No sabía bien que había pasado después de la batalla. Lo único que supe al despertar, es que estaba en un sitio completamente diferente a aquel sobre el que había colapsado. El lugar me resultaba desconocido. Era una habitación amplia y había mas camas aparte de la cual sobre la que ahora yo reposaba. La única cosa de todo ese paisaje que me resultó conocida fue el rostro duro de la Dunmer Irileth, quien me observaba con sus ávidos ojos color granate como si fuese un espécimen raro, o una nueva especie de cauro.

—Has despertado. —comentó, señalándome lo obvio.

—¿En donde estamos? —susurré. Mi voz sonaba apagada y consumida.

—En las barracas de Carrera Blanca. Te desmayaste tras la batalla con el dragón.

Recordé entonces la fuerza desconocida que me había envuelto y la forma penosa en que había sucumbido a ella, perdiendo la consciencia.

Intenté poner en orden mis pensamientos, pero estaban demasiado dispersos todavía:

—¿Qué ocurrió?

—Le matamos —dijo Irileth, para después corregirse a sí misma—. Tú le mataste.

—Lo sé —respondí en lo que sonó como un tono arrogante, pero que más bien pretendía apremiar la otra respuesta que buscaba—. Me refiero... a qué pasó después de eso.

Irileth se puso de pie sin mirarme, encaminándose a la que parecía ser la salida:

—Es algo que has de discutir con el Jarl. Está impaciente por escuchar los detalles de tu boca. Así que, si te encuentras en condiciones de hacerlo, levántate y preséntate en Cuenca del Dragón cuanto antes. Este asunto es más serio de lo que imaginas.

Sus palabras consiguieron intimidarme, hayan sido esas o no sus intenciones. ¿En qué clase de lio estaba metido ahora? Si era lo bastante serio como para que el Jarl me solicitara con tal urgencia; estaba seguro de que no venía nada bueno a continuación. Pero a la vez, por el tono que había usado Irileth, algo me decía que tenían más claro el panorama que yo. Cabía la posibilidad de que pudieran explicarme qué había ocurrido exactamente. Y siendo ese el caso, quizás podrían aclarar el resto de las dudas que tenía al respecto.

Estaba aún algo débil, pero podía mantenerme erguido correctamente y eso bastaba. Todavía había muchas cosas que necesitaba esclarecer y me urgía hacerlo cuanto antes. A los pies de la cama encontré ropa limpia y al momento de echar las mantas a los pies, me percaté de que estaba completamente desnudo y además limpio. Las mejillas me ardieron con la sola idea de que mientras estaba inconsciente, alguien no sólo me había despojado de todas mis prendas, incluidas las interiores, sino que se había dado a la tarea de asearme concienzudamente de pies a cabeza. El sólo pensar que aquella podría haber sido Irileth sólo hizo que el rostro me ardiera aún más. Lo que era peor, ni siquiera tendría nunca el valor suficiente como para mirarla a los ojos y preguntárselo.

Intentando no pensar más en eso, me vestí. La muda era un atuendo sencillo que consistía en una ligera camisa blanca, pantalones y botas de piel. Habían sido lo bastante generosos como para darme una capa con la que protegerme del frío, lo cual agradecí internamente. No pude evitar pensar, sin embargo, el que mi desconocido benefactor hubiese deducido cuanto me afectaban las bajas temperaturas sólo después de bañarme, únicamente evaluando la respuesta involuntaria de mi cuerpo al contacto con el agua fría. Deduje que no olvidaría la vergüenza que ello me producía en un largo tiempo a partir de ahora.

Afuera, Irileth me esperaba. Evité mirarla y me limité a caminar detrás de ella cuando me condujo por la ciudadela camino a Cuenca del Dragón.

Tal y como me lo había advertido, el Jarl me esperaba ya apostado sobre su trono. Tenía en el rostro una expresión seria.

—Finalmente estas aquí. El Jarl te ha estado esperando. —me indicó un hombre de cabello rojizo al cual no había visto antes— Has oído el llamado. Los Barbas grises.

No entendía a qué se refería. Era como si hablase en acertijos. El Jarl se inclinó entonces para mirarme por entre sus pobladas cejas rubias y canosas:

—¿Qué pasó en la torre oeste? —pidió saber.

Miré a mi alrededor. No sabía qué tan seguro fuera confiar esto a todo el público presente.

—Matamos al dragón —parecía la respuesta más simple.

—Sabía que podía contar con Irileth —concedió Balgruuf, pero ante el claro enfado de esta, añadió— Pero sé, por mis hombres, que hay algo más. ¿Serías tan amable de contármelo?

Estaba siendo interrogado. De eso no me quedaba duda. Pero yo también tenía preguntas, y tenía más derecho que el Jarl y toda su gente a saber lo que estaba ocurriendo conmigo mismo:

—Los soldados de Carrera Blanca... —empecé, recordando los instantes antes de perder la conciencia— Me llamaron "Sangre de Dragón". ¿Por qué? —exigí saber.

Los presentes intercambiaron furtivas e inquietas miradas. El Jarl Balgruuf parecía meditabundo:

—Así que es cierto. Los Barbas Grises te estaban invocando.

—¿Los Barbas Grises?

—Maestros en el camino de la voz. Viven recluidos en la garganta del mundo. El Sangre de Dragon es alguien con la capacidad de usar el Thu'um, la arcaica lengua de los dragones, y comprenderla; pues posee el alma de un dragón encerrada en un cuerpo mortal.

Sus palabras me dejaron helado. El lenguaje de los dragones... El lenguaje que usó el dragón que atacó Helgen, los escritos en la piedra, los ataques de las criaturas del túmulo... El lenguaje que era capaz de comprender sin saber cómo era posible... Pero entonces, durante el ataque a Helgen, cuando el dragón bramaba en ese extraño idioma... ¿sólo yo había podido entenderlo?

Medité las palabras. Un mortal con el alma de un dragón... Eran cuentos de hadas. Leyendas... No podía ser real.

—¿Acaso no oíste el estruendo cuando te llevábamos de vuelta a Carrera Blanca? Era la voz de los Barbas Grises, llamándote desde alto Hrothgar. Esto no había ocurrido en... siglos, al menos. No desde que el mismo Tiber Septim fue convocado cuando todavía era Talos de Atmora.

¿Se refería al llamado que había oído antes de quedar inconsciente? ¿había sido real?

En lo que el hombre de cabello castaño se enzarzaba en una acalorada discusión con otro hombre de cabeza calva que ocupaba sitio junto al Jarl, este demandó silencio entre ellos y se dirigió a mí:

—Más te vale dirigirte inmediatamente a alto Hrothgar. No se puede rechazar el llamado de los Barbas Grises. Es un honor irrenunciable.

No supe cómo responder a ello. Toda la información que manejaba ahora acerca del supuesto Sangre de Dragón eran leyendas arcaicas de boca de nórdicos devotos a su tradición, e ingenuos. El ser capaz de comprender el idioma de los dragones no probaba nada. Los Barbas Grises también podían hablarlo. Y según sabía hasta ahora, ninguno de ellos era el tan aclamado Sangre de Dragón. ¿Qué motivos tenían para crer que yo lo era? Debía existir otra explicación. Una que desde luego no buscaría en alto Hrothgar, la montaña más alta de Tamriel, bien nombrada como "La garganta del mundo", cuando apenas sí había sobrevivido a las montañas circundantes a la comarca de Carrera Blanca.

No sabía si sería más sensato negarme en presencia del Jarl o sencillamente marcharme de allí y no acudir con los Barbas Grises. No me importaba cuán grande fuera el honor de ser llamado por ellos, mi destino estaba en la dirección opuesta y ya tenía suficiente de involucrarme en la guerra contra dragones y todas las razas de Skyrim enfrentadas entre sí. No quería oír nada más al respecto.

El Jarl, junto con los presentes parecieron interpretar mi silencio como una forma humilde y modesta de aceptar el destino que me habían impuesto de forma arbitraria.

—Ahora —empezó el Jarl—, joven bretón, lo que queda después de tu valioso servicio a la ciudad, es cumplir con mi promesa. Mantengo mi palabra y a partir de ahora, por medio de mi derecho como Jarl, te otorgo el título de Thane; concediéndote de esa forma el indulto en Skyrim.

Levante la cabeza para disparar en su dirección una rauda mirada. Estaba casi seguro de que los términos de nuestro trato inicial se verían afectados por los sucesos en la torre de la Atalaya Oeste y que mi indulto dependería ahora de el hecho de aceptar o no dirigirme a alto Hrothgar; por lo cual me sorprendió que el Jarl decidiera mantener su promesa conservando inalteradas las condiciones originales. Me encontré reconociendo internamente que el Jarl Balgruuf era un hombre justo.

—Contarás también con un edecán personal a tu servicio —me informó de pronto, dejándome atónito. Antes de que pudiera hacer preguntas, el Jarl Balgruuf invitó a pasar al frente a una mujer ataviada de armadura. Pasó por mi lado dedicándome una solemne genuflexión y acudió al llamado del Jarl posicionándose a su lado—. Lydia queda a partir de ahora a tu disposición.

Tenía que admitir que la mujer era bastante atractiva. Piel clara, cabello negro, constitución fuerte... Y estaba a mis órdenes. Pero nunca antes había tenido a alguien a mis órdenes y la idea no terminaba de encantarme. Estaba bastante acostumbrado a viajar en soledad, sólo en compañía de mi Atronach. Por lo demás, aún si esta mujer me debía lealtad, no me cabía duda de que debía una lealtad aún mayor al Jarl; quien la había puesto a mi servicio. Por una parte, podría llevarla conmigo a donde me dirigía y quizás me garantizaba un viaje más seguro; pero aquello implicaba dejarle en claro desde el comienzo que no tenía la menor intención de ir a alto Hrothgar. Y entonces cabía la posibilidad de que considerase pertinente comunicárselo al Jarl. Y desde luego que este contaba con la autoridad para revocar mi indulto tan fácilmente como me lo había otorgado. La posibilidad de permitir a la mujer acompañarme sólo tenía una posible respuesta: un 'no' rotundo.

Después de abandonar Cuenca del Dragón, Lydia me siguió en silencio por Carrera Blanca en espera de órdenes que no llegarían nunca. Era de noche y en las calles no había un alma:

—Escucha —le dije, deteniéndome sobre mis pasos—. Te libero de tus responsabilidades como edecán. No es necesario que me sigas o me obedezcas. No lo necesito.

La expresión en su rostro fue de una completa confusión:

—Pero... El Jarl me ha encomendado...

—Seguir mis órdenes. Puedes tomártelo como una orden si quieres: no vuelvas a seguirme.

La muchacha se petrifico en su sitio, vacilante. Sus ojos reflejaron una profunda decepción:

—Si esos son los deseos de mi Thane... Entonces, cómo órdenes.

Le di la espalda para encaminarme a las puertas de la ciudad. Sin embargo, antes de alejarme lo bastante, sus últimas palabras al despedirse fueron:

—Thane. Si alguna vez cambias de parecer y me necesitas... Yo estaré aquí. Soy tu escudo y tu espada. Por favor, recuerdalo.

Me detuve sobre mis pasos, mordiéndome los labios. Aunque no quisiera su ayuda... ahora mismo, la necesitaba. En el momento en que me giré a ella, juro haber visto cierta chispa en su mirada:

—Quizás hay algo que puedes hacer por mí, después de todo.