INFERNUM. REDEMTIONIS.

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.

Capítulo 10

Desde el polvo

Era una de esas noches en que Archivald podría convertirse en uno de esos idiotas que se dejaban llevar por sus más bajas pasiones. Candice caminó con cierta urgencia hasta el auto de Archie con esa sensación extraña de desazón que requiere que huyas de un captor y al mismo tiempo te aferras a permanecer justo a su lado. En su mente revivía al Drácula de Stoker; ella estaba realmente molesta imaginando a un encantador Archie convirtiéndose en una bestia nocturna. Estaba a punto de alcanzar la puerta del Spider de Archie, sin desear darle la oportunidad de ser caballeroso; cuando Archie quería, podía comportarse como un tonto; le era muy sencillo.

Archie, con total determinación, con su respiración agitada, con sus ojos encendidos, se adelantó con pasos firmes e impidió que ella siquiera alcanzara su objetivo. Candice sintió una mano fuerte y firme rodearla de la cintura y girarla con aplomo y seguridad; él la aprisionó contra el auto y sin previo aviso cubrió sus labios en un beso demandante, exigente, incluso urgente.

Ella se sintió aparada por el manto nocturno, aunque le fue imposible corresponder de inmediato. No lograba comprender cómo Archie era capaz de dejarse llevar por sus instintos.

-Candice – su voz era desesperada, como la de un niño atribulado al no ser correspondido como él necesitaba.

-Archie, no. Basta – ella se movió incómoda entre los brazos fuertes que la sujetaban.

-¿Qué te sucede, amor? – él la liberó de inmediato. Dio un paso atrás y levantó sus brazos. De inmediato su mirada cambió a la de un niño inocente regañado por su madre.

-¿Archie, cómo puedes preguntarme qué es lo que me sucede? ¿Qué fue esa escena con Terry? – no solo sus palabras exigían una explicación, también sus ojos y todo su cuerpo.

Archie guardó silencio. Todo el temor que él siempre había tenido de pronto estaba sobre él. Ahí estaba él, con la sombra de Grandchester entre ellos.

-Fuiste un patán Archie – ella estaba realmente muy molesta. Archie nunca la había visto así. Los ojos verdes que adoraba eran fuego puro que lo quemaban.

-¡Candy, él te estaba coqueteando!

-¡Claro que no, se acercó tan solo a darme un abrazo para darme el pésame! ¡Stear era también mi hermano, mi primo, lo que tú quieras! ¡Él era mi familia! ¡Yo también estoy sufriendo y Terry lo sabe!

-¡Pero te abrazó más de lo necesario!

-No es así. Si así hubiese sido, yo habría sido la primera en poner distancia.

-Y como no lo hiciste yo…

-Tú me tomaste de la mano y me arrancaste de sus brazos delante Albert y Patty como si yo fuese un objeto que te pertenece.

-Candy… - Archie bajó la guardia. Ella tenía razón: se había portado como un patán, como un verdugo.

-¿Los hice quedar en ridículo, verdad Candy? – la voz del hombre era de total preocupación y pena.

-No, Archie – ella guardó un poco de silencio, sus ojos estaban clavados en la ahora atribulada mirada de Archie – aquí el único que ha quedado en ridículo eres tú.

Algunas personas empezaban a abandonar la mansión y se acercaron con discreción a sus autos, esforzándose por ser discretos a la charla de la pareja. Candice, aún con su indignación, no podía dejar a su novio solo en semejante situación, podía permitir que los invitados siquiera imaginaran que estaban discutiendo, así que se acercó y lo abrazó como si nada estuviese ocurriendo entre ellos.

-Perdóname Candice, soy un idiota. Lo que siento en contra de Terry es algo que no puedo explicar.

-Al parecer, lo que sientes por Terry es más grande que lo que sientes por mí.

-No digas eso, mi amor – apenas y pudo encontrar sus palabras, ya sentía todos los colores en su rostro.

-Archie…

-Candice, te amo – Archie se acercó a ella, con la guardia baja, gimiendo como una fiera herida y eso logró que ella disminuyera su enojo – nadie jamás comprenderá cuán grande es mi enojo sobre Terry. Ni siquiera tú, Candy.

Fue como un relámpago el entendimiento que fue abierto delante de Candy. Sintió un mayor interés hacia los sentimientos de su prometido al mismo tiempo que descubrió que en efecto, ella jamás se había preocupado por entender el desmedido rechazo que tenía por Terry.

-Bueno, explícamelo, quiero entenderlo.

-¿De verdad quieres comprenderlo? – Archie resopló resignado. Nunca había hablado de lo que tenía dentro de sí desde esa mañana de invierno en que la tuvo delirando en sus brazos.

-Sí, quiero.

Archie peinó su cabellera con sus dedos. Candice sabía que eso solo lo hacía cuando estaba al límite. Lo vio sufriendo y ya no pudo más sino consolarlo. Se sintió apenada por haberlo llevado a ese punto. Adoraba a Archivald, y era esplendoroso ante sus ojos, excepto cuando se dejaba guiar por sus instintos; entonces mostraba una cara que a Candice no le agradaba. Pero ella lo amaba; amaba su lado esplendoroso y amaba ese lado obscuro que solo de vez en cuando mostraba. Ese lado obscuro que solo ella conocía, ese que solo a ella revelaba.

Hubo silencio. Archie no se atrevía a mirar a Candice a los ojos. ¿Cómo había sido capaz de portarse como ese neandertal con el que fantaseaba de vez en cuando? Había logrado controlar el tal neandertal con Paul y con Frank, pero Terry… Terry eran palabras mayores.

-¡Diablos! Si Jean M. Auel me conociera, quizás la inspiraba para terminar su saga de Los Hijos De La Tierra, seguro que yo sería el neandertal estúpido. Debí nacer en el paleolítico, habría hecho un mejor papel – se lamentó.

-Archie – de pronto él sintió cómo la calidez del cuerpo de Candy lo cubría sobrecogedoramente – no me digas nada si no quieres, todavía – sus ojos eran nuevamente de adoración completa.

Él tenía un nudo en su garganta y las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón, como prisioneras, negándose a liberarlas. Sentía que no era digno de volver a tocarla. La miró con tristeza. La profundidad de su sufrimiento se reveló ante su prometida con tal fuerza que ella lo único que deseó fue tener una fórmula mágica que borrara ese sentimiento de Archie.

Él conocía la respuesta. Tenía un monólogo invadiendo su mente, una y otra vez sentía el dolor de tenerla en sus brazos delirando. Sentía el fuego del enojo ante la cicatriz causada por Grandchester a la mujer que él adoraba. Quería sacarlo, pero esas palabras no encontraban el camino hacia sus labios. Ese enojo le había carcomido por años y hoy había salido en el peor momento, demostrando su miseria precisamente ante el ser menos deseado.

-Ven, vamos a casa – ella le habló con dulzura infinita, aliviando por un breve momento la pesada carga sobre los hombros caídos de Archie.

-No, Candy – él apretó la mano que lo invitaba a moverse con suavidad – debo volver adentro y disculparme.

-¿Pero, es eso lo que realmente quieres hacer?

-A decir verdad, no. No quiero disculparme con Terry, de hecho, quisiera golpearlo – soltó con sinceridad, aún sin atreverse a mirarla, apretando los dientes.

-No hagas algo que no deseas hacer. Vamos a casa – insistió.

"A casa", esa era su frase favorita. Pensar que estaban juntos, en un lugar que ya consideraban su hogar. Adoraba a esta mujer, adoraba la metamorfosis que surgía en ellos cuando estaban juntos. Adoraba verla portar orgullosa su anillo de compromiso.

No sentía celos hacia Terry. Era algo peor, era enojo, rayando en la ira. De alguna manera, sus brazos seguían pesando con la carga de Candice en sus brazos en la estación de trenes. Archie no era capaz de comprender la causa del dolor de su gatita. Fue una suerte no tener un sable a su alcance porque quizás el funeral de su hermano se hubiese convertido en un hecho muy lamentable.

Archie manejó en completo en silencio. Su mente estaba reviviendo la desesperación que vivió al encontrarla desfallecida. Era una Andrew y tan pronto se preguntó dónde debía llevarla obtuvo la respuesta; a donde pertenecía, a la mansión. Estaba seguro que la tía haría el coraje de su vida, pero eso no le importó, Candice tenía todo el derecho de convalecer en el seno de la familia, o al menos, cerca de él. Él también podría defenderla de la tía; había hecho un pacto con sus hermanos muchos años atrás, así que honraría su palabra.

Abandonó la estación de trenes con su preciada carga en sus brazos. Aunque había algunos trabajadores de la estación que se ofrecieron ayudarlo, él no permitió que alguien más hiciera tan preciosa tarea. Candy era su responsabilidad en ese momento de total vulnerabilidad: no había ningún otro que pudiera hacerlo. Subió las escaleras con total dignidad, mirando hacia el frente, caminando erguido, sereno, aunque por dentro sentía que su mundo se desplomaba. Su hermano recientemente había partido al frente de guerra, su tío estaba desaparecido y George estaba muy atribulado en su búsqueda. Por si eso fuera poco, la mujer que adoraba lo hería sin saberlo cuando con debilidad en sus labios solo pronunciaba una palabra que se incrustaba en su alma como filosas espadas: "Terry".

Archie llegó hasta su auto y colocó su carga en el asiento trasero, cuidando en todo momento que estuviese cómoda. Escuchaba su delirio sin poder armar la idea correcta de la causa. De una cosa estaba seguro: Terry la había lastimado y se había ganado un enemigo.

Cuando los sirvientes le vieron llegar a la mansión con Candice en brazos también le ofrecieron ayuda, pero nuevamente, Archie se negó a liberarla de su protección. La acercó hacia su pecho, sintió su débil respiración sobre su cuello y el pausado latir de su corazón directo sobre sí. Ella estaba llorando y sus lágrimas cavaron la gélida tumba de Terry Grandchester.

-¿Archie? – la voz de Candy llegó a sus oídos como si antes tuviese que atravesar una gran muralla.

-Lo siento Candy – él se volvió hacia ella solo por un segundo, tratando de controlar sus emociones – no te escuché.

-Te decía que Terry solo vino a hacerle compañía a Albert. No te lo toparás nuevamente, ya sabes que odia las reuniones sociales.

-Sí, Candy, no te preocupes – trató de tranquilizarla – te aseguro que si volvemos a verlo, controlaré mi deseo de darle su merecido.

-Archie; nunca hemos hablado de ello… - la voz de Candy era triste, atribulada.

-No tenemos que hacerlo… yo sé lo que sucedió – confesó.

Archie hubiera querido añadir algunas cosas; por más vueltas que en su momento le dio al asunto, nunca comprendió por qué en pleno siglo veintiuno Terry no había encontrado la manera de cuidar de Susana sin tener que casarse con ella. Pero ya no invertiría más tiempo pensando al respecto, gracias a eso Candy estaba a su lado y él cuidaría de ella en cuerpo y alma.

-¿Amor, estás lista para la lectura del testamento? – el joven quiso cambiar el tema.

-Lo estoy, aunque sinceramente, no sé qué pudo dejar Stear para mí.

Archie se encogió de hombros. Luego sonrió con diversión, ya un poco más relajado.

-Quizás te dejó a su hermano para que lo cuides y lo protejas.

-Si no me hubiese dejado a su hermano por herencia, yo misma habría saboteado el testamento – Candy se acercó y besó delicadamente la mejilla de Archie, casi con veneración.

-Candy, me haces feliz – respondió sonrojado.

-Y tú a mí.

Esa noche Archie hizo suya a Candice casi con desesperación. Amaba su cuerpo desnudo temblando en sus brazos. Había soñado tantas veces con esa escena, sin embargo, jamás imaginó ni la mitad del placer que vivía cuando escuchaba su nombre escaparse de los ardientes labios de su prometida. Adoraba la seducción de su sonrisa invitándolo a tomar todo de ella, adoraba sus pequeñas manos jugueteando con todo su cuerpo, sus atrevidas caricias para estimularlo, su iniciativa para complacerlo, la urgencia de unirse a él como si el mundo fuese a acabarse. Ella era su más íntimo deseo; toda ella: su alma, su vida, su cuerpo. Podía declararse su dueña, por siempre.

-Vamos dormilona – Archie descubrió con sensualidad la sábana que cubría el pecho desnudo de su gatita para besar delicadamente sus pezones, mientras ella aún dormía – te invito a desayunar al club, tengo que entrenar.

Los labios de Archie provocaron tal ardor en el cuerpo de Candice que lanzó un gemido, cuya intensidad, lejos de tranquilizar la sensual tarea, sirvió para atizar la flama que a estas alturas ambos pensaban era inextinguible. Ella curvó su espalda y miró hacia la escena de la que ambos eran partícipes. Mirar su seno cubierto por los labios que adoraba, siendo mordisqueado y saboreado provocó en ella un torrente de deseo, hundió sus dedos entre el cabello de Archie para atraerlo hacia ella, deseaba que se perdiera entre sus montes, justo como lo había hecho durante una buena parte de la noche.

Ella paseó sus manos por su espalda fuerte y desnuda mientras disfrutaba del delicado peso de Archie sobre su cuerpo. Adoraba su calor emanando para ella. Lo miró con ardor, con deseo, con lujuria y él sonrió encantador:

-Candice – le dijo mientras besaba su cuello, ella sintió que se estremecía – muero por hacerte el amor, sin embargo, mi equipo me está esperando – besó su cuello mientras levantaba ligeramente su torso para acariciar el cuerpo desnudo de Candice – no pueden hacer nada sin mí – bromeó –. Acompáñame, quiero que se mueran de envidia.

Ella se estremeció con los círculos que Archie ya dibujaba alrededor de sus pezones. Se acurrucó en su pecho para deleitarse con el latir de su corazón, amaba esa canción fuerte y sana, simplemente lo amaba por completo.

-De acuerdo, Archie – le dijo mientras que se movía traviesa para envolverse en la sábana y dirigirse al baño.

-Podemos pasar toda la mañana en el club, tú puedes montar mientras yo entreno, o jugar tenis, o ir al spa… lo que tú quieras… quizás quieras practicar un poco de rafting.

-Uhmmmm… sí, creo que me apetece el rafting – sus ojos brillaron con la idea – ¿crees que aún esté en edad de colgarme de una soga? – ella se detuvo justo en la puerta del baño y se giró a esperar su respuesta.

-¡Vamos, Candice, qué pregunta es esa! Por supuesto que estás en edad, además, estás en muy buena forma – la última frase la dijo con tal seducción y encanto que los colores se subieron al rostro de Candice.

Archie, obviamente, descubrió el sonrojo en Candice y decidió que podía incrementarlo. Con un rápido y audaz movimiento le quitó la sábana en que estaba envuelta y la besó así, desnuda, de pie justo frente al enorme espejo que gobernaba su pieza de baño. Ella se sonrojó como nunca antes ante la imagen que el espejo le devolvía y al mismo tiempo, su deseo se encendió con urgencia, con esa lujuria que flotaba en el aire. Él también estaba desnudo, la cubría con su cuerpo, con su aliento, se sentía mareada, perdiendo el piso, flotando en los brazos que adoraba. Archie, por su parte, no podía evitar mirar de vez en vez la imagen de Candice desnuda en sus brazos. Su cabello cubriendo su espalda en franco desorden, sus pies en puntitas para alcanzar con sus brazos el cuello de Archie, sus labios jugueteando sobre los suyos al tiempo que su cadera se balanceaba delicadamente hacia la de él.

Archie liberó una de sus manos para buscar en la entrepierna femenina, la encontró húmeda, una fuente derrochando pasión por él y para él. Se arrodilló ante ella para sorprenderla con sus orales atenciones, ella quiso ahogar un grito de placer pero le fue imposible, Archie simplemente la desarmaba. Sus labios y su lengua se movieron diestros y apasionados, mientras que acariciaba con sus manos su firme trasero… Candice sintió que se moriría con semejante despliegue de pasión, pero cuando creyó que ya no podría más, él se levantó y la tomó entre sus brazos para subir sin delicadeza las piernas de su mujer y colocarlas alrededor de su cadera logrando libre acceso a la máxima intimidad de su cuerpo, la recargó en la pared frente al espejo y la embistió con toda la virilidad que por años guardó para ella. Candice sentía el poder de los embates de Archie, escuchaba la pasión de sus placenteros gemidos, miraba el perfecto y atlético cuerpo cargándola y embistiéndola, percibía su varonil aroma y tocaba sin reserva sus fuertes hombros, deseando que él la embistiera más y más fuerte, más y más rápido, con mayor urgencia en cada movimiento y así se lo exigió. Le pidió más, le suplicó por más, le urgió por todo, hasta que su cuerpo comenzó a convulsionarse de deseo.

Las exigencias de Candice lo estimularon hasta el cielo. Él deseó complacerla y se esforzó al máximo. Incrementó la fuerza y la velocidad sintiendo los suaves mordiscos de la rubia en su oreja, percibiendo sus uñas clavarse en sus hombros, escuchando su nombre para alentarlo a tomarla, lo hizo una y otra vez hasta que ambos gritaron sus nombres y quedaron satisfechos. Cuando todo terminó, se miraron a los ojos y sonrieron satisfechos, solo para volver a besarse mientras que Archie preparaba la tina.

En un inesperado detalle, Archie se sentó tras de ella y lavó su cuerpo, su pelo… él podía amarla de todas las formas posibles, Candice se sintió adorada, se sintió enamorada.

El magnate condujo su auto entre las risas cómplices de Candy que no cesaba de acariciar sus piernas durante el trayecto…

-Gatita, deja de hacer eso porque me pones nervioso – le advirtió con picardía – retira tu mano, Candy – y es que la masculinidad de Archie, a pesar de sentirse profundamente satisfecho, en cuanto tenía contacto con Candice, respondía con virilidad.

-Lo siento, es que no puedo resistirme – ella retiró su mano y la puso en su regazo-.

-Eso está mejor – respiró aliviado – mantén tu mano tranquila.

Manejó con precaución hasta que entró al estacionamiento del club, estaba tratando de llegar al lugar más cercano del pabellón de esgrima y ciertamente, encontró un buen lugar en el estacionamiento. Tan pronto el auto se apagó, Archie percibió de nuevo atrevidas intromisiones acariciando su virilidad, llevándolo al punto máximo. Esta vez ella usaba su pie para entusiasmarlo y él se supo rendido.

-Rayos Candice, realmente sabes que me tienes en tus manos, que podrías hacer conmigo lo que quisieras – le dijo emocionado mientras capturaba el travieso pie e inclinaba su cabeza para besarlo, por supuesto, aprovechando la oportunidad para acariciar también la pierna que tanto le gustaba.

-Me tardé mucho en encontrarte, Archie – le dijo, como reprochando a la vida el tiempo separada de él – me tardé en encontrar tu amor.

-En ocasiones es bueno que busques lo que perdiste en el lugar en que lo dejaste – le respondió, clavando la profundidad de sus ojos de miel – yo siempre he estado aquí, tan solo para ti.

Ella no pudo evitar derretirse por él, se acercó y le ofreció sus labios que él no dudó en aceptar, el beso estaba a punto de tornarse más y más demandante pero él lo detuvo.

-Será mejor que bajemos antes de que te haga el amor aquí mismo.

-Quizás entonces deba seguir besándote – respondió traviesa y él se escandalizó.

-¡Candy!

-Tranquilo, Archie, tan solo estoy jugando.

-Te abriré la puerta – ella se dio el lujo de mirarlo rodear el auto en ese outfit deportivo. Era nuevo para ella; siempre que estaba con Archie él vestía como un alto ejecutivo o en fiestas elegantes, pero esta era la primera vez que ella se inmiscuía en su mundo de atleta de alto rendimiento.

Su ropa deportiva ajustada revelaba sensualmente los bien trabajados músculos, Candy se sintió más atraída que nunca. Admiró a Archie, es verdad que se hablaba de que su vida había sido un desorden, pero a ella no le parecía. Un atleta de la talla de Archie no podía haber llegado hasta donde estaba sino a base de mucha disciplina.

-Estoy orgullosa de ti – le dijo tan pronto aceptó su mano para salir del auto. Él no supo que responder, tan solo la abrazó y le sonrió; para ella fue como el sol al medio día.

-Amor, el área de rafting está justo al lado del pabellón de esgrima, vamos, te llevaré.

-No es necesario, Archie, vine para apoyarte, me gustaría disfrutar de verte entrenar.

-¡Gracias, gatita! – ya a estas alturas Archie se sentía el rey del mundo.

Como Archie esperaba, la rubia de ojos verdes llamó la atención de más de un caballero. Él se aseguró de que todos entendieran que esa mujer de caminar fuerte y seguro era su prometida. Como un colegial, puso su chamarra de la selección nacional sobre los hombros de Candy y la besó antes de entrar a los vestidores para cambiarse y ponerse el equipo necesario. Candice pasó un par de horas observando desde la grada en que Archie la había dejado. De vez en cuando él se acercaba a ella para besarla, o coqueteaba con ella desde su zona de práctica. En realidad Candy no se percató del lento paso del tiempo, tan solo tenía ojos para Archie y nada más.

-Deseo que a tu prometido ya se le haya pasado el enojo de anoche, señorita pecas – Terry había venido al club en compañía de Albert, pero, para su mala suerte, algunos inversionistas lo habían entretenido en el campo de golf. Se sentó con naturalidad a su lado y recargó su peso en el descansa brazo continua a Candy para hablarle al oído.

-Hola, Terry – no pudo evitar sonrojarse; no por la presencia del Duque de Grandchester, sino por la actitud de Archie.

-Vaya manera de guardar rencor – Terry tampoco le perdía la vista a Archie. Él mismo era un gran esgrimista. Había rechazado un lugar en el equipo inglés porque eso significaba mudarse a Londres.

De pronto se sintió con autoridad de calificar los movimientos de Archie.

-Es bueno – dijo -, pero tiene una finta incierta y su ataque no es muy decidido – sonrió de medio lado, asegurándose de que Cornwell no tuviera duda de su opinión a través de sus gestos.

-Terry, por favor, no lo provoques – le suplicó.

-¿Qué no lo provoque? ¡Pero si eso es justamente lo que estoy buscando! Anoche no quise seguirle el juego pero hoy tengo ganas de estirar las piernas.

-Terry, sé que tú estás jugando, que lo provocas porque te divierte – dijo en tono conciliatorio – Archie no está jugando, lo que él siente está fuera de control, por favor, déjalo en paz.

-¿Y quién te dijo que estoy jugando? – el tono del Duque de Grandchester cambió por completo. De su pose relajada ya no quedaba nada, disminuyó toda distancia con la rubia y la miró con profundidad –. Es verdad que me duele la muerte del inventor, es verdad que he venido para acompañar a mi hermano, es verdad que me duele verte sufrir – confesó con palabras atropelladas – pero la verdad más grande es que deseaba verte. Te he buscado con desesperación pero no había señales de ti. Albert fue directo, me dijo que no me diría dónde estabas, que si tú quisieses verme, me buscarías, pero el tiempo ha pasado muy lento.

Candy se movió inquieta, trató de poner espacio entre ellos, sentía que el aliento de Terry, aunque era fresco, la quemaba.

-Terry, por favor, guarda tu distancia – indicó – eres un hombre casado y yo soy una mujer comprometida con el hombre que amo.

Los ojos de Terry se nublaron ligeramente y su semblante se tornó triste, con desasosiego. Ella lo vio tragar saliva antes de responder:

-Tan indiferente te he sido todo este tiempo que ni siquiera te has enterado que hace doce años me he divorciado -Terry se sintió desolado y su voz lo delató-. Aquella noche en el teatro de Chicago fue suficiente para que yo comprendiera que eras tú y solo el amor de mi vida. No era justo seguir con Susana. Pero no es de ella de quien quiero hablar.

Terry se había acercado demasiado a Candice, ella estaba congelada, no comprendía lo que estaba escuchando. Pero tampoco deseaba detenerse a pensar, su vida ahora era espléndida, ya casi se cumplía una semana desde que vino con Archie a Chicago y a ella le parecía como si su vida apenas hubiese comenzado.

-Candice, te has convertido en una hermosa dama, digna del mejor hombre del mundo. Sé que yo no soy el mejor, pero te amo, te he amado desde siempre, y puedo darte la mejor versión de mí, por favor, dame una oportunidad, quítate ese anillo y usa el mío – él se atrevió a alcanzar la mano de Candice y acarició el flamante diamante con dolor – démonos esa oportunidad que nos fue arrebatada, prometo que seré el mejor compañero del mundo si tan solo tú me lo permites. Yo no vine aquí a buscarte; Albert me pidió acompañarlo, es la vida quien nos está reuniendo de nuevo, como en aquel crucero de fin de cursos en el mediterráneo.

-Terry, por favor, eso ya quedó en el pasado, no puedes aparecer de pronto, después de tantos años con semejante propuesta.

-Candy, eres imposible de encontrar, creo que te escondiste, si no lo hubieses hecho, yo habría podido decir esto hace mucho tiempo, pero no tuve oportunidad.

-Terry, lo siento, no puedo – ella iba a decir más, pero se paralizó ante la voz de Archie que los interrumpió.

Candy levantó la vista y vio cómo la punta del sable de Archie estaba justo sobre el cuello de Terry.

-Vamos, Grandchester, toma tu arma y arreglemos esto de una vez por todas – el desafío en los ojos de Archie era real, tan real como la disposición de Terry de aceptarlo. Archivald Cornwell tenía lo que más deseaba, lo que más quería, el tesoro más preciado de su vida.

Terry se levantó lentamente, sintiendo el frío del metal de Archie en su cuello y por supuesto que aceptó la oportunidad.

Candice no se preocupó demasiado, el esgrima es un deporte seguro, así que no había mejor manera de que este par resolviera sus diferencias de una vez por todas; ciertamente no le gustaba la idea de semejante espectáculo, pero tuvo que resignarse. Miró a Archie despojarse de su equipo de protección para no tener ventaja sobre su oponente. Vio a los caballeros alejarse para elegir sus armas. Ella se había quedado en el mismo sitio, lejos de ese par que lograba que su corazón se estrujara. Parecían que el tiempo no hubiese pasado, Archie y Terry eran esos dos colegiales de antaño. Vio como ambos caballeros se prepararon para el encuentro. Los rostros de los miembros del equipo de Archie después de algunas conversaciones eran de desaprobación, aunque uno de ellos, tras haber desaparecido por una puerta, ahora regresaba con algunas armas que les mostraba para elección. Los vio elegir y después, sin la señal de un árbitro, incluso sin vivas y hurras, los vio enredarse en tremendas escaramuzas, ejercicios y movimientos que ella no recordaba en ningún encuentro deportivo. Había seguido la carrera de su prometido y lo que contemplaba era totalmente distinto.

-¿Así que esos dos al final encontraron la manera de liberarse de su enojo?

-Albert – Candy respiró aliviada, la presencia de Albert le reconfortaba.

Por unos segundos Albert contempló las escaramuzas, de pronto Candice lo vio correr hacia ellos. Si ella hubiese percibido la desesperación en los ojos de Albert, seguramente se habría asustado mucho. William Albert no quiso ponerla sobre aviso, pero se acercó a ellos tanto como pudo, tratando de esquivar las ofensivas de ambos. Con ojos lleno de furia y miedo de dirigió a los atletas que eran testigos, según ellos dijeron después, de la mejor exposición de esgrima en el mundo.

-Terry, Archie, por favor – les gritó – dejen eso, tranquilícense.

-No te metas Albert – le exigió Archie – le demostraré a este duquesito que no puede burlarse de la mujer que amo.

-¡Aléjate, Albert! ¡Esto es con Cornwell! Tiene algo que me pertenece y voy a hacer que me lo devuelva.

-¿Por qué no están usando armas negras? ¿Quién puso esas armas a su alcance? – con ojos coléricos de refirió a los atletas que trataban de no perderse ningún detalle.

-Fueron ellos quienes las exigieron, señor Andrew, dijeron que no cabían los dos en este mundo; nosotros jamás imaginamos que dos caballeros como su sobrino y el Duque de Grandchester estuviesen hablando con total seriedad sobre este encuentro, sinceramente, les seguimos el juego.

-¿Juego? ¿les parece que están jugando? – Albert señaló desesperado hacia ellos, comprendió que debía confiar, debía confiar en una decisión que ni siquiera ellos habían tomado aún, debía confiar en que harían lo correcto.

Describir el encuentro de este par es sumamente complicado. Las defensas y las ofensivas fueron certeras. Sus ojos estaban encendidos, seguros de que cada uno de ellos estaba defendiendo lo correcto. Ambos amaban a la misma mujer y sentían la necesidad primitiva de lastimar a cualquier macho que se acercara a lo que consideraban su territorio.

El encuentro duró mucho más de lo esperado. La respiración era agitada, Archie estaba en perfecta forma, pero Terrence también. Archie entrenaba profesionalmente y Terry definitivamente parecía haber nacido con una espada en su mano. No era un encuentro nada fácil, poco a poco la fatiga se fue apoderando de ellos, sus ofensivas disminuyeron su fuerza, sus defensas dejaron de ser interesantes, sin embargo, ninguno de ellos estaba dispuesto a dar tregua. Después de varios minutos de encuentro, de palabras altisonantes, -de esas que no pueden ser escritas-, de algunas heridas en su cuerpo, Terry y Archie olvidaron las razones del encuentro. Ya no sintieron más odio, sino un profundo respeto por el otro.

Albert estaba sentado en la primera fila. Ya hacía algunos minutos que había descubierto que este par de hombres era incapaz de lastimarse seriamente. Vio con beneplácito cómo ya sus pasos en marchas perdieron fuerzas y cómo el ángulo de sus estocadas perdía dirección. Sin embargo, ninguno de ellos daba por terminado el encuentro. Los atletas se habían retirado hacía algunos minutos, todos estaban entusiasmados por el despliegue de habilidades ante sus ojos y comprendieron cuando todo se terminó.

-De acuerdo, Cornwell – dijo Terry tomando la iniciativa – pero estás advertido: Ahí estaré siempre, esperando que te equivoques.

-De acuerdo, Grandchester – Archie bajó su espada – puedes esperar sentado, ella es mi vida. Jamás volverá a ser una mujer libre, a menos que yo muera – le advirtió sin desviar su mirada.

Candice respiró aliviada cuando los vio estrecharse las manos. Nunca se dio por enterada del peligroso encuentro que recién había presenciado.

Terry se dirigió hacia Albert y luego ambos fueron hacia Candy, para despedirse. Archie estaba con ellos.

-Candy – Terry le dio un beso de despedida y le repitió las mismas palabras que había dirigido a Archie –. Cuando Cornwell se equivoque, vendré por ti, no lo dudes ni un instante.

Esa noche se leería el testamento de Stear, el teléfono celular de Archie sonó impidiendo que escuchara las últimas palabras del Duque de Grandchester a su prometida mientras le daba una tarjeta de presentación.

-Siempre estaré para ti, aunque tú no lo hayas estado para mi durante estos últimos doce años. Te he amado a cada momento, Candy.

-Vamos, Terry, te llevaré al aeropuerto – Albert podía compenetrarse con su amigo totalmente, él también estaba enamorado de esta mujer, pero sabía que no debía amarla de esa manera.

-¿Albert, cómo haces para verla con otro, amándola como la amas? – el hombre se supo descubierto, quizás su amigo lo supo desde siempre, así que ni siquiera preguntó.

-El amor no busca lo suyo – respondió – el amor no es egoísta; he aprendido a ser feliz si ella es feliz.

-Creo que tengo mucho que aprender.

-No, Terry. No se aprende, es natural.

El Duque de Grandchester miró hacia la pareja que habían dejado atrás, los encontró plenos, felices y enamorados. Se sintió tranquilo, quizás este era el primer paso hacia lo que Albert le había dicho.

En el interior del gimnasio, Archie se comía a besos a Candy, las escaramuzas lo habían excitado, la tenía escondida detrás de los casilleros, paseando sus manos por las piernas que rodeaban su cintura, por sus muslos firmes; deslizando sus labios por su cuello, anhelando tenerla en su cama nuevamente, jamás se cansaría de ella.

-Mamá y papá quieren vernos antes de la lectura del testamento, nos han invitado a comer – le dijo mientras mordisqueaba su oreja.

-¿Y tú, qué deseas? – ella no podía concentrarse, sentía la virilidad de Archie en su entrepierna.

-Yo quisiera pasar el tiempo solo contigo. En un par de días volverás a Great Can – saber que pronto habría distancia entre ellos lo hacía sentir desesperado.

-Yo también quiero estar contigo – los besos iban y venían con euforia, guardaron silencio cuando escucharon pasos entrar a los vestidores.

Archie la escondió con su cuerpo, alertas, sin moverse para no ser descubiertos. Cuando el ruido desapareció por completo, salieron de su escondite y caminaron divertidos.

-Será mejor que nos apresuremos. Salgamos de aquí – ambos se miraron con complicidad, como dos niños que han robado un caramelo, con las pupilas dilatadas y su piel transpirando sexo.

Archie se había quedado de una pieza ante la belleza que su prometida desbordaba. Estaba orgulloso de llevarla del brazo, ella simplemente resplandecía. Se sentía en las nubes, aunque eso no duró mucho tiempo. Ahora estaba de una pieza ante las noticias que sus padres le estaban dando.

-¿Hijo, Archie, escuchaste lo que te hemos dicho?

-Sí, padre, te escuché.

-¿Entonces, tomarás tu lugar en las industrias de mi familia?

-Padre, no lo sé. Hace tiempo que la industria petrolera me es indiferente.

-Archie, eres mi único hijo, necesitamos una cabeza, alguien que nos guíe en este nuevo milenio.

-Pero padre, los hidrocarburos no son amigables, yo de hecho apoyo la idea de nuevas energías.

-Pero aún falta mucho para eso, Archie, vamos, por favor. Mi participación en los negocios de mi familia es la más importante – el señor Cornwell hizo una pausa para mirar a su hijo a los ojos, tenía todas sus esperanzas depositadas en él –. Poseemos el mayor porcentaje, te corresponde la dirección; ya es momento de descansar para mí.

Todo esto le había caído por sorpresa a Archivald. Su tío confiaba en él y había delegado sobre su espalda una gran responsabilidad, ¿cómo le diría ahora que abandonaría a los Andrew para tomar su lugar dentro del imperio Cornwell, el nombre más sonado en el mundo petrolero?

Sabía que tarde o temprano tendría que tomar este lugar y sabía que Albert también lo sabía, pero este no era el mejor momento.

-Archie, no sé si comprendes por completo la inmensidad de tu herencia; sin Stear, eres prácticamente dueño absoluto de Cornwell Petro, la participación del resto de la familia, todos juntos, no es ni siquiera el diez por ciento, el noventa por ciento es tuyo y solo tuyo.

Candy había guardado silencio; prefería mantenerse al margen. Estaba segura de que Archie tomaría la mejor decisión, así que ella lo apoyaría. Su prometido era hábil en los negocios, tenía todas las herramientas para analizar su posición y elegir lo mejor, ella lo sabía y él lo sabía.

-Archie, los Andrew tienen a William, los Cornwell solo te tenemos a ti – el señor Cornwell estaba profundamente triste –. Había depositado mis esperanzas en Alistar; en el fondo sabía que tú te negarías a la vida en los pozos petroleros – sonrió con nostalgia –. En ocasiones soñaba despierto e imaginaba las increíbles cosas que Stear inventaría para mejorar la producción de nuestros pozos, pero él ya no está – hacia este final, la entereza del señor Cornwell se vio muy afectada – mi hijo mayor ya no está, pero te tengo a ti, soy muy afortunado por eso.

-Padre, hablas con verdad, la vida en los pozos petroleros no me atrae. Yo sé que es un gran negocio, sin embargo, no es una vida que yo quiera – la voz de Archie se quebró –. No quiero estar ausente para mi familia. Stear y yo nunca fuimos su prioridad – esta vez había reproche en la voz de Archie hacia sus padres, sus ojos de miel brillaron y a Candice le pareció reconocer en ellos un dejo de enojo –. Mamá siempre estuvo apoyándote. No comprendo cómo llegaron a la conclusión de que sus negocios petroleros eran más importantes que sus hijos. Se deshicieron de nosotros, nos dejaron al cuidado de una tía… ¡Ella hizo lo mejor que pudo, sin embargo, ella no era nuestra madre! Al principio creímos su versión, esa de que teníamos que cuidar de ella, pero crecimos y comprendimos que era ella quien cuidaba de nosotros –, Archie suspiró profundo antes de continuar –. Ahora tengo lo que siempre he deseado: La posibilidad de formar una familia, una familia como la que no conocí. Una familia en donde los hijos son criados por sus padres. Si yo acepto estar al frente de la compañía familiar, seré un padre y esposo ausente. ¿Tienes idea de lo que esperé para estar con la mujer que amo? No voy a dejarla sola, ni a ella ni a nuestros futuros hijos. Tendré mucho dinero, es verdad, pero estaré solo... – tragó saliva, su mirada ahora era triste – otra vez solo.

-Pero no tienes por qué separarte de ella, tu madre y yo hemos estado juntos todo el tiempo – Archie puso sus ojos en blanco, había hablado a su padre con el corazón en la mano y él no había comprendido ni la mitad-.

-Padre…

-Podemos encontrar un director general, un gerente de operaciones y tú solamente coordinarías sus actividades; de ese modo no será necesaria tu presencia cien por ciento en los pozos. Si encontramos un CEO de confianza, tú tendrás tiempo para la vida familiar que tanto anhelas, por favor, Archie, acepta.

La charla giró sobre lo mismo. Candice casi no probó bocado, veía la preocupación en el rostro de Archie y percibía que apretaba su mano con mayor fuerza de lo normal.

Cuando terminaron la cena se dirigieron hacia la mansión para la cita que habían estado esperando. Ya Patty los había llamado para confirmar con ellos su presencia, los estaba esperando en la mansión. Archie estaba serio, trataba de pensar con coherencia, analizaba los pros y los contras de la propuesta de su padre, pero no había nada lo suficientemente fuerte para convencerlo de tomar su lugar en las empresas de su familia paterna. Ese pensamiento permaneció hasta la lectura del testamento, cuando escuchó que las participaciones de Alistar en la petrolera debían ser divididas entre Candice White Andrew, Patricia O´Brien y Archivald Cornwell, con porcentajes del veinticinco por ciento para cada una de ellas y el cincuenta para su hermano.

"Querido Archie, sé que puedo contar con que velarás por los intereses de Candy y Patty. Si lees esto, piénsalo como una solicitud que te llega desde el polvo" – había leído de una nota que Stear dejó para él.

El señor Cornwell no estuvo muy de acuerdo con la decisión de su primogénito, sin embargo no había nada que pudiera hacer, había heredado en vida a sus hijos, así que Stear podía hacer lo que deseara con su dinero. De hecho, cuando le dijo a Archie que era dueño del noventa por ciento de su empresa, lo hizo contando con que la totalidad de la herencia de Stear pasaría a manos de su hermano, esto lo tomaba por sorpresa, aunque tenía que aceptar que quizás este giro lograría que Archie aceptara su propuesta.

Malinalli, 02 de octubre 2017.