09


Amistad: fem. Relación de afecto, simpatía y confianza que se establece entre personas que no son familia.

Obviamente no sentía afecto por Rachel. Simpatía… meh, solo un poco. ¿Confianza? No, ni siquiera confiaba en el perro que a veces pasaba por la vereda de la agencia de modelos. Una vez intentó darle de comer, y el can le quiso morder. Desde ese día si podía evitar encontrarse con el animal, lo evitaba. Y si lo veía, lo miraba con los ojos entrecerrados antes de seguir su camino. Así que si no confiaba en el perro que era el mejor y más fiel amigo del hombre, ¿Cómo iba a confiar en cualquier ser humano que tiene por instinto natural lastimar a todo aquel que se cruce en su camino?

Entonces, no. Rachel y ella no tenían una relación a la cual llamar «Amistad».

Pero, ¿Por qué llamaba «Amiga» a la morena, entonces?

Jamás fue de esas chicas que necesitaba más que los dedos de las manos y los pies para enumerar la cantidad de amigas que tenía. Para ella con tener dos ya era suficiente. Con una podía hablar de cosas banales y escaparse de la realidad por un momento. Y con la otra podía escuchar las verdades de la manera más cruda y aun así saber que eso era vital para su crecimiento emocional. A veces se descubría añorando esos momentos. Volver a casa después de una tarde de entrenamiento con las animadoras, preparar un bolso e ir a dormir a casa de alguna de sus dos amigas. O buscar la mirada orgullosa de ambas chicas cuando hacía algo bien. Acariciarle la panza al gato gordo y peludo de una de ellas cerca de la otra sabiendo que eso le molestaba.

Últimamente extrañaba todo eso —lo extrañaba y lo necesitaba—, pero sabía que el mantenerse alejada era lo correcto. Estar lejos de las que alguna vez fueron sus amigas, era lo único que había hecho bien en su vida. Y así debía quedarse. Aunque, si debía ser honesta, a veces se encontraba con el móvil en la mano, visitando perfiles de redes sociales de quienes fueron sus amigas en el pasado. Automáticamente una sonrisa melancólica se instalaba en sus labios tras esa acción.

La misma que tenía en ese momento mientras seguía tirada en su cama, tapada hasta la cabeza, con Winter a sus pies lamiéndose las patas.

Hacía poco más de hora y media que había despertado, y lo primero que había hecho —tras tomar un poco de agua—, había sido buscar en su móvil la aplicación de Facebook. Eran pocos los días en los cuales se permitía bajar las barreras y admitía para sí misma lo sola que se sentía. Esa mañana era uno de esos días. Y como si de un ritual se tratara, conocía cada uno de los pasos que seguiría tras haber despertado necesitada de afecto.

Facebook, perfil de sus amigas, mirar los álbumes, sonreír al verlas felices, sentir el corazón rasgándose cada vez más, salir de los perfiles, aguantar las ganas de llorar, ponerse de pie en modo zombie activado, desayunar y luego ir a trabajar, en donde volvería a stalkear a sus ex amigas. Y luego toda la secuencia volvía a repetirse. Con la diferencia que ya no era desayuno, sino almuerzo. Y luego por la noche, cena. Por ende, sabiendo el día que le esperaba, todo en ella se preparó emocionalmente para soportarlo tanto como pudiera.

Aunque claro, su cabeza hundida en la melancolía y añoranza, olvidó dos puntos claves de ese día: la primera, era sábado. Los sábados no trabajaba. Y la segunda, todo su día ya estaba programado. Y los dos golpes que se escuchaban en la puerta, así se lo hicieron saber.

No le apetecía para nada abandonar la cama esa mañana, quería hundirse en su depresión un rato más, pero al recordar quien se encontraba del otro lado de la puerta metálica se puso de pie gruñendo y llevándose a Winter con ella.

—Si yo no puedo seguir en la cama, tú tampoco —le espetó al gato blanco y rojizo que se removía en sus brazos—. Hey, no te molestes conmigo. Moléstate con ella, Winter.

Efectivamente, se trataba de un ella. En cuanto abrió la puerta corrediza se encontró con la imagen más… No pensaba usar «Adorable» porque no era una palabra que estuviera en su vocabulario, pero no encontraba otra que pudiera definir a Rachel en ese momento. Como siempre, la sonrisa radiante estaba en sus labios. Su cabello estaba suelto, a excepción de dos delgadas trenzas que se encontraban a los laterales y que se unían en la parte trasera de la cabeza, dejando como atracción principal el flequillo que estaba perfectamente recto, como siempre.

Pero lo adorable no era nada de eso. Y ahí era donde comenzaba el debate de Quinn por no saber a quién le correspondía mejor el adjetivo. Si a los dos océanos chocolates que Rachel tenía como ojos, y que ese día tenía un brillo especial, o si a los labios rosados de la morena que se curvaban en una sonrisa tímida. Como si estar paraba frente a la puerta de Quinn fuera un atrevimiento. Al final, todo el interior de Fabray determinó que «Adorable» englobaba a Rachel al completo.

—Faltan… —lanzó una mirada hacia el interior buscando el calendario colgado en una de las paredes. Volvió su vista hacia la morena que parecía estar esperando su broma—. Veintiún días y, ¿Santa ya me envía a su duende ayudante con mi regalo? ¿Qué es? ¿Qué es? —preguntó dando saltitos en el lugar fingiendo emoción—. ¿Un par de zancos para la morena del 3°C? Ah, ya sé… ¡Un par de tacones de treinta centímetros para ella!

—En realidad, iba a regalarte un cerebro nuevo —replicó Rachel con una sonrisa bailando en sus labios—. Pero como no eres la única rubia hueca en el planeta, no nos quedaron. Por lo tanto, creo que tendrás un poco más de suerte el año que viene. Por cierto… Buenos días a ti también, Quinn.

—Pasa, Frodo —invitó riendo e ignorando la sensación de calidez que la invadía cada vez que la morena decía su nombre como si saboreara cada una de las letras.

Se hizo hacia un lado dejando pasar a Rachel a su hogar. No supo porque pero se puso repentinamente nerviosa. Y lo estaba sin razón alguna porque tampoco era la primera vez de la morena en aquel lugar, ya habían estado juntas en el departamento cuando Quinn había ido a comprarlo. Aunque esa vez había estado Kitty, la amiga de Rachel con sonrisa psicópata, junto con ellas. Ahora estaban solas. Y eso, aunque no quisiera admitirlo, era quizás lo que la ponía en ese estado. Antes de que pudiera hacer algo estúpido como echar a la morena de su departamento, puso la suficiente distancia entre ellas.

—Kurt me debe diez dólares. Le aposté a que lo olvidarías —aclaró Rachel cuando Quinn la miró con el entrecejo fruncido. La camarera puso los ojos en blanco mientras dejaba sobre la mesa los dos cafés y la bolsa que traía en las manos—. Hoy íbamos a redecorar este departamento, ¿Lo recuerdas? Te dije que…

—Convertirías este sitio en algo habitable porque no podrías vivir tranquila sabiendo que Winter vive en un lugar que parece el castillo de Drácula —interrumpió Quinn recordando las palabras que la morena había dicho dos días atrás.

Estaban en el Spotlight como cada noche, desde hacía poco más de ochenta días —«Eso nos da un total de casi tres meses, Berry», había dicho Fabray sin despegar los ojos de su libro—, cuando Dani se acercó a ellas uniéndose a la conversación, o más bien discusión, que Quinn y Rachel estaban manteniendo.

Por alguna extraña razón, Fabray le había contado a la morena que las cosas en su departamento todavía seguían en las cajas de la mudanza. Cuando la morena le preguntó porque era así, Quinn se respaldó en la vieja excusa de no tener tiempo a causa del trabajo pero Rachel no se lo creyó ni por un instante. Lo que causó un choque de miradas interminable. Hasta que al final, Fabray soltó un «Está bien, tú ganas» cuando los ojos marrones de Rachel se volvieron demasiado intensos para su gusto. La hora siguiente se la pasó intentando concentrarse en su libro y no en la constante imagen de dos océanos chocolates mirándola.

—Sí, y tú dijiste que nuestro gato… —enfatizó la morena sacándola de sus recuerdos— tampoco iba a vivir en algo parecido al hongo donde viven los Pitufos.

—Y lo sigo pensando.

—Y yo sigo pensando que eres una idiota.

— ¿Una idiota?

—Una idiota.

Se dio vuelta con la excusa de buscar a Winter solo para que Rachel no viera la sonrisa que apareció en sus labios. Lo hacía cada vez que recordaba la cena en casa de su madre, poco más de un mes atrás, junto con la imagen de ella y Rachel en el campo de baseball hablando de ropa de gala e intentando que la palabra «perfecta» para describir como se veía la joven no se escapara de sus labios. Después de treinta y seis días seguía preguntándose porqué maldita razón esa palabra se cruzó por su mente al ver a la morena. Pero, como todo en su vida, eso era un enigma que no tenía pinta de ser resuelto en un futuro próximo. Así que lo mejor era negarlo, pasar la página y ver qué pasaría a continuación.

—Traje el desayuno y… —escuchó decir a Rachel sacándola, nuevamente de sus pensamientos. Vio que la joven señalaba los dos cafés antes de sacar las cosas de la bolsa que también había traído—. También el periódico. Aunque no sé si…

—No leo las noticias —interrumpió Fabray. Rachel la miró esperando que continuase—: Soy egoísta hasta el punto de no interesarme por nadie más que yo. Así que no sé dónde hay guerras, quién pasa hambre, que equipo de futbol salió campeón del mundo o que nueva plaga domina a la humanidad.

—Y yo que pensaba que vivías en una cueva. Ahora me doy cuenta que en realidad vives debajo de una roca —se burló Rachel. Quinn simplemente se encogió de hombros—. Solo para que no estés tan perdida cuando vuelvas al mundo, y porque soy buena, deberías saber que hay guerras en casi todos los países del planeta, África sigue siendo el continente con más hambruna, no hay mundiales hasta el año próximo y la nueva plaga es que, al parecer, las Kardashian siguen multiplicándose como los gremlims cuando los mojas.

Si había algo que odiaba cuando estaba con Rachel, además del hecho de llenarse de preguntas sin respuestas, eso era reírse a causa de los chistes que la morena hacía. No sabía si era una fachada para robarle una sonrisa, o si era así con todo el mundo. Lo que si sabía era que, dijera lo que Rachel dijera, ella terminaba riendo. Aunque lo hacía disimuladamente. La camarera no tenía por qué darse cuenta el poder que ejercía sobre ella. El único testigo en ese momento, en el cual volvió a girarse dándole la espalda a la joven, fue Winter. Pero con esa bola de pelos amorfa y sin vida social no había problema alguno de ser delatada.

—He pensado que podríamos empezar pintando las paredes —comentó Rachel una vez terminado su café.

—Supongo que el negro que elegí queda descartado —señaló Quinn con un movimiento de cejas. Rachel la miró con los brazos cruzados—. Sí, sí, ya sé. «No puedes pintar una casa de negro». Ya me quedó claro cuando me lo dijiste ayer.

—Admite que el verde ingles que elegimos te gustó.

La tarde anterior, después de que Quinn saliera del trabajo, Rachel insistió en ir a comprar las cosas necesarias para pintar el departamento de la rubia. Fabray estaba demasiado cansada como para discutir, o para hacerle saber a la camarera que no tenía por qué meter las narices en sus asuntos. Al final, cuando quiso darse cuenta, estaba dentro de un taxi rumbo hacia el centro de Nueva York. Muy en el fondo, sabía que solo se quejaba para mantener la costumbre y no porque realmente le molestase lo que Rachel estaba haciendo.

—Para mí todos los verdes son iguales —replicó.

Rachel ignoró su comentario y comenzó a dar instrucciones de cómo debían hacer las cosas. Quinn se hubiese molestado por el simple hecho de que la joven le estuviera ordenando como si se tratara de su perrito faldero, sino hubiese sido porque estaba más concentrada preguntándose como mierda iba a hacer la morena para pintar todo el departamento vestida como una modelo o actriz de televisión.

Negó con la cabeza mientras ponía distancia entre ella y la camarera. Había miles de cosas en el mundo que jamás lograría entender, y una de esas era saber cómo funcionaba la cabeza de Rachel Berry. Con esa certeza en mente, llegó a su dormitorio y comenzó a rebuscar en los cajones de su armario hasta que finalmente dio con lo que buscaba. Cuando regresó a la sala, la camarera seguía hablando como si Quinn en ningún momento se hubiera ausentado.

—Toma —interrumpió la rubia arrojándole una camiseta vieja a la morena que calló de golpe—. Ponte esto para pintar. Luego no quiero quejas de que, por culpa de ayudarme, tu ropa de diseñador se arruinó.

—No es de diseñador, es de la tienda que está cerca del Spotlight —aclaró Rachel sin prestarle demasiada atención a lo que decía. Sus ojos estaban fijos en la prenda que Quinn le había arrojado y que ella inspeccionaba cuidadosamente. Como si entre sus manos tuviera una reliquia antigua que merecía su absoluto respeto—. ¿Es…? Un momento, ¿Dice «Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas»?

—Hmm… sí —fue la respuesta entre tímida y áspera por parte de Quinn. Siempre había odiado tener que confesar algo de ella. Sobre todo si era algo que, estaba claro, la pondría en vergüenza. Rachel seguía mirando la prenda casi con adoración pero alternaba su mirada entre Quinn y la camiseta. La rubia puso los ojos en blanco antes de explicarse mejor—: La compré hace tiempo, cuando iba a la universidad. Ya está algo vieja así que… a veces la usaba para dormir. Ahora ya no tanto.

—Tiene tu olor —soltó Rachel tras haberse llevado la camiseta hacia su nariz. A Quinn se le detuvo el pecho y se le oprimió el estómago pero no le dio importancia a tales cosas y siguió viendo los movimientos de la morena, que le devolvió la prenda—. No… No puedo usarla. La arruinaría y es tuya.

—Úsala. Solo es una camiseta —indicó encogiéndose de hombros.

No, no era solamente una camiseta. Recién entraba en el mundo de Harry Potter cuando vio la prenda expuesta en la vidriera y la compró. En ese momento para ella tenía lógica comprarla porque era como su símbolo potterico. Cuando comenzó a encerrarse en su propio mundo la camiseta dejó de tener importancia hasta el punto de terminar en el fondo de su ropa. Hasta ahora. Obviamente, no estaba haciendo nada fuera del otro mundo dándole la camiseta a Rachel. Simplemente no quería que la joven ensuciara su ropa solo por ayudarla.

Solo eso.

Rachel respiró profundo tomando la camiseta a regañadientes y se alejó de ella yendo a hacia la pared de la izquierda. Quinn, en cambio, se quedó en el lado derecho. Pincel ancho y rodillo en mano, y con ropa similar a la de un vagamundo pero con mejor aroma, imitó a Rachel y comenzó a pintar la pared del color verde que ambas habían elegido el día anterior. Cuando el silencio se hizo presente en el departamento casi vacío, puso un poco de música para rellenar los espacios. Como siempre, Nickelback le hacía compañía y cada tanto le parecía escuchar murmullos que provenían del lado izquierdo. Como si Rachel cantara por lo bajo. Además de olfatear cada rato su camiseta, claro. Acción que había descubierto mientras lanzaba la enésima mirada hacia la morena en busca de complicidad.

Se permitió mirar a Rachel unos segundos y analizar solo algunos puntos que estaban flotando en el aire. El primero, Berry estaba en su departamento. En su departamento pintando menos de la mitad de una pared de casi cuatro metro con su camiseta favorita puesta y cantando canciones de su banda preferida. Berry quien, se suponía, no debía formar parte de su vida y que, desde ese bendito viaje a Lima, había hecho todo lo contrario. Aunque claro, no podía solo culpar a ese viaje. Rachel ya formaba parte de su vida mucho antes de lo que ella esperaba o quisiera admitirlo.

El segundo punto era que debía molestarle el hecho de que la joven estuviera en su departamento, pero no era así. Su interior no estaba en paz, obviamente, pero si estaba relajado. Como si no le importase que alguien estuviera entrometiéndose en su vida nuevamente. Y debería importarle, ¡Jesús! ¡Debía estar completamente molesta! Llevaba años esquivando personas y, ¿Ahora, de repente, dejaba entrar a Rachel como si nada? Como si la morena le preguntara «¿Puedo pasar?» y ella le respondiera «Sí, claro, pasa. ¿Necesitas algo para romperme el corazón, o ya tienes tus propias armas?». Estaba presentándose como voluntaria a sufrir una nueva desilusión en su vida sabiendo que ya no tenía fuerzas para sufrir una más.

Y el tercer punto era el debate constante que, después de casi tres meses respirando el mismo aire que la morena, estaba teniendo. Las líneas cronológicas del resto del mundo se dividían en antes y después de Cristo. El suyo, en cambio, se dividía en antes y después de Rachel. Antes de Rachel, no dejaba que nadie se acercara. Después de Rachel, todo el mundo se acercaba a ella como si tuviera permitido hacerlo. Incluso ella misma se había acercado un poco más a su familia realizando en menos de un mes más visitas de las que antes realizaba en un año.

Y esto último no tenía nada que ver con Rachel.

Y al mismo tiempo sí.

Era negadora pero no era estúpida. Notaba el cambio que se estaba produciendo en ella. Un cambio tan aterrado como esperado, si debía confesar. Y la autora intelectual de dicho cambio era la morena. Y ni siquiera estaba haciendo grandes cosas. Solamente estaba allí, a su lado, perdiendo el tiempo, haciéndole sentir la primera en su lista. Como la vez que le dijo que Frannie no era perfecta y también dejó entrever que no le gustaban los espantapájaros pero si las calabazas. Era más que evidente que Rachel no era especial —de hecho, era una más de las tantas camareras de los cientos de bares que había en Nueva York—, pero sí era importante. ¿Por qué razón lo era? No lo sabía, pero… ¿Perdía algo con intentar averiguarlo?

—No me digas que me pinté más la cara que la pared —pidió Berry llamando su atención. Quinn sacudió la cabeza volviendo al presente. Dejó a un lado el rodillo y la pintura, y se concentró en la morena que la miraba con una sonrisa confusa y el entrecejo ligeramente fruncido.

Esa joven que estaba a un lado de su departamento, pintando las paredes con su camiseta friki puesta y una sonrisa tan radiante como tímida, y que le daba aspecto de niña pequeña y no de una joven de veintitantos, no podía ser tan mala, ¿No? La joven que destilaba inocencia frente a ella no podía ser un lobo disfrazado de cordero, ¿O sí? No podía ser capaz de romperle el corazón o de desilusionarla como lo hicieron los demás, ¿Cierto?

Negó con la cabeza y volvió a lo que estaba haciendo, obligándose mentalmente a no volver a caer en las redes de sus pensamientos. Si algo tenía en claro de toda esa situación era que cuanto más intentara entenderla, más enredado se volvió todo. Así que lo mejor era dejarlo estar y ver a donde la llevaba todo eso que estaba sintiendo. Si al final había un arcoíris esperando por ella, con gusto caminaría sobre él. Pero si había una pared tan dura como su cabeza, con resignación se chocaría contra ella.

Para cuando dio la hora del almuerzo, Rachel y ella ya tenían pintadas la mitad de las paredes del departamento. Y para cuando dio la hora de la merienda, ya tenían pintada tres cuarta partes del lugar. La encargada de pintar las columnas y las vigas fue ella. Si no había dejado que Rachel hiciera ese trabajo, no era por la diminuta altura de la joven, sino porque podía llegar a ser peligroso subirse demasiado alto en la escalera de mano.

Todas las paredes fueron pintadas de un verde que para ella era común y corriente, como todo en su vida, pero que para Rachel era un verde «inglés». Ese que estaba ubicado debajo del verde Casa del Árbol, y entre los verde Alpino y verde Noche. Y con el blanco para las columnas y vigas sucedió lo mismo. Blanco Divino y blanco Glacis fueron los que más dificultaron la decisión de Rachel a la hora de elegir el color. Al final, el «elegido», fue blanco Vallado de Madera. Aunque para ella siempre sería «blanco común, con un tono más oscuro».

—Creo que ya terminamos —comentó Rachel después de horas y horas pintando. El olor a pintura comenzaba a hacerse tan insoportable que Quinn abrió las ventanas y la puerta para no morirse intoxicada—. ¿Te gustó como quedó?

— ¿Tengo a derecho a quejarme? —respondió Fabray con un movimiento de cejas. Rachel la miró con los ojos entrecerrados—. Tomo eso como un no. ¿La pared si puede hacerlo?

—Eres tan odiosa —murmuró la morena poniendo los ojos en blanco—. A mí me gustó como quedó. ¿Sabías que el verde simboliza la vida, la armonía y la naturaleza, y que a su vez es el color de la curación, la esperanza y la libertad? —Quinn negó con la cabeza y Rachel bajó la mirada—. Si quieres mi opinión, y espero que no te molestes,… creo que tú tienes un poco de todo eso. O sea, la definición filosófica de vida es: dualidad alma-cuerpo, mente y cerebro, vida y ser, objetivismo… —enumeró la camarera que al parecer no podía sostenerle la mirada a Quinn—. Tú eres, debajo de… de todas esas capas de frialdad e indiferencia, eres… eres todo eso. Sobre todo mente y cerebro.

»También, he visto que eres bastante armoniosa. Sobre todo cuando estás con tu familia y… más aun con tus sobrinos. Me gusta cuando eres natural porque siento que eres más tú misma que lo que realmente me quieres mostrar. Lo de la curación viene… viene por el lado de… aunque no lo creas, este momento de mi vida tendría que ser el peor para mí y sin embargo tú… me hace bien estar contigo. Por otro lado, a veces me das esperanzas y luego… luego caigo de nuevo en la realidad pero… después de un tiempo, haces algo que me hace creer que no todo está perdido. Es… Es como un círculo vicioso constantemente y no sé si no tiene salida, o si no quiero encontrarla. Y lo que más va contigo, creo yo, es el hecho de la libertad. Nosotras, por ejemplo. Eres completamente libre de echarme de tu vida, por muy insistente que pueda llegar a ser, pero aun así eliges dejarme entrar. Eres libre de elegir tus opciones, de elegir lo que te hace bien o mal, lo que quieres dejar en tu vida y lo que no, y… eliges dejarme ser parte de ti.

Lo sabía. Estaba completamente segura que casi doce horas expuestas al olor de pintura le haría alucinar. Porque no encontraba otra razón que explicara el hecho de que Rachel estuviera frente a ella diciéndole todas esas cosas. Cosas que nadie le dijo jamás. Ni su familia, ni sus ex novios, ni sus amigas. Ni siquiera Santana. La morena parada frente a ella estaba exponiendo sus pensamientos, corriendo el riesgo de ser ridiculizada por la musa inspiradora de esas palabras, pero firme en lo que decía. Como si su único propósito fuera hacer sentir bien a su interlocutora y la humillación que obtendría a cambio fuera lo de menos.

Pero Quinn no iba a humillarla. Lo que Quinn quería era abrazarla.

Deseaba hacerlo. Lo necesitaba. Anhelaba tener a Rachel una vez más en sus brazos porque era la única forma que encontraba para agradecerle por sus palabras. Esas que derritieron el muro más alto, ancho y fuerte que cubría su pecho. Su mente no participó en ningún momento de toda esa situación, y la única vez que lo hizo fue para decirle al corazón de Quinn un «Te odio por hacerme dudar, pero me alegro de que vuelvas a latir». Porque sí, su pecho latía descontrolado casi al mismo tiempo que su estómago revoloteaba. Y no se trataba de algo romántico, sino de algo más profundo. Rachel estaba parada frente a ella dándole una muestra más de lealtad. De respeto.

«Y le hace bien estar conmigo», pensó con una sonrisa idiota.

—Odio… odio que no esperes nada de mí y sin embargo sigas quedándote, como si pasar tiempo conmigo fuera mucho más de lo que mereces o esperas —murmuró después de un tiempo en silencio. No necesitó levantar la mirada para saber que había captado la atención de Rachel—. Odio que tengas tus esperanzas puestas en mi cuando soy un maldito desastre que te arruinara…

—En la Edad Media el verde fue considerado como el color que simbolizaba el desastre y el mal —interrumpió la morena escogiéndose de hombros—. No creo que sea simple coincidencia que tu color favorito y el color de tus ojos sea el mismo. Creo que eres el color verde hecho persona y en todas sus definiciones. Y solo para que lo sepas, ya sé que eres un desastre. Me lo recuerdo todo el tiempo. Así que, no es necesario que me lo recuerdes tú también, ¿Ok? Ahora, antes de empieces a burlarte de mí por todo lo que…

—Jamás me burlaría de ti —afirmó Quinn con seriedad—. No me burlo de las personas que tienen palabras bonitas que alimentan mi ego… aun si las odiara.

—Es bueno saber que me odias —comentó la morena con diversión aunque su mirada adquirió un nuevo y extraño brillo—. Y… y si en este momento no estuviera odiando a Brody, te juro que te odiaría a ti mucho más de lo que alguna vez odié a alguien.

—Es… es bueno saber que me odias — repitió algo contrariada por lo que la mención del novio de la morena ocasionaba en ella—. Por cierto, me gusta como quedó el departamento —desvió.

No le apetecía para nada que el idiota apareciera en la conversación que estaba manteniendo con Rachel. Demasiado ya tenía con saber que, a pesar de no estar presente físicamente junto a ella, aun revoloteaba alrededor de la morena. ¿Seguiría siendo el novio de la joven? ¿O después de un poco más de un mes lejos uno del otro ya habrían definido el estado de su relación? Fue en ese entonces que se dio cuenta que Rachel comenzaba a saber cosas de ella pero que ella no sabía nada de la morena. Estaba quedando en desventaja.

—Hubiera quedado mejor si me pedías ayuda, hermanita —comentó alguien desde la puerta sacando a la rubia de su cabeza.

Quinn abrió los ojos como platos al ver a su hermana mayor apoyada en la entrada con los brazos cruzados y una sonrisa de medio lado que no presagiaba nada bueno. ¿Qué mierda hacía Frannie en Nueva York? Y lo peor de todo, ¿Cuánto tiempo llevaba parada allí? Rachel soltó un suspiro antes de murmurar un «Permiso, voy a lavarme las manos». Quinn esperó a que la joven se perdiera dentro del baño para acercarse a la rubia mayor. La tomó del brazo y se la llevó hasta las escaleras. Ni siquiera la saludó. Lo principal era sacar a su hermana de allí y averiguar cuánto había escuchado.

— ¿Cuánto hace que estabas parada allí? —preguntó con los dientes apretados.

—Desde que habló de ese tal Brody —respondió Frannie—. ¿Es el novio?

—Sí, es el novio. Al parecer le gusta los tipos de pechos lampiños, sonrisas patéticas, egos subidos y arrogancia al por mayor. —Frannie soltó un «Oh, no esperaba eso» que la confundió un poco pero no prestó atención—. Frannie, por favor te pido, para no tirarte por estas escaleras, ¿Quieres decirme, por el amor de mamá, qué mierda haces aquí?

—Cuidar de mi hermanita menor. Aunque claro… parece que ya hay alguien que se encarga de eso —quiso borrar de una bofetada la sonrisa odiosa de los labios de su hermana mayor pero se contuvo. No podía perder la paciencia y golpearla porque saldría perdiendo ella—. Esa chica no puede ser más adorable porque no le da el tamaño.

—No te metas con su tamaño —soltó sin poder contenerse. La molestia con su hermana seguía allí pero el recuerdo de las palabras de Rachel la tranquilizó, al punto de hacerle sonreír como una tonta. Sacudió la cabeza y volvió a la realidad—. Frannie,…

—Hmm… disculpa —interrumpió un joven flacucho y pálido, con un pañuelo en el cuello y la piel de porcelana. Sabía quién era. Se trataba del amigo de la morena. El tal Kurt que solo vio un par de veces pero con el que jamás se detuvo a hablar más de dos palabras—. Lamentó interrumpir. Supongo que tú serás la hermana de Quinn. Soy Kurt, Kurt Elizabeth Hummel —el joven tomó la mano de Frannie que parecía algo perdida—. Me encantan tus ojos. En fin… Busco a Rachel, ¿La viste, rubia?

—Está en el baño. Puedes pasar —respondió Quinn como si nada. En otro momento, le habría negado la entrada al joven pero con Frannie enfrente y tratando de averiguar cuánto había escuchado su hermana, no podía concentrarse en otra cosa. El amigo de la morena sonrió a modo de agradecimiento y se perdió dentro del departamento. Fabray volvió su vista a Frannie que seguía con su mirada pérdida—. Sí, se llama Elizabeth. No preguntes la historia detrás de eso porque no la sé. Como veras, me mudé a un psiquiátrico abandonado. Y no puedes quedarte.

—Pues te jodes porque eso es lo que pasará.

—No, claro que no. —afirmó riéndose.

—Sí, claro que sí.

—Que no. —negó un poco más seria.

—Que sí.

—Frannie, no.

—Quinnie, sí.

Dejó de luchar en cuanto escuchó a su hermana llamarla de esa forma. Rápidamente dirigió una mirada hacia el interior del departamento con la esperanza de que Rachel no haya escuchado absolutamente nada. Se recostó en la pared aliviada al notar que no había nadie observándolas. Una cosa era permitir que la morena supiera cosas que ella quería que supiera, y otra muy diferente era que se enterara por boca ajena ese tedioso diminutivo de su nombre que su madre orgullosamente pronunciaba cada vez que podía.

—Es que no lo entiendes, Frannie. No puedes quedarte aquí. Ni siquiera yo puedo hacerlo, ¿Entiendes? —su hermana inclinó la cabeza hacia un lado. No, evidentemente no le había entendido. Puso los ojos en blanco antes de explicarse mejor—. El lugar apesta a pintura y por muy insoportable que puedas llegar a ser a veces, no soy tan perra como para dejar a mis sobrinos sin su madre.

— ¿Dónde pasaremos la noche entonces? —Se escandalizó Frannie como si le hubieran dicho que le quedaban veinticuatro horas de vida—. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Hubiera venido a buscarte antes y te llevaba conmigo a casa de Zach.

— ¿Y escuchar como tú y tu… lo que sea que Zach sea ahora, tienen sexo de reconciliación? No, gracias, Frannie.

—Eres tan… —la mayor de las Fabray apretó los dientes con molestia—. Siempre le encuentras algo malo a las buenas intenciones de las personas.

—O sea que no niegas lo del sexo.

—O sea que es cierto que no tienes cerebro —replicó Frannie provocando una risa cantarina que paralizó a Quinn.

—Son divertidas cuando pelean —comentó Rachel que había dejado de reír pero aun sonreía con diversión. Ambas Fabray levantaron la ceja izquierda y Kurt, a su lado, le dio un manotazo en el brazo a la morena sin dejar de ver a las dos rubias—. Sí, Kurt. Lo sé. Esa ceja en alto es completamente…—pero Rachel no terminó su frase. Dejó escapar un suspiro y continuó—: Parecen gemelas cuando hacen eso pero no lo son. Quinn es la más pequeña de las dos.

—Yo no soy pequeña —replicó Fabray con el entrecejo fruncido—. Y me alegra que te divierta vernos pelear.

—No lo dije en ese sentido—aclaró la morena sin dejar de sonreír—. Tampoco es pelea, es discusión acalorada y absurda. Aunque con un poco de verdad por parte de tu hermana mayor —enfatizó Rachel solo para molestar más a la rubia—. Espero que no le veas nada malo a mi propuesta.

— ¿Qué propuesta?

—Una completamente indecente —respondió la camarera con un movimiento de cejas y una sonrisa ladeada. ¿El calor repentino era en todo el lugar o solo era en el interior de Quinn?—. Es broma, cambia esa cara. Si quiero una propuesta indecente, se lo digo a mi novio.

—Ya… pero avísale con tiempo así puede depilarse el pecho y aceitarse todo el cuerpo —rebatió con molestia.

En su cabeza se escuchó un claro «¿QUÉ?». Así, en mayúsculas, con énfasis, asombro y un deje de enfado. Estaba siendo irracional. No podía reaccionar de esa forma solo porque Rachel le recordaba que había un tercero en esa ecuación. Un tercero de pecho lampiño y sonrisa arrogante. No iba a disculparse. Por supuesto que no. Bajo ningún punto de vista. Y para demostrar que no pensaba hacerlo clavó sus ojos en los marrones de Berry.

Se asustó, lo tenía que admitir, pero no porque la morena estuviera asesinándola con la mirada, sino por la intensidad de la misma. Como si Rachel quisiera penetrar en su cabeza a través de ese choque de miradas.

Una parte —un treinta y tres por ciento de ella— era plenamente consciente de que no estaban solas. Frannie y el joven pálido llamado Kurt, estaban con ellas. Incluso parecían estar completamente perdidos y confusos por no saber hacia dónde mirar. Con miedo de perder algún detalle de esa confrontación, quizás. La otra parte —el sesenta y siete por ciento de ella— le importaba una mierda el tener público espectador. Eso era entre ella y Rachel. Aunque claro, ¿Qué era lo que había entre ella y Rachel? Había olvidado la razón del enfrentamiento de miradas en cuantos sus avellanas se ahogaron en los dos océanos chocolates que tenían a la morena como dueña. Se anotó mentalmente no tomar por costumbre perderse en ojos ajenos porque si no saldría perdiendo.

—Tienes razón, debería avisarle a Brody con tiempo. Con un poco de suerte, terminara de depilarse y aceitarse justo antes de Navidad. —bromeó Rachel. La morena se encogió de hombros cuando Quinn la miró asombrada por la contestación. Obviamente esperaba una respuesta más en defensa del idiota de pecho lampiño. Aunque no podía negar que le encantó que ese no fuera el caso—. Ahora hablando en serio. Me gustaría… Nos gustaría —se autocorrigió la morena clavando la mirada en el suelo—. Como no tienes donde pasar la noche…

—Y como yo pasaré la noche en casa de mi novio —intervino Kurt con una sonrisa de oreja a oreja. Quinn intercambió una mirada con Frannie que claramente se podía traducir como «¿Eso tendría que interesarme?»—. Con Rach hemos pensado que… En realidad, Rachel lo pensó.

—Ya sé quién va a enterrarme el día de mi muerte —le pareció escuchar por parte de la morena mientras un tono rosa se expandía por todo el rostro de la joven—. Con amigos así, ¿Para qué enemigos?

—Ya… no te quejes —espetó el joven pálido antes de volver su vista a Quinn—. Rachel pensó que quizás puedan pasar la noche en casa. La cama de ella y la mía son espaciosas. Y si son de las que boxean o reman en sueños, tenemos un sofá que es cómodo.

No.

De ninguna manera.

Bajo ningún punto de vista iba a ir a pasar la noche al departamento de Rachel. ¡No! Antes prefería morir intoxicada por el olor a pintura de su departamento o dormir en la azotea con peligro de hipotermia. ¡Por supuesto que no! Se llevaban bien, eran seudoamigas, o intentaban serlo, pero… ¿De ahí a ir a dormir al departamento de la morena como si fueran amigas de toda vida? No, claro que no. ¡Encima en su cama! ¡Dormir en su cama! Con ese aroma a floral y cítrico que se colaba en su nariz cada vez que tenía oportunidad dejándola ligeramente atontada, con la certeza de que la morena estaría a pocos metros de ella. ¡¿Y porque mierda eso la ponía nerviosa?¡Basta! Su cabeza otra vez volvía a ser un remolino de preguntas y misterios entorno a Rachel.

No, iba a rechazar esa oferta. Y esa sería su última palabra. Sí, señor. Porque una vez que Quinn Fabray tomaba una decisión, no había nada ni nadie en el planeta que le hicieran cambiar de parecer. No dormiría en el departamento de Rachel y eso era todo. Fin de la historia. Se acabó.

Entonces, si la decisión estaba tomada, ¿Qué mierda hacía bajando las escaleras con un bolso en una mano y Winter en la otra? Frannie, detrás de ella, canturreaba una canción por lo bajo. No hubo necesidad de tocar la puerta metálica del 3°C porque la morena dueña del departamento estaba esperándola con su sonrisa radiante, brazos cruzados y apoyada en el umbral de la puerta.

—Quita esa sonrisa —ordenó cuando llegó frente a Rachel. Frannie, atrevida como siempre, entró al departamento dejándole una palmada en el hombro a la morena—. Solo será una noche.

—Y será la mejor de todas las que has pasado a mi lado.

Y quizás seguía sin sentir confianza en Rachel, a lo mejor la poca simpatía que sentía por la joven creció un poco más a lo largo de ese día. Pero, ¿Y el afecto? El afecto estaba ahí, rasguñando las paredes de hielo que lo encerraban. Haciendo sentir a Quinn que quizás, y solo quizás, lo que tenía con Rachel podía llegar a ser considerado como amistad.

O al menos, el principio de una.


Hola!

Ya sé, es capitulo corto y me disculpo por eso. No recuerdo que hay capítulos cortos hasta que los releo para subirlos. Creo que el próximo es largo, aunque no estoy segura xD

Gracias de nuevo por todo!

Hasta la próxima semana!