Butters tiró de la cadena y mientras se lavaba las manos se miró en el espejo. Tenía veintiún años, pero todo el mundo decía que parecía mucho más joven, que no parecía ser mayor de dieciséis. Apenas había diferencia entre el niño que un día fue y el joven adulto que era ahora. Su voz era aún más aguda de lo normal en un hombre de su edad. Se había hecho un peinado más moderno y atrevido, pero aún tenía ese aire tímido. Barbilampiño y un poco afeminado, decían algunos, lo cual jugaba en su contra, porque esa actitud tímida parecía despertar ternura en no pocas féminas. Él siempre había deseado que la pubertad le hubiera dado una voz más profunda, más músculos y un poco de vello, porque de esta forma se sentía como si aún fuera un niño. Alguien que no podía cuidar de sí mismo y necesitaba que lo tutorearan.
Pero solo era su aspecto, ¿verdad? Seguía siendo un adulto. Podía cuidar de sí mismo y tomar sus propias decisiones. Era una mera cuestión de actitud.
Sí, eso era. No tenía que desear ser diferente. Sólo tenía que comportarse como el adulto que era, en lugar de desear parecer uno.
Decidido a cambiar las cosas, Butters decidió que ese día plantaría cara a su padre.
Salió del baño y se encaminó al salón de estar. Bajando las escaleras vio a su padre sentado en el sillón, viendo la televisión con una cerveza en la mano. Parecía tranquilo. El accidente también le había animado a tratarlo con más suavidad. Era ahora o nunca.
— Papá...
— ¿Sí?—el señor Stotch parecía un poco molesto de que interrumpiera su programa.
— Tengo que decirte algo.
— ¿Eres gay?
— Hm. No.
— Ah—el señor Stotch seguía mirando el televisor. Dio un sorbo.
Butters sintió la necesidad de dejar la cosa ahí, olvidarse de todo. Tenía esa sensación horrible en el pecho, que le animaba a dejar todo eso de echarle huevos y conservar su integridad. Pero luchó contra ella. Como si se encontrara frente a una piscina con el agua muy fría, tomó aire y simplemente saltó.
— No quiero volver a la universidad.
Silencio. El señor Stotch se volvió lentamente hacia Butters. Oh, Dios, parecía que se iba a comer de algún modo su alma. Entonces, su padre chasqueó la lengua y volvió la mirada hacia la televisión.
— No digas tonterías, hijo.
— No son tonterías—Butters se forzó a hablar, aunque estuviera balbuceando. Apretó los puños para luchar contra las ganas de huir—. Hablo en serio. No...No quiero ser médico, papá.
El señor Stotch volvió a mirar a Butters. Esta vez apagó la televisión y volvió el cuerpo hacia él sin levantarse.
— Ah. Ahora no quieres ser médico.
La verdad sea dicha, Butters no recordaba haber querido ser médico nunca. Todo lo que sabía era que sus padres le habían propuesto unas pocas opciones y la que gustó más a Butters era Medicina.
— ...No...Yo...Es muy difícil para mí.
— Quizás sólo tengas que estudiar más—su padre lo dijo con tanta aspereza que Butters se sintió avergonzado.
— No puedo ser bueno en algo que no me gusta.
— Sí que puedes. ¿Tú te crees que estar encerrado en una oficina de ocho a cinco es el sueño de mi vida? Bienvenido a la vida real: la gente tiene que hacer cosas que no le gusta si quiere comer. ¿Tienes idea de lo que nos están costando tus estudios?
— Lo sé, pero...No sé...No...No siento que esto sea lo que quiero hacer con mi vida...
— ¿Y qué quieres hacer, eh? ¿Estar de juerga todo el tiempo y no preocuparte nunca por nada? ¡Buena vida ésa!
— Sólo creo que necesito un poco de tiempo para decidir qué hacer. Algo así como un año sabático, como está haciendo Timmy. No tendría que ser un año, un par de meses bastarían, o...
— No me importa lo que haga Timmy. Tú eres mi hijo—el señor Stotch se levantó y caminó hacia Butters. Aunque Butters era más alto, él era el que emanaba autoridad—. No conseguirás un buen empleo si no vas a la universidad.
— Bueno, nadie lo sabe, uh...
— Esto es lo que me temía. Todas esas malas influencias. No deberías haber venido a pasar el verano aquí.
— Papá, es mi vida, ¿vale? Y...—Butters alzó la voz, haciendo que su madre saliera de la cocina para ver qué ocurría.
— ¡No me alces la voz, Butters! ¡Cada vez que vienes a South Park tu comportamiento empeora y me desobedeces a mí y a tu madre!
— ¡Esto no tiene nada que ver con mis amigos! ¡Sólo estoy cansado de intentarlo e intentarlo, de tener que hacer algo que no me gusta y sentirme fatal porque se supone que debo estudiar una carrera!
— ¡Te hicimos estudiar una carrera porque queremos que tengas un futuro!
— Papá...
— ¡Cállate! ¡No he terminado! ¡Te crees que puedes hacer lo que quieras porque tienes veintiún años, pero aún vives bajo mi techo, estoy pagando tus estudios y tus caprichos, y creo que tengo el derecho de opinar!
— Tú siempre tienes algo que opinar...—Butters frunció el ceño, hablando en voz baja.
— No te atrevas a hablarme así, Butters, te lo advierto. Si quieres hacer lo que quieras, ¿por qué no te vas, eh? Búscate una casa propia, paga el alquiler, la comida, las facturas, sácate las castañas del fuego tú solo. Eso es lo que quieres, ¿no? Hacer lo que te venga en gana y no tener que escuchar el consejo de tus padres.
— No es consejo.
— Me gustaría ver cómo te las arreglarías solo, con sólo tus estudios básicos, sin diner. Pero venga, adelante, ya que eres tan listo y tan independiente.
— Papá.
— Butters, por favor, escucha a tu padre—regañó la señora Stotch a su hijo.
— ¿Has visto, Linda? ¿Has visto lo desagradecido que es este mocoso? Debería estar agradecido de estar en la universidad y tener padres a los que les importa su futuro, ¿y qué hace? Él...
Butters sólo quería darle un puñetazo a su padre en el estómago. Sólo eso, un puñetazo. No esperaba que su puño atravesara la piel y alcanzara las entrañas, ni esa sacudida violenta.
Su madre chilló con toda la fuerza de sus pulmones, cubriéndose la cara con las manos.
Por unos segundos Butters no se movió. Todo lo que pudo hacer fue mirar a su padre a la cara. La sorpresa en su cara, pero ninguna otra emoción, porque vio en sus ojos que estaba muerto. Los espasmos que sacudían suavemente su cuerpo. Entonces, empujó el cuerpo con su mano libre, porque sentía que la otra estaba demasiado dentro del pecho de su padre. El señor Stotch cayó al suelo y su mujer se echó a su lado para sacudirlo, incapaz de gritar nada coherente.
Butters miró su mano, llena de sangre.
Chispas. Y cuando las vio le pareció que aparecían más. No dolía, pero le hacía cosquillas de una forma curiosa.
— Mamá.
Ella lo miró y se puso en pie con dificultad. ¿Qué estaba gritando? ¿Leopold? ¿Butters? ¿Has matado a tu padre, Butters? ¿Qué has hecho, Butters? No estaba seguro. Era difícil entenderla. Ni siquiera se tomaba un segundo para respirar.
— Mamá. Cállate.
Pero ella seguía chillando. Le estaba haciendo daño en los oídos.
— ¡Mamá, cállate la puta boca!
Hubo un destello y la señora Stotch salió disparada hacia atrás con tanta violencia que golpeó la pared. No se levantó del suelo.
Butters se acercó y le tomó el pulso. Su corazón no latía. Fue gracioso que no sintiera nada en ese momento.
La miró y luego a su padre. Sus labios se curvaron en una sonrisa. Incluso soltó una risita.
Ahora se sentía como nuevo. Su mente parecía trabajar mejor que antes, como si una especie de niebla mental se hubiera dispersado. Veía las cosas bajo una nueva luz y por fin sabía lo que debía hacer.
Lentamente, bajó al sótano. Media hora después regresó al salón de estar sólo para salir de la casa, sin mirar a los cadáveres que yacían justo donde los había dejado. No cerró la puerta detrás de sí.
Así fue como Liane Cartman supo que algo iba mal.
No era su intención cotillear, pero había observado que los vecinos habían dejado la puerta principal abierta durante todo el día. Ningún sonido salió de la casa y nadie entró ni salió. Temiendo que alguien hubiera entrado a robar, se acercó a echar un vistazo. Sus gritos hicieron correr a Cartman. Tuvo que hacer dos cosas: una era llamar a la policía porque su madre estaba demasiado histérica para hacer nada; la otra era escribir a todos los que estuvieron implicados en el accidente en la feria.
Esa noche, cuando ya casi era hora de sentarse a cenar, todos recibieron el mismo mensaje: [Han matado a los Stotch. Butters ha desaparecido]. Cartman estaba lo suficientemente enfermo como para incluir una foto que había hecho con su teléfono móvil.
