Capítulo 10
Por supuesto que no fue nada fácil. Primero, los sanadores encargados de la recuperación de Zabini por poco y no los dejan ni entrar a verlo. Harry tuvo que echar mano de todos sus recursos para conseguirlo: promesas, insinuaciones, amenazas directas… pero finalmente, les permitieron pasar. Después de eso, Zabini simplemente no decía palabra ante cada pregunta que le hacían Ron o Harry. Los observaba impertérrito y con el ceño ligeramente fruncido mientras los otros dos se deshacían en impotencia.
—Entiende, Zabini —gruñó Harry—, tu condena a Azkaban ya es un hecho. Sin embargo, si aportas datos que puedan ayudar a que Malfoy recupere el conocimiento, yo te juro que testificaré eso a tu favor.
Zabini apretó los labios y continuó sin decir nada. Draco estaba apoyado junto a la puerta, observando la escena desde lejos y en silencio. Harry no podía ni imaginar lo que se sentiría que tu mejor amigo te traicionara así.
Harry suspiró con impaciencia y probó con algo diferente.
—Zabini, imagina que Malfoy está aquí oyéndote —le dijo en voz baja y tanto Ron como Draco lo miraron con expectación—. Quiero suponer que en el fondo continúas apreciándolo. De hecho, estoy casi seguro de eso porque, ¿de qué otra manera se explica que no lo hayas asesinado? No lo querías muerto, ¿verdad? —Zabini no respondió pero Harry notó que su semblante se descomponía un poco—. ¿Qué le dirías a Malfoy para justificar que lo hayas tenido encerrado y dormido durante más de dos meses, ocultándolo de todos y volviendo loca a su esposa por culpa de la tribulación?
Harry se silenció y se obligó a darle tiempo a Zabini para responder. Tal vez con un poco de paciencia y acertándole en los puntos correctos…
Nada. Harry decidió presionar un poco más, especialmente porque se había dado cuenta de que a la mención de Astoria, Zabini había parpadeado furiosamente.
—Astoria está segura de que eres inocente —soltó Harry de pronto y con alegría se percató de que sí, de que ahí había una reacción. Zabini no pudo esconder el gesto de agitación que tenía en la cara—. Ella jura que tú jamás le habrías hecho daño a Malfoy, que todo esto tiene que tratarse de un error. ¿No crees que sea justo corresponder a la fe que la mujer te tiene, ayudándola a sanar a su marido?
Zabini se llevó las manos a la cara y se cubrió con ellas, como si tuviera tanta vergüenza que no podía soportarla. Ese era el primer movimiento que hacía en todo el tiempo que Harry y Ron llevaban interrogándolo. Ambos intercambiaron una mirada de triunfo: al menos ya habían descubierto que era Astoria y no Draco el punto débil de Zabini. Harry le concedió unos momentos para que se decidiera a hablar.
Y así fue. Como si le hubiesen abierto un grifo, Zabini bajó las manos de su rostro, suspiró hondamente y lo soltó.
—Draco no va a despertar jamás —murmuró en voz baja y con la vista clavada en un punto de su cama—. Tal vez no lo maté antes, pero lo que le hice no tiene vuelta atrás. Al final… resultó igual.
Harry sintió que la tierra se abría a sus pies y la sensación de vértigo que experimentó fue tan real que por un momento en verdad creyó que se estaba desplomando a un pozo sin fondo.
—Pues, ¿qué demonios le hiciste? —cuestionó Ron y Harry le agradeció que hablara, porque él todavía no podía. Ni siquiera se atrevía a mirar hacia donde estaba Draco.
Zabini tragó antes de contestar. Se veía genuinamente arrepentido. Tanto que incluso daba un poco de lástima.
—No voy a exhibir mis razones enfrente de ustedes, par de idiotas —les dijo a Ron y a Harry en tono enfadado—. Y tampoco tiene caso que les diga qué fue lo que hice. ¡¿No lo entienden? —les gritó—. ¡Nada tiene caso, Draco no podrá despertar!
—¡No me importa lo que tú creas! —gritó Harry a su vez, acercándose a Zabini hasta quedar apenas a un palmo; no podía controlarse más—. ¡Dime exactamente cuál maldición usaste contra él!
—¡Lo obligué a hechizarse a él mismo con un poderoso encantamiento durmiente y también le di cantidades ingentes de Filtro de Muertos en Vida! ¿Te das cuenta, Potter? ¡Nada, NADA de lo hagan ustedes o los sanadores lo despertará, porque el único que puede deshacer el hechizo, es él mismo, ¿entienden?
Ron miró a Harry con gesto atónito y éste sólo pudo observar a Draco de reojo. El rubio estaba cruzado de brazos; su postura derrotada hablaba por sí sola de cómo se estaba sintiendo, de cómo se estaba rindiendo. Harry, más furioso que lo que se había sentido en todo ese día, sacó la varita y le apuntó a Zabini a la cara.
—¡Harry, no! —gritó Ron, levantando la mano hacia él.
Harry respiraba trabajosamente sin dejar de amenazar a Zabini. No, se negaba a aceptar que todo estuviese perdido. Tenía que existir algo.
—¿Fue por eso que el antídoto no sirvió? —masculló Harry, intentando sacarle más información útil a Zabini—. ¿Porque, aparte de la poción, Draco tiene un hechizo encima?
Para su sorpresa, Zabini se rió.
—¿Ya le aplicaron la poción Wiggenweld? —Harry asintió lentamente y Zabini prosiguió en todo burlón—: Si fue Astoria quien besó a Draco, no necesitaba de más para no funcionar.
—¿Qué demonios quieres decir con eso? —espetó Ron, todavía con una mano encima del brazo de Harry.
Zabini no dijo nada, sólo los miró con prepotencia. Pero Harry ya había comprendido todo.
—Lo que quiere decir —susurró Harry bajando la varita—, es que Astoria realmente no siente nada por Draco, y es por eso que la poción nunca funcionará si es ella quien la aplica. ¿Cierto, Zabini? —Éste no dijo nada, pero para Harry todo estaba tan claro como si estuviese leyendo una confesión escrita en su cara—. Astoria y tú son amantes, ¿o me equivoco? ¿Por eso hicieron esto? ¿Para quitar a Draco de en medio y además, quedarse con la fortuna de su familia?
Zabini se enfureció de repente.
—¡A ELLA NO LA METAS! —vociferó—. Astoria no… —titubeó, bajando la voz— ella no sabe nada. Ella sólo… Quiero decir, es cierto que corresponde a mis sentimientos, pero respeta demasiado a Draco y a su enlace con él como para haberle pedido el divorcio o siquiera pensar en abandonarlo. Nunca lo habría hecho, y mientras, yo tenía que soportar ver a Draco comportarse como un… como un patán. Porque Draco, en vez de idolatrar a su mujer como cualquiera con un gramo de materia gris en el cerebro lo hubiera hecho, se la pasaba… en…
Apretó los labios y se quedó callado. Pero para Harry fue bastante obvio que Zabini sabía de las actividades extramaritales de Draco y que eso lo había enfurecido y cegado hasta el grado de atentar contra su propio amigo.
—Lo que Draco hiciese con su vida… no te daba derecho a juzgarlo y muchísimo menos a convertirte en su verdugo, Zabini —dijo Harry en voz baja y helada.
—Lo sé —respondió éste—, pero cuando me di cuenta de que Astoria sufría por la desaparición de Draco y que en vez de querer estar conmigo, se la pasaba llorando… yo no podía decirle la verdad, ya era demasiado tarde. Nunca nadie podrá despertarlo porque nadie, que yo sepa, quiere a Draco. Al menos, Astoria no. Y aunque fuera así, existe el otro encantamiento que sólo él puede deshacer. Toda una paradoja, ¿no? —finalizó Zabini con una risita sin humor.
—El crimen perfecto —susurró Draco a espaldas de Harry, hablando por primera vez desde que habían entrado ahí.
—Hubiera sido el crimen perfecto —corrigió Harry en voz alta, dirigiéndose a Zabini—. Sólo te faltó deshacerte de él. Pero en vez de eso, te quedaste con su cuerpo en tu apartamento.
Era difícil decirlo, pero Zabini pareció enrojecer. No dijo nada, pero Harry pudo deducir que si no había hecho tal cosa, era porque en el fondo aún albergaba sentimientos hacia el que había sido su amigo. O tal vez sólo había sido demasiado cobarde. Como fuera, Harry agradecía que no le hubiese dado el golpe de gracia. Mientras Draco continuara vivo, había esperanza.
—¿Y ahora? —preguntó Ron—. ¿Qué vamos a hacer? —Harry lo miró y Ron lo observó intensamente—. Harry… ¿no crees que tú podrías…?
Ron no completó la pregunta, pero Harry sabía qué era lo que estaba queriendo decir. Asintió lentamente, mirando por encima de su hombro a Draco que, hundido y destrozado, no hacía más que mirar a Zabini de manera ausente.
—Por supuesto que puedo —afirmó con vehemencia—. Desde el principio supe que yo podría hacerlo.
—¿De qué estás hablando, Potter? —masculló Draco sin mirarlo a los ojos.
—Estoy hablando del único fallo en el plan de Zabini… —comenzó a decir Harry mientras se giraba hacia Draco, hablándole directamente sin importarle que Zabini y Ron estuvieran presentes—. De que jamás se imaginó que tú, durante este tiempo que has estado dormido, regresarías a tu apartamento en forma de espíritu y conseguirías que la persona que vive ahí… se enamorara como un idiota de ti.
Zabini y Draco lo miraron boquiabiertos mientras Ron sólo arrugaba el entrecejo y ponía cara de resignación.
—Merlín —susurró Zabini—, Potter, de verdad que estás demente. ¿Cómo es que no te han encerrado ya?
Nadie se dignó responderle. Ron dio una sonora palmada mientras se dirigía a la puerta.
—¡Bueno! Así que ya tenemos salvado el primer escollo —comentó—, pero, ¿qué haremos para arreglar el otro problema?
Harry sonrió mientras sacaba la varita de espino de uno de sus bolsillos. Draco, completamente confundido y enmudecido, lo observaba con el ceño fruncido.
—Eso… —dijo Harry mientras jugueteaba con la varita de Draco—, es algo que también se me ocurre que tenemos manera de solucionarlo.
—¿Que Malfoy puede poseQUÉ?
Harry se rió por la cara de horror de Ron, pensando en lo curioso que le resultaba que su amigo se escandalizara más por eso que por el hecho de que Harry confesara que sentía cariño por Draco. Suspiró mientras intercambiaba una mirada divertida con el rubio.
Harry, Ron y Draco estaban en ese momento en el corredor de la cuarta planta de San Mungo esperando a que arribaran Patricia y Malcolm —dos de los mejores aurores del escuadrón de Harry— para dejarlos vigilando a Zabini. De ningún modo Harry quería arriesgarse a darle a éste la más mínima oportunidad de escapar; así que, apenas salieron de interrogarlo, mandó una lechuza urgente pidiendo por sus dos subalternos más capaces.
—Poseerme —aclaró Harry y ante el tono verdoso de la cara de Ron, sonrió y explicó—: En el sentido de posesión espiritual, Ron. De "su espíritu se mete en mi cuerpo y lo controla". No en el sentido de… ejem. Ya sabes, poseerme del otro modo.
El color de la tez de Ron cambió del verde al rojo, haciendo reír más a Harry al recordarle a un semáforo.
—Y no deberías estar tan feliz por eso, Potter, porque es un pequeñísimo detalle que pienso solucionar en cuanto me sea materialmente posible —susurró Draco con una sonrisa traviesa en la cara.
Harry apretó los labios para ahogar un gemido que casi se le escapa. ¿Acaso Draco no se daba cuenta de que no había nada más en todo el jodido mundo que Harry anhelara tanto como que cumpliera esa promesa? El rubio simplemente parecía determinado a ignorar que Harry estaba hasta las trancas por él; no había hecho comentario alguno al respecto desde que el moreno se lo había confesado delante de Ron y Zabini. Sin embargo, para Harry ya era más que suficiente que Draco no se hubiese enfurecido o aterrorizado y, en cambio, pareciera tranquilo e incluso contento. Algo le decía que era buena señal.
Sólo esperaba que no saliera huyendo en cuanto tuviera un cuerpo para poder hacerlo.
De pie y apoyado de espalda contra el muro del corredor, con los brazos cruzados en una indolente y sexy postura que hacía que Harry ardiera en ganas de oprimirlo contra esa pared y besarlo hasta hacerle sangrar los labios, Draco se veía bastante sonriente y animado mientras Harry le explicaba a Ron cuál era su plan y trataba de convencerlo de que no era peligroso.
—¿Cómo demonios no va a ser peligroso que un… que un… cualquiera tenga control de tu cuerpo, Harry? —chilló Ron—. ¡Podría obligarte a hacer cualquier cosa! O peor, ¡quedarse adentro tuyo para siempre!
—¡Ron, por favor, no seas infantil! —replicó Harry—. Draco no es un cualquiera y yo confío plenamente en él. Si en verdad quisiera cualquiera de esas cosas, a estas alturas ya lo habría hecho.
—¿O sea que YA se ha metido en ti antes? ¡JODER, HARRY! ¿Qué demonios está mal contigo? ¿Ya te olvidaste de Voldemort?
Harry puso los ojos en blanco.
—En absoluto. Pero este es un caso completamente distinto. Y si es la única manera en la que Draco podrá poner fin a la maldición que lo tiene así, yo estoy más que dispuesto.
Ron lo miró con gesto desesperado; las ganas de continuar discutiendo se le veían en la cara. Pero tal vez notó que Harry estaba completamente decidido, porque al final concedió:
—De acuerdo, hagámoslo así. Pero que conste que los estaré vigilando muy de cerca, y si el cabrón intenta pasarse de listo, lo… —dudó—, Merlín, no sé lo que haré, pero juro que le dolerá.
Harry soltó una risita.
—Está bien, Ron. Te doy permiso de que me crucies si acaso Draco no quiere salirse de mí. ¿De acuerdo? Que no te tiemble la mano, yo aguantaré lo que sea en nombre de la pureza de espíritu.
—Qué idiota eres, Harry —refunfuñó Ron y Harry se rió más.
En ese momento llegaron Malcolm y Patricia por el corredor y rápidamente, Harry les dio indicaciones. Entonces, él, Ron y Draco se alejaron por el pasillo que conducía a la sala donde Astoria continuaba cuidando diligentemente del cuerpo inconsciente de su marido.
Antes de llegar, Ron preguntó:
—¿Cómo vamos a explicarle a Astoria que de pronto sabemos que tienes que arrojarle un Finite Incantatem a Malfoy y que luego, debes ser tú y no ella quien lo bese con el antídoto? —Apenas las palabras habían dejado su boca, arrugó el gesto con asco—. Oh, Dios, qué bajo he caído… no puedo creer que acabo de decir eso —susurró.
—Yo creo que no va a ser necesario explicarle nada —respondió Harry mirando de reojo hacia Draco como pidiéndole autorización—. Se me ocurre que lo mejor es que tú la saques de la sala con la excusa de que tiene que firmar algo o…
—Eso nunca funcionará, Potter —dijo Draco en voz baja—. Tal vez la única opción que tenemos es que la invites a ir a ver a Blaise. Creo que eso será lo único que la persuadiría a moverse de mi lado. Puede ser que Astoria no me ame pero, como habrás notado, la mujer es condenadamente leal.
Harry miró a Draco buscando algún signo de tristeza por lo que acababa de decir, pero lo único que encontró fue una calmada resignación. Incluso, Harry tenía el presentimiento de que Draco ya sabía que Astoria no lo quería y, que de cierta manera, se veía como el culpable de eso.
—Bien. Draco cree que es mejor que la invitemos a visitar a Zabini —le dijo Harry a Ron—. Podemos decirle que él ha pedido verla. Aunque no sea cierto, no creo que Zabini no quiera hacerlo.
Ron pareció sorprendido, pero aceptó la propuesta. Llegaron con Astoria y procedieron de acuerdo a su plan. Ella pareció impactada en cuanto recibió la noticia de que Zabini había despertado y que había aceptado su culpa en el secuestro de Draco, así que se mostró más que dispuesta a ir a su sala a verlo y hablar con él.
Ron se encargó de escoltarla y fue de esa manera que Harry y Draco consiguieron quedarse solos frente al cuerpo inconsciente de éste. Harry volvió a sacar la varita de espino de su bolsillo y miró hacia Draco.
—¿Listo? —le preguntó, intentando sonreír y parecer indiferente. Se sentía extremadamente nervioso; saber que estaba a punto de experimentar aquella maravillosa y cálida posesión (por última vez) lo hacía emocionarse de modos nada virtuosos.
Draco sonrió y lo miró predatoriamente mientras caminaba hacia él y, luego, dentro de él.
Harry se abandonó de inmediato a la voluntad del espíritu de Draco en su interior; quiso cerrar los ojos para dejarse perder en la tibia y placentera invasión a sus sentidos, pero Draco no se lo permitió. Harry se vio obligado a mantener los ojos abiertos mientras Draco levantaba la mano que sostenía la varita y apuntaba hacia su cuerpo. Entonces, Draco suspiró y murmuró usando la voz de Harry:
—Bien, aquí vamos. No recuerdo cuál encantamiento pronuncié para noquearme así, pero espero que Blaise tenga razón y baste con el contra-hechizo universal para cancelarlo. Así que… ¡Finite Incantatem!
La magia que Draco se aplicó en él mismo no produjo más que una pequeña corriente de aire que apenas si lo despeinó y agitó levemente las sábanas que lo cubrían. A Harry le costaba concentrarse en nada de lo que ocurría a su alrededor: tener a Draco dentro era bastante perturbador como para darse cuenta de más.
Para su desilusión, en cuanto Draco creyó que todo había salido bien, dio un paso hacia un lado y abandonó su interior; Harry trastabilló y tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla más cercana. Draco miró lo sudoroso y alterado que Harry había quedado y soltó una risita malévola.
—¿Por qué tan agitado, Potter? —se burló.
—Como si no supieras —masculló Harry mientras luchaba por recuperar el ritmo normal de su respiración y se guardaba la varita en el bolsillo de los jeans—. Bueno —dijo entre jadeos—, ahora sólo nos falta que los sanadores vengan con la poción y… habremos terminado.
Se silenció. Miraba alternadamente entre el espíritu de Draco y su cuerpo. Era curioso que se sintiera triste; no podía comprender por qué esa situación le sabía como a una despedida. No era que Draco le estuviese diciendo "hasta nunca", ¿verdad?
Draco, de pie y todavía bastante cerca de él, lo miraba con los ojos muy abiertos y un amago de sonrisita. Harry podía percibir su agradecimiento sin que tuviera que pronunciar palabra; se preguntó distraídamente si él era el único que podía leer a Draco con esa facilidad o si el rubio se mostraba así de abierto con toda la gente a su alrededor.
Harry quiso creer que él era el primer caso, que lo que había entre ellos era especial.
Escucharon ruidos de gente caminando por el corredor y Harry soltó la silla y se enderezó. El mismo montón de sanadores que había ido al mediodía, volvían a llegar a tropel y hablando entre ellos sin parar. Harry y Draco intercambiaron una mirada cargada de expectación, emoción y nervios, comunicándose entre ellos sin decir palabra.
La hora había llegado.
—¿Y la señora Astoria Malfoy? —preguntó la sanadora en jefe mirando desconcertada a su alrededor. Ella era quien llevaba en la mano otro vial con una poción idéntica a la de unas horas antes: espesa y de color magenta.
Harry estaba convencido de que intentar darles explicaciones sólo empeoraría las cosas. Mejor pedir perdón que permiso. Así que se adelantó hacia la sanadora, quien sólo lo miró atónita cuando Harry le quitó suavemente el vial de la mano.
—¿Me permite? —le dijo. Acto seguido y antes de que alguien pudiera hacer algo para impedirlo, Harry abrió la botellita y se bebió el antídoto de un trago.
Todos los sanadores mostraron diferentes grados de sorpresa ante el hecho: unos jadearon, otros abrieron mucho los ojos, uno que otro soltó una palabrota ante semejante temeridad. La sanadora en jefe sólo miró a Harry con un gesto de curiosidad.
—¿Lo va a hacer usted? —preguntó ella, aunque realmente no parecía muy sorprendida. Sonrió un poco antes de agregar—: ¿Algo que quiera contarnos, auror Potter?
Harry no le contestó. Estaba demasiado ocupado tratando de deglutir la poción: la maldita tenía un sabor extraordinariamente delicioso y Harry apenas pudo contenerse de gemir de placer al contacto del líquido con su lengua. Se preguntó si Draco podría saborearla también cuando lo besara, y con esa idea en mente, caminó hacia su cuerpo. Dejó el vial en la mesita que estaba junto a la cama, miró al espíritu de Draco por última vez (éste continuaba parado en el mismo sitio como petrificado), le dedicó una amplia sonrisa y murmuró bajito para que sólo él lo oyera:
—Te veré cuando estés de este lado, Draco.
Entonces, clavó su mirada y atención total en el Draco que estaba tendido sobre la cama. Pasó saliva nerviosamente sin poder dejar de pensar que ese era el primer beso real que compartirían. De todo corazón deseó que funcionara y que Draco lo sintiera y disfrutara tanto como sabía que él lo haría. Ante la mirada absorta de todos los sanadores y del mismo Draco, Harry posó una mano sobre una de las mejillas de éste y apoyó la otra suavemente sobre su cuello. Escuchó que el espíritu de Draco soltaba un jadeo y de reojo notó que se llevaba las manos a la cara. Harry, satisfecho de estar causando esas sensaciones en su Draco, se inclinó y acercó su boca hasta la de él.
Cerró los ojos justo antes de posar sus labios sobre los de Draco, los cuales, inmóviles, resecos y fríos, no respondieron en absoluto. Pero a Harry no le molestó, sabía que era momentáneo. En vez de eso, suspiró de contento al sentir su cuerpo vibrar ante ese simple toque; no podía ni imaginarse lo que sería llegar a más y lo genial que sería experimentarlo. Tomó el labio inferior de Draco entre los suyos y lo mordisqueó gentilmente, devorándolo y humedeciéndolo. Volvió a suspirar mientras lo soltaba y procedía el mismo cariñoso tratamiento con el labio superior. Después de un momento, finalmente introdujo la lengua entre los dos.
Escuchó que Draco gimoteaba. Harry abrió los ojos y, sin dejar de besarlo, elevó la mirada. Descubrió que el espíritu de Draco se había llevado una mano a la boca y lo estaba mirando estupefacto; incluso se había sonrojado un poco. A Harry no le cupo duda de que Draco estaba sintiendo el beso —cosa que no le había ocurrido con Astoria—, y eso le dio valor. Cerró los ojos de nuevo, gimió y se concentró en besar aquellos labios exánimes como nunca antes había besado a nadie más.
No pudo evitarlo: usó sus manos para acariciar ávidamente el rostro de Draco mientras se ocupaba de su boca. Llevó sus dedos hacia arriba y peinó con ellos su cabello platinado; era tan suave que se sorprendió y ya no pudo mover las manos de ahí. Se acordó de las palabras de la sanadora e intentó pensar en lo mucho que quería a Draco y en cómo ansiaba su recuperación. Recordó todo lo que había sucedido desde el momento en que ese mago había invadido su espacio y su vida en forma de espíritu y, sin querer, le había mostrado que el mismo Harry estaba más muerto en vida que él. Pensó en lo todo lo que le debía y en cómo se lo pagaría, deseó poder haber estado antes a su lado para haberlo protegido y que nada de eso hubiera pasado nunca. Quiso haber podido…
La comprensión lo golpeó tan fuerte que lo hizo soltar a Draco. Se incorporó y el espíritu de éste lo miró perplejo.
—¿Qué pasa, Potter? ¿Por qué…?
Harry lo interrumpió.
—¡Eso era, Draco! —exclamó, ganándose miradas extrañadas de todos los sanadores que no se perdían detalle de lo que pasaba—. ¡Ahora me doy cuenta! ¿Cómo no lo vi antes? ¡A esto era a lo que Luna se refería! ¡Tiene que ser!
—¿De qué demonios hablas, Potter?
Harry se rió alegremente.
—¡De la razón por la que sólo yo puedo verte y oírte! ¡Tú saliste de tu cuerpo a buscarme porque yo era quien tenía que salvarte! Y si lo hubiera hecho a tiempo, también me habría salvado yo mismo. Estaba escrito, ¿no te das cuenta? La noche que tú fuiste a The Edge yo también iba a ir. Iba a ir con Terry, pero en vez de hacerlo, me quedé con él en su casa y…
Harry supo que Draco también comenzaba a atar cabos; lo podía decir porque se notaba en su expresión. Atrás de ellos, los sanadores comenzaron a soltar murmullos preguntándose si acaso Draco ya había despertado o, si no, con quién carajos estaba hablando aquel lunático.
—Tú… —masculló Draco—. Es cierto, recuerdo que me lo contaste. Que iban a ir a bailar para celebrar el 14 de febrero pero no lo hicieron.
—¡Exacto! Si lo hubiéramos hecho, si yo no me hubiera dejado convencer por Terry, habría estado presente en el bar al mismo tiempo que tú y tal vez, supongo, de alguna manera habría evitado que Zabini te secuestrara y, al mismo tiempo…
—Terry jamás habría filmado el video —completó Draco.
Harry le sonrió ampliamente.
—¿No te dije que yo era tu asunto sin resolver? No estuve ahí para ayudarte, y obligué a tu espíritu a salir a buscarme. Así que, es tiempo de arreglar eso.
Sin decir más, Harry volvió a tomar las mejillas del Draco inerte y se aplicó con todo su corazón en el beso más apasionado que había dado en toda su vida. La certeza de saber ahora cuál era el asunto pendiente entre Draco y él, le dio la seguridad de que eso funcionaría. Tenía que funcionar. Porque amaba a Draco y Draco lo necesitaba a él. A él y a nadie más.
—Pero, ¿qué se supone que sucede aquí? —escuchó Harry que Astoria reclamaba en un grito airado. Aparentemente ella y Ron habían regresado a la sala.
No permitió que eso lo distrajera. Se concentró en el beso: sumergió su lengua en las profundidades de la boca de Draco y gimió cuando éste comenzó a corresponderle; cuando su lengua, antes inmóvil, levemente empezó a acariciar la de él. ¡Lo estaba logrando!
Por favor, Draco. Ven. Permíteme pagarte un poco de lo mucho que tú has hecho por mí.
Abrió un poco los ojos y notó que el espíritu de Draco ya no estaba. Se negó a sentirse angustiado y trató de convencerse de que lo que venía a continuación sería mil veces mejor. Volvió a cerrar los ojos y apretó su agarre en el cabello del Draco, casi tirando de él. No podía creerlo cuando Draco, por fin, comenzó a gemir y a mover el cuerpo; y luego levantó también sus propias manos para colocarlas sobre los hombros de Harry…
…Para enseguida proceder a empujarlo con tanta fuerza y saña, que Harry casi cae de espalda contra el suelo.
—PERO, ¿QUÉ MIERDA SIGNIFICA ESTO? —vociferó Draco con voz ronca apenas Harry se separó de él.
—¿Qué? —musitó Harry, pero Draco pareció no escucharlo.
El rubio, visiblemente desorientado y nervioso, se sentó sobre la cama y miró a Harry con un odio tan inmenso que lo hizo estremecer. Se limpió la boca con las sábanas mientras miraba a su alrededor. Realmente daba la impresión de que no comprendía qué era lo que estaba pasando ahí.
—¡DRACO! —gritó Astoria y se abalanzó sobre él, empujando a Harry para quitarlo de su camino.
—¡Astoria! —jadeó Draco—. ¿Qué pasó? ¿Por qué demonios estamos en San Mungo?
Astoria no contestó. Sólo se soltó a llorar y se colgó de Draco, quien no sólo permitió el abrazo sino que lo correspondió. A Harry le pareció que Draco concentraba toda su atención en su esposa, como si fuera ella la única persona confiable en toda la sala; como si fuera su tabla de salvación. Pero, ¿por qué…? Harry no entendía… se negaba a entenderlo.
Intercambió una mirada de desconcierto con Ron. El pelirrojo, desde la puerta, había estado contemplando la escena tan azorado como se sentía él mismo y tampoco parecía comprender.
Por encima del hombro de Astoria, Draco le regaló a Harry una mirada de desprecio tal, que le congeló la sangre en las venas. Sin dejar de verlo como si quisiera matarlo, Draco soltó a la mujer y la empujó suavemente para quitársela de encima.
—Espero, Potter —le dijo a Harry con una voz tan dura que a éste se le secó la boca—, que lo que fuera que estuvieses haciendo encima de mí, tenga una explicación convincente. Porque si no… te juro que no habrá galeones suficientes en todo Gringotts para librarte de la demanda que interpondré en tu contra.
Ese… ese era el Draco Malfoy de antes. El de antes de que su espíritu saliera a buscar a Harry y consiguiera enamorarlo como a un estúpido colegial. Y fue entonces cuando Harry comprendió qué era lo que estaba sucediendo con él.
El alma se le cayó en picada hasta los pies. No podía moverse, no podía decir nada. El corazón le latía como un tambor salvaje, tan duro que el pecho le dolía. Draco lo había olvidado. Draco no se acordaba de lo que había pasado entre ellos (entre su espíritu y Harry) mientras su cuerpo había estado dormido.
No. No era posible. Harry se negó a aceptarlo. En contra de todo sentido común, dio un paso hacia la cama y preguntó en un hilo de voz:
—Draco, ¿no te acuerdas de… nada? ¿De nosotros, en tu apartamento? ¿En Soho? ¿Investigando, rescatándote? ¿En…?
¿En tu cama? ¿En tu ducha? ¿Tú dentro de mí?
Draco lo miró todavía mucho más horrorizado.
—Pero, ¿de qué demonios estás hablando, Potter? ¿Te has vuelto loco? ¡Tú y yo teníamos años sin vernos! ¡Aléjate de mí o te arrepentirás, chiflado de mierda!
Harry ya no pudo responder. Sintió que Ron lo tomaba de un brazo y tiraba de él. Como en cámara lenta, Harry se vio arrastrado por su amigo hasta salir de la sala al mismo tiempo que todos los sanadores —que hasta ese momento sólo habían sido un público expectante— parecían volver a la vida y se lanzaban hasta la cama de Draco para comenzar a revisarlo y a acribillarlo con preguntas.
Harry tuvo un último y pequeño vistazo de Draco a través de una leve abertura dejada por dos de los sanadores que lo rodeaban, y la mirada cargada de rencor que le estaba dirigiendo bastó para hacerle comprender que todo, absolutamente todo lo que había pasado entre ellos, ahora se había convertido en nada.
