Capítulo 10 La política hace extraños compañeros de cama
Los aurores habían encontrado a muchos testigos de la desaparición de Jonathan Burrow, ya que había sido en pleno callejón Diagon y a las siete de la tarde, y muchos de esos testigos habían permitido de buena gana que usaran la Legeremancia con ellos para poder mostrar con toda exactitud lo que había pasado.
Y por eso los aurores sabían perfectamente que el secuestrador era un hombre desconocido de estatura media, pelo castaño ralo y unos cuarenta años de edad vestido con una túnica negra de lo más corriente. Se había acercado a Jonathan proveniente del pasaje del mercado, lo había cogido de la mano y se lo había llevado en un abrir y cerrar de ojos, sin dar tiempo a que nadie pudiera echarle un hechizo rastreador.
Harry se resistía a considerarlo una víctima más de los secuestradores que habían matado a Maureen Jones porque el modus operandi había sido completamente distinto, pero tenía una mala sensación. Sospechaba que las patrullas de vigilancia, las fuertes medidas de seguridad, habían forzado a los secuestradores a cambiar su técnica. Y no podía decidir si aquello era bueno o malo porque la otra opción probable –descartado un secuestro normal porque los Burrow no eran ricos ni poderosos- era que Jonathan hubiera sido raptado por algún pederasta.
Algunos aurores habían pegado panfletos con un retrato-robot del sospechoso por todos los lugares mágicos, pero después de unas horas sin que nadie lo reconociera, Harry supuso que era alguien con multijugos o incluso un mago extranjero. Por si acaso, los aurores habían mandado esos mismos retratos a todas las oficinas de aurores de Europa.
Harry sabía que lo peor de todo era que los policías no habían avanzado nada en su investigación sobre la muerte de Maureen Jones. Las pocas pistas que habían encontrado conducían a callejones sin salida que Harry conocía ya muy bien. Tampoco los Inefables habían podido descubrir gran cosa al examinar el cuerpo; todo lo que le habían dicho era que no conocían ningún conjuro ni maldición capaz de hacer algo así y que, de hecho, no encontraban ningún rastro de magia negra en el cadáver pero, por otro lado, confirmaron que sí se había usado otro tipo de magia con ella.
-O bien han conseguido un modo de borrar los restos de magia negra o bien no la han usado –le había dicho uno de los Inefables-. Sólo tiene rastros de magia normal.
-Tienen que haberla usado –había replicado Harry, exasperado por la falta de resultados-. ¿No ha visto su cuerpo? Eso no puede hacerlo ningún hechizo normal.
Pero a los Inefables no les constaba que existiera ningún medio de esquivar sus propios hechizos de detección y además aseguraban que era imposible hacerlo. Harry empezaba a pensar que los Inefables sólo eran unos idiotas pomposos que no servían absolutamente para nada.
Después de veinticuatro horas de frenética e infructuosa actividad, Harry regresó a casa. Sólo había hablado una vez con Ginny, por Red Flú, para decirle que no iba a ir a dormir y que no se separara un solo momento de Lily si salían de casa. Su estado de ánimo era tan malo como cuando habían encontrado el cadáver de Maureen Jones, quizás peor. Lo único que le venía a la cabeza era la expresión de los padres de Jonathan y se sentía tan culpable que hasta le costaba respirar.
Harry no vio a nadie en el salón, pero oía voces femeninas provenientes de la cocina y cuando se acercó, distinguió a Ginny hablando con Lily. Harry entró en la cocina justo cuando su hija se reía y vio que Lily estaba sentada a la mesa haciendo sus ejercicios de Geografía mientras Ginny preparaba la cena.
-Hola.
Lily sonrió y fue a darle un abrazo.
-¡Papá!
Harry le devolvió el abrazo con fuerza y la besó en el pelo, notando cómo se sentía mejor y a la vez peor porque una parte de él creía que era egoísta permitirse el consuelo del amor de su hija cuando los Burrow probablemente no volverían a ver a su hijo con vida. Robards pareció hablarle desde el fondo de su mente, recordándole una vez más la trampa de la culpabilidad, pero su voz no resultaba tan convincente como otras veces. Aquello no era un simple caso que no podía resolver, aquello era un ataque al mundo mágico en toda regla.
Cuando Lily le soltó, Harry besó a Ginny, que se había acercado también a saludarlo.
-¿Qué le estabas contando?
-Algunas de las gamberradas de los gemelos en el colegio.
Lily miró a su padre con ojos sentimentales.
-Me da mucha pena no haber podido conocer a tus padres y al tío Fred.
Harry sonrió.
-Lo sé, cariño –dijo, sintiéndose un poco blando por dentro. Quizás Lily no fuera material de Gryffindor, pero él no habría cambiado la dulzura de su hija por nada del mundo.
Ginny le puso a Lily la mano en el hombro.
-¿Por qué no te vas a terminar los deberes a la sala de estar, Lily? Papá y yo tenemos que hablar de una cosa. –La pequeña asintió, cogió sus libros y salió de la cocina. Harry se sentó en la silla que había ocupado la pequeña y Ginny se apoyó en el banco de la cocina-. ¿Cómo estás?
-Reventado.
-¿Habéis averiguado algo sobre el secuestrador?
-No –contestó, con amargura-. No hemos averiguado una mierda.
Ginny se echó el pelo hacia atrás con un ademán impaciente y se cruzó de brazos.
-Está todo el mundo muy nervioso. Nadie esperaba que atacaran así, en pleno callejón Diagon.
Harry apretó los labios para contener la primera respuesta que se le pasó por la cabeza. Era consciente de que estaba cansado y de mal humor y de que Ginny no le estaba acusando de nada, y de que ese mal humor le había costado ya últimamente unas cuantas discusiones con ella, algo que quería evitar.
-Probablemente han cambiado de táctica porque nuestras medidas de seguridad les impedían usar su método de siempre.-Harry se frotó los ojos-. ¿Cómo estaba el ambiente en El Profeta?
-No he estado mucho en la oficina. Ya sabes, mañana es el Avispas-Arrows. –Entre las aficiones de ambos equipos existía una rivalidad tan fuerte que el ministerio siempre enviaba a una pareja de aurores a vigilar el encuentro por si las moscas-. Pero por lo que he visto, todo el mundo estaba especulando sobre la identidad del secuestrador.
-Tengo que dar una rueda de prensa mañana. –Ginny comprobó el estado de lo que fuera que estaba cocinando y Harry recordó que sólo había comido un par de chocolatinas en todo el día-. ¿Qué estás haciendo de cenar?
-Pollo con verduras. –Se giró hacia él-. Harry, ¿en serio no habéis averiguado nada? Había docenas de testigos.
Harry se tensó y volvió a repetirse que Ginny no le estaba acusando.
-Tenemos su retrato robot, pero nadie lo ha identificado. Y si no lo identifican no podemos hacer nada.
-Bueno, vale, sólo estaba preguntando.
Harry respiró hondo.
-Bah, olvídalo. Voy a tomarme una copa.
Conrad Montague le había dicho a Draco que aquella noche conocería al último aliado de Hiram Rookwood. A Draco no le gustaban ese tipo de sorpresas y aún le fastidiaba mucho más que hicieran todo ese tipo de movimientos a sus espaldas, pues eso le creaba inseguridad sobre cuál era exactamente su posición dentro de aquel grupo. Pero no dijo nada, consciente de que era mejor esperar a la ocasión adecuada, y acudió con Astoria a la cena en casa de Montague con la intención de demostrar que podía aportar algo más a la campaña de Rookwood aparte de mucho dinero y algunos contactos.
Sus ojos examinaron velozmente el salón de la casa y no pudo evitar que la sorpresa se reflejara por un momento en su rostro al reconocer a Hesper Scrimgeour, la hija del Ministro de Magia torturado y asesinado por los mortífagos. Era una mujer unos diez años mayor que él, de pelo muy negro y largo casi hasta la cintura y grandes ojos castaños; más que guapa, resultaba llamativa. Trabajaba en el Ministerio, en el Departamento de Relaciones Internacionales, y tenía un puesto en el Wizengamot. Con Hesper estaba su compañera, Sarah Mallory. Lo único que Draco sabía de ella era que tenía unos cuarenta y pocos años y que era de origen muggle.
Tanto Hesper como Sarah le saludaron con simple corrección; saltaba a la vista que no estaban del todo de acuerdo con su presencia allí. Draco no se dejó amilanar y se recordó a sí mismo que Montague y Rookwood habían ido a buscarlo. Tenía el mismo derecho a estar allí que ellas.
La cena era informal, así que Montague había dispuesto la mesa para que las parejas estuvieran juntas. Hesper estaba situada entre su compañera y Hiram Rookwood y Draco estuvo observando disimulada, pero atentamente la conversación entre ambos. Podía entender muy bien por qué Rookwood quería el apoyo de Hesper, ya que estaba en el Wizengamot y era de la hija de un héroe de guerra, pero no comprendía del todo por qué ella podía querer aliarse con Rookwood, cuando parecía tenerlo tan fácil para unirse al grupo de Shacklebolt.
Draco imaginaba que Montague lo sabía, pero se resistió por orgullo a preguntarle directamente: cada vez que acudía a él tenía la impresión de que Montague se regodeaba demasiado en su posición obviamente superior. Y aunque Draco reconociera instintivamente su derecho a regodearse, pues él habría hecho lo mismo si la situación hubiera sido al revés, no tenía por qué facilitarle las cosas.
Su paciencia dio resultado. Después de la cena, como era habitual, comenzaron a charlar de la actualidad y era inevitable que saliera el tema del secuestro de Jonathan Burrow y los pocos resultados de los aurores. A Draco le habría gustado poder alegrarse del patente fracaso de Potter, pero estaba demasiado preocupado para hacerlo. ¿Y si le hubiera pasado algo a Cassandra en las ocasiones en las que la habían llevado al callejón Diagon o a Hogsmeade? De nuevo se veía obligado a desear el éxito de Potter y su incompetencia le irritaba, más que otra cosa. Típico de Potter: cuando no le apoyaba, siempre conseguía salirse con la suya, y ahora que sí le apoyaba se volvía un inútil total; el caso era fastidiarle la vida.
Pero entonces descubrió que podía considerarse un fan del Chico-que-vivió si se comparaba con Hesper Scrigmeour. Aunque ella contaba con la ventaja de poder soltar todo el veneno que quisiera contra él sin ser considerada inmediatamente como una mortífaga en ciernes, era evidente que lo aborrecía.
-El mundo mágico se ha rendido a sus pies como si todo se lo debiéramos a él, como si los demás nos hubiéramos quedado mano sobre mano esperando a que el gran Harry Potter nos salvara. Pero la derrota de Voldemort fue obra de muchos. –En medio de su desprecio brilló una nota de auténtico dolor y Draco comprendió que estaba pensando en su padre, y que probablemente esa era la causa de su resquemor: Potter y sus íntimos nunca se habían llevado bien con el anterior Ministro de Magia y Rufus Scrimgeour había pasado a la posteridad como un idiota que le había dificultado la vida a los héroes y que sólo se había redimido por su sacrificio final-. No entiendo por qué hemos cedido a esta especie de hipnosis colectiva respecto a él.
Sienna Bullard, que estaba allí con su atractivo hermano Gray, sonrió un poco.
-He de decir, en descargo de Potter, que siempre menciona en sus discursos a la gente que luchó contra Voldemort. Puedo asegurar que su esposa es muchísimo más soberbia que él. –Draco, que había oído más de una vez a Cho Chang poniendo de vuelta y media a la Weasley hembra, miró a Bullard con interés, pero ella no continuó criticándola-. De todos modos, si es una hipnosis colectiva, el trance empieza a desaparecer. Cada vez recibimos más Cartas al Director protestando por la ineficacia de Potter y de Shacklebolt.
Rookwood meneó la cabeza.
-No quiero basar mi campaña en las desapariciones. Si consiguiera el puesto de Ministro de Magia en esas circunstancias, mi permanencia en ese sillón dependería de que resolviera rápidamente el caso, cosa que no estoy seguro de poder hacer.
-Pero debemos aprovecharnos del desgaste que están sufriendo –dijo ella-. Shacklebolt tiene el apoyo de Harry Potter, y mientras Potter siga disfrutando del mismo prestigio que ha tenido hasta ahora, el Wizengamot no se atreverá a escoger a otro candidato en contra de su voluntad.
-Si Potter fuera listo, habría empezado a distanciarse de Shacklebolt –dijo Montague.
Muchos asintieron.
-Pero no lo ha hecho –replicó Sienna-. Y están cayendo juntos. Por eso creo que debemos seguir minando la credibilidad de Potter. No hace falta acusarlo abiertamente de ineptitud, pero por Merlín que el mundo mágico necesita recordar que no es infalible.
Rookwood le dirigió una sonrisa.
-La línea que está siguiendo El Profeta es perfecta. Y mientras tanto, nosotros deberíamos empezar a planificar más movimientos. Al fin y al cabo, las elecciones son a finales de abril.
Todos tenían cosas que proponer y estuvieron debatiéndolas minuciosamente. Rookwood seguía tanteando a los miembros del Wizengamot y Draco pensaba que era buena idea que se reuniera con Daphne, la hermana de Astoria, y con Morag McDougal, que le habían plantado cara a varias de las propuestas de Hermione Granger. Los Cattermole y la propia Hesper le habían arreglado una entrevista en Viena con el Ministro de Magia austriaco; las relaciones entre ambos países atravesaban un momento un poco delicado por culpa de un desacuerdo sobre el Tratado Internacional de Relaciones con los Centauros y sería positivo hacer aparecer a Rokwood como alguien capaz limar diplomáticamente asperezas con mandatarios extranjeros.
Rokwood, además, invitó a Draco, Astoria y Cassandra a ver un partido de quidditch en su palco. A Draco le tranquilizó definitivamente darse cuenta de que el futuro candidato estaba dispuesto a reconocer públicamente su alianza; además, podía confiar en que no diría nada a la prensa demasiado sentimentaloide respecto a arrepentimientos, segundas oportunidades y cosas así. Rokwood podía haber defendido a los magos de origen muggle frente a Voldemort, pero era un sangrepura y sabía atenerse a las reglas.
Pasaba ya de medianoche cuando Draco y Astoria regresaron a la mansión. A Draco le dolía un poco la cabeza, pero estaba contento con el rumbo que había tomado la reunión.
-¿Qué opinas de Hesper y Sarah? –le preguntó a su mujer.
Antes de contestar, Astoria dio un pequeño gruñido y se apoyó en él para descalzarse y quitarse los zapatos de tacón que llevaba. Hacía frío y estaban caminando por el sendero de gravilla que llevaba a la mansión, pero no parecía importarle.
-A Hesper no le gustamos demasiado.-Eso Draco lo tenía muy claro: la mujer había mirado más de una vez su brazo izquierdo, como si esperara que la manga de su camisa se levantara lo suficiente como para atisbar la jodida Marca Tenebrosa-. En cuanto a Sarah Mulligan… Me contaron una vez algo sobre ella. No se habla con su familia.
-¿Por qué no?
-Sus padres tuvieron una especie de ataque cuando descubrieron que le atraían las mujeres.
-¿Cómo lo sabes?
Astoria se encogió de hombros.
-Me lo dijo mi madre hace algún tiempo, pero no sé quién se lo dijo a ella. Imagino que Sarah tiene motivos para no querer que la cultura muggle se introduzca demasiado en nuestro mundo. Aunque, sinceramente, creo que está metida en esto simplemente porque Hesper lo está.
Draco asintió.
-Sí, a mí tampoco me ha parecido muy interesada en política.-Entonces llegaron a la puerta, que se abrió para ellos. Un elfo se apareció automáticamente a su lado y recogió sus capas-. ¿Están mis padres despiertos?
-No, amo Draco. Wobby sabe que se han retirado a sus habitaciones ya. El amo Lucius le dijo a Wobby que le dijera al amo Draco que ya hablarían mañana.
Draco volvió a asentir y le hizo un gesto a Wobby para que se marchara. Sus padres habían dejado de esperarles despiertos cuando iban a cenar con Rokwood, ahora que ya se habían acostumbrado a la idea de volver a participar en intrigas políticas, y Draco lo había considerado una señal de que las cosas se estaban normalizando. No era como si los Malfoy no hubieran estado metidos en política desde siempre.
Unos días después, Harry bajó a la cafetería del ministerio. Había quedado allí para almorzar con Hermione y Ron había dicho que se les uniría si conseguía un rato libre, pues él y George estaban probando algunos inventos nuevos de cara a la campaña de Navidad y no siempre podían parar un experimento a mitad sólo porque hubiera llegado la hora del almuerzo.
Cuando Harry entró a la cafetería, Hermione ya estaba allí, sentada en una mesa, y le hizo una señal con el brazo. Él la saludó y le indicó con señas que iba a ir primero a por su almuerzo; había magos y brujas que traían sus almuerzos de casa, pero él solía comer la comida que preparaban los elfos del ministerio. Harry cogió una bandeja, observó sus opciones y optó por dos bocadillos de atún, un poco de ensalada de patatas y zumo de calabaza. Cuando regresó a la mesa. Hermione, que siempre traía comida casera, le dirigió su mirada de "no deberías aprovecharte del trabajo de los elfos domésticos", pero no dijo nada; se había acostumbrado ya a que nadie, incluidos la inmensa mayoría de elfos, considerara aquello una vergonzosa explotación.
-¿Qué tal ha ido la mañana? –dijo ella.
-Tranquila –contestó Harry, cogiendo uno de los sándwiches con cuidado-. En el callejón Diagón ha habido un altercado porque una señora se ha acercado a un niño que iba con su madre y la madre se ha puesto histérica pensando que lo iban a secuestrar, pero los Aurores que estaban patrullando han llegado a tiempo y han puesto paz.
Hermione chasqueó la lengua.
-Entiendo que la gente esté asustada, pero la paranoia no va a ayudarnos demasiado.-Pero al contrario que otras veces, Hermione desechó el tema como si no fuera importante y se inclinó un poco hacia Harry con los ojos brillantes, ligeramente feroces-. Y hablando de otra cosa, no tienes ni idea de lo que he descubierto.
-¿El qué? –preguntó, intrigado.
-No nos equivocábamos con Rookwood. Quiere presentarse como candidato en las próximas elecciones. Y nunca imaginarás a quién tiene de aliada.
El primer nombre que se le pasó a Harry por la cabeza le hizo quedarse boquiabierto.
-¡Dolores Umbridge!
Hermione lo miró como si creyera que se había vuelto loco.
-Dolores Umbridge pasó cinco años en Azkaban y no se le ha visto el pelo desde que salió en libertad. No veo por qué Rookwood iba a querer aliarse con ella.
Harry tuvo que reconocer que tenía bastante lógica.
-¿Entonces?
-Hesper Scrimgeour.
Harry suspiró para sus adentros. Aquel nombre no era exactamente una sorpresa; la hija del anterior Ministro de Magia siempre había guardado las distancias con Shacklebolt. Y Harry tenía la sospecha de que ella no sentía mucha simpatía hacia él mismo, seguramente por los desacuerdos que había tenido con Scrimgeour.
-¿En serio?-Hermione asintió-. ¿Cómo lo has sabido?
-Me lo ha dicho Tiberius Ogden esta mañana. Rookwood va a hacerlo público esta semana.
-¿Se lo has dicho a Kingsley?
-No, aún no. No me ha dado tiempo. Pero si Ogden lo sabe, se lo habrá dicho ella misma.
Harry mordió su bocadillo mientras pensaba en todo aquello. A lo largo de todo aquel tiempo había habido otros magos y brujas que habían tanteado el terreno para una candidatura, pero siempre se había tratado de personas de círculos muy distintos a Shacklebolt; Rookwood, sin embargo, solía apoyar la mayoría de las decisiones del actual ministro y Scrigmeour, en realidad, también. Harry no estaba muy puesto en política, pero sabía que si hubiera habido un enfrentamiento entre facciones, la propia Hermione o Arthur Weasley se lo habría comentado antes o después.
-No creo que cuenten con tanto apoyo en el Wizengamot como para desbancar a Kingsley.
Hermione suspiró.
-Kingsley hará mejor no confiándose. Hay mucha gente que no tiene ninguna queja concreta contra él, pero piensa que veinte años como ministro son ya muchos años; si Rookwood consigue conectar con ese grupo podríamos llevarnos una sorpresa. –Hermione frunció el ceño con inquietud-. Los más tradicionalistas podrían apoyarlo también; saben que Rookwood no es precisamente un amante de los cambios.
A juzgar por la luz de sus ojos, Harry pensó que Hermione parecía dispuesta a llevar ella misma la campaña electoral de Shacklebolt –o lo que los magos entendían como tal-, pero antes de que ella pudiera seguir hablando llegó Ron, quien se ganó otra mirada de crítica de su mujer igual que la que había recibido Harry por ir a por la comida de los elfos domésticos.
-Y el almuerzo que te has llevado esta mañana, ¿qué? –preguntó Hermione.
-Me lo he comido hace horas –contestó Ron, ligeramente despreocupado-. Eh, Harry, ¿qué ha pasado al final con esas dos mujeres de esta mañana? No os podéis ni imaginar la que se ha montado en un momento.
-¿Lo has visto? –preguntó Harry.
-Hemos oído el escándalo desde la tienda y hemos salido a ver qué pasaba.
Harry se encogió de hombros.
-Bueno, al final nadie le ha hecho daño a nadie, así que se han ido las dos a casa.
Ron asintió mientras bebía un poco de zumo.
-George y yo estamos pensando en crear algún objeto que sirva como un hechizo rastreador. Algo como ese… ¿PGS?
-GPS –corrigió Hermione.
-Eso, como un GPS. Lo llevas y si te secuestran, emite una señal que ayuda a localizarte. Es sólo una idea, pero puede funcionar. Ya usan algo así en otros países.
Harry insinuó un brindis su jarra de zumo de calabaza.
-Ojalá lo consigáis. Por lo menos nos daría un respiro… y una posibilidad de atrapar a esos cabrones si volvieran a intentarlo.
Ambos lo miraron con una mezcla de simpatía y preocupación.
-Estáis estancados, ¿eh? –dijo Ron.
-Vamos de un callejón sin salida a otro –admitió, en tono derrotado-. Pero lo peor es pensar… Bueno, si la gente está así de nerviosa ahora, ¿qué pasará si llegan a enterarse de que hay muggles implicados, de que una de las personas desaparecidas apareció reventada por dentro? Me preocupa que esto se nos vaya de las manos.
Hermione le dio unas palmaditas de consuelo en la mano.
-Harry, no lo estáis ocultando para engañar a la gente, lo estáis ocultando porque es mejor no dejar que los criminales sepan qué sabéis y qué no. Y si se enteran antes de tiempo… bueno, ya veremos qué pasa.
-Lo que pasará será que ciertas ideas anti-muggles vuelvan a cobrar fuerza.
Ron asintió.
-Harry tiene razón. La gente pensará que los muggles están secuestrando magos para intentar robarles la magia.
Hermione puso los ojos en blanco.
-Eso no tiene ningún sentido, Ron. Puedes quitarle la magia a alguien a través de un conjuro complicadísimo, pero no te la puedes quedar. Es como matar a alguien; eso no hace que te quedes su vida.-Hermione se mordió los labios, pensativa-. Pero es muy probable que estén haciendo experimentos con esa pobre gente… Harry, si esos experimentos son al estilo muggle, podrían estar utilizando equipamiento muy concreto, secuenciadores de ADN y cosas así. Quizás los BIM puedan hacer una lista de empresas que hayan comprado ese estilo de aparatos.
Harry se maldijo por no haberlo pensado él mismo.
-Tienes razón, soy un idiota. Le pasaré la orden a los BIM esta misma tarde.
-Vale la pena intentarlo –dijo ella-. Aunque si los experimentos son al estilo mágico, no encontraréis nada.
Los tres siguieron hablando del caso mientras terminaban de almorzar juntos. Sólo entonces, cuando se separaron para volver a sus respectivos trabajos, Harry se preguntó por qué hablar con Ginny del caso no se sentía tan bien, tan necesario, como hablarlo con Ron y Hermione. "Corriste tus aventuras con ellos dos, no con ella", contestó una voz dentro de su cabeza. Aquello sonaba razonable, pero Harry no pudo convencerse de que era la única razón. Con Ron y Hermione tenía la sencilla impresión de compartir la carga; sin embargo, con Ginny había algo más, y tardó en darse cuenta, sorprendido, de que era como si temiera decepcionarla. "Pero es ridículo", se dijo a sí mismo. "Ginny no pensaría mal de ti sólo porque no pudieras resolver un caso. Nunca ha insinuado nada parecido". Sin embargo, en ese momento resultaba difícil olvidar que Ginny siempre había fantaseado con El-Chico-que-Vivió, incluso cuando era una niña. Y si bien quizás ella no se dejaba influir en realidad por eso, puede que él sí sintiera un poco ese peso sobre sus hombros.
Pero tenía cosas que hacer. Harry apartó firmemente esos pensamientos de su cabeza y se dispuso a ir a la BIM para impartir las nuevas órdenes.
Continuará
