10. Abeto

Un día después de Navidad

Santana se apoyó contra el marco de la puerta de la sala del coro y se quedó mirando por un rato como Rachel desmontaba el abeto de navidad.

-Toc, toc –dijo, finalmente.

Rachel se dio la vuelta y le dedicó la que seguramente era la mejor sonrisa de su repertorio.

-¡Qué sorpresa! –dijo, volviéndose por un segundo de nuevo hacia el árbol para terminar de descolgar una de las bolas que se tambaleaba, oscilante-. Pensaba que no vendría nadie…

Santana se rió, sacó el móvil y leyó textualmente:

-En dos horas en la Sala del Glee para quitar la decoración navideña (la presencia de elementos decorativos con motivos navideños trae mala suerte si dicha época ya ha pasado) –alzó los ojos y sonrió al ver como la muchacha había agachado la cabeza avergonzada-. ¿En serio esperabas que con tan poco tiempo y con este imperatismo se presentara alguien?

-Bueno, tú has venido… -dijo como si tal cosa.

Santana se quedó sin argumentos plausibles para el hecho de que, literalmente, había volado hasta el colegio al leer el mensaje de Rachel.

-Ya, bueno. El morbo de verte descolgar todo esto tú sola me puede –terminó diciendo.

Rachel hizo una mueca parecida a una sonrisa y la miró de un modo que puso nerviosa a Santana.

-¿Qué tal las Navidades? –le preguntó la diva, volviendo a la ardua tarea de descolgar guirnaldas.

Santana se encogió de hombros y fue a ayudarla sólo por tener las manos ocupadas.

-Normales. Como siempre –dijo de manera más bien escueta.

Por el rabillo del ojo vio como Rachel asentía y como parecía verse sumida en un debate consigo misma.

-¿Y qué tal? ¿Has disfrutado? –le preguntó, arrastrando las palabras-. ¿Has… sonreído?

Santana tuvo que hacer apelo a todo su autocontrol para no echarse a reír. A veces era tan obvia… Notaba la mirada ansiosa de Rachel sobre ella y tuvo que fingir estar concentrada descolgando bolas para no tener que mirarla, porque sabía que no podría aguantarse la risa.

-Sí –dijo, divertida-. La verdad es que sí. Las sonrisas son muy contagiosas.

Aquello debió de agradar mucho a Rachel, porque su tono de voz se volvió juguetón de golpe.

-¿Ah, sí? –ronroneó.

-Sí –respondió Santana, siguiéndole el juego sin saber muy bien por qué.

-¿Son contagiosas?

-Mucho.

-¿Cómo lo sabes?

-Alguien me lo dijo.

-¿Quién? –dijo de manera especialmente lenta.

Llegados a ese punto, se dio la vuelta y se dio cuenta de que Rachel había dejado completamente de lado el árbol y miraba a Santana con una intensidad insólita. La latina dejó también una guirnalda a medio descolgar y se colocó frente a ella, quedando a menos de un metro de distancia de la muchacha.

-Una estrella –respondió lacónicamente.

Santana percibió como los ojos de Rachel se agrandaban y sonrió al ver como sus mejillas pálidas se teñían de rojo.

-Pues felicita a la estrella de mi parte por tan buena frase –dijo volviendo a enredar las manos en el árbol.

-Lo haré –dijo, incapaz de apartar los ojos de ella. Definitivamente, Rachel Berry era una chica peculiar.

-Mereces sonreír, Santana –dijo la muchacha al cabo de un rato-. De veras que sí.

Santana volvió a sentir como algo se retorcía en su estómago y centró su atención de nuevo en el árbol. Para no volverse loca, más que nada. Su cuerpo rozaba el de Rachel y sus brazos se tocaban al descolgar las cosas.

-Uy –musitó la judía de pronto.

Santana la miró y vio que la muchacha miraba hacia arriba con los ojos muy abiertos. Al seguir la dirección de su mirada, advirtió que del árbol colgaba un pequeño ramillete de muérdago, semioculto bajo las ramas del árbol.

Rachel rió nerviosamente.

-Seguro que es cosa de Puck –comentó-. Cualquier excusa es buena para ir repartiendo besos a diestro y siniestro.

Santana se quedó mirando el ramillete, pero no abrió la boca. Rachel le dio un codazo amistoso y con voz jovial, dijo:

-Ahora es cuando tenemos que besarnos.

La latina frunció el ceño y con rapidez arrancó el ramillete de muérdago y lo dejó caer al suelo. Rachel la miró ofendida.

-Era una broma, tranquila. Tampoco hacía falta que te pusieses así –dijo, alzando el mentón con orgullo. Estaba claro que aquello le había dolido.

Santana la agarró por los hombros y la empujó contra el árbol con más brusquedad de lo que pretendía. La mandíbula de Rachel se descolgó un poco y sus pupilas se dilataron.

-¿Santana…? –preguntó, con voz temblorosa-. ¿Qué…?

-No quiero –susurró la latina, acercando lentamente su rostro al suyo- que un hierbajo justifique lo que voy a hacer.

Y con cuidado, atrapó los labios de Rachel con los suyos.

Ciertamente, la Navidad nunca había sido Santo de su devoción. Pero estaba empezando a pillarle el gustillo.