Nadie la despidió, yo la vi desde el ventanal de mi habitación, mis manos apretaban fuerte las gruesas cortinas.
Levantó su mano hacia mi dirección y dijo adiós.
Los carruajes rompieron el plácido silencio de la noche, no sabía cuánto tiempo pasaría hasta que la volvería a ver.
Al amanecer junté a todo el servicio y les dije que desea discreción respecto a la ausencia de mi mujer, que no quería murmuraciones y menos chismes.
Me llené de trabajo y planeé un viaje marítimo, quería alejarme de todo y de todos, aprovecharía la presencia de mi hermano para que se hiciera cargo de la administración de la Mansión, menos de la casa de campo a donde había mandado a Candice y del Eleonors, Tom se haría cargo hasta para tomar las mejores decisiones de ser necesario.
La distancia y la lejanía no lograban que la olvidara, todo me recordaba a ella. Hasta la embarcación que le había puesto el nombre de Candy.
Le escribí muchas veces diciéndole lo mucho que lamentaba su infortunio y haberme cruzado en su camino. Le explicaba que fui presa de mi temperamento y celos. Le decía que no era la única que no permanecía en GRandchester Hall que había salido de ahí huyendo de mi madre y Eliza con quienes discutí antes de embarcar.
Le contaba que mi madre era lo más importante para mí hasta que la conocí. Que me gustaba mirarla y que la echaba de menos.
No había convivido mucho con ella y eso lo lamentaba con profundidad en mi alma.
Todas las cartas las apilaba como un diario al que solamente yo tenía acceso y con eso desahogaba un poco la nostalgia que me embargaba y la culpa por haberla tratado mal.
Arribé nuevamente en St. Ives a la mitad del mes de agosto. Nadie me esperaba y a nadie le había avisado.
Solicité a un cochero que me llevara hasta la Mansión… todo estaba como de costumbre. Los empleados de la Mansión me recibieron con prontitud.
Mi madre y Eliza habían salido de compras. Al menos ellas me dejarían descansar un rato.
–¿Has visto a Carlright? –Le pregunté a un joven mozo que aseaba los dinteles del pórtico
–Está en la cocina–Dijo señalándome la cocina a donde casi nunca ponía un pie.
Me había acercado lo suficiente solamente para escuchar lo que heló mi corazón y que me hizo arrepentirme –La señora era muy buena
–Muy jovencita, pero muy hábil
–Ella quería aprender a escribir mejor de lo que lo hacía.
–Eso es imposible, la educación es solamente para los hombres
–Ella me pidió que le enseñara y lo poco que le enseñé lo hizo muy bien
–La Señora Eleonor se enfureció cuando se enteró que la Señora Candice nos dio jabón de tocador para todos los empleados.
–Sí, dijo que a nosotros nos corresponde el de sebo y no el perfumado.
–Hizo muchas cosas buenas en tan poco tiempo
–Creo que ella nos comprendía muy bien… es una lástima.
–Bueno, señoras, al Señor Terrence no le gustaría saber que hablamos de su mujer, así que a meternos a nuestras labores.
–Carlright ¿Sabe a dónde la confinaron?
–¿Quién les dijo eso?
–Escuché a la Señorita Eliza mencionarlo cuando discutió con el Señor MarK, mencionó que por culpa suya el Señor Terrence había repudiado a su mujer y que la había confinado en una de las propiedades.
–A trabajar… ya no especulen cosas, el Señor Terrence ama a su mujer.
–Carlrigth. ¿Sabe si arreglaron la Ermita que la Señora Candice pidió que arreglaran?
–No, no se arregló
–Es una lástima, el Servicio a nuestro Dios que nos prometió no se concluyó…
Todo lo que mencionaron lo desconocía al máximo, para mí Candice no era más que la mala mujer que jamás se preocupó por mí, que se veía con mi hermano a escondidas… pero escuchar que tal vez mi madre tenía algo que ver en que mi esposa no estuviera conmigo era algo imposible de creer…
Me regresé sobre mis pasos y me refugié en el alcohol.
Me odiaba a mí mismo, no era diferente a William White que sin escrúpulos me había vendido a su hija, yo la había poseído peor que a una mujer del Eleonors
A la única conclusión a la que llegaba era por qué diablos no me morí aquella noche, al contrario ella me había ayudado y había llorado por mí…
Cada trago que hinchaba mis entrañas y que vaciaba la botella no era suficiente para apagar el infierno que llevaba dentro… –Maldita sea! Candice ¿Por qué tuviste que entrar en mi vida? ¿Por qué diablos no te puedes marchar de aquí? –Golpeaba con fuerza mi pecho y asumí con firmeza mi decisión –Candice está mejor estando lejos.
El alcohol no hizo efecto en mí, estaba lo suficiente sobrio para encarar a mi madre y a Eliza.
–Hijo ¿Qué sorpresa? ¿En qué momento llegaste? ¿Qué me trajiste?
–Son muchas preguntas, Madre, yo solo tengo una para usted
–Hijo, me toma por sorpresa tu actitud… tú no debes cuestionar jamás a tus progenitores, cuando estés mejor, hablaremos… Ven conmigo Eli
–Espere, madre… ¿Qué le hizo Candice para que la odiara tanto?
–Casarse contigo, no es más que una arribista, una maldita que quiso sacar ventaja
–Yo la amo
–Hijo, no seas ciego, esa mujer quiso poner al servicio en mi contra, estabas tan delicado y ni un día se presentó en tu habitación para ver como seguías en tu convalecencia, en cambio Eli, jamás se apartó de tu lado, veló cada una de tus noches.
–Fui un maldito estúpido, un arlequín con el que se han divertido… maldigo mi suerte.
–Si esa mujer fuera buena, no se habría metido con tu hermano–Fue lo último que escuché de mi madre antes de que la puerta de la Mansión se cerrara detrás de mí.
–Ensílleme un caballo..
–Sí, Señor.
–Carlright–Necesitaba hablar con mi hermano y ofrecerle una disculpa –¿En dónde puedo encontrar a mi hermano? – En la mirada del anciano pude notar que temía darme la respuesta que había solicitado y me encolericé; no porque no supiera en dónde estaba mi hermano sino por la complicidad en protegerlo
–El Señor Mark ha salido, y no sé hasta cuando regrese. –Su voz estaba teñida de temor y titubeaba al hablar
–¿A dónde fue?
–Señor, su caballo –Nos interrumpió el mozo al que había enviado por mi bestia.
–Dime, Carlrigth, estoy esperando una respuesta.
–A la casa de campo, Señor.
–¿Cuándo partió para allá?
–Hace tres días
–Seguramente todos hablan de mí, ¿verdad? Creí que había sido bueno pero solo he sido la burla de todos ustedes.
–No, Señor, no. Todos le apreciamos así como a sus hermanos y a su… –Mi mirada hizo que no siguiera hablando.
Clavé mis talones en los costados de mi caballo y salí como alma que llevaba el mismo diablo. No podía imaginar a mi esposa en los brazos de mi hermano, le daría a todas mis amantes, él podría tener a todas las mujeres que deseaba, pero no a Candice… maldita sea a ella no.
No tenía a donde ir, a dónde refugiarme así que solo cabalgué hasta entrada la noche… que mis pasos y pensamientos guiaran las riendas del animal…
Ese fue el día que murió en mi corazón todo sentimiento que ella despertó en mí, ni Susana ni Eliza ocuparían su lugar, y cada uno de los que se burlaron de mí conocerían la furia que habían desatado en mi interior.
Creí que había sido bueno con todos pero me había equivocado; había soportado la carga que mi padre había puesto en mí rechazando cualquier oportunidad de ser feliz por brindarles estabilidad a todos a mi alrededor, pero todos me habían lastimado.
Pasaba de la media noche cuando llegué a un hostal. Me detuve para que mi caballo descansara y yo también intentaría reposar un poco.
En cuanto el sol resplandeció ya me encontraba cabalgando de nueva cuenta. Aunque lo quería evitar, parte de mí deseaba verla, ver con mis propios ojos de lo que todos eran testigos.
Llegué a la casa de campo entrando por la Noria. Estaba tan enfurecido que caminé sin mirar todo lo que pasaba a mi alrededor…
Al encontrarme con mi hermano la cólera que llevaba me hizo tomarlo por la camisa y golpearlo fuertemente–Ella es la única mujer a la que he amado
–Terry! Basta –Dijo intentando esquivar el siguiente golpe que asesté en su estómago
–Eres un maldito canalla, pero no tendrás las cosas fáciles…
–Soy un hombre comprometido –Me respondió con mucha dificultad debido a la falta de aire en sus entrañas. –Amo a Karen
–Y yo amaba a mi esposa y tú me has deshonrado –Empuñaba mis manos montando guardia por si deseaba responder a mis golpes
Como se puso esquivo le lancé un jarrón que se reventó en mil pedazos al estrellarse en la pared. Así que le aventé todo lo que me iba encontrando a mi paso. Los sirvientes de la casa entraron ante tal escándalo y ella junto con los demás.
Estaba vestida como una miserable campesina, toda la gloria y honor que debía portar por ser la Señora de la casa le importaba poco. Traía una pañoleta cubriendo su cabello, una camisola y un delantal. No traía ni aros ni joyas, no tenía zapatillas sino unos mocasines como los sembradores.
–¿Qué pasa?
–Vete de aquí, lárgate de mi vista –Dije sujetándola del brazo y abriéndome camino entre los sirvientes que se retiraron inmediatamente
–Me lastima
–Suéltala, Terrence, Estás jodidamente equivocado y a demás estás ebrio
–Estoy destrozado por la culpa de ustedes dos. –Dije empujándola y al hacerlo ella perdió el equilibrio y cayó sobre sus rodillas.
La anciana esposa de Ardley estaba en la casa de campo sin que yo lo supiera y ella corrió a levantarla y con mucho miedo me dijo –Señor, tenga cuidado, la Señora está encinta
Todo me dio vueltas, solo había estado con ella una vez y no era posible que ella…¡no! Seguramente era de mi hermano.
Quería matarlos, matarme… hacer algo… me quería arrancar los cabellos, salir corriendo, gritar… necesitaba sacar toda la ira que contenía mi interior
La criada se la llevó a su habitación y no estuve tranquilo hasta ver que mi hermano tomara sus cosas y se largara.
–Que envíen esta correspondencia lo más pronto a St. Ives a mi madre
–Sí, Señor.
Le escribí a mi madre para avisarle que estaría en la casa de campo por tiempo indefinido y a Tom dando instrucciones que por ningún motivo o justificación permitiera a mi hermano entremeterse en los asuntos legales y fiscales del Eleonors.
Al siguiente día una carroza de víveres llegó, tela y herramientas. Supervisé todo y pedí que me explicaran quién había solicitado tales cosas.
–Señor, su esposa ha solicitado cada una de las cosas.
–¿A quién se las pidió?
–A Carlright. Él ha mandado dos veces la provisión y esta es la tercera vez.
–Puedes retirarte.
–Sí, Señor… Eh! ¿Puedo llevarme las cosas.
–Llama primero a mi mujer
–La Señora está indispuesta, ya que no ha bajado a comer.
–Te di una orden y quiero que la cumplas…
–Sí, Señor…
Me tumbé en mi silla y metí mi rostro entre mis manos, millones de ideas pasaban por mi mente, tal vez sí era mi hijo, mi primogénito… tal vez no y yo no mantendría al bastardo de mi hermano con mi mujer.
–Pase
–¿Me mandó llamar?
–Siéntate
–Así estoy bien
–Que te sientes… entiende de una vez que mis órdenes no se cuestionan ni se desobedecen… Siéntate
–Sí.
–¿Por qué has pedido provisión?
–Porque he comenzado a involucrarme en la administración de esta casa
–¿Te dije que lo hicieras?
–No, yo solamente quer…
–Basta de hacerte la interesante, compórtate y vístete como lo que eres… la Señora de esta casa
–No me limite, el día es muy largo y me aburro
–Haz deberes de una mujer digna del apellido Grandchester.
Me miró y sonrió con ironía –¿Me pide tratar mal a las personas?
–A mi madre la respetas, ella sí es una Señora, no que …
–¿Yo? Sabía que no pertenecía a su clase social, me opuse a que se casara conmigo y …
–Te quise dar lo mejor y me pagaste peor que cualquiera de mis mujeres, te di mi apellido y tú me das un bastardo
–El hijo que llevo es suyo
–No te creo –Las palabras comenzaron a subir de tono –Mi madre tenía razón, no eres más que una oportunista…
–No soy ninguna oportunista, yo no le pedí que me desposara, preferiría mil veces que me hubieran corrido de este lugar a quedarme al lado de un ser tan mezquino…
–Te recuerdo que tu padre te vendió a mí
–Lo sé…
–Puedo hacer contigo lo que me plazca
–También eso lo sé, no necesita recordarme su poder
–¿Poder? Te di lo mejor que tenía, lo único que había reservado para una buena mujer, creyendo que no merecía tal bendición y qué fue lo que escogí… a una pequeña mustia que supo llegar a ser la esposa de un duque…
–Usted habla de amor cuando jamás ha amado a nadie… así como usted se ha reservado para lo mejor yo también reservé algo… maldigo la hora en la que me enamoré de usted, maldigo el momento en el que lo esperaba en la plaza de St. Ivés cada tarde tan solo para verlo pasar… maldigo el momento en el que disfruté sus brazos, que anhelé su cercanía que deseé estar con usted… ahora solamente lo odio. –Estaba sobre sus pies cuando me dijo lo que me dejó en silencio, eran las palabras más hermosas que había escuchado a excepción del odio que ahora me tenía. Se encaminó hacia la puerta y quise detenerla… sólo me miró para concluir diciéndome –Reniego ser su esposa.
–Entonces serás un empleado más de esta casa, no tendrás privilegios ni honra… –Sólo quería descargar mi dolor ya que no le creí sus palabras de amor si lo único que siempre me demostró fue temor…
Eso sería lo único que tendría de ella era su expresión de temor…
