Acabamos la caseta a tiempo por los pelos. El viernes tuvimos que trabajar durante toda la hora del almuerzo y quedarnos hasta las seis para montarla.

Las chicas del instituto no paraban de preguntarme si Santiago se pasaría por la caseta. Yo respondía siempre lo mismo: «Ha dicho que quizá, pero yo no me haría demasiadas ilusiones». E invariablemente podía ver el destello de excitación en sus rostros al aumentar sus esperanzas. No había visto a Santiago desde que me había dejado en casa el miércoles. Tenía la sensación de que la siguiente vez que lo viera acabaría burlándose de mí por haberle dicho que estaba bueno. Le daría mucha importancia con tal de humillarme, lo sabía.


El sábado por la mañana, Puck me recogió muy temprano, a las ocho.

—Odio las mañanas —mascullé mientras bajaba del coche delante del Starbucks. Necesitaba desesperadamente un café con leche semi y nata por encima. Seguía medio dormida. Decidí pedir también un expreso extra con la esperanza de despertarme.

—Dímelo a mí —refunfuñó Puck, totalmente de acuerdo conmigo. Nos arrastramos hasta el mostrador, pedimos los cafés y los pagamos. La feria comenzaba a las diez, pero teníamos que estar allí a las nueve para asegurarnos de que todo estuviera preparado. Nos quedamos para tomar el café y comernos los pastelillos de chocolate. Sí, ya sé que era muy temprano, pero no me importó. Necesitaba la cafeína y no me iría nada mal el subidón de azúcar. Puck prácticamente absorbió dos pastelillos antes de que yo me acabara el mío. Nos marchamos justo para llegar al instituto a las nueve.

—Bien temprano, ya veo. Como siempre —se burló Quinn, meneando la cabeza cuando aparecimos dos minutos antes de las nueve—. Vuestra caseta está por allí, cerca del algodón de azúcar.

—Asombroso —exclamó Puck mientras ambos nos dirigíamos hacía allí. Metimos dentro cuatro taburetes y colgamos las decoraciones de papel crepé. Luego pusimos un montón de pósters por el recinto de la feria anunciando la caseta de los besos. Todo era muy impresionante. Algunos de los juegos eran increíbles. Había incluso un castillo hinchable con una piscina de bolas, para los más pequeños. Todo estaba comenzando a cuajar, y tuve que reconocer que la feria había superado mis expectativas. Volví a nuestra caseta, donde Puck estaba flirteando con Lauren, una chica de su clase de biología.

Era una de esas chicas que son alegres e inteligentes al mismo tiempo, pero no en plan malo. Y yo sabía que a Puck le gustaba; últimamente no paraba de hablar de ella. Pero nunca los había visto juntos; lo único que podía esperar era que a ella también le gustara él.

Al menos hasta que llegué a la caseta. Entonces tuve la clara impresión de que sí, de que a ella también le gustaba él.

—Ya veo que la caseta de los besos está funcionando bien —bromeé. Lauren estaba jugueteando con un mechón de su cabello y se acercaba mucho a Puck. La chica se sonrojó y él puso los ojos en blanco, mirándome.

—Puck me estaba preguntando si quería ir a ver una peli —me explicó Lauren.

—¡Hey! —exclamé, sonriendo de oreja a oreja—. Bueno, pues que os divirtáis. ¿Cuándo vais a ir? —Mañana por la noche.

—Magnífico —repuse. Ella mostraba una sonrisa que rozaba lo tonto, y le brillaban los ojos. Miré a Puck y le hice una señal casi imperceptible con la cabeza. Sin duda, Lauren estaba interesada en él.

Hacía meses que Puck no salía con nadie. Yo sólo esperaba que, en esta ocasión, su nueva novia no se hartara de que fuéramos como siameses. Normalmente, era por eso que rompían: su novia acababa hasta el gorro de que Puck pasara tanto tiempo conmigo, y él se cansaba de que ella se quejara de mí, y entonces..., ¡bum!..., cada uno se iba por su lado. Así que lo dejé hablando con Lauren y fui a reunirme con los chicos y chicas que acababan de presentarse, un cuarto de hora antes de que empezara la feria.

—¡Hola! —saludé a Sugar y a Kitty con una sonrisa. Jason y Rory ya estaban esperando, perdidos en una conversación sobre el partido de los Mets, y entonces también llegó Jon.

—¿A quién estamos esperando? —preguntó Rory al verme.

—A Bree, Becky y Marley —le contesté—. Pero no tardarán en llegar.

—¿Vamos para allá? —preguntó Kitty.

—Esperemos unos minutos —contesté—. Puck está ligando con Lauren y quizá estrenando ya la cabina. Todos rieron.

—¿Ahora salen juntos? —preguntó Sugar—. ¡Por fin! ¡Hace semanas que Lauren no deja de hablar de Puck!

—Dios, ni siquiera menciones eso —se sumó Kitty—. Estoy en la mesa al lado de la de ella, y el otro día me entraron ganas de gritarle que se lanzaran de una vez y comenzaran a salir.

—Ah, por cierto, chicos, haréis turnos de treinta minutos. ¿De acuerdo? De esa forma todos tendréis un descanso decente.

—Vale.

—Claro.

—Está bien.

—Bien del todo.

—Guay.

—¡Hey! ¡Hey! —oí entonces, y vi a Becky y a Bree medio corriendo, medio saltando hacia nosotros. Al igual que las otras chicas, llevaban vestidos de verano de color rosa o rojo. Los chicos vestían vaqueros y camisas ajustadas que mostraban sus músculos de deportistas. Bueno, todos estaban mucho mejor que yo, con unos pantalones cortados y una blusa negra.

—¡Oh, vaya! —exclamó Bree mientras rebuscaba frenética por su bolso—. ¡Me he olvidado el pintalabios!

—Yo tengo uno, no te preocupes —le informó Kitty. Bree suspiró aliviada.

—Gracias.

—Bien, gente, aquí estoy, dejad de preocuparos —anunció una voz. Me volví y vi a Marley, que se acercaba tranquilamente.

—Eh, estupendo —dije—. Vale... A ver: Marley y Rory seréis los primeros. Y Kitty y Bree. Al resto os enviaré un mensaje dentro de veinticinco minutos para recordaros que tenéis que regresar a la caseta y cambiar de turno. Todos asintieron. Los nueve cruzamos el recinto, todos mirando con interés las otras casetas y puestos, coloridos y brillantes, de la feria. Lauren había desaparecido cuando llegamos, y Puck estaba colocando una cuerda divisoria, para que los chicos esperaran a un lado y las chicas al otro.

—¿Todo listo? —pregunté cuando oímos a Quinn anunciando que sólo quedaban un par de minutos para abrir las puertas al público.

—Sí, todo listo —contestaron a coro. Miré a Puck y nos sonreímos. La gente comenzó a entrar, y en veinte minutos había una enorme cola en nuestra caseta de los besos. Puck y yo tuvimos que quedarnos por ahí para cobrar la entrada y asegurarnos de que ningún chico, o chica, tratara de conseguir más que un beso rápido. En la primera hora hicimos casi doscientos pavos.

—¡Esto es una locura! —le dije a Puck cuando acabamos de contar el dinero y hubimos cerrado la caja.

—¡Y que lo digas! Voy a ganar de calle la apuesta con Joe.

—¿Qué apuesta?

—Le aposté treinta pavos a que nuestra caseta ganaría más dinero que la suya de globos de agua. —¡Ah, sí, ya me acuerdo! Joe y Sam habían montado una caseta en la que se lanzaban dardos a globos llenos de agua. Si les dabas a tres, ganabas uno de esos osos de peluche gigantes. La podíamos ver desde donde estábamos.

—No sé —repuse indecisa—. Parecen tener mucha gente...

—Sí, pero apuesto a que no han hecho doscientos dólares —replicó Puck, totalmente satisfecho, mientras daba unos golpecitos a la caja metálica donde metíamos el dinero. Le devolví la sonrisa.

Nuestra grabación, elaborada con todo cuidado, sonaba con fuerza por los altavoces, y cuando mirabas alrededor, era evidente que todo el mundo se lo estaba pasando en grande. Las carcajadas resonaban en el aire; sólo el olor del azúcar era suficiente para provocarte un subidón, y todo el lugar zumbaba como un avispero. Puck y yo nos dimos un paseo de veinte minutos y dejamos a Quinn para que echara un ojo; nos compramos unos perritos calientes, refrescos y luego volvimos con enormes algodones de azúcar que habíamos conseguido gratis, ya que Lauren era la que atendía esa parada. Tuve que arrastrar a Puck para irnos.

—Hacéis buena pareja —le dije—. Al parecer, hace semanas que le gustas.

—¿De verdad? —Puck sonrió tontamente, mirándome con los ojos muy abiertos.

—Sí.

—Guay.

—Me alegro de que le hayas pedido para salir. Hace siglos que no tienes pareja.

—¿Te estás hartando de mi compañía? —bromeó, y me dio un toque en las costillas.

—No —respondí riendo—. Me alegro por ti, eso es todo.

—Sí, yo también. Me gusta.

—Lo sé. Lo has dicho un montón de veces. Puck se rió y me pasó un brazo por los hombros mientras regresábamos a nuestra caseta.

—Ahora sólo nos queda encontrar a un tío lo suficientemente valiente para arriesgarse a sufrir mi cólera y pedirte para salir, por no hablar de enfrentarse a las amenazas de Santiago. Solté una risita seca.

—Eso no va a pasar. Moriré siendo una vieja doncella si no se contiene.

—Oh, vamos. Quizá sólo una virgen de cuarenta años... Le di un codazo y mordí mi algodón de azúcar.

—Cierra el pico —le dije con la boca llena. Él se rió.

—Ya sabes que sólo estoy bromeando.

—Ya lo sé. Bree, Kitty, Rory y Marley habían regresado hacía unos minutos. Puck y yo fuimos a la parte del fondo de la caseta para recoger el dinero y guardarlo en nuestra caja. La cola volvía a ser muy larga. Las chicas, excitadas, se repasaban el pintalabios para besar a los cachas, y los chicos trataban de decidir a qué chica besarían, comparándolas. Puck y yo esperamos a un lado, observando cómo la cola avanzaba lentamente. De repente, Bree salió corriendo de la caseta, aterrorizada.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¿Qué sucede? —le preguntamos al instante. Pensé que algún chico habría intentado algo con ella.

—No puedo —repuso ella, histérica—. ¡No puedo hacerlo! ¡Él está ahí fuera!

—¿Quién?

—¿Tu ex? —aventuró Puck, frunciendo el cejo. Bree nos miró primero a uno y luego al otro, y después asintió, mordisqueándose el labio.

—Sí... Vale, dejémoslo en eso.

—Pero..., pero no podemos... dejar sola a Kitty hasta que él se haya ido —tartamudeé. De repente noté un empujón entre los hombros.

—¡Métete en la caseta! —me siseó Puck—. Al menos hasta que el ex de Bree se haya marchado. —Pero..., pero... ¡Yo no podía trabajar en la caseta de los besos! ¡No había besado a un chico en toda mi vida!

—Tienes que hacerlo... ¡No tenemos alternativa! —me rogó.

—Primero me encuentro subida a una motocicleta... con Santiago, nada menos. Ahora me encuentro trabajando en una caseta de besos. ¿Te importa recordarme por qué alguna vez pensé que era una buena idea?

—Te servirá de práctica —bromeó Puck mientras yo me iba como en una nube. Medio aturdida, fui hasta el taburete vacío de Bree; cogí el pintalabios del mostrador y me puse un poco. Era rojo intenso; no era un color por el que yo me decidiría. Ni siquiera iba vestida para trabajar en la caseta. Miré a la fila de chicos ante mí. Kitty me lanzó una sonrisa de ánimo.

—El siguiente —dijo luego. Entonces lo vi. Me volví de golpe, y lancé a Bree y a Puck una frenética mirada con los ojos muy abiertos. No era el ex de Bree el que estaba en la cola.

—¿Lopez? —siseé mirando boquiabierta a Bree. El corazón estaba tratando de romperme las costillas y escapar, los ojos se me salían de las órbitas. ¡No podía creerlo! Después de todas las veces que me habían pedido que convenciera a Santiago para que pasara por la caseta, Bree iba y se largaba, ¡y eso que estaba colgada por él! ¿Era una estupidez, o no?

—¡Lo siento! —masculló ella, mordiéndose el labio.

—¡Siguiente! —volvió a decir Kitty. Mierda. Él era el siguiente. Tragué saliva. Kitty me echó una mirada que me decía que me pusiera en marcha. Volví a tragar saliva y me aclaré la garganta.

—¡El siguiente! —dije con voz temblorosa. Santiago entró en la caseta y se sentó frente a mí.

—¿Desde cuándo trabajas en la caseta? —preguntó.

—Desde que tú apareciste y Bree salió corriendo —balbuceé mientras me miraba de arriba abajo —. ¿Qué? No me he vestido para hacer esto, ¿vale?

—No, si estás muy bien.

—Oh. —Parpadeé, pillada por sorpresa. Eso era casi como si me hubiera dicho que estaba guapa —. Gracias... No pensaba que fueras a aparecer. Él se encogió de hombros.

—No he pagado para charlar contigo, ¿sabes? —me dijo mientras arrastraba los dos dólares sobre el mostrador de una forma muy evidente—. He pagado por un beso.

«Sólo está bromeando..., ¿no? Sólo está metiéndose conmigo. Es una broma.»

Alzó las cejas y me miró, esperando.

«¡Oh, Dios, no está bromeando! Tengo que besarlo.» No conseguía hacerme a la idea de que mi primer beso iba a ser con Santiago Lopez. El hermano mayor de mi mejor amigo. El chico que podía hacerme pasar de sentir las cosas más inexplicables a ponerme de los nervios en un tiempo récord. Tragué saliva, y debió de ser audible, porque él alzó las cejas mirándome. Los ojos se me fueron a sus labios; parecían tan suaves y besables...

En la cabeza me apareció la imagen de Santiago envuelto en la toalla..., con el uniforme de fútbol americano... Y estaba a punto de besarlo. Sabía que no tenía que hacerlo si no quería; nadie podía obligarme a besarlo. Y eso era lo peor: tenía la opción de echarme atrás, y no conseguía decidirme a hacerlo.

Me incliné hacia él cuando él lo hizo hacia mí. ¿Y si tenía algodón de azúcar pegado en los dientes? ¿Y si sabía fatal?

«¡Calla, calla, calla!»

Mi primer beso...