-Yo, Rufus Scrimgeour, representante del Ministerio de Magia Inglés y en el nombre del Ministro del mismo, Cornelius Fudge, me llevo a la señora Ikkuko Harada a juicio y post-des memorización, al ser un ente sin una gota de magia, acusada de secuestro hace casi catorce años atrás, de la señorita Serenity Lilian Potter de su país de origen, para reunirla con sus familiares: la familia Dursley y su hermano, Harry James Potter. – el hombre con melena de león, habló solemne, mientras hacía un movimiento de mano junto al palo de madera, de donde mágicamente salieron unas cuerdas, apresando a la peli azul.

-¡No! – exclamó Serena, en un grito desgarrador. - ¡Venus!– ordenó la rubia que no estaba transformada. Al instante, el tal Rufus soltó el palo de madera y quedó bajo las cadenas de la chica.

-¡Tonks, has algo! – ordenó sintiéndose débil. - ¡Ahora! – miró con fiereza a la peli violácea.

-Ni, te atrevas. – al instante, Mars la apuntaba con su saeta llameante, cerca de su rostro. La chica de pelo violáceo, guardó su varita, con un semblante lívido.

-¿Y tú? – Júpiter apuntaba al de cabello castaño con sus Sais, unas pequeñas líneas distorsionadas blancas, mini truenos, como Mina los llamaba, rodeaban las puntas de éstas.

-No haré nada. – dijo con tranquilidad. Y Serena reconoció su voz. La electricidad se hizo presente en los puños de la senshi.

-Espera, Júpiter. – la detuvo, mirándolo fijamente.

-¿Quién es la niña más hermosa del mundo, ah? ¿Quién es? – jugueteó una voz graciosa delante de ella. Dos enormes ojos color miel, alcanzaba a ver la niña de tres años, a la vez de que mechones de cabello color castaño claro se posaban sobre arriba de las cejas del mismo color. - ¿Cómo has estado, Serenity?

-¡Bien, padrino! – le respondió con alegría. - ¿Quieres de mi chocolate? – preguntó tendiéndole una porción del suyo.

Como un golpe fuerte para su cabeza, el recuerdo resonó en su mente, aturdiéndola. Sonrió levemente.

-¿Cómo me encontraron tan rápido? – le preguntó arqueando una ceja. – Creí que, mínimo, me encontrarían unas semanas antes de mi cumpleaños número diecisiete, cuando ya me encontraba en Inglaterra. – explicó con tranquilidad.

-¿Serenity? – volvió a preguntar él. - ¿Eres tú?

-Lo soy. – admitió ella. – pero prefiero que me digan Serena, al igual que mi hermano Sammy, mi madre, mis amigos, y mi prometido. – ella frunció el ceño. – Mercury, avísale a Endimion que mi pasado se avecinó antes de tiempo, pero que eso no cambia los planes de ir en un mes hacia Londres.

-Sí, princesa. – la peli celeste de cabello corto, usó el teléfono que había en la cocina para la orden de la rubia.

-Ahora, - Serena se acercó a un atado Scrimgeour. –sí, iré a Londres, pero no ahora. – se determinó. – aquí, la ciudad de Juuban y todo Japón ha entrado en paz después de una guerra que casi acaba con el mundo entero, por lo que quiero un poco de esa paz. ¿Pueden hacerlo? – se dirigió hacia su recién re-encontrado padrino.

-Por mi parte, no hay problema. – el hombre parecía no saber qué hacer. – tuve que esperar casi catorce años para volver a verte, no pienso cometer una equivocación. – un brillo pasó por sus ojos.

-Remus… - le llamó la de pelo violáceo. El hombre negó con la cabeza, a la vez que Lita noqueaba al encadenado. – Que buen golpe… - susurró la chica, para después sonreír.

-Endimion está al llegar, recién sale de sus clases en la facultad. – informó Sailor Mercury.

-Gracias, Amy. –agradeció la rubia. Serena miró a su madre, quien se veía liberada de las cuerdas que la habían apresado. – Supongo que el Ministerio es tan tonto como para no tener en cuenta mi opinión, ¿Verdad? – ironizó ella.

-Lo está. – aseguró la chica del pelo violáceo.

-Nynmphadora… - le advirtió el padrino de Serena. Ella se encogió de hombros.

-No me llames así. – apretó los dientes.

Venus sostenía con fuerza la cadena dorada que apresaba al representante del Ministerio de Magia Inglés, mientras que la sala se cubría en silencio. Tomando la mano de su madre, Serena caminó hacia la ventana que daba a la calle, justo cuando un auto rojo y un descapotable amarillo muy conocidos se estacionaban frente a la casa.

-Parece que las Outers estaban con él en el momento de tu llamada, Mercury. – comentó la futura Neo Reina del mundo. – Neptune y Uranus, tan sobreprotectoras como siempre.

En segundos, Darien y las Outers sin transformarse, estaban en la sala, uno a uno, mirando a los desconocidos. Serena, en un susurro, le explicó a los recién llegados quién era el encadenado, que ahora estaba desmayado por un golpe de Júpiter.

-Sus nombres. – Ordenó Haruka con desconfianza.

-Remus Lupin, - el de pelo castaño habló al instante. – padrino de Serenity Lilian Potter y mejor amigo de sus padres.

-Tonks… - Remus carraspeó. – Bueno, bueno... - bufó ella. –Nynmphadora Tonks, Auror del Ministerio de Magia Inglés.

-princesa, - le llamó Michiru. - ¿Qué hará?

-Un acuerdo. – suspiró ella. – tendrás que ayudarme, Endimion. – se dirigió a Darien. Su rostro profesaba preocupación e incertidumbre.

-Ni lo dudes. – dijo sin titubear. – Mamá Ikkuko, ¿Se encuentra bien? – en sus ojos, la preocupación había aumentado.

-Estoy bien, querido. – le tranquilizó, sin separarse de su hija.

-Yo… - Remus Lupin empezó a hablar.

-No, -le paró Serena a Haruka. – déjalo hablar, es parte de mi familia. – eso hizo sonreír levemente a él ojimiel.

-yo solo… quería… agradecer… - miró a Ikkuko. – Yo no hubiese podido cuidarla. – agachó la cabeza. – ni el padrino de su hermano, tampoco, por lo que me alegro que hayas terminado aquí, donde encontraste tu vida, ¿No? – ella asintió, sonriendo. – y no en casa de los Dursley: ellos odian lo que somos, y lo que tu madre fue. – eso hizo preocupar a la rubia.

-¡Lo sabía! – Serena se alteró. - ¡Yo tenía razón! – se angustió, mientras posaba sus manos en su pecho. – Ellos maltrataron a Harry, ¿Verdad? – Darien la rodeo con sus brazos, viendo que empezaba a derramar lágrimas. – Dime, Remus… dime por favor.

-Yo… - el hombre-lobo cerró los ojos, apretando los puños. – la historia es muy larga para contarla por la ligera… y… en estos momentos, Harry enfrenta un dilema… demasiado grande.

-¿Dónde se encuentra? – se atrevió a preguntar Ikkuko, igual de angustiada.

-En Hogwarts. – contestó son vacilar. – él está seguro, pero a la vez en riesgo. – eso, tomó por sorpresa a todos.

-¿Cómo es eso? – interrogó Darien. Remus, percatándose, lo miró tres segundos, analizándolo.

-¿Han oído hablar de… el Torneo de los Tres Magos? – preguntó con cautela.

-¿Cómo? – Serena se impresionó. – Dime que no entró en él, padrino. Dímelo por favor. – suplicó ella. - ¡Han muerto alumnos en él! – exclamó con angustia. Esa información despertó un instinto de protección en todos, hacia el desconocido hermano de Serena.

-No, él no lo hizo, pero fue alguien que lo quiere ver muerto. – explicó con seriedad. Ante tal semblante, Ikkuko hizo sentar a todos, mientras escuchaba la historia por boca de la criatura. Serena temblaba, casi en un ataque de nervios.

Harry… su pequeño hermano, en peligro. Apretó los puños, a la vez que cerraba los ojos.

-… creemos que puede lograrlo. – trató Remus de animar a Serena. – lo están ayudando sus amigos, saldrá adelante. – posó una mano en la mesita ratona. – yo confío en él, como confiaba en tu madre y en tu padre.

-Quiero estar en contacto contigo, Remus. – habló ella, después de un silencio. – por lo menos, hasta que yo misma viaje en un mes. ¿Puedes hacerlo?

-Claro. – sonrió él. - ¿Te gustan las lechuzas?

-Sí. – dijo sin entender, al igual que al resto.

-Nosotros, los magos, usamos las lechuzas como método de comunicación. – Explicó con una sonrisa. - ¿No tendrás problema?

-No, pero puedo acostumbrarme rápido. – coincidió, mirando a sus amigas y a su prometido. Los demás le sonrieron.

-Tengo una duda. – Remus se paró, mientras ataba con magia a Rufus y le indicaba a Tonks a que saliera. - ¿No estás muy grande para jugar a ser la Princesa de la Luna? – los demás sonrieron.

-No estoy jugando. – su semblante se tornó serio. – Soy la re-encarnación de la princesa Serenity, de la luna, portadora del cristal de plata, y ellas, - apuntó a las Inners y a las Outers. – son las guardianas del sistema solar interno y externo. Ellos, - apuntó a los gatos que habían presenciado todo. – son los guardianes de la que fue mi madre, la Reina Serenity: Artemis y Luna.

-Un gusto. – hablaron con seriedad. Remus miró a los gatos, que habían hablado, con escepticismo, y sin creérselo.

-Y tú… - Remus le habló a Darien, dudoso.

-Darien Mamoru Chiba, - el prometido de la rubia, hizo una reverencia. – re-encarnación del príncipe Endimion, de la Tierra, portador del cristal dorado. – ante eso, Remus quedó sin palabras.

-E… entonces… no es un mito… - miró otra vez a Darien. – El cristal dorado y el cristal plateado son reales. – ante eso, los príncipes centraron su energía, sacando a relucir cada cristal, maravillando al Inglés. – Ah… Prefiero guardármelo para mí, - se susurró a sí mismo, pero se escuchó en toda la sala. – sino, Dumbledore querrá iniciar una investigación. Escúchenme, - le habló a la pareja. – jamás, jamás muestren esos cristales en Inglaterra.

-Lo sabemos. – contestaron ellos, haciéndose uno con cada cristal. – Hemos vivido en carne propia lo que es que quieran que te arrebaten esto. – le dijo Serena.

-Entonces, nos iremos, y…

-Espera, Remus. – le paró Serena. – Darien, has el documento explicando lo que yo deseo, como legítimo dueño de la Tierra ¿Lo harías? – lo miró con ternura. Él se limitó a sonreír, mientras tomaba un pergamino y una pluma que Remus le tendía, él lo miró con confusión.

-Es obligatorio, - explicó el hombre-lobo. – El Ministerio no acepta nada que no sea un pergamino escrito con tinta de una pluma.

-Está bien. – accedió él. Y, con seguridad, empezó a rasgar el papel, bajo la mirada de todos, menos, de un desmayado Scrimgeour.

Quince minutos, después, Darien terminaba de escribir, firmando la parte final de la hoja, para después, pasándoselo a Serena, quién también firmó. Como finalización, los dos, se hicieron una pequeña herida en sus dedos índices, marcando respectivamente al final de su firma. En todo ese momento, la rubia princesa no respiró, temiendo marearse.

-Nos veremos en un mes. – Se despidió el castaño, dando una reverencia, al igual que los otros dos. Tomó a Scrimgeour de los brazos, y, dando media vuelta, desaparecieron los cuatro, para desconcertó de casi todos.

-¿Qué pasó? – preguntó Mina, con la boca abierta.

-Es un método para transportarse. – explicó Serena, sentándose, y viendo como las Inners deshacían sus transformaciones. – según uno de los libros que mi mamá me dio, en las primeras veces, uno se marea, y llega a vomitar. – hizo una mueca. – yo seguro llegaría a hacerlo.

-¿Y ahora qué? – preguntó Rei.

-Tiempo al tiempo, y disfrutar, ¿No cree, princesa? – habló Setsuna, que había estado callada desde que entró, junto a Hotaru y Sammy.

-Lo creo, Setsuna… - suspiró, recargándose en su prometido. – Lo creo.

-…-

Tres semanas después…

-Así que… - Serena tragó saliva, pensativa. - ¿Yo era parte de las protecciones del palacio? – entonces, el cántico junto con el violoncelo eran para fortalecerlas. Se dijo a sí misma.

-Así es. – dijo Artemis. – y esas protecciones se debilitaban cada seis meses, por lo que eso fue el porqué Metallia atacó el Impero, había ordenado atacar cuando tú estaban a punto de iniciar a fortalecer las protecciones, aprovechando que estaban bajos en ese recurso. – La expresión del gato blanco era de nostalgia y tristeza, mientras bajaba sus orejas. – Necesitaron tan solo un golpe para empezar a atacar, matando a todos, uno por uno a su paso.

-Lo que yo hacía está muy nebuloso, pero recuerdo la melodía. – Serena jugó con sus manos, mientras todos, su madre, sus senshis, tanto Inners como Outers, su prometido y los novios de las Inners la observaban. - ¿Crees que tenga que recordarlas antes de que se inicie Tokio de Cristal?

-Por lo que sé, - habló Setsuna. – Es mucho más sólido que eso. Nunca comprendí ese campo que cubre el castillo de cristal. – la guardiana de las puertas del tiempo hizo una expresión de culpa. – es algo que Sailor Mars, los reyes y Sailor Saturn se encargaron personalmente.

-Es interesante… - se asombró Artemis, animándose un poco, y yendo hacia la falda de la princesa. – Ni la propia diosa Selene pudo con algo como eso a tal grado de magnitud.

-A mí también me sorprende - coincidieron las reencarnaciones de tanto los príncipes como las Sailors.

-No quiero aguar la charla, pero… - Nicholas se levantó del lado de Rei. – Tengo práctica con mi maestro, y si no voy, tendré que hacer entrenamiento toda la noche.

-Habla en serio, chicos. – dio una preocupada Rei, al ver que todos reían disimuladamente. Eso cayó a todo el mundo, mirando con preocupación al aprendiz del Templo.

-Yo también tengo que irme. – Hablaron Andrew, Darien y Richard, con pena. – Yo tengo que ir a las prácticas. – dijo el futuro médico, dirigiéndose a las dueñas de la casa. – y esa va a ser esencial para qué pueda hacerlas cuando estemos en Inglaterra.

-Yo tengo que buscar a mi hermana al aeropuerto. – Anunció Andrew, mientras palpaba la cabeza de Lita.

-Necesito ir a hacer unos trámites que me dejaron mis padres, todo junto. – Richard se estremeció de solo pensar la pila de papeles. Amy rió con un leve sonrojo.

-No importa. – sonrió Serena, un poco entristecida. – Hagan lo que tengan que hacer, y se esfuerzan, ¿Está claro? – eso hizo reír a los hombres. Serena besó la mejilla de su prometido, y lo dejó ir por unas horas, mientras que Rei y Lita hacían lo propio con sus parejas.

-¿Qué se suponen que harán, ya que no estamos para controlarlas? – bromeó Andrew.

-Cosas de chicas. – contestó la madre de Serena, yéndose a la cocina.

-Nos vamos. – anunciaron los cuatro jóvenes, saliendo de la sala. Las chicas, suspiraron, mientras que volvían a sus sitios.

Haruka observó el techo, pensativa. Lo que Setsuna había dicho era algo que no podía imaginar. ¿Tan fuerte serían las protecciones del reino? A lo lejos, la voz de Michiru se escuchó a su lado, iniciando una charla que ella no entendía, por no prestar atención.

El murmullo llamó la atención de Tenô, sacándola de sus pensamientos.

-¿Ya sabes cómo será el estilo? Más o menos… - habló Ikkuko, mientras ofrecía el té helado. – Será blanco, no lo dudo, pero…

-No lo sé… - Suspiró la chica. – Eso prefiero verlo dos meses antes o en un mes antes… - Serena se ruborizó. – no lo quiero ajustado, eso lo tengo decidido.

-¿Con tan poco tiempo? – Se sorprendieron las demás. Haruka miraba sin entender. – El vestido que usarás tiene su tiempo, Serena. – apuntó Michiru, sorbiendo un poco de té.

-Claro que lo se… pero prefiero esperar un año después de que Darien se especialice. – se sinceró ella. – Además, tengo un presentimiento… - guió sus manos hacia su pecho. – y me preocupa. – cerró los ojos.

-No te preocupes, - le consoló Amy. – si pasa algo, sabremos enfrentarlo, ¿Cierto? – le preguntó a las demás.

-Claro que sí. – exclamaron como si fuese una ofensa.

-Ah… - Serena suspiró, para después sonreír. – gracias, chicas.

Después, las diez mujeres charlaron amenamente hasta entrada la noche, donde en ese preciso momento, Sammy entraba con aire ausente.

-Sammy. – le llamó su madre, mientras recogía los vasos de té y los platos usados en la sala. - ¿Preparaste tus maletas para la semana que viene? – al mismo tiempo, una lechuza gris y blanca cruzaba la ventana, para posarse en la mesta ratona. - ¡Hala! – exclamó Ikkuko, mirando el animal. – Hija. – le indicó a la rubia, quien la tomó enseguida. La lechuza se quedó en el lugar, quizá esperando la contestación. – Sammy. – se volvió la matriarca, analizando a su hijo.

-Hoy termino con ellas, mamá. – dijo sincero y con solemnidad. Hotaru sonrió, mientras que, al instante, se ruborizaba por ello. – Iré ahora. – y cruzó la escalera.

Serena, con los labios apretados, desenrolló el pergamino y leyó su contenido, mientras que sus guardianas personales, lo hacían al mismo tiempo sobre sus hombros. Casi todas, Mina y Serena, no entendieron la carta, ya que era en inglés.

Serenity:

Hay buenas y malas noticias.

La primera, en el torneo hubo complicaciones tanto para tu hermano como para un compañero casi tres años mayor que él.

Cedric Diggori, alumno de último año, ha muerto a manos del traidor de tus padres. Cuando llegues en una semana, te sabré explicar mejor las cosas con tu hermano en frente.

Mientras tanto, apenas termine el curso, en junio, él irá con tu tía Petunia durante un tiempo. Tendrás la obligación de ir a visitarla y mantenerte informada un poco de lo que sucede, a nuestro pesar.

La segunda, que es la buena, el Ministerio de Magia Inglés, accedió a los pedidos tuyos y el de tu prometido. Me han enviado una misiva, en la que ponen que tendrás que presentarte allá para que empieces tus cursos de magia faltantes, y que compres tu varita mágica, tus libros, y tus instrumentos. Hasta que no entres en tu último año en Hogwarts, mantendrán tu existencia en secreto. Y eso, incluye tu hermano, quien no sabe nada al respecto.

Te tengo que dar un alago sobre cómo tu guardiana, creo que era Júpiter, ha noqueado a Scrimgeour. Felicítala de mi parte.

Ya hemos organizado una vigilancia en torno a Privet Drive N° 4, es la casa de tu tía, para cuando Harry esté allá.

Quisiera saber por cuánto tiempo te quedarás aquí.

Cariños,

Remus Lupin, tu padrino.

Extrañamente, debajo de su firma, una mancha en forma de huella de perro se posaba como decorado. Eso, sin saber porqué, le causó gracia.

-No entendí. – Dijeron las demás. A grandes rasgos, Serena explicaba, con mucha preocupación, lo que relataba la carta, quedando solo la expectación ante los "instrumentos" que ella necesite.

-Supongo que es obligatorio hacer todas esas cosas. – Serena contorsionó su rostro en muecas extrañas. – el lado positivo, es que estudiaré con Harry, adelantada, pero con él. – Miró, por unos segundos, a las Inners. - Creo que tendré que solicitar que ustedes me acompañen, porque, viendo como están las cosas, las necesitaré.

-Y nosotras no discrepamos. – le dio Rei, con dulzura. – primero, el bienestar de nuestra mejor amiga y princesa, luego, nosotras. – y un coro de "Exacto", le siguió de parte de las demás Inners.

-Serena, - le habló Michiru, haciendo una línea con las otras tres. – Nosotras estaremos aquí, no podemos cambiar a Hotaru de colegio, y necesitamos velar por la ciudad. Pero te apoyaremos desde aquí. – Serena volvió a mirar la carta, releyéndola.

-Me pregunto qué será de la historia de él… - dijo en voz alta, para sí misma.

-Eso, - le dijo su madre, tomándola de los hombros, y levantándole el rostro. – está por verse en una semana. – y todas, le sonrieron.

-…-

-… no, no tendré problema en redactar otra acta. – le sonrió a su prometida, levemente preocupado. - ¿No te asusta un poco? – se atrevió a preguntar.

-ni en lo más mínimo. – le contestó ella, sin titubeo alguno. – para cuando cumpla los diecisietes, en unas semanas, ya podré abogar por Harry, y sacarlo de la casa de mi tía. – al pronunciar ese puesto de familia, frunció la nariz. - ¿Porqué siento que la futura visita a Petunia Dursley no me agradará en lo más mínimo?

-Te voy a acompañar. – le consoló Darien. La abrazó, mientras ella se acurrucaba en su pecho.

A solo un día para irse, hoy, Serena se encontraba en el departamento de Darien, en la sala, debatiendo sobre lo que podría estar pasando en Inglaterra, desparramados en el sofá del piso.

-Ya, mañana, a esta hora, estaremos camino hacia Londres. – susurró Serena, adormilada. – Hoy al medio día, le mandé la respuesta que recibí a principio de semana a mi padrino. No supe que responderle, solo que… era mejor que lo explicara cara a cara, cuando lleguemos, y le apunté a qué hora llegaremos en el aeropuerto. No sé… que es lo que haré cuando tenga que mirarlo. – la rubia, asustada, se aferró más al pelinegro. – aparte, no veré a las chicas hasta mi cumpleaños.

-Estaré ahí. – Darien la obligó a mirarlo, estando peligrosamente cerca. Apoyó su frente sobre la de ella, haciendo que sus narices se rozaran. – No tienes por qué preocuparte. – sus ojos mostraban un brillo especial, solo para ella, mientras se acercaba para besarla unos segundos. – Además, ellas dijeron que iban a llamar todos los días, turnándose las ocho, ¿No?

-Sí, sí, lo sé, - suspiró ella, dejando caer su cabeza en su pecho. – pero no será lo mismo, mi amor… - Darien sonrió, jugando con sus cabellos.

-Mejor anímate. – le dijo él, sin dejar de jugar. – Estarás ocupada, y conocerás a tu hermano, Serena. – dejó los rizos dorados quietos, para mirar al techo, y suspirar.

Agudizando el oído, pudo apreciar, que la respiración de Serena se había hecho lenta y pausada. Volteo su rostro para apreciar al ángel (así lo clasificó él) durmiendo sobre él, con el rostro lleno de incertidumbre, pero en paz. Estabas cansada, princesa. Pensó él, acariciando su rostro. Duerme, preciosa. El ojizafiro le besó la frente, tratando de alzarla, y llevarla a su alcoba. ¡Bueno! Dormiré en el futón… Se resignó encantado, mientras tapaba a su prometida y sacaba una manta para él.

Se tumbó de lado hacia su princesa, mientras que usaba su propio brazo de almohada. Tienes que luchar, igual que siempre, como lo has hecho hasta ahora. Y, poco a poquito, su lucidez fue mermando, para ceder paso a la magia de Morfeo, siendo así, que la imagen de una rubia durmiendo angelicalmente la última que vio esa noche.

-…-

A la tarde-noche del otro día, a lo lejos, el ruido de un avión despegar sonó levemente entre doce personas. Cuatro de esas doce, estaban a punto de abordar un avión.

-¡Te extrañaré, Sere! ¡Mucho, mucho, mucho! – Como no, Mina encerró a Serena en un casi asfixiante abrazo, haciendo que los demás riesen por lo melodramática.

-¡Hey! – ella le palmeó la espalda, sonriendo. - ¡Nos veremos en dos semanas! ¡Y llamaran todos los días! – estaba a punto de lanzar una carcajada, pero la contenía mordiéndose el labio inferior. - ¡Por Dios, Mina! ¿No puedes ser un poquito menos melodramática? – dijo en un rin tintín.

-Es que no sería Mina, Sere. – dijo Lita, riendo.

En los parlantes, la última llamada para tal número de vuelo con destino a Londres, Inglaterra, avisaba a los pasajeros de esa meta.

-Vamos, hija. – le llamó Ikkuko, mientras se agarraba el brazo de Sammy. – Ya nos tenemos que ir.

Serena, con un pequeño dolor en el pecho, sabiendo que no sería por mucho tiempo, se despidió de sus amigas y guardianas, encargándole a Mina que le diga a Artemis que cuide de Luna, ya que no quería agobiarla en la parte de atrás del avión.

Sonriéndoles a todas, se volteó para aceptar la mano que Darien le ofrecía, mientras éste inclinaba la cabeza, en señal de despedida, y, los cuatro, se perdían en la terminal.

Serena, tan nerviosa como preocupada, no pudo pegar un ojo en esas seis horas de viaje, por lo que solo veló del sueño de su prometido, quien parecía un niño cuando entraba en los dominios de Morfeo. Sin resistirse, y antes de que avisen que iban a aterrizar, la rubia pasó una de sus delicadas y finas manos en el cabello del pronto médico, para después, guiarla hacia su rostro, haciéndolo removerse sobre sí, y despertando. En la falda de él, un libro de su facultad, abierto a la mitad, descansaba boca bajo.

-No dormiste. – De inmediato, Chiba frunció el ceño, mientras capturaba la mano de la chica. De fondo, el suave respirar de Ikkuko y Sammy, se oía detrás de ellos.

-No pude. – confesó mientras le sonreía. – Además, me encanta verte dormir. – la joven rubia se recostó en su hombro.

-A mí también me gusta verte dormir. – le susurró él, en su oído. Serena se estremeció ligeramente, arrancándole una sonrisa al joven. Segundos después, se escuchaba al piloto que daba aviso de la turbulencia por aterrizar en destino. - ¿Ni siquiera te sacaste el cinturón? – rió él.

-Mi madre y Sammy tampoco lo hicieron. – se defendió ella. – es la primera vez que viajamos Sammy y yo.

-Está bien, no digo más. – Serena se puso derecha, tomando una mano de Darien, y posando la otra en el posa brazos del otro lado.

Serena contó mentalmente los segundos de esa turbulencia de aterrizaje, con solo el recuerdo de un pequeño Harry, jalándole los cabellos. Sonrió ante eso, para tranquilidad de Darien.

-Un beso por tus pensamientos. – le susurró al instante. Ella, sin preverlo, lo miró sorprendida.

-Recordaba a Harry, - admitió apretándole la mano. – lo único que recuerdo de él, es su cabello, tan desordenado como el de mi papá, y los ojos verdes como esmeraldas, iguales a los de mi mamá Lily. – Le sonrió, e hizo un ligero puchero. - ¿Y mi beso? – Darien rió, concediendo lo pactado hace segundo atrás.

Media hora después, los cuatro, con sus maletas en un carro, se transportaban a las calles de Londres, donde, en esos momentos, se ponía el sol.

-Me preocupa dónde nos quedaremos. – murmuró Ikkuko, mirando de un lado a otro. - ¿No tuviste contestación, Serena, de parte de Remus? – le preguntó mientras la miraba.

-No. – negó ella, imitando a su madre, mirando de un lado a otro cada dos segundos. – Lo peor, es que no percibo nada de magia en esta zona… - se murmuró para sí.

Los cuatro, agacharon las cabezas, mirándose las manos y frunciendo el ceño. Sin previo aviso, Darien y Serena se tensaron, mirando a la izquierda, en una esquina, al mismo tiempo.

-Ponte en guardia, Darien. – le susurró Serena. – Esta persona no es mi padrino… es otra… puedo sentirlo.

Sin entender nada, Sammy e Ikkuko se miraron con preocupación, mientras el menor se ponía delante de su madre, y Serena cubría a los dos de manera sutil, lista para sacar sus Sais. Darien, en cambio, cubría a los tres, de la misma forma que su prometida, preparando una navaja, que en realidad, se volvía de tamaño natural de una espada cuando él la necesitaba.

Doblando la esquina del lado izquierdo, aquella en la que la rubia y el pelinegro habían fijado su vista, un hombre con ropa casual, impecable y un sombrero, seguido de un perro grande y negro, se dirigían hacia ellos, con pasos normales.

-Hay magia hasta en el perro… - informó Serena a su novio. – y el animal no es común. – Darien la miró sin creérselo. – No bajes la guardia. Tenemos ventaja de que estamos en un lugar público. – la chica miró de reojo hacia su hermano y a su madre.

Luego de un tramo tenso, el hombre se sacó el sombrero, dejando ver a un rostro de color, sin cabello y de expresión amable pero seria.

-Kingsley Shacklebot. – se presentó con una suave, profunda y tranquilizadora voz. – Soy Auror y miembro de la Orden del Fénix, que se les será explicada que esta última cuando lleguemos a casa de Remus Lupin. – al instante, los músculos de los príncipes se destensaron. – a la vuelta, a una cuadra y media, tenemos un coche que me prestó el Ministerio. – ante eso, Darien y Serena se miraron e hicieron un asentamiento de cabeza.

-Vamos. – les susurró ella a su madre.

-cuando demos la vuelta, encantaré sus cosas para que vayan al auto, ustedes síganlas, y devolveré el carrito. – habló para Darien, quien asintió. – no se alejen del perro. – eso lo dejó confundido. Shacklebot, le hizo una seña al perro, quien, de alguna manera, asintió.

Dieron la vuelta, como el Auror indicó, a lo que el hombre hizo un movimiento de varita y, al instante, las pertenencias de los recién llegados se movieron solas hacia una dirección. Acto seguido, el Auror tomó el carrito, y se volvió para dejarlo en el aeropuerto.

Solo se tardó tres minutos en ir-volver, y para ese tiempo, los cuatro, junto con el perro habían llegado al auto.

-Pongámonos en marcha. – murmuró el de piel de color. Como pudieron, guardaron las pertenencias en la cajuela, y se metieron los cinco, junto con el perro acurrucado en el piso del copiloto.