A menudo, los momentos más importantes de la vida solo se identifican a posteriori, pero a veces sucede algo que viene anunciando su trascendencia y terribles consecuencias a bombo y platillo.

Como la carta abierta que Harry tenia en el escritorio. Estaba por dejar de leer su correspondencia. ¿Qué estaría sucediendo en Escocia? Porque, desde luego, no era ninguna coincidencia que hubiera recibido aquella carta y la de su padre en un espacio tan corto de tiempo.

Ahora si que tenia claro por qué James Potter habia decidido escribirle. Seguro que sabia que Sirius Black, el mejor amigo de James y su rival mas fuerte, iba a extender aquella oferta a Harry. Lo que no terminaba de entender era por que su padre no le habia advertido, o no le habia pedido que no aceptara, o cualquier otra cosa que tuviera algo que ver con las impactantes palabras que tenia delante.

Sirius era el propietario de la naviera Glasgow Azkaban. Glasgow Azkaban y Potter estaban enfrentadas en una batalla constante por ser la mayor compañía de transporte de Escocia. Una rivalidad que habia ocasionado mas de una división en la ciudad cuando los dos amigos se sumían en periodos de contienda que hubieran enorgullecido a los mismísimos highlanders. Y si era cierto lo que ponía en la carta que tenia frente a si, Sirius habia encontrado la forma de ganar esa guerra de una vez por todas.

Esa parte de la carta era fácil de entender. Era el resto lo que habia dejado a Harry allí sentado, inmerso en un estupefacto silencio. Se habia hecho un experto en descifrar mensajes ocultos, en descubrir el verdadero significado detrás de cualquier propuesta de negocios. Normalmente confiaba en su instinto, pero en este caso en concreto, preferia haberse equivocado.

Sirius quería que Harry le buscase un heredero. Y si las referencias a Erika, su hija pequeña que aun vivía en casa, eran algún indicio, el hombre quería que el mismo fuera dicho heredero. ¿Por qué si no había dedicado tantas líneas a recordarle la relación tan estrecha que habían tenido ambos antes de que él abandonara Glasgow?

Harry soltó un resoplido. Habian tenido la misma relación que una lapa y el casco de un barco. Erika lo habia seguido a todas partes durante el último año que habia pasado en su hogar. De niños, no le habia importado mucho, pero cuando Erika cumplió los quince, la gente empezó a murmurar. Tanto que a Harry no le quedó mas remedio que preguntarle a la muchacha que pensaba al respecto. La última vez que la vio habia ido a verle a los muelles para despedirlo, sabiendo que los padres de ambos estarían furiosos con él. En ese momento fue mas que evidente que la joven tenia mucha mas confianza en su futuro juntos que él. Por lo visto cinco años no habían bastado para que Sirius se olvidara de la idea.

¿Sabia Erika que su padre básicamente se la estaba ofreciendo en bandeja de plata como incentivo para que volviera a Escocia?

Se frotó la cara con las manos y se puso a pasear de un lado a otro por el estudio.

¿Presuponia demasiado? ¿Permitia que su desasosiego personal distorsionara sus ideas sobre el asunto?

La carta solo decía que Sirius quería una mano derecha para gestionar su empresa durante sus últimos años de vida. Alguien joven, pero con experiencia, de una familia respetable y habituado al transporte de mercancías, a Escocia, a las navieras y a los negocios en general. Confiaba en el buen juicio de Harry y le daba carta blanca para que contratase al candidato que considerara mas adecuado. Desde luego no habia muchas personas que cumplieran esos requisitos que no hubieran nacido en el seno de una familia naviera.

Por eso estaba convencido de que lo que en realidad quería Sirius era que él mismo ocupase el puesto.

Tomó la carta y la arrojó a una pila de documentos de otras aventuras empresariales condenadas al fracaso. Llevaba cinco años fuera de casa y no fue precisamente un capricho lo que le llevó a abandonar su hogar. Sirius y James prácticamente lo expulsaron de la ciudad, furiosos por su interferencia. Sin duda, su padre fue el que mas se hizo oir, echándole en cara que sus intentos por salvar el honor de la familia habían conseguido precisamente lo contrario. Sirius añadió mas leña al fuego alegando lo avergonzado que se sentía porque hubieran permitido que se uniera a las filas de los hombres cuando era mas que evidente que todavía era un crío.

Que Sirius siquiera se planteara la posibilidad de que Harry pudiera regresar y trabajar bajo sus órdenes solo demostraba la mala memoria que tenia el hombre.

Que Harry lo considerara, aunque solo fuera durante un segundo, demostraba que su propia memoria estaba empezando a fallarle.

Necesitaba tomar un poco de aire.

Sus largas zancadas le habían llevado cinco casas mas abajo antes de que se diera cuenta de que habia salido a la calle, sin abrigo, sombrero o bastón. Cualquiera que le viera se preguntaría por su repentina falta de accesorios adecuados. Entonces seria lo mejor que evitara la bolsa. No necesitaba que nadie con quien estuviera negociando acciones pensara que estaba perdiendo la cabeza. Además, en ese momento tampoco tenia la mente para concentrarse en ningún tipo de transacción.

Una brisa ligera lo despeinó y se pasó una mano por el pelo, frustrado. No se habia alejado demasiado pero la idea de volver a casa lo retorcía por dentro. Si lo hacia, simplemente se quedaría mirando aquella carta, preguntándose las repercusiones de las diferentes opciones que tenia. Un trazo con la pluma podría cambiar su vida para siempre. Podia establecer las bases para una empresa que rivalizara con la Compañía de las Indias Orientales, suponiendo que James todavía tuviera la intención de dejarle Potter Shipping. James Potter podía seguir el ejemplo de Sirius y casar a Eva, la hermana pequeña de Harry, con un hombre que trabajara con él codo con codo sin cuestionar sus prácticas empresariales o la forma como llevaba las finanzas.

Un hombre que no humillara a la familia para demostrar que James se equivocaba.

Aunque no creía que a su hermana le gustara mucho esa perspectiva.

No podía negar que encontraba cierto atractivo en la idea de volver a su casa, en Glasgow, pero regresar bajo esas condiciones, volvia a retorcerle el estómago.

Mejor seria que dejara de pensar en todo aquello.

Necesitaba una distracción. Veinte minutos mas tarde, estaba de pie en su club, escuchando las estridentes burlas de una partida de cartas en las que se estaba apostando mucho dinero. Un juego no muy diferente a a aquel que le había conducido a la ruptura final con su progenitor.

Evidentemente, el club no era la distracción que buscaba.

¿Dónde podía ir? Ron todavía sufria un fuerte dolor de cabeza, producto del mármol.

Sus socios no se preocupaban por su vida personal y por supuesto que no querrian oir hablar de nada que impidiera que les hiciera ganar mas dinero en el futuro. Conocia a mas espías del Ministerio de la Guerra. Pero casi todos se encontraban en Francia, asi que de nada le servia sabotear en secreto los recientes planes de Sirius.

Estaba solo. Y ya que estar solo consigo mismo le estaba provocando dolor de cabeza, necesitaba estar solo con otras personas a su alrededor. Personas que no estuvieran a punto de perder la fortuna de su familia en ninguna partida de cartas.

Salió del club y buscó la cafetería mas cercana, temblando un poco a medida que las nubes cubrían el sol. Si tiritaba porque el aire fuera mas fresco de lo normal, no le cabia al menor duda de que llevaba mucho tiempo viviendo en Londres. Sus amigos escoceses se hubieran reido de él y le habían tirado al lago mas próximo para mostrarle lo que era el frío de verdad, antes de arrastrarle a una taberna.

Al entrar por la puerta, le recibió el aroma a café y chocolate; un olor que no podría haberle hecho mas feliz, salvo añadiéndole un toque a aire del mar.

- ¡Vaya! Buenas tardes, señor Potter

Harry se volvió y vio a lord Dean sentado en una mesa de un rincón. Le devolvió el saludo y se acercó. Aunque no habia tenido muchas ocasiones de interactuar con lord Dean, no pudo evitar percatarse de la frecuencia con la que lo habían hecho durante aquella temporada.

Si aquello no era obra de Dios, ¿qué podría ser?

- ¿Le gustaría unirse a nosotros? –preguntó lord Dean, señalando la silla que tenia frente a si.

Harry tomó asiento, agradecido por la invitación. Esperaba que quien faltaba para completar el nosotros fuera tan agradable como él.

El joven se recostó sobre la silla.

- ¿Qué le ha traido por aquí?

- Un poco de aire. Se me estaba empezando a nublar la vista

Lord Dean asintió.

- Los números nunca han sido mi punto fuerte. Conseguí terminar mi educación gracias a la Historia y los deportes. Soy lo suficientemente hombre para reconocerlo.

Un camarero dejó dos tazas de café en la mesa y tomó el pedido de Harry para una tercera.

- Recuerdo lo mucho que alardeaba su excelencia de sus marcas durante el último curso.

Lord Dean se rió y se inclinó hacia delante para asir la taza.

- Neville todavía está lidiando con la delgada línea que hay entre un padre y un hermano.

Harry no pudo evitar pensar en Eva. ¿Habia sido un buen hermano? ¿Alejarse de ella de verdad la estaba ayudando tanto como él creía?

Una voz femenina interrumpió el curso de sus pensamientos mientras captaba por el rabillo del ojo el ya familiar resplandor blanco.

- No te lo vas a creer, pero Ginevra insiste en que… Oh… ¿cómo esta usted, señor Potter?

Harry alzó la vista para encontrarse con los ojos de lady Hermione. Lord Dean se habia puesto de pie para ayudar a su hermana a sentarse en la silla vacía enfrente de la otra taza de café. Parpadeó aturdido e intentó rectificar su indecoroso comportamiento levantándose también, pero tenia el pie enganchado alrededor de la pata de la silla y cuando estaba a mitad de camino, la joven ya se habia sentado. Solto un suspiro y volvió a tomar asiento.

- Muy bien, milady. ¿Está disfrutando de la temporada?

La joven lo miró con los ojos entrecerrados.

- Si, bastante. Aunque solo llevo en Londres unos días.

¿Qué podía responder a eso? Por suerte, el camarero regresó con el café, dándole algo que hacer aparte de quedarse mirando a lady Hermione, deseando que fuera mas dulce, amable y estuviera unos doce puestos mas abajo en la escala social.

Lo que implicaba que lo único que le gustaba de lady Hermione era su inconmensurable belleza. Céntrate, Potter, se riñó a si mismo, molesto por esas reacciones impropias de él. Parecia un canalla de primera.

Tomó un buen sorbo de café e hizo una mueca de dolor al quemarse la lengua.

- ¿Qué decias sobre lady Ginevra? –preguntó lord Dean, bebiendo también de su taza con una ligera sonrisa en los labios, pero no supo si se debía al buen humor en general o porque se habia dado cuenta del sorbo excesivamente entusiasta que habia dado Harry.

Lady Hermione esbozó una sonrisa a su hermano.

- Si. Me ha dicho que han visto a lord Draco visitando a lady Susan no hace mas de media hora y, si no me equivoco, la noté un poco celosa.

Lord Dean puso cara de confundido. Sin duda se preguntaría por qué iba a importarle que un caballero visitara a una dama que no fuera ninguna de sus hermanas.

El cerebro de Harry, sin embargo, se puso en marcha como la máquina de vapor experimental que habia visto en Leeds el año anterior. Si lord Draco habia visitado a una joven dama respetable era porque estaba buscando esposa. Lo que significaba que estaba planteándose sentar cabeza y también una señal inequívoca de que estaba dispuesto a prestar mas atención a algunas de sus propiedades. Aquello podía implicar algunas obras y mejoras en el aserradero de Norfolk.

Sacudió la cabeza de pronto, obligando a su mente a dejar de especular. Tenia que centrarse en las personas que estaban con él.

Lady Hermione frunció el ceño, mirando a su hermano.

- Sinceramente, Dean, lord Draco es un vizconde. Dificilmente dejaría que llamara a mi puerta.

Harry casi se atragantó con el café. ¿De verdad lord Dean habia sugerido que su hermana quería recibir las atenciones de lord Draco? Sonrió de oreja de oreja. Incluso él sabia que las aspiraciones de la joven estaban muy por encima de aquello.

Sin embargo, no pudo resistir la tentación de exasperarla un poco.

- Yo la visité.

Dos pares de ojos dorados volaron en su dirección. Un par, riéndose de su aparente desfachatez; el otro, amenazando con clavarle una cucharilla entre ceja y ceja.

Tomó otro sorbo de café, mas para disimular que por otra razón. Estaba demasiado ocupado intentando no soltar una carcajada para pensar en la cantidad de liquido que debía tomar.

- Y no poseo ningún titulo nobiliario –concluyó.

- Si –replicó lady Hermione con sequedad- tenemos que decirle a Seamus que sea mas exigente.

Las esquinas de los ojos de Dean se arrugaron al instante, ofreciendo a Harry la sensación de seguridad que necesitaba para continuar con ese toque de provocación en sus palabras. Que estuvieran sentados en un rincón y el ruido general que habia en el café, ofrecían absoluta privacidad a la conversación y, después de la mañana que habia tenido, necesitaba esa pizca de frivolidad. Abrió los ojos, esperando parecer ofendido.

- ¿Me negaría la entrada después de permitirme hacerle una visita? Una visita que, si me permite añadir, duró cerca de una hora.

Lord Dean apretó los labios, pero no evitó que escapara de su garganta un sonido parecido a la risa. Era plenamente consciente de que la mayor parte del tiempo que Harry pasó en su casa fue para velar por el bienestar de Ron. Lo que lady Hermione supiera o no acerca de esa tarde era una incógnita. Tras enterarse de que el duque de Marshington estaba en su casa, alegó sentirse un poco mareada y se fue a su dormitorio, no sin antes pedirle a su madre que la avisaran si Ron se despertaba.

Lady Hermione colocó las manos sobre su regazo y se sentó un poco mas erguida. Su semblante parecia contrito.

- Me temo, señor, que cualquier visita que volviera a hacer a nuestro salón seria una pérdida de tiempo por su parte. Con toda la amabilidad el mundo, debo animarle a concentrar sus esfuerzos en cualquier otro lado.

Harry se mordió la mejilla para refrenar una sonrisa.

- Muy bellas palabras, aunque creo que se está haciendo un flaco favor.

- Le aseguro que sé perfectamente lo que valgo.

- Precisamente por eso. El mero hecho de que me permita la entrada a su salón hace que mi estima suba a los ojos de muchos.

Lord Dean no se molestó en ocultar su fascinación. Miró alternativamente a Harry y a lady Hermione.

Toda pretensión de cortesía desapareció del rostro de la joven.

- Le ruego que me indique que estima es la que desea. Hablaré bien de usted todo lo que quiera si con eso consigo apartarlo cuanto antes de mi lado.

- No busco una estima en particular, solo que me tengan en buena consideración. Aunque que me vean con usted en un café seguro está ayudando mucho mas que una simple visita por la tarde –hizo un esfuerzo por permanecer tranquilo, o por lo menos, aparentarlo.

Lady Hermione se inclinó hacia delante.

- Pero no hemos quedado con usted aquí a propósito.

Harry también se inclinó, preguntándose si estarían dando la sensación de mantener una conversación intima con su hermano de carabina.

- Si, pero ellos no lo saben

Lady Hermione se puso completamente rigida.

- Dean, nos vamos.

Lord Dean esbozó una enorme sonrisa.

- ¿Ahora? Pero si esto se está poniendo de lo mas interesante.

- No –se puso de pie y ambos hombres la imitaron.

- Muy bien. Señor Potter, somos miembros del mismo club, ¿verdad? –habló lord Dean con Harry.

Harry asintió con cierto temor. ¿Habia llevado demasiado lejos aquel intercambio de palabras con lady Hermione? Sabia que habia rozado peligrosamente varios limites del decoro.

- Tenemos que quedar para jugar una partida de billar en breve. Tengo la impresión de que podríamos llevarnos de maravilla –extendió la mano con una sonrisa.

La dama, sin embargo, soltó un gruñido.

- Hermanos. No servís para nada.

- ¿Le parece bien pasado mañana por la tarde? –estrechó su mano, devolviéndole la sonrisa.

- Espléndido –le ofreció el brazo a su hermana- vamos, Hermione, tienes una cita a las dos en punto para afilarte las garras.

La sonrisa que esbozó mientras observaba a los hermanos marcharse fue, sin duda, mucho mas amplia de lo que debería, aunque no pudo evitarlo. No se habia divertido tanto desde hacia mucho tiempo.

Tal vez sus frecuentes encuentros con lady Hermione no fueran tan malos después de todo.

-O-

- La gente está empezando a mirar, milady –el tono tranquilo y servil de Nymphadora hizo que Hermione fuera mas consciente de donde estaban que las propias palabras.

Nymphadora solo cumplia su papel de doncella ideal cuando estaban en público.

La calle estaba abarrotada. Un rápido vistazo a su alrededor reveló que los viandantes comenzaban a darse cuenta de que su estado de ánimo no era el mejor. Sintió la necesidad de salir huyendo. Pero estaba de pie, rígida, en la entrada de una librería, con la esperanza de que el seductor olor de los libros la ayudara a apaciguar su inquietud. Respiró hondo antes de empujar suavemente la puerta.

Su misión era comprar un buen libro. Un libro que atrajera a los invitados de la reunión de los viernes. Si, aquello era cierto. El último encuentro con el señor Potter la habia dejado con un talante pésimo, asi que en cuanto Dean la dejó en la puerta de su vivienda, habia arrastrado a la doncella fuera de casa para salir de compras. Creia que de ese modo podría distraerse y dejar de pensar en ese arrogante hombre de ojos verdes.

Nym, que estaba muy cerca de ella, apretó su hombro con afecto.

- Relájese, milady. Aquí está segura. Déjese llevar por este momento y no olvide examinar la sección de poesía. Estoy segura de que su elección será exquisita

El animo de su amiga logró hacer que sus labios se curvaran en algo parecido a una sonrisa.

- Buenas tardes

Hermione se sobresaltó ante el tranquilo saludo, sin pasar por alto la pregunta implícita que conllevaba. ¿Por qué tenia que hacer un dia tan bueno? Ya podía haber llovido esa tarde, o al menos amenazar con hacerlo, asi no habría tanta gente en la calle. Sonrió a lady Susan y a su madre.

- Buenas tardes. Que dia mas estupendo, ¿verdad? Me ha sido imposible desaprovecharlo y hemos salido a hacer algunas compras.

- Y has elegido la librería. ¿Por qué no me extraña de ti? –alzó los ojos al cielo, confirmando lo evidente- sí que hace un dia magnifico.

- ¿Te parece que tomemos un helado cuando terminemos nuestros quehaceres? –la invitó la castaña con amabilidad, aunque en realidad quería esconder su verdadero estado.

- Me parece perfecto. Me has leído el pensamiento –soltó una risa suave- ¿quedamos en encontrarnos en Gunter's dentro de una hora?

Su aceptación puso fin a la conversación y la dejó en la librería. Por el rabillo del ojo apenas percibió la sonrisa de Nymphadora.

- Ni una palabra –dijo entre dientes mientras reanudaba el paso y escrutaba los libros.

Llegaron a la sección de poesía y en menos de veinte minutos, Hermione encontró un libro de su agrado y con ojos brillantes, lo apretó contra su pecho.

- Excelente elección, milady. Se quedarán impresionados

- Lo sé –afirmó con una sonrisa.

Pagó su compra, embriagada por el olor a cuero, papel y tinta. Eso la ponía de mejor humor. Buen presagio para lo que quedaba de dia. Esperaba con ansias la próxima vez que pudiera pisar aquel santuario llamado librería.

-O-

La mayor parte de la inquietud de Harry se habia calmado después de su interludio con lady Hermione y lord Dean, pero la estúpida conversación que se estaba desarrollando en un rincón del salón de lady Lestrange fue suficiente para volver a poner a prueba su paciencia. Aquella era una velada de naipes y sin saber muy bien cómo, se habia visto atrapado en una conversación de dos hombres que estaban aterrorizados y deseosos al mismo tiempo de complacer a la bulliciosa élite de Londres que habia en las distintas estancias.

- ¿Le han pedido participar en el proyecto Cornwall de Leatham? –preguntó sir Tom Riddle, intentando, sin lograrlo, parecer lo mas relajado posible.

Harry negó con la cabeza, tanto en respuesta a la pregunta como por la incredulidad ante la actitud del otro hombre. La gente como sir Tom podía moverse sin ningún problema en un circulo social mas bajo y ser la persona mas importante de la reunión.

Hacerse notar en exceso nunca habia ido con sus propósitos, todo lo contrario, se encontraba perfectamente cómodo siendo el hombre mas intrascendente de la sala.

La mayor parte del tiempo.

El señor Quirrell, el tercer hombre de ese lamentable trío del rincón, se echó a reir ante la pregunta de sir Tom.

- Potter no participaría ni aunque le pagaras por ello. Todos sabemos lo que piensa sobre hacer negocios con Leatham.

Harry echó un vistazo a su alrededor para eludir la mirada de sus acompañantes.

Leatham seguía usando esclavos en sus minas del norte. Y aunque no era tan ingenuo como para pensar que habia eludido por completo esa práctica, si que hacia todo lo que podía para evitar aventuras empresariales que utilizasen mano de obra sometida a esclavitud.

- Este año he obtenido una buena suma por mi inversión en las minas de Leatham –anunció el señor Quirrell.

Como no. Se puso enfermo. Por suerte aquella era una de las pocas cosas en las que su padre y él estaban de acuerdo. A pesar de las muchas discusiones que habían mantenido sobre cómo llevar la naviera, decidieron desde el principio no transportar esclavos.

- Yo también he ganado una cantidad considerable con Potter Shipping –dijo él, no queriendo desaprovechar la oportunidad que le brindaba aquella conversación.

Le gustaba el señor Quirrell, al menos cuando no estaban en acontecimientos sociales de esa índole. Tal vez pudiera convencerle para que dejara de invertir en Leatham.

Pero cualquier cosa que tuviera pensado decir, se le quedó atascada en la garganta en cuanto volvió a distraerse por el llamativo brillo de una indumentaria totalmente blanca.

¿Por qué siempre se le iba la vista hacia ella? Deberia pasar mas desapercibida, perdida en ese mar de colores y adornos.

Sus cavilaciones se desvanecieron en cuanto la personificación del narcisismo avanzó directamente hacia él. Y no habia nada que pudiera hacer al respecto. Aunque seria entretenido contemplar cómo reaccionaria. ¿Qué haría la gran lady Hermione si su objetivo simplemente se iba?

Lo que le llevaba a otra pregunta, ¿por qué seria él su objetivo? Despues del intercambio de palabras que mantuvieron en el café lo único que esperaba por su parte era que le rehuyera.

Sir Tom y el señor Quirrell seguían discutiendo sobre sus lucrativas inversiones, pero aquella conversación no le motivaba lo suficiente como para apartar la mirada de la dama que se aproximaba hacia él, a pesar de que no le faltaban ganas. Atravesaba la multitud cual rayo de luz. Apenas habían pasado unos días desde su presentación en el baile de disfraces y ya la llamaban el angel de la temporada, confundiendo su afición a vestirse del color de la pureza con que poseyera una dulzura real.

A Harry le parecia un témpano de hielo y estaría mas que feliz si eludia el riesgo de morir por congelación durante el resto de temporada.

Al menos traía detrás de ella a lady Luna. Por lo visto, lo único que tenían en común las dos hermanas era ser hijas del mismo padre y madre. Esperaba que asi fuera por el bien de Ron.

- Siento mucho la interrupción –se disculpó lady Hermione con una sonrisa tonta en los labios, como si de verdad quisiera hablar con él y los dos caballeros con los que se encontraba- pero mi hermana ha insistido en venir aquí –sonrió a sus dos acompañantes antes de dirigir la perfectamente cuidada curva de sus labios en su dirección- Señor Potter, es a usted a quien quiere conocer. Lady Luna, el señor Harry Potter. Creo que a los dos caballeros ya los conoces.

Lady Luna abrió los ojos.

Harry reprimió una sonrisa. Seguro que solo conocía a los otros dos caballeros de vista. Aunque solo poseían un mayor rango en la escala social que ´rl, eran incluso menos populares que su persona y solo los invitaban para redondear el número de invitados o llenar las filas de los hombres menos elegibles.

Su popularidad, o mas bien la falta de ella, podrían tener algo que ver con su insistencia por quedarse en los rincones de los salones.

- ¿Cómo está lady Luna? –se esforzó por no echarse a reír- les estaba hablando al señor Quirrell y a sir Tom de una naviera de la que soy inversor. Me temo que es una conversación muy arida.

Lady Hermione le miró con el gesto torcido, molesta sin duda porque hubiera sorteado su plan de avergonzar a su hermana. Lady Luna, por el contrario, le sonrió, agradecida por haber acudido en su ayuda.

Le hubiera gustado que el único y honorable motivo por el que dijo aquello hubiera sido salvar a lady Luna de una potencial situación incómoda, pero el honor de la dama solo habia ocupado un distante segundo plano en su mente. No, si era honesto consigo mismo, su propósito principal habia sido el de meterse en la piel de la hermana pequeña de susodicha dama. Tratar de derribar la coraza cuidadosamente construida de la joven era un entretenimiento demasiado jugoso como para pasarlo por alto.

Era cierto que sus acciones hacia lady Hermione distaban mucho de ser caritativas, pero ¿acaso se merecia ella su caridad? Preferia reservarla para personas que se encontraban en circunstancias realmente adversas, no para señoritas consentidas que no obtenían la pareja de baile que querían.

Guiñó un ojo a lady Luna, irritando aun mas a su hermana.

Lady Luna sonrió y dijo:

- Me temo que no sé nada de navieras –recordó entonces otras veladas con los acompañantes presentes y se volvió hacia ellos con una confiada sonrisa en los labios-. Señor Quirrell, ¿cómo está su hermana? ¿Se casó el año pasado?

El hombre, que se estaba quedando calvo, sonrió de oreja a oreja.

- Si, efectivamente. Está muy bien. Recibo noticias suyas de vez en cuando –hizo una pausa y se volvió a su compañero- Sir Tom, ¿le apetece jugar una partida? Creo que están a punto de empezar una en la biblioteca.

Harry contuvo un suspiro mientras los observaba partir. Debian de estar acostumbrados a que no les hiciesen caso en ese tipo de reuniones si alguien de una posición social superior lo intimidaba con tanta facilidad, sobre todo, las mujeres.

De todos modos, ¿por qué acudían a ese tipo de eventos si no podían sacar el máximo provecho de las oportunidades que se les presentaban?

Tampoco era que ninguna de aquellas damas ofrecieran muchas oportunidades. La mayoría de ellas no eran potenciales compañeras de una unión matrimonial, pero aquella era una de las cosas que uno tenia que soportar para alcanzar el éxito.

Y Harry necesitaba tener éxito. El éxito traía dinero y el dinero ofrecia la posibilidad de ayudar a los demás y labrar un futuro seguro para su familia. La mayoría de las veces eso bastaba.

Sonrió a ambas hermanas

- Supongo que eso me deja a cargo del entretenimiento de dos mujeres encantadoras. ¿Les apetece algún refresco? ¿O prefieren sentarse?

- No, gracias –la elegante fachada de lady Hermione volvia estar en su lugar. Casi sonaba cortés- he visto a alguien con quien debo hablar. Si me disculpa.

Cuando la vio volverse y dirigirse hacia la puerta, casi se echó a reir. Su risa contenida se transformó en una sonrisa demasiado amplia cuando se dirigio a lady Luna.

- ¿Usted también necesita hablar con esa persona?

- Creo que estoy bien donde estoy, gracias –le devolvió la sonrisa

- Me alegra conocerla al fin –dijo satisfecho.

- ¿Por fin, señor Potter?

Se colocó delante del rincón, obligándola a dar la espalda a buena parte de la estancia y a los numerosos invitados que sin duda encontraría mas interesantes que él. Puede que no volviera a tener oportunidad de hablar con ella, y si Ron estaba cometiendo un error, preferia saberlo ahora que después de la boda.

No era que pudiera hacerle cambiar de opinión. Su poder de persuasión no era tan bueno.

- He oído hablar de usted

- Espero que solo cosas buenas –no tenia una sonrisa tan perfecta como lady Hermione, pero exudaba un aire de autenticidad que la Duquesa de Hielo nunca tendría.

- Por supuesto

- Mmm… -el escepticismo atravesó su rostro, pero no le desafió- ¿ha jugado ya alguna partida de whist esta noche?

- Es una pena, pero no. Me temo que he estado hablando de negocios desde que he llegado. ¿Quiere que busquemos una mesa y nos sentemos? –se dispuso a ofrecerle el brazo pero entonces vio una sombra que se cernió sobre la pared que habia a su lado.

Se volvió para encontrarse con Ron acercándose a ellos, cruzando la habitación con su sigilo habitual. ¿Qué estaba haciendo allí? Y luciendo, nada mas y nada menos, que un soberbio moretón en un ojo. Harry tomó nota mental de no enfrentarse nunca a lord Dean.

Lady Luna y Ron intercambiaron unas cuantas frases a modo de saludo; ella con una velada hostilidad y él con su típica y aburrida austeridad con el fin de molestarla aun mas.

Si ambos conseguían llegar al altar seria un auténtico milagro.

Sin previo aviso, lady Luna volvió a meter a Harry en la conversación.

- Señor Potter, ¿puedo presentarle a su excelencia, el duque de Marshington? Su excelencia, le presento al señor Potter.

Ron inclinó la cabeza.

- Un placer, señor.

Era evidente que nadie habia tenido a bien contar a lady Luna que habia sido él quien habia acompañado a Ron a su casa el otro dia. Y dado que Ron no la estaba corrigiendo, él tampoco lo haría. No quería obstaculizar cualquier plan que su amigo tuviera.

- El placer es mio, excelencia.

Después de hacer una reverencia, una nube blanca se unió a la conversación. Lady Hermione. ¿Cómo no iba a ir a la caza del soltero mas codiciado del lugar? Y encima estaba tan absorta en sus maquinaciones que no se dio cuenta de la tensión existente entre dicho soltero y su propia hermana.

Qué vergüenza.

- Querida hermana, me ha parecido que necesitabas que alguien te rescatase. Es imposible que puedas jugar tú sola a las cartas con estos dos elegantes caballeros.

Harry soltó un gruñido, pero sus otros tres interlocutores no le hicieron ningún caso. Iba a tener que jugar a las cartas con un par de tortolitos que echaban chispas y la bruja blanca que quería separarlos para obtener su nefasto propósito.

Resignado a lo inevitable, reclamó a lady Luna como pareja de partida. Podia haberse sentado con la joven intrigante, pero se negaba a ayudarla a ganar nada.

La situación debería haber sido perfecta. La mesa de naipe estaba dispuesta en un lateral del salón, lejos de la mayor parte de las risas estridentes y los murmullos descontentos de las otras mesas. Hermione daba la espalda a la mayoría de los asistentes, que debían verla como un faro de luz en medio del caos. Estaba sentada frente al duque de Marshington, participando en una partida de cartas que, si se jugaba con cuidado, podía durar casi una hora.

Si, debería haber sido perfecto.

Si Luna no estuviera arruinándolo todo.