Estoy nadando en el humo
de los puentes que he quemado.
Así que no pidas perdón,
estoy perdiendo lo que no merezco.
9
Por amor y por justicia.
Si había algo en toda su vida que estaba seguro que nunca haría, eso definitivamente sería entrenar un aprendiz. Por experiencia de algunos de sus compañeros sabía que no era una tarea para la que estuviera hecho pero ahí estaba, de pie frente al inicio del jardín de rosas venenosas mirando casi indignado la manera tan… normal y típica en la que esa niña… sí, la misma que sacó del pueblo cuando intentó entrar a una casa que ardía hasta los cimientos; pensó que era un niño pero resultó ser una niña con el cabello corto. Nadie podría culparlo por su confusión, solo había que ver a esa criatura olvidada por los dioses para descubrir la falla obvia en su percepción. Primero, su voz era algo gruesa o apagada, su cabello era un desastre aún mayor que el que se les venía encima a mucha gente que conocía, sus ojos azules carecían de brillo. Y su vestimenta definitivamente no era la de una niña. Pantalones caqui que abrazaban sus pantorrillas y se mantenidas aferrados por cordones que le llegaban a los tobillos, con bolsillos por todas partes y en los que uno de ellos guardaba una navaja, y esa fea camisa negra y arrugada que a pesar de los dos lavados que había recibido conservaba un rescoldo del aroma del humo.
Suspirando, Afrodita reconoció por primera vez en su vida que necesitaba ayuda y que la necesitaba con urgencia. No sabía qué hacer con los niños en general y mucho menos con una niña pequeña. A base de insistencias que podrían o no haberse basado en una amenaza con una rosa roja involucrada, descubrió que irónicamente su nombre era Rosemary. No sabía su edad ni dónde estaba su padre, o por qué tenía un arma blanca en el bolsillo, pero recurriendo a sus recuerdos podía imaginar que quizás su padre desapareció junto al cuarenta y cinco por ciento restante del pueblo, que su edad rondaba los nueve o diez y que llevaba un arma a cuestas porque era una ladrona. Su delgada contextura y sus brazos y piernas debiluchos daban fe de ello al igual que sus zapatillas protegidas con cinta adhesiva y su ropa sacada del depósito de alguna iglesia del Ejército de Salvación.
La niña comenzó a juntar rosas ante sus ojos, pinchándose los dedos y haciendo mínimos sonidos de protesta como consecuencia. Afrodita pensó que podría detenerla, realmente pensó que debía hacerlo, pero el hecho de que ella estuviese en su jardín venenoso donde las rosas se clasificaban por colores y nivel de peligrosidad, hacía que una parte suya sintiera algo de admiración por ella. No había sentido su cosmos si es que estaba haciendo galantería de alguna habilidad no conocida por él para soportar el aroma que solía provocar tos y mareos en sus compañeros, y tampoco sabía si en algún momento se desplomaría y tendría que explicarle al Patriarca y Athena por qué permitió que un civil se pusiera a jugar en un lugar tan peligroso.
La niña salió del jardín cargando las rosas en sus brazos y contra su pecho, dando saltitos con sus pies descalzos; cruzó a su lado como una exhalación para perderse en el interior del templo. Por lo menos, Afrodita había logrado que se quitara esa ropa horrenda y la suplantara por el vestido blanco hasta los tobillos que usaba actualmente, con una cadena anudada en su cintura y volados en los breteles. Casi podría hacerse pasar por una doncella si no mantuviera esa expresión moribunda todo el rato y no actuara como una salvaje. Siguiéndola al interior del templo, pasó por la cocina, notando que las puertas del refrigerador y los estantes bajos estaban abiertas, y siguió de largo hasta la sala de estar, donde la encontró sentada en el suelo frente a la mesa baja, repleta de rosas y cintas que si debía admitirlo, no tenía idea de dónde las había conseguido. Hizo una nota mental de bloquear con llave su habitación y se acercó para apreciar el trabajo increíblemente bueno que estaba haciendo, confeccionando coronas con las flores mortales, enredando los tallos y sosteniéndolos con las cintas. Era una tarea excelente, pero esperaba desde lo más profundo de su corazón que no estuviese pensando en ofrecer esas coronas como regalos. No tendría a quién regalárselas, de todas maneras. Tal vez las usaría ella. Sólo eran tres pero daba la impresión de que planeaba confeccionar por lo menos una docena.
— ¿Qué piensas hacer con esas coronas? —se atrevió a preguntar, asomándose por detrás de ella y con las manos ocultas tras su espalda.
—Voy a obsequiárselas a las personas que están tristes —contestó, hablando bajo y con suavidad. Su voz todavía apagada y sin ese timbre de campanilla que poseían las niñas. Se volteó a verlo, sus ojos sin brillo lo escrutaron con tranquilidad, como si estar en el Santuario de Athena, dentro del recinto de los doce templos y específicamente en el que estaba rodeado de veneno no le afectara en lo más mínimo.
Afrodita no pensó que hablara en serio al decir que obsequiaría esas rosas a alguien, pero ella se volteó pero ella se limitó a voltear y volver a lo suyo y él palideció un poco.
¡Salvaje!
¡¿Cómo podía darle esas cosas a alguien?!
Carraspeando, volvió a intentar hablar con ella.
— ¿Y a quién piensas obsequiarle esas coronas?
—Una es para la chica que está allá arriba —apuntó con sus dedos finos y raspados hacia la salida de Piscis, al templo de Athena, y luego apuntó hacia abajo, a la entrada—, y la otra es para la chica que está por allá.
Afrodita no necesitaba demasiadas explicaciones sobre quiénes eran esas chicas y estaba seguro como que Hades los odiaba a todos por ser más lindos que él, que no permitiría que esa niña estuviese alrededor de Athena con una rosa envenenada.
—No puedes darle esas rosas a nadie. Están envenenadas. —Podría habérselo dicho de una manera más amable o menos directa, pero pensándolo bien, ella probablemente no era consciente de que poseía una increíble resistencia al veneno que podía derribar a un santo de oro.
Sus hombros esqueléticos se desplomaron y la tarea de confeccionar coronas se detuvo abruptamente. Tras un momento que pareció de pesadumbre y duelo, comenzó a mirar hacia todas partes, moviendo la cabeza de tal manera que los mechones encrespados de su cabello bailaban en una especie de danza hipnótica.
—Necesito papel para hacer flores —dijo de repente, levantándose y enfrentándolo como si él representara un obstáculo a vencer.
— ¿Por qué siquiera estás haciendo esto? —preguntó, un dejo de resignación se deslizó en su voz y sorprendió a la chiquilla, que comenzó a verlo con sus inmensos ojos muy abiertos—. ¿Ahora qué?
— ¿Acaso no lo sabes? Las flores hacen felices a las personas.
Afrodita decidió que ya no podía soportar esa situación y tomó la mano de la niña para sacarla del templo. Tenerla por ahí con el riesgo de que le llevara flores venenosas a alguna persona no era algo que fuera a tolerar. Bajó las escaleras que lo llevarían hasta Acuario esperando que su guardián y sus alumnos estuviesen presentes y con la esperanza de que si la involucraba con otros infantes, se abriría un poco más y dejaría de ser tan… tan salvaje. El hermano de Milo era un niñato dulce y educado y amigable; él podría hacerla hablar, incluso podría hacerla sonreír o traer algo de brillo a sus ojos apagados.
El templo estaba en silencio y solo el cosmos de Camus estaba presente. Cuatro días atrás Kanon les había traído las buenas nuevas sobre Poseidón y aunque todos discutieron largo y tendido sobre qué podría pasar y qué podrían hacer en cada posible situación que se plantearon, no habían llegado a ninguna parte. Por supuesto, Camus ya estaba enterado del tema, Afrodita en persona se había encargado de contárselo junto con Shura mientras Camus solo miraba al frente con esa expresión fría y muerta que acostumbraba llevar. Él lucía un poco diferente, sin embargo. Lo había notado cuando conversaron sobre Poseidón y sus planes de llevarse a Milo. La mirada del acuariano ya no estaba tan vacía, había algo ahí dentro, como una tormenta gestándose lentamente. Y lo que sea que fuera, lucía como que no sería lindo cuando finalmente lo sacara a la luz. Su piel incluso lucía un poco más pálida de lo usual y ligeras ojeras adornaban la piel bajo sus ojos. Su postura era rígida y sus cejas temblaban.
Lucía cansado.
Afrodita sentía pena por él y también por Milo, pero no había nada que alguien pudiera hacer para solucionar las cosas entre esos dos. Él no se había alejado demasiado cuando Milo los envió a todos a comer espárragos, razón por la cual había sido capaz de oírlos conversar; y aunque sabía que en el pasado sus peleas llegaron a ser épicas, no creyó jamás que Camus fuera capaz de irse luego que ella le dijera con total sinceridad que su corazón estaba rompiéndose. A Afrodita nunca nadie le había roto el corazón, pero por cómo lucía Milo esa noche, parecía ser que dolía mucho.
Sea como fuere, Camus no estaba feliz con la noticia de que el emperador de los océanos estaba planeando enviar una invitación a Milo y se veía totalmente como que levantaría un muro de hielo entre la escorpiana y el dios si fuera necesario. Pero también se veía como si quisiera golpear a alguien.
Realmente esperaba que su relación con Milo mejorase en los próximos días, o las cosas se pondrían interesantes si ella aceptaba irse.
Ingresó anunciándose con su cosmos y al instante el de su compañero lo reconoció. Los pasos sonaron desde la zona privada del templo cuando el acuariano apareció cargando un viejo libro como tantos otros viejos libros que lo había visto cargando en el pasado. A veces Afrodita se preguntaba si Camus no debería tener el mismo aroma añejo y polvoriento que los libros que leía, pero no, él olía a frío y colonia. Luciendo sus ligeras ojeras y con los ojos entornados, se veía como si hubiese bebido una preocupante cantidad de café y comido más caramelos de menta de lo que una persona debería comer en toda su vida.
—Buenas tardes, Camus —saludó, formando una sonrisa amigable que sabía que no sería devuelta. Se detuvo a unos metros a su lado, la niña que lo acompañaba en silencio se ocultó tras su espalda y ahí se quedó, como una pequeña sombra tímida—. ¿Pensabas ir a alguna parte?
—Voy al octavo templo —respondió de inmediato, echándole una mirada a la niña—. ¿Necesitas algo?
—…Ah, pues sí. Verás, tenía la esperanza de que me prestaras a tu alumno Mika por un momento. Lo necesito para… objetivos sin fines de lucro.
Camus le observó por un momento y luego de vuelta a la niña y suspiró, liberando aire como si fueran restos de su alma. Encaminándose hacia la entrada de su templo, murmuró:
—Mika está en Escorpio, con su hermana.
Afrodita tuvo que reconocer que ese tipejo era valiente si planeaba ir en busca de Milo otra vez. Por lo que sabía, la primera vez que fue por ella, Milo lo atacó. La indignación de Mu por el comportamiento de su compañera al contárselo a todos había resultado casi adorable. La segunda vez había sido cuatro días atrás, cuando Milo cruzó Capricornio y Sagitario corriendo como si Apolo estuviese justo sobre su espalda y desde entonces nadie, ni siquiera Hyoga, fue capaz de hablar con ella.
Siguiendo a su compañero, Afrodita se dirigió también hacia el octavo templo, sobre el cual el cielo se mantenía limpio y claro, ajeno a las densas nubes de tormenta que el dios de los mares enviaba como defensa, una barrera que se mantenía suspendida día y noche sobre toda Grecia, país que actualmente se encontraba privado de la luz del sol junto a todo ese hemisferio de la Tierra. Mucha gente alrededor del mundo afirmaba que ese suceso se debía a un pronto apocalipsis y tomaban medidas de prevención francamente idiotas como recluirse en refugios subterráneos o en las montañas, o incluso en el fondo del mar creyendo que estarían seguros si alguna plaga o entidad divina o diabólica enviaba la destrucción sobre el mundo. En lo personal, Afrodita no se preocupaba tanto por el despertar de Caos, sino por las consecuencias que eso le traería a Milo. Nunca fue especialmente cercano a ella pero comenzaba a creer que se molestaría seriamente si a su compañera le sucedía algo.
Cuando llegó al octavo templo acompañado de la niña, Rosemary, Camus estaba cerca de la puerta que llevaba a la residencia privada, y Milo estaba frente a él a unos metros, vistiendo su armadura y en una obvia posición defensiva. Intrigado pero a sabiendas de que no debería meterse donde no le convenía, se mantuvo al margen, escuchando y viendo el intercambio entre los supuestos mejores amigos de la orden dorada.
—Sólo necesito que te mantengas quieto por un momento, no puede ser tan terrible —decía ella. Su voz suave y convincente dejaba en claro que no tenía buenas intenciones.
—No hasta que me digas por qué —replicó Camus, cruzado de brazos. Su sequedad al hablar podría haber destruido la fe de cualquier ser humano, pero Milo no era cualquier ser humano.
—Hay algo que quiero comprobar.
— ¿Por qué debo ser tu conejillo de indias luego de que prácticamente me acusaras de arruinar tu corazón?
—Eres un exagerado.
—Y tú una dramática.
—Camus —insistió Milo, bajando los hombros y entornando hacia arriba sus delicadas cejas. Sus ojos se pusieron brillantes por un momento y pareció inflar un poco las mejillas. Tomando aire con esfuerzo, dijo—: Por favor.
Ah, la palabra mágica. Afrodita había visto a mucha gente pedirle algo por favor a Camus de Acuario antes de ser rechazados con algo incluso peor que la crueldad. Pero aparentemente todo lo que se necesitaba para que él accediera a hacer algo era ser Milo con cara de perrito apaleado. Porque de verdad, esa expresión hubiese comprado a cualquiera, incluso a Afrodita.
Suspirando, Camus aferró el libro en su mano derecha y luego extendió los brazos a los lados, separó las piernas un poco y esperó. La expresión de Milo pasó de ser lastimera a peligrosa en menos de un segundo, y en lo que se considera un parpadeo, ella encendió su cosmos y preparó su técnica predilecta dispuesta a lanzársela a Camus, quien pareció comprender las intenciones de la escorpiana muy tarde, ya que cuando intentó moverse del camino, ella ya iba hacia él a una velocidad que difícilmente podría ser detectada por el ojo humano.
Milo atacó a Camus con la Aguja Escarlata, sin miramientos y sin titubear, dejándolo atrás por unos buenos quince metros cuando el mortal veneno del escorpión lo atravesó. Camus estuvo de pie un momento antes de comenzar a temblar y caer sobre sus rodillas, soltando el libro y cubriendo su abdomen por el cual un hilo de sangre corrió con prisa, manchando su armadura y el suelo junto a él.
Intrigado por lo que fuera que Milo planeó cuando hizo aquello, Afrodita la observó en silencio, esperando por lo que ella tuviera que hacer o decir. A su espalda, Camus se volteó y la miró con confusión y molestia.
— ¡¿Por qué lo hiciste?! —escupió a través de su forzada respiración.
Milo no le respondió. Ella sólo estaba de pie en su lugar mirando su estómago, con una mano en el aire como si fuera a ahuecar algún objeto. Su mirada era atenta y crítica, su expresión de concentración tan intensa que se veía como si esperara el resultado de un examen. Entonces, la mano que mantenía en el aire se tiño de rojo cuando un hilo de sangre fue despedido de entre los bordes de su armadura, y ella compuso entonces una mueca de dolor, abriendo la boca y tragando aire precipitadamente y como si fuera a ahogarse. Afrodita vio con confusión la manera en que ella, palideciendo y soltando maldiciones silenciosas, se inclinaba hacia adelante cubriendo su abdomen con la mano libre y medio gruñendo. Por un momento se sintió todavía más confundido al verla reprimir sus gestos o su voz de la forma en que lo hacía, pero al sentir que un leve temblor en el suelo provocaba un eco sordo que caló en sus huesos, comprendió que mientras más alterada estuviera, más destrucción provocaría a su alrededor. Todavía no olvidaba cómo se había derrumbado la mitad del templo de Escorpio cuando ella voló a través de la pared exterior usando como escudo a su propio Pilar.
Pensó que Caos era aterradora.
—No sucede nada —susurró Milo, cambiando nuevamente sus gestos. La confusión y expectación en sus facciones la hacían ver como un manojo de nervios. Miró hacia atrás, a Camus y luego volvió a mirar su abdomen—. Hijo de perra, es tal y como sospeché.
—Supongo que ahora me explicarás por qué me… ¿estás sangrando? —Camus soltó algo parecido a una exhalación de asombro, su rostro palideció más allá de lo posible y a pesar de su reciente herida se levantó y comenzó a andar en dirección a Milo, pero se vio obligado a detenerse a medio camino, contorsionándose, sus manos aferrando la zona herida; específicamente su lado izquierdo, de donde la sangre que brotaba se tornó negra—. ¿Qué fue lo que hiciste? —gruñó, clavando sus ojos en Milo.
Ella soltó algunas palabras ininteligibles al ver lo mismo que Afrodita vio en Camus.
Tal vez no era Camus. El cosmos frío de su compañero se volvió casi violento, agresivo y a la vez increíblemente triste, sus ojos de color zafiro se tornaron de un tono de violeta tan oscuro como nubes de tormenta en una noche, su expresión generalmente calmada o neutra pasó a tener muchas en una; tristeza, miedo, confusión, incluso creyó ver algo parecido a admiración o cariño, pero emociones mayormente negativas lo dominaban, convirtiéndolo en alguien totalmente diferente a Camus.
Milo se levantó, sosteniendo su abdomen con la mano izquierda y apuntando a su amigo con la derecha, exponiendo su peligrosa uña escarlata, pero quien fuera en quien se había convertido Camus —porque no era él—, avanzó hacia ella con paso decidido y olvidando la herida sangrante en su costado. El líquido negro ya no salía como si fuese sangre pero la mancha oscura en su armadura lo hacía ver antinatural y peligroso. El cosmos que lo envolvía también lo era, se sentía milenario, como algo que llevaba tiempo encerrado o concentrado en un mismo lugar y que emergía en ese momento como una represa al estallar. El cosmos de Milo se encendió como si fuese a lanzarse a una batalla a muerte y cuando Afrodita se propuso avanzar para cubrir a su compañera, Camus clavó sus oscuros ojos en él y con un movimiento de su brazo, una gruesa pared de hielo se levantó y cubrió el espacio entre ellos, encerrando a Milo con él y dejando afuera a Afrodita, quien sentía una extraña y acuciante necesidad de quebrar ese muro que le impedía llegar con su compañera y alejarla de quien fuese que estuviese allí en lugar de Camus.
Ese no era Camus pero a la vez se veía como si lo fuera. Suspirando con frustración, Afrodita elevó su cosmos hacia todos los presentes en el Santuario, llamando incluso a los santos de bronce y a los invitados enviados de Hades, Poseidón y Odin. El primero en responder, para su sorpresa, fue el juez Aiacos de Garuda, quien aterrizó detrás de él dando aletazos con las enormes alas oscuras de su armadura. Su tenebrosa y cortante mirada fue más allá de él, hacia el muro de hielo recientemente erigido y luego hacia su lado derecho, donde la pequeña Rosemary se aferraba a su antebrazo con ambas manos.
—Hay dos personas en este lugar que no deberían estar en este mundo, sino en el mundo de los muertos —comentó, su voz destilando orgullo y fanfarronería, pero su mirada seria y crítica. Apuntó con un gesto de su cabeza a la entrada bloqueada del octavo templo y dijo—. Una de esas personas está ahí dentro con Milo de Escorpio.
— ¿Quién es la otra persona? —preguntó Afrodita.
—Esa niña que llevas contigo—respondió el juez del Inframundo.
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El pasillo principal del templo se volvió penumbroso y frío cuando las paredes de hielo se levantaron bloqueando las dos entradas. Milo podía sentir en ambas direcciones los cosmos de sus compañeros y de los enviados de los dioses que se aliaron con Athena, podía sentir también el cosmos de la diosa, haciendo un pedido de calma y específicamente ordenándole a Camus de Acuario abandonar el templo de Escorpio, pero ella sabía que quien estaba adelante no era Camus. La expresión del rostro de ese hombre volvió más dura, con una mezcla extraña entre experiencia, fortaleza y resignación, el aire de tristeza que destilaba en su cosmos junto a una increíble cantidad de furia contenida le hizo saber de inmediato que en ese cuerpo no había nada que perteneciera a su antiguo amigo y compañero, ni siquiera los ojos, cuyos irises se habían vuelto de un tono violeta tan oscuro que no poseía brillo alguno; e incluso su cabello pareció oscurecerse al punto en que no supo si era completamente azul o verde, o una fuerte mezcla entre ambos. Algunos mechones comenzaron a ondularse en las puntas y de alguna manera hasta su piel cambió, volviéndose uno o dos tonos más oscura y otorgándole sombras a su rostro que, de alguna forma, también ensombrecieron su mirada.
Él clavó sus ojos en ella luego de asegurarse que nadie traspasara el muro de hielo, y Milo elevó su cosmos y preparó su ataque. No tenía idea de cómo las cosas habían llegado a ese punto; todo lo que ella quería hacer en un principio era comprobar por qué esa llamarada de fuego negro ya no se desataba al sangrar cuando se hería, o si eso tenía que ver con Camus. También quería saber si había sido una coincidencia que se hiriera cuando él lo hizo, pero su plan no era…
—No te acerques más —advirtió.
Pero él puso una mano sobre la suya, cubriendo sus dedos y presionando con algo que podría haber sido gentileza... antes de que una mínima cantidad de su cosmos se acumulara en su mano y una fina capa de hielo se formara sobre el brazo de su armadura, congelándola por completo hasta la línea del codo. Milo retiró su mano de él y se alejó, elevando su cosmos para derretir el hielo, pero cuando lo hizo una nueva capa se formó y esta vez su brazo izquierdo también se congeló.
—Es por tu seguridad —dijo él.
Algo en el interior de Milo tembló cuando escuchó esa voz. Era totalmente diferente a la voz de Camus pero al igual que con los Pilares de la Creación, ese tono poseía la característica de resultarle conocida aunque nunca lo había oído en su vida. Sin embargo, eso no hacía que todo ese asunto de ese tipo poseyendo a Camus fuera menos espeluznante. Por su forma cortante de hablar podía imaginar que se trataba de el verdadero yo de su amigo, y cada mínimo gesto le indicaba que así era: su forma casi despectiva de mirarla, la postura de su cuerpo, el aire de indiferencia absoluta, todo era Camus.
—Vuelve a cual sea el lugar del que escapaste y devuélveme a mi amigo —exigió, pensando en que si se negaba, las cosas iban a irse directo al demonio.
—Antes hay algo que debo hacer. No me tomará mucho tiempo, lo prometo —respondió Vasili. Tras eso, se quitó el casco de la armadura y se inclinó, poniendo una rodilla en el suelo y llevando su mano derecha a su pecho, sobre su corazón—. Caos, ven.
Milo frunció el ceño, extrañada por sus acciones y su petición de que fuera, y es que si estaba ahí, ¿adónde más iba a…?
Parpadeando, intentó recordar en qué estaba pensando tan solo un segundo atrás. Sus mejillas comenzaron a sentirse muy calientes al igual que el resto de su cuerpo, el ardor en el lado derecho de su cabeza y la picazón en su ojo le advirtieron que se tornaría de ese terrible y anormal color rojo. Tratando de reprimir lo que fuera que estuviese ocurriendo cuando el suelo comenzó a temblar, Milo ocultó su cosmos pero no pudo hacer nada para frenar el de Caos, que comenzó a manifestarse en forma de destellos de luces blancas, violetas y azules, tiñendo todo el espacio alrededor con esos colores. El temblor se detuvo cuando el aullido del viento se hizo escuchar desde afuera, dándole un indicio claro de lo que podría estar pasando en el Santuario mientras ella estaba ahí, sintiendo que su piel hervía y que ese cosmos inmenso salía de ella como un torrente de lava. Se preguntó cómo podía ese tipo estar tranquilo, de rodillas como si la reverenciara y esperando a que.. ¿qué fue lo que…?
Cerrando los ojos con fuerza, intentó concentrarse en sus pensamientos y olvidar lo que estaba sintiendo, pero en su mente comenzaron a desfilar imágenes, recuerdos de la vida de Meagan que se amontonaban delante de sus ojos como miles de fotografías moviéndose, o más bien como escenas cortadas que en cuestión de segundos tomaron forma, siguiendo un hilo de acontecimientos que en teoría debería conocer pero que por razones que iban más allá de su entendimiento, no comprendía. Pero el entendimiento de Meagan era mayor que el de su nuevo ser, mayor que Milo; y cuando la segunda comprendió eso, dejó que la primera tomara el mando. Así, ya no eran dos personas por separado, sino que eran una sola. No Meagan o Milo, sino Caos. Y después de nueve mil años finalmente estaba delante de él, viéndolo por segunda vez como le había prometido antes de su fallecimiento.
—Algunas veces no te creía cuando me prometías que nos volveríamos a ver siendo nosotros —dijo él, trabando su mirada con la de ella y recorriéndola de los pies a la cabeza.
—Siempre cumplo mis promesas. Finalmente lo has comprendido —contestó.
—Has hecho un gran lío, sin embargo. ¿Era necesario confundir tanto a estos jóvenes?
—Sí.
Vasili, cuya consciencia dormía por la eternidad en el alma cuyo nombre en esa era respondía a Camus, suspiró. Ella ya sabía que no se verían totalmente iguales, en sí misma era incluso más baja que la última vez, su cabello era uno o dos tonos más claros, su piel se sentía más frágil y sus piernas temblaban un poco. La consciencia de Meagan estaba directamente ligada a Caos, a la inmortalidad, y dejando de lado a Milo y su lado mortal. El nuevo cuerpo de Vasili no era igual, tampoco. Él era un poquito más bajo de estatura, su piel era extremadamente clara, su cabello una cortina aguamarina que caía lisa e imperturbable hasta su cintura, era un poco más delgado y sus ojos habían perdido fuerza con el paso del tiempo. Suspirando, fue directo a lo suyo. Sabía que no tenían mucho tiempo antes de volver a dormir en las consciencias de sus almas, pasando a formar parte de las vidas anteriores de quienes ahora vivían como Milo y Camus.
—Necesitas que te responda —murmuró Vasili, frunciendo el ceño y levantándose para encararla. Incluso con los centímetros que había perdido todavía seguía siendo mucho más alto que ella. Tuvo que echar la cabeza hacia atrás para verlo a los ojos—. Podría haberte respondido antes pero tú hiciste todo sola y a tu manera.
—Así tenía que ser.
— ¿Por qué te empeñas en esto? —insistió él, deslizando sus manos hasta las de ella y entrelazando sus dedos—. ¿Por qué quieres hacerlo de esta forma tan cruel?
—Tengo que ser justa —contestó, presionando sus dedos con los de él—. Y ellos también deben saberlo.
—Estos chicos tienen consciencia propia y ahora están oyéndonos. No les hagas esto; no nos hagas esto.
—Hace nueve mil años, cuando encarné por primera vez, me salvaste la vida —murmuró ella, desviando la mirada de los ojos de su esposo—. Creyendo que no era más que un recipiente olvidado, te casaste conmigo para cuidar de mí por el resto de nuestras vidas y como pago por ello te condené al castigo de los dioses.
—Yo sabía lo que estaba haciendo, no me creas tan ingenuo —replicó él, buscándola con la mirada y utilizando un tono de voz afilado—. Y tú no hiciste nada malo.
—Hace nueve mil años me enamoré de ti y te permití tomarme como tu mujer —continuó, haciendo caso omiso a sus palabras—; te di un hijo, una familia. Un semidiós nació de nuestra unión, lo cual está prohibido, yo lo prohibí incluso antes de nacer como humana y violé mi propia ley.
—El castigo es para mí, Meagan. Esa es mi respuesta y debes respetarla —continuó insistiendo. La desesperación en su voz era obvia, lo era también la ansiedad en sus ojos.
—Esa no es la respuesta que necesito y lo sabes —contraatacó ella, sonriendo.
Él guardó silencio por un segundo, cerró sus ojos y soltó sus manos. Tras tomar tanto aire como sus pulmones fueron capaces, volvió a abrir lo ojos. Ya no había ansiedad en ellos ni desesperación, ni miedo, ni rencor. No había nada en Vasili. El tiempo se les estaba terminando y Camus estaba tomando otra vez el control de su cuerpo, tal como Milo estaba haciendo lo propio en su cuerpo, estando atenta a las palabras pero sin reaccionar como una verdadera entidad. Sin embargo, ella quería emerger y para ello debía separarse de Meagan. Debía dejar de ser Caos.
Le había prometido a Vasili que se reencontrarían por un momento una vez más y el momento estaba acabándose, a partir de ahí pasarían a la eternidad como tantos otros, dejando el asunto en manos de Milo y Camus y la reencarnación de Athena que estuviera de turno. Pero antes que se fueran necesitaba que la necia de Milo comprendiera todo lo que estaba sucediendo y necesitaba la respuesta de Vasili, ella ya sabía cuál era pero necesitaba oírlo de todos modos.
—Tienes mi perdón —contestó Vasili, su voz perdiendo fuerza y mezclándose con la voz propia de Camus—. Por haberte enamorado de mí, por haberme entregado tu amor y por ser mía, la consecuencia de ello fue que mi alma se condenara al castigo eterno, pero tú lo impediste. Estás perdonada.
Sonriendo, asintió. Ella había predicho miles de años atrás lo que sucedería en aquella era, sabía que como humana no comprendería nada y estaría a la deriva, pero en ese momento ya no lo estaba. La razón del fuego negro que emergía de su sangre, la razón por la cual al herir a su compañero sentía dolor al mismo tiempo, el motivo oculto por el que bebió la sangre de los dioses, la razón por la que necesitaba una respuesta de Vasili, incluso la razón por la que le tomó tanto tiempo volver…
Todo estaba claro en la mente de Milo, cuya entidad reclamaba el control de ese cuerpo que pronto decaería.
—Gracias —respondió.
—Caos puede ascender —susurró Vasili, dando un traspié y cayendo al suelo sobre su espalda.
Vasili se había ido y el cosmos propio de Camus de Acuario volvía.
En silencio, Meagan se dedicó a transferir información a la mente de Milo por si a la idiota le quedaba alguna duda y fue así hasta que sintió que perdía estabilidad en las piernas.
Al abrir los ojos, Milo estaba pensando en las palabras escritas en la hoja que encontró en el Diario de Vasili y estaba golpeándose por haber culpado a Camus por sus desgracias. Bien, quizás él había roto su corazón en aquella época, pero nada de lo que había sucedido antes y cuyas consecuencias vivían ellos en la actualidad era culpa de él.
De hecho, todo eso era su culpa, de Meagan, de Caos.
La poderosa Caos había fallado al enamorarse de un ser humano.
Milo sabía que sus planes iniciales consistían en juzgar a los dioses por su comportamiento indebido, sabía que tenía que limpiar la maldad arraigada en el corazón de los humanos que estaban destruyendo el planeta, sabía que eso haría que la vieran como una enemiga pero hizo lo que tenía que hacer, juzgó a los dioses del Olimpo, limpió la maldad del mundo y dio una lección a cada raza de seres vivientes para que cuando volviera no hallara maldad alguna en ninguno de ellos. Pero había algo que Caos no había hecho la última vez, algo de lo que desistió por haberse encariñado con ese humano, con Vasili.
Milo miró a su compañero de orden mientras éste se incorporaba lentamente, con una expresión en blanco y con los gestos propios y las características físicas básicas que le daban la tranquilidad de saber que era Camus.
Caos en verdad pensaba dominar el mundo aquella vez, tomar el lugar que por derecho le correspondía para encaminar por sí misma a los dioses y a la humanidad, pero la gran diosa de los comienzos y las causas primeras prefirió dejarse vencer para pasar tiempo al lado del hombre que amaba. Mira que había que ser medio idiota para preferir hacer caso a sus deseos personales y dejar de lado su responsabilidad como la más grande y absoluta de las deidades de todo el universo. Por supuesto, Caos conocía las consecuencias de sus actos y se preparó para ello, lo dejó por escrito a modo de profecía; Milo lo había malinterpretado y acusó a Camus de ser el culpable, pero él no lo era, él solo era la causa que la había llevado hasta donde estaba en ese momento.
—Así que en realidad sí fue mi culpa —susurró él, sentado y con la cabeza gacha. Sus hombros caídos denotaban un aire de derrota tan grande que Milo quiso golpearlo.
—Que no lo fue. Meagan se enamoró de Vasili luego de casarse con él. Por mucho que se resistió, no pudo evitarlo. Fue culpa de Meagan, de Caos. Es mi culpa.
— ¿Serás castigada por algo que sucedió miles de años atrás? —preguntó Camus, elevando el rostro para mirarla.
—Es peor de lo que te imaginas. Caos no es una tonta, fue clemente consigo misma y en lugar de dejar que Vasili ardiera por la eternidad, tomó su lugar para quemarse por él.
—Eso es estúpido, Milo. Tienes que detenerlo.
—No puedo.
— ¡Milo!
— ¿Camus?
—Entonces, ¿la razón por la que volviste en esta era es para ser castigada por algo que en realidad no fue tu culpa sino mía? —reclamó él, destilando tanta frustración que Milo tuvo que mirarlo dos veces para asegurarse que era él y no Vasili.
—No —respondió—. No sé por qué es así, no sé por qué debo… —suspiró, sintiéndose extrañamente derrotada.
De hecho, sí sabía por qué había regresado y no se debía exactamente a Vasili o al error mortal que desató toda esa situación interminable. Caos juzgó a los dioses la primera vez y les dio tiempo para que repararan sus errores y se redimieran, pero ellos no lo hicieron, prefirieron hacer su voluntad levantándose por sobre la humanidad y comenzaron una sucesión de guerras civiles que se desataban cada doscientos años. Caos planeó su regreso para destruirlos, tal y como dijo Athena.
Y Athena también estaba condenada a la destrucción.
Pero no iba a decirle semejante cosa a Camus, él ya no tenía nada que ver en ese asunto, al menos no completamente.
— ¿Por qué no se lo preguntas a los Pilares? ¿Acaso no confías en ellos más que en nosotros? —preguntó Camus, mirándola con tanta intensidad que resultaba molesto.
—Ni siquiera sé por qué estoy hablando contigo —contestó Milo, levantándose y gruñendo un poco por la escasa estabilidad que tenía en las piernas. La fiebre había vuelto y estaba tan mareada que en lugar de ver dos paredes de hielo bloqueando las salidas, veía cuatro—. No lo entenderías.
—Por supuesto que no. Milo, si de verdad fuera culpa de Caos no insistiría —continuó él, reclamando por algo que en realidad no sabía lo que significaba—. Puede ser que te hayas enamorado de mí pero quien aceptó eso en lugar de mantenerse al margen para evitar esto, fui…
—No fui yo. Fue Meagan — lo interrumpió ella, desviando la mirada por un momento a la vez que se sentía sonrojar con furia—. Meagan se enamoró de Vasili. Yo no me enamoraría de ti, tus cejas son raras.
Camus frunció el ceño y luego negó con la cabeza. Levantándose, caminó hacia ella y la sostuvo de los hombros con el evidente y ferviente deseo de sacudirla con fuerza.
— ¿Por qué quieres hacer esto, Milo? Arder por la eternidad en mi lugar…
—No es por la eternidad, de hecho es sólo como un minuto —respondió Milo, pasando por alto el temblor en las manos de su compañero y frunciendo el ceño al recordar las palabras de Meagan escritas en el diario de Vasili—. Y son doce veces según la profecía; diez, contando las dos veces anteriores.
— ¿La profecía que Caos le reveló a Vasili antes que él muriera?
Milo decidió que quizás él tenía derecho a saber lo que estaba sucediendo, al menos esa parte. El que ella fuera enemiga de todos en general saldría pronto a la luz, por lo que no se preocupaba por esa parte. Sin embargo, por mucho que disfrutara desquiciar un poco a Camus, él ya se veía lo suficientemente alterado. Y era extraño ver a Camus alterado. Tomó del bolsillo de sus pantalones un papel doblado en cuatro donde había escrito la profecía en griego y la extendió hacia él, quien dudó un momento antes de tomarlo.
—Lo traduje. También noté que esto es lo que trataba de escribir durante todo el tiempo que… que yo…
— ¿Te refieres al tiempo en que decidiste que ya no somos amigos y te encerraste en tu templo como una niña enfurruñada de seis años?
—Cuidado, Acuario. Podría condenarte al fuego eterno.
Él pareció sonreír por un momento antes de guardar el papel en sus bolsillos. Supuso que era más fácil llegar a los bolsillos para él, ya que la falda de su armadura no era tan complicada. Ese era un pensamiento idiota, pero Milo no quería llegar al que sí se evidenciaba en su rostro y en el de Camus, que ya no estaban en malas condiciones.
—Deberíamos… salir de aquí o algo así —farfulló ella, alejándose de él y preparándose para utilizar una explosión de su cosmos para derribar los muros de hielo que bloqueaban las salidas. Una parte suya no quería ver los rostros de quienes permanecían a ambos lados del pasillo, sus compañeros y los guerreros pertenecientes a los ejércitos de Poseidón, Odin y Hades, pero tenía que hacerlo.
—Te lo preguntaré una vez más —murmuró Camus. Cuando ella se volteó a verlo, él sostenía el papel abierto y estaba leyéndolo—. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué no lo detienes?
—Porque es lo justo —respondió ella.
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Nota al margen: *deja el capítulo y huye gaymente hacia Mongolia*
Es posible que, o quieran matarme a mí, o Camus o a Milo al leer esto. Yo la ver quise matarme un poco y después quise matar a Milo. Pensé también ¡¿wtf?! ¡Esto está muy enredado! Espero que se sientan así, si es así, es que hice bien mi trabajo, sino, me dedicaré a la mímica porque en la repostería no me va muy bien. Ahora, es verdaderamente posible que se confundan, si es así, háganmelo saber con toda violencia (? sino, también haganmelo saber con toda violencia. De todas maneras la semana que viene el capítulo continúa, era más largo pero tenía miedo que la lectura se pusiera más pesada de lo que ya es, además de que hay como un momento en el que pensé, pero qué mierd*** está pasando. La cosa es, que hasta que no se sepan ciertas cosas las demás cosas de mayor peso no pueden comenzar a pasar, porque sino todo sería un misterio y los chicos andarían a ciegas y no quiero eso. Por eso, es probable que me tome algunos capítulos para explicar lo que está pasando hasta acá.
En fin, que disfruten el capítulo y MIL GRACIAS por leer y comentar. Y por cierto, no pude responder porque FF me hace bulying, no sé si a ustedes les pasa pero no me deja ver los review.
Posdata: no hay adelanto porque estoy preparando un especial y me atrasé xD
*Las estrofas utilizadas corresponden a la canción Burning in the Skies de Linkin Park.
Publicación del próximo capítulo: 30/05/16.
