La maldición del ramillete de lilas

Atrapó una última bocanada de aire y respiró agitadamente. Ron fue el primero en levantarse del suelo, con dificultad llevó la mano al picaporte para abrir la puerta.

—¡No! —exclamó Hermione sacudiendo la cabeza. Se puso de pie con torpeza y se apoyó en la entrada, interponiéndose—. Si abrimos la puerta, la ilusión se acabará, Ron —dijo expresivamente medio triste medio terca.

Ron apretó los labios, volvió a poner sus manos a los costados de la cabeza de su enamorada y le besó con ternura.

—No se acabará si no queremos que termine —susurró juntando su frente con la de ella—. Hermione, ¿quieres que termine? —preguntó crucialmente. Él no quería que fuese así, pero la decisión de Hermione era tan importante.

Granger tragó saliva. ¿Quería o no que termine? Sin duda alguna nada volvería a ser lo mismo cuando saliesen del cuarto-clóset, pero… ¿le daría tanta importancia? Le fascinó demasiado que él la hiciese sentirse de esa manera, no eran ataduras, todo era libre, sin compromiso, pero… tenía sus defectos.

—No —aseguró sonriendo.

Ron suspiró aliviado y le robó otro beso.

Abrió la puerta y asomó la cabeza con cautela, pero pareció que no había pasado el tiempo por allí, la gente aún seguía caminando de lado a lado. Resopló, surgió y se inclinó en la pared. Llamó a Hermione con señas y ella hizo caso. La castaña salió intentando acomodarse el vestido que estaba arrugado y mal puesto, con sus cabellos no tuvo mucha suerte.

—Bueno, iré a por Harry —anunció Ron, él seguía con las mejillas coloradas.

—¡Espera! —Hermione le detuvo jalándole de la mano.

—¿Qué pasa?

—¿Acaso piensas ir así? —inquirió atrayéndole y alzando los brazos. El cabello de Ron era más accesible, pasó sus manos y aplastó el pelo naranja, haciéndolo más formal. Cuando logró algo decente, le limpió las marcas de sus labios en sus mejillas y frente con el chal que adornaba a su traje—. Casi listo.

—Me toca a mí —dijo Ron e hizo lo mismo, y no consiguió un resultado tan bueno por el cabello rebelde de su novia. No obstante, antes de marcharse volvió a besarla insatisfecho aún—. Te veo en el altar.

Hermione se quedó estática, sin habla y ligeramente sonrojada, jugueteando con sus dedos y la boca entreabierta. Asimiló con más conciencia lo acontecido en el cuarto-clóset, al menos ahora estaba más metida en el sentido común. Recordar a sus padres y su tan no maravillosa vida la hizo sentirse con deseos de reprimirlo y sentirse querida. Muriel era tan igual a su papá, con su tono beligerante, agresivo y sin ningún tacto. Alguien la golpeó por el hombro y la regresó con brusquedad a la realidad, puso sus mechones detrás de la oreja.

—¡Un baño! —exclamó buscando el cuarto de aseo del segundo piso.

TAN TAN TAN TAN, TAN TAN TAN TAN

La melodía nupcial hizo de fondo a la próxima entrada de la novia. El jardín trasero de la Madriguera estaba meticulosamente podado, con ciertas columnas enterradas que se unían entre lazos de telas color perla. Había un umbral adornado con distintos tipos de flores, sin parecer muy cargado o cursi. La perfecta puesta de sol y el cielo completamente despejado fueron el ingrediente que Molly ansiaba para una boda especial. Todos se pusieron de pie y giraron la cabeza para observar las entradas de cada uno. Por la derecha entró Hermione con un pequeño ramo de flores en las manos; pero cuando vio a Ron ingresar a su costado, sus mejillas se colorearon y bajó la cabeza. Entrelazó su brazo con el del pelirrojo porque así habían ensayado, evitó cualquier otro tipo de contacto con Ron.

—Lo he pensado y… —comenzó el chico para que ella solo la escuchara.

—Fue una estupidez, lo sé —terminó por él fingiendo una sonrisa para la señora Weasley.

—Exacto —convino sin mostrarse desilusionado—. No volverá a pasar.

—De acuerdo contigo —dijo ya a punto de llegar al umbral y separarse, tomando lugar al lado de los novios—. Fue un momento… absurdo.

—Irracional.

—Disparatado.

—¿Nos vemos en el clóset en la recepción? —inquirió Ron.

Hermione se ofendió de manera divertida.

—Está bien.

Ron se posicionó al lado de Harry y éste le sonrió cómplice guiñándole el ojo, al parecer había olvidado el momento de desesperación y el abandono del hermano de su novia. Weasley le palmeó el hombro dando a significarle suerte.

A lo lejos se vislumbró la resplandeciente y cautivadora futura compañera de Harry Potter. Acompañada de su padre, Arthur Weasley, caminaba con elegancia, dejando a ver su larga cola de su vestido blanquecino, el cual precisamente no era pomposo, sino tan simple que lo convertía en el más complicado de llegar a ser bello. Ginny y su hermosa sonrisa, sus ojos brillando de manera especial, su velo que se sostenía que la tiara de plata sobre su pelo naranja formado en un moño, poseyendo entre sus dedos y palmas el ramillete de lilas. Molly Weasley se desbordaba de sentimientos encontrados: alegría, tristeza, nostalgia, nervios y ese pequeñito defecto de madre protectora. Siguió observando hasta que su hija arribó hacia su futuro esposo, distinguió que Arthur le susurró algo a su nuero, pero le restó importancia.

—Bien, comencemos… —proclamó el ministro y todos tomaron asiento.

—¿Cómo está, señora Potter? —preguntó Harry mientras abrazaba la cintura de su esposa, y se balanceaban de lado a lado. Ambos sostenían la felicidad en sus labios.

—¿Tendré que cambiarme el nombre? —dijo Ginny enarcando una ceja.

Harry entrecerró los ojos y su pelirroja se rió.

—De maravilla. Ahora que estoy contigo… —terminó su frase en un beso alargado. El señor Weasley, que los observaba con recelo desde lejos, no pudo evitar sentir el corazón acelerarse. Sabía que Harry era un buen chico, pero el hecho de que su pequeña princesa se estaba yendo de la casa y que Potter era el preciso motivo de aquello, le hacía sentirse abandonado… una vez más—. ¿No habrás intentado escapar… verdad?

Ginny se lo pensó.

—No… y si fuera así, mi hermosa dama de honor no hubiese estado ahí para evitarlo —comentó encogiéndose de hombros.

—No puede ser posible. Ron también había desaparecido —convino el chico de anteojos asintiendo con la cabeza. Él y su compañera intercambiaron miradas insinuantes y se carcajearon—. Tengo que decirlo de nuevo: no puedo creerlo. ¿En nuestra boda? ¿Es que tienen tanta necesidad? ¿No se podrían contener un poquito?

Se mantuvieron abrazados e intercambiando sucesos; sin embargo, la voz anfitriona de la señora Weasley irrumpió su momento mágico. Todos anticiparon que ella podría decir el brindis y aguardaron silenciosos. George y Fred fueron los últimos en callarse con risas que fueron apagándose poco a poco, por suerte Angelina y Allie estaban cerca como para darles un codazo en las costillas. En dos mesas estaban clasificados los Weasley, Victoire (la hija de Bill y Fleur) y Teddy (ahijado de Harry) se encontraban juntos en la mesa más cercana de los esposos. La multitud giraba la cabeza a la espera de las palabras de Molly. Percy Weasley; quien se hallaba con su esposa Audrey, su hermano Bill y su cuñada Fleur; se dio cuenta de los dos asientos vacíos de su costado y frunció el ceño.

—¿Dónde está Ron? —preguntó con esa voz seria.

Molly inició su pequeño gran discurso homenajeando a su hija y nuero.

Bill alzó la copa llena de champagne del centro de la mesa y bebió de ella.

—Tal vez se perdió por ahí —contestó con el menor interés.

—… fue la alegría de mi corazón cuando vi la por primera vez, tan frágil, tan pequeña… —decía su madre con la mirada perdida.

—¿Perderse en la Madriguera? Tendría que ser muy estú…

—Bueno, bueno… Tal vez fue a pasear por los alrededores —volvió a justificarle el hermano mayor.

—¿En el matrimonio de nuestra hermana? ¿No podía quedarse aquí?

Bill resopló y se calló para no armar un embrollo. Fleur, que estaba detrás de él, le acarició el brazo de manera tan suave que eso aminoró el enojo que ascendía a causa de su irritante hermano Percy.

—Percy, cariño, quizá está con Hermione —expuso Audrey pacientemente. Su marido iba a replicarle pero la mirada de la chica alzando las cejas le hizo quedarse quieto. Sonrió y pidió disculpas al hermano de Percy, quien le agradeció con inmensidad.

—… ¡pero bueno, esto es una celebración! ¡Por los novios! —aulló la mujer regordeta y levantó en alto el vaso, siendo imitada por los demás—. Genial. Es tiempo de que Ginny arroje el ramo de flores ¿no creen? —hubo un murmullo por parte de las chicas solteras, amigas de Ginny y unas cuantas de Harry. Bajó del escenario y se acercó a su hija para anunciarle que debía prepararse para lanzar sus lilas, al azar y a la suerte para la próxima persona que le toque casarse.

Ron surgió del cuarto y sacó la cabeza disimuladamente, mirando para todos lados como lo hizo hace horas. No encontró ni un alma rondando por allí, el bullicio aparentemente lejano hacía de fondo. Suspiró al haberlo comprobado y salió con suma normalidad. Segundos más tarde, Hermione hizo lo mismo y respiró todo el aire nuevo que deseaba tener.

—¿Crees que nadie estuvo por aquí? —inquirió la muchacha inquieta.

El pelirrojo sacudió la cabeza, aun inspirando y aspirando agitadamente.

—No… lo creo. Todos están abajo muy ocupados.

—¿Habrán notado nuestra ausencia?

—Si conozco a Ginny… no.

—Vamos. Apuesto a que alguien ha de haberte echado de menos —Hermione comenzó a empujar a Ron y él se resignó apresurando el paso. Bajaron a la primera planta y tuvieron tiempo para mejorar su apariencia, el único defecto eran las mejillas sonrosadas de cada uno que no desertaban en volver a su color originario. Para su fortuna, las ventanas estaban abiertas y el aire ayudó muchísimo; y para cuando lucieron más decentes decidieron hacerse presentes. Llegaron en el momento en que Molly Weasley bajaba del tablado y susurraba algo a Ginny. Ambos iban a sentarse en sus sitios correspondientes, intentando pasar desapercibidos, pero la vista de la señora los obligó a quedarse en su lugar.

—¡Ah! ¡Hermione! —exclamó sonriendo—. Ginny está a punto de lanzar el ramo. Tienes que venir.

—Oh, no se preocupe…

—Vamos, Hermione —insistió forzando curvar sus labios aún más.

Hermione se vio atrapada y cedió a regañadientes.

—Buena suerte —deseó Ron abriéndose paso hacia su mesa.

—¿Buena suerte? ¿De qué hablas? Tú vas a acompañarme —sentenció arrastrando a su novio.

—¿Acaso me viste cara de "soltera desesperada"? —se quejó oponiendo resistencia.

—¿Piensas que yo soy una desesperada?

—No, tú no. ¡Pero las demás sí!

—¡Sólo me vas a acompañar!

Llegaron al séquito de chicas que esperaban a que Ginny se reuniese con ellas. La gente observaba con atención por saber de una vez la afortunada en atrapar el ramo de flores. Hermione, sin ninguna emoción, se mantuvo alejada y muy atrás acortando definitivamente sus posibilidades de obtener en sus manos el preciado objeto que Ginny sostenía entre sus delicadas manos. Ron pudo estar al lado de la castaña, con las manos hundidas en sus bolsillos del pantalón.

—Jamás conseguiría ese ramo —comentó Hermione encogiéndose de hombros.

—¿Por qué lo dices?

—Mamá me hizo creer en sus supersticiones. Si no obtenía el ramo a la primera boda a la que yo asistiría, estaba condenada a no tenerlo jamás —relató colocando su mechón rizado detrás de la oreja. Se volvió y vio el rostro de Ron que enarcaba una ceja—. Sí, vale, suena estúpido, ríete; pero es algo que se ha cumplido hasta ahora. Exactamente he ido a… —contó con la mente, susurrando inaudiblemente— siete matrimonios, y siempre estuve a punto de atraparlo.

—¿O sea… es la maldición del ramo de flores? —dijo Weasley agregando una risa a su frase.

—No… La maldición del ramillete de lilas —convino Hermione uniéndose a él, extendiendo los brazos y fingiendo que recibía el ramo tan esperado. No obstante, su supuesto acto tuvo una consecuencia fija, sobre sus brazos (cayendo desde arriba) reposó el conjunto de flores coloreadas. La broma que había hecho no fue tan conveniente. Abrió los ojos como platos y sostuvo entre sus manos la planta de color derivado del morado y chispeado. Empezó a balbucear sin tener nada qué decir, miró a Ron en busca de ayuda pero él lucía tan sorprendido como ella.

—¡Hermione! ¡Conseguiste mis lilas! —celebró Ginny y abrazó a su confusa amiga, apoyó su mentón en el hombro de Hermione y susurró—: Ron puede ser un poco lento, ten paciencia —se separó y le palmeó el brazo.

La dama de honor no tuvo tiempo para contradecirle, halló a las demás solteras: algunas la miraban con envidia, otras le sonreían y las demás lo hacían con repulsión. Quizá ese ramillete de lilas no era cualquier ramillete, quizá ese era especial. Era de Ginny Weasley, y esta chica era muy amiga de todos, tal vez eso daría un poco de suerte. Todos aplaudieron a la hazaña de Hermione, en especial Molly.

—¡Vamos, hijo! ¡No seas tímido, besa a tu novia! —soltó Arthur y su familia se sorprendió de su manera tan directa de decir las cosas.

Ron sonrió con nerviosismo y accedió a aproximarse a Hermione. Pasó el brazo por la cintura de su novia pidiendo permiso, y a decir verdad, parecía estúpido hacerlo porque hace unos momentos no tenía vergüenza de absolutamente nada. La castaña se sonrojó y agradeció al mundo entero que su cabello fuese tan rebelde y pomposo como para cubrir su rostro. Queriendo terminar con esa presión obedeció a los pedidos del padre del muchacho y besó impulsivamente a Ron, ubicó sus manos detrás de su cuello, con el ramo aún en ellas. Ginny y Harry soltaron un gran suspiro recordándoles a cómo eran ellos a sus inicios.

En el rincón más alejado, en la esquina más oscura e ignorada por los meseros, en una de las sillas aparentemente nuevas, una persona vestida elegantemente y especialmente para la boda, alzó levemente su celular y aplicó la cámara, a la vez inmortalizando el beso que se daba entre Ron y Hermione, dispuesta a utilizar aquella imagen muy bien.