora Edelstein tratando de imponer paz entre dos hombres que parecían rozar más de lo que le gustaría.

—Es que no es lo mismo, el mismo Reichskanzler te lo puede decir. Hay que cuidar los matices, ¿qué no eras tú quien siempre lo decía?

—En otro orden de cosas —ignoró deliberadamente el vienés—, me alegra poder presentarle a gente de mi círculo más cercano. Feliciano ha estado hablando antes de un espectáculo musical que había presenciado hoy en el parque; y yo que moría en ganas de presentarle a usted resulta que ahora me quedo sin presumir —rió.

—No se burle —se quejó Vash bebiendo de la copa que le había sido servida.

—Nunca lo hago, Vash, no con usted —contestó mirándole firme el austrida, bebiendo él también—. En cualquier caso, nos hallábamos hablando con tranquilidad ahora que por fin nos habíamos reunido con el mero fin de departir; comentaban los Beilschmidt que habían viajado hasta aquí acompañando a Feliciano. Lo que no me has dicho aún, veneciano, es qué es lo que te ha traído hasta mi casa.

—¡Oh, es cierto ve!

El italiano apuró su copa con suerte de urgencia, dejándola momentáneamente a un lado e inclinándose hacia delante, hacia el señor Edelstein, con mirada enigmática y sonrisa alegre.

—Señor Austria: he venido hasta aquí a pedirle algo, a pedirle ayuda. Sólo quiero una cosa, y aún no termino de convencerme porque sé que dije que no le pediría nada ni le molestaría más. Pero le necesito. Quiero... Quiero que me ayude a ganar el Certamen de Invierno. Al violín.

El interior de Vash se sacudió por completo.

Capítulo Décimo - Fin


¡Bueno! Espero que haya habido sorpresas que hagan que la espera haya merecido la pena, y que estéis tan emocionados como yo. ¡Más personajes! Esto se torna cada vez más emocionante.

No hay mucho que aclarar en este capítulo, no tiene mucha historia que desvelar... En esencia, la manera de tocar que tienen en Europa del este es algo distinta, se nota mucho a veces esa diferencia en cuanto a las propias canciones folklóricas. Los zíngaros tocan muy deprisa y muy divertido. No recuerdo qué canción utilicé para inspirarme; quizá fue Nuttin but Stringz. Si en algún momento me viene a la mente lo editaré y os lo contaré en el próximo capítulo. Podéis buscar por ahí las calles que Vash recorre, la verdad que el Volksgarten es precioso.

El Reichskanzler del que habla Prusia no es otro que Otto von Bismarck, considerado el unificador de Alemania y canciller hasta 1890, 8 años antes de su muerte.

Aprovecho para dar una fe de erratas: Recientemente he estado leyendo la biografía de Tesla y ahí descubrí que su padre falleció en 1879, lo cual es incompatible con la historia ya que cuando apareció capítulos atrás ya estábamos en 1880. Mil perdones; necesitaba decirlo.

Ahora sí, me despido. Muchísimas gracias por leer y seguir esta historia a pesar de mis tardanzas, me hacéis feliz. Saludos,

Bou.