EXTRA 5

¡Hola! Recordad que os he respondido a todos vuestros reviews por Inbox, y para las que me han escrito sin cuenta fija de FF, también quería daros las gracias por estar ahí y deciros que me ha encantado que saquéis tantas cosas positivas de la historia. :')

Kisses!

Más tarde, Edward estaba ayudando a Bella a esparcir semillas mientras Sonia se bañaba, aprovechando los únicos ratos libres que tenía con ella; ya que el resto del tiempo, lo dedicaba a enseñar a su hermana.

Bella estaba concentrada en lo que hacía cuando notó que le colocaban una rama tras la oreja.

—¿Qué...?

—No, no te la quites —advirtió Edward maravillado—. Es una flor que encontré por ahí.

Era una flor con pétalos rosas y blancos, que lucía perfectamente con el marrón de su pelo y color de ojos.

Bella suspiró entre enternecida y enfadada.

—Sabes que no me gusta matar a las plantas para tenerlas como accesorios.

—No la he arrancado, ya estaba caída y aproveché para ponértela —explicó él—. ¿Sabes que la flor tiene el mismo tono de tu piel y de tus mejillas?

—Qué preciosas cosas dices. ¿Y qué flor crees que se me vería bien a mí, Edward?

Sonia apareció detrás del borde de la puerta, sorprendiéndolos a ambos.

—¿Y bien?

—Pues eh... tal vez una amarilla. Por el pelo.

—Sí. ¿Algo así como un girasol?

—Tal vez.

Sonia inclinó su cabeza y entrecerró los ojos con humor.

—Venga, ¿Por qué no me comparas con los girasoles de una manera tan bonita como lo has hecho con Bella?

La susodicha se encogió en su sitio, sin mirarla.

—No sé, me salió solo —se excusó Edward.

—¿Acaso no te sirvo de inspiración yo también? —De repente la expresión alegre de Sonia cambió—. Ya sé, es porque no soy lo suficientemente guapa.

—Para nada, eres una belleza pero... ¿Bella?

Ella pasó delante de Edward en dirección a la casa. Edward fue tras ella sin pensarlo dos veces, mientras Sonia se quedaba con una ceja levantada ante la escena que acababa de presenciar.

—Bella, espérame —insistió de nuevo—. ¡Bella!

—No, déjame. ¿Por qué no te quedas con tu chica perfecta, Edward? Ella es rubia, aunque teñida; tiene ojos azules aunque te aviso que son lentillas. Y además, es tan guapa como te gusta y seguramente su cuerpo tampoco te da problemas, no por arte de magia sino porque está en gimnasios y con tratamientos de inyecciones todo el maldito tiempo por donde vive. En fin, parece ser tu tipo de todas formas.

Edward disimuló una sonrisa.

—Yo solo te quiero a ti, por favor. Como hombre, te soy sincero y te digo que es atractiva. Aun así, sabes muy bien que no preferiría a otra que a ti.

Bella rodó los ojos, evitando caer en su mirada y creerle como una ingenua. Pero Edward tampoco deseaba que su mente imaginase cosas que no eran; así que la besó para que todo posible pensamiento negativo se esfumase de su mente.

...Sin detenerse a pensar en que tal vez podrían estar siendo observados.

Al cabo de poco tiempo, Sonia demostró a Bella que ya era capaz de hacer algunas cosas por su cuenta. Ella la seguía supervisando de todas maneras, durante todo el día, hasta la hora que normalmente acababan todo y se iban a acostar.

Edward y ellas apenas habían cruzado palabra aparte de la hora de las comidas desde que llegó. Y tampoco es que hubiesen sido muy amenas.

Él ya estaba conciliando el sueño, cuando de repente, oyó unos toques a la puerta. Se levantó confundido y algo molesto, sin pensar en que detrás de la puerta hallaría a Sonia vistiendo una bata de seda blanca muy fina.

—¿Qué ocurre? —preguntó con la voz pastosa.

—No puedo dormir —mencionó en un susurro—. ¿Te apetece hablar afuera?

—¿Por qué no se lo pides a tu hermana?

Sonia se mordió el labio, agachando la mirada.

—Creo que ya ha quedado bastante claro que no nos llevamos bien. Siento que tú y yo nos podemos entender mejor, y prefiero hacerlo contigo, si no te importa.

Edward pensó rápidamente las cosas y, al no ver ninguna excusa posible, aceptó.

—Claro, vamos.

Edward acompañó a Sonia fuera de la casa, hacia el patio, donde podía verse un hermoso paisaje de la noche en su esplendor.

—No suelo apreciar estas cosas, pero me encanta ver este cielo.

—Una de las cosas buenas del campo —acordó él.

—Tal vez la única —especificó ella sin apartar su vista de ese punto—. No estoy hecha para este tipo de ambiente, lo tengo claro. Si no son los bichos, es la falta de cobertura del móvil, la falta de servicios —ese comentario hizo reír a Edward—... y sobretodo, el agua.

—Asusta, ¿no?

Sonia hizo una mueca y ambos acabaron riendo.

—Tener que esperar unos segundos para que el agua sea potable y transparente no es normal para mí. Por un despiste me puedo contaminar —se quejó—. Supongo que cuando toda tu vida ha sido así, no resulta un problema.

Edward negó.

—Yo recién me estoy habituando.

Sonia se sorprendió al escucharlo.

—¿Vivías en la ciudad?

—Hasta hace poco —afirmó.

—¿Cómo es eso?

—Es una larga historia de explicar. —Edward se rascó la cabeza—. El caso es que me llevó hasta tu hermana, y es lo único que importa.

Sonia asintió, procesando todo.

—Sí, debe ser duro perder una casa que encima no tiene muchos años. Menos mal que ella estaba para ayudarte. Aunque lo lamento un poco por ella.

—¿Por qué?

—Vino aquí buscando un modo de vida más tradicional, pensando que aquí encontraría un amor lejos de los estereotipos de la ciudad. Pero incluso en el lugar más remoto del mundo, no es que solo sigan existiendo los estereotipos, sino que además no podrá conseguir lo que pretende. ¿Me entiendes? Ella quería a un hombre que no decepcionase sus aspiraciones. Que se enamorase de ella así sin más y que viviesen su feliz para siempre por el resto de sus días. Alguien que tal vez no existe.

—Vino buscando un ideal —concluyó él.

—Una historia que fuese como un cuento de hadas, correcto. Pero se olvida que si lo encuentra, no será más que por un tiempo. Porque todos también tenemos un lado malo, y para ser felices, debemos explorarlo de vez en cuando. —Se acercó sigilosamente a él—. Por cierto, te recuerdo que todavía me debes una de esas maravillosas frases que le dedicas a ella.

—¿De qué hablas?

—La comparación con el girasol, nunca me la dijiste —especificó.

—Ah... eso.

—¡Sí! Fuiste todo un poeta con ella —señaló con aprobación—. ¿Lo puedes hacer conmigo por favor? Nunca me conseguí un novio que me dijese cosas así de bonitas, la verdad, y me encantaría sentir lo que es ser la musa de una de tus creaciones.

Inclinó su cabeza en un gesto inconsciente, y la atención de Edward se desvió hacia su cuello.

—No es para tanto...

—Aunque no lo sea, me gustó bastante. —Dejó escapar un suspiro con un aire soñador—. Ójala tuviese un amigo igual que tú. Aunque si yo fuese Bella, no me conformaría con tan poco.

Edward tragó, y trató de pensar en alguna excusa para escapar del tema.

—Es que... verás, esas cosas no son tan simples y sencillas de decir. Necesito inspiración.

Sonia entrecerró los ojos mientras se le ocurría algo, y dio con el clavo perfecto.

—Creo que ya sé cómo inspirarte.

Sonia se levantó de un salto y caminó unos cuantos pasos delante de él. Edward no le apartó la vista de encima.

—¿Ves cómo está la luna esta noche? —Él miró hacia el centro del cielo, justo encima de la cabeza de Sonia—. Pues quiero que me compares con ella. A mí, completa —remarcó.

Edward rodó los ojos con intención de decirle la primera cosa que se le viniese a la cabeza.

—Pues... tienes un tono de piel bastante similar.

—¿A que sí? —Sonia giró la cabeza con picardía.

—Y bueno, tus ojos me recuerdan bastante al color del cielo ahora —Esperaba que se pusiera contenta para que lo dejase estar.

—Si eres capaz de decir eso con solo mi cara... ¿Qué pasa si yo...?

—¿Si tú qué?

Y Sonia acabó de darse la vuelta con todo su cuerpo, desanudándose la bata, y dejándola caer.

—¿Si te dejase ver mi cuerpo? —inquirió.

Edward observó su silueta. Estaba delante, era imposible no hacerlo.

No tenía rastro de ni un solo vello en su cuerpo. Su piel era lechosa, sin marcas, totalmente contraria a la de Bella. Tenía pocas curvas, pero estaban delineadas con suavidad. Su vientre destacaba la sensualidad de su delgadez, y tenía unos pechos erectos y medianos de un tamaño equitativo a su complexión. Su mirada subió hasta recaer en su rostro. Su melena acentuaba el atractivo de su cuerpo, no obstante, esos ojos azules solo mostraban seducción y ansiedad. Aunque ni siquiera se veían que estaban dilatados, pues las lentillas lo impedían. No había nada del brillo genuino, candidez o falta de prejuicios que habitaba en la mirada limpia de Bella.