Rubi, la joya más bella

Capítulo 10

Yami se mordió el labio. En realidad no sabía por donde empezar. Habían tantas cosas que deseaba olvidar, eran como un peso que simplemente deseaba quitarse de encima.

Suspiró, mirando de reojo al ojiazul, quien lo observaba con paciencia. Sonrió ligeramente, sintiendo aquella tranquilidad que solo el castaño podía darle. Y fue entonces, cuando al fin decidió empezar.

Sus manos se movieron. Temblaban levemente, pero insistían en comunicarse.

"Mi padre murió antes de que yo naciera. Mi niñez la viví al lado de mi madre y mi abuelo. Pero luego, mi madre se enamoró de un hombre. Se casaron cuando yo tenía diez años. Al principio, no parecía ser tan malo, nos mudamos al otro lado de la ciudad y lejos de mi abuelo. Mi nuevo padrastro solía ser muy amable conmigo cuando él y mi madre eran novios, pero cuando se casó, empezó a mostrarme solo odio..." Se detuvo, intentando no ser interrumpido por los dolorosos recuerdos.

"Empezó por llamarme estorbo, diciéndome que sin mí, él y mi madre estarían felices. Luego, se quejaba por cada mínima cosa que hiciera. Me exigía notas de diez, y cuando veía algo más bajo que eso, me recordaba lo estúpido e inservible que era y me obligaba a estudiar toda la noche. Tenía prohibido ver televisión y tocar una computadora, a menos que fuera para alguna investigación de la escuela"

"Mi madre salía de la ciudad a veces, por su trabajo. Una vez, cuando ella no estaba, las cosas cambiaron. Como siempre, era yo quien debía prepararle la cena a mi padrastro, pero él llegó antes de su trabajo y por eso su comida no estaba lista. Comenzó a gritarme, y tomó la olla de agua hirviendo y me la lanzó en las manos, diciendo que de por sí no me servían de nada. Toda la noche lloré por el dolor, pero a él ni siquiera le preocupó. Recuerdo que mis manos estaban demasiado rojas, y sentía terror al pensar que tal vez quedarían inservibles. Tenía once años en ese entonces"

"Los insultos pasaron a ser golpes. Cuando mi madre no estaba, debía dormir en el sótano. Mi hogar ya no era eso, sino una fría prisión. Todas las noches recuerdo que me sentaba contra la puerta de mi habitación, a llorar durante horas. Pero yo me negaba a decirle a alguien lo que sucedía, porque quería que mi madre fuera feliz. Aún así, mis maestros pronto empezaron a notar los golpes y me cuestionaron por eso. Yo solo ponía excusas. Al parecer no me creyeron, puesto que me mandaron con la psicóloga de la escuela. Su amabilidad y compresión me hizo rendirme, y le conté todo. Ella prometió que arreglaría todo, y que le diría a mi madre... pero mi madre no creyó nada. Cuando regresé a casa, ella estaba en la sala, mirándome con rencor. Me llamó mentiroso, mientras mi padrastro se quejaba de mí. Me dijo que estaba decepcionada, y me obligó a irme a mi habitación"

"Una semana después, la psicóloga me llamó de nuevo. Pero ésta vez, le dije que había mentido, por el simple hecho de que quería atención, porque mi madre le daba toda la atención a mi padrastro, y eso me molestaba. Me creyó, e incluso llamó a mis 'padres' para disculparse. Luego de eso, todo siguió igual. Insultos, golpes, todo como siempre. Hasta que llegó ese día..." Hizo una pausa, sintiendo las lágrimas acumularse en sus ojos.

"Tenía catorce años. Mi madre estaba en otro de sus viajes de trabajo. Yo estaba en la sala, estudiando. De pronto, mi padrastro estaba sentado junto a mí. Intenté ignorarlo y concentrarme en el libro, pero fue imposible, cuando sentí su mano acariciar mi pierna. Me levanté, quejándome a gritos. Pero él se acercó de nuevo. Comencé a forcejear cuando me tomó fuertemente de los brazos. Para mi suerte logré patearlo y me soltó. Corrí entonces hacia la salida, y estuve a punto de llegar a ella. Pero me encontré en el suelo, porque mi padrastro me había empujado. Escuché unas palabras, 'si no eres mío, no serás de nadie más', y después de eso, algo me empezó a golpear con fuerza en la cabeza. Estuve consciente para sentir tres golpes, pero luego todo se volvió oscuro" Los sollozos escapaban de su boca, ese día había cambiado por completo su vida, se la había arruinado.

"Me desperté en un hospital. Mi madre estaba allí, llorando. Intenté decir algo, solo para encontrar que no podía escucharme a mí mismo. El terror me inundó, por qué no me escuchaba? Por qué no escuchaba los sollozos de mi madre? Minutos después, ya sabía que había perdido la audición. Esa ha sido la peor noticia que he recibido. Los doctores decían que había sido un verdadero milagro que aún estuviera con vida, pero en mis pensamientos, habría preferido morir. Nunca me interesó además saber con qué me había golpeado mi padrastro. Pero, desde ese día, no volví a ver a mis amigos, me abandonaron. Mi madre me rogó que la perdonara, y lo hice, no pensaba que fuera su culpa de todos modos. Viví luego con depresiones, a veces todo estaba bien, y luego en un segundo tomaba lo primero que veía y lo lanzaba contra la pared. Cientos de psicólogos me vieron luego, unos me mandaban mil medicamentos, y otros me diagnosticaban raras enfermedades, incluso uno le dijo a mi madre que yo tenía esquizofrenia"

"Me encerré en mi habitación durante tres años, tomando pastillas y saliendo solo a caminar a veces. Una vez tomé una sobredosis de antidepresivos y terminé de nuevo en el hospital. En otra ocasión, pensé en suicidarme. En ocasiones me quedaba con mi abuelo, cuando mi madre tenía que salir de la ciudad. Pero siempre fue la misma historia... hasta ahora. Cuando Yugi me invitó a acompañarlo a ver a su mejor amigo, me negué, pero él insistió. Y así te conocí" Sonrió ligeramente, al sentir los dedos del ojiazul limpiando sus lágrimas. Lo miró, sintiéndose al fin feliz, después de tantos años de sufrir.

"Cambiaste mi vida... gracias" Sin aguantar ni un segundo más, se lanzó a los brazos del castaño, escondiendo su rostro en el pecho del más alto. Luego, lloró en silencio, como si cada lágrima que derramara sanara una herida de las muchas en su corazón. Se esforzó en ese momento, por olvidar esas memorias. Le aterraba el pensar lo que habría pasado si su padrastro se hubiera salido con la suya. ¿Qué habría sido de él? Cómo podría vivir con esa realidad?

-"Ya no importa"- pensó, sonriendo con algo de amargura.

Por mucho tiempo, había pensado lo peor de sí mismo, que él era inservible. Pero, no era verdad. Claro que no. El solo hecho de estar ahí lo probaba.

Se separó del castaño de pronto, cuando éste lo empujó levemente.

"No eres el único quien ha pasado por algo como eso" le dijo el CEO. Yami lo miró confundido. "Mi infancia la pasé en un orfanato. Nos adoptaron a mi hermano y a mí cuando tenía doce años. Al ser mi padrasto un importante empresario, su único objetivo era el de convertime a mí en alguien como él, para que así pudiera heredar su compañía. Eso significaba aislarme completamente del mundo. Toda mi adolescencia la pasé en clases con mis tutores" explicó. Miró luego hacia una de las paredes del lugar. "Y tienes suerte... no es fácil vivir con el abuso sexual" agregó. Yami asintió levemente, en eso sí tenía razón.

Pero de pronto, alzó la mirada sorprendido, al entender el verdadero significado de esas palabras. Miró sin creer al ojiazul, no podía ser... o sí?

"Para mi suerte solo fue una vez, aunque solo era un niño cuando ocurrió. Ahora simplemente intento no pensar en eso" explicó. El joven lo observaba, aún incrédulo. Pero luego, sus ojos se inundaron de lágrimas. De nuevo, se lanzó a los brazos del ojiazul, aferrándose a él con fuerza. Por primera vez, no lloraba por sí mismo. Y por primera vez, sentía que al fin alguien lo entendía de verdad.

Sintió al ojiazul moverse, y se encontró a sí mismo acostado en la cama. Alzó levemente la mirada, sintiendo los brazos del castaño alrededor de su cintura. Sonrió ligeramente, al encontrarse con esos bellos ojos azules.

Se acomodó de nuevo contra el pecho del castaño y cerró sus ojos.

Le dolía en gran medida el solo pensar en lo que el ojiazul le había dicho. Jamás lo hubiera creído, nunca. Tomó con sus manos la camisa del más alto, mordiéndose ligeramente el labio. Seto había superado eso, a pesar de ser algo bastante serio. Él, entonces, también podía superar su pasado. Sus pesadillas ya no estaban, su padrastro estaba en la cárcel.

Además, ya no estaba solo. Ahora, tenía una razón para seguir adelante.

Suspiró, debido a los sollozos que lo inundaban. Respiró luego, sonriendo al percibir el olor que emanaba del ojiazul, aquel olor a fina colonia, que además tenía ciertos rasgos que eran propios del empresario.

Dioses, le encantaba estar tan cerca del ojiazul. Y ahora, iban a dormir juntos. Sonrió de nuevo, la sola idea de despertar para encontrarse con el castaño le sonaba perfecta. Lástima que en ese momento esa oportunidad aparecería una sola vez.

Sus pensamientos fueron interrumpidos, cuando un pequeño bostezo lo llenó de cansancio. Se acurrucó cariñosamente al ojiazul. Pronto, el sentir la respiración de Seto y los latidos de su corazón, lo llevaron a la tierra de los sueños.

III

-¡Yo contesto, abuelo!- exclamó Yugi, levántandose del sofá, y dejando al minino en él, ya que el pequeño había estado en su regazo. Caminó desde la sala hacia el teléfono, el cual estaba cerca. Lo tomó, llevándolo luego a su oreja. -Moshi moshi-

-Yugi, como estás?- habló una voz femenina. El aludido alzó una ceja, al reconocer esa voz.

-¿Tía?- preguntó. Le extrañaba que la madre de Yami llamara de nuevo, puesto que horas atrás lo había hecho. -Muy bien, gracias- agregó.

-Que bueno, corazón. Veo que te sorprende mi llamada. Me imagino que tu abuelo ya te dijo que también llamé hace un tiempo- comentó.

-Ehm... sí, me soprendió un poco- confesó el chico. Alzó la mirada de pronto, al ver a su abuelo asomándose por la puerta de la cocina. Sin hablar, movió sus labios, pronunciando la palabra 'tía', al ver que el anciano lo miraba interrogante. El mayor, al entender al joven, se acercó, al parecer también sorprendido. -¿Quieres hablar con el abuelo?- preguntó entonces Yugi.

-Si es posible- fue la respuesta.

-Claro- habló, dándole entonces el teléfono al anciano.

-¿Hija?-

-Hola de nuevo, papá. Solo llamaba para avisar que llego mañana-

-¿Mañana? Y qué pasó con el trabajo, ya terminaste?- preguntó incrédulo el anciano.

-Se lo encargué a mi compañera. Lo siento papá, pero ahora solo debo estar con mi hijo-

-Pero Alicia, primero está...-

-Primero está mi hijo. Y quiero estar con él, sobretodo ahora. Además, me muero por conocer a su amigo... o debería decir, a su futuro esposo- Rió luego, notándose la alegría en sus risas. El anciano suspiró. Conocía a la mujer, y cuando tomaba una decisión, nadie podía cambiarla.

-Está bien, hija. ¿Quieres que le diga a Yami?-

-Oh no, quiero que sea una sorpresa. Por cierto, ya llegó?-

-No, aún no-

-Claro, lo entiendo. Cuando salía con el padre de Yami, no quería poner un pie en mi casa-

-Sí, recuerdo esos días- afirmó el anciano. Ambos rieron luego por varios segundos. Cuando hubieron terminado, la mujer habló.

-Bueno, papá, ya debo irme. Dios, no puedo esperar para llegar mañana-

-Me imagino, hija. Pero las horas pasarán rápido, eso es seguro. Ahora, descansa, está bien?-

-Claro, papá. Eso haré. Nos vemos mañana-

-Hasta entonces- finalizó el mayor, terminando con la llamada. Y después de poner el teléfono en su lugar, se dirigió de nuevo a la cocina, a preparar la cena que por lo visto sería solo para dos personas y un minino.

III

Miró el reloj que se encontraba en la mesita de noche. Aquellos números rojos marcaban ya las seis y treinta de la noche. Al parecer, habían dormido más que suficiente. O mejor dicho, él había dormido suficiente, puesto que Yami aún seguía en la tierra de los sueños.

Bajó la mirada, centrándola en la hermosa criatura que descansaba a su lado. Alzó su mano, y acarició ligeramente la mejilla del joven, escuchando mientras tanto la dulce respiración en el pequeño cuerpo. ¿Qué podía decir acerca de esa cautivadora vista? Simplemente que era la más bella que había visto. Sí, no podía creer su manera tan... 'cursi' de pensar, pero no podía evitarlo. La ternura infantil y a la vez belleza adulta era mucha en Yami, como para solo negarla.

Sonrió ligeramente, al sentir al joven acurrucarse inconscientemente a él, si es que eso era posible. Lo abrazó con fuerza. No tenía caso seguir negándose a sí mismo la verdad. Amaba a ese pequeño, y eso era todo. Sí, jamás pensó que sentiría amor. De hecho, no creía en el amor, le parecía algo completamente estúpido. Pero ahí estaba ahora, admitiendo que de hecho sí se había enamorado.

¿Y cómo no? Ese joven era maravilloso. A pesar del frío y oscuro pasado que tenía, a pesar de eso, a sus ojos Yami era perfecto. Su rostro era perfecto, sus ojos también lo eran, su cabello, su bello aroma a vainilla y canela, tan suave pero exótico a la vez, era perfecto. Su personalidad era perfecta, todo, simplemente, todo. Jamás pensó que vería tal perfección en alguien. Pero ahí estaba, frente a sus ojos.

Era curioso además, la forma en la que Yami lo había cambiado. Sí, claro que lo había notado. Ahora, ya no acostumbraba a humillar a sus empleados, cada vez que cometían un error. Tampoco los miraba con extrema frialdad, haciéndolos temblar de miedo, literalmente. Ahora, era más amable, y también, más tolerante. Esos mínimos detalles hacían una gran diferencia, sobretodo para alguien que solía ser un cubo de hielo.

Salió de pronto de sus pensamientos, al sentir a Yami moverse de nuevo. Pero ésta vez, bellos rubíes lo miraron, mientras que su dueño le sonreía tiernamente, con aquella sonrisa que tanto amaba.

Ambos se miraron por unos momentos, hasta que el ojiazul se separó del menor, sentándose luego en la cama. Volvió la vista de nuevo hacia Yami.

"¿Quieres ir por un helado?" preguntó. En realidad, no habría siquiera pensado en eso, de no ser por su hermano Mokuba, quien en la mañana le había dicho que al parecer a Yami le encantaban las malteadas. Y por lo visto era cierto, puesto que los ojos del adolescente se iluminaron; luego, el menor asintió.

Después de ésto, el ojiazul miró divertido como él joven saltaba de la cama, literalmente, y comenzaba a vestirse. Al parecer estaba emocionado con la idea de tomar una malteada.

Se levantó él entonces.

Sí, podía simplemente pedirle a las sirvientas que hicieran esas famosas malteadas. Pero, quería llevar a Yami a un lugar en especial. Y debía admitir, que de nuevo, esa idea había sido ofrecida por su hermano. Al parecer, Mokuba y Yugi habían hablado mucho acerca de Yami. Aunque no podía quejarse, al menos ahora sabía adonde ir.

En unos minutos, ambos salieron de la habitación. De inmediato, se ganaron las miradas de las sirvientas, quienes de nuevo, los miraban incrédulas. Era una situación muy poco común para ellas. Primero, veían a Kaiba entrar cargando a un joven en sus brazos, y ahora, los veían a ambos tomados de la mano!

Sí, los dos bajaban las escaleras de la mano, tal cual dos novios. Tal vez esa acción había sido inconsciente, aunque parecía no serlo, puesto que el menor se había sonrojado levemente cuando el castaño había unido su mano con la suya. No se quejó, sin embargo, de hecho, no le molestó en lo absoluto.

Salieron pronto de la lujosa mansión, caminando luego hacia la limosina. El chofer les abrió la puerta y así entraron sin problemas en ella, y de inmediato, Yami se recostó al ojiazul. Después de eso, el vehículo comenzó a moverse.

El viaje no fue largo. De hecho, fue corto en el punto de vista de Yami, quien no dejaba de pensar en lo bien que se había sentido dormir con el ojiazul. Se había sentido protegido, aún en sus sueños. Y al haber despertado para ver esos zafiros, había sido bello, tal y como lo había predicho. Solo tenía una simple conclusión, jamás había dormido tan bien como lo había hecho minutos atrás.

Y luego, para su mayor sorpresa, el ojiazul lo tomaba de la mano. Deseaba creer que eso significaba que su relación se estaba haciendo más cercana. De verdad, ahora solo quería que el castaño le correspondiera. Sí, antes jamás habría pensado en eso, pero en ese momento sabía que tenía cierta oportunidad con el empresario. La manera en la que el ojiazul lo trataba, las pequeñas muestras de cariño y aprecio, se lo decían claramente.

Alzó de pronto la mirada, borrando sus pensamientos, al notar que ya habían llegado. Sí, el viaje de verdad había sido corto.

Se bajó de la limosina, sonriendo al ver la heladería. Aunque de nuevo, a pesar de ser solo un lugar donde vendían helados, era una zona lujosa, o al menos eso podía ver debido al elegante edificio.

Caminó luego, al ver al ojiazul hacerlo, y así entraron al lugar.

Habían pocas personas, un par de niños con sus padres en la mesa de la esquina, y una pareja sentada en el centro del lugar, quienes además fueron los primeros en verlos con incredulidad. Al parecer, no era común ver a Seto Kaiba ahí, y menos tomado de la mano de un desconocido joven.

Pero pronto, para tristeza de Yami, el ojiazul terminó con el hermoso agarre en su mano.

"¿Qué quieres pedir?" preguntó.

"Malteada de fresa" contestó de inmediato el joven. Había decidido qué pedir desde que el ojiazul le había ofrecido ir a ese lugar. Y es que además, amaba las malteadas de fresa.

El castaño asintió, volviendo su atención hacia la sorprendida mujer que atendía, quien miraba al empresario como si éste fuera una fantasma. Kaiba, ante ésto, solo alzó una ceja, pero se contuvo en dejar salir uno de sus típicos comentarios sarcásticos. Claro, eso fue hasta que se le agotó la paciencia.

-Sabe, mirar a las personas de esa forma no es educado- habló. La mujer saltó levemente, sonrojándose a más no poder.

-Lo s-siento, señor K-Kaiba. ¿Qué desea ordenar?- preguntó, al parecer sabiendo bien quién era el castaño.

Yami mientras tanto, sonreía levemente, al ver el semblante de la mujer. Al parecer, el empresario tenía la misma fama de una estrella de cine. Y cómo no, si era el dueño de la compañía más grande en Japón. Aunque sinceramente, no le agradaba demasiado ese rastro de 'niña enamorada' que también mostraba aquél rostro femenino. Sí, para qué negarlo? Al parecer él era celoso. Aunque eso no le traería muchos beneficios, puesto que el empresario además encabezaba las listas de los hombre más codiciados.

Y por último, no tenía derecho a sentir celos. El ojiazul no era suyo. Por ahora, su relación con él era del tipo amistosa. Bueno, descontando claro el hecho de que habían caminado de la mano. Y sí, tal vez también el hecho de que habían dormido juntos.

Suspiró, mejor no se confundía más con esos pensamientos.

Se concentró entonces en el lugar, observando cada detalle. De pronto, algo que descansaba en el mostrador arriba del vidrio que mostraba los helados, le llamó la atención. Sonriendo, se acercó.

Su sonrisa aumentó, al ver lo que era. Y al parecer, eran gratis. Riendo para sí, tomó dos de esos objetos, no dudando en ponerse uno de ellos. Luego, avanzó de nuevo hacia el ojiazul, quien ya tenía las bebidas en sus manos.

El empresario no notó que Yami se acercaba. Pero cuando se dio la vuelta para irse del lugar, se encontró de frente con el joven, quien se paró en puntillas apenas, y alzó sus manos, colocándole algo en la cabeza. Se alejó luego, sonriendo en aceptación al ver su trabajo.

"Te ves lindo" expresó. El ojiazul pareció confundido, hasta que notó un pequeño detalle. Entre todo el cabello de Yami, relucían dos pequeñas orejas de cartón gris, que sin dudas le daban la apariencia de un tierno gatito.

Un minuto, acaso el joven también le había puesto esas ridículas orejas?

Sin dudarlo, tomando a como pudo las bebidas con una sola mano, llevó la otra hacia su cabello, con todas las intenciones de quitarse ese molesto objeto. Sin embargo, una mano en su muñeca lo detuvo. Miró a Yami, quien se notaba algo decaído.

"Lo siento... no debí de hacer eso" le dijo. Luego, él mismo llevó su mano hacia el cabello del ojiazul. Pero ésta vez, fue el castaño quien lo detuvo, alejando la pequeña mano del joven y negando con la cabeza. A Yami le gustaba, y eso era lo que importaba.

El menor sonrió, el brillo volviendo a sus ojos. Tomó luego su preciada malteada y caminó con el ojiazul a la salida, ante la mirada atónita de la pareja que estaba allí, y la sonrisa perdidamente enamorada de la empleada del lugar.

Ambos se subieron nuevamente a la limosina, la cual comenzó a moverse.

Yami se limitaba a mirar por la ventana, mientras que disfrutaba de su dulce bebida fría. El ojiazul hacía lo mismo, tomando de vez en cuando sorbos de la malteada de vainilla en su mano. Su otra mano, mientras tanto, estaba alrededor de la cintura del menor.

El ambiento era tranquilo. La noche además se mostraba serena, con la luna llena iluminando el cielo oscuro.

Varios minutos pasaron con rapidez, antes de que el lujoso vehículo hiciera una segunda parada.

De nuevo, Yami y Kaiba salieron. El primero estaba algo confundido, puesto que había pensado que tal vez ya iba a casa de Yugi y el abuelo.

Sin embargo, al ver el lugar en el que estaban, no pudo evitar sonreír. Le encantaba ese lugar, a su parecer era el mejor lugar para relajarse, mirando las leves olas del mar. Sí, en ese momento estaban en la playa, cerca del muelle.

Sintió de pronto al ojiazul tomar su mano, guiándolo luego hacia la arena. Cuando estuvieron cerca del mar, se sentaron, la delgada tierra dejando de ser un problema por el momento.

El menor cerró sus ojos, suspirando alegre al sentir el leve viento acariciar su rostro. Pero pronto, un leve escalofrío lo recorrió, al sentir su cuerpo frío debido a la malteada. Sonrió luego sin embargo, al sentir al ojiazul atraerlo hacia él. Se acurrucó entonces contra el castaño, mirando de nuevo al mar. Y así, terminió con la bebida en su mano.

Minutos después, el ojiazul se separó, ganándose la atención del joven.

"¿Ya le pusiste nombre a la mascota que te regalé?" preguntó. Yami pareció sorprendido por ésta interrogatoria. La verdad, aún no había pensado en un nombre para su gatito. Quería que fuera algo especial, que le recordara a Seto. Pero aún no se le ocurría nada.

Miró entonces al castaño, perdiéndose por unos momentos en esos bellos ojos azules. Sonrió de pronto. Ojos azules, claro, eso era lo más resaltante de Kaiba. Esos charcos profundos que reflejaban el interior de aquel empresario. Eso era lo más especial. Y algo similar a ojos azules sería...

Asintió, levantando sus manos luego para responder.

"Zafiro" afirmó. El más alto mostró una sonrisa apenas visible, al parecer entendiendo el significado de ese nombre.

Los segundos siguientes, se dedicó a mirar a Yami. Definitivamente, era perfecto. Y con esas pequeñas orejas, se veía simplemente adorable. Se enfocó por unos momentos en esas orejas, pero luego bajó su mirada, centrándola en esos brillantes ojos carmesí. Después de contemplarlos por unos segundos, miró esos finos labios. Un pensamiento lo asaltó. ¿Cómo serían esos labios? Dulces tal vez, y suaves como la seda. Fuera como fuera, solo había una manera de averiguarlo.

Casi inconscientemente, tomó el mentón del joven en su mano, obligando al menor a alzar levemente el rostro.

-Mi bello gatito- susurró. Yami de inmediato mostró un leve tono rojizo en sus mejillas, el cual, según el ojiazul, lo hizo ver más tierno. Podía sentir la respiración del joven, y podía percibir además el olor a fresa de la malteada, mezclándose con el aroma a vainilla y canela propios del adolescente. Y por segunda vez, se concentró en esos labios.

Era oficial, necesitaba probar esos labios.

Con ese pensamiento, se inclinó, acercándose al rostro del joven, quien no opuso resistencia. Por unos momentos, se detuvo, quedando a una mínima distancia. Pero luego, al ver esos ojos, decidió terminar la distancia entre sus labios.

Y así, al fin besó a Yami.

III

Magi: listo xD Ahí está, por fin el beso u.u Aunque lo corté O.o pero ya se me hizo largo el capítulo. Tendrán que esperar hasta el próximo En fin, no había notado un detalle con éste fic... que prácticamente está basado en mi vida Y no, no por lo de la sordera ¬¬ Pero cuando edité este cap lo noté, el pasado de Yami es muy parecido al mío. Es... curioso, supongo... En fin, no creo que les interese ese tema, pensándolo bien a mi tampoco me interesa recordar eso...

Volviendo al fic, gracias a rosalind, Aya Fujimiya, Kimiyu y Yami224 por sus reviews!

Espero que les haya gustado éste capítulo n.n

¡Nos vemos!