•
MISIÓN 9:
I-N-D-E-S-E-A-D-A
P-A-S-I-Ó-N
Dudosa de su realidad, Lady despertó encontrándose con un espacio vacío al otro lado de la cama.
Levantándose con cuidado, sintiéndose un poco incómoda de su entrepierna, vio cómo la manta y una capa negra caían en su regazo mientras sus senos desnudos se descubrían.
—¿Qué diablos haces ahí? —Le preguntó a Vergil apenas giró el cuello lo vio sentado en una esquina cerca de la puerta.
Él estaba completamente vestido y con una cara muerta. Peor de la usual.
—¿Qué puedo estar haciendo? —Preguntó de vuelta inquiriendo una respuesta clara: ¿Acaso no estás viendo?
Lady suspiró jalando la manta, cubriéndose con ella y buscando su ropa. Una vez que la ubicó empezó poniéndose su brassier tratando de no sentirse tímida bajo la atenta mirada de su acompañante.
—Ya se me había olvidado que eres un poco extraño a veces —comentó evitando el nerviosismo, subiendo las bragas, continuando con delgada playera roja de manga corta y suéter negro. Al final subió rápido sus pantalones oscuros.
—¿Decepcionada porque no me quedase a dormir contigo? —Sonrió un poco burlón.
—Más bien sorprendida porque no te hayas ido —se ajustó el cinturón que sostenía sus pistolas y le regresó la mirada.
Esta vez fue él quien se quedó pensativo.
—¿Esperabas que me fuera?
—No. Bueno… no lo sé, ¿acaso no has visto películas? Usualmente el héroe atormentado sale huyendo después de coger con la damisela virgen porque teme poner su vida en peligro —se rio mientras recitaba ese cliché típico que hasta Vergil conocía.
—Tú sabes defenderte sola —dijo él arqueando una ceja, impresionado porque por poco haya hecho justamente lo que ella había estado pensando que hiciera después del coito—, y no soy un maldito héroe —gruñó asqueado, como si Lady de alguna forma lo hubiese ofendido.
Aún con todos sus defectos, Dante era el héroe.
Vergil sólo era un idiota más.
—Yo tampoco soy una damisela —a pesar de llevar la sangre de una sacerdotisa corriendo por sus venas. Lady se sacudió el cabello, sentándose en la cama para ponerse las botas—. Entonces… ¿no pensaste en salir de aquí después de que me dormí? —Siendo honesta, le sorprendía no estar tan nerviosa luego de haber tenido sexo con él.
Hablaban como cualquier otro día. Era demasiado anormalmente normal.
—No, más bien pensaba en ir a asustar a las abuelas del cuarto de al lado cuando empezaron a tener su propio encuentro fortuito —fingió admitir.
—¡Qué dices! —Exclamó Lady haciendo una mueca graciosa.
—¿Qué? —Preguntó con su cara estoica—. ¿Acaso las abuelas no pueden tener sexo lésbico?
—Cállate de una vez —espetó ella con un pequeño sonrojo sobre sus mejillas.
¿Acaso todos los miembros de la familia de Sparda nacían con ese sentido del humor tan retorcido? Lady al mirarlo de reojo bufó de solo pensarlo.
—Ya sabía yo que eso viene de familia —murmuró.
—¿A qué te refieres?
—A que necesitas visitar un maldito psiquiatra —bromeó poniéndose su última bota—. Realmente tienes algo mal en tu cabeza.
—Malos recuerdos de mi pasado, una mala relación familiar con mi propio gemelo, una larga sesión de torturas físicas y mentales en el Infierno, un intento por terminar el mundo como lo conoces y un infinito historial de muertos en mi haber; no sé por dónde quieres que inicie para empezar mi larga recuperación.
Riendo más de lo que debería, Lady puso una mano sobre sus caderas.
—Vámonos ya, tengo hambre.
—¿De nuevo? ¿Cómo es que conservas esa figura?
—Idiota —insultó ofendida—, no tengo idea de cómo sea para ustedes los demonios pero un humano debe comer por lo menos cinco veces al día —informó sin saber que Vergil conocía bien ese detalle.
Eva se alimentaba perfectamente y del mismo modo los trataba a ellos cuando su gemelo y él aún se toleraban.
—Eso no explica por qué la prisa.
—Mmm, no sé, quizás sea porque temo que me cobren una noche extra.
Levantándose para ir al baño a aliviar la vejiga y lavar su boca junto al rostro, Vergil entrecerró sus ojos cuando se volvieron a encontrar.
—¿Tanto te cuesta pagar doscientos yenes más?
—Ya sé que tú no necesitas de cosas mundanas —le gruñó—, pero nosotros los humanos necesitamos el dinero, queramos o no. Pero no te lo voy a negar, yo amo mi dinero.
Ambos salieron luego de que Lady se asegurase de llevar todas sus pertenencias con ella. Dado a que Vergil no tenía sus posesiones más valiosas a la mano además de la ropa, había abandonado la habitación completamente seguros de que lo único que habían dejado ahí eran un par de recuerdos de los que no iban a hablar esta mañana. Eso y la inexpresiva depresión de Vergil.
Para ella era curioso caminar, se sentía extraña y un poco adolorida de su entrepierna; cuando fue al baño y vio el papel higiénico con rastros de sangre procuró no tomarle mucha importancia. De hecho prefirió ignorar el detalle de la sangre en las sábanas y entre sus piernas. En cuanto despertó Lady había preferido actuar con normalidad a pesar de que le costaba un poco ver a Vergil a la cara luego de haber contemplado que no a todas horas era un idiota, sino más bien podía ser un tierno loco bien contenido.
¿Recordaría que ambos habían llorado en un cósmico momento de mutua debilidad o estaba ignorándolo igual que ella? No iba a juzgarlo si así fuese, ambos eran orgullosos a su modo.
Era difícil no sentir que las cosas eran iguales para ambos, verse a los ojos y notar cuánto se equivocaban por pensar así.
De verdad ella creyó que él la abandonaría, que se marcharía apenas ella cerrase los ojos para jamás volver. Pero ahí estaba, caminando a su lado con muchos ojos puestos sobre ellos, en especial varias chicas de distintas edades y aspectos, unas mucho más guapas que otras. Varias más atractivas que Lady. Provocativas. Sensuales. Risueñas. Tímidas.
Hubo de todo tipo para darle a entender a la cazadora que lo dicho por el híbrido fue verdad; tanta atención femenina no podía ser obra solamente de su atractivo ser.
De cualquier forma, Lady quiso tomar a todas las pervertidas que viesen a Vergil con ese descaro estúpido creyéndose sexys, amarrarlas con una cuerda y colgarlas juntas. Sabía que no debía sentirse con así, como si después de haber tenido sexo con él fuese su dueña o algo así. Pero a veces la lógica humana no tenía cerebro lo que le hacía difícil de manejar.
—¿Y a dónde planeas ir a comer? ¿A China? —Preguntó Vergil de pronto notando cómo Lady había dejado pasar varios restaurantes.
Ella parpadeó despertando de su repentino ataque de celos.
—No suena mal, ¿de cuánto dinero disponemos para ir a China por unos fideos y carne asada?
—Estás actuando raro —musitó continuando su caminata.
Verlo irse sin ella hizo que Lady suspirara y lo siguiera.
—Disculpa, pero aún no me creo que sigas conmigo —soltó ella. Lady no era una mujer que dijese verdades a medias, y que él no esté dando luces de querer irse la ponía nerviosa y no en un mal sentido.
—¿Por qué te cuesta tanto creerlo?
—Porque… no… —se llevó una mano a la cabeza tratando de buscar las palabras que necesitaba y no quedar como una idiota—. Sinceramente ni yo misma entiendo nada; pero supongo a que debo culpar a mi cerebro por creer en la regla popular referente a pasar la noche en un hotel con un hombre que no es tu pareja.
Más confundido de lo que admitiría, Vergil la miró. La siguió hasta una cafetería y se sentaron en una mesa alejada del resto de los clientes. Ella pidió un cappuccino sin azúcar y un panqué de vainilla con moras, y Vergil únicamente un vaso con agua fría.
—Oye tranquilo, si comes demasiado engordaras —advirtió Lady de forma irónica.
—Cállate. A diferencia de ustedes los humanos, nosotros los demonios podemos durar mucho tiempo sin comer sólidos. No es la gran cosa.
La linda mesera adolescente les llevó sus órdenes con una sonrisa brillante, cuando puso el vaso de agua enfrente de Vergil su mano tembló. Fue un poco cruel verlo ignorándola, mirando a Lady esperando a que ella terminase de decir lo que empezaron.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué? —Preguntó ella comiéndose el último trozo de panqué, dedicándose sólo a remojar sus labios con el café.
—¿Qué tienen las humanas con que un hombre se quede con ellas o no después del sexo?
Sinceramente Lady pensaba que jamás podría acostumbrarse a oírlo hablar del sexo con tanta libertad.
—Nada malo… creo.
—Creo, una mierda. Habla.
—¿Por qué el interés en saberlo?
—Desde que dejamos el hotel has caminado como un zombi —decretó—, y no como un zombi al que yo mataría sino como uno al que dejaría ir por mera lástima por lo jodido que se ve. ¿Qué pasa? ¿Te herí o algo salió mal? ¿Te ofende que no me haya quedado en la cama contigo?
Bebiendo café y mirándolo por encima de la taza, Lady trató de buscar respuestas a todas las preguntas formuladas; temía mucho terminar cada una de ellas con una frase hiriente o lo suficientemente ofensiva como para mandar a Vergil muy lejos de su perímetro.
—No tiene nada que ver —musitó acabándose el café, llamó a la señorita que miraba desde lo lejos junto a una de sus compañeras—. La cuenta, por favor.
Vergil la miró mientras Lady observaba a la camarera marcharse, torciendo un poco sus labios.
—Las mujeres son extrañas —dijo sin pensar bien en su frase.
Maldición, Lady no se veía nada feliz.
—¿Perdón?
—Nada.
—Nada, y una mierda. Dilo.
El último gramo de paciencia que el hijo de Sparda pudo haber tenido se fue al carajo.
—Qué no entiendo qué diablos te pasa y eso me irrita —gruñó entre dientes.
—No debería, la que está confundida aquí soy yo.
—¿A qué te refieres con eso de confundida? ¿Tú estás confundida? —Le importó poco que la mesera volviese con la bandeja donde traía la cuenta para ellos—. No me quedé contigo en la cama a noche porque pensé que eso te incomodaría o te haría desear pegarme diez tiros a la cabeza, pero ahora resulta que estuvo mal porque no sé qué estúpida creencia tienes en tu mente. Pero resulta que la primera mujer humana con la que estuve por poco me lanzó por la ventana de su casa porque no quería que un mocoso durmiese con ella.
—¿En serio?
La chica mesera se congeló dónde estaba con la pregunta "¿desean algo más?" atorada en la garganta. ¿Quién en su puto sano juico lanzaría a un hombre como ese por la ventana?
—Gracias —le dijo Lady a la chica haciéndola que se retirase.
Sacó de su cartera el dinero exacto y lo puso sobre la bandeja.
Vergil mintió. En realidad la primera mujer humana con la que había estado era la esposa de un reconocido Yakuza que, harta del pene jamás duro de su marido, salió a buscar diversión en un burdel donde Vergil estuvo ocasionalmente. Él jamás se había involucrado sexualmente con nadie cuando aquella mujer lo abordó. Rubia y despampanante, la fémina estuvo tocando su miembro todo el tiempo mientras aprovechaba que Vergil había estaba bebiendo desde hace 3 días consecutivos.
El mes en el que murió su madre era una época difícil para él, así que al joven híbrido de aquella época se le hizo muy sencillo dejarse llevar.
Esa mujer lo llevó a su casa, le quitó la ropa y lo montó hasta que quedó satisfecha. Por su estado de ebriedad y su condición de demonio, Vergil no encontró placer de ningún tipo con ella, algo que lo fastidió muchísimo. Así que importándole poco usó a aquella mujer hasta que la mató, ahorcándola, quebrando todos sus huesos y entrando en estado de locura absoluta por la excitación que le provocó matarla.
Por la mañana, el joven Vergil despertó en una cama sangrienta con pedazos de lo que antes fue una mujer esparcidas por todas partes. Después de limpiarse la sangre del cuerpo y recoger sus cosas, él mismo salió por la ventana.
El primer y último humano que Vergil mató en ese estado, desde entonces se ha mantenido lejos del alcohol.
Si Lady supiese eso… ¿entonces sí le dispararía?
Se levantó de la mesa siendo seguido por Lady, esta se reprendía por haber hecho el dilema más grande y hacerlo admitir algo que sin duda alguna le trajo malas memorias a la cabeza.
—Disculpa —le dijo; no había esperado que se detuviese.
Vergil se giró y la analizó de pies a cabeza.
—¿Por qué?
—Sólo… perdón.
Su madre, Kalina Ann, le había dicho una vez que a veces era mejor sólo pedir perdón y no decir exactamente lo que lamentabas. En ocasiones más valía simplemente disculparse y no traer más malos recuerdos. Aunque era bien sabido por la cazadora que un perdón no siempre arreglaba todo.
Había tantas cosas que Lady nunca esperó de Vergil, la más asombrosa de ellas, él la ejecutó sin miramientos.
El híbrido la arrastró hasta un callejón soportando sus quejas y jaloneos durante todo el camino y una vez ahí la besó con hambre desgarrador. Atrajo su cintura a la suya y aprisionó su cabeza ayudándose con la otra mano, Lady no pudo hacer nada más que poner sus manos en el firme pecho de él y saborear su deliciosa decadencia nuevamente.
Gimió cuando Vergil bajó la mano que tenía agarrando su cintura hasta su trasero y la alzó para que ella subiese sus piernas alrededor de él. Gimió entre el beso otra vez cuando éste metió su lengua adentro de su boca e incitó a la suya a moverse, era una sensación extraña, electrizante, pero condenadamente excitante.
En respuesta Lady apretó el agarre de sus piernas sintiendo su dureza aún por encima de la ropa, sujetó ambas mejillas de Vergil y acarició sus pómulos. Él alejó su rostro del suyo rápidamente y la miró con un brillo peligroso sobre sus ojos.
—Debo alejarme —la besó nuevamente, dándole una atrevida embestida—, o definitivamente vas a cojear.
Su tercer beso fue arrebatador, advertía la veracidad de sus palabras. Oh qué rayos, sólo se vivía una vez.
—Creí que eras tú el que había sido maldecido —está vez fue ella quién unió sus labios a los de él, llevando sus manos hasta su nuca, acariciando su melena—. ¿Cómo es que puedes seguir deseándome?
—Estoy maldito. Porque siempre deseo lo que no debo tener —empezó a besar su cuello con desesperación—, me gustas. Tu aroma, tu piel —la pared lo ayudó a mantenerla en el aire mientras bajaba ambas manos al trasero de Lady y apretaba sus glúteos—. Quiero mucho más de ti.
—Vergil —suspiró dejándole paso libre a su pecho cubierto por la ropa.
—Por favor, déjame tenerte una vez más.
Extrañamente excitada por esa petición tan desesperada, Lady asintió y dejó que Vergil le tapase los ojos con una mano y la soltase para darse cuenta que estaban en una de las paredes de su bodega.
Llevándole el ritmo lo mejor que pudo, Lady y Vergil compartieron besos cada vez más acalorados; ella lo incitó a bajarla para poder tomarlo de la ropa, quitándosela. Primero la capa, después la chaqueta de cuero negra y al final la playera de manga larga color blanco.
Respirando agitados con las narices juntas y sus labios rozándose, Lady pasó sus fríos dedos por cada músculo de sus brazos y torso; delineó con tacto cada parte de su pecho hasta bajar al botón del pantalón, el cual ella misma desabrochó, alzando la mirada y volviendo a unir sus labios con los de él.
Sin dar tregua, Vergil hizo el mismo procedimiento con Lady; le quitó la capa, el suéter y la playera, con maestría desabrochó el brassier para poder sostener los pechos de ella y amasarlos como quiso hacerlo. Rápidamente pasó sus pulgares sobre los pezones, irguiéndolos hasta el dolor.
A Lady se le hizo agua la boca cuando decidió que no iba a dejar ganarle el control total esta vez, metiendo la mano adentro de sus pantalones y acariciando su miembro erecto por encima del bóxer. Subió y bajó como pudo debido a que Vergil aún tenía puestos los pantalones, sin embargo estaba demasiado contenta con lo que tenía que no puso excusas cuando él le habló sobre intentar una postura interesante.
Con las piernas temblorosas como gelatina, Lady no puso objeción cuando Vergil con sólo sus pantalones desabrochados, bajó los suyos junto a su ropa interior y la posicionó de tal modo que pudiese sentarse sobre sus hombros, pegada de espaldas a la pared.
Se dio un golpe fuerte en la cabeza cuando él dio unió la boca a su intimidad y lamió con descaro. El dolor no fue nada comparado con el placer que sintió.
—Tiemblas más que ayer —musitó regresando a lo suyo.
Oírlo succionar su clítoris y más aún, sentirlo, fue la perdición para Lady. Ella intentó recordar la petición que él le hizo con respecto a su cabello, así que por eso puso las manos sobre sus propios pechos y los apretó, aruñó y amasó imaginando las manos de este magnífico ser en vez de las suyas.
Quizás Lady lo olvidó, pero no había podido limpiar los residuos de sangre de la noche anterior de sus piernas. En otra época ver esto habría hecho que su libido bajase considerablemente y mandar cualquier intención de tener sexo por la borda, sin embargo mientras estuvo preso en la guarida de Katherine… bueno, fue obligado a hacer cosas tan repulsivas y humillantes que esto no fue ningún inconveniente.
Además, sería un poco hipócrita quejarse por la sangre si él no tenía problemas en beberla. Era algo asqueroso si se ponía en ese contexto pero qué demonios, él no era un maldito humano y no empezaría a actuar como uno si no había necesidad para ello. Aunque tampoco era como si alguna vez hubiese tenido la necesidad de aparentar ser un hombre mortal.
Así que aprovechó cualquier movimiento que ella hiciese para ir más profundo de su cuerpo usando la lengua, oyéndola rendirse ante sus habilidades. Al momento en el que Vergil alzó la vista hacia Lady y la encontró estimulando sus propios senos con esa violencia tal que él sintió que llegaba al orgasmo. No podía ser posible que esta humana tuviese una línea tan directa con su placer; le costaba aguantar las ganas que tenía de enterrarse en ella hasta la empuñadura y arremeter con todas sus fuerzas. Podría hacerle daño si llegaba a perder el control, pero en serio le costaba retener ese instinto en su interior cuando ella gemía de ese modo tan sensual su nombre pidiéndole no parar.
Lady soltó un grito fuerte, golpeando la pared con sus palmas cuando finalmente alcanzó su límite, Vergil bebió hasta lo último que pudo antes de dejar el cuerpo relajado de su amante en el suelo con cuidado.
Agotada y completamente sudorosa, Lady vio cómo Vergil, arrodillado aún frente a ella bajaba la cremallera del pantalón y se levantaba para quitárselo junto a sus bóxers y sus zapatos (los cuales volaron junto a los suyos).
Hasta la noche de ayer Lady no había contemplado la anatomía de un hombre desde este ángulo, pero dudaba que algún día pudiese encontrar a un prospecto tan bien parecido como lo era Vergil. Musculoso pero con una silueta delgada, espalda y hombros anchos, brazos largos y un extraordinario miembro masculino que estaba despierto por ella, largo y lo suficientemente ancho como para volverla loca.
Alzó sus brazos hacia él, abrazándolo por el cuello, luego sintió que su humedad aumentaba mientras Vergil acariciaba su longitud con sus propias manos, lubricándolo sin dejar de mirarla a los ojos.
La alzó, agarrándola de los glúteos y la hizo rodear sus caderas nuevamente.
—Sostente —le dijo con la voz ronca.
Perdida en sus movimientos, Lady permitió mansamente que él entrase en su cuerpo con lentitud. Cada centímetro era como sentir fuego en su vientre, dolía un poco pero sabía que acabaría acostumbrándose. Ambos soltaron un suspiro al estar completamente unidos. Las embestidas de Vergil iniciaron suaves, sin salir mucho de ella para volver a entrar.
—Intenta moverte también —le dijo ayudándola con sus manos, a encontrarse con sus caderas cada vez que él entraba—, sí, justo así. Lo haces muy bien, Lady.
El sonido que hacían sus pieles y sus intimidades al chocar le excitaba. El firme cuerpo de su compañero lo hacía aún más y oírlo decir su nombre entre suspiros y gruñidos era inmensamente erótico para ella.
—Puedes… moverte… más… s-si… qu-quieres —pidió Lady entre gemidos, abrazándolo fuerte con los dientes y ojos cerrados.
—Paciencia, primero debo hacer que te acostumbres a mí —aumentó un poco el ritmo más no la fuerza—. No quiero lastimarte.
—No lo harás —musitó a su oído con la voz entrecortada por los movimientos de Vergil—, resistiré. Lo prometo.
Sonriendo, tentado a caer en la oferta, Vergil se detuvo.
—Oye, ¿qué…?
Las quejas de Lady murieron en el instante en el que Vergil se pegó más a ella y se ayudó de sus dedos para abrir los labios vaginales y poder adentrarse con más ímpetu, salir un poco más y arremeter con más fuerza.
—Sí —murmuró Vergil—, a esto me refería.
Las acometidas hacia su cuerpo hacían que Lady se arquease su espalda, dándole a Vergil la oportunidad de saborear sus pechos de nuevo. Por mucho que él hubiese querido usar todas sus fuerzas como su instinto se lo exigía, se vio obligado a contenerse por el bienestar de Lady. Adentrándose tanto como su autocontrol se lo permitía, Vergil se esmeró por satisfacerlos a ambos.
Fue difícil, más no imposible.
Al culminar, él tuvo que reprenderse por haberlo hecho en el interior de Lady, ella acabó temblando en sus brazos posiblemente ignorante de ese hecho. Vergil rogó porque sólo fuese su paranoia.
Al no tener una cama cerca usaron las capas en el suelo para recostarse, esta vez Lady se aseguró de mantener a Vergil consigo agarrando su mano. Este, atrás de ella y con un brazo encima de su estómago, miró preocupado el cabello oscuro, esparcido sobre las prendas.
Una parte suya se preguntaba furiosa cómo carajos se había atrevido a repetir un acto que debió haber quedado en una ocasión única y ya. Otra se sentía satisfecha y feliz por no haber sido rechazada. Es más, el calor que le ofrecía el cuerpo de Lady fue tan ameno que no tardó en quedarse dormido.
—Fin de la Misión—
¡He decidido acabar el fic hoy!
Tengo algunos proyectos nuevos y no quisiera dejar este fic en el olvido. Quisiera disculparme por las faltas ortográficas que puedan presentarse; si se me da la oportunidad, editaré el fic a modo de que quede perfecto, mientras tanto les dejo con lo que inicié el año pasado y terminé el año pasado aunque lo termine aquí y en Wattpad hoy.
¡Gracias a todos por leer!
:D
JA NE! ;)
Si quieres saber más de este y/u otros fics, eres cordialmente invitado(a) a seguirme en mi página oficial de Facebook: "Adilay Ackatery" (link en mi perfil). Información sobre las próximas actualizaciones, memes, vídeos usando mi voz y mi poca carisma y muchas otras cosas más. ;)
