Y aquí otro capítulo…denso. No os voy a engañar, es un capítulo que me ha costado horrores escribir, una especie de transición necesaria en la que abunda el texto y escasea el diálogo, pero que aclara bastante los últimos momentos del capítulo anterior y sus posteriores acciones. Ahora ando un poco liada con como acabarlo, tengo la idea ahí pero no me acaba de encajar, porque está claro para todos que viene el final, ¿no? Ya sé que ha sido una larga espera, y como digo siempre intentaré no columpiarme tanto la próxima vez. ¡Gracias a todas por seguir ahí!
CAPITULO 10: SIN RASTRO
Tocó la puerta una vez más, y el silencio al otro lado le dio la misma respuesta de los últimos días. Retiró la bandeja con el desayuno intacto y colocó en el mismo lugar una nueva con la comida. Se había esforzado mucho haciendo un okonomiyaki, esperando que el orgullo de Osaka hiciese efecto esta vez, aunque muy en el fondo supiese que sería inútil.
Hattori seguía en estado de shock, hablaba lo justo, casi nada, no comía, no dormía, simplemente miraba el vacío, rodeado de todos aquellos kimonos que una vez habían pertenecido a su madre, pero que aún conservaba la esencia de su última propietaria. Ella no podía entrar en la habitación. El olor que envolvía la estancia le hacía enfrentarse con más dureza a la realidad.
Restregó una vez más sus ojos enrojecidos y secos. Picaban irremediablemente por el exceso de uso en los últimos días y por las lágrimas que ya no tenía, pero que querían salir, una vez más. Heiji no era el único que se encontraba así, ella tampoco se encontraba bien, esa estúpida, le había dicho tantas cosas, se había enfadado tanto con ella…y ahora, ya nada tenía sentido.
El primer día lo había pasado bajo un fuerte interrogatorio, demasiado asustada de sus propias acciones como para poder entender algo más.
Cuando llegó allí y vio el arma de aquel hombre apuntando a Shinichi por la espalda, sin que éste se diese cuenta de nada, no lo dudo un segundo. No podían matarle, no ahora, no delante de sus ojos…apuntó, disparó, y el hombre cayó al suelo agarrándose la pierna derecha. Kudo giró ante el sonido del proyectil y sus vistas se cruzaron, mientras ella permanecía con la pistola en alto, temblando, llorando. Le costó poco darse cuenta de la situación al ver al hombre en el suelo. El de negro no se había dado por vencido e intentaba coger la pistola que había dejado escapar al caer, un par de metros más allá de su actual posición. Por ello, en un rápido movimiento el de Kanto atrapó sus manos a la espalda y le esposó, para después tirarlo al suelo con la máxima brutalidad posible.
-Cabrón…-murmuró al ver la sonrisa arrogante de su enemigo, que había estado a punto de matarle- Ran, Ran…¿Estás bien?
Pero ella no respondía. Estática, petrificada. Cuando se aseguró que su rival no podría escapar se acercó a ella, vacilante.
-Ran, baja esa pistola-murmuró con una mano en alto hacia ella. Sin embargo el único cambio que se produjo fue que el brazo de ella empezó a temblar, a medida que sus lágrimas se hacían más presentes- Ya está, ya está…se ha acabado-la abrazó con dulzura, intentando tranquilizarla. Sabía que no había sido esa tarde, el día anterior había devastado sus nervios completamente, y lo vivido segundos atrás no ayudaba. Pero él no podía quedarse allí. Hattori no había dado señales de vida, ni siquiera al escuchar el disparo, por lo que supuso que algo no andaba bien- Espérame aquí ¿Vale? En nada nos vamos a casa- la apretó un poco más fuerte por última vez y la dejó.
Podía escuchar el ruido proveniente de un objeto volador que se acercaba, por lo que los refuerzos debían estar a punto de llegar. Tenía que mantenerse alerta, no sabía si Vodka estaba solo o había alguien más. Mientras se acercaba al lugar por el que se había perdido su amigo, no pudo evitar mirar hacia atrás para asegurarse que Ran estaba bien. Vio como la mujer que había estado con ellos antes, la vecina de los de Osaka, se acercaba a ella e intentaba ayudarla. Siguió adelante. En cuanto dobló la esquina vio el cuerpo en el suelo, se acercó empuñando el arma y revisando el lugar. Localizó a su compañero sentado en el borde de piedra, mirando algo, no le pareció que estuviesen en peligro. Deslizó su mano hasta el cuello del hombre tendido en el suelo y notó las leves pulsaciones. Makoto seguía vivo.
-¡Hey Hattori! ¡El tipo está vivo! ¡Los refuerzos están a punto de llegar!-sus ojos buscaron la figura de su amigo al no recibir una respuesta, ni siquiera se había girado, y el presentimiento de que algo andaba mal lo inundó con una fuerza mayor a la anterior. Cuando iba a levantarse, algo tomó su mano libre, deteniéndole.
-Sálvala…-apenas un susurro-por favor…sálva…la-Makoto sujetaba su muñeca y hablaba con las pocas fuerzas que le quedaban. Y lo supo. Sólo había una cosa que pudiese dejar a Hattori fuera de juego. ¡Maldición! Se soltó de su amarre y corrió a su lado, ¿Cómo no se había dado cuenta de que ella no estaba? ¡Habían ido a buscarla! ¡Era el objetivo principal!
Y la vio. El kimono escarlata, ligeramente mojado por las olas en algunos puntos, se movía levemente por el viento, mientras que su cuerpo reposaba sobre las piernas de Hattori, abrazada por sus brazos. Su rostro, pálido ya a causa del maquillaje, le recordó a una estatua clásica de facciones perfectas y relajadas. No era una buena señal.
-¡Heiji!-llamó a su amigo tomándolo del hombro, y vio las manos de él, manchadas de fluido vital; y vio el pecho de ella, donde una mancha de humedad podía distinguirse entre los cálidos colores de su ropa. Lo sabía, ella lo sabía. Por eso había elegido ese kimono…Dios-Heiji, no deberías haberla movido, el equipo de médicos llegará en un par de minutos, la llevarán al hospital, es una mujer fuerte, ella…
-Está muerta-un escalofrío recorrió la columna del de Tokyo al escuchar la voz quebradiza de su amigo. Intentó tocarla para comprobarlo, sin embargo el moreno se la arrebató apretándola más contra él.
-Heiji, tienes que soltarla, ella puede salvarse…
-Está muerta…-no sabía que hacer, el moreno no parecía que iba a ceder en su intento de liberar a Toyama, y aunque la chica pareciese muerta se resistía a creer en esa posibilidad, eso no podía estar pasándoles a ellos, no a Heiji o a Kazuha, ni a Ran ni a él. No ahora.
-¡Kanazawa-kun! –Shinichi se giró ante el grito, para ver correr a la vecina hacia él. La paró antes de que ella se abalanzase sobre Heiji, pero no fue lo suficientemente rápido, la mujer les había visto-¡Shizuka-chan! ¿Qué le ha pasado?-se revolvió entre los brazos del agente secreto, intentando liberarse-¡Suéltame de una vez, maldita sea!
-Esto no es su asunto, vuelva a su casa-no tenía tiempo para eso, ni siquiera sabía que debía hacer, pero estaba claro que esa mujer no estaba en sus planes.
-¡Quita de en medio! ¡Soy paramédico! ¡Soy mucha más útil que tú ahora mismo!-y en eso la soltó y la mujer se tiró al suelo, al lado de Heiji- Shizuka-chan necesita ayuda, tienes que soltarla, Takeshi-kun-él ni la miró, sólo observaba el rostro de Kazuha- Maldita sea-farfulló la mujer. E hizo algo que nadie se esperaba: atizó un puñetazo al de Osaka en la cara que lo hizo tambalearse y caer hacia atrás, liberando a su presa. Mientras el moreno no reaccionaba, ella consiguió desplazar un poco a la muchacha que éste tenía en brazos, logrando situarla en una posición horizontal más o menos estable. Y procedió según el protocolo, tomando constantes y comprobando la situación de la herida tras abrir el kimono.
-¡Kazuha!-Shinichi no tuvo tiempo para pensar cuando vio a Ran abalanzarse hacia donde ellos estaban, esta vez si supo que debía de detenerla, y afirmó su agarre para asegurarse que ella no avanzase. Era Kazuha, su amiga, su hermana…había visto a Heiji, no podía permitir que a Ran le sucediese lo mismo.
-Estará bien, esa mujer es paramédico, sabe lo que hace-la abrazó, intentando que ella apartase los ojos del cuerpo de su amiga, mientras observaba como el de Osaka se rehacía un poco, sentándose de nuevo sobre sus piernas en el suelo, mirando a las dos mujeres a su lado.
-¡Vengan aquí!-Mi-chan hizo señales a alguien detrás de ellos, al girarse pudo ver a dos sanitarios asistiendo a Makoto, y dos más acercarse hacia donde ellos se encontraban con una camilla. Suspiró ligeramente aliviado, la ayuda había llegado, y si había alguna esperanza …ahí estaba, los hombres se agacharon ante el cuerpo y la mujer les dio unas instrucciones que él no llegó a entender. Rápidamente los hombres cogieron a la joven y la colocaron con delicadeza y agilidad sobre la camilla.
A partir de ahí todo se descontroló. Hattori se tiró sobre la camilla, intentando detener el avance de ésta, gruñendo como un animal herido. Soltó a Ran, tenía que lograr que esa camilla saliese de allí lo más rápido posible. Aquellos hombres no habían utilizado una bolsa, y sin embargo habían conectado el suero, y eso sólo podía significar una cosa. Seguía viva, podía sobrevivir. Así que envistió a Heiji con todas sus fuerzas, como si placase a un quaterback, mandándolo al suelo, donde podría controlarlo. Ambos empezaron a pelearse sobre el suelo, uno resistiéndose, otro intentando inmovilizarlo.
-¡Kazuha!-en cuanto la había soltado, Ran había corrido tras la camilla, tambaleante, llorando-¡Kazuha!-pero ellos no se detuvieron, tan solo Mi-chan se volvió antes de subir al helicóptero y le dedicó una mirada de condolencia, empañada por una preocupación absoluta.
-Cuidaré de ella, te prometo que cuidaré de ella-y se giró con rapidez mientras daba una señal para que el piloto despegase. El helicóptero se elevó sobre ella, revolviendo todo a su paso, y atrayendo a más curiosos que los que el aterrizaje había traido. Oía los gritos desgarrados de Heiji, la voz tranquilizadora de Shinichi, mientras un torrente de lágrimas se derramaba por sus mejillas sin consuelo.
-Mouri-san, desearíamos hablar con usted para que preste declaración- un agente del grupo secreto la observaba expectante, incapaz de saber lo que pasaba por la mente de aquella mujer. Ella bajó la cabeza y se dejó llevar a un bote cercano, a donde poco después llegaron Shinichi y Heiji. El primero no tardó en sentarse a su lado y abrazarla, mientras murmuraba en su oído las palabras esperanzadoras que ella quería escuchar. El segundo se sentó ausente, mirando a un punto en la nada. Su rostro había adquirido un color ceniciento, como si su moreno natural, casi revigorizante, hubiera perdido la energía que caracterizaba a su dueño.
Y seguramente así había sido. Desde aquel día apenas había dicho un par de palabras, y siempre dirigidas a ella. A Shinichi no le dedicaba más que miradas de desprecio, por mucho que éste se esforzaba en hablar con él, en decirle lo cerca que estaban de acabar con el caso. Pero aquello ya no le importaba.
Porque en todos, la misma pregunta se repetía con intensidad día a día, y a medida que el tiempo pasaba, la premonición de malas noticias se afirmaba con fijeza en sus mentes. A pesar de eso, sus sentimientos, su corazón, eran incapaces de aceptarlo. Ella no podía estar muerta. Aunque hubiese pasado una semana, aunque nadie supiese nada de ella.
Oyó la puerta de la calle abrirse y cerrarse, mientras unos pasos llegaban acelerados hasta donde estaba ella, sacándola de sus reflexiones, ante la puerta cerrada de donde se encontraba Hattori. Pudo ver a Shinichi jadeante al inicio del pasillo, con la corbata desatada y el cabello alborotado. Una sonrisa inundó su rostro por primera vez en días.
-¡Hemos atrapado a todos esos cabrones!- se fue acercando a ella, eufórico. Los nervios de ella apenas podían asimilar la noticia. Era una buena noticia, pero no la que ella esperaba oír. Se dejó abrazar una vez más, y entonces se dio cuenta que Shinichi lloraba- ¡Han abierto el expediente, Ran! ¡Ahora ya lo sé! ¡Toyama está viva!
Ran ahogó un gemido de sorpresa contra la camisa de él y no pudo evitar sonreir mientras notaba como el peso que había llevado hasta ahora se evaporaba en unos segundos.
-¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde?-logró farfullar dudosa.
-No lo sé, todavía no he podido averiguarlo.
Ni siquiera notaron como la puerta se había abierto y el de Osaka había aparecido a su lado.
-¿Y se puede saber a qué demonios estás esperando?
Shinichi sonrió aun más ampliamente. Con barba de unos días, grandes ojeras, pero con esa sonrisa ladeada que tanto le caracterizaba: Heiji había vuelto.
Las habitaciones blancas e inmaculadas siempre le habían puesto nerviosa, por eso no pudo ser médico o enfermera y había elegido la actuación del momento, en la calle, fuera de esas cuatro paredes que tenían ese olor que todo el mundo recordaba y relacionaba una vez ha entrado.
Sin embargo, allí estaba, después de dos días sin salir, esperando que la chica despertase. Estaba estabilizada, pero la pérdida de sangre había hecho que tardase en despertarse. Estúpida. Se había salvado por muy poco. La toma de tranquilizantes había actuado como anticoagulante, de manera que aunque la herida no había sido tan profunda como era de esperarse en un primer momento, había sangrado profusamente. Había que sumarle que aquella idiota parecía no haber probado bocado en las últimas 24 horas, por lo que se había desmayado al de poco de recibir el impacto.
El disparo. Aun no podía creérselo. Buscó en su bolsillo y sacó una pequeña bolsa de plástico y observó el objeto que había en su interior. Un omamori. ¿Cómo demonios podía haberla salvado tal cosa? Desde que se lo habían dado no había tenido el valor de abrirlo. La sangre en la que se había empapado se había secado, dándole una consistencia acartonada. Pero las horas pasaban, y la soledad y la curiosidad empezaban a hacer mella. Había leído el parte médico en la carpeta en el frontal de la cama, y no se le había pasado por alto el cambio de nombre: Toyama Kazuha. Y ese mismo nombre es el que había oído gritar a Kanazawa y a la otra chica antes de abandonar Miyajima.
¿Quién era la mujer de la cama? Tras eliminar el maquillaje y lavarla, su cabello se había ondulado, y un bronceado adornaba ahora sus mejillas, de una manera mucho más natural. Hasta que no despertase no tendría una respuesta, y el paso del tiempo comenzaba a desesperarla. Y luego estaba ese chico, el de la habitación 324, que venía a ver si la chica había despertado al menos cinco veces al día. No era ciega, se veía de lejos que estaba enamorado de ella, la forma en que acariciaba su cabello y agarraba su mano, mientras murmuraba palabras que sólo él, y quizá ella, podían escuchar. No se había atrevido a preguntarle, se dedicaba a observarles desde la silla al lado de la ventana y a pensar.
¿Quién era Kazuha Toyama? ¿Quién era la persona que amaba en realidad? Ahora que estaba sola de nuevo, se atrevió a sacar el omamori de la bolsa y lo dejo caer con cuidado sobre la repisa de la ventana. Le sorprendió lo rápido que había caído. El peso del omamori era escaso por sí mismo, así que era difícil que acelerase de esa manera. Lo tocó por encima, con precaución de dañarlo lo menos posible, notó algo rígido, de formas curvadas e inconstantes, y algo más, algo acartonado, que ayudaba a que no perdiese su forma. Al abrir el saquito algo cayó. Unas pequeñas piezas metálicas, de forma ovoide, entrelazadas entre ellas. Aunque deformadas, ella juraría que eran los eslabones de una cadena, y aquello seguía sin tener sentido, aunque al menos explicaba que había decelerado el avance mortal de la bala. Uno de los eslabones estaba totalmente deformado y aplastado, había cumplido un fin para el que no estaba destinado. Buscó dentro del saquito, intentando encontrar algo que le diese la clave de todo el misterio. Logró extraer aquel papel con sumo cuidado, estaba bastante dañado. En la parte superior rezaba: "Heiji, 2002".
Al girarlo no pudo evitar sorprenderse. El fantasma de los años pasados marcaba la imagen deteriorada, manchada y perforada en la parte inferior. A pesar de ello, fue totalmente capaz de reconocer en esos rasgos juveniles al hombre que habitaba la casa continua a la suya: Kanazawa Takeshi. Y se supo en poder de un secreto que escapaba de su entendimiento, mas no le importo.
Ahora más que nada tenía tiempo. Su familia podía arreglárselas sin ella unos días más. Habían sido años de dedicación exclusiva a ellos y al abandono de su carrera. Necesitaba saber la historia de Shizuka y Takeshi. O más bien de Kazuha y Heiji. Se acercó a la cama y observó su rostro tranquilo, mientras apartaba unos mechones de su frente.
"¿Cuánto has tenido que sufrir, niña?". Pero no hubo repuesta. Como no la recibiría hasta dieciocho horas después.
-¿Cómo que no pueden darnos esa información?-el grito exasperado de Hattori se escuchó por toda la planta. Estaba ante su jefe, acompañado de Kudo, esperando por una información que todos se negaban a darle.
-Agente Hattori, como ya le expliqué al agente Kudo, aunque el caso haya terminado con éxito debemos velar por la seguridad de Toyama-san -estaba asustado. Esos dos eran los mejores agentes que tenía y estaban siendo muy insistentes. Pero eran órdenes, y estaban para cumplirlas.
-Yo…nosotros, estuvimos al cargo de Ka…Toyama-san, así que agradeceríamos que nos facilitase la información-masculló entre dientes, error tras error, preso de su propio carácter.
-Lo que mi compañero quiere decir, es que puesto que estuvimos al cargo de Toyama-san, y tras los últimos incidentes en los que se vio envuelta, agradeceríamos que nos facilitasen su localización para poder visitarla y comprobar la mejoría en su estado- Shinichi intentaba ser lo más formal posible, sabía que con malos modos no llegaría a ningún lado, cosa que Heiji no comprendía. Su amigo bufó para volver a recostarse en la silla.
-Lo siento chicos, pero tengo las manos atadas.
-¡Manos atadas mis coj…!-Shinichi le dio un golpe seco en el estómago haciéndole callar en el acto. Podía entenderle, pero aquel método lo único que conseguiría sería conseguir una suspensión o expulsión del cuerpo. Así que agarró a su compañero por la chaqueta y con una leve inclinación de cabeza ambos salieron de allí.
-Gracias por su colaboración.
Heiji iba farfullando, el resto de personas les observaba con curiosidad, pero no se atrevían a decir nada, ni siquiera a acercarse a ellos. Si antes eran los grandes detectives juveniles, ahora, tras la disolución de la Organización, nadie se atrevía ni a toserles.
A pesar de todo había rumores. Unos decían que habían acabado con todos los miembros ellos solos, consiguiendo la información a base de torturas innombrables. Otros, que la desaparición de Hattori por una semana se había debido a la infiltración en el grupo y que eso les había llevado a su disolución. Y los más oídos y a la vez más silenciados, eran que el del Oeste había acabado enamorado de su protegida y que a su muerte, había acabado con toda la organización en una acción kamikaze, apoyado y salvado por Kudo. Sea como fuere, ambos salieron del edificio sin dirigir la palabra a nadie, y ninguno se la dirigió a ellos.
-¿Habéis conseguido algo?-Ran les esperaba fuera, nerviosa. Llevaban un par de días así, tocando puertas, moviendo hilos. Nadie decía nada. Ni una pista, ni un hilo del que tirar. Nada.
-Se niega a decirnos algo- se quejó Heiji mientras azotaba el asiento de su moto- ¿Y ahora que hacemos? Era el último al que podíamos acudir.
-¿Lo has intentado con su padre?-preguntó Shinichi, sus neuronas comenzaban a quemarse, ¿Cómo era posible que no hubiese una maldita pista que seguir?
-No sabe nada de ella, le llamaron desde un móvil para decirle que estaba bien, y que había despertado y se iba recuperando. Que no iba a tener secuelas- suspiró abatido-Rastreó el móvil. El nombre y la dirección eran falsos, pero el rastro ha llevado al capitán de Kazuha.
-Que se negó a darnos información-Shinichi estaba cansado de esa búsqueda infructuosa- volvemos al punto de partida.
-¿Y esa señora? ¿Cómo se llamaba?-Ran intentaba recordar.
-¿De quién hablas, Mouri?
-La mujer de Miyajima, ¿Puede ser Mi-chan? Ella se fue con Kazuha en el helicóptero.
-Seguramente en cuanto llegaran al centro médico la devolverían a su casa-aventuró Heiji.
-¿Y si no es así? ¿Y si ha estado a su lado todo este tiempo?-la revelación le vino de golpe. Tras la emoción de saber que Kazuha estaba bien, las imágenes de aquel día quedaron bloqueadas en su mente, ya que habían sido revividas demasiadas veces. Pero ahora, los últimos segundos compartidos con aquella mujer, le volvían con nitidez- Ella dijo que cuidaría de Kazuha, estoy segura que si hay alguien que haya podido seguir a su lado, sin duda es esa mujer.
-Es insistente y terca como una mula- meditó el de Osaka- ¡Es posible que tengas razón! ¡Gracias Ran!- en unos segundos la chica se vio elevada por los aires en un abrazo del moreno que la hizo no tocar el suelo. No pudo evitar reírse. Por fin volvían a ser ellos mismos.
-Hum-el tosido falso a su lado les hizo mirar a un Shinichi que les miraba enojado. Ambos se soltaron levemente sonrojados.
-¡Hey, Kudo! No hace falta que te pongas celoso, sabes bien que sólo somos amigos.
-No estaba celoso-refunfuñó como un niño pequeño. Ran intentó esconder la sonrisa tras su mano.
-No sabía que me querías tanto, Shinichi-kun-se burló el de Osaka adoptando una voz femenina. En un primer momento Kudo se enfadó, pero después empezó a reírse con ellos.
-Cállate, teme, vayamos a buscar ese número.
-¿A quién llamas teme, ahou?
Era una sensación extraña. Había podido abrir los ojos en lo que le pareció un esfuerzo inconmensurable y miró alrededor. Todo era blanco, opacado por un leve velo nebuloso. Extraño. Volvió a abrir los ojos, manteniéndolos abiertos unos segundos, recorriendo la habitación en un vistazo, lo único que destacaba era un punto negro y azul en la silla junto a la ventana. Le costó un poco reconocerla: Mi-chan.
Intentó decir algo, pero tenía la garganta seca, y a parte de algo similar a gemidos ahogados, no podía decir gran cosa. Después ordenó a su cuerpo moverse, pero notó ese hormigueo típico que se siente cuando una zona ha quedado entumecida tras una mala posición o un descanso excesivo, y tuvo que rendirse frustrada al de pocos minutos.
¿Qué estaba haciendo allí? Volvió a cerrar los ojos. Calmó sus nervios. Oía con claridad los ruidos de la máquina a la que estaba conectada. Sintió una punzada dolorosa en el pecho y lo recordó. Todo. ¿Y Heiji? ¿Y el resto? La alarma se encendió en su cabeza, y eso hizo que la máquina aumentase la frecuencia y la intensidad de los pitidos, despertando a la persona durmiente a dos escasos metros.
-Tranquila, tranquila, estás bien, estás a salvo-la mujer tomó su mano intentando calmarla, mientras apretaba el botón de llamar a la enfermera. Kazuha intentó sentarse, pero su intento quedó en una mueca de dolor al notar unos pinchazos en el pecho- No te muevas mucho, cariño, todavía tienen que cicatrizar los puntos.
Pero ella no podía rendirse, iba contra su carácter, así que aun dejándose caer en la cama, pudo esbozar una palabra.
-¿Heiji?
La mujer la miró sorprendida por unos momentos, agradeciendo a su curiosidad el darle la información necesaria.
-Nadie más resultó herido, puedes estar tranquila- esas palabras la permitieron relajarse unos segundos, los cuales aprovechó la mujer para tomar un vaso de agua con una pajita que tenía preparado y se lo acercó a la boca. La chica sorbió con avidez, y sintió la humedad recorrer su garganta, devolviéndola a su estado natural.
-¿Qué sucedió?
Megumi dudó por unos segundos, hacía un par de horas se había atrevido a preguntarle por la historia al misterioso chico de la 324. Le dijo que esa chica formaba parte de la policía, y que había estado en Miyajima de incógnito protegida por su guardaespaldas. Pero habían dado con ella y había resultado herida. Ese mismo día, a las cinco de la mañana, se había llevado a cabo una operación secreta que había acabado con todo el peligro. Ahora podría volver a su vida normal.
-Un hombre te disparó, pero Akira-kun lo redujo después de que Keiko-chan le disparara-se había sentado a un lado de ella sobre la cama. Kazuha intentaba procesar la información, su cabeza aun no trabajaba al cien por cien y los nombres las despistaron unos segundos-pero todos están bien, y ese chico que estaba contigo se está recuperando, me ha dicho que el peligro ya ha pasado.
-¿Qué chico? ¿He…Takeshi-kun?-no le había mencionado, y como siempre daba miedo, mucho miedo que algo pudiese haberle pasado por su culpa, recordaba que se acercó a ella, que la había cogido, y había intentado alejarle, salvarle, porque su asesino podía seguir por allí, al acecho…
-No, Takeshi-kun está bien, me refiero al otro chico que estaba allí, me ha dicho que es un compañero tuyo del trabajo…
-Makoto-kun-le recordó y no pudo evitar que un escalofrío la recorriese. Se alegraba de que estuviese a salvo, pero era una sensación agridulce, imposible de explicar.
-Me ha dicho que le avisase cuando despertases-Mi-chan se fue a levantar y se sorprendió del férreo agarre en su brazo.
-No quiero verlo.
-Está muy preocupado por ti, viene todos los días varias veces y…
-No quiero verlo.
-Está bien-ante estas palabras el agarré se aflojó, pero la mujer no se movió. La chica ante ella ahora era totalmente distinta a la que una vez había conocido, ahora se daba cuenta de porqué tantas cosas no casaban en ella con anterioridad.
El silencio se mantuvo por unos escasos minutos.
-¿Alguien más ha venido a verme?
-Por lo que he podido saber, tu paradero es información clasificada-vio la decepción pintada en su cara, pero no se atrevió a decir más.
-Entiendo.
Entendía. Entendía que ese estúpido detective que se creía el mejor de todos los tiempos, no había tenido intención de buscarla, y por eso no estaba allí. Suspiró cansada y notó los puntos de la herida tirando ligeramente. Conocía lo suficiente de medicina, para saber, desde el momento que sintió el punto donde el proyectil atravesó su piel, que era un disparo mortal. Y sin embargo ahí estaba, en un estado físico bastante bueno dadas las circunstancias.
-¿Por qué estoy viva?
No sabía como explicárselo. La verdad se le hacía tan inverosímil como a ella. Sólo pudo acercarse a la ventana y tomar la bolsa donde había vuelto a guardar todo. Sacó el omamori y se lo tendió. Los ojos de Kazuha se abrieron de sorpresa. ¿Eso era…?
-¿Mi omamori?-lo tomó con cuidado, dándose cuenta de la fragilidad del mismo, como si ese fuese el cuerpo dañado que podía haber sido el suyo. Al palparlo lo entendió-la cadena…-se llevó el omamori contra su rostro y empezó a sollozar, sin importarle que el hipo de su sollozo la hiciese contraerse de dolor-oh,dios…
Rápidamente se vio abrazada por los brazos de su amiga, que la dejó desahogarse, sin controlar el tiempo ni la fuerza de su llanto. Cuando estuvo algo más tranquila, la mujer se alejó un poco de ella y acarició sus cabellos, como una madre haría con su hija.
-¿Quieres contármelo todo, Kazuha?-se sorprendió al escuchar su nombre real de labios de ella, para darse cuenta que por fin el telón había caído, que podía volver a ser ella. Afirmó con la cabeza, mientras se secaba unas últimas lágrimas rebeldes.
-¿Por dónde empezar?
-¿Por qué no empiezas por esto?-Mi-chan señaló el omamori y los ojos de ella se llenaron de nostalgia, mientras una dulce sonrisa adornaba su rostro.
Habían pasado dos meses y aún no sabían nada de ella. ¿Cómo podía haberlo hecho? ¿Cómo podía haber desaparecido otra vez? Ran juraba no saber nada, y por la preocupación en su mirada podía saber que era verdad.
Pero después de mes y medio sin ninguna nueva pista de su paradero, había perdido los nervios. Había vuelto al trabajo, sí, pero sólo para distraerse, porque su maldita mente no podía dejar de pensare en ella. Y en ese imbécil. Se había encargado de que lo siguieran después de saber que habían estado juntos en aquel hospital, al que sólo había podido llegar através de una pista de aquella mujer. Bufó. Ayashima Megumi se había convertido en un grano en el culo. No sólo lo tuteaba ya por su nombre real, sino que siempre ponía esa cara de yo sé algo que tú no sabes que lo desquiciaba. Porque sí, quería saberlo. Además no sabía lo que Kazuha le había contado a aquella mujer del demonio.
Ni ella ni el imbécil le habían llevado a nada. El tío había dimitido de su puesto y se había trasladado a Fukuoka. Pero no estaba con ella, podía estar seguro. Le bastó una visita para cerciorarse. Una noche de vigilancia le pareció ver demasiado movimiento en la casa de aquel hombre, así que desatendiendo a los consejos de Kudo se había aventurado hasta la casa de él. Aporreó la puerta hasta que le abrió.
-¿Se puede saber qué estás haciendo tú aquí?- gritó al ser echado a un lado brutalmente de la puerta. Heiji había entrado hasta su salón y rebuscaba por todos lados como un loco.
-¿Dónde está?-había vuelto a donde él estaba y le había levantado tirando de su camiseta-¿Dónde la escondes?
-¿Estás loco? ¿De qué estás hablando?-pero lo supo, reconoció algo en los ojos de aquel hombre que también estaba impreso en los suyos y sonrió-Así que es eso…tampoco quiere saber nada de ti-calló al ser golpeado contra la pared.
-¡Cállate maldito bastardo! ¡Deberías estar pudriéndote en la cárcel!-Hattori y Kudo sabían que Makoto había llevado a aquellos hombres hasta Miyajima, pero no habían sido capaces de probar nada, el muy cabrón había limpiado bien su mierda- ¿Tú tampoco sabes nada de ella?
Makoto escondió su propia frustración en una sonrisa ladina, al menos disfrutaría restregándole lo poco que había conseguido de ella, quizá fuese más de lo que el agente podía haber conseguido.
-Sé que sus labios son suaves y que normalmente están ligeramente húmedos, con un sabor tropical- no vió venir el puño que se estrelló en su nariz y que le caer al suelo.
-¡Eres un mierda! ¡No te atrevas a tocarla! ¿Me oyes? ¡Es mía! Tú no tienes ni puta idea de nada- estaba seguro que se volvería a abalanzar sobre él, pero Kudo le sujetaba haciendo acopio de toda su fuerza. Y sonrió. Eso hizo enervar aun más la sangre del de Osaka, sin embargo, el del este, sin la testosterona menguando sus capacidades, se dio cuenta que la sonrisa del policía era de resignación, no de arrogancia.
-Vete de mi casa-logró echarlo con la ayuda de Kudo y cerrar la puerta. Heiji se fue despotricando hasta el coche, sin percatarse de la realidad. Makoto hacía tiempo que sabía quienes eran Hattori Heiji y Shinichi Kudo. Aquella mañana, en que Kazuha le había contado todo a aquella mujer él había escuchado tras la puerta. Había perdido. Por eso no se extrañó cuando habló con ella y ésta le pidió el no volver a verle. Él sólo había afirmado, y se había hecho a un lado, tomando la vida que ella le había ofrecido lejos de ella. Porque ante todo él quería que ella fuese feliz, y haría todo lo que estuviese en su mano por conseguirlo.
Aunque eso no significaba que le fuese a decir algo a Hattori Heiji. Esa era una verdad que él mismo tendría que descubrir.
Observó el interior de la cafetería antes de adentrarse en ella. Hacía frío y le apetecía tomar un chocolate caliente. La navidad estaba cerca, y encontrarse en una de las mejores cafeterías de Shinsaibashi, aseguraba tener que acomodarse en la barra, lejos de los grandes cristales con vistas a la calle Mido-suji, una de las más transitadas en esas fechas.
Al entrar se quitó el gorro de lana y aflojó la bufanda, el ambiente acogedor que allí se respiraba le recordaba la última vez que estuvo allí, hacía más de veinte años, celebrando el último cumpleaños de su madre.
-¿Mesa para uno?- no tuvo tiempo de responder cuando un camarero la llevó hasta una pequeña mesa al final del local. Al final estaba junto a la cristalera, y dudó unos segundos antes de despojarse de todas sus capas de ropa. Su pelo seguía planchado y su maquillaje nacarado en su sitio, comprobó contemplando su propio reflejo. Nadie que no se detuviese a mirarla con atención y la conociese reconocería a la antigua Kazuha Toyama de Osaka.
Pidió el chocolate y comprobó su móvil. Aquello era estúpido, nadie tenía el número, nadie iba a llamarla. Había alquilado un pequeño piso en la zona norte de la ciudad por el que había pagado al contado y nadie había exigido acreditación, de lo cual se alegraba. No le gustaba utilizar documentación falsa. Se había refugiado en su ciudad de origen para decidir qué hacer, pero había pasado más de un mes y aun no lo sabía.
El camarero colocó la taza delante de ella. La tomó entre las manos, le encantaba notar la transmisión de calor que llegaba del humeante líquido. Conocía bien los tres frentes abiertos a los que se enfrentaba, y por eso estaba más que segura que el problema estaba en ella misma, y no en ellos.
Por un lado estaba su padre. ¿Cuántas veces se habían visto en los últimos años? Tres veces, quizá cuatro. Su miedo a enfrentarse al pasado la había llevado a no pisar su ciudad todos aquellos años. Qué idiota. Además, la relación cerrada que su padre mantenía con la familia Hattori le había servido más de excusa para protegerse de él, porque tal como había pasado las pocas veces que se habían visto, se había visto tentada a caer, a volver a su antigua vida. Había aprovechado los viajes de trabajo en los que su padre había sido desplazado solo a otro lugar del país para colaborar con la policía local, pero esas ocasiones eran escasas, su jefe Hattori Heizo viajaba con él la mayoría de las veces, y eso actuaba como un repelente para la cercanía de Kazuha. Y después, lo poco que había sabido de ella, es que tenía que salir del país y que su hija estaba en peligro de muerte. Makoto le había informado que había vuelto al país mientras ella estaba en el hospital, y que le habían llamado para comunicarle que ella estaba bien. ¿Cómo podía ir a verle ahora? ¿Qué podría decirle? Había sido tan sumamente egoísta que se sentía incapaz de mirarle a la cara. Le había dejado solo. Igual que Heiji había hecho con ella años atrás.
Bufó, y tomó un poco de chocolate, intentando quitarse el amargo sabor de boca, pero la pureza del cacao le devolvió un amargor distinto, cargado de una dulzura que la hizo sentirse un poco mejor. Eso la llevo a Ran.
Lo había hecho con la mejor intención, intentaba salvarla, pero en esa intención había golpeado uno a uno los puntos débiles de la karateka. Las lágrimas que había derramado en Miyajima no eran suficientes para paliar su culpa. Había herido a la persona que había estado con ella en los peores momentos, la que había sufrido tanto o aún más que ella, la única que la comprendía y había apoyado cada una de sus decisiones. Quizás por eso, porque no hacía falta preguntarle para saber que no apoyaría su última opción kamikaze, había utilizado el único método que le quedaba para alejarse de ella. Era ruin, una burda excusa de las tantas que había hecho en sus últimos años de vida, y ahora, después de todo el veneno escupido por su boca, no sabía cómo acercarse a ella, qué decirle, para que perdonase aquella verborrea sin sentido en lo que pensó sería su último día. Conocía el corazón de Ran lo suficiente para saber que la perdonaría, a estas alturas ella sabría toda la historia y entendería bien sus razones para haberse lanzado a los brazos de la muerte. Las más visibles, y las más ocultas.
Heiji. Era lo mismo una y otra vez. Su talón de Aquiles, su maldita debilidad, la misma que le había llevado a casi morir en aquella isla. Porque sí, quería proteger a su padre, a Ran…pero sobre todo, quería protegerle a él, a su estúpida cabeza hueca, a su maldita sonrisa autosuficiente. Lo sabía, parecía una de esas novelas baratas en la que la protagonista se ve abocada a seguir irremediablemente enamorado de un inútil que la ignora y que no hace más que desprestigiarla. Y ella sigue allí, sus sentimientos siguen allí, y por más que huyese de nuevo no iba a solucionar nada, porque sus sentimientos irían con ella allá donde fuese. ¿Qué hacer entonces? ¿Seguir como si nada hubiese pasado? ¿Establecer una amistad cordial y comerse sus sentimientos como había hecho en su juventud? ¿Decirle todo de una vez? Quizá era lo que ya tocaba, pero su determinación se iría por el caño en cuanto estuviese ante él. Podía estar enfadado, seguro que lo estaba. Seguramente preocupado, porque siempre lo había hecho por su persona, aunque lo negase una y otra vez. Pero estaban condenados a no entenderse, él no era capaz de escuchar y ella no era capaz de callarse. Dios, si sólo supiese un poco de lo que había dentro de esa desesperante mente detectivesca…recordaba los últimos recuerdos de su conciencia, sus ojos verdes exaltados y preocupados, su boca moviéndose, esbozando palabras que sus oídos no procesaban…
-¡Oh, Dios mío, eres tú!-el grito a su lado la hizo despertar de su trance-¿Qué haces aquí?
Miró con duda a donde procedía la voz. ¿Por qué de todos los lugares del mundo tenía que entrar justo allí? Porque si estaba segura de algo, era que no iba poder escapar, la sonrisa en aquel rostro se lo decía.
Porque una sonrisa como aquella en el rostro de Suzuki Sonoko sólo podía significar una cosa: problemas.
