Capítulo 10
—Deja de buscar excusas, querido amigo.
—No son excusas —se defendió Edward—, simplemente antes prefiero consultar con mi esposa.
—Oh, por favor —Jasper exageró todo lo que pudo—, se trata de una simple cena. Nos conocemos desde hace cuánto, ¿quince años? No es nada formal, incluso hasta yo me desharé de la corbata. Alice no deja de repetirme que quiere conocer a tu mujer.
—Debo avisarla con tiempo.
—¿Para qué? ¿Para cenar? ¡Venga hombre! —Golpeó a Edward en la espalda—. Es una cena entre amigos, buen vino, buena comida. —Jasper sonrió pícaramente—. Prometo no contarle tus extravagancias a tu querida IsaBellahasta los postres. —Levantó una mano acentuando sus palabras.
—Muy gracioso. No.
—Entiendo que la quieras para ti solo y todo eso —dijo Jasper en un tono engañosamente comprensivo—, pero luego no entiendo por qué te quedas hasta tarde en el despacho en vez de ir corriendo a casa con los pantalones desabrochados preparado para ya me entiendes.
—Jasper, por favor.
—Está bien, como quieras. Entonces atente a las consecuencias. Edward, que le conocía perfectamente, sabía que era más peligrosa una rendición tan repentina que seguir discutiendo. Del mismo modo que lo era preguntar. Pero en este caso prefería pecar por exceso y no por defecto.
—¿Consecuencias? —se atrevió a preguntar. —Ya conoces a Alice. Se presentará sin avisar...hablará con ella...dará su opinión sobre ti...— dijo Jasper indiferente como si tal cosa, pinchándole donde más daño podía hacerle.
—Joder, vale, tú ganas.
—Mañana por la noche. —Sonrió satisfecho Jasper.
—¿Mañana...? — Jasper arqueó una ceja. Edward aguantó sin abrir la boca. Ya se le habían acabado las excusas para no presentar a su esposa. Jasper y Alice eran sus mejores amigos, pero Edward temía lo peor, si estaban los cuatro solos la velada sería relajada, distendida y tarde o temprano ellos se darían cuenta de la farsa de su matrimonio. —De acuerdo —aceptó finalmente. Eso le daba veinticuatro horas para explicarle a IsaBellala situación. Para no dar más motivos a su amigo y dejar claro que si trabajaba hasta tarde era por obligación y no por devoción, recogió sus papeles y salió del despacho temprano. Trabajaría en casa, sin amigos guasones interrumpiendo, y acabaría con sus informes. Llegó a casa antes de la cena, el mayordomo se sorprendió, pero no dijo nada, se limitó a recoger el abrigo y abrirle la puerta del despacho. Allí estaba, sentada en su gran mesa, rodeada de papeles, en una postura relajada, despeinada, con una sencilla blusa y con el botón superior desabrochado.
A Edward se le secó la boca, tan solo veía un diminuto trozo de piel, la garganta y poco más, pero...lo que en otro momento parecería una calentura juvenil, ahora le suponía un gran esfuerzo.
—¡Edward! —exclamó ella al verle de pié en la puerta rígido como una estatua y mirándola fijamente—. Perdona, no te oí llegar. — Bellase levantó inmediatamente del sillón y empezó a recoger sus cosas. A Edward no le pasó inadvertido que junto a los documentos hubiera una bandeja de comida.
—¿Has cenado aquí? —preguntó obligándose a caminar. Dejó su maletín en una de las sillas y fue a servirse una copa.
—Sí —respondió—, es un incordio tener que preparar la mesa para una sola persona. —Bella no quería que sonara a reproche y añadió—: Además, ahorro tiempo. Él, que ningún detalle se le pasaba por alto, vio cómo su querida esposa también disfrutaba de una buena copa, pues junto a la bandeja también vio uno de los vasos tallados.
—¿Te sirvo uno? —preguntó él señalando el licor. Que su mujer disfrutara de la bebida le parecía cuanto menos interesante. ¿De qué más disfrutaría?
—Sí, gracias. — Él lo hizo y ella se acercó para recoger el vaso. Bebió evitándole y demasiado deprisa.
—¿Tienes prisa? —preguntó él, y su tono era algo acusador. Ella negó con la cabeza
—. Siéntate, tengo que comentarte un asunto. — Ella lo hizo en una de las sillas frente a la mesa dejándole su sillón libre.
—Te escucho.
—Mañana por la noche acudiremos a una cena.
—De acuerdo. Si me dices de quién se trata y cómo debo ir vestida...cómo quieres que vaya vestida...
—No te preocupes por esos detalles. Son unos amigos.
—Muy bien.
—Hay algo más —Edward estaba buscando la forma de explicarle la situación
—. Verás, Jasper, Lord Whitlock, además de ser socio, es uno mis mejores amigos. Su esposa, Alice, también.
—Comprendo —murmuró ella. A Edward le preocupaba que no estuviese a la altura—. Sabré comportarme.
—No me refiero a eso. En esta ocasión la etiqueta y las normas sociales no creo que nos sirvan de mucho.
—No entiendo...
—No será una cena formal, ellos quieren conocerte. Podría decirse que se preocupan por mí. —Ah, ya veo. —Eso no tenía muy buena pinta.
—No es lo que piensas. —Edward parecía incómodo—. Simplemente quería comentar...bueno, no son una pareja convencional.
—¿En qué sentido?
—Somos amigos y por lo tanto no necesitamos fingir, no tienes por qué ser un modelo de comportamiento social, simplemente sé tú misma. —Y que Dios nos pille confesados.
—Espera, no sé si te he comprendido bien. —Bella se levantó y empezó a caminar por la biblioteca. Lo cual no debía hacer en presencia de un hombre que estaba atento a cada uno de sus movimientos, y sin proponérselo Bella se movía mostrando una excelente retaguardia.
—Ni Alice ni Jasper son partidarios de hipocresías ni disimulos.
—Bueno, supongo que están al tanto de nuestro "acuerdo".
—No —respondió rápidamente Edward—, simplemente iremos a su residencia, cenaremos, te conocerán y procuraremos hablar de temas inocuos. Siempre y cuando a Alice no le diera por hablar de temas picantes.
—Entendido. Aunque... —Edward intentó pensar en los posibles asuntos picantes en lo que a su esposa se refería. Probablemente ella, al disponer de más tiempo libre, conseguía satisfacer sus necesidades, las cuales él, en este momento, tenía bastante descuidadas.
—¿Sí?
—Delante de la gente en general, se supone que estamos casados, con lo que eso conlleva, por lo que deberías llamarme Bella —Bostezó y se acercó a la puerta—. Buenas noches. A Edward — no le quedó más remedio que soportar el ácido comentario de su esposa. Y le estaba bien empleado. Siempre que intentaba imponerse dialécticamente ella le devolvía el golpe, y con intereses. Se recostó en su sillón y se puso cómodo. Le espera bastante trabajo por delante. Pero antes de ponerse con su trabajo echó un vistazo a los papeles en los que Bella había trabajado y los examiné, al principio sin prestar demasiado interés, más bien curiosidad. Y empezó a leer mientras disfrutaba del licor. Se deshizo del nudo de la corbata al mismo tiempo que empezaba a mostrar interés. Vaya con su linda esposa, no solo tenía un cuerpo apto para no levantarse de la cama en toda la mañana sino que además mostraba otras cualidades. Entonces empezó a fijarse bien en las anotaciones. Frunció el ceño, allí no cuadraba algo. Hizo sus propios cálculos y vio cómo una de las cuentas estaba retocada. Bella lo señalaba en sus notas. Ella tenía razón. Se le escapó una cínica sonrisa. Bien, ahora solo faltaba oír la explicación, y es algo que deseaba, definitivamente, pese a descubrir que un empleado retocaba cuentas. Se levantó, recogió los documentos y se encaminó al dormitorio de su esposa. Vaya excusa más absurda para ir al dormitorio de una mujer.
—El baño está preparado, señora.
—Humm, Theresa, ¿cuántas veces te he repetido que NO me llames señora?
—Muchas veces.
—¿Entonces? —Bella entró en el agua.
—Lo siento.
—Puedo entender que delante de los otros sirvientes te dé apuro, pero aquí, entre nosotras...Por favor, si soy yo quien tendría que tratarte de usted.
—Me cuesta mucho. No estoy acostumbrada a esta confianza.
—Lo sé.
—¿Necesita...necesitas algo más?
—No. Bueno, sí, una copita de jerez.
—Enseguida vuelvo.
Bellase recostó en la bañera, Theresa era un sol, preparaba el baño como nadie, a su justa temperatura, y disfrutar del baño era un placer sin igual.
—Solo falta que alguien me frote la espalda —dijo, y se rio como una tonta. Sí, claro, para eso estaban las criadas, para frotar las espaldas a sus señoras. Un diablillo interior le susurró que quizás eso era más bien una tarea del marido, pero... ¿qué sabía ella? Además, tal y como estaban las cosas funcionaban. Ahora solo debía acudir a una cena y demostrarle a Edward que ella era capaz. ¿Cómo serían esos amigos para que Edward se mostrara tan preocupado?
—Pasa, pasa —dijo alegremente cuando llamaron a la puerta. Vaya con Theresa, no había manera. Se empeñaba en llevar las normas hasta sus últimas consecuencias—. Deja ahí el jerez, enseguida salgo del agua. — Se entretuvo lo que quiso enjabonándose, chapoteando en el agua como una niña pequeña, lavándose el cabello, hasta que el agua fue perdiendo temperatura y las yemas de sus dedos arrugándose. —Mmm, esto es vida —murmuró—, si pudiera me pasaba el día desnuda en el agua...
En un momento les subire 4 capítulos mas! disfrutenlos...
Gracias a todas las lindas lectoras que han dejado su review...
besos Lady Zukara Cullen Grey
