DREAMER X
¿Has amado alguna vez a alguien hasta llegar a sentir que ya no existes?, ¿hasta el punto en el que ya no te importa lo que pase?, ¿hasta el punto en el que estar con él ya es suficiente, cuando te mira y tu corazón se detiene por un instante?
El diario de Noah
Una insignificante gota de agua cayó sobre su nariz y le obligó a elevar la mirada hacia el cielo ennegrecido que se cernía sobre él. Menudo día había elegido para salir de su encierro. La mañana había amanecido soleada, pero hacia el mediodía, las nubes que a lo lejos amenazaban con llevarse al sol, hicieron acto de presencia y cubrieron toda la bóveda celeste, anunciado que pronto habría una gran tormenta.
No es que le molestara en absoluto, de hecho prefería la lluvia otoñal al sofocante calor veraniego, pero sí se planteó que era toda una paradoja que aquel día, que debía presentarse feliz, pues iba a pisar la calle por primera vez en mucho tiempo, diese muestras de teñirse de rayos y truenos.
Un suspiro escapó de sus labios al notar la segunda gota caer sobre su mejilla y cerró los ojos, aspirando el olor a hierba y tierra recién humedecida.
Se iba. Al fin iba a salir de aquel retiro mental y no sabía si debía sentirse feliz o triste al ser consciente de que aun no estaba del todo recuperado. En las últimas semanas su vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Había aceptado como parte de sí a aquellos fantasmas que pululaban a su alrededor y aprendió a hacerles frente, tenía claro que no era culpable de ciertas zancadillas que nos pone el destino, pero sobre todo, había admitido que amaba y ni quería ni podía arrancarse ese sentimiento que se había adueñado de él.
No había dejado de medicarse. Si bien ya no era del todo un adicto, de vez en cuando le era indispensable una vicodina que calmase el palpitante dolor que se instalaba en su pierna, pero había aprendido a tomar sólo las necesarias y a no ser prisionero de la adicción. Y luego estaba todo lo que dejaba entre aquellos muros. Bobby, a quien había tomado especial cariño aunque nunca lo admitiría, el enfermero Simon que le hacía los resúmenes semanales de Hospital General, el doctor Nolan que le ofrecían cigarrillos a escondidas y por supuesto, Caroline "piernas" Gable.
En el fondo estaba triste por tener que marcharse, durante seis meses aquel había sido su hogar y ahora estaba allí, en la calle, con una maleta a sus pies y sin nada más en los bolsillos que su orgullo herido y un montón de sentimientos perdidos que aun no habían logrado encontrar un lugar dentro de su maltrecho corazón.
Vio a Wilson bajarse del coche y charlar con el director del hospital y el doctor Nolan y miró resignado el cielo. La lluvia ya era un hecho consumado y el día estaba tan oscuro como cuando ingresó… tal vez era un mal presagio, tal vez no debería salir de allí, tal vez…
-No pienses tanto. –Susurró una voz a su espalda. Sonrió al reconocerla de inmediato y pensó que debía ser como un libro abierto para aquella mujer.
-Creí que no tuteabas a los pacientes. –Le respondió cuando se paró a su lado, observando también el cielo encapotado.
-Bueno, ya tienes el alta, así que técnicamente has dejado de ser mi paciente. –Caroline le sonrió con dulzura y House pensó que si no estuviera tan jodidamente enamorado de Cuddy, aquella enigmática mujer sería una buena compañera en sus noches vacías.
-No se si debo irme…
-Claro que debes irte. En cualquier lugar estarás mejor que aquí. Ya has visto lo que es esto, Greg, un almacén de locura con decenas de compartimentos que cada uno contiene más dosis de sinrazón. Y tú ya no eres un demente. Sigues estando loco, pero es una locura más sana. –Se sonrieron y ella sacó una pitillera, tomando un cigarrillo, ante la sorprendida mirada de su antiguo paciente.
-Creí que no fumabas.
-Y no lo hago… bueno sólo a veces, cuando me apetece volver a ser un espíritu libre.
-Creía que eras la más libre de todos nosotros, pero ya veo que me equivoqué. Es curioso, pero hace seis meses que te conozco y sin embargo apenas sé nada de ti… el House de antes hubiera adivinado tus talones de Aquiles a la primera, en cambio el House de ahora no sabe ni quién eres… estoy perdiendo mis facultades…
-No creo que hayas perdido facultades, lo que ocurre es que hago un buen trabajo ocultando quién soy realmente… un poco como tú, aunque a ti se te da peor disfrazarte de lo que no eres. –Replicó, sonriendo forzadamente. –No tengas miedo a salir de aquí, Greg. Allá afuera te esperan un montón de posibilidades…
-Creo que te voy a echar de menos, sobre todo a tus piernas. –Admitió, con cierta tristeza.
-Jajajaja -Rió abiertamente, sorprendiendo al nefrólogo, pues rara vez la había visto reír de esa forma tan natural, sin encorsetamientos profesionales.
Caroline se quedó mirándole durante unos instantes que a él parecieron eternos, por la incomodidad que le causaba ser observado de esa forma y de repente y ante su sorpresa, la doctora arrojó la colilla al suelo, la pisó y se inclinó sobre él, dándole un ligero abrazo que se le supo a despedida. Solía sentirse cohibido e incómodo cada vez que alguien tenía un gesto así como él, pero esa vez, sin darse cuenta, correspondió al abrazo, estremeciéndose ligeramente al sentir el pequeño beso que ella le depositaba en la comisura de los labios.
-Eres un gran tipo, lo sabes, ¿verdad? –Susurró, separándose de él.
-Déjale y huye conmigo. –Le dijo, divertido, señalando al doctor Nolan. Ella sonrió con amargura y lanzó un suspiro de derrota que a House no le pasó desapercibido. -¿Por qué estás con un tío que te usa de segundo plato? Aunque te prometa diariamente que dejará a la cornuda de su mujer, sabes que nunca lo hará.
-Tú no has dejado de alucinar con tu jefa estando aquí, le has dicho "te quiero" pese a que sabías que ella no te estaba escuchando y has respondido al afecto que te mostraba su figura imaginaria, pese a que eras consciente de que era producto de tu propia mente. Sabías lo que ella era y sin embargo no dejaste de seguirla, porque la amas.
-¿Y qué tiene eso que ver con que seas la querida de éste? –Exclamó un tanto incomodado porque ella sacara a relucir a cada momento sus sentimientos.
-Pues que es lo mismo. Tú has actuado así porque amas a la doctora Cuddy, por eso no te ha importado que te vean hablando o besando a una alucinación. Yo soy el segundo plato de ese hombre porque le quiero. Es un amor insano y autodestructivo, igual que el vuestro, pero uno no elige de quien se enamora. El amor es así y casi siempre lleva aparejado sufrir.
-¿Y qué sentido tiene estar con alguien si te causa dolor? –Preguntó, intentando responderse a sí mismo una pregunta que hacía demasiado que rondaba por su cabeza.
-Tal vez ninguno, pero tanto amar como sufrir son partes esenciales de la vida, si renunciamos al amor para evitar el sufrimiento, ¿qué nos queda? Perderíamos un ápice de nuestra humanidad. Además, pesando en una balanza los malos momentos y los buenos, sin duda los buenos pesan más aunque sean pocos, porque son los que hacen que tengamos algo de esa felicidad utópica que tanto perseguimos. No hay que renunciar a esos pequeños momentos de alegría por temor a las lágrimas que vendrán después, porque cuando llegue el dolor, el recuerdo de ese pequeño ratito de felicidad, será el único consuelo que nos quede y siempre es preferible vivir un momento feliz a no haberlo vivido nunca.
House se quedó callado, procesando en silencio sus palabras e intentando convencerse de ellas. Notó su ropa ligeramente empapada por la débil lluvia que había comenzado a caer y vio como Wilson le hacía señas para que se acercara al coche, aunque no hizo ningún intento por moverse de su posición.
-No lo retrases más, Greg, tu amigo te espera. –Susurró Caroline, siendo nuevamente su conciencia. Le apretó ligeramente el brazo, dándole fuerzas para empezar a caminar hacia su nueva vida y murmurando un "hasta la vista", se apartó de él, entrando en el edificio. House sonrió con tristeza y se arrastró hacia la salida, sintiendo como sus zapatos se llenaban del barro que había provocado la lluvia. Se acercó a Wilson que le dio una palmadita en la espalda y susurrando unas palabras de despedida a su psiquiatra y al director del centro, se subió al coche, dispuesto a cerrar un ciclo e iniciar otro.
Wilson arrancó el coche y lentamente, comenzaron a alejarse del tétrico hospital que durante meses había sido un escondite perfecto para sus miedos. House no pudo evitar mirar por el retrovisor, cómo el descomunal edificio se quedaba atrás y sintió que una punzada de miedo le invadía. ¿Qué haría a partir de ahora? Durante seis meses había vivido recluido, preso de sus demonios y aunque le fue duro enfrentarse a ellos y descubrir todos los trapos sucios que ocultaba su alma, ahora estaba fuera y le tocaba enfrentarse a un demonio aun mayor: la realidad.
Y eso le aterraba. Aprender a vivir sin adicción, sin la supervisión de sus médicos, sin hablar de lo que sentía sacando al exterior cada pedazo de su amargura, retomando de nuevo su empleo… y sobre todo, enfrentando a Cuddy y todo lo que ella representaba en su vida.
-Bueno… ya estás libre al fin. –Dijo Wilson, haciendo trizas el silencio que se había instalado entre ellos.
-Libre… anda que no eres peliculero ni nada Jimmy, cualquiera que te escuche pensará que atraqué un furgón bancario y he pasado diez años enchironado. –James sonrió, feliz de tener a su amigo de vuelta, aunque a la vez, un tanto preocupado por cómo enfrentaría House su vuelta a su antigua vida.
-¿Qué tienes pensado hacer ahora?
-Llamar a alguna amiguita que reviva a mini Greg que después de tanto tiempo sin mojar, el pobre debe estar a punto de atrofiarse.
-Hablo en serio. –Suspiró con exasperación el oncólogo, dándose cuenta que poco o nada había cambiado House, aunque en el fondo, así lo prefería, pues no quería que él cambiase, de ser así ya se hubiera buscado otro amigo.
-Y yo. –Contestó, mirando por la ventanilla como las gruesas gotas se estampaban contra el cristal. –Supongo que lo primero que haré al llegar a casa será darme una ducha, tocar el piano, beberme un buen Bourbon y si a la noche me siento muy solito, llamaré a alguien que me haga compañía.
-House… ya sabes lo que hablé con tus terapeutas. Vivirás en mi casa una temporada, así que me temo que tendrás que olvidarte de esos planes. Ahora necesitas estar bajo la supervisión de alguien, así que te trasladas y así vigilo que no cometas alguna de tus estupideces.
-¡Ya salió la supernanny al rescate! –Murmuró enfadado, cruzándose de brazos como un niño enrabietado. -Sé cuidar de mí mismo.
-Sí, claro. –Repuso su amigo con ironía, dándole un rápido vistazo. -Vendrás a mi casa y sino vienes, me traslado yo a la tuya, tú verás. Además, no sé para qué te haces tanto de rogar si en el fondo vivir conmigo es un chollo para ti, te ahorras la asistenta, te plancho la ropa, te preparo la comida…
-Jimmy, confiésalo, estás enamorado de mí, ¿verdad? Por favor dímelo ahora que aun estoy a tiempo de poner doble cerradura a mi habitación. -James rodó los ojos y tratando de ignorarle, encendió la radio, dándole un volumen bajito, dejando que las noticias deportivas sonaran como melodía de fondo.
-No quiero ir a tu casa, no esta noche. –Susurró, con la mirada perdida en el asfalto.
-Qué más da hoy que mañana, tarde o temprano tendrás que venir y retrasarlo…
-Wilson… he pasado seis meses encerrado en Mayfield, no tienes ni puta idea de lo que ha sido… -Tomó aire con resignación, intentando hallar las palabras adecuadas. -Esta es mi primera noche fuera y me apetece pasarla solo en casa, quiero tocar mi piano, mi guitarra, dormir en mi cama, bañarme en mi bañera… y ver mi colección porno.
-Está bien, supongo que no pasará nada porque hoy duermas sólo, además, así aprovechas y recoges tus cosas. Sólo espero no encontrarte mañana tirado en el suelo con un bote de pastillas vacío…
-No papá, te prometo que sólo tomaré caramelitos de limón.
Poco a poco el coche fue adentrándose en la ciudad y el nefrólogo contuvo el aliento cuando tras varios semáforos en rojo y una media hora de intenso tráfico, comenzaron a divisar su calle.
-Vendré a recogerte mañana, guardamos tus cosas en el maletero y nos vamos al hospital. –Dijo Wilson, parando frente a la entrada del edificio de apartamentos.
-¿Vas a querer un besito de buenas noches? Te advierto que no soy de los que besan en la primera cita. –Preguntó Greg, pestañeando seductoramente. Wilson alzó la mano, resignado, a modo de despedida y esperó a que su amigo sacara la pequeña bolsa de viaje del maletero. Instantes después, le observó caminar todo lo rápido que le permitía su cojera hasta la entrada del edificio, para no mojarse con el aguacero y cuando la puerta se cerró, arrancó y se alejó de allí, rezando todo lo que recordaba para que cuando volviese a la mañana siguiente, no se encontrase un cadáver.
House se sacó la llave del bolsillo de la chaqueta y luchando con el ligero temblor de su mano, la introdujo en la cerradura. La hizo girar, no muy seguro de si debía abrir del todo la puerta que le recluiría en su antigua prisión o echar a correr hacia la salida.
Finalmente la cerradura hizo click y abrió, empujando lentamente la madera.
Dio un par de pasos y se quedó parado en el umbral, sintiendo que una extraña mezcla de nostalgia y vacío se adueñaba de él. Nostalgia por el recuerdo de los momentos vividos en aquella casa… y vacío, porque al recibirle únicamente el silencio, fue consciente de que aquel nunca había sido un verdadero hogar.
Empujó lentamente la puerta sin llegar a cerrarla del todo y arrojando la maleta y el bastón al suelo, se acercó cojeando a la ventana. Descorrió las cortinas, dispuesto a permitir el paso de algún débil rayo de luz que le diera un ápice de habitabilidad, pero comprobó decepcionado que era un hecho imposible, teniendo en cuenta la que estaba cayendo y que el cielo ya comenzaba a adoptar la negrura de la noche.
Se quitó la chaqueta empapada y encendió la luz de una lamparita, impregnando la estancia de una extraña calidez. Se quedó allí, parado en mitad del salón, muy quieto, paseando su mirada por toda la habitación e intentando no sentirse un extraño en su propia casa.
Y entonces lo vio, frente a él, erigiéndose majestuoso, en medio de tanto desorden, como si estuviera expectante por volver a sentir sus manos sobre él. Se acercó con paso lento pero decidido, hasta posar sus manos en la calidez de la superficie. Se sentó frente a él y tembloroso, acarició una tecla… y otra… y otra, hasta que sus oídos quedaron impregnados de una agradable melodía de inspiración ashkenazí, que compuso meses atrás en una noche solitaria y que jamás se atrevió a regalarle a la musa que la había inspirado.
Oyó el chirrido de la puerta de la entrada al abrirse y sin atreverse a levantar la mirada de las partituras, sonrió. El bueno de Wilson tenía vocación de padre. Debería recomendarle que buscara una chica y se pusiera a llenar el mundo de pequeños Jimmys, antes de que le castigara a él sin televisión por portarse mal.
-¡Ya te dije que no beso en la primera cita! –Gritó al aire. Y de repente, el sonido de un par de pasos le estremeció y dejó de tocar, abandonando la canción a la mitad. Sólo fueron tres pasos, un firme taconeo muy familiar que le heló la sangre y le encogió el corazón.
Tembloroso, se giró hacia el lugar de donde provenía una respiración agitada y entonces la vio. Parada en el umbral de la puerta, con sus altos tacones manchados de barro dejando huellas difíciles de borrar en el suelo de la entrada y totalmente empapada. Y el corazón le dio un vuelco. Porque estaba preciosa, con la nariz enrojecida por el frío y algunos mechones de su cabello mojado, pegándosele en la frente y sobre todo, porque era la primera vez que la tenía frente a frente después de descubrir que la maravillosa noche que había pasado con ella no había sido más que un engaño de su propio yo.
Se quedó totalmente mudo, sin saber muy bien qué decir ni cómo actuar… ¿sería otra alucinación? No quería ni pensar en esa posibilidad… no otra vez…
-¿No me invitas a pasar? –Preguntó la decana y él creyó notar un ligero temblor en su voz. El doctor tragó saliva con dificultad, tomó aire, contó mentalmente sin establecerse una meta numérica y abrió la boca, rezando para que de ella saliera alguna frase coherente.
-El apartamento está hecho un asco… -Susurró, volviendo su mirada hacia la partitura para evitar seguir viéndose reflejado en sus ojos. -Igual que el dueño… creo que aquí hay poco glamour para una decana como tú.
-Bueno ahora mismo la decana se encuentra calada hasta los huesos y con los zapatos llenos de barro… no creo que me caracterice en estos momentos por el glamour… Sobreviviré. –Sonrió. House observó su abrigo mojado y su cuerpo tiritando de frío y sin mediar palabra, se levantó y se encaminó hacia el baño. Oyó la puerta cerrarse y el sonido de sus tacones recorriendo la estancia y suspiró aliviado al comprobar que no se había marchado.
Cuando volvió, la halló sentada en el sofá, despojada del abrigo y los zapatos y revelando una camiseta verde humedecida que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. El doctor se acercó titubeante hacia ella y le tendió la única toalla limpia que había encontrado entre los cajones del baño. Ella la tomó y sus miradas se cruzaron cuando una descarga eléctrica recorrió sus cuerpos por el simple roce de sus manos.
Era increíble… había imaginado tantas veces ese momento, que ahora no podía creer que realmente estuviera allí, pero lo que más le desconcertaba era el hecho de sentir un cierto rencor hacia ella. Durante meses, pensó que cuando la viese lo primero que haría sería sujetarla firmemente de la nuca y besarla hasta perder el sentido, pero ahora que la tenía frente a él, sosteniendo sus ojos en una mirada eterna, sólo podía pensar en lo solo que ella le había dejado cuando más la necesitaba y de nuevo, la ausencia de visitas, de llamadas, de cartas, le recordó los momentos de dolor en Mayfield y desvió la mirada, tomando un lugar en el otro sillón, mientras comenzaba a ordenar viejas revistas esparcidas por el suelo.
-¿Qué tal estás? –Se atrevió a preguntar Cuddy después de largo rato de incómodo silencio.
-Bien, ¿por qué habría de estar mal? –Repuso cortante y en seguida se arrepintió de su defensa verbal, al notar como un cierto ápice de tristeza se adueñaba de su bello rostro.
-Hablé con la junta del hospital ayer y puedes volver mañana a tu trabajo, aunque estarás bajo mi supervisión durante algunas semanas… hasta ver como evolucionas. Pero si quieres puedes tomarte unos días más, una semana…
-Prefiero empezar mañana, he tenido muy abandonados a mis patitos y ya es hora que Foreman saque su culo de mi silla, no vaya a ser que se le quede pegado y ya no pueda retirarlo ni con agua hirviendo. –Ella sonrió forzadamente y se concentró en mirar el temblor de sus manos.
-¿Qué haces aquí, Cuddy? –Preguntó al fin, deseoso y temeroso, de conocer la respuesta.
-Sólo quería saber si estabas bien…
-Pues ya ves que sí. –Repuso. -He sobrevivido sin ti… –La decana sintió que aquellas palabras se le clavaban en el pecho como un puñal rasgando la carne y asintió, intentando que sus acuosos ojos no dejaran escapar ni una sola lágrima. Se levantó, intentando no tambalearse, dobló cuidadosamente la toalla con la que se había secado el cabello y la dejó a un lado en el sofá.
Y entonces una marca en su muñeca captó la atención del doctor. Era una pequeña cicatriz que para cualquiera hubiera pasado desapercibida, pero no para Gregory House, que sintió como esa marca le traía a la memoria recuerdos de una noche en la que creyó encontrarse con su gemela irreal. No pudo evitarlo y casi se abalanzó sobre ella, tomando su mano con fuerza.
-¿Cuándo te has hecho eso?
-¿El qué? –Preguntó ella, asustada y nerviosa por tenerle tan cerca que podía sentir su respiración haciéndole cosquillas en la cara.
-¡Esa cicatriz!
-Ah, eso… hace unas semanas, me corté con un cristal y… -House no siguió escuchando su explicación porque las piezas del puzzle comenzaron a encajar en su cabeza y se trasladó astralmente a aquella noche en la que Amber se fue para siempre y tras su partida, él compartió besos y confesiones del alma con alguien que creyó salida de su imaginación. Aquella noche de algo más que alucinaciones, vio aquella cicatriz aun no curada, pero creyendo que se trataba de un juego mental, no se atrevió a preguntar cómo ni cuándo se la había hecho… y ahora todo encajaba al fin.
-¡Estuviste allí! –Murmuró, todavía en shock. -¡Aquella noche! Estabas allí y dejaste que creyera que era una alucinación… ¿por qué hiciste algo así? ¿Por qué jugaste conmigo? –Bramó, tomándola fuertemente de la muñeca, casi clavándole las uñas.
-No jugué contigo… -Susurró, soltándose de su amarre y evitando mirarle. –Aquella noche sólo quería verte…
-Es gracioso que digas eso cuando en seis meses no fuiste y ni siquiera llamaste. ¿Pretendes ahora que crea que me echabas tanto de menos que te presentaste allí en plena noche y convenciste al director del hospital para que te dejara entrar? Puede que esté loco, Cuddy, pero no soy idiota. –Escupió.
-Puedes pensar lo que quieras, pero es la verdad. Aquella no era la primera vez que iba a verte, pero sí la primera que me atreví a mostrarme ante ti. Fui a visitarte cientos de veces, con Wilson, cada domingo. Durante el trayecto recreaba en mi cabeza todo lo que te diría cuando te tuviera delante, quería contarte lo que sentía mientras tú estabas allí… pero cuando el coche se acercaba, me entraba pánico y era incapaz de bajarme. Creo que Wilson se cansó de repetirme lo idiota que era. –Sonrió forzadamente y Greg comenzó a relajar sus facciones, sintiendo algo parecido al alivio. –No podía entrar allí, House, no podía verte en ese estado y tampoco podía permitir que tú me vieras así.
-No es excusa. –Murmuró, aun empecinado. –Podías haber llamado, haberme escrito una carta o haberle dicho a Wilson que me diera una excusa más creíble que "está hasta arriba de trabajo y tiene que darle el biberón a Mowgli"… cualquier cosa antes que dejarme tirado.
-¡Nunca te dejé tirado! –Gritó. –Jamás te abandoné… ¡Maldita sea!¡Fui la primera en llegar al hospital cuando vaciaste un bote de somníferos! –Su confesión le dejó anonadado y entonces recordó aquella triste noche de la que casi no salió vivo y los susurros y llantos ininteligibles que creyó oír mientras dormía.
-No intenté suicidarme, sólo quería dormir… -Se excusó.
-Para dormir te tomas una pastilla o dos o cuentas ovejitas, no vacías un bote entero.
-No controlé la cantidad, yo… estaba alucinando y no sabía cuántas tomé… -Vio un par de lágrimas deslizarse por sus mejillas y se sintió más miserable que nunca. –Aluciné contigo… me pediste que no siguiera tomando pero no pude parar, sólo quería descansar… cuando estaba en el hospital te escuché llorar. Te oí hablar en sueños, pero Wilson me dijo que no habías venido y creí que lo había imaginado todo.
-Yo le pedí que te mintiera. Era mejor así.
-¿Mejor para quién?
-Para mí, House… habías estado a punto de acabar con tu vida, ¿cómo quería que me sintiera? Lo único en lo que podía pensar era en lo dañino que es estar a tu lado, sólo quería alejarme de ti para que nunca más volver a sufrir.
-Y lo hiciste, te alejaste…
-No… -Rió amargamente, intentando controlar sus emociones. –Era imposible… Intenté no saber de ti, hacer que nunca habías existido pero seguías ahí, en tu despacho, en la cafetería, en el sillón que ocupabas siempre que entrabas en mi despacho, en la sala de descanso, en Wilson, en cada conversación… Siempre estabas ahí.
-¿Por qué esa noche me hiciste creer que estaba alucinando?
-Aquel domingo quería acompañar a Wilson pero al final me eché atrás. Luego me arrepentí y fui al psiquiátrico, pero cuando llegué era ya de noche y el horario de visitas había terminado. Pensé que tal vez era lo mejor, que debería irme y así no interferir en tu recuperación, pero no aguantaba más las ganas de verte, así que le supliqué al director del centro que me dejara pasar a tu habitación un momento. Pensó que sería bueno para ti y accedió.
-Y te aprovechaste de que creí que eras una alucinación.
-No lo hice adrede, pero cuando me di cuenta que creías que yo no era real, decidí que era mejor así porque podría actuar tal y como quería sin temor a enfrentarme luego a ti.
-Debiste decírmelo –Susurró, bajando la mirada, avergonzado de todo lo ocurrido esa noche. –Esa noche dije cosas que no hubiera dicho si hubiese sabido que estabas allí.
-¿Te retractas? –Preguntó, un tanto decepcionada. -Porque yo no me arrepiento de nada de lo que hice esa noche. Fui tan partícipe de ese momento como tú y no me retracto en absoluto, ni de cada palabra, ni de cada gesto ni… -No pudo contenerse más y sujetándola firmemente del cuello, la atrajo hacia su cuerpo, besándola casi con desesperación, tal y como llevaba deseando hacer desde el mismo momento en que la vio frente a él. Besó sus labios como había querido hacer desde que se cruzó en su vida en el despacho del profesor Carter; abrió cuidadosamente su boca y dejó su lengua unirse con la de ella, tal y como deseó sellar su contrato de trabajo en el PPTH años atrás; acarició cada rincón de su boca como había querido hacer cada vez que le reñía por llegar tarde, en cada reunión de la junta de facultativos, en cada fiesta de beneficencia, cada vez que discutían, reían o se retaban. La besó como siempre había querido hacer, porque en definitiva, siempre había querido besarla.
Se separaron ligeramente, para tomar algo de aliento y se vio reflejado en sus ojos y le gustó demasiado lo que encontró en ellos.
-Jura que eres real… -Susurró tan cerca de su boca que su aliento le acariciaba los labios. La decana sonrió, entrelazó sus manos tras su nuca y se pegó más a su cuerpo.
-¿No te basta con las pruebas que te estoy dando? –Volvió a besarla casi con desesperación, acariciando su espalda y acercándola tanto a su cuerpo que entre ellos era casi imposible el paso del aire.
Instantes después, se encontraron recorriendo con sus urgentes manos el cuerpo del otro, despojándose de la ropa que les estorbaba. House cerró su mente a los mensajes de dolor que le transmitía su pierna, se centró únicamente en sentir a aquella mujer que ahora era más suya que nunca y sin dejar de besarla, la arrastró hasta el dormitorio.
Continuará
