Hoy presentamos:

Interludio I: Saskia

Mi pasado respira en mi cuello
Y parece que ahora todo lo que puedo hacer
Es volver al inicio, donde todo estaba por delante.
Una ilusión desvanecida me plaga ahora.
Mark Jansen

Viena, Imperio Austrohúngaro[1], Octubre de 1897. Hallo! Me llamo Saskia, y ésta es la historia de mi muerte. No te asustes, no es tan terrorífica. O bueno, en realidad depende de tu sensibilidad y de si te gustan las historias de fantasmas. Pero de todos modos te haré la pregunta: ¿Quieres oírla? ¿Sí? ¡Qué bien! Supuse que dirías eso. Con gusto te la contaré. Sólo prométeme guardar el secreto ¿sí? Bien, comencemos…

II

Hamburgo, Imperio Alemán[2], año de 1884. Éramos una familia de cinco. Mi padre era un prestamista cuya fortuna provenía del negocio familiar. Mi abuelo era nada más y nada menos que Johann Vondergeist, el famoso empresario de Dresde. Había acumulado una gran riqueza gracias a la compraventa de especias, y después expandió su negocio para dedicarse a los préstamos y las finanzas. Sólo tuvo dos hijos: Edwin, mi futuro padre, y Burke. Cuando murió le dejó al primero la casa de préstamos, mientras que el segundo se quedó con el negocio de las especias.

Mi madre, Gretchen Lorenz, provenía más bien de una familia un poco más humilde. Se dedicaba a las labores de nuestro hogar, pero no por ello era un ama de casa común y corriente. No. Ella era una escritora cuya costumbre venía también de familia. Su padre era editor de un periódico vienés de baja circulación pero cierta influencia. No tendría los mejores artículos de toda Europa, pero cuando encontraban algo sí que sabían cómo publicarlo. Mi madre colaboraba con la sección de literatura enviándole cartas a mi abuelo con los escritos que iba terminando. No sé cómo le hacía para entregarlos a tiempo con la lentitud del correo de aquella época.

Fue ella quien nos introdujo a mis hermanos y a mí a la literatura, pero al parecer yo fui la única a la que en verdad le importó. Mis hermanos menores no se interesaron mucho por el arte de la escritura. Quizá era por sus edades: cinco años para Blas y apenas tres para la pequeña Kirsten. Eran demasiado jóvenes como para inventar una historia más interesante que sus juegos infantiles.

Pero a mí me encantaba leer los escritos de mamá. Ella solía decir que si yo no me aburría mientras me los leía, el relato podía considerarse un éxito. Y creo que en parte tenía razón. Pronto aprendí a ir inventando mis propias historias, pero con el tiempo me fui encausando más a lo que se escribía en el resto de las páginas del periódico de mi abuelo. Solía hacer "reportajes" acerca de lo que pasaba en la casa y en la calle donde vivíamos: el zapato perdido de mamá, la gripe de mi hermana, los misteriosos libros de contabilidad de mi padre y sus interminables listas de números o el gato de la vecina que nos despertaba a la media noche. En fin, todo suceso, por pequeño que fuera, era una gran historia por contar para mí. Me gustaba leer el diario de mi abuelo, que a veces nos llegaba como respuesta a las cartas de mi madre. Tal vez no entendía muy bien los hechos que en él se narraban, pero cuando escribía mis propias historias intentaba usar las mismas palabras y frases que leía en aquel periódico.

El negocio de mi padre alcanzaba para darnos a mis hermanos y a mí una vida bastante cómoda. Vondergeist S.C. era la casa de préstamos más próspera de todo Hamburgo, así que nosotros gozábamos de todo lo que podíamos y queríamos permitirnos: viajes, buena comida, educación ejemplar, visitas al teatro de vez en cuando, una casa grande, juguetes nuevos y ropa bonita. En verdad que éramos felices, pero nuestra madre siempre nos decía: "Recuerden niños: deben ir a la escuela y educarse; no sabemos si el negocio de su padre nos durará para siempre." Ojalá nunca nos hubiera dicho eso, pero parecía que, como hija ejemplar de un periodista investigador, veía la oscuridad en nuestro futuro. "Tiene boca de profeta" decía mi padre.

Un día mi tío Burke vino a casa, como era su costumbre cada verano. Estuvo conviviendo un rato con nosotros y luego se retiró a hablar a solas con mi padre en su despacho. Como toda una periodista, me oculté por fuera de la puerta para escuchar lo que hablaban dentro. La visita de mi tío sería una buena noticia para el periódico de la familia, el cual yo editaba cada viernes a manera de resumen de los acontecimientos de la semana.

Hablaron durante casi dos horas acerca de un negocio que el tío Burke estaba emprendiendo. Él dijo que estaba a punto de poner a funcionar una fábrica de cuchillos en Rostock, pero que necesitaba algo de dinero para dar el primer arranque a la producción. Mi tío intentaba convencer a mi padre de que le prestara una suma de varios miles de marcos[3] argumentando que serían socios y obtendría la mitad de las ganancias. Papá no parecía muy convencido del negocio, pero al final aceptó firmarle el cheque.

El tío Burke salió feliz del despacho, se despidió de nosotros y se fue de nuevo en su carruaje. Intenté preguntarle a papá acerca de lo que él y su hermano habían estado conversando en el despacho, pero se limitó a decirme que eran "cuestiones de negocios". Traté de sacarle más información argumentando que era para mí periódico pero me evadió diciéndome que eran "cosas de adultos. No para un diario de niños". Sin hacerle mucho caso decidí que esto requeriría de una investigación de campo, así que entré al despacho y revisé su chequera. El recibo marcaba una cantidad con más ceros de lo que normalmente tenían los préstamos de mi padre, por lo que concluí que aquel negocio debía ser algo verdaderamente prometedor como para que él soltara tanto dinero.

Los siguientes meses transcurrieron de manera normal. Incluso oí a mi padre hablar felizmente del progreso del negocio que estaba llevando con mi tío. Mencionaba los informes y extractos bancarios que él le enviaba con las ganancias y la contabilidad, e incluso decía que tenía pensado llevarnos a mis hermanos y a mí de vacaciones a su casa. Tal vez si nos hubiese llevado con él habría podido evitar la catástrofe de los siguientes meses.

Un día dos agentes de la policía llegaron a la casa solicitando hablar con papá. Él los atendió en su despacho como era su costumbre con la gente que llegaba a la casa a hablar de negocios. Yo estuve escuchándolos por detrás de la puerta y pude oír cómo los oficiales le hacían preguntas acerca del negocio de mi tío. Papá alegaba que tenía en regla todos los documentos y que las cuentas estaban bien cuadradas, pero algo se ocultaba detrás de su nerviosismo al responder esas preguntas.

Al final los detectives se fueron, así que le pregunté a papá qué era lo que estaban buscando. Él me respondió no me preocupara, que ellos solamente querían saber algunas cuantas cosas acerca de mi tío; pero eso no logró convencerme. Yo ya había escuchado la conversación que había tenido con los agentes, y esa misma noche lo oí decirle a mamá que tenía que enviarle una carta a mi tío para verse urgentemente con él. Papá estaba ocultando algo y yo tenía que averiguar qué era.

Durante los días siguientes continué mi investigación. Revisé sus libros de contabilidad y los extractos bancarios, pero con apenas diez años de edad no tenía el suficiente conocimiento matemático como para interpretar aquellas interminables tablas de números y nombres. Lo que sí pude deducir es que había algo raro en los cheques que le enviaba a mi tío Burke. Todos ellos mostraban sumas importantes de dinero, pero no aparecían en el libro de registro de los pagos, lo que significaba que él le seguía debiendo a mi papá y sus deudas eran cada vez más grandes. "¿Qué está haciendo el tío Burke?" me pregunté cuando terminé mi "trabajo de campo".

No tardé mucho tiempo en descubrir todo el enredo. Semanas después vinieron a la casa los mismos policías de la otra vez, sólo que en ésta ocasión se llevaron a papá. Lo acusaban de un "fraude comercial" por una cantidad tan grande de marcos que no alcancé a visualizar todos los dígitos en mi cabeza. Mis hermanos y yo intentamos evitar que se lo llevaran, pero mamá nos detuvo y nos dijo que todo estaría bien y que papá volvería pronto porque era inocente.

Esa noche, todos dormimos en la cama con mamá. Estábamos asustados por lo que había pasado. Nuestra vida siempre había sido perfecta. O casi, ya que la perfección no existe en la realidad. Teníamos todo lo que queríamos; todos los privilegios, gustos y placeres que el dinero pudiese pagar, pero con papá en la cárcel la casa comenzaba a temblar como un castillo de naipes.

Las siguientes semanas transcurrieron de manera tormentosa. El abogado de la familia venía todos los días y mamá se pasaba las horas en los juzgados tratando de probar la inocencia de su esposo. Por más que les pregunté no quisieron decirme por qué tenían encerrado a papá. Siempre me salían con lo mismo: "Eres muy pequeña aún para entenderlo. Son cosas de adultos".

Al cabo de tres meses el caso por fin se resolvió, o por lo menos dejaron salir a papá de la cárcel. Pero ese día perdimos todo lo que teníamos. Papá nos reunió a todos en la mesa y nos contó las causas de su detención por parte de la policía: mi tío había defraudado a cientos de personas haciéndoles creer que les estaba vendiendo cuchillos, pero en realidad sólo les mostraba las imágenes y los convencía de que le pagaran la mitad del dinero de la compra, comprometiéndose a entregarles el producto al cobrarles la otra mitad. Falsificó documentos, extractos bancarios, cheques y libros de contabilidad para hacerle creer a mi padre y a todos que en realidad tenía una fábrica de cuchillos, cuando lo que en realidad estaba haciendo era vender simples y llanos papeles. Como mi padre y su hermano estaban trabajando en sociedad colectiva, si uno de los dos se quedaba sin dinero el otro tendría que responder por la responsabilidad de toda la empresa. Dado que mi tío se declaró en bancarrota y huyó con todo el dinero, mi padre tendría que cubrir ahora la cuota de todo lo que él le robó a la gente que le compró sus "cuchillos". Para poder pagar la inmensa cantidad de dinero que se debía, el gobierno nos quitaría la casa con todo lo que ella contenía. Lo único que conservaríamos sería la ropa que lleváramos puesta y algunos cuantos enseres domésticos.

Esa misma tarde nos fuimos a Viena, a casa de mis abuelos, por sugerencia de mi madre. Mi padre no podía cargar con la vergüenza de regresar a Dresde sin un solo centavo. Ahí los Vondergeist eran conocidos como una familia rica y poderosa, así que regresar quebrado luego de haberse ido como un empresario exitoso no era una opción. Llegamos a casa de mis abuelos luego de un largo viaje desde las marismas de Hamburgo hasta las oscuras campiñas de la Selva Negra y los altos picos de los Alpes. Ellos nos recibieron, nos proveyeron de cena y nos dieron habitaciones. A mis hermanos y a mí nos mandaron de inmediato a la cama, pero yo no tenía sueño. Me levanté y fui discretamente hasta la sala. Ahí mi abuela trataba de consolar a su hija por lo sucedido, mientras que mi abuelo hablaba con mi padre acerca de buscarle un empleo. Al final acordaron que trataría de darle trabajo en el periódico que dirigía.

Durante los años siguientes mi padre fue puesto a prueba en el diario de mi abuelo. Como buen empresario demostró su capacidad de adaptarse a trabajar en cualquier cosa que le reportara ganancias, así que pronto se convirtió en asistente de edición. Comenzó a escribir sus propios artículos, lo que sorprendió a mi madre y a mi abuelo. Normalmente mi padre sólo redactaba cosas relacionadas con el negocio como recibos, pagarés y demás documentación administrativa; así que el hecho de que ahora se dedicara a narrar noticias era algo extraordinario.

Aunque nuestra calidad de vida había disminuido, encontré consuelo en el hecho de que ahora podía vivir todos los días en medio del quehacer periodístico. Acompañaba a mi abuelo a su oficina diariamente y leía los nuevos artículos que sus colaboradores le llevaban. Los que más me despertaron el interés fueron aquellos que hablaban de los monstruos. No tardé mucho en iniciar mis propias investigaciones acerca de ellos. Descubrí que se organizaban en una sociedad más o menos igual a la nuestra, pero que no eran tomados en cuenta por las leyes ni el gobierno. Para el káiser eran simples animales que debían mantenerse a raya. Aprendí que para ello existía una organización llamada Cazadores de las Sombras que se dedicaba a perseguirlos y atraparlos, argumentando que eran "criaturas del demonio que mataban a los humanos". Yo no estaba tan segura de ello, pues nunca había leído un artículo acerca del asesinato de un humano por parte de un monstruo, pero sí conocía algunas cuantas historias acerca de los Cazadores y sus métodos.

Un día estaba con mi padre charlando acerca de los monstruos cuando él me presentó a la contraparte de los Cazadores, a sus peores enemigos: la Hermandad de los Oscurecidos. Me dijo que esa organización estaba integrada por monstruos y que había sido fundada en la Edad Media por un conde vampiro llamado Drácula que buscaba vengar la muerte de su esposa. Durante siglos la Hermandad se había dedicado a luchar con los Cazadores, peleando por un mundo más justo para los monstruos. A partir de ese momento me dediqué a investigar a la Hermandad, aunque su secretismo me hizo difícil el trabajo.

Quien sí pudo obtener información de ellos fue mi padre. Él tenía mejores informantes y un agudo sentido de la investigación y la deducción. Un día me mostró un reportaje que estaba preparando acerca de la Hermandad. Era como una biografía de ellos. Se había hecho algunos cuantos amigos monstruos y éstos accedieron a facilitarle algo de información. Compartió conmigo todo lo que encontró, no sin antes hacerme prometer que no diría nada hasta que todo estuviese listo para ser publicado. Según lo que me dijo, durante siglos la Hermandad había mantenido una política agresiva y de superioridad hacia los humanos, pero eso estaba comenzando a cambiar en estos últimos años. Al parecer el conde Drácula, Gran Maestre de la Hermandad, se estaba dando cuenta de que si quería que los Cazadores dejaran vivir a los monstruos, éstos últimos tenían que poner un poco más de su parte. Es decir: tenían que dejar de asustar a los humanos y tratar de coexistir con ellos.

Pero como toda idea, ésta tenía sus detractores: monstruos extremistas que insistían en que la humanidad era la raza inferior de la cadena. Algunos de estos conservadores radicales consideraban que el Maestre se estaba volviendo un "blandengue" y que necesitaban a un líder que fuera más fuerte y duro con el enemigo. El comandante de una de las legiones de la Hermandad estaba planeando un atentado en contra de Drácula para destituirlo del poder y quedarse él al mando.

Yo sabía que el tener información acerca de una conspiración era algo peligroso: los conspiradores podrían darse cuenta e intentar "silenciar" a cualquiera que tuviera la intención de delatarlos. Los monstruos que mi padre conocía parecían estar de acuerdo con el cambio en la política, pero no creo que fuera buena idea decirles lo que estaba pasando. El asunto era sumamente delicado. Y como todo aquello que es delicado, llegó el día en que se quebró.

Fue durante una oscura y tormentosa noche del mes de octubre de 1891. La lluvia golpeaba los cristales como una horda de zombis vagabundos queriendo entrar a la casa para escapar de las cuchillas líquidas que caían del cielo. Pasaba de la media noche y yo me encontraba redactando lo que sería mi segunda publicación en una columna del diario de mi abuelo. Me había levantado de la cama a causa de un insomnio de ésos que le dan a uno cuando el cerebro sufre una saturación de ideas que exigen ser materializadas, así que me encontraba sola en camisón y sandalias. La llama de la vela que me servía de faro en mi navegación literaria temblaba débilmente en la penumbra de la biblioteca de la casa. Ésta no era ya la residencia de mis abuelos maternos, sino el domicilio al que nos cambiamos tras el primer año de nuestra llegada a Viena.

Estaba poniendo el último punto del párrafo final de mi publicación cuando escuché un ruido metálico detrás de la casa. Tomé el candelero y salí hacia la cocina con el mayor silencio posible. Iba armada con el abrecartas de oro de mi padre, lo único que le quedaba de su antigua vida como empresario acaudalado. Realmente no tenía ni idea de cómo iba a usar aquella espada miniatura en caso de que efectivamente descubriera que alguien se había metido a la casa, pero el sentir su tacto metálico en mi mano me daba cierta sensación de seguridad. Si ésta era falsa o real, era algo que no tenía contemplado en ese momento.

El aire helado que se colaba por entre las pequeñas aberturas de los marcos de las ventanas me daba navajazos en el rostro, mientras que la temblorosa luz de la vela proyectaba sombras inquietantes tras los objetos y los muebles. La iluminación ámbar de las lámparas de gas de la calle se colaba en chisporroteos por entre los agujeros del encaje de las cortinas y me hacía sentir como si estuviese dentro de un dibujo hecho al carbón. Al oír el ruido de la cerradura de la puerta trasera de la cocina y ver una inmensa sombra dibujarse sobre las cortinas amarillentas, mi corazón explotó dentro de mi pecho. Pude sentir la sangre subir en una onda expansiva que revolvió las neuronas de mi cabeza como un montón de hojas en medio de un torbellino. Mis instintos apagaron la vela y disminuyeron mi ritmo respiratorio al mínimo posible para evitar que lo que entró a la casa me encontrara.

Entonces lo vi. Era enorme. Debía tener poco más de dos metros de estatura y un cuerpo largo y grueso como el de un cañón. Sus manos eran como un par de ramas requemadas: grandes, de dedos delgados y algo torcidos. Poco era lo que en realidad alcanzaba a distinguir en aquella penumbra, pero mi agitada mente me decía que algo no estaba bien. Aquel sujeto se giró hacia la puerta luego de echar un vistazo a la cocina e introdujo algo a la casa. El ruido metálico y la silueta de aquel objeto en la oscuridad me decían que probablemente se trataba de un contenedor. El viento me dio otro navajazo en la cara y un penetrante aroma llegó hasta mi nariz y pareció quemarme todo el tracto respiratorio hasta hacer hervir mis alveolos. Era el inconfundible olor del queroseno.

El intruso dejó abierta la puerta de la cocina y comenzó a caminar hacia adentro de la casa. Oculta bajo una de las mesas del pasillo, alcancé a distinguir levemente su rostro cuando una de las ventanas le escupió un chorro de luz. Un par de ojos tan negros como la noche más oscura de la historia brillaban bajo aquella capucha como un par de carbones encendidos en el fondo del hogar de una locomotora. Una nariz puntiaguda como un gancho de carnicero y unos labios resecos conformaban el resto de un rostro que rezumaba odio y venganza. Cuando otra vaharada del olor a combustible llegó hasta mi nariz, sentí mis piernas temblar al tiempo que mi boca se inundaba con el amargo sabor de la bilis y los espasmos de la adrenalina estrujaban mi vejiga y mi estómago.

Me acurruqué debajo de la mesita del pasillo como un conejita que huye de los lobos del bosque. Pero aquel sujeto no era un lobo. La silueta que había visto segundos antes recortada en la ventana no tenía orejas, y su cara no denotaba rasgos bestiales como los de los licántropos. No sé qué era ese ser, pero no era un humano, estoy segura.

El intruso volvió tras unos momentos ya sin el contenedor del combustible. Unos ruidos raros comenzaron a escucharse en la segunda planta de la casa mientras él caminaba lo más rápido que podía sin hacer mucho ruido. Una descarga de adrenalina inundó mi cerebro como el vapor entrando al pistón de una locomotora y mis miedos fueron súbitamente reemplazados por la ira. Justo cuando él iba pasando junto a mí, salí de mi escondite y le clavé el abrecartas en su pantorrilla derecha con todas las fuerzas que pude sacar en medio de aquel caos. Trastabilló un momento y se detuvo apenas un par de metros por delante de la mesita que me servía de guarida. Se sacó el abrecartas con la mano y lo arrojó directo hacia mí. Debió haber oído el quejido que pronuncié cuando la empuñadura me golpeó en la cara, porque enseguida derribó la mesa con un solo golpe y me levantó sujetándome por el cuello. El fuego que ya comenzaba a enrojecer el papel tapiz del techo me permitió ver su cara por completo. La luz de las llamaradas se revolvía con la de las lámparas de la calle y formaba un torbellino que se agitaba sobre las cicatrices de su rostro haciendo que sus ojos se vieran como las lámparas de un barco fantasma hundido. Mi cuerpo fue lentamente cediendo al inútil combate y pronto caí víctima de sus potentes manos.

A partir de ese momento mis recuerdos son muy vagos. No recuerdo en qué momento salió aquel ser de la casa, pero recuerdo el crepitar de la madera en llamas. Tampoco recuerdo el instante en el que el fuego me alcanzó, pero recuerdo las chispas pinchándome la piel como un enjambre de pulgas ígneas, y el hervor que su veneno provocó en mis venas. No recuerdo en qué momento el fuego comenzó a comerse mi ropa, pero sí recuerdo como todo se iba consumiendo por aquel ácido anaranjado mientras mis adoloridos brazos me arrastraban hacia el exterior de la casa. Ni siquiera recuerdo si escuché los gritos de mis padres o de mis hermanos, pero sí recuerdo la voz de un oficial de policía que solicitaba un médico para mí, y los histéricos alaridos de la vecina que hicieron que mis maltrechos tímpanos temblaran igual que los vidrios de la casa. La última memoria que tengo de esa noche fue el llanto de mi abuela y los desgarradores chillidos de mi tía Sonia llamándome por mi nombre.

Mi abuela me dijo que desperté tres días después en el hospital gritando cosas acerca de un extraño ser con cara de diablo. Dicen que fue necesario inyectarme morfina para aliviar mi dolor y mi locura. Volví a despertar cuatro días después con más alucinaciones, sólo para sufrir una crisis masiva que acabó con la resistencia de mi maltrecho corazón. Lo último que recuerdo de mi vida terrenal es que sentí un fuerte dolor en el pecho, cerré los ojos y relajé mi cuerpo tratando de tranquilizarme. Comencé a sentir mucho sueño, escuché la voz del médico gritándole algo a la enfermera, y luego ya no vi, oí ni sentí nada. Tenía dieciséis años de edad.

III

Cabo Calavera, Isla de la Muerte, Protectorado de Costas del Cráneo, octubre de 2023. Y así fue como morí. Y mi familia también. Pero yo jamás volví a ver a mi padre Edwin, a mi madre Gretchen ni a mis hermanos Blas y Kirsten. Debieron haberse perdido en esos días de diferencia entre sus muertes y la mía. A partir de ese momento me convertí en un fantasma; un alma en pena que buscaba desesperadamente huir de su pasado para comenzar una vida nueva. Para ello me inventé un nuevo nombre y una vida diferente. Convertí el fraude de mi tío en una traición política a través de una analogía de la nobleza. Me acoplé bien con una familia de espectros y viví con ellos durante décadas, saltando de rama en rama de todo su árbol genealógico. Tenía una nueva vida, un nuevo nombre y un nuevo futuro…

O al menos eso es lo que yo creí. Cuando conocí al amor de mis dos vidas, un fantasma igual que yo, supe que no volvería a encontrar en todo el mundo a alguien como él. Y cuando obtuvo su Resolución Final y su pase al Otro Lado, supe que si quería volver a verlo tenía que enfrentar mi verdadero pasado y encontrar al asesino de mi familia. Ya casi lo logro, ya tengo todas las pruebas. Sólo hace falta ir tras él, llevarlo a la justicia y de paso evitar que mate a alguien más.

Seguro te preguntarás cuál es el otro nombre que elegí para mi nueva vida. Aún amo a mi familia, así que conservé mi apellido. En realidad sólo me puse un alias y me olvidé de mi apelativo de pila, lo que deja a mi nombre completo como: Saskia "Spectra" Vondergeist (1875-1891-¿?)[4].

Notas del autor:

1.-El Imperio Austrohúngaro fue un estado europeo nacido en 1867, tras el Compromiso Austrohúngaro que reconocía al Reino de Hungría como una entidad autónoma dentro del Imperio austríaco, a partir de ese momento denominado Imperio Austrohúngaro. Fue disuelto en 1919 tras los tratados de Saint-Germain y Trianon.

2.-El Imperio Alemán se refiere a Alemania desde su unificación y la proclamación de Guillermo I como emperador, el 18 de enero de 1871; hasta 1918, cuando se convirtió en una república después de la derrota en la Primera Guerra Mundial y la abdicación de Guillermo II.

3.-El marco fue la unidad monetaria de Alemania desde la primera Unificación en 1871. En 2002 fue sustituido por el Euro.

4.-Cuando un fantasma alcanza su Resolución Final y, por ende, su pase al Otro Lado, se anotan tres fechas en su lápida funeraria: la primera corresponde a su nacimiento, la segunda a su muerte y la tercera a su Resolución. Por ello al epitafio de Spectra le falta esta última fecha.

5.-Banda Sonora Original: Solitary Ground, Epica, Consign To Oblivion

Er Deivi: Sí, debe ser por eso. Espero que lo arreglen pronto los administradores. En esta historia quiero explotar el lado detectivesco de Spectra. Me parece mejor y más interesante verla como una agente investigadora del crimen que como una periodista de la prensa rosa.