Kuroshitsuji y sus personajes pertenecen a Yana Toboso.
(Bartolomé narrando)
Gregory yace dormido plácidamente y aquí me encuentro, mirándolo perdidamente desde el techo de cristal de su habitación-terrario. Sé que soy un maldito desgraciado por haberlo violado y ultrajado de esa forma. Soy una escoria, una porquería, un cabrón y un jodido cretino. Pero no siempre fui así.
Todo cambió en esa fiesta del duque hace cinco años atrás, cuando lo vi por primera vez. Yo tenía unos veinte años y estaba sinceramente aburrido. Siempre las mismas damas, siempre los mismos cumplidos, siempre las urgidas tratando de meterse en mis pantalones. Me había ido a las escaleras para presenciar el frívolo espectáculo aristocrático que se desarrollaba frente a mis ojos. Todos hablando, riendo histéricamente, regalando sonrisas fingidas, entendiéndose entre merlot rojo y merlot blanco, algunos entre el champagne o el fino amontillado con el puro habano de sobremesa. Estaba cansado de siempre lo mismo.
Entonces esa puerta se abrió, revelando a Lord Violet y su esposa, pero esta vez traían a un acompañante más, que caminaba de forma lenta tras ellos y parecía algo desorientado. Me atrevería a decir que lucía tan disgustado como yo por tener que asistir a esta falacia de seda y elegancia. No podría tener más de trece o catorce años, pero lucía hermoso. Me llamó la atención en el instante en el que mis ojos se posaron en el.
Piel tan pálida como la porcelana, grandes ojos de un tono violeta, liso cabello negro, nariz perfilada. Era mucho más hermoso que las damas que trataban de conversar conmigo. Finalmente, algo que había logrado evaporar el aburrimiento constante que tenía.
Pude notar que el joven Redmond, a pesar de parecer siempre gustoso de tener damas besándole el zapato, también pareció cautivarse con la presencia del jovencito, pero sorpresivamente no hizo movimiento alguno. En algún punto de la fiesta desapareció y no se en dónde. Gregory estaba solo en una mesa ignorándolos a todos, y mezclando bebidas sin siquiera probarlas. "Que muchachito tan peculiar. No parece importarle el hecho de estar sumido en los placeres materiales de la aristocracia." Repentinamente se levantó y se dirigió al jardín.
Juro que solo quería conversar con él, pero algo se apoderó de mí en ese momento. Hasta el día de hoy no sé qué es lo que me entra cada vez que lo miro. En fin, como les decía, comencé a caminar hasta el jardín con el corazón latiendo de forma salvaje y furiosa, con esa pequeña voz maligna que me decía "Tómalo, tómalo antes de que alguien más lo haga." Perdí el control.
Lo sorprendí cuando estaba apoyado en el fino barandal del jardín, y descubrí que estaba tan aterrado que no podía gritar. Mi cuerpo estaba actuando solo. En mi mente le imploraba que gritara para detenerme, más aún cuando mis manos se dirigieron a los botones de mi camisa. Afortunadamente, antes de que algo más ocurriera, sentí un fuerte dolor en uno de mis muslos. Me habían lanzado una daga desde lejos. Una daga de mango escarlata. "Edgar Redmond. Entonces aquí estabas." Solté a Gregory para lanzar un grito de dolor mientras caía al suelo, viendo como él se escapaba de mí. Lo último que escuché fue un reproche formulado por la profunda voz de Edgar, que luego me pateó y quede inconsciente.
Gregory no volvió a asistir a otra fiesta desde entonces, pero Edgar sí. Nos lanzábamos miradas mórbidas el uno al otro sin que los demás invitados se dieran cuenta. Finalmente, en los quince amaneceres de Lady Dianne, Gregory volvió a aparecer.
Vi todo lo que ocurría a su alrededor, escondido en las tinieblas del salón. Las jovencitas acosándolo, y al maldito de Edgar Redmond hablándole y dándole vodka de beber. Supe que tendría que deshacerme de Redmond en el momento en que lo vi darle un beso a un ebrio e inconsciente Gregory en la biblioteca de la mansión. Quería a Gregory solo para mí, y ese jovencito de ojos escarlata estaba estorbando en mi camino.
Eran pocas las veces que Edgar Redmond había llorado en su vida, pero allí estaba, en la oscuridad del jardín de la casa roja, ahogándose en sus lágrimas de desesperación mientras la tormenta apagaba su cigarrillo. No sabía por dónde comenzar para encontrar a Gregory. Era primera vez en su vida que estaba tan asustado, agobiado y perdidamente desesperado.
"Es mi culpa. Debí haberle dicho que le amaba cuando terminamos el baile. Si se lo hubiera dicho tal vez no se habría ido y no lo hubieran secuestrado. Soy un idiota. Si algo le llega a pasar yo… Yo…" Miró el cielo furioso, que mandaba torrenciales gotas de agua a la tierra, lanzando rayos y truenos llenos de ira.
"Un momento. ¿Cómo salió de la institución con los guardias en la puerta?" Bingo. Había dado con lo que estaba buscando, el primer paso para encontrar a Gregory.
(Violet narrando)
Me desperté, y afortunadamente me encontraba solo. No tenía nada de qué preocuparme. No puedo dejar de pensar en Redmond desde que Bartolomé me dio ese beso. Me trae un vago recuerdo que se que está relacionado con Edgar de alguna u otra forma pero, ¿Por qué mediante la forma de un beso?
Quiero saberlo... ¿Sería que... Tengo sentimientos hacia Edgar? No, eso no podría ser. Y aunque así fuera, él nunca me miraría, no teniendo tantas damas de dónde escoger. Nunca tendrá ojos para mí, así que será mejor que lo olvide. Aunque, todavía me gustaría saber que quería decirme cuando terminamos de bailar.
Revisé la habitación en la que estaba y encontré pintura y lienzo, decidí recrear la imágen de mi último encuentro con Edgar.
-No Sebastián.
-Pero Bocchan...
-No anularé el contrato.
-Tan terco como siempre. -Dijo el demonio torciendo los ojos.
-¿Crees que no se lo que te pasaría a tí si anulo el contrato?
-Eso es lo de menos.
-Tal vez para tí, pero a mí si me importa mucho lo que pueda pasarte si no consumes mi alma. ¿Cuándo fue la última vez que consumiste una?
-No moriré Bocchan, no se preocupe por mi.
Ciel se levantó de su asiento y caminó hasta donde estaba su mayordomo, halándolo de la corbata para darle un beso mucho más apasionado que el anterior.
-No Sebastián, no hay anulación del trato, y como tu amo debes obedecer cuando digo que no volveremos a discutir este tema.
-Sí, Bocchan...
-Redmond ha sido puesto bajo libertad condicional. Interesante.
-Joven amo, será mejor que empecemos a hacer su papeleo para poder partir a China lo antes posible. Tenemos bastantes asuntos que discutir.
-De hecho. Bueno, comencemos.
-Perdóname Gregory, -Decía Bartolomé mientras entraba a la alcoba del gótico, cuya mirada se llenaba con terror.
-No, no te alejes, por favor... No he venido a hacerte daño, he venido a disculparme contigo.
-¿Disculparte?
-Perdóname por todo. Nunca había querido hacerte daño, pero perdí el control. Te quiero para mí solo, y ese Edgar Redmond me estaba impidiendo acercarme a tí. No sabes cómo me sentí cuando lo vi darte un beso en la fiesta de Lady Dianne.
Los ojos de Violet se abrieron en sorpresa, y los recuerdos llegaron de forma casi dolorosa. Lo recordó todo. Se había embriagado con el de ojos escarlata, y cuando cayó rendido en el sofá de aquella biblioteca le había besado. Eso explicaba las rosas anónimas que le llegaban de cada tanto en tanto. Eran unas rosas más rojas de lo común.
"Todo este tiempo... Eras tú... ¿Entonces si me quieres?"
Cuando el gótico salió de sus pensamientos, sintió que era sostenido por unos fuertes brazos a la vez que un beso le era robado.
-Amo Edgar, ¿A dónde va todas las semanas con esas rosas del jardín?-Preguntó la anciana Clarisse de forma divertida.
-Ah, madame Clarisse... Yo, bueno...- comenzó a sonrojarse y a mirar a todos lados.
-¿Será que está enamorado? Qué personita tan afortunada la que haya captado su atención. -Le dijo esta picándole el ojo y desapareciendo por los pasillos de la mansión.
"No creo que él sea tan afortunado por tener mi atención, más bien es un mal augurio."
El joven se puso su capucha encima y partió a la mansión de los Violet. Se aseguró de que nadie observaba y pegando un papel con el nombre de Gregory escrito en una hermosa letra cursiva, dejaba la rosa en el buzón de mensajes.
Se sorprendió cuando un día abrió el buzón y encontró una rosa dentro. Una rosa violeta con una etiqueta que decía "Gracias por las rosas, querido admirador."
Edgar la tomó con mucha emoción y al llegar a su alcoba la secó con resina y la puso en una caja de cristal. Era un obsequio que quería mantener hasta el último respiro que diera.
