CAPITULO 10
Edward
Siobhan entró en mi despacho vestida con pantalones vaqueros y una blusa gris. Tenía un gusto elegante, y siempre elegía ropa que le otorgaba un aire respetable y de belleza. Tenía el pelo recogido en un moño flojo y la sombra de ojos hacía destacar el color azul de éstos.
—¿Ha tenido un cambio de parecer? —Se sentó en la silla que había delante de mi mesa y cruzó las piernas.
Dejé sobre la mesa el documento que estaba leyendo.
—Me di cuenta de que podía tener más utilidad haciendo otras cosas.
—¿De verdad? —Ladeó la cabeza; su hermoso rostro parecía frío como el hielo—. ¿Ha encontrado una venganza mejor que entregarla a uno de los hombres más crueles del mundo? De ser así, me gustaría oír cuál es.
Siobhan me conocía desde hacía mucho tiempo, así que era difícil conseguir que algo se le pasara por alto. Su mirada era más aguda que la de un águila. Veía cosas que yacían muy por debajo de la superficie; podía localizar mis emociones antes de que las expresara siquiera.
Era molesto de cojones.
—Si la llevo colgada del brazo, todos sabrán que se la robé a Joseph, y no tengo problema alguno en mostrárselo al puñetero mundo entero. Joseph se verá forzado a no hacer nada, como el cobarde que es.
—¿No me diga? —Descansó los brazos en los reposabrazos—. ¿Y qué pasa con el millón de dólares que le falta?
—Lo recuperaré.
—¿Cómo? —exigió saber.
No me gustaba que me desafiasen, ni siquiera si era ella quien lo hacía.
—¿No tiene trabajo que hacer?
—Sí, mucho. —Se enderezó—. Pero no voy a dejar que mi jefe, el hombre a cargo de lo que tanto he trabajado para crear, se ablande con esa pequeña putita. No me insulte con sus excusas; sé exactamente lo que ha hecho, Edward. Así que no pretenda tomarme por estúpida.
Su fiereza siempre me sorprendía. De algún modo, intimidaba incluso a los hombres más aterradores. En muchos aspectos, su tolerancia cero hacia las mentiras me recordaba a mi nueva prisionera. Que pudiera jugar a un juego de hombres y ganar siempre me llamaba la atención. Tras verla defenderse contra cinco hombres brutales, le ofrecí un trabajo de inmediato.
—¿En qué demonios está pensando, Edward? Joseph nos escupió a la cara cuando intentó engañarnos, ¿y ésta es su represalia? ¿Así es como solucionamos ahora nuestros problemas?
—Ya es suficiente. —Levanté la mano, silenciándola. Siobhan era una de las pocas personas que podía decirme mentiroso a la cara, pero no permitiría que siguiera insultándome—. Cuando Bones apareció con esa cadena y collar, cambié de idea. Sabía lo que iba a hacerle, y no pude continuar con ello. No me estoy ablandando, ¿de acuerdo? Mantenerla como mi prisionera personal será suficiente. Joseph sabrá exactamente lo que hago con ella cada noche; sin duda eso le provocará pesadillas.
Siobhan apretó los labios, molesta, pero no volvió a insultarme.
—¿Le ha cogido cariño o algo parecido?
—Absolutamente no. —Su inteligencia y rapidez mental me resultaban entretenidas, pero eso era todo. Era una mocosa malcriada que creía que siempre podía salirse con la suya. No era más que una cara bonita y un cuerpo voluptuoso; nada más.
Siobhan entrecerró los ojos, como si estuviese viendo algo en mi expresión.
—¿Se la ha follado?
Mentir no formaba parte de mi naturaleza. Podía retorcer la verdad en ocasiones, pero cuando me preguntaban algo directamente, no había lugar para ello. Así que no dije nada; fue tan válido como admitir mi culpabilidad.
Siobhan ocultó su descontento ante las nuevas noticias.
—No podría importarme menos que quiera acostarse con su prisionera, pero no deje que sea más que eso.
—No lo es.
—Está claro que sí lo es, si ha cambiado de parecer sobre lo de Bones. Es usted uno de los hombres más duros que he conocido. Jamás le he visto reconsiderar un castigo, por muy cruel que éste fuera. No cambie; admiro su frialdad, y no quiero que desaparezca.
—No lo hará. No tiene de qué preocuparse.
Por fin lo dejó estar.
—¿Qué va a hacer con ella, pues?
—Ya se lo he dicho.
—Cuando no haga acto de presencia como su esclava.
—Me servirá en mi tiempo libre. —Discutir mi vida sexual con Siobhan no me molestaba. Parecía como si estuviese hablando con uno de los chicos, alguien que entendía mi apetito sexual sin juzgarme por ello. Ella apenas hablaba del suyo, pero eso era porque no tenía mucho tiempo para citas con su trabajo—. Será suficiente castigo.
—Creí que ya se había acostado con ella.
—Me sedujo en un intento de manipularme y que no la entregase a Bones.
Me fulminó con la mirada.
—Y no funcionó. Cambié de idea por razones propias. El sexo no tuvo nada que ver.
—¿Espera que me lo crea?
—Sí, si quiere conservar su trabajo.
Siobhan puso los ojos en blanco y se levantó.
—Este sitio se caería a pedazos sin mí, y usted lo sabe. —Fue a la puerta, rezumando gracia con su modo de moverse. Era una mujer hermosa, pero al mismo tiempo encajaba con los chicos.
Sonreí cuando me dio la espalda.
—No, no se caería a pedazos. Liam la reemplazaría.
Se rió y se dio la vuelta.
—¿Y qué va a hacer? ¿Solucionar todos los problemas cocinando?
Me encogí de hombros.
—Podría cocinar personas. He visto cómo lo hacían.
Continuó riendo mientras se marchaba.
—Será mejor me ponga las pilas. Estoy a punto de ser reemplazada.
Isabella pasaba la mayor parte del tiempo fuera. Caminaba por la isla con sus binoculares y exploraba, observando la vida salvaje y examinando las plantas indígenas que eran nativas de las islas Shetland. Incluso en los días más fríos, salía durante la mayor parte de la tarde. Sólo se quedaba en la casa cuando llovía.
Yo había estado ocupado trabajando, así que no le prestaba mucha atención. A veces sus comentarios abrasivos me molestaban, su actitud de sabelotodo me atacaba los nervios. Incluso a pesar de llevar allí un mes, no se había acostumbrado a su nueva vida. Tenía la ridícula idea de que acabaría escapando.
Me había parecido que, llegados a aquellas alturas, ya se habría desmoronado; iba a ser un desafío.
En fin, me gustaban los desafíos.
Estaba sentado en la sala de estar, leyendo un libro mientras el fuego crepitaba en la chimenea. Había una televisión montada en el viejo muro de piedra, pero apenas la encendía. La televisión y las películas me aburrían; contar una historia en un tiempo tan corto y apresurado siempre diluía su poder. Pero con un libro nunca había final.
Isabella anunció su presencia con sus pasos ligeros. Se sentó en el otro sofá, vestida con leggings negros y un jersey rosa. Alistair le había traído ropa al volver a la isla, prendas que se le pegaba perfectamente a sus curvas. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo, y no dejé de imaginarme aferrándola entre los dedos mientras le metía el miembro en la boca con fuerza. Ahora que ya habían pasado varios días, estaba impaciente por tirármela otra vez. Tenía un rostro naturalmente hermoso sin esforzarse siquiera. Sus ojos verdes brillaban como esmeraldas en un cofre del tesoro. Su piel clara se había enrojecido fácilmente bajo la palma de mis manos. Me pregunté si su culo tendría la misma reacción.
Mantuve el libro abierto sobre el regazo.
—¿Puedo ayudarte en algo?
—¿Es que no tengo permitido sentarme aquí? —preguntó como la listilla que era—. Creía que toda la casa estaba a mi disposición.
Cada vez que me replicaba me daban ganas de abofetearla y matarla a polvos. Había algo en ella que me ponía muchísimo. Normalmente, si alguien me desobedecía la persona en cuestión era ejecutada. Necesitaba control y poder cada segundo del día, y en las raras ocasiones en que no lo conseguía, me embargaba la furia. Pero con ella sólo hacía crecer mi atracción. Ya la había poseído una vez, y mi sexo siempre se endurecía al recordarlo. No sólo era buena en la cama; besaba de un modo increíble.
—Cierra la boca o te meteré la polla en ella y te haré callar a la fuerza. —No era una amenaza vacía; cualquier excusa para usar su boca era buena.
Entrecerró los ojos, pero no dijo una palabra más.
Volví a mi libro, ignorando su presencia en el otro sofá a pesar de lo duro que estaba. Aunque era un hombre sexual, no estaba obsesionado con las mujeres. Iban y venían, me hacían sentir placer y luego desaparecían. Hacía falta mucho para atrapar toda mi atención. Y ya que tenía treinta y dos años y no había pasado nunca, tenía asumido que jamás pasaría.
Pero Isabella me hacía repensarlo.
—Nunca te veo beber nada que no sea whisky y café.
No aparté la vista de la página.
—Porque todo lo demás sabe a mierda.
—¿Incluso el agua? —preguntó incrédula.
—Orín absoluto.
—¿Te gusta el vino?
Por fin cerré el libro, sabiendo que aquella conversación no iba a terminar.
—¿A qué viene tanta pregunta, monada?
Se puso roja, molesta por el mote, pero no se molestó en corregirme.
—No he hablado con nadie en tres días. Estoy aburrida y me siento sola.
—Si te sientes sola, puedo arreglarlo. —La miré con los ojos cargados de significado, diciéndole exactamente lo que podía hacer para hacerla sentir menos sola. Quería repetir la acción que ya habíamos tenido, el sexo increíble que me había hecho explotar.
Puso los ojos en blanco al oír mi oferta.
—Paso.
—La última vez pareciste disfrutarlo.
—Estaba fingiendo.
Se me escapó una risotada del pecho.
—Ya, claro…
—Es verdad —insistió.
—Tu boca puede mentir, pero tu coño no. Hice que te corrieras, y lo sabes.
Sus mejillas se tiñeron de rojo, mostrando su vergüenza. No volvió a negarlo; sabía que la haría quedar peor.
—Y puedo volver a hacerlo… —Bebí de mi vaso de escocés, sintiendo los cubitos contra los labios.
—No, gracias. —Se cruzó de brazos sobre el pecho y miró hacia el fuego, evitando hacer contacto visual conmigo.
Percibí la duda y la falta de convicción en su voz.
Pasaron los minutos pasaron, y ninguno de los dos dijo nada. Volví a llenarme el vaso de whisky y le serví uno. Lo dejé en la mesita de café que tenía delante.
—¿Te gusta el escocés?
—No bebo mucho. Algo de vino de vez en cuando… —Se aferró desesperada al nuevo tema de conversación, agradeciendo que la incómoda charla de antes hubiese terminado oficialmente.
—Pruébalo.
No objetó, y tomó un trago. No puso cara de asco ni le costó tragar. El líquido ambarino le bajó por la garganta, directo al estómago. Me imaginé vertiendo el escocés sobre su vientre y lamiéndolo después. Dejó el vaso de nuevo en la mesa, ahora ya medio vacío.
—No está mal.
—¿Que no está mal? —repetí riendo—. Es el escocés más suave que beberás mientras vivas.
—¿Eres un aficionado?
—Algo así. —Me volví hacia el fuego, observando como las llamas bailaban y crujían. La vida en la isla Fair era un descanso bienvenido del resto del mundo, de las tonterías y el ruido, y disfrutaba de mi soledad más de lo que lo haría una persona al uso. Isabella era obviamente diferente, pero ya se acostumbraría—. ¿Qué estarías haciendo ahora si estuvieses en casa? —La pregunta salió de la nada; mi interés en aquella mujer era inapropiado.
—Estudiar, seguramente —dijo mirando el fuego—. Por cierto, alguien estará buscándome. Nunca he faltado un día a clase, y tengo muchos amigos que me buscarán por todas partes. Es cuestión de tiempo hasta que la policía o Joseph me localicen.
Casi me sentí mal por pisotear sus ilusiones.
—Les deseó mucha suerte. —Tomé un trago, dejando que el fuego me bajase por la garganta. Me acerqué el frío cristal a la sien, dejando que su temperatura curase la ligera migraña que me latía tras los ojos.
Isabella debió reconocer mi tono de voz, porque soltó un suspiro.
—No me encontrarán nunca, ¿verdad?
—Digamos que me sorprendería mucho que lo hiciesen. —Mi persona era ilocalizable. Y si no lo era, la mayoría de los gobiernos me tenían demasiado miedo como para atacar en respuesta. Era más sencillo mirar hacia otro lado cuando se trataba de mis delitos menores, que arriesgarse a una guerra abierta.
La voz de Isabella se fue apagando.
—Ya han pasado cuatro semanas… Creí que, a estas alturas, Joseph ya habría intentado venir a por mí. Supongo que no lo hará…
Una parte de mí quiso decirle la verdad: que había amenazado con matarla si su hermano intentaba rescatarla. Pero otra parte de mí quería esconder esa información y hacerle perder toda esperanza. Se conformaría y obedecería más rápidamente.
—Este lugar se convertirá en tu hogar, monada. No será tan malo como crees.
—Eso es fácil de decir para ti. ¿Cómo te sentirías si te secuestrase y te forzase a vivir conmigo?
Sonreí al pensar en esa fantasía.
—Creo que sería bastante divertido, la verdad.
Suspiró, molesta.
—¿Piensas en algo que no sea sexo?
—Cuando estoy cerca de ti, no. —Dejé el vaso sobre la mesa y me cambié a su sofá. Me senté a su lado, peligrosamente cerca, y eché el brazo encima del respaldo, dejando la mano sobre su nuca. Isabella cogió aire abruptamente en respuesta a mi inesperada hostilidad. Bajé la mano hacia uno de sus tonificados muslos y lo apreté con cuidado. Moví los labios contra su oreja y dejé escapar una bocanada de aliento cálido, obviamente excitado por el modo en que la había arrinconado contra el reposabrazos del sofá. Quería follarla allí mismo, en aquel justo momento, sin importar si Liam entraba—. No pienso en nada más. —Le besé el cartílago de la oreja y fui bajando lentamente los besos hacia su cuello, saboreando y chupando su carne. Los labios me dolían, ansiando más, sintiendo fuego cada vez que la tocaba. Subí la mano por su muslo y oí como se le agitaba la respiración mientras la tocaba. Sentí su excitación.
Levantó ligeramente la barbilla y me enterró la mano en el pelo. Unos jadeos casi silenciosos se le escaparon de entre los labios a medida que su deseo burbujeaba hacia la superficie. Su olor me embargó; estaba compuesto por flores y el aroma del verano.
La tumbé en el sofá, colocándome sobre ella mientras mis labios se posaban sobre los suyos. Juntamos los labios, y los movimos con un claro propósito en mente. Antes de que mi lengua pudiera entrar en su boca, la suya entró en la mía. Posó las manos en mis hombros y las bajó por mi espalda; nuestra sesión se caldeaba más a cada segundo que pasaba.
Mi erección estaba apretada contra la pretina de mi pantalón, impaciente por estar dentro de aquella estrecha vagina. Tendría que organizar una inyección para Isabella en cuanto acabáramos con el sexo, así podría correrme dentro de ella todo lo que quisiera. Hacerlo sobre sus tetas sería suficiente para aquella noche.
No rompí el beso mientras me desabotonaba los pantalones con una mano. Tenía que liberar mi miembro. Se formó una gota en la punta, mojándome los bóxers. El sexo de Isabella seguramente estaba igual de húmedo, desesperado por sentir mi hombría endurecida.
Pero entonces ella detuvo el beso.
—No. —Me quitó de encima y bajó del sofá, cayendo de rodillas antes de ponerse otra vez en pie.
Mi furia emergió de inmediato. Nadie me decía que no.
Jamás.
—¿Qué crees que estás haciendo? —susurré—. Vuelve aquí. Ahora. —Si me desafiaba, no tendría problema en sujetarla boca abajo con el culo en el aire.
—No. —Cruzó los brazos sobre el pecho, como si estuviese desnuda y quisiera esconderse de mi vista—. Sólo me acosté contigo para salvarme. No voy a volver a hacerlo.
—Pues pareciste disfrutarlo mucho.
—Tanto si lo hice como si no, no quiero repetirlo. —Se dio la vuelta para marcharse.
Me puse de pie en un instante, la agarré del cuello y la lancé al sofá.
—No hay lugar donde huir, ni donde esconderse. Siempre consigo lo que quiero; acéptalo. Pero si te resistes, no me importará. En todo caso me pondrás más caliente. —Tiré de la parte trasera de sus leggings y se los quité, revelando su trasero firme.
Isabella intentó quitarme de encima.
—No necesito correr ni esconderme. No lo harás.
Solté una risotada oscura.
—No me conoces muy bien.
—Sí que te conozco. —Continuó luchando—. Puede que hagas cosas malas, pero sé que no harás esto. Sé que, si te pido que pares, lo harás. No te tengo miedo. —Me miró fijamente por encima del hombro, increíblemente sexy con los leggings por los tobillos y la coleta deshecha—. ¿Me has oído, Edward? No te tengo miedo. Quítate de encima para que pueda irme a dormir.
La fulminé con la mirada, endureciendo mi expresión. No aparté mi peso de encima de ella, pero tampoco seguí adelante. Sus palabras me cabrearon y me placaron a la vez. Estaba viendo a través de mí, y quería demostrarle que se equivocaba. Pero tenía razón: no creía poder hacerlo. Hacía cosas terribles a diario, traicionaba la confianza de la gente y asesinaba a hombres que se lo merecían. Pero no, nunca había forzado a una mujer, a pesar de que ahora me sentía con el derecho a hacerlo.
Isabella me deseaba
Si le metía los dedos, acabaría con ellos mojados. No podría besarme así si no sintiera la misma atracción. Me deseaba.
Pero había dicho que no.
Mi cuerpo obedeció su orden y me quité de encima, con el miembro todavía duro dentro de los pantalones desabotonados.
Isabella se subió los leggings y se levantó del sofá. Se alejó, de manera que los muebles quedasen entre nosotros. No se regodeó, ni parecía aliviada en lo más mínimo. De hecho, sus sentimientos eran un misterio.
—¿Sabes lo que creo? —susurró—. Que no eres tan malo como dices. Creo que tienes un corazón por ahí dentro, enterrado en lo más profundo de ti.
—Oh, soy malo, créeme. —Sólo porque no la forzara a acostarse conmigo no quería decir que fuera una buena persona. Cometía suficientes crímenes a diario. Había matado a hombres sólo por interponerse en mi camino—. Y no tengo corazón.
—Te estás marcando un farol y lo veo, Edward —dijo con confianza—. No sé quién eres, pero estoy empezando a descubrirlo.
Me quedaban cosas que decir, pero mantuve la boca cerrada. Conseguir mujeres nunca me había costado demasiado; todo lo que hacía era sacar a la luz mi carisma, invitarlas a unas cuantas copas y normalmente acababan entre mis sábanas en menos de una hora. Nunca había tenido que recurrir a la fuerza para mojar. Pero bueno, tampoco había conocido antes a una mujer que deseara tanto y que no me deseara.
—Monada, no te va a gustar nada lo que vas a encontrar.
