No se enteró de lo que había pasado hasta algunas horas después. Recordó cómo se le había caído la bandeja de la cena al suelo, y cómo los ojos se le habían anegado en lágrimas al instante. Recordó cómo el corazón se le había subido a la garganta, y cómo sus palabras habían luchado por hacerse paso, sin resultado.

Había corrido mucho. Muchísimo. Juraría que nunca había corrido más rápido, y lo que era más chocante, sin saber adónde. Había corrido hacia ninguna parte porque sus piernas no habían sido controladas por ella, sino por el pánico que la había consumido en ese momento.

El miedo la había consumido al instante. Pero había sido un miedo egoísta, arrogante, prepotente; un temor en el que el único pensamiento que se repetía era: "Y ahora, ¿qué voy a hacer yo?"

Había huido lejos de ninguna parte, en busca de nada. ¿Acaso había algo más absurdo?

La fortuna nos hace cometer muchos actos sin sentido.

Ahora tenía las piernas agarrotadas del esfuerzo. Se retiró otra lágrima de la mejilla de una pasada de mano. Si hubiera tenido un espejo para mirarse, probablemente lo habría lamentado. Notaba el ardor en los ojos aún. Aunque hubiera pasado ya media hora desde su explosión.

El coche de la señorita Dawn temblaba mucho. Era antiguo, y los baches de la carretera no ayudaban. Volvió a botar en el asiento, y esta vez sí que le había dolido. Con una mueca se recolocó en su sitio. Tenía el pelo alborotado, y tenía hambre. Pero todo le daba igual.

Por las ventanillas del coche se podían contemplar los enormes edificios de Brooklyn. Aquella zona de la ciudad las habría fascinado, si hubieran tenido la ocasión de pararse a mirarlos. Con la noche pintada en el cielo y pequeñas motitas de luz anaranjada que manaba de las múltiples ventanas de los edificios picoteando la oscuridad, los intermitentes de los demás coches pasando a toda velocidad a su lado y rallando el resto de los colores de un rojo intenso... Parecía todo tan vivo, tan cálido y a la vez tan lejano...

Patti le dio unos leves toques en el hombro a su hermana, lo que la hizo girarse lentamente. Los ojos de Patti no se veían mejor que los suyos.

Aquella noticia las había matado por dentro. Y por muy profundo que "por dentro" pueda parecer, "por dentro" es algo tan simple como el corazón. Algo de lo que nuestra vida dependerá para siempre, y del cual no siempre se puede depender para continuar viviendo.

Liz agachó la cabeza. Ya lo había pensado ella: la vida les estaba yendo demasiado bien. No podía ser todo tan perfecto por tanto tiempo.

Tenía que pasar algo como esto.

El destino es caprichoso. Ellas lo sabían. Era algo efímero y eterno a la vez. Tu destino puede cambiar por completo en un instante, mientras que en otras ocasiones puedes llegar a pensar que ese destino te corresponde para el resto de tus días. El destino es como un péndulo. Algunas veces lo verás en lo más alto, y otras veces tendrás que admitirlo abajo del todo. Pero lo que es seguro es que siempre estará cambiando... Aunque a veces tarda una vida entera en hacerlo.

Hay personas que no creen en el destino. Pero el destino existe; otra cosa es que consigas doblegarlo. Que interrumpas el movimiento del péndulo con tus propios dedos. Pero eso solamente ocurre cuando decides tocar el péndulo. No sirve quedarse mirando.

Ellas creían al péndulo guardado, protegido tras una vitrina, un cristal. No lo habían tocado nunca. No creían que fuera a funcionar.

Habían dejado que la máquina hiciera su ciclo. Y ya está. ¿No cabía la opción de pensar que quizá algo fallara en el mecanismo de su péndulo?

Sabían que su péndulo estaría abajo del todo para siempre. Cualquier cosa o sensación parecida a la felicidad sería algo pasajero, falso, falaz y corrupto. La vida ya se lo había demostrado varias veces.

El coche frenó de pronto, y sus cuerpos se vieron ligeramente abalanzados hacia delante. La señorita Dawn bajó del coche, y fue a abrir su puertas. Fue entonces cuando las chicas alzaron la mirada al edificio que se encontraba delante de ellas.

"The Brooklyn Hospital Center"

Patti y Liz salieron del coche. No sabían lo que se esperarían después de haber entrado en el hospital.

Cruzaron los portones cogidas de la mano de su profesora. Ya eran mayorcitas, sí, pero la seguridad que da una mano amiga en ese instante era lo que más necesitaban.

Se adentraron en el hospital con paso acelerado. De inmediato, la luz extremadamente blanca que manaba de los fluorescentes del techo las hizo entornar los ojos. Sin perder un segundo, la señorita se acercó al mostrador, donde la recepcionista organizaba el papeleo sin mucho interés.

-La habitación de Gary Maslow, por favor.

La mujer que la atendía la miró con esceptismo. Bajó la mirada a la pantalla del ordenador y le hizo click a algo.

-¿Fecha de ingreso?

-Hoy mismo.

El teclado resonó por el gran recibidor. Instantes después, la recepcionista habló:

-Planta segunda, habitación ciento tres.

-Gracias -terció Dawn sin darle tiempo a reaccionar.

Retomaron el paso. Aunque cada vez aumentaba más y más el ritmo. De un momento a otro, la profesora de las chicas se vio prácticamente arrastrada por Liz.

-Por favor, Elizabeth, espera un poco...

-¡Es que no puedo esperar! -Exclamó ella, con incipientes lágrimas en los ojos.

La mujer no se había esperado esa reacción. Pero, al fin y al cabo, le parecía normal. Para ellas dos, él había sido la única familia, como quien dice, en el orfanato. Y no pensaba empezar con el temita de que "los profesores son tus segundos padres", porque, claramente, no era así.

Y ahora él estaba allí...

Las puertas pasaron rápidamente flanqueando las paredes, de número en número, hasta que dieron con la suya.

103

Gary Maslow

Liz sólo le echó el ojo al número que rezaba el cartel. No se veía capaz de enfrentarse aún a lo que ponía abajo. Así que, con el corazón en un puño y sin esperar al resto, agarró con decisión el picaporte y lo accionó.


La puerta se había abierto de golpe. La luz se hizo en el rincón de la entrada. Todo allí dentro estaba en una relativa penumbra; se podía distinguir apenas la silueta de los muebles de la habitación, y eso gracias a la lamparita que había atornillada a la pared, que lucía triste y sin ganas.

Los ojos de Liz no tardaron en adaptarse al cambio del blanco nuclear de las paredes y pasillos del hospital a la semioscuridad allí lo pintaba todo.

Y lo que se encontró le impidió moverse un milímetro más.

Bajo las sábanas reposaba ese alguien por el que había pasado tanto miedo, tanta confusión; aquel por el que habían acudido y por el que, por otra parte, nunca hubiera querido encontrar allí.

Gary abrió los ojos con algo de esfuerzo y las contempló: sus ojos, antaño brillantes y alentadores, se habían ahogado en una niebla que los hacía prácticamente irreconocibles. el azul que siempre los había pintado a final pinceladas parecía haberse mimetizado con su entorno, dejándolos mustios y enterrados en una permanente expresión de ausencia.

Sus brazos, conectados por varios lugares a la vía de suero, muertos, sin fuerza.

Liz no hubiera querido verle así.

Entonces llegaron Patti y la señorita Dawn. al encontrarse con aquella escena, la profesora decidió no intervenir.

-Voy a buscar al director. Quedaros aquí.

El silencio se fue asentando en el ambiente. Pero en pocos segundos la lacia voz del chico las sobresaltó:

-Chicas, ¿por qué... os habéis molestado?

Liz no lo soportó más. Necesitaba sentirle cerca de nuevo, tal y como lo había sentido todos esos años: vivo, enérgico, feliz, dispuesto a rebelar una sonrisa en cualquier persona.

Pero ahora ya no era así. Ella sabía lo que estaba pasando.

Y no pensaba aceptarlo.

Apenas alcanzó el pie de la cama, se quedó mirando al despojo en el que había quedado Gary. No podía ser. ¿Cuándo había alcanzado este extremo? ¿Cuándo había empezado esta locura?

No podía ser. No podía...

Sintió el discurrir de sus lágrimas. Y en pocos segundos, el llanto ya surgía de su garganta con violencia, dolor y pena. Se hincó de rodillas y cruzó los brazos para enterrar sus lágrimas en ellos. Todo esto era un asco. Un asco monumental. Y ni siquiera sabía cuál había sido el diagnóstico de la pérdida de conocimiento que había sufrido aquella mañana.

¿De verdad querría saberlo?

Sintió cómo las sábanas se removían, y una mano cálida acarició lentamente su cabeza. Liz alzó el rostro muy despacio, con miedo de ver lo que se encontraría.

El chico se había acuclillado delante de ella, aún sobre la cama. Sus miradas hicieron contacto de nuevo. Ella, con los ojos enrojecidos, las mejillas húmedas e hipando; él, la vista cansada y los cabellos revueltos.

Pero una sonrisa plantada en el rostro. La más grande y perfecta que jamás habría podido dedicarle.

Cruzó las piernas y se acomodó. Liz se echó a sus brazos sin pensarlo dos veces. Terminó de desahogarse del todo entre su calor, mientras él esperaba en silencio a que su niña se tranquilizara, jugando con su pelo rubio una vez más.

Cuando Liz vio que su respiración volvía a ser algo más relajada, alzó la cabeza. Gary quiso volver a formular su pregunta, pero ella se le adelantó:

-Lo siento, lo siento, siento haberte ignorado antes, era sólo que... creía que... yo no sabía...

-No te preocupes. Mírame -dijo, abarcando su cuerpo con los brazos, de arriba a abajo-: estoy bien, ¿no? Eso es lo que importa. Así que deja de llorar, ¿quieres?

Liz no sabía que las lágrimas continuaban corriendo por su rostro. Ante eso, Gary agarró las mangas de su camisa de hospital y las restregó por las mejillas. Un tanto brusco, pero funcionaba.

-¿Ya?

Ella asintió. En ese momento, Patti se acercó y llegó a la altura de su hermana. Gary la saludó con la alegría que consiguió reunir en esos momentos, que aún así no fue mucha.

Liz no retrasó mucho más la pregunta del millón:

-¿Por qué te han ingresado?

Notó cómo Gary perdía la alegría con la que las había recibido. Pero, sin esquivar la mirada de sus amigas, les dio la verdad. como hacían los verdaderos amigos.

-¿Recuerdas la enfermedad de la que te hablé cuando nos conocimos? Esa de... bueno, la de perder el pelo. Bien, pues -tomó algo de aire; era complicado tener que oírlo de sus propios labios- me ha vuelto a salir, pero en un pulmón. No hay más.

Dios mío. Aquello era completamente irracional. Las dos hermanas se sintieron morir de nuevo. Sin embargo, Gary se echó de nuevo en la cama y suspiró, con aire divertido:

-Soy el eterno canceroso...

Un silencio se precipitó de repente. Pero Liz aún tenía muchas preguntas.

-¿Desde cuándo se surgió eso?

Gary recapacitó un poco; el médico se lo había dicho, pero la verdad, no había prestado demasiada atención desde la palabra "cáncer".

-quizá un año, quizá algo menos.

-¿¡Un año?! ¿Y no te has dado cuenta hasta ahora?

-qué quieres que haga: esto no tiene síntomas.

-¿Y cuánto más tendrás que aguantarlo?

Gary enmudeció. A esa pregunta no tenía ninguna respuesta. Pero ya habían pasado muchos meses; era probable que, en esta ocasión...

Una puerta, la cual daría probablemente a otra habitación, se abrió, dando paso al director y a la señorita Dawn.

-Hola, chicas. Esto... -no sabía cómo informarlas de aquello-, a vuestro compañero le han diagnosticado un cáncer de pulmón ya algo desarrollado. el desmayo de esta mañana ha sido causado por un efecto secundario de ello. Es muy probable que tenga que echar unos meses ingresado...

-Tranquilo, director. Ya las he informado yo mismo.

Él asintió, e invitó a las chicas a ir con él a por un chocolate caliente. Pero Liz tenía una última cuestión, muy importante, que resolver:

-¿Cada cuánto podremos venir a visitar a Gary?

Strasser enmudeció, pero Liz permaneció con la mirada firme y decidida. Ante eso, sólo pudo encontrar una opción.

-Supongo que vuestro día libre...

-¿Me podríais traer un helado? La comida de aquí... -Gary se metió un par de dedos en la boca, sacando la risa de las dos.

-Por supuesto -aseguró la más mayor, y la pequeña asintió.

El director y Liz se fueron de la habitación, pero Patti permaneció en el quicio un momento, mirando a su amigo.

Pudo ver cómo se echaba las manos a la cara, y su pecho comenzaba a temblar en silencio. La niña bajó la mirada y salió del cuarto.

Las cosas iban a ser más duras de lo que ella había esperado.

-CONTINUARÁ-

.


¡Madre mía! Qué de tiempo sin escribir. Ya lo echaba de menos. Bueno, pues aquí he traído el capítulo, en mi opinión, más duro de redactar; son muchos sentimientos juntos. Me gustaría darles a estos personajes tan apreciados por todos sus respectivas personalidades humanas. Porque son personas, y deber sentirse como tal. No sé cómo te habrá parecido a ti, pero a mí me ha convencido... un poquito.

¡Bueeeeno! Creo que debería informar de algo. La temporada de "vida en el orfanato", como yo la llamo, va a terminar dentro de poco. Ahí lo dejo.

¿Qué vendrá después? ¿Mendigarán? ¿Viajarán por todo el mundo? ¿Buscarán trabajo? Eso tendrás que averiguarlo, je je je.

Muchos besos, y espero que lo hayas pasado bien en Navidad.

-NoBreathe-