Bueno, ante todo decir lo orgullosa que estoy por ganar mi primer premio en fanfiction en el concurso de los 100 reviews de notre familie. La verdad es que no me lo esperaba, el día que me enteré estaba algo decaída y fue bastante impactante. Muchas gracias por el apoyo.
Disclaimer: Ayer aproveché que mi marido fue a comprar para adentrarme en el sótano yo sola y buscar los derechos de la serie...Lo que ví allí abajo... Estoy tan conmocionada que no puedo ni hablar. Este capítulo lo dejaré de momento sin reclamar los derechos, lo siento.
En comentarios anteriores ya he dicho sobre que parejas me gusta escribir. Así que si siguen sin gustaros, os invito amablemente a buscar otra cosa.
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Sus nudillos estaban manchados de sangre. El fluido rojo teñía la piel de su mano con lentitud. Su respiración acelerada apenas le permitía pensar con lógica. Su pierna se dirigió con brusquedad hacia sus costillas haciéndole doblarse sobre sí mismo.
- ¡Basta!¡Para ya! - decía una voz a sus espaldas.
Temblaba de impaciencia y confusión. No era odio lo que sentía por él. Sino rabia. Todos aquellos años a su servicio le habían terminado volviendo loco. Nada tenía sentido en su cabeza. Limitarse a cumplir sus órdenes se había vuelto una rutina hastiosa.
- ¡Rivaille, he dicho que pares! - su compañero, Mike, intentaba detenerlo sin éxito.
- Déjalo, nunca dije que no fuese a defenderme – Erwin se levantó del suelo y le propinó un cabezazo en el pecho.
Perdió la compostura por unos instantes sujetándose el pecho por el dolor. Se recobró al instante y la pelea comenzó sin más preámbulos. Era algo que ambos habían estado esperando demasiado tiempo.
Finalmente, el tercer hombre en la sala se ayudó de su musculoso y gran cuerpo para separarlos. Aquella lucha sangrienta no debía continuar.
- ¡Dejad de comportaros como unos críos! - respiró profundamente y miró seriamente a su superior – Erwin, no se porqué hiciste lo que hiciste, pero llevas demasiado tiempo fuera sin dar explicaciones. ¿Acaso estabas huyendo de este momento?
- Lo, se. Pero no estaba escondiéndome.
- Han sido más de 3 semanas, Erwin. ¿Dónde has estado? - insistió.
- He estado con Hanji.
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El frío le calaba los huesos. A lo lejos distinguía la tenue luz que indicaba el puesto de ayuda que habían dispuesto para ayudar a los heridos que pudiera causar aquella nevada. Estaban preparados para hipotermias, golpes, rasguños varios.
Pero seguramente, no estaban preparados para lo que se avecinaba. La chica respiraba débilmente en su espalda mientras la cargaba, luchando por mantenerse despierta y no desfallecer.
- Venga, vamos, muchacha, queda poco para llegar. ¡Resiste!
No obtuvo respuesta a su frase, tan solo su débil respiración en su oído, indicándole que seguía viva. Ello le hizo rememorar a otra mujer a la que cargase muchos años atrás de una manera similar. Alguien que también había luchado en su momento por mantenerse viva.
- Joder – siseaba por lo bajo.
A varios kilómetros de allí, su compañero. El capitán al mando del escuadrón de su exsubordinada, contemplaba la situación sin creérselo. Los dos chicos a su cargo en aquella misión yacían suspendidos a más de 20 metros de altura sobre un precipicio.
La tormenta y el débil estado de la tierra había provocado una avalancha. Impulsados tan solo por su mera capacidad de supervivencia se habían arrojado sobre el vacío, teniendo la suerte de agarrarse a algo en su caída. El más atlético de los dos, un joven con el pelo oscuro estaba más cerca de la superficie, y comenzaba a escalar sin mucha dificultad.
No obstante, el más pequeño, algo tembloroso se sujetaba con fuerza a una rama de aspecto quebradizo. Bajo él, a pocos metros de distancia, el río helado que surcaba la montaña y la dividía en dos.
La familia del capitán Espitia era de aquella zona. Cuando era pequeño solía ir a pescar a aquel río constantemente. Más de una vez había caído a aquel río y no había sucedido nada. Incluso, en invierno, cuando iba a jugar en aquella zona solía caminar por el río helado. A varios metros de distancia andando, había una pared rocosa lo suficientemente estable como para ser escalada.
Evaluó unos instantes el peso que podría tener aquel pequeño muchacho de cabellos rubios. Quizás sería suficiente como para que andase hasta aquella zona.
El otro joven, ya había terminado de escalar, le ayudó a ponerse a salvo y pensó detenidamente en como informarle al otro de su plan.
- Escucha bien, muchacho, ¿cómo te llamas? - se dirigió al chico de cabello oscuro.
- Eren Jaëger.
- Muy bien, Eren, ¿cómo se llama tu compañero?
- A-armin Arlett
- De acuerdo, vamos a actuar de la siguiente manera. Tú tienes que tranquilizar a tu amigo mientras le doy órdenes, ¿entendido? - el chico asintió. El superior dirigió su mirada hacia abajo resoplando con fuerza - ¡Escúchame bien, Armin, soy el capitán André Espitia, necesito que sigas todas las instrucciones que voy a darte!
- ¡S-sí, señor! - respondió con algo de dificultad mientras sentía que su rama se rompía cada vez más y más.
Se despojó de su equipo y de su ropa a fin de tener mayor movilidad para lo que suponía rescatar a aquel pequeño. Entre su mochila pudo encontrar una fina cuerda. No aguantaría su peso, pero quizás si el del pequeño. En caso de peligro por quebrarse el hielo podrían elevarlo hasta allí.
Anudó fuertemente la cuerda al árbol más cercano y comenzó a arrojar la cuerda hasta el chico. Apenas llegaba hasta su cintura. Difícilmente podría anudarselo a la cintura en caso necesario. Volvió a recoger el cabo y ató lo que tenía más cerca y suficientemente largo: su chaqueta.
Pasaría frío por unos instantes pero ayudaría a que el chico tuviese sujeción al trasladarse.
Hecho esto, volvió a arrojar el cabo al chico.
- ¡Chico, escúchame bien!¡Colócate esto en la cintura y baja hasta el suelo! Intenta caminar por el borde unos cuantos metros. Cerca de tí verás una pared rocosa, ¡escala por ella!¡Nosotros te ayudaremos a subir desde aquí!
El chico descendió hasta los pocos centímetros que distaban al suelo, pisando el hielo, que crujía bajo sus pies. Con miedo, se agarró fuertemente de la cuerda avanzando muy lentamente. Cada paso que daba iba acompañado de un terrible sonido.
La helada aún no había cuajado, el hielo podía aún romperse bajo su peso. Estaba aterrado, sus piernas temblaban con cada minuto que pasaba. Apenas tenía que andar unos escasos metros, pero el terror se apoderaba de él.
Sus pies avanzaban con cautela, notando el tacto resbaladizo del suelo bajo él. Aquellos leves sonidos que generaban sus pisadas eran tan solo sofocados por el incesante azote del viento. Pero el lo sentía, sentía cada sonido y eso le aterraba más y más.
Tras varios intensos minutos consiguió alcanzar su meta. Una escarpada pared rocosa, cubierta por la nieve. Con gran cuidado se dio la vuelta dando la espalda al hielo bajo sus pies. Poco a poco comenzó a escalar sobre la piedra.
Sus manos le dolían a cada piedra que sujetaba. Las sentía como cuchillos afilados. Arañaban su piel desnuda. ¿Dónde habían caído sus guantes? Hacía rato que debían haberse perdido entre aquella tormenta.
El dolor que le infringía la roca helada era demasiado para él. Apenas podía avanzar. Paraba cada pocos segundos. Intentando recobrar el aliento y con la esperanza de que el dolor desapareciera. ¿Fluía sangre de sus manos? ¿Cuando se había herido?
No podía. Su fortaleza física no era demasiado buena para subir aquello, apenas había conseguido subir escasos metros. Aún quedaban más de 10 metros hasta la cima. Podía oír la voz de su amigo gritándole ánimos para que continuase.
- No puedo... - decía en voz baja.
- ¿Qué le pasa a tu amigo?
- Señor, Armin es... un poco miedoso...
- De acuerdo – meditó unos segundos pensando una nueva opción para traer de vuelta a aquel chico – Escucha bien. Voy a bajar a ayudarle a subir. Lo empujaré desde abajo y tu tirarás desde arriba hasta que haya llegado. Luego me ayudareis a subir a mí.
- S-sí, señor – respondió con un poco de duda.
Poco a poco bajó por la pared rocosa hasta la posición del chico. La piedra resbalaba debido a la humedad. Era normal que el chico se hubiese asustado al intentar escalar. Sus extremidades no parecían excesivamente fuertes para poder sostener su cuerpo sobre el vacío.
Ante el peso de los dos, el hielo crujía con más fuerza. Sus piernas temblaban un poco debido a la situación. Debía mantenerse estable. Poco a poco el chico comenzó a subir con esfuerzo. Sus manos se resbalaban constantemente.
El empujaba por atrás ayudando a sus piernas a elevarse y encontrar los huecos vacíos en la piedra donde asirse. Parecía funcionar, el otro joven tiraba por arriba. Y su pequeño cuerpo avanzaba con lentitud pero con seguridad.
Cuando faltaba poco para llegar a la cúspide, seguía al muchacho empujándole desde abajo, a unos 15 o 16 metros sobre el nivel del río congelado, algo pareció ir mal. Una de las piedras congeladas sobre la que se apoyase Arlett pareció quebrarse y chocó golpeándole en un hombro.
El capitán Espitia cayó hacia atrás golpeándose su espalda sobre el suelo helado. Afortunadamente el chico quedó suspendido sobre el vacío mientras su amigo, más afanosamente tiraba de él hacia arriba, alejándolo del previo derrumbe.
Intentó incorporarse contemplando el extenso matiz blancuzco que se dibujaba ante su peso en el hielo. Miles de líneas que se unían con otras y surgía a cada movimiento que daba. No aguantaría su peso mucho más.
Ante él, aquella vieja pared, ya escalada por el muchacho, no tenía ya ningún punto de soporte. Ahora era mucho más lisa y resbaladiza que antes. Se le acababan las opciones. Parpadeó un poco y contempló como el cabo que había hecho con la cuerda y su chaqueta avanzaban hacia él.
Los dos chicos, desde la parte superior del risco sujetaban con fuerza la cuerda improvisada dispuestos a asirle con todas sus fuerzas. A pesar del miedo que parecía haber en los ojos del chico rubio, ahora solo encontraba determinación. Todo rastro de duda parecía haberse esfumado de su cara. Sería un buen soldado, pensó.
Alargó su brazo hacia el cabo cuando lo vió. Aquella pequeña pitillera plateada de acero, donde solía guardar sus cigarrillos. Debido al intenso ajetreo y los golpes que solían sufrir en más de una ocasión durante sus batallas, se había encargado de encontrar una caja que fuese lo suficientemente sólida para soportar todo ese esfuerzo.
Era pesada, más de lo habitual. Ni tan siquiera presentaba una abolladura debido a su solidez. Ahora resbalaba poco a poco del bolsillo interior de su abrigo.
El sudor frío le resbalaba mientras contemplaba con sus ojos como caía hacía abajo.
El hielo estaba débil debido al previo derrumbe y al contacto con su peso. No sería necesario un golpe muy duro para hacerlo romperse.
Y se quebró. La cajita de metal cayó justo a sus pies, dando por claudicado el acto. Como una sinfonía que debía acabar, el hielo se rompía violentamente en miles de pedazos. Sintió como su propio peso le hundía hasta el fondo, donde la corriente del río aún era estable. Llevándolo lejos de allí.
El agua helada entumeció rápidamente sus músculos, contuvo la respiración mientras intentaba volver a la superficie. Lo tocó, más hielo. Abrió sus ojos con lentitud, pero no veía nada. Solo oscuridad. ¿Dónde estaba el hueco por el que había caído?
Sintió un extraño golpeteo sobre él. Los sonidos le llegaban difusos, pero notaba el movimiento. Alguien intentaba romper el hielo. Aquellos dos chicos. ¿Cómo habían bajado tan rápido al río? Solo había una zona donde...
Entonces lo comprendió. El agua avanzaba violenta hasta una pequeña zona a más de 50 metros de distancia, donde el desnivel con el terreno disminuía, hasta generar una zona parecida a un pequeño lago, donde se estancaba el agua. Solía bañarse en esa zona de pequeño. Donde debido a su estancamiento, el agua no solía estar muy fría.
Precisamente, debido a eso, la capa de hielo que podía generarse también era mayor. Mucho más gruesa.
Lo comprendió en cuanto observó como intentaban romper la superficie con una gran piedra. Tan solo conseguían generar grietas. Les llevaría mucho más tiempo romper el hielo del que él podría aguantar la respiración.
Había leído en numerosas ocasiones acerca de la asfixia. Era una de las maneras más crueles de morir. Se rumoreaba entre los cabos, que los más altos cargos del ejército torturaban a los criminales arrojándoles agua sobre el rostro sin permitirles respirar siquiera.
Una muerte dura, y dolorosa. Ya notaba como el frío dejaba de hacerle sentir los músculos. Apenas le llegaba sangre al cerebro. Quizás, fuese más rápida de lo que pensaba, y el hielo actuase como somnífero ante su inesperado final.
Los chicos continuaban desesperados golpeando el hielo con fuerza. Seguramente llorarían de rabia, él había muerto por salvarles a ellos. Algo que ocurría continuamente en el campo de batalla. Una grata lección. Nunca era demasiado pronto para comprender como era la vida de un soldado.
Se dejó hundir hasta el fondo y cerró los ojos intentando desvanecer su consciencia antes de exhalar su último suspiro.
Contrariamente a lo que pensase minutos antes, su propia razón le traicionó, sus pulmones le obligaron a abrir su cavidad bucal en busca de aire. No habría somnífero para él. El agua helada entró en su interior perforándole con cuchillos helados sus vías respiratorias.
Su agonía duró más de lo que pensaba, su propia condición física le ayudó a mantener aquel sufrimiento más tiempo del esperado. Cuando no pudo aguantar más, su mente le permitió desaparecer para siempre en el olvido.
Quizás, en primavera, cuando se produjese el deshielo y los niños fuesen a jugar al bosque, encontrarían su cadáver. O quizás, para ese entonces ya habría sido devorado por las bestias carroñeras del lugar.
Fuera como fuese, ya no podía sentir lástima de si mismo. Ya no estaba allí para quejarse.
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Había vuelto a perder la consciencia. La operación había durado horas. Había tenido que soportar el intenso dolor mientras suturaban su pie perdido. Despierta. Ella lo había decidido así.
Era más valiente de lo que le había parecido en un primer momento. Y mucho más decidida. Más de lo que hubiera imaginado. Había pagado caro su desliz. La duda le asaltaba, ¿cómo se había distraído para acabar así?
- Hey, chica, ¿estás despierta?
- Mmmm – se revolvió en las sábanas blanquecinas de aquel hospital, luchando por abrir los ojos.
- Se que quieres descansar, pero las primeras horas son cruciales. Necesitas mantenerte activa, tu cerebro podría sufrir un shock hipovolémico y no permitirte despertar jamás. O incluso caer en coma.
- En...tiendo – pronunciaba con dificultad. Su voz apenas era un fino hilo – Es solo que... la morfina... es muy efectiva...
- Lo sé, pero será mejor que no te acostumbres a ella – bajó sus ojos con cansancio hasta el suelo y prosiguió – Aún no me has relatado por qué pasó esto.
- … Supongo...que... lo necesita... para el informe.
- Me dan igual los informes. Pero tengo curiosidad. Además, el médico me ha dicho que te mantenga consciente, no se me ocurre otra manera que no sea hablando – mentía, tenía miles de maneras que usaba contra su escuadrón para mantenerlos en pie en las duras noches de guardia. Pero no creía que debiera usar una de esas estrategias en ese momento.
- A mi...mi compañero, Jean... le gusta una chica de nuestro pelotón – parecía algo dolida por recordar esas palabras – Él siempre habla de ella... aunque sea no correspondido...Esa chica parece que tiene interés en otro.
- Y él otro chico le corresponde.
- Eso creemos. Tienen una relación muy estrecha... Ese día, Jean le contaba a Marco acerca de su último entrenamiento... Ella había estado allí. Le había salido...perfecto. Pero ella ni le había mirado.
- …...- aquella situación le resultaba familiar.
- Marco avanzaba delante suya examinando el paisaje, para ver que dirección debíamos tomar. Yo siempre avanzaba tras él...Quería... cuidarle... Aunque él no me... - intentó reprimir las lágrimas que surgían poco a poco en sus ojos.
- …..Entiendo.
- Mi padre es cazador... No era la primera vez que veía una trampa de esas...Vi uno de los dientes afilados sobresalir levemente sobre la nieve...Él avanzaba despistado... mientras contaba como ella no le prestaba atención. No lo vio. Yo solo intenté empujarlo para evitar la trampa...
- Y caíste tú en ella.
- Sonará raro...Pero... no me arrepiento.
-...
- Sargento, ¿usted tiene alguien qué...? - no terminó la frase.
- Como tu superior, comprenderás que no puedo contestar a esa pregunta.
- Lo comprendo. Pero, supongo, que usted entenderá, que cuando das tu vida por alguien a quién quieres no puedes arrepentirte.
-...- viejos recuerdos de batallas afloraban su mente.
- Es por ello, que aunque no pueda ser soldado, me alegraré de haber conseguido que él si pueda seguir siéndolo.
- Viyork...Si quieres, puedes hablar con el médico cuando comience tu rehabilitación. Puede que sea un poco complicado que combatas en tu estado, ni aún con una prótesis sería demasiado difícil. No obstante... Podrías, ayudar en el hospital militar.
- ¿Señor?
- Seguro que a tu amigo le alegra tener una cara conocida cuando vuelva exhausto y herido de una misión.
- G-gracias, señor.
-...
- Señor...
- ¿Qué?
- Quiero dormir.
- No puedo dejarte hacerlo. No ahora
- ¿Entonces?
- Sigamos hablando.
- ¿De qué?
- ¿Qué opinas acerca de las órdenes impuestas por el ejército a los superiores de escuadrón?
- ¿Eh?
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Habían hablado durante más de 4 horas. Después de constatar que podía levantarse y continuar una conversación, la dejó descansar. Se lo merecía.
Cerró la puerta tras de sí, recordando cuales serían sus obligaciones a partir de ahora. Muchos de los grupos habrían llegado ya a la meta. El suyo había conseguido llegar ileso a pesar de que tuvo que abandonarlos para socorrer a su compañera.
Ni siquiera podía recordar sus nombres pero tendría que presentar un informe de sus logros. Tedioso. Aburrido. No le gustaba el trabajo de oficina. Él había nacido para combatir, no para escribir. Hanji solía hacer ese tipo de trabajos encantada.
Durante unos momentos pensó en sí debía buscar a alguno de sus subordinados para que hiciese ese trabajo. Ninguno de ellos era apto. Los hombres de su escuadrón eran algo torpes en la escritura. La última carta que pidió a Auruo que escribiera era ininteligible.
Sacudió su cabeza mientras se preparaba para la dura tarea que supondría escribir aquel informe. No se percató de la figura que esperaba en el pasillo a que saliera de la habitación.
Una pequeña figura conocida, con cabellos anaranjados y una actitud amable y servicial.
- Heichou, el capitán Zakarius me dijo que mi líder de escuadrón...
- Ya me lo han notificado. Murió en acto de servicio. Era un buen hombre.
- Sí, eso ya lo sé, pero...
- ¿Pero qué? - preguntó cortante.
-...
- Petra, ¿a qué has venido aquí? Tu capitán acaba de morir, deberías sentir más respeto por él y-
- ¡P-pensé... que...podría volver a su escuadrón! - dudo un poco al terminar la frase.
El pequeño hombre de mirada penetrante la miraba impasible. No podía creer que pudiese ser tan egoísta. Y menos en el tiempo que llevaban juntos.
- Ahora mismo, tanto tú como tu escuadrón permaneceréis a la espera de que se os asigne un nuevo escuadrón. Mike ya debería haberte informado de ello.
- Lo ha hecho, pero...
- Entonces, no comprendo que has venido a hacer al hospital militar. Vuelve a tu habitación, Petra.
- Heichou, yo... quiero hablar, con usted...Explicarle porqué cometí tantos errores en aquellas misiones.
- No me interesa. No soy yo quién debe incorporarte a un escuadrón o a otro. La decisión es del comandante. Y ahora mismo se encuentra ausente.
- Lo se, pero, ¡quiero hablar con usted! - le asió del brazo impidiéndole irse.
El pequeño hombre resopló con resignación. No podía perder el tiempo en esas cosas. Su deber le reclamaba, y tampoco podía permanecer más tiempo en el hospital. Era un sitio usualmente transitado, solo molestaría quedándose allí.
Oteó a su alrededor buscando alguna sala vacía, donde poder hablar tranquilamente. Había un pequeño cuarto que hacía las veces de secretaría. Las enfermeras solían usarlo de sala común cuando el trabajo era menos denso. Perfecto.
Cerró la puerta tras pasar ella y se sentó en una silla cercana a la puerta. Ella correspondió a su ademán y se sentó enfrente.
- Sigues sin comprender porqué fuiste relevada a otro escuadrón, ¿cierto? - su voz fría la atravesó de repente. Pero su determinación no cesaba.
- He trabajado duro durante estos últimos meses. Entrenando cada día. No voy a cometer los mismos errores en el campo de batalla.
- No son tus errores en afuera lo que me preocupa – ella tragó saliva ante el comentario.
- ¿Por qué...Por qué nunca me has comentado nada... de aquello?
- No se de que me hablas.
- ¡Claro que lo sabe! - se levantó de golpe de su asiento haciéndolo caer hacia atrás.
-...
- Yo le be-
- Cállate Petra. No fuiste transferida por eso.
- ¿Por qué no me paró al principio? - esa duda le corroía hace tiempo – Si tanto la quiere... No debería haberme confundido con ella.
- …..
- ¿L-le gustó? - solo silencio en respuesta – Ya veo – una pequeña sonrisa se forzó en su pequeña boca – Yo... no puedo permanecer fingiendo que no siento nada...
- …...
- ¡Y-yo, estoy enamorada de usted, sargento!¡Haría lo que fuera por usted!¡Si es necesario, hasta daría mi vida! - sus ojos se cerraron esperando el silencio que acompañaría a su declaración.
Pero, para sorpresa suya, lo que sintió fue una profunda bofetada impactando sobre su mejilla. Un poco de sangre salió de su labio debido al fuerte golpe.
- ¡¿Quién te ha dado permiso para desarrollar ese tipo de pensamientos?!¡Esto no es un cuento de hadas, Petra, es el mundo real!¡La gente muere a diario ahí fuera y tú pierdes tu tiempo con romanticismos absurdos!
- ¿C-cómo...? - le costaba salir del shock que había supuesto el golpe.
- ¡Eres un soldado antes que mujer!¡No debería sorprenderte a estas alturas!¡Fue la determinación que tomaste al unirte a estas filas!
- ¡U-usted hace lo mismo! - recobró al fin la voz - ¿¡Me sermonea con que no puedo quererle cuando va cada noche a su habitación!?
- Petra...No sabes lo que estás diciendo.
- ¡Claro que lo sé! Pretendes aparentar que no sientes nada para imponer disciplina a tus subordinados, pero eres el primero que se salta sus propias normas. Soy una buena soldado, no puedes reprocharme eso.
- Petra, ¿como se llamaba el capitán Espitia?
- ¿A qué viene esa pregunta?
- Responde. Su nombre de pila, vamos.
- N-no lo sé.
- ¿Cuál es su comida favorita? ¿Qué hacía en su tiempo libre? ¿Tenía familia?
-... - comenzaba a ver por donde iba dirigida la conversación.
- ¿Cómo le gustaba el té?
- C-con dos terrones...
- Mentira. André Espitia prefería siempre el café. Solo – resopló antes de continuar – Así es como me gusta a mí – la chica se derrumbó ante su comentario – Llevas casi un año a su servicio, y ni siquiera sabes su nombre.
-...
- ¡Ese hombre ha muerto valientemente y tú ni siquiera sabes su nombre!¿¡Cómo pretendes que nadie te recuerde a tí!?
-Yo..yo...
- Hanji y yo no dejamos que nada que haya ocurrido entre nosotros varíe nuestro trabajo – ella comenzó a llorar sin parar – En ningún momento la hemos antepuesto a nuestra lucha. Si no eres capaz de entender eso... - No era necesario terminar esa frase.
- Déjeme sola por favor...
- Ral... – el solo hecho de llamarla por su apellido le clavó un puñal en el pecho – Es un buen soldado. Valiente y decidido, pero necesita centrarse. El escuadrón de operaciones especiales no necesita solo táctica y destreza. Sino inteligencia y confianza. No podrá volver a formar parte de él mientras no comprenda esto.
- …...
Abrió la puerta levemente y permaneció unos segundos en silencio.
- Auruo – dijo sin desviar su mirada hacía la esquina donde se había escondido el muchacho - ¿Has estado escuchando?
- Sargento, yo estaba preocupado y...
- No me importa. Llévatela a su habitación, por favor – desvió su mirada ligeramente hacia atrás alcanzando a ver su pequeña figura sollozando en el suelo – Tengo cosas que hacer durante el día, así que puedes tomartelo libre. Yo avisaré a Erd y a Gunther.
- S-sí.
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La tierra removida bajo sus pies aún delataba lo que acababan de hacer. Aplanó un poco más la tierra con sus pies intentando disimular el agujero que habían hecho minutos antes. El sol rallaba el alba de un nuevo día.
Quizás era porque hacía bastante frío o porque aún no se recuperaba de lo sucedido, pero aquella mañana se le antojaba surrealista.
Bajo sus pies se encontraba el cuerpo sin vida del capitán de la guardia real, envuelto en una tonelada de tierra fresca. Era la primera persona que veía morir a manos de otro humano, y no por un titán.
- ¿Estás seguro que aquí nadie lo encontrará?
- Solía venir aquí de pequeño. No suele venir nadie por aquí. Es el escondite perfecto.
- Erwin... ¿Qué va a pasar ahora? ¿Voy a volver al cuartel?
- No, podrías levantar sospechas. Además, aún hay algo que quiero que hagas. Por esa razón te he traído aquí – sus manos se dirigieron a un viejo árbol y comenzó a escarbar junto a sus raíces.
- …. - No quería ni imaginarse que sería capaz de pedirle a estas alturas - ¿Qué debo hacer? - se resignó.
- Hay un libro que conseguí hace tiempo... Es un libro de cuentos. Pero no entiendo el dialecto que hay en él – sus manos finalmente toparon con una vieja caja de madera envuelta en un trapo desgastado.
- ¿Quieres que traduzca un libro de cuentos? ¿Qué te hace pensar que conseguiré descifrarlo?
- Se que lo harás – repuso con confianza – Aquí... podrás encontrar material necesario para poder traducirlo.
- Es probable – el sol acariciaba sus gafas cegándola momentáneamente - ¿Y qué tiene de interesante ese cuento para que me quieras mantener aquí?
- No he podido leerlo, obviamente. Aunque por los dibujos que tiene algo se intuye.
- ¿De que trata?
- De una guerra...Entre dos pueblos enfrentados...Que se vieron obligados a exiliarse tras unas murallas.
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Bueno... Espero que se comprenda el lapso temporal. Lo que sucede al principio es el presente, y en medio hasta el final el pasado. Todo esto se enlazará en el siguiente capítulo hasta regresar de nuevo al presente.
Y... creo que en el siguiente capítulo por fin se reencontrarán. En fin, espero que os haya gustado el capítulo y lamento haberos tenido esperando. Nos leemos.
