…
Los primeros rayos de sol entraban tímidamente por los ventanales. Un viento suave y cargado de sal proveniente de la costa acariciaba la gran fachada colorida, como símbolo de un presagio indetenible que se aproximaba, silencioso y tímido, como una bestia de gran tamaño que muestra el lado noble de su naturaleza.
Pero esto no era importante para María, quien dedicaba ésas horas a afanarse a toda prisa con la limpieza. Estaba arrodillada de espaldas a la puerta del salón principal fregando el piso con un trapo, levantando apenas la cabeza para quitarse el sudor de la frente antes de continuar; aún ahora llevaba un vestido idéntico al que usara por primera vez cuando niña, sólo que ahora con su nuevo aspecto el efecto era distinto, ya no inspiraba ternura, sino otras cosas, cosas que el español había notado antes que nadie, como un padre posesivo y celoso, y que intentaba proteger. Ésa fue la verdadera razón de que le impidiera a su hija hacerse amiga de Rusia.
La puerta chirrió débilmente, pero María no la escuchó porque estaba ocupada en exprimir el trapo sucio dentro del bote lleno de agua, y no notó que alguien estaba espiándola hasta que esa misma persona, súbitamente, comenzó a canturrear en voz baja:
-Belle, malgre ses grands yeux noirs qui vous ensorcellent… La demoiselle serait-elle encoré pucelle?
-Esa voz… -murmuró para sí misma, volviéndose bruscamente hacia atrás. Una silueta bien vestida de azul y dorado ocultaba delante su rostro con ayuda de un fino bonete de terciopelo negro decorado con rosas que culminó su murmullo cantando:
-Oh Fleur de Lys, je ne suis pas homme de foi… J'irai cueillir la fleur d'amour de Nouvelle-Espagne…
El hombre retiró el bonete de su cabeza y dos espléndidos ojos azules resplandecieron contra el marco de cabellos rubios que caían hasta sus hombros. María se puso de pie tan aprisa que tiró sin querer el bote, y toda el agua sucia se desparramó por el piso.
-¡Francis! –hacía tantos años que no lo veía, y sin embargo recordaba perfectamente cada una de sus facciones como si aún fuera ella una chiquilla jugando entre arbustos reventados de rosas. Pero por la expresión que sostenía el europeo, sospechó que él no la veía precisamente así.
-Bon jour, mon cherié. –saludó amablemente, dejando su bonete en una butaca cercana. –Has crecido muchísimo, Nouvelle-Espagne, y eres aún más hermosa de lo que recordaba.
-Bien… gracias por el halago. Y… ¿vienes a ver a mi padre?
-¿A Espagne? –el francés soltó una alegre risa que no auguraba nada bueno. –Non, cherié, a él puedo verlo con toda tranquilidad en su casa en Europa, pero aquí… bueno, piénsalo, no vale la pena hacer un viaje tan largo para visitar a un amigo que tienes encima de todo como vecino, ¿no es así? Non, a quien vengo a ver es… a ti.
Francis se acercó a la novohispana y rodeó su cintura con ambas manos, acercándola más hacia sí. María no ofreció resistencia, simplemente se redujo a mirar a los ojos al mayor con algo de curiosidad; ni los años ni mucho menos España le habían ayudado a detectar el peligro hasta que era demasiado tarde, y no entendía porqué los ojos del amigo de su infancia parecían estar ahora en llamas.
-Has cambiado mucho. –comentó Francis. –A ver, déjame verte bien. –soltó su cintura y caminó alrededor de la colonia con ojo crítico y la misma sonrisa torcida en el rostro. –Oui, esta ropa te hace ver preciosa, cherié, pero es demasiado simple, tal vez un bello vestido de seda y encaje te vendría mejor…
-A veces los uso… cuando salgo con mi padre. –explicó.
-Oui, es comprensible. Pero… ¡Ah! –exclamó, asustando un poco a María. –Tal vez me equivoque pero… ¿cuántos años tienes, cherié?
-Eh… la verdad tengo unos… -sacó rápidamente cuentas. -271 años, creo.
-¿Ya tan pronto? El tiempo vuela… entonces, sí, he hecho mis cálculos correctamente. –sentenció con absoluta calma. –Cherié, ¿recuerdas lo que te conté la primera vez que nos vimos?
-Hmm… siendo sincera, no mucho. –contestó con sinceridad.
-Te dije que cuando crecieras, te explicaría ciertas cosas que era necesario que supieras y que Espagne, por más buena disposición que tenga jamás podría explicarte. Cosas de amour, si tú me entiendes.
-Lo siento… no recuerdo…
-Ah, eras aún muy pequeña, pero te lo diré de este modo… -Francis se detuvo justo detrás de María, rodeando de nuevo su talle con los brazos, y la joven sintió cerca de su oído los labios de su acompañante. –Es hora, mon cherié, de que aprendas algunas cosas sobre lo que se puede hacer en la cama.
Todo pasó tan aprisa que María no se dio cuenta hasta que Francis ya la había acostado sobre un diván y estaba echado sobre ella, acariciando suavemente sus piernas por debajo de la falda. La novohispana cerró los ojos, sabía lo que estaba pasando porque en ese instante recordó a otro hombre rubio que le había hecho pasar por lo mismo, y aunque se sabía en su casa y no en una solitaria playa del occidente, volvía a sentirse como ésa chiquilla atemorizada de unos cuantos besos.
-Arthur… -musitó antes de que su boca quedara silenciada por el beso de Francis. No forcejeó, a pesar del miedo, porque se sentía transportada a ése breve momento de dicha en que fue libre y tomó una decisión por sí misma por primera vez, y también porque, aunque le daba pena admitirlo, el francés estaba besándola de una manera apasionada y exquisita que la incitaba a querer más.
-Cherié… -jadeó él cuando se separó para poder respirar. –Nunca había probado una boquita tan deliciosa… permíteme que sea yo el que la tome, ¿oui?
-Francis, yo… -comenzó María pero un nuevo beso la silenció. Los dedos de su compañero buscaban con ansiedad los listones de su corpiño para desatarlos, y a juzgar por los fuertes tirones que les daba, estaba costándole trabajo quitarlos. Sin embargo, todo se quedó en otro intento más porque en ése momento oyeron un grito desgarrador:
-¡FRANCIAAAAA!
-Mon Dieu… -el rubio palideció horriblemente y se apartó de María como si ésta fuera un comal ardiendo. En la puerta, Antonio estaba echando chispas.
-Te lo dije… nunca… en tu maldita vida… te acerques… a mi hija… -gruñó con voz entrecortada mientras avanzaba hacia Francis, apretando en la mano derecha su alabarda. El otro, por otra parte, levantaba las manos en son de paz y trataba de excusarse.
-Espagne, mon ami, sabes que no puedes culparme por este… jejeje… pequeño asalto. Tu colonia es una belle mademoiselle, ¿qué hombre en este mundo se le puede resistir a una criatura tan encantadora, eh? Seguro que ni siquiera tú podrías…
-Y cuando termine contigo habrá uno menos en el mundo que la toque… -la alabarda cayó justo en el sitio donde estaba de pie el francés, quien por suerte había saltado hacia atrás.
-¡Ami, no te enojes! –gimoteaba. Antonio desclavó su arma del suelo y alzándola como si fuera la Muerte levantando su guadaña, se abalanzó sobre el europeo, persiguiéndolo hasta la entrada mientras se oían sus gritos intercalados de:
-¡Ven acá malnacido… amigo de cuarta… aprovechado… usurpador… destructor de inocencias… bastardo pervertido…!
-¡Espagne, si vous plait… no te enojes… sólo fue un beso… y uno muy bueno por cierto, no sabía que Nouvelle-Espagne besara tan bien, hon hon hon~ ¡
-¡¿QUÉ COÑO HAS DICHO?! ¡VUELVE PARA QUE TE MATE, INFELIZ!
María se había recuperado de la sorpresa inicial y no sabía si reír o no por lo extremo de la situación. Al final decidió hacer como que nada había pasado y, al juzgar por la cara de Antonio cuando regresó fatigado y con unos misteriosos calzoncillos de holanes rojos y azules colgando de la punta de su alabarda, él tampoco quería recordar lo que sucedió.
-¿Y bien? ¿Has terminado? –le preguntó a su hija en cuanto recuperó el resuello.
-Sí, padre, ya está limpio. ¿Puedo preguntar porqué…?
-No hay tiempo, mi niña, ya es bastante tarde. –replicó, mirando el reloj. –Ahora, sube y date un baño rápidamente y arréglate muy bonita. Tendremos visitas.
-¿Visitas? ¿De quién? –preguntó confundida, nunca recibían a nadie según recordaba, y la prueba estaba en que Francis por lo visto había perdido algo más que la dignidad en la fuga.
-De una persona que quiere conocerte. –contestó Antonio con evasivas. –Anda, María, apresúrate.
Era tanta la emoción de la colonia que por primera vez, se mostró entusiasmada aún cuando tuvo que usar un vestido de los que menos le agradaban. Se trenzó el cabello en dos hermosas trenzas adornadas con hilo de oro (su padre estaba obsesionado con vestirla usando el metal precioso, y nunca había entendido el porqué de ése fetiche) y cuando estuvo lista, regresó al lado del español, quien ya la esperaba en la entrada delante de un elegante coche. Cuando lo abordaron, por fin la joven se atrevió a preguntar:
-¿Y quién nos visita?
-Hmm… ya lo verás, princesa, pero quiero que te portes bien y no hagas demasiadas preguntas, eso es grosero, sobre todo para ellos.
-¿Para ellos quiénes?
-Nada. Mantente calladita en lo que llegamos, Nueva España.
El sonido de las gaviotas y el aroma salino en el aire le hizo ver que habían llegado hasta las costas. Con sumo cuidado, Antonio la ayudó a bajar del coche y avanzaron juntos hasta un muelle espléndido y limpio que desembocaba a varios metros de la costa, y ahí se quedaron esperando, esperando silenciosos por varios minutos, hasta que Antonio gritó, señalando el horizonte:
-¡Mira, María, ahí vienen!
La joven entornó los ojos y vio ir hacia ellos un barco de tamaño descomunal. Por un momento su corazón dio un vuelco, ¿acaso era el mismo navío de Arthur? Hacía tantos años que no lo veía, y tanto ansiaba hablar con él de nuevo frente a frente… pero entre más se acercaba el barco, más se convencía, desilusionada, que en él no venía el inglés. La bandera que anunciaba a la nación ondeaba orgullosa, pero no podía reconocerla, le resultó en principio algo engreída y chocante, y no dudó en decírselo a Antonio.
-Padre, ¿porqué esa águila lleva una corona en la cabeza?
-Es porque son un país muy poderoso, mi niña, y la corona representa su poder.
El barco se acercó al muelle, y unos trabajadores mulatos se apresuraron a ayudarlos a sujetar su navío en el puerto. Los hombres que iban en el barco hablaban un idioma agresivo, desconocido para el oído de María, y que le recordó al supuesto lamento de las ánimas que los hombres de la Inquisición le describían cuando niña para que no hiciera travesuras, so pena de escuchas esas voces eternamente.
Cuando el barco estuvo bien sujeto, una tabla descendió hasta el muelle, delante de María y Antonio, y bajó un hombre bastante peculiar, muy bien vestido de color azul obscuro y con una capa roja colgando de un hombro. Lo extraño en su aspecto era el resto de él, su piel blanca como la tiza, el cabello gris y los ojos escarlatas. El hombre, sin embargo, sonreía muy emocionado, y apenas llegar a tierra le echó los brazos encima a Antonio y lo saludó efusivamente.
-¡España! Viejo amigo… qué gusto me da que me hayas invitado.
-Eh… -Antonio rió un poco incómodo. –Gracias, Gilbert, pero verás… se supone que sólo debía venir…
-Ah, descuida. –le cortó el albino. –Además, el asombroso yo no necesita invitación. –de pronto, notó la silenciosa presencia de María, y sus ojos se abrieron desconcertados. -¿Ella es… ella es…?
-Sí, es mi pequeña Nueva España. –concluyó el español, abrazando cariñosamente a la joven. –Mi más pequeño y adorado orgullo.
-Hmm… sí, ya veo. –replicó el otro con ojos escrutadores, que le recordaron a María el pequeño incidente de la mañana. –Ja, es muy bonita, aunque con peligro de ofenderlos, nunca se me habría ocurrido prestarle atención, de no ser porque bruder se puso muy terco.
-¡Es verdad! –exclamó Antonio. -¿Y él dónde está?
-¿Él? ¿Quién? –preguntó María.
-Kesesese, pues ahí viene. –señaló Gilbert, apartándose de la tabla para dejar bajar a otro individuo.
El otro hombre no era de piel tan blanca como Gilbert, aunque sí era de cabello rubio muy bien peinado hacia atrás y casi escondido por el elegante sombrero negro que llevaba. Vestía de manera muy formal en tonalidades oscuras apenas vivificadas por tonos rojos que recordaban a la sangre, y sobre sus ropas llevaba lo que parecía una chaqueta toda de seda negra.
-Fräulein und Herr… -anunció el albino con gran orgullo. –Les presento a mein bruder, Alemania.
España le saludó con una breve inclinación de la cabeza, que el silencioso hombre respondió del mismo modo, antes de que sus ojos se posaran en María. ella seguía clavada en su sitio, mirando con un dejo de sorpresa al recién llegado; había algo en él, algo que no reconocía del todo, pero que le parecía familiar, como algo que hubiera visto o escuchado en tiempos más antiguos, una sensación extraña que, lentamente, la sacó de su parálisis y la hizo acercarse a él. El rictus frío y distante del germano se disolvió de pronto, pasando a una expresión más humana y dulce, enmascarada también por una emoción indescriptible, como la del hombre ciego que ve el sol por primera vez en su vida, y suavemente tomó la mano derecha de la colonia y saludó:
-Guten morgen, fräulein Neu-Spanien. Es un placer por fin conocerla.
-El gusto es mío… señor Alemania. –repuso mientras el hombre se inclinaba y besaba respetuosamente su mano. Antonio y Gilbert los contemplaban en silencio, el segundo tan despreocupado como siempre, pero el primero notando algo en el aire que estaba tenso a inquieto. El viento soplaba con fuerza, pero tan sutilmente que parecía que los cabellos de su hija se movían por cuenta propia al ritmo del océano. Él, Antonio, reconocía ese ambiente, pero habían pasado ya muchos siglos, era imposible que volviera, de pronto… pero tuvo que aceptarlo, y cuando lo hizo el terror lo invadió; aquél aire, era el mismo aire que acariciara los cabellos negros de Imperio Azteca el día que la conoció, el día que le dedicó la misma mirada de dulzura y sorpresa que reflejaban los ojos de aquél hombre que seguía sosteniendo la mano de María.
-"Es mi fin…" –pensó, y se llevó una mano al pecho mientras el miedo se apoderaba de él.
-¡Kesesese, parece que tu hija y mein bruder se llevan bien, Spanien! –exclamó Gilbert muy emocionado. Antonio le dirigió una breve mirada de furia, ¿qué acaso su amigo no notaba lo que estaba pasando? –Gutt, dejémoslos entenderse solos y vayamos a tomar algo, ¿quieres, Antonio?
-Yo preferiría quedarme… a vigilar a mi pequeña…
-¡Bah, Ludwig la cuidará muy bien, vámonos! –le dijo, tomándolo por la fuerza de un brazo y arrastrándolo lejos del muelle.
Al ver que los dos mayores se habían retirado, Ludwig y María se miraron con evidente confusión.
-Y… ¿ahora? –preguntó Ludwig, perdiendo ese tono seco que había empleado para saludarla.
-No lo sé, mi padre no me dio instrucciones.
-Gutt, entonces hagamos un plan sobre la marcha. –anunció él. –Primero, deberíamos comer algo de comida local, después, caminar para ver los bosques, y luego…
-Oye espérese, ¿qué está diciendo?
-Digo que hay que tener una estrategia. Mi deber aquí es conocer tus tierras, el señor Humboldt dijo que eran maravillosas y especiales, me ha dicho, y lo cito, que tu casa es un paraíso.
-Ah… gracias. –un rubor coloreó las mejillas de la colonia. –Pero sigo sin entender porqué vamos a hacer las cosas así.
-Necesitamos una estrategia. –repuso obstinadamente Ludwig. –Un itinerario, mejor dicho, para no desperdiciar un solo minuto.
Para su desconcierto, María rió divertida.
-Así no se hacen las cosas aquí, señor Alemania. Venga, le explicaré cómo es el modo…
Casi sin pensar, la joven lo tomó de una mano y lo llevó consigo lejos del muelle, sin prestar atención a sus débiles protestas respecto a la mala idea que era hacer algo sin itinerario. María empezaba a creer que ése hombre había debido tener una infancia de veras aburrida si no sabía hacer las cosas sin un plan, pero eso ya lo aprendería, y bien pronto, si ella se lo mostraba.
Recorrieron de arriba abajo la ciudad, y ella se entretuvo mostrándole todo lo que había que ver, las hermosas fuentes, los palacios, las iglesias, los mercados de artesanías que emulaban los objetos hechos en tiempos prehispánicos, y la comida. Ludwig no dejaba, para gran desespero de María, de tomar notas y dibujar bocetos apresurados de todo lo que le mostraba, y su enfado llegó al punto que, mientras estaban en un restaurante y el alemán se dedicaba a dibujar unos tacos, ésta le preguntó:
-Oiga, ¿piensa pasarla así todo el día o qué?
-Quiero conocer tu cultura, y la mejor manera es tomando notas, investigando y luego clasificándolo todo. –repuso sin apartar su vista de la libreta.
-Los tacos no están para que los dibujen, sino para que se los coman. –gruñó ella ofendida, mientras pinchaba su pibil con aburrimiento. Estaba cansándose, y el soporífero extranjero no le ayudaba en nada.
Cuando terminaron de comer, siguieron su camino hasta un pueblo cercano, donde corrían las reses al aire libre en medio de un campo hermoso rodeado de una cadena montañosa. Una vez más, Ludwig se puso a dibujar a las vacas, y María decidió sacarlo de su autismo de artista preguntando:
-¿Puedo ver sus dibujos, señor?
-¿Eh? No… no creo que sea buena idea, fraülein, aún no están bien trazados…
-Ande, sólo un poquito, quiero ver que tal están las… -María tomó por la fuerza la libreta, y al ver los dibujos sintió unas repentinas náuseas. -¿Esto… es una vaca?
-Te dije que no estaban bien hechas aún. –se excusó el alemán, cruzando los brazos. María repasó rápidamente los demás dibujos, sin saber si reír o llorar porque seguro que las cosas gordas y deformes con ojos que debían ser las vacas la perseguirían en sus pesadillas.
-Hmm… si lo que necesita son retratos, puedo regalarle unas litografías. Tengo muchas en mi casa y no las uso. –dijo tratando de no darle a entender que sus dibujos eran más malos que los muñequitos con palitos de las cavernas prehistóricas.
-Ja… está bien. –contestó Ludwig, algo contrariado mientras guardaba su libreta con un dejo de vergüenza en la cara.
Continuaron el recorrido hasta llegar a un paraje completamente distinto. Ludwig se quedó contemplando con la boca entreabierta una pequeña cascada que desembocaba en un largo río que corría hasta el campo donde habían visto a las vacas.
-Mein Gott, es muy… -comenzó antes de que alguien lo empujara al agua, apenas dándole tiempo de gritar. Salió a flote a los pocos segundos, escupiendo agua y tiritando mientras María se retorcía en el suelo de risa.
-¡Oh cielos, eso fue tan fácil! –gritaba contentísima, señalando con burla a Ludwig. Éste permanecía impasible y enojado, y a los pocos segundos la risa de la novohispana se apagó. –Oiga… lo siento, no quise ser grosera… -se acercó a la orilla del río y le tendió una mano. –Déjeme lo ayudo a salir…
-¡Nein! –Ludwig tomó la mano de la joven y la jaló, haciéndola caer al agua junto con él. María sacó rápidamente la cabeza del agua, farfullando y sacudiéndose el cabello y mirando al alemán, quien soltó una risita divertida a la que ella le hizo eco.
Luego de eso, salieron del río y se quedaron sentados a la sombra de un árbol próximo esperando a que se secaran sus ropas, que habían puesto sobre una gran roca al sol.
-Espero que la libreta no se haya dañado mucho. –comentó Ludwig con preocupación.
-Sí, yo también lo espero. –María se tendió boca arriba en el pasto. –Y bueno, ¿qué tal estuvo mi itinerario?
-Informal, incorrecto… y extrañamente regocijante. –asintió el rubio. –Creo que sí me gusta este lugar.
-¿En serio? ¿Eso significa que usted…?
-¿Hmm? ¿Was?
Los ojos de María refulgían dichosos. ¿Acaso ello quería decir que él volvería? Y si volvía, ¿entonces por fin tendría un amigo con quien hablar y jugar y compartir? A pesar de que tenía aspecto de amargado le había agradado mucho, y quería saber un poco más sobre él… y por lo visto, Ludwig también quería lo mismo con ella.
María se incorporó, Ludwig se acercó un poco y estiró una mano hacia ella. Se miraron a los ojos varios segundos, y entonces, de manera extraña, él retiró su mano sin siquiera haberla tocado, con un rubor escarlata extendiéndose desde su nariz hasta sus mejillas. La novohispana no entendió nada de nada, y resolvió hacer lo mismo, extendiendo una de sus manos y apoyándola sobre el hombro del alemán; éste le devolvió la mirada automáticamente sin decir una palabra, y estuvieron así por un buen rato hasta que él, lentamente, se acercó. Sus caras estaban a menos de cinco centímetros de distancia, y el corazón de María palpitaba a una velocidad vertiginosa; Ludwig inclinó su rostro y para sorpresa de ella, lo acercó a su cuello, aspirando con fuerza.
-Hueles a vainilla… y chocolate. –le dijo sin despegarse aún de ella. María, sin saber muy bien porqué lo hizo, se inclinó hacia el cuello de él y repitió la misma acción.
-Bosque… -musitó, reconociendo el aroma fresca y dulzón de los árboles, combinado con algo raro que no pudo reconocer, aunque le recordaba a la pintura fresca sobre los carruajes. Despacio, se apartaron uno del otro, y Ludwig se puso rápidamente de pie diciendo:
-Iré… iré a ver si ya está seca la ropa.
María asintió dócilmente, permaneciendo en su sitio.
Apenas un día después, el barco zarpaba de regreso a sus tierras; María y Antonio los despidieron en el muelle y luego volvieron silenciosamente a su casa. Apenas llegar, la joven tomó una gran pieza de papel y un carboncillo y desapareció en su recámara sin darle tiempo a su padre de preguntarle qué pensaba hacer. María permaneció casi toda la tarde encerrada y dibujando sin detenerse, y al caer la noche y escuchar unos llamados en su puerta, cogió el dibujo y lo ocultó debajo de su almohada, sonriendo mientras veía a Antonio entrar con una bandeja.
-Pensé que no cenarías, María. –le explicó mientras depositaba la bandeja sobre la mesita. –Y por cierto, ¿qué estuviste haciendo?
-Oh… nada realmente, padre, intenté dibujar algo pero no pude, así que eché la hoja al fuego. –explicó.
-Qué pena, me hubiera gustado ver tu dibujo. En fin… -el español se inclinó y besó la frente de la novohispana. –Cena y descansa, princesa.
-Sí, padre.
Antonio salió de la recámara, y María sacó apresuradamente el dibujo de su almohada, contemplándolo con una dulce sonrisa. Le había costado trabajo, pero por fin logró retratar el perfil rudo y a la vez etéreo de Ludwig; apretó el dibujo contra su pecho, pensando con algo de nostalgia que aquello sería el único recuerdo que tuviera de él…
-Lo volveré a ver. –susurró débilmente. –Algún día…
Notitas históricas, en 1792 de manera oficial Alemania entró en contacto con México, empujado por las obras de Alexander Von Humboldt donde se alababa la minería y los recursos naturales de la aún colonia española.
Ahora sí los comentarios, ¡wooooh sí!
The Animanga Girl: XD sí aún faltarán un par de siglos antes de que el RusMex sea oficial
Wind und Serebro: Con el cariño bipolar y yangire de siempre, mejor dicho :P
Yue-black-in-the-Ai: Bien, esperaré pacientemente *sniff* jaja no te creas, ahora yo me pregunto, ¿quién será el tercero en ponerse personal con Angel-chan?
GhostPen94: n.n usted no se preocupe, un día de éstos tendrás 50 comentarios o más. Qué bueno que te esté gustando :D
Teffy. Uzumaki: Como le atinaste al personaje misterioso te ganas… ¡Un auuuuuuuuuuto! Ok no XD pues aquí tienes brevemente al asombroso Prusia para que no digan que no hizo un cameo siquiera :P
ItzelDurand: Muchas gracias n.n espero que te sigan gustando mis fics. ¡Saludos!
NymeriaDirewolf: Waaaa pues ojalá y sí haya sido tu idea :3 jejeje Lovino y su tsunderismo permanente lo hacen tierno, no tanto como Iván loco pero sí.
Flannya: Justamente POR FIN viene la parte fea, esa que nos quisiéramos saltar pero que es imposible papá Toño mostrará su cara más sangrienta.
Por cierto, si se preguntan qué le estaba cantando Francis a María, es un fragmento de "Belle", del musical de "Notre Dame de Paris", con la letra un poquito cambiada para adaptarla a México pero que básicamente dice esto:
Bella, a pesar de sus grandes ojos negros que hechizan
¿La señorita será aún virgen?...
Oh Flor de Lis, yo no soy hombre de fe
Iré a recoger la flor de amor de Nueva España…
Más les vale recordar éste musical porque la canción en que se basará el próximo capítulo corresponde al mismo. Si quieren darse una (macabra) idea de lo que se tratará, escuchen "Me Vas a Destruir" de Notre Dame de Paris, y el primero que le atine al personaje se ganará… *chan chan* ¡UN ONESHOT DE LO QUE USTEDES ME PIDAN! De Hetalia claro pero de lo que gusten. ¡Nos vemos!
