Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo le pertenecen a la inigualable Stephenie Meyer, yo sólo me divierto junto a ellos ubicándolos en un mundo paralelamente imaginario que brota de mi alocada cabecita soñadora.

.

Trato Hecho

.

Beteado por Isa :)

.

Capítulo diez: Corredora olímpica

La mañana o, bueno mejor dicho, mediodía, estaba soleado y muy cálido. El sol brillaba allá arriba en el cielo y me quedé idiotizada mirando por la pequeña ventana del baño, el hermoso paisaje de Nueva York por lo alto. Intentaba buscar cualquier manera para no tener que volver rápido a la habitación y tener que enfrentar a Edward; la vergüenza que había pasado había sido mucha. ¿Cómo lo miraría a los ojos?

«¡Bah! No fue para tanto, sólo la erección de Edward presionarse exquisitamente en nosotras. Deberías estar contenta y triste».

«¿Contenta y triste?».

«Contenta porque lograste emocionarlo y esa erección fue toda para nosotras. Triste, porque no supiste aprovechar el momento de meterle mano mientras duerme. Tenlo en cuenta para la próxima».

«¿Próxima vez, de qué demonios hablas, Amanda?».

«No creerás que sea la última, ¿verdad?».

Bueno, no era como que ahora pensaba en aquello. Lo único que se pasaba por mi mente es caer en un agujero miles de metros bajo tierra y desaparecer un momento. O, mejor, que al fin algún extraterrestre se apiade de mí y me elija como conejillo de indias para sus investigaciones. Eso también sería bien recibido. Probé con ET y no dio resultado, ¿qué me dirá Alf?

Sin poder aplacar más el momento, y después de lavarme como cuatro veces la cara y cepillarme los dientes otras tres, terminé de higienizarme, y, con pasos muy, muy pero muy lentos volví al cuarto de Edward. Cuando entré a su habitación, me encontré con él acostado boca para abajo, mirándome por encima de sus pestañas. Jugueteé con mis pies descalzos en el piso de madera y miré tímidamente hacia su dirección.

—Buenos días —musité, para cortar un poco la tensión.

Edward se movió hasta quedar sentado; intenté alejar mi vista todo lo posible de su parte sur. Si bien suponía que ya su asunto había bajado, no quería ser partícipe de aquello. Corroboré que mi improvisado camisón esté en su sitio, para no tener que volver a enseñar mi culo. Demasiado había sido con una vez, gracias.

—Buenas tardes creo que es más apropiado —sonrió de lado y suspiró—. Bella… yo…

Alcé una mano.

—Nada pasó, ¿recuerdas? —pedí o casi rogué, no estoy segura.

Él volvió a curvar una sonrisita.

—Okay, nada pasó. —Se levantó de la cama y volvió a mirarme. No mirar hacia abajo, no mirar hacia abajo; ojos para arriba—. Voy al baño —me avisó. Asentí y me corrí de la puerta. Mirando a cualquier lado menos a él y sus calzoncillos celestes. Por las dudas, claro.

Pasó por mi lado cerrando la puerta tras él y creo que mis pulmones se desinflaron con todo el aire que expulsé de ellos. Uf, al menos, el momento embarazoso había terminado, aunque se podía palpar la incomodidad de los dos en el aire. Tampoco era para menos, es decir… amanecer en culo y que él me lo viera en HD no era una buena manera de mantener mi vergüenza conmigo. Ni hablar del tercero en discordia, o bueno, cuarto, si es que contamos a Amanda. Sip, definitivamente una noche de locos.

Me dirigí al buró en donde había dejado mi ropa de anoche para poder cambiarme y quitarme mi improvisado camisón, al menos, el vestido era más largo y no era tan traicionero al momento de evitar accidentes. En el momento en que decidía ponerme el vestido, el timbre del departamento sonó y pegué un brinquito del susto que me causó. Prácticamente lo había escuchado en mi oído.

—Bella… ¿Puedes ir a abrir? —escuché su grito desde el baño—. Me estoy duchando.

«¿Con agua fría?».

«No te burles, Amanda».

«Podríamos estar aprovechando el tiempo de otra manera… ¿Cuándo aprenderás?».

Corté la comunicación con mi conciencia y miré mis fachas: aún tenía la remera de Edward, estaba descalza y muy despeinada. Pero el timbre sonaba tan impaciente, que no tenía tiempo para cambiarme. Con pasos rápidos, salí de la habitación y me dirigí a la puerta de entrada. Al abrirla, deseé haber tenido más ropa, mucha más ropa.

Bienvenidos a la pésima suerte de Bella, por favor evitar reírse de las desgracias ajenas. Gracias. Debería entender de una vez por todas que todo esto sólo podía ocurrirme a mí. Maldita sea. Estaba meada por un elefante.

Puse en mi rostro la mueca más tranquila que encontré, para intentar no parecer una mujer a punto de salir corriendo y tirarse de la ventana desde un piso 14, con la esperanza de terminar con la acumulación de vergüenza de una maldita vez. Aunque, conociendo mi mala suerte, lo más probable sea que me espere una red abajo, para amortiguar mi caída y quede sanita y salva, y todo el vecindario me trate como la loca que buscaba adrenalina al tirarse de tan alto. Una buena primera impresión para los vecinos de Edward. Ugh.

—¿Buenos días? —pregunté, encogiendo mis hombros y ofreciéndoles una mueca que creí amable. Dudo cómo se haya visto o si logré mi cometido.

«Agradece que no son los suegros».

«Completamente de acuerdo contigo».

—¡Cuñada! —Exclamó Emmett con una sonrisa divertida, mirando con picardía mi escaso vestuario—. Por lo visto, es un muy buen día para ti.

«¡Ni te imaginas!».

Le sonreí con incomodidad, tirando la remera hacia abajo.

—¡Hola, Bella! —Miré hacia abajo y me encontré con la pequeña Caroline—. Vinimos a darle una sorpresa a mi tito, mi papi cocinó rica comidita para todos. ¿Te quedarás con nosotros?

Le sonreí con dulzura y me agaché un poco a su altura, teniendo cuidado en que nada que no se tuviera que ver se viera en público.

—Qué lindo verte otra vez, Caroline —besé su cabeza—, me encantaría aceptar tu invitación.

Caroline sonrió de oreja a oreja y mi falso cuñado comenzó a reír débilmente.

—Menos mal que no vinimos antes, pequeña —secundó Emmett.

—Ya deja de molestarla —esa fue la voz de Rosalie. Suspiré de alivio por lo bajo. ¿Cuánta vergüenza pasaría hoy?—. Hola, Bella. ¿Cómo estás?

—Por las fachas se ve que muy bien.

Bajé mi mirada hacia el suelo y me corrí para que ingresaran al departamento. Este era un buen momento para que se apareciera esa luz verde de las naves espaciales y me lleve con ella para hacerme desaparecer de aquí. Para alguien de afuera, seguramente me veía como una mujer que estuvo varias horas disfrutando una sesión maratónica salvaje de sexo nocturno; no podía culpar a Emmett por pensar de esa manera, pues toda mi facha gritaba: ¡Follada! Sólo me faltaban chupetones alrededor de mi cuello y el combo sería completo. Ah sí, hoy me veía con el look de recién follada, como Edward había dicho una vez. Genial.

«Y lo peor de todo es que pudo haber sido real… Dios, Dios, Dios ¿qué haré contigo?».

—¿Quién era, Bella?

Oh, no. Mal momento para aparecer. ¿Podía salir algo bien hoy?

La voz de Edward salió por el pasillo y casi me caigo de espaldas al verlo. Si quedaba alguna duda de lo que aparentábamos que hicimos, ahora no había ninguna para suponer una noche salvaje entre los dos. Edward venía recién bañado, con una toalla colgando a cada lado de sus hombros y sólo con un jean azul oscuro; no había remera en la parte de arriba, sólo piel.

«¿Puede una mujer tener una erección?».

—Vaya, parece que algunos tuvieron una muy buena noche —dijo Emmett, utilizando ese tono pícaro que comenzaba a darme miedo, mirándonos alternadas veces—. Aunque me parece perfecto que aprovechen el tiempo, luego de que vengan los niños uno no puede andar de exhibicionista por el departamento.

¿Cuándo qué? Ay, Dios mío, que me da algo.

Miré a Edward con los ojos como platos y él no estaba muy distinto a mí. Ambos nos habíamos quedado congelados. Cuando salí de mi trance, balbuceé algunas disculpas, y prácticamente corrí hacia la habitación para buscar un refugio y más ropa. Una cosa que tenía que agradecer es que, al menos, había sido el hermano de Edward quien nos sorprendió en estas fachas. Si hubieran sido sus padres, seguramente estaría con la cabeza bajo un agujero en la tierra, como un ñandú.

Rápidamente, tomé mi ropa del día anterior y me puse mi vestido. No era lo más cómodo para andar por el departamento, pero no tenía nada más así que debía conformarme. Una vez cambiada, peinada, o intenté que así fuera, y con mis zapatillas puestas, la puerta de la habitación sonó. Avisé que podía pasar quien sea que estuviese fuera y me encontré con el rostro consternado de Edward. Quizás, en mi ausencia, su hermano continuó jodiéndole. A veces, sólo a veces, agradezco no tener hermanos.

—¿Dónde es el funeral? —pregunté, terminando de atar los cordones de las converse.

Edward rodó los ojos, aunque había un atisbo de sonrisa en sus labios.

—Tú sola tienes ganas de bromear —suspiró pesadamente—. ¿Sabes lo que me dijo? Que no tardemos mucho tiempo y que evitemos gritar mucho, porque Caroline está aquí.

«Emmett, creo que te amo. ¿Por qué no le hacen caso? Intenta no gritar, aunque con el tamaño de lo que tiene guardado mi ojitos, es medio complicado».

«¿Nunca tendrás filtro?».

«Mi don natural es la sinceridad, creí que lo sabías».

Me tapé la boca con ambas manos para intentar no estallar en carcajadas. Entre Amanda y Emmett, no sé con quién me quedaba. Edward me miró conmocionado, aunque yo sabía bien que intentaba no reír. Nuestros ojos se encontraron y mordí mi labio cuando mi vista recorrió su cuerpo del cuello para abajo. No mires su torso desnudo. No mires su torso desnudo. Él soltó unas risitas y caminó hacia su armario con toda la tranquilidad del mundo. Aprovechando que él no me veía, eché un vistazo a como se contraían los músculos de su espalda, mientras se agachaba para buscar lo que sea que quería encontrar.

«¿Te traigo un balde?».

Bruscamente, y como si me hubieran pescado in fraganti, aparté mi mirada del cuerpo semidesnudo de mi novio falso y miré los rayos de sol colarse por las ventanas. Realmente el cielo estaba totalmente despejado, seguramente afuera haría un poco de calor.

«¿A quién le importa el clima, teniendo el glorioso cuerpo de mi ojitos semidesnudo delante de nosotras?».

«¿A mí?».

«Mentirosa. Deberías haber visto tu cara, sólo te faltaba el hilo de baba. ¡Babosa!».

Eso no era cierto, claro que no.

Escuché un sonido de choque de dedos delante de mis ojos y pestañeé sobresaltada mientras dirigía mi vista hasta esa dirección. Me encontré con el rostro divertido de Edward, bastante cerca del mío. Por suerte, y en beneficio de mi salud mental, se colocó una remera bordó con escote en V. Lo agradecí para evitar distracciones, ya saben.

—¿Dónde estabas? —preguntó.

Me encogí de hombros.

—Oye, Bella… —Lo miré con atención—. Me disculpo por todas las cosas que dijo mi hermano. No se sabe controlar y…

Comencé a sacudir mi cabeza.

—No te preocupes —sonreí—, creo que comienzo a cazarle la onda. No me incomoda, si es lo que te preocupa. Es decir, ahora no me incomodará porque llevo más ropa… tú sabes.

—De acuerdo —sonrió—. Si te hace sentir incómoda de alguna forma, me avisas de inmediato. ¿Bien?

Tomé su mano y entrelacé nuestros dedos, al mismo tiempo que me levantaba de la cama.

—Vivo con Alice desde hace mucho tiempo, Jessica también es mi amiga desde hace mucho, puedo sobrevivir a tu hermano. Confía en mí.

—Como digas —se rió y encogió sus hombros.

Tiré de su mano y salimos de la habitación, mucho más presentables a diferencia de cuando recibimos a nuestras visitas. Al llegar a la sala, me encontré con Caroline recostada en el sillón mirando «mi villano Favorito», tuve que contenerme mucho para no correr y sentarme a su lado para verla junto a ella. Un delicioso aroma provenía de la cocina y disimulé para poder olfatear ese exquisito olorcito a comida casera preparándose.

—Emmett no es tan buen cocinero como yo, pero tiene con qué defenderse —susurró Edward en mi oído, al darse cuenta que prácticamente estaba flotando en dirección a la comida de su hermano.

Junto a Edward nos acercamos a Rosalie y Emmett, y otra vez tuve que aguantar las ganas de reír al ver el gesto pícaro en el rostro del hermano mayor de mi falso novio.

—¡Vaya! Ropa de ayer, ¿verdad, cuñada?

—No empieces, Emmett… —protestó Edward.

—Esperé poder hacer estas bromas treinta y un años, hermanito —dijo, revolviendo el contenido dentro de la sartén. Todavía no pude espiar qué era lo que cocinaba, aunque sólo era cuestión de tiempo—. Me diste mucho tiempo para preparar una larga lista, ahora cierras el pico y te callas.

Rosalie sonrió y me guiñó el ojo.

—Cuñada, ¿quieres meterte a la sartén? —Me sobresalté al oír la voz de Emmett y mi rostro enrojeció al darme cuenta que prácticamente mi cuello había crecido como el de una jirafa para intentar espiar el contenido de la sartén.

—Eh…

—No te preocupes —sonrió, haciendo que se marcaran los hoyuelos—. Si Mahoma no va a la montaña, Mahoma viene a ella. —Me guiñó el ojo y sonrió—. Aunque debo admitir que mi idea salió mejor de lo que pensé. No sabía que estabas aquí, de lo contrario me hubiese esmerado un poco más con la comida.

—No debes preocuparte por nada, eso tiene un riquísimo aroma.

—Se trata de un humilde pollo frito, en realidad viene a medio cocinar; sólo estoy terminando de freírlo.

Edward apretó mi mano para llamar mi atención; mi vista rápidamente voló hacia él.

—Junto a Emmett tenemos la tradición de cocinar en la casa del otro por lo menos dos veces al mes, sobre todo para que Caroline pueda pasar tiempo conmigo. Me había olvidado que hoy habíamos acordado que venías, Emmett. —Levantó su ceja con acusación.

Emmett ni se inmutó; yo intenté no volver a reír.

—En realidad no lo acordamos —dijo como si nada—. Sólo vinimos, ¿está mal?

Edward me miró y sonrió.

—Para nada… —respondió.

Sentí a Rosalie jalarme del brazo y la miré.

—Mientras los hombres se quedan cocinando y alistando la mesa, me voy a conversar con mi cuñada —dijo con una sonrisa suave—. ¿Vamos junto a Caroline, Bella?

—Claro —respondí con ganas. La verdad, Rosalie me caía muy bien, se me hacía que sería una muy buena mujer y, sin dudas, alguien que escogería como amiga.

Rosalie dejó un cálido beso en la mejilla de su esposo y, si fuera como Tanya, me hubiera echado a llorar como una tonta. Se notaba a leguas que ellos eran de esos matrimonios soñados que creo que la mayoría de las mujeres busca. Había mucha complicidad entre ellos, se podía notar con sólo ocupar la misma habitación que los dos. Me pareció una buena idea imitar los gestos de Rosalie; es decir, ahora debíamos fingir todo el tiempo por su presencia. Así que, utilizando como palanca mi mano que aún se mantenía entrelazada con la de Edward, me elevé de puntitas y dejé un casto beso sobre la mejilla derecha de Edward. Él me miró confundido y yo sólo me limité a sonreírle y guiñarle el ojo.

—Ay, el amor —exclamó Emmett, viéndonos con una gran sonrisa.

Yo lo miré y sonreí un poco apenada. Edward volvió a apretar mi mano y me dedicó una radiante sonrisa cuando nuestros ojos volvieron a encontrarse. Rosalie tomó mi brazo y yo la seguí, dejando a los hombres en la cocina.

—¿Puedo contarte un secreto? —me dijo Rosalie, cuando nos acercábamos hacia la sala, en donde nos esperaba Caroline mirando la película de los Minions y el señor Gru—. Edward y tú son la pareja más tierna que he visto en mucho tiempo.

La miré y le sonreí, sin saber qué responder.

Llegamos al sofá junto a la pequeña y, al vernos, nos sonrió de oreja a oreja y se trepó en el regazo de su madre cuando esta última se sentó a su lado. Yo la imité y me senté al lado de las dos, mirando la escena del unicornio y la pequeña Agnes. ¿Cómo sabía tanto de mi villano favorito si no tenía a ningún niño cerca? Bueno, en mi defensa, a Fofi le encanta. Sip, esa es la realidad.

—¿Te gusta mi villano favorito, Bella?

Miré hacia la dirección de la dulce vocecita de Caroline. La verdad, cada vez que la miraba a los ojos me sorprendía de la belleza de ellos. Eran tan grandes, tan azules y tan inocentes. No era muy fanática de los niños, sobre todo, porque no sabía cómo era el trato con ellos, pero definitivamente, Caroline tenía algo que hacía que sea amigable con ella. Qué era, no tengo ni la más remota idea.

—Claro… —respondí—. Mi favorita es la pequeña Agnes, ¿quién es la tuya?

—También ella —indicó, con sus mejillas ligeramente sonrosadas—. El unicornio es mi animal favorito.

—Yo tengo uno en casa —conté, para sacarle conversación—. Su nombre es Flip, me lo regaló mi abuelita cuando cumplí diez años.

—¿Uno de verdad? —sus ojos se abrieron con emoción.

Sacudí la cabeza.

—Cariño, te hemos dicho que los unicornios en la vida real no existen —explicó su mamá con dulzura—. Aunque yo creo que alguna vez lo hicieron.

Caroline asintió y me sonrió.

—¿Quieres ver mi unicornio? —preguntó. Asentí sin pensar—. ¡Ya regreso! —añadió y de un brinquito bajó del regazo de su madre para correr hacia la cocina.

¡Uau! Ojalá pudiera hacer todos esos movimientos coordinados y rápidos.

—Me alegra que le caigas bien a Caroline —comentó Rosalie—. No suele ser tan dada con las personas que no conoce mucho.

—Oh, bueno… es una niña completamente adorable.

—Gracias —sonrió; con esa voz orgullosa de madre—. Me gusta que seas mi cuñada, Bella.

Oh, cambio radical de la conversación.

—Y lo digo en serio —volvió a decir—. He notado que Edward cambió mucho desde que te conoció. Lo conozco desde hace bastante, pues con Emmett llevamos casi diez años de matrimonio y nos conocemos desde la Universidad. Edward siempre fue muy solitario y reservado. Jamás lo vi como ahora; está más feliz, sonríe más y, por supuesto, está más al pendiente de su celular y sabemos que el trabajo no tiene nada que ver —sonrió y me guiñó el ojo—. En fin, me gusta conocer esta nueva faceta de mi cuñado y debemos agradecerte a ti.

¿Qué se supone que hay que responder a todo eso?

—No creo que yo tenga algo que ver en todo esto, Rosalie.

—Dime, Rose por favor… cada vez que dices mi nombre completo siento que estás regañándome —rió y no pude evitar que me contagiara la risa—. Y sí tienes que ver, en casi todo… sólo hay que verlos a los dos juntos para saber cuán lindos son.

«¡Al fin alguien que me entiende! Estás comenzando a caerme muy bien, Rosalie».

Nos quedamos en silencio y no sé por qué motivo, las palabras de Rosalie comenzaban a dar vueltas y vueltas por mi cabeza. Es obvio que ambos nos sentíamos muy cómodos el uno con el otro; Alice también me había dicho en una oportunidad que yo estaba mucho más sonriente que antes; de mejor humor. Sin querer, estaba comenzando a darme cuenta que, antes, jamás nadie me conoció tanto en tan poco tiempo como Edward. Era extraño, pero tampoco me alertaba, es más, me gustaba la relación que llevábamos.

—¡Aquí está! —exclamó una voz infantil y rápidamente mi atención estuvo en Caroline, quien se acercaba a mí corriendo con un hermoso peluche de unicornio, igual al de la niña de la película.

Después de reírnos junto a Caroline, su unicornio y la película, Emmett y Edward nos llamaron a comer; para mi sorpresa, ambos habían alistado todo, hasta ya habían servido los platos en la mesa. Miré a Edward regañándolo por no dejar que le ayudara; se limitó a encogerse de hombros y se sentó a mi lado.

Miré mi plato servido y mi boca se hizo agua. Cuánta obra de arte que había allí. Esperé muy impaciente a que comenzaran, pues no quería quedar como muerta de hambre. Aunque no desayuné, así que mi estómago comenzaba a parecerse a un carnaval carioca con todo el ruido que hacían mis tripas. Para mi buena suerte, Caroline comenzó a comer y nosotros nos vimos incentivados en hacer lo mismo; apenas probé un bocado, luché con todas mis fuerzas para evitar gemir de puro gusto. Por todos los cielos, ¡estaba buenísimo!

—¿Es que no le das de comer a tu novia, Edward? —preguntó Emmett, mirándome divertido.

«No de la clase de comida que quiero, pero soy paciente».

Me quedé con las mejillas infladas, terminando de masticar lo que tenía dentro de la boca. Sentí a Edward reír a mi lado, ¿ahora qué había hecho?

—Bella y yo compartimos el mismo amor por la comida, así que debes imaginarte… —Edward colocó su mano arriba de la mía que descansaba sobre la mesa.

—Cada vez me convencen más de que son el uno para el otro.

Edward y yo nos miramos y sonreímos con complicidad. Al parecer, nuestra mentira no tenía ninguna grieta para que sospecharan de nosotros. Realmente, estábamos haciendo un gran trabajo.

El almuerzo pasó sin sobresaltos, con muchas risas, bromas y algún que otro comentario pícaro de Emmett, que seguía insistiendo en nuestra supuesta noche de pasión desenfrenada. Caroline, por su parte, seguía haciéndome preguntas de Disney o de algunas otras películas de niños, ajena a todo chiste de doble sentido de su padre. Por suerte, era una gran aficionada al cine y a esas lindas historias infantiles. Recuerden, le gustan a Fofi; no las miro por mí.

Recién cuando se hicieron las cuatro de la tarde, recordé que tenía una casa y debía volver. Además, mis exámenes no habían terminado y debía estudiar muy duro para poder aprobarlos a todos. Asimismo, no quería perderme a una Alice con resaca. Seguramente, debería estar con humor de perros; y eso hacía que me urja estar junto a Fofi. Por las dudas que el mal humor de mi mejor amiga, se vea reflejado en mi pobre perrita.

—¿Cuándo te veré de nuevo, Bella?

—Oh, Caroline, cuando quieras. —Le sonreí y besé uno de sus cachetes regordetes.

—¿Puedo verla pronto, tito Edward?

—Ya inventaremos algo para que la veas, preciosa —respondió Edward, pasando su brazo alrededor de mi cintura.

—Muchos éxitos en los exámenes que aún te quedan por dar, Bella —me saludó Rosalie—. Cuando termines con ellos, haremos algo en casa para festejar.

—¡Ni que se diga! —secundó Emmett—. Todos estaremos muy felices con tu visita, aún nos la debes.

Me despedí de ellos y, junto a Edward, bajamos hasta cochera utilizando su tan innovador invento a prueba de claustrofóbicos en ascensores, claro. A pesar de que había insistido en que podía volver sola a casa, Edward ni me dejó discutirle, ya que estuvo firme con la idea de llevarme devuelta al departamento. ¿Quién era yo para impedirle que me acercara? Además, salía beneficiada, nada de caminar cuadras o tener que esperar no muy pacientemente al autobús.

—Gracias por esa divertida salida, hacía mucho no me divertía como ayer —dijo Edward, al mismo tiempo que aparcaba el coche frente a mi edificio, luego su vista se enfocó en la entrada, sonriendo con burla—. Oh, creo que se vendrá el fin del mundo.

—¿Por qué lo dices? —pregunté confundida.

—¡El conserje está en su sitio!

Comencé a reír sin parar. Aunque, efectivamente, Peter estaba en su lugar de trabajo. Seguramente, la chica del 4A no se encontraba en casa y la estaba esperando para poder ganarse un «hola» de su parte; no sería la primera vez que lo haría.

—Gracias por darme asilo, Edward —comencé a despedirme.

—No tienes nada de qué agradecer —respondió, con una hermosa sonrisa de lado—. Cuando quieras… ya sabes.

«Ni lo dudes, habrán más noches entre nosotros cuatro, ojitos… tú me entiendes».

Reprimí las ganas de reír de las palabras de Amanda y me acerqué a Edward para despedirme de él con un beso en la mejilla. Finalmente, bajé del auto y meneé la mano saludándolo, cuando estuve fuera. Subí las escaleritas y saludé a Peter, para dirigirme a mi departamento; definitivamente, la noche de locos ya llegó a su fin.

Al abrir la puerta del apartamento, lo primero que vi fue a mi hermosa perrita corriendo hacia mí con gran velocidad. Dejé las llaves sobre la mesa de entrada y la cogí en mis brazos, llenándola de besos. La había extrañado mucho.

—Arg, mi maldita cabeza.

Oh, sí… allí estaba mi resacosa amiga. Me acerqué al sillón, donde se encontraba tirada como si de un costal de bolsas se tratase y no pude evitar reír por verla en ese estado.

—No seas bruja y no te rías de mí.

—Tú sola te buscaste estar así y lo sabes… —respondí, con toda sinceridad.

Alice gruñó y tomó un sorbo muy largo de agua.

—¿Cómo estuvo tu noche triple equis? —sonreí.

Alice me miró y volvió a gruñir. Vaya, humorcito.

—¿Puedes creer que me dormí? ¡Me dormí! —Se autoreprochó, enterrando su dedo índice en el pecho—. El premio a la mujer más tarada del universo, tenía a mi novio sólo para mí… pero ¡no! La muy patéticamente borracha se duerme y siquiera puede meterle mano a su tan dispuesto novio.

—¡Alto! —Levanté mi palma izquierda—. Demasiados detalles, no quiero saber tanto —agregué, acurrucando mi mejilla en la cabecita de mi perrita.

Ella me miró y suspiró frustrada.

—Espero que hayas tenido una noche mucho mejor que la mía —dijo, volviendo a tomar un trato de agua—. Por cierto, ¿cómo estuvo eso?

«Uf, mereces un premio, Alice. ¿Te gustan las cadenas de oro?».

La miré y evité comenzar a reír como una loca; si tan sólo supiera...

—Divertida. —Me limité a contestar.

Mi mejor amiga me miró un poco confundida, pero no le di tiempo a que siguiera preguntando. Pues, necesitaba una ducha urgentemente.

«¿Quizás con agua fría?».

«No. Amanda».

.

.

Releí nuevamente las respuestas contestadas y supe que ya no había más remedio en aplacar el momento; así que, me levanté de mi lugar y me dirigí hasta el escritorio del profesor para poder entregarle mi examen. El último de esta larga camada de estudio.

Estas últimas dos semanas, me las había pasado encerrada estudiando; no hice otra cosa, hasta en las horas de trabajo me la pasaba con el libro abierto para poder llegar con el tiempo y los temas. Días de locos. Ley del estudiante. No queda otra cosa qué hacer. Tampoco tuve que preocuparme en fingir como novia falsa, pues Edward tuvo que salir de viaje a Londres por asuntos de la empresa y recién había vuelto ayer. En resumen, sólo tuve que preocuparme por hacer todo lo posible por aprobar los últimos exámenes. Y, de todo corazón, esperaba que así haya sido.

Al salir del aula, tuve el sentimiento más parecido a la libertad. Después de haber estado tanto tiempo sumergida en los libros, sentir que ya todo lo referente al estudio acabó —salvo hasta las próximas fechas, claro— era lo más hermoso que podía pasarte. Me haya ido bien o mal, los días de locura habían finalizado hasta nuevo aviso.

Salí unos minutos afuera para tomar un poco de aire fresco y mi deliciosa lata de Sprite, mientras esperaba que Tanya y Jessica acabaran con el examen. Me quedé tan absorta en mis pensamientos que no vi a Riley acercarse a mí. Suspiré pesadamente, este último tiempo estuvo intentando buscarme por todos lados.

«Adiós a la tranquilidad. ¿Qué rayos quiere?».

—Hola, Bella… —me saludó, manteniendo un buen espacio entre los dos.

—Hola —respondí, sin ganas. La verdad, mi enojo con él por lo de la otra noche se había ido desde hace rato, pero no podía evitar sentirme un poco molesta por cómo se había comportado conmigo.

—Yo… te estuve buscando estos días.

¡No me digas!

—Bien, aquí estoy. ¿Qué quieres? —No quería sonar grosera, pero las palabras salieron en ese tono sin que pudiera hacer nada para retractarme.

Riley me miró con tristeza y solté un largo suspiro.

—Tienes todo el derecho de estar enojada conmigo… —Pasó una mano sobre su cabello y volvió a mirarme—. Me comporté como un asno, sé que siquiera con decirte que estaba borracho me sirve como excusa, ni tampoco quiero excusarme, porque fui un imbécil.

«Bue, al menos lo reconoces. Por algo se empieza, ¿no?».

—No debía decirte todo lo que te dije, tampoco debo meterme en tu relación.

—Tienes razón, no debes meterte porque no es asunto tuyo. —Tiré la lata de mi gaseosa vacía en el cesto y me crucé de brazos—. Riley, en serio, ya quiero dejar de tener que hablar siempre de lo mismo contigo, parece que estamos en un carrusel.

—Lo sé —volvió a suspirar—. Es que… verte así, tan hermosa, tan feliz; sólo hace que recuerde todo lo que he perdido… —sacudió su cabeza— Sólo quería disculparme, siento que te lo debo, después de haber sido tan pendejo contigo.

Ugh. ¿Cuándo entendería que no quiero saber nada más con él?

—No puedes perder algo que jamás fue tuyo, Riley. —Rasqué mis sienes—. Escucha, ya basta ¿de acuerdo? Ya no tiene sentido que estemos hablando de esto cuando todo pasó. Ya todo quedó atrás. Ahora: tú, por tu lado y yo, por el mío.

Él me miró y suspiró pesadamente, aunque asintió. Volví a mirarlo y casi me siento culpable por sonar tan fría con él. Pero creo que cualquier mujer hubiera reaccionado igual que yo. Es decir, ¿por qué tenía que acercarse a mí cuando supuestamente mantenía una relación con otra persona? Su accionar, sólo hablaba de lo egoísta que es. Pero también sentía cierto orgullo propio. Hace varios meses atrás, cuando me encontraba totalmente embobada con Riley, jamás se me hubiera ocurrido que existía la posibilidad de rechazarlo, y ahora estaba sucediendo. En este momento, lo entendía perfectamente. Poder decirle no al hombre que te rechazó es, sin dudas, uno de los mejores placeres de la vida.

—Tienes razón —volvió a decir—. ¿Me perdonas por lo del otro día y por lo demás?

La verdad, lo había perdonado hace bastante tiempo. Mantenía mi postura con decir que gracias a que fue un idiota, inmaduro, pendejo, etcétera, etcétera, etcétera; me demostró con la clase de hombre que estaba tratando. Me abrió los ojos, e hizo que entendiera que estaba perdiendo mi tiempo con él.

Iba a responderle, pero un grito no dejó que lo hiciera.

—¡Bella! —Escuché esa voz conocida, acercándose a mí. Me di la vuelta con extrañeza para constatar que se trataba de Edward. Así lo era. Un Edward de carne y huesos se aproximaba a mí con pasos apurados, demasiado rápidos.

Abrí y cerré la boca varias veces sin saber qué decir, pues no me avisó que estaría aquí hoy. Sin embargo, no tuve tiempo de preguntar nada, ya que apenas estuvo a mi lado me tomó de la cintura con un brazo y con su mano libre sostuvo mi mejilla para poder hacer que nuestros labios se encontraran. Me quedé paralizada, sinceramente, esta bienvenida no me lo esperaba para nada. Intenté ocultar mi sorpresa, devolviéndole el beso con vacilación.

«¡Cómo te extrañé mi hermoso ojitos!».

Hacía un poco menos de una semana que nos habíamos visto por última vez; fue justo un día antes que tuviera que salir de viaje hacia la vieja Inglaterra. Luego, nos mantuvimos en contacto por WhatsApp, pero no era lo mismo que bromear en persona. Edward fue bajando la intensidad del beso, hasta que nuestras bocas estuvieron separadas. Yo sólo me limité a mirarlo fijamente, con la duda impresa en todo mi rostro.

—Te extrañé, hermosa —musitó sonriéndome, acariciando suavemente mi mejilla con su nariz.

¿Eh?

«Oooopa. Nos dijo hermosas. Dale otro beso, ¡vamos!, se lo merece».

Escuché el carraspeo de Riley. ¿Hace mucho estaba aquí?

«¿Quién es Riley? ¿Lo conocemos?».

—Oh, lo siento… ni te vi —le dijo Edward con la voz demasiada suavizada—. ¿Riley, cierto?

—Sí —respondió el aludido sin pizca de emoción en su voz.

Edward lo observó con el ceño fruncido mientras me acercaba a su costado tomándome por la cintura, muy posesivamente. Intenté estudiar su comportamiento, para obtener alguna respuesta acerca de lo que había pasado. Ambos se quedaron mirando en silencio, aunque yo sabía que esas miraditas y mutismo, en el idioma masculino, significaban algo. Había visto una escena parecida la otra noche; el duelo de testosterona, creo que lo llamé.

—¿Ya te ibas? —le preguntó Edward, sin quitar su mirada no tan amistosa de Riley.

Ahora entendí su comportamiento; me había besado porque fingió delante de Riley su papel como novio. Hubiese sido extraño si él se acercaba y me daba sólo un beso en la mejilla; para los ojos de los demás, nosotros éramos una feliz y enamorada pareja. Había que mantener el circo y nuestro trato.

«¿Estás segura?».

«Claro que sí, ¿por qué no estarlo?».

Volví mi vista a Riley; se notaba muy incómodo.

—¿Qué? —Preguntó el aludido—. Sí, sí… yo, me estaba yendo.

—Oh, bueno… —dijo Edward con un tono muy fingido—. Adiós.

Riley lo miró con el ceño fruncido y, luego, su vista se centró en mí.

—¿Hablamos luego? —inquirió. Me encogí de hombros, era obvio que volvería a buscarme, así que ni me preocupé en responderle algo—. Adiós.

Se dio la media vuelta y muy lentamente desapareció de nuestra vista. Apenas estuvo fuera de nuestro radio, me giré hacia Edward y lo miré con una ceja levantada.

—¿Qué haces aquí?

Sus ojos se abrieron con sorpresa.

—Bueno, alargué un poco mi horario de almuerzo y me di cuenta que, según mis cálculos, ya habrías terminado tu examen —explicó algo confundido—. Quería verte, hace más de una semana que no lo hago. ¿Hice mal en venir?

«¡¿Hacer mal?! ¡Claro que no!».

Rápidamente comencé a negar con mi cabeza.

—¡Ay, Edward! Por supuesto que no —palmeé su pecho—. Sólo que me sorprendiste porque no me has dicho nada.

—Creí que estaría bien darte una sorpresa… —llevó sus cabellos para atrás y me sonrió.

—Lo estuvo, claro que sí —correspondí a su sonrisa—. ¿Cómo estuvo el viaje?

Curvó sus hombros.

—Nada fuera de lo normal, todo salió bien —me miró con diversión—. Habrá más juguetitos para exportar.

—Eso es bueno —opiné; él asintió.

—¿Cómo fue el examen?

—Uf, espero que bien —respondí—. Fue muy largo, pero ya no importa. ¡Vuelvo a ser libre!

Edward sonrió por mi ataque de efusividad y me atrajo a su cuerpo para abrazarme ligeramente. Por mi parte, sonreí y eché mis brazos alrededor de su cuello. Realmente lo había extrañado todo este tiempo.

—Extrañé mucho tu voz de pito. —Elevé una ceja y le propiné un suave golpecito en el pecho—. ¿Qué? Lo digo en serio. ¿Tú no me extrañaste?

—Ya encontraré algún apodo para decirte, amigo, ya verás… —No podría decirle ojitos, además ese apodo le pertenecía a Amanda.

«Te demandaré por plagio. Búscate el tuyo».

«Por eso lo decía, tonta».

«No me digas tonta, tonta».

Sonreí y Edward me miró confundido.

—Estoy esperando la segunda respuesta —dijo como si nada.

¿Segunda respuesta?

—¿Me extrañaste? —volvió a preguntar intentando sonar despreocupado.

Una sonrisa comenzó a curvarse en mis labios.

—No eres como alguien imprescindible, ¿sabes? —curvé mis hombros, Edward sonrió—. Pero sí, te extrañé… sobre todo tu comida.

Una sonora carcajada salió de lo más profundo de su estómago y me fue imposible quedarme seria. Ambos comenzamos a reír, atrayendo las miradas curiosas de los demás estudiantes que pasaban a nuestro alrededor.

—Vine para hacerte una proposición —preguntó luego del momento de la risa.

«¡Acepto! Sea lo que sea, ¡acepto!».

—¿Matrimonio tan rápido, Cullen? —Bromeé, y él rodó sus ojos—. ¿Qué propuesta?

—Una invitación.

Mordí mi labio.

—¿Para almorzar? Oh, Edward… lo siento, pero ya he arreglado con las chicas que iremos juntas a un restaurante para festejar de alguna manera nuestra libertad.

—No te preocupes, no era para el almuerzo, sino para la cena. —Explicó—. Unos amigos nos invitaron a su departamento porque van a inaugurarlo. Pidieron por ti, para conocerte al fin y me preguntaba si…

—¿Me gustaría ir? —terminé la oración por él. Edward asintió, pasando una de sus manos para revolver sus cabellos—. Claro, me gustaría acompañarte.

—¿En serio?

Puse los ojos en blanco.

—Por supuesto que sí —aseguré—. Además, te lo debo completamente, tú me has acompañado a muchos lados con mis amigos, los conoces y yo no tengo idea de quienes son los tuyos.

—Gracias. —Bajó su rostro y me plantó un beso en la mejilla. Lo miré y le sonreí por el gesto—. ¿Paso por ti a las ocho?

—Sí señor Puntual, a las ocho estaré lista.

Edward desvió su mirada hacia atrás y, luego, yo hice lo mismo. A lo lejos, se veía a Tanya y Jessica acercándose a nosotros. La primera, con una dulce sonrisa en su rostro y la segunda, con esa mirada pícara que se parecía a la Emmett.

—Ahora veo por qué te fuiste —susurró Jessica—. Hola, Edward.

—Buenos días —las saludó con simpatía—. Bella me ha dicho que planean ir a un restaurante, con gusto me ofrezco para llevarlas.

Lo miré un poco sorprendida.

—¿Vienes con tu auto? —preguntó Jessica, era imposible no notar cuan emocionada estaba.

—Sí, está aparcado allí —Edward dirigió su vista hasta el auto.

—¡No me pierdo por nada del mundo subirme a un Cullen! —chilló histéricamente.

«Yo quiero subirme a Edward ¿eso cuenta?».

«Amanda, ¡por Dios!».

«¿Y ahora qué dije?».

Me enfoqué en la conversación de mis amigas, cerrando la mía con la loca de Amanda.

—Jessica —la reprendió Tanya. Miré a Edward y ambos sonreímos—. Eres muy amable, Edward, gracias.

—Entonces, vamos —les dije, entrelazando mi mano con la de Edward.

El auto efectivamente estaba aparcado sólo a unos cuantos pasos de nosotros, no fue difícil dar con él. Jessica estaba emocionadísima por subirse al coche, la verdad no entendía por qué tanto escándalo. Nos montamos dentro del vehículo: Tanya y Jessica en el asiento de atrás, y Edward y yo adelante. El camino fue lleno de risas, pues Jessica hacía cada comentario gracioso que era imposible no estallar en risotadas. Además, Tanya la reprendía constantemente; estas dos tenían una relación como madre e hija. Al llegar al restaurante, las muchachas se despidieron de Edward y aguardaron en la acera por mí.

—¿En serio no quieres venir? —le volví a preguntar. En todo el camino, habíamos insistido para que nos acompañara en nuestro almuerzo, pero parecía que lo habíamos asustado y por eso no quería hacerlo—. Ya te dije, somos un poco locas pero buenitas.

Comenzó a reír y rodó sus ojos.

—Aunque me encantaría poder acompañarlas, tengo una reunión importante a las dos —miró su reloj y abrió sus ojos—. Bueno, supongo que ya debería estar en la empresa.

—Okay, vaya a cumplir sus obligaciones —le sonreí—. ¿Nos vemos a las ocho?

—A las ocho, señorita —respondió y amagué para salir del auto, pero Edward me tomó por el brazo—. ¿No te olvidas de algo?

Enarqué una ceja.

—¿Qué se supone que hacen los novios al despedirse?

—¿Decirse chau? —pregunté bromista, aunque no entendía qué quería decirme.

Rodó sus ojos y se las ingenió para señalarme a las chicas mirándonos sin disimular. Oh, cierto. El beso de despedida. Le volví a sonreír y me acerqué a él para dejar un suave beso en sus labios. Pude sentir como sonrió contra los míos y me sostuvo un poco para profundizar débilmente el beso. Por alguna razón desconocida, mis mejillas se calentaron; creo que fue por el hecho de que Tanya y Jessica nos estaban espiando. Sí, seguro por eso.

«Cada vez mejor, me gusta».

Despacio, nos separamos. El ceño de Edward se frunció y sé que el mío también; sacudí la cabeza y recompuse mi semblante con una sonrisa.

—Gracias por traernos, hasta las ocho.

Él me respondió con un asentimiento de cabeza, aunque todavía se notaba un poco confundido. Me bajé del coche y me aproximé a las chicas, ambas me miraban con picardía, aunque a Jessica se le notaba el triple que a Tanya. Edward nos tocó bocina y se alejó del restaurante.

—Sigo creyendo que eres de hierro, Bella —dijo Jessica entrelazando su brazo con el mío. Tanya se enganchó de mi otro brazo—. Yo que tú estaría buscando un lugar oscuro para poder follarlo.

«¿Quieres que sea tu conciencia, Jessica? Creo que nos llevaríamos muy bien».

«Siempre tan mente sucia, Amanda».

«Y tú tan angelical, ¿no?».

Reprimí una carcajada y las tres, entramos al restaurante.

Algunas horas más tarde y ya en casa y cambiada para la cena de esta noche, estaba junto a Alice tirada en el sofá mirando "Emergencias Bizarras", un programa que definitivamente estaba dedicado a personas torpes como yo.

—¿Cómo va a sentarse encima de una parrilla caliente? —reprochó Alice mirando al sujeto con el trasero quemado.

Me reí y miré la hora, sólo faltaban cinco minutos para las ocho. Me levanté del sofá y fui hasta mi cuarto para tomar mis zapatos de tacón negros. Si bien no acostumbraba a hacerlo a menudo, hoy era un buen día para poder lucirlos. Mi atuendo no era nada extravagante: una remera blanca, con mi chaqueta negra por encima y mi precioso pantalón colorido en tonos verdes y amarillos. Mi cabello suelto y un ligero maquillaje, para poder tapar las ojeras que las semanas de estudio me dejaron.

A las ocho en punto, sonó el portero eléctrico y supe de inmediato que se trataba de Edward. Me despedí de Alice y Fofi, y emprendí camino para encontrarme con él. Para poder bajar cómodamente las escaleras, me quité los zapatos y bajé descalza. Saludé a Peter y me miró medio extrañado por mi falta de calzado. Me encogí de hombros y salí hacia el exterior. Edward me miró y sonrió; elevé mi mano pidiendo un momento, y utilicé su hombro como soporte para no caerme mientras terminaba de colocarme los zapatos otra vez.

—Ahora sí —musité—. Hola.

Edward me miró entre divertido y extrañado, aunque me saludó de igual manera. Sonreí al ver su atuendo, éste contaba con: unos pantalones caquis, una remera blanca y una chaqueta negra por encima de ésta; y sus pies cubiertos por unas zapatillas negras. Muy guapo, hay que reconocer. Me causó gracia porque íbamos a juego, al menos en la parte de arriba.

—¿Vamos? —me preguntó, ofreciéndome su brazo para dirigirnos hasta el auto. Asentí y lo acompañé.

A pesar de que eran las ocho de la noche, las calles estaban muy pobladas. Aunque eso no era extraño, después de todo estábamos en el centro de la ajetreada ciudad de Nueva York.

—¿Cómo me dijiste que se llaman tus amigos? —pregunté cuando se detuvo en un semáforo.

—Alex y Martina —respondió, mirándome unos segundos para volver a volcar su vista en la carretera—. Se casaron hace poco y hoy inauguran su nuevo departamento.

Dicho apartamento, no fue muy difícil de ubicar. Se encontraba algo cercano a la zona de Edward, aunque el lugar se notaba muchísimo más exclusivo que el vecindario de mi novio falso. Una vez que el auto estuvo aparcado en el estacionamiento privado del edificio, nos adentramos al hall de entrada y rápidamente nos dieron el permiso para subir. A mí, sinceramente, no me daban los ojos para mirar tanto detalle. Este lugar era el sueño de cualquier persona.

—¿Lindo, verdad? —me preguntó al ver cómo se me iban los ojos para todos lados.

—Siquiera se me ocurre una palabra para decir —respondí.

—Es lindo, sí… aunque muy lujoso para mi gusto —se encogió de hombros y pulsó el botón. Hice un mohín, por supuesto que aquí también estaba mi karma.

¿Qué no puede faltar en mi vida? Obviamente, los horrendos y malsanos elevadores. ¿Es que esta gente no podía inaugurar una casa? Gracias a la táctica de Edward, mi subida hasta el pent-house —por supuesto— no fue una pesadilla.

Al llegar al vestíbulo, había un hombre esperándonos con una mueca muy amable. Al acercarnos, intenté no mirarlo más del tiempo debido, aunque era imposible no darse cuenta al instante que era un hombre muy pero muy guapo. Su estatura era sólo de unos centímetros menos que Edward: su cabello de un rubio oscuro, su mandíbula cuadrada poblada con una barba incipiente, su nariz recta y sus ojos celestes y brillantes, al igual que su sonrisa.

«Fiu, fiu. Ojitos no te pongas celoso, pero tu amigo está bien bueno también».

—¡Edward, amigo! —exclamó con su voz varonil. El aludido se acercó a él y se abrazaron de la forma típica que los hombres hacen. Luego, sus ojos se dirigieron a mí y di un paso adelante—. Tú debes ser la «corredora olímpica», ¿cierto?

Me reí por el apodo.

—Bueno, en realidad mis padres me pusieron Isabella…

Edward sonrió y pasó un brazo por mi cintura para acercarme a él.

—Es un gusto conocerte, Bella. ¿Puedo llamarte así, verdad?

Asentí sin dudar; se ve que Edward les habló de mí antes.

—Soy Alex Helton —me pasó la mano y se la estreché enseguida—. Amigo de este hombre duro de cazar, aunque parece que nos ablandó.

Edward le rodó los ojos y sonreí.

—Vamos adentro, ya todos llegaron.

Al entrar, casi se me caen los ojos por lo hermoso que era el departamento. Era de esos lugares que sólo puedes ver en los canales de televisión cuando pasan el ranking de las casas más lujosas. Todo era amplio, ordenado y luminoso. Tenía unas ventanas enormes que hacía que todo el paisaje iluminado por las luces nocturnas se pudiera apreciar sin problema alguno. Las paredes eran blancas para ayudar a la iluminación y estaban llenas de cuadros que se veían costosos. Había varios juegos de sillones distribuidos por la sala, y también vi una televisión plana y un equipo de música.

—¡Han llegado! —Exclamó una voz cantarina llegando a nuestro lado, y enganchó los brazos en torno a la cintura de Alex, así que supuse que sería su flamante esposa—. Oh, corredora olímpica, al fin tengo el honor de conocerte. Edward no ha dejado de hablar de ti en ningún momento —agregó mirándome—. Soy Martina, es un placer tenerte en casa.

La muchacha era hermosa. No había otra descripción para ella. Su cabello era largo, suave y rubio natural. Sus ojos eran de un impresionante azul y su sonrisa muy simpática y sincera. Me cayó bien al primer instante.

—Lo mismo digo, gracias por la invitación —respondí cortésmente.

—Tonterías —hizo un gesto con la mano—. Era hora que Edward se dignara a presentarte —le hizo una mueca y todos sonreímos—. Por favor, siéntanse como en su casa… allí hay tragos y algunos aperitivos.

Con nuestras manos entrelazadas y, por mi parte, sin dejar que ningún detalle del departamento se me escapara, nos dirigimos hasta el centro de la sala, en donde había cuatro personas más; distinguí a tres hombres y a una muchacha. Apenas estuvimos cerca de los demás, todos dejaron de conversar y nos miraron con atención; lo suficiente como para que mis mejillas comenzaran a coger temperatura.

«¿Es que estos hombres hicieron un casting de belleza para ser amigos de mi ojitos?».

«Concuerdo contigo, Amanda. Todos son muy guapos».

«¿Existirá la posibilidad que sean swingers?

Cerré los ojos por el comentario de Amanda y me concentré en Edward.

—Tú no me presentaste como «corredora olímpica» a los demás, ¿cierto? —le pregunté en voz baja.

—¿Recuerdas tu visita a la empresa? —me devolvió la pregunta. Oh, claro, mi maratón para escapar de los guardias de seguridad; Carlisle también había comentado algo de ello—. De allí el apodo.

—Lo recuerdo. —Desgraciadamente lo hacía.

—Igualmente sigo prefiriendo «voz de pito», es mucho mejor —rodé los ojos.

Uno de los tres muchachos se acercó a nosotros y abrazó a Edward, dándole dos palmadas en la espalda. Luego, hizo algo que me dejó absolutamente descolocada. Sus manos subieron y bajaron en el aire, haciéndome el típico gesto de reverencia; no pude evitarlo y solté unas risitas.

—Tú te ríes, pero realmente eres mi héroe, ¿lo sabes? —me pasó la mano y se la estreché—. Después de todo eres una muchacha real, de carne y huesos. Al principio habíamos pensado que eras un invento de Edward para que dejemos de joderlo —añadió sonriéndome—. Soy Brad Bennett, y sé que tu nombre es Bella, no voy a decirte sobrenombres ni nada por el estilo.

El tal Brad, era un muchacho realmente guapo. Tenía el pelo rubio oscuro bastante rebelde y despeinado, tirando más al castaño claro, sus ojos eran celestes y su rostro estaba cubierto por una prolija barba que lo hacía aparentar más edad de la que tenía; aunque también lo hacía ver más masculino. Su estatura estaba más o menos igual a la de Edward, quizás unos centímetros menos que él; no estoy segura.

—¿Intentando quedar bien, Brad? —inquirió Edward en un tono bromista.

—Déjame empezar con el pie derecho con tu novia —volvió a mirarme—. Creo que desde el momento en que Edward ha hablado de ti, te considero mi ídola. Creí que este zopenco jamás caería, y míralo ahora.

Edward puso sus ojos en blanco, sin embargo, me estrechó más hacia su cuerpo.

—Van a terminar asustando a la chica, tontos —dijo una voz grave, acercándose a nosotros. Miré hacia esa dirección y venía otro muchacho moreno, con el cabello negro y peinado hacia todas direcciones, sus ojos eran marrones muy oscuros y tenía una sonrisa amistosa y grande en sus labios, con una barba candado que apenas se notaba—. Un gusto, soy Jacob Black —se presentó.

—Bella —respondí simplemente, mientras estrechaba mi mano junto a la suya.

Una muchacha morena, de ojos grandes y negros, y rostro angelical, se colocó detrás de él y el tal Jacob le sonrió, abrazándola por la cintura.

—Ella es mi novia Vanessa —la presentó y la chica me sonrió.

—Un gusto —dijimos las dos al unísono y estrechamos nuestras manos de manera amistosa.

Eran demasiadas personas las que conocía en tan poco tiempo, sólo esperaba poder recordar todos los nombres y no pasar vergüenza olvidándome alguno.

—¿Demasiada gente? —preguntó Edward sobre mi oído. ¿Leía mentes? —. Has arrugado tu nariz, signo de que estás concentrada para evitar que ningún nombre se te olvide.

—Realmente me das miedo —le respondí con una sonrisa, viendo como el último muchacho se acercaba para saludarnos.

Este sujeto parecía un poco más joven que los demás, era mucho más alto que Edward y cuando se acercó a él para saludarlo, me sentí como una niña pequeña. Su cabello era rubio oscuro y tenía una sonrisa grande, blanca y brillante. Sus ojos eran de un hermoso celeste y se veía simpático.

—¿Prefieres corredora olímpica o Bella? —cuestionó, con una sonrisa.

—Sólo Bella, por favor… —respondí, estrechando su mano.

Él me sonrió con simpatía.

—Sólo Bella, también es un gusto para mí conocerte, soy Daniel Luhrmann.

Al poco tiempo, todos estuvimos enfrascados en distintas conversaciones, degustando los riquísimos jugos frutales que la propia Martina había elaborado. La charla se concentraba entre mi supuesta relación con Edward y el matrimonio de los dueños de casa. Según lo que habían dicho, se casaron hace tres meses y recién hasta esta semana pudieron terminar de acomodarse en su nuevo hogar. Era por eso, que decidieron invitar a sus amigos para que conocieran la nueva casa.

Luego de que convenciera a Edward que estaría bien con las muchachas; las chicas nos quedamos hablando sentadas en la sala, mientras que los chicos comenzaron con una partida de billar. La verdad era que ambas me habían caído muy simpáticas. Eran muy distintas a mis amigas, pero no me hacían menos y eso realmente lo valoré mucho.

—Lo primero que se fijó Alex en el departamento era si tenía suficiente espacio para el billar —comentó la rubia, mordiendo el sorbete de su vaso—. Supongo que los hombres tienen algún tipo de afán con ese juego. Siendo sincera, lo único que conozco es que no debes meter la bola negra o perderás.

—Jake intentó hacer que aprendiera, pero fue en vano —siguió Vanessa—. No sirvo para esas cosas. ¿Qué hay de ti, Bella?

Coloqué el vaso en la mesita y me encogí de hombros.

—Entiendo lo básico del juego, sólo una vez pude ganarle a mi hermanastro y fue algo así como un milagro no haberle sacado el ojo a alguien —respondí.

Ambas rieron.

—¿Cómo es que lograste conquistar el corazón de Edward Cullen? —Me preguntó Martina con cierto interés—. Lo conozco hace algunos años y, perdón por sacar el tema, pero jamás lo vi acompañado por nadie.

—A ciencia cierta no lo sé —respondí, intentando buscar algunas ideas en mi cabeza—. Todo esto es nuevo para ambos, todavía nos estamos descubriendo.

—¡Oh, los primeros meses! —exclamó Vanessa con aire soñador—. Si me dejan opinar, para mí esa es la mejor etapa de la relación. Poder descubrirse de a dos es como… —suspiró—, algo mágico.

—Sin dudas —siguió Martina—. Y, luego de que esa etapa pasa, sólo te queda seguir conociendo a tu novio. Yo pensé que a los cuatro años de noviazgo, ya no había nada que pudiera sorprenderme, pero la vida de casados es absolutamente distinta a los días de noviazgo. Hasta la palabra «esposo» tiene un cierto peso que una no se da cuenta hasta que lo vive.

—Espero que Jake me haga la pregunta pronto, a veces creo que no quiere casarse —murmuró Vanessa con los hombros hundidos.

—¿Hace cuánto están juntos? —pregunté.

—Dos años y medio —respondió con una sonrisa—, y hace poco más de un año que estamos conviviendo.

—Ya verás que te sorprenderá —la alentó Martina, luego, volvió su vista a mí—. ¿Cómo es Edward de novio? Intenté imaginarlo en esa faceta, pero no estoy segura de haberlo logrado.

Piensa rápido, Bella. Piensa rápido.

—Es maravilloso. —¡Eso!—. Es atento, amable, compañero. Me hace reír mucho y lo que más me gusta de nosotros es la relación de confianza que tenemos. Él sabe lo que estoy pensando sin siquiera decir una palabra y yo también lo hago. Aprendimos a conocernos muy bien.

Vanessa y Martina me miraban con los ojitos brillosos. Apa, parece que hablé demás. Les sonreí tímidamente y tomé mi vaso con jugo de frutillas.

—Realmente se los ve muy bien juntos —dijo Martina, con una amplia sonrisa—. Alex me dijo que lo ve mucho más feliz. Y, luego de que supimos de tu existencia, fue automático atar cabos y saber que esa felicidad vino gracias a ti.

Sentí unas manos encima de mis hombros y las miradas pícaras de las chicas posarse en mí. Miré hacia arriba y me encontré con los ojos verdes de Edward; se veía muy contento y relajado. Presté mayor atención a la sala y me di cuenta que todos habían vuelto con nosotras.

—No están asustando a nuestra invitada de honor, ¿verdad? —preguntó Alex, mirándome con una sonrisa.

—Nada de eso —respondió Vanessa—. Tienes una novia preciosa, Edward.

Él tomó asiento a mi lado y me dedicó una enorme sonrisa.

—Lo sé —respondió y dejó un sonoro beso en mi mejilla; obviamente, me hizo sonrojar.

«En un mismo día, dos halagos. Esto me está gustando mucho».

«Se limita a fingir, Amanda, se supone que eso hacemos. Tenemos un trato, ¿recuerdas?».

«¿También fingías cuando te preguntaron cómo te sentías con él?».

Me quedé en blanco, sin tener qué decir. Por suerte, aparecieron los otros amigos de Edward y nuestra atención se posó en ellos.

—Bueno, mi amigo —dijo Brad, pasando un brazo por los hombros de Daniel—. Supongo que somos los únicos solterones del lugar.

Automáticamente pensé en Jessica. Si se enteraba que los amigos apuestos de Edward estaban solteros, seguramente me obligaría a traerla conmigo en una próxima ocasión.

—¿Cómo se conocieron? —Esta vez, la que preguntó, fue Vanessa.

Edward me miró y entendí al instante que quería que respondiera yo.

—En el Central Park —dije la verdad.

—Wow —exclamó Brad—. Eso es tener jodidamente suerte, Edward. ¿Qué tan grande es el Central Park? Estoy seguro que más de uno debe llevar a su novia para perderla y no encontrarla. A pesar de todo pronóstico, allí estaban tú y Bella, que se encuentran en un lugar enorme y lleno de gente, y se dan cuenta que funcionan como algo más que amigos.

—Tuvieron que suceder muchas cosas para que se encuentren —secundó Daniel, mirándonos con una sonrisa.

—Sólo debía pasar —concluyó Martina, brindándonos una mirada de cariño.

¡Uau! No lo había pensado de esa manera, aunque supongo que tenían razón. Tuvieron que pasar muchas cosas antes para que Edward y yo nos conozcamos en el enorme y concurrido Central Park. Edward me miró y supe que sus pensamientos no estaban muy alejados de los míos, me encogí de hombros y, con naturalidad, dejé caer la cabeza en su hombro. Él vaciló un poco, pero luego de unas centésimas de segundos, pasó un brazo por mi cintura, acercándome más a él.

Luego de haber terminado con todos los bocadillos, reírnos sin parar con las conversaciones que se iban originando y degustar cada gusto de jugo que me ofrecieron, ya se nos hizo la hora de volver a casa. Me hubiese gustado quedarme un poco más, pues todos eran realmente muy simpáticos y amables conmigo, pero nuevamente el día largo me pasaba factura y lo único que deseaba era mi linda y calentita cama. Edward se notaba muy cómodo y contento con todos y no era para menos, después de todo eran sus amigos de muchos años. Una amplia parte de mí, se alegró mucho por poder congeniar con ellos; al principio temí un poco por la impresión que les causaría. Fue un gran alivio saber que les caí bien.

—Esperamos verte pronto, Bella —me saludó Martina con un beso en la mejilla.

—Lo mismo digo —añadió Alex, también saludándome—. Hermano, cuídala porque realmente es asombrosa.

Edward se acercó a él y lo abrazó ligeramente, creí que le dijo algo en el oído, ya que el rubio asintió, pero no estoy segura. Después de habernos despedidos de todos, bajamos a buscar el coche. Obviamente, sin pasar por alto el efectivo método anticlaustrofóbicos en ascensores.

—¿La pasaste bien? —me preguntó, llevándome de la mano hacia la cochera del edificio.

—Muy bien —respondí sin dudar—. Todos fueron muy amables.

—A ellos también les caíste muy bien —volvió a decir, con una gran sonrisa.

Rodeamos el auto, ya dispuestos a subirnos, pero antes de hacerlo mi celular comenzó a sonar. Qué extraño, ¿quién llamaría a las doce y media de la noche? Al ver el visor del celular, mi pulso automáticamente se disparó. Edward me miró con una ceja alzada, podía leer en su rostro la interrogación por saber quién era. Tragué fuerte y, finalmente, pulsé el botón de recibir la llamada.

—Las tres semanas llegan a su fin, pimpollito.

Ni un hola, ni un nada. Al grano, como Renée acostumbraba a hacer.

Alf, soy toda tuya. Puedes llevarme. Ahora.

.

.

.


Y... bueno, parece que Renée se cansó de esperar, lol.

¡Hola a todos! Nuevo viernes, nuevo capítulo :), creo que hasta ahora es el más largo que escribí. Pero simplemente, no se quería terminar xD. Bueno, parece que la mentira también llegó a los amigos de Edward y salieron ilesos, aunque se los nota muchísimo más cómodos el uno con el otro, ¿verdad? *guiño, guiño*

Sabrina: con respecto a tus dudas, sí habrán capítulos desde el punto de vista de Edward, pero será un poco más adelante, así mantenemos de alguna manera "el misterio" de lo que pasa por su cabeza. Y, con respecto a lo de más acción, puedes estar tranquila que tendremos capítulos subidos de tono; ya prometí sexo duro y amor jajajajaja; sólo hay que darles un poco de tiempo, espero no defraudarlas cuando esas escenas lleguen :)

No me queda nada más que darles las infinitas graaaaaacias por todo el apoyo, los reviews, los favoritos, alertas. De verdad ¡me hacen muy feliz! Isa, como siempre, gracias por toda tu ayuda. Eres hermosa e increíble (L)

Les recuerdo que tienen el grupo de Facebook a su entera disposición, allí colgaré adelantos, imágenes, y más. Los links se encuentran en mi perfil, pidan unirse que todos son bienvenidos.

Sin más, nos leemos el próximo viernes.

Muchos besos :*

Alie~