Estaba recogiendo las azucenas más bonitas del jardín y colocándolas en la canasta que llevaba en el brazo. Ese día había conocido a un par de candidatos para su mano, pero no le había agradado ninguno. Seguramente habían esperando encontrarse con una princesa real, una de largos cabellos y cadera prominente. Una que tuviera pechos y piernas esbeltas. En cambio, había podido notar la desilusión en sus miradas cuando se dieron cuenta de lo que verdaderamente era. Y estaba seguro de que no volverían a pisar el castillo jamás.

Eso estaba sucediendo hacia cinco años. Lo pretendían, lo veían y lo rechazaban, sin siquiera conocerle. La sonrisa que hasta el momento había tenido en sus labios, se borró.

Dirigió los ojos al suelo, mirando su regazo. Ya se había manchado de tierra otra vez su vestido. Recordó las palabras de su madre: "Ni siquiera puedes actuar como la princesa que debiste ser, ¿por qué eres así, Kara? Oh, aún no logro entender porque Dios me mandó tal castigo..."

Sacudió la cabeza. No era buena idea pensar en esas cosas. Le dolían bastante. Recordar que había tenido que renunciar a la fuerza a su nombre real solo porque los reyes no habían tenido una hija mujer y había tenido que cambiar su identidad...

Los ojos le punzaron.

—¡Kara!—Escuchó pasos apresurados detrás de él, así que se limpió las lágrimas que todavía tenía en sus ojos—Mamá no me avisó que tú... ¿Estás llorando?

Kara no podía enfrentarse a la mirada de su mellizo. Habían nacido por escasos segundos de diferencia, él último y cada vez se sentía peor porque culpaba a Karamatsu del destino que le había tocado. Mientras que a él lo habían obligado a usar vestidos, Karamatsu por ser el primogénito había sido designado guardia real a sus quince años.

Y aún así, le quería mucho. Porque Karamatsu era excesivamente dulce con él.

Lo podía confirmar nuevamente mientras lo ayudaba a levantarse y sostenía su cesta llena de azucenas.

—Kara, no importa lo que esos estúpidos te hayan dicho. Tú eres el mejor príncipe de todos. Y también princesa. Unas tontas miradas y palabras jamás podrían cambiar eso—Alzó su mentón, pues había rehuido de sus ojos. Una vez que estuvieron mirándose fijamente, Karamatsu le sonrió—. Nadie puede hacerte daño si tú no se lo permites. Tú eres la princesa aquí—Besó sus lágrimas, borrándolas de sus ojos y lo abrazó, estrechándolo con fuerza entre sus brazos—. Además... Me siento feliz de que mi hermanito pase unos años más a mi lado.

Kara soltó un pequeño respingo, antes de acurrucarse contra él, llenándose de su calidez.

—Gracias, Karamatsu-niisan...