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Atrapada.

Capítulo X

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La fiebre bajó. Al día siguiente por la noche Sakura se sentía débil, pero viva. Y la tensión en la casa disminuyó.

—Por un momento creí que morirías, preciosa —rió Ino mientras arropaba a Sakura, que estaba tumbada en un diván—. Bienvenida de nuevo al mundo de los vivos, o al menos a un razonable facsímil.

—Sí, me alegro de estar de vuelta —dijo Sakura—. Estoy muy cansada, pero me encuentro bien.

—Aún tienes que cuidarte, no queremos que vuelvas a recaer —dijo Mei con tono cálido.

—¡No, por Dios! —exclamó Hanara—. Ya no sabemos qué hacer contigo, se nos han acabado las ideas.

Hanara estaba de pie junto a Hiashi, y apoyaba un brazo sobre sus hombros. Él la agarraba de la cintura.

Todos estaban nerviosos, felices y contentos de que Sakura se hubiera recuperado. Y todos la rodeaban excepto Itachi, que permanecía un poco más atrás y apenas dijo nada. La expresión de su rostro era peculiar, la veía con un gesto de curiosidad, pero ocultaba algo más, pues parecía intimidado. Enseguida Sakura lo vio marcharse del salón y oyó un coche arrancar.

—Bueno, ya estás en el octavo mes —dijo Hanara—. Todo terminará pronto. Debes estar contenta.

Sakura había estado pensando en ello durante todo el largo proceso de ensimismamiento y luego, en la enfermedad. Pero no encontraba ningún modo de decirles lo que les tenía que decir.

—Quiero quedarme con el bebé.

El silencio invadió la habitación.

—Ya sé que resulta inoportuno, pero es mío. Me quedaré aquí, si quieren, o me iré. Pero quiero al niño.

Mei se sentó y la miró.

Ino silbó y dijo:

—Aquí, en el hotel Transilvania, no queda ni un momento para el aburrimiento.

—No creo que sepas lo que estás diciendo —dijo Hanara—. Probablemente aún tienes algo de fiebre.

—Lo sabe perfectamente —dijo Hiashi, sin dejar de mirar a Sakura con aquellos ojos grises aterradores.

Pero Sakura creyó detectar algo más en esos ojos; algo que quizá no fuera aprobación, pero tampoco rechazo.

—Sakura, eso es imposible —dijo Mei, interrumpiendo sus pensamientos.

—Te hemos explicado por qué el bebé debe crecer con nosotros —intervino Gaara.

—Y además —añadió Mei—, tu influencia solo serviría para tergiversar las cosas. Sería una tortura para el niño, se vería dividido en dos. Bastante difícil le será ya decidir qué camino tomar. Nuestro mundo es superior, y ese es el camino que queremos animarlo a seguir. Estás experimentando unos sentimientos maternales muy naturales, pero ya pasarán.

—¡No, no pasarán! —exclamó Sakura con vehemencia—. No he tomado la decisión esta noche, llevo meses pensándolo. No me separaré de mi bebé, y ustedes no podrán hacer nada al respecto.

Todos volvieron a quedar en silencio, aparentemente incapaces de pensar en nada más que decir, excepto Ino.

—Yo descongelaré un poco de sangre.

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Cuando volvió Itachi, Mei lo llevó aparte y le dio la noticia. Él no pareció tan sorprendido como los otros, y por extraño que pareciera, no se lo tomó tan mal.

—Sólo hay un modo —le dijo Itachi a Sakura—, y ni siquiera sé si yo estoy dispuesto. Tendrás que convertirte en uno de nosotros.

—¿Convertirme en un vampiro?

—Preferiría que no usaras esa palabra —dijo Ino—. Me da escalofríos.

—El proceso es relativamente indoloro, al menos para ti —dijo Itachi.

—Pero yo no quiero eso. Quiero ser como soy y criar a mi hijo para que sea humano.

—¡Eso ni pensarlo! —exclamó Gaara enseguida.

—Piénsalo —le dijo Itachi—. Tienes tiempo. Todos tenemos tiempo para decidir. Es el único modo.

Sakura notó que Hiashi observaba la escena desde un lugar apartado, pero con mucho interés. Sus miradas se encontraron. Sakura tenía la sensación de que él veía algo que nadie más veía, incluyéndola a ella.

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Durante el octavo mes de embarazo, y entrando en el noveno, las incomodidades físicas se incrementaron hasta un punto increíble. Sakura no podía estar ni sentada ni de pie durante mucho rato, y siempre estaba inquieta. Le dolía la espalda continuamente.

En raras ocasiones salía de casa, excepto para dar su paseo diario por la playa. Como estaba tan incómoda, pasaba los días en su habitación en lugar de quedarse con Itachi, y de ese modo podía moverse de un lado para otro. Las noches las pasaba en el salón, con los demás, o a solas con Itachi.

La vida sexual de los dos se había interrumpido; no había ninguna posición cómoda para Sakura y, además, Mei había expresado cierto miedo al hecho de que pudieran hacer daño al niño. Pero tenían mucho contacto físico y hablaban mucho, más que antes. Se había producido un cambio en Itachi. Era algo inexplicable, y Sakura no tenía ni idea de qué era. Itachi se mostraba amable con ella, y con eso le bastaba. Él hacía todo lo que podía por ella. No eran más que cosas sin importancia, como darle masajes en la espalda, abrazarla o, en general, mostrar cariño hacia ella cuando hablaban, pero eran cosas que Sakura jamás había visto en él. Se mostraba tan protector y tan preocupado por ella como antes amenazador. Sakura jamás habría llamado amor a eso que había entre los dos, al menos por su parte. Pero tenía que admitir que entre ellos se había desarrollado cierta proximidad y que comenzaba a verlo de otro modo, a plena luz, a pesar del hecho de que, por fin, ella comprendía que era un ser enteramente distinto. Itachi ya no estaba a la defensiva, hasta podía decir que parecía contento la mayor parte del tiempo que pasaban juntos.

Sin embargo, cuanto más se acercaba el momento del parto, más se preocupaba Sakura.

—¿Y si el niño viene de día, cuando esté sola?

—Las contracciones antes del parto duran al menos doce horas. Llamaremos al médico, y él se quedará contigo si nosotros no podemos —le aseguró Mei.

—Pero ¿y si ocurre algo?, ¿y si hay complicaciones?

—Tengo el presentimiento de que todo irá bien —dijo Hanara—. Has pasado lo peor. Eres fuerte y después de todo, es sólo un niño. Nuestras células son diferentes de las tuyas, pero hay también muchas similitudes. No vas a parir un ogro.

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Sakura se puso de parto a las seis de la tarde de la víspera de Año Nuevo. Las mujeres se quedaron con ella toda la noche, y los hombres no se alejaron mucho. Itachi estaba más nervioso de lo que Sakura esperaba. Asomaba la cabeza por el dormitorio constantemente, siempre agitado y nervioso. Ino lo llamaba el Padre de la Oscuridad, y hacía reír así a Sakura durante las contracciones.

El dolor era más agudo de lo que Sakura hubiera experimentado jamás, de hecho era casi mortal. Mei le había enseñado a respirar durante las contracciones, pero necesitaba un entrenamiento constante porque tenía tendencia a contener la respiración en el momento crítico. Sakura no podía estar mucho rato tumbada, prefería estar de rodillas o en cuclillas, y dos de ellas la ayudaban a sostenerse.

—Así es como se hacía en mis tiempos —dijo Mei mientras ayudaba a Sakura a ponerse en cuclillas.

—¿Y cuándo fue eso? —gruñó Sakura mientras se contenía el dolor del abdomen.

—A principios del siglo diecinueve. Yo nací aquí, en Burdeos, en 1803.

—¿Tuviste algún niño? —siguió preguntando Sakura mientras las gotas de sudor resbalaban por su rostro y Hanara se las limpiaba.

—Sí, diez.

—¿Diez? ¿Pasaste por esto diez veces? —dijo sorprendida.

—Pasé por esto doce veces, pero dos de mis hijos nacieron muertos.

—¿Y los otros? —jadeó Sakura.

Alguien dijo: «Respira». Sakura comenzó a jadear.

—Los otros vivieron sus vidas, unas breves y otras largas, y murieron.

—¿Y tu marido?

—Él también murió.

Hanara le dio un masaje en la zona lumbar, pero Sakura apenas podía sentirlo. Le venían contracciones cada treinta minutos.

—Nena, no sé cómo decírtelo, pero tenemos que irnos. Está saliendo el sol —dijo Ino, desviándo su vista a la ventana y besándola en la mejilla—. Lo siento.

—¿Se van?, ¿todas? ¡No pueden dejarme aquí!

—El médico está abajo, se quedará contigo durante todo el parto —dijo Hanara—. Si quieres, quizá Hiashi pueda quedarse también. Él es el único de nosotros que tolera estar despierto durante el día. ¿Quieres que se lo pregunte?

—¡Por favor! —rogó Sakura.

Las cosas habían ido bien porque no estaba sola. Sakura comenzó a sentir pánico.

—En este biberón hay sangre caliente —explicó Mei—. Está a la temperatura del cuerpo. Si el bebé llega antes de que se ponga el sol, dale un poco. No te preocupes, no tiene por qué tener problemas de digestión. Simplemente asegúrate de que no le das al niño nada de leche materna.

Sakura asintió, haciéndole ver que había comprendido.

Uno a uno se fueron marchando.

—Ánimo, nena. Todo terminará antes de que te des cuenta, y luego tendrás que enfrentarte a un tempestuoso bebé chupasangre.

Ino le dio un beso y Sakura rió.

—Recuerda, dale solo sangre —dijo Gaara, con aquel aire siempre tranquilo, tocando su rostro suavemente.

Mei la abrazó.

—Te pondrás bien. No hay síntomas de complicaciones. Lo ha dicho el médico, y yo lo sé. Y recuerda que yo tengo mucha experiencia.

Hanara tenía lágrimas en los ojos cuando la abrazó para despedirse. Y Sakura no pudo evitar llorar. La vara de cristal llevaba toda la noche sobre la mesilla junto a la cama, y de vez en cuando Sakura la cogía y la sujetaba solo porque le recordaba a Hanara. En ese momento también la cogió.

Todos se marcharon para que ella y Itachi pudieran estar solos. Él la tomó dulcemente de la barbilla.

—Me quedaría aquí contigo si pudiera. Todos nos quedaríamos.

—Lo sé —lloró ella.

Él besó todo su rostro y luego la besó en los labios. Sakura se aferró a su cuello, ansiosa por que se quedara.

—Abrázame —sollozó ella.

Él lo hizo hasta que la luz del sol irrumpió a través de los cristales tintados de la ventana, formando una fina línea entre las cortinas. Entonces él retiró sus brazos y se dirigió a la puerta sin dejar de tirarle besos.

Sakura se quedó sola durante medio minuto antes de que Hiashi entrara. Inmediatamente él selló las cortinas. Sus movimientos eran muy forzados y lentos. Apagó todas las luces excepto la de la mesilla y se sentó en un sillón, en el rincón más oscuro del dormitorio.

—El médico vendrá a atenderte enseguida.

—Gracias por quedarte conmigo.

—Jamás he presenciado un parto. Será toda una experiencia... para los dos.

Entonces tuvo otra contracción. Sakura trató de recordar cómo debía respirar. Se agarró a la barra de arriba de los pies de la cama y gimió y jadeó, haciendo respiraciones cortas hasta que el dolor pasó.

Hacia las tres de la tarde Sakura estaba a punto del colapso, casi deseando que, simplemente, el bebé o ella murieran o, mejor, que murieran los dos, pero cuanto antes. Y justo cuando ya estaba dispuesta a tirar la toalla, el niño vino al mundo.

El recién llegado lloró. Era diminuto, rojo y arrugado, y estaba cubierto de mucosidad. El médico lo lavó, le limpió la nariz y la boca y, una vez que sacó la placenta, lo dejó sobre el estómago de Sakura. No le puso gotas en los ojos cerrados ni cortó de inmediato el cordón umbilical, tal y como Mei le había ordenado.

El niño tenía el pelo oscuro y abundante, de un color negro, semejante al de Itachi. Sus manitas se cerraban en diminutos puños mientras permanecía muy quieto y cómodo encima de ella, olvidando el trauma del nacimiento.

Sakura no podía dejar de tocarlo, de maravillarse ante él, incapaz de creer que hubiera salido de su propio cuerpo. Su piel era suave, cálida, ligeramente húmeda, y era tan frágil e indefenso, que no le cabía ninguna duda sobre su amor hacia él. Sin pensar, Sakura se lo acercó al pecho. Notó que Hiashi la observaba en silencio, pero él no dijo nada. Los diminutos labios del niño se agarraron automáticamente y comenzaron a succionar de su pezón con una expresión de completa felicidad. Más que nunca Sakura sintió que no podía separarse de él.

Con la puesta de sol comenzaron a llegar al dormitorio todos los demás. La lavaron, la vistieron y la felicitaron. Todo el mundo quería sostener al bebé.

—¿Ha tomado ya algo de sangre? —preguntó Mei.

—No, aún no —dijo Sakura, sin mencionar el calostro materno.

Mei le dio de beber sangre caliente y el niño tragó tan ansioso como había bebido la leche de Sakura, lo cual la confundió y alarmó.

Al fin entró Itachi, que permaneció en silencio. Sostuvo al niño, mirándolo de un modo similar a como lo había hecho Sakura. Y cuando desvió la vista hacia ella, Sakura comprendió que él también estaba asombrado de haber podido tomar parte en la creación de una criatura tan diminuta y perfecta.

Finalmente dejaron al bebé envuelto en una cálida manta en brazos de Sakura, que se quedó dormida. Cuando despertó, Itachi estaba tumbado a su lado y el niño había desaparecido.

—¿Dónde está?

—Ino se lo llevó abajo.

—¡Lo quiero aquí! —ordenó mientras un miedo empezó a inundarla.

—Después, ahora estás agotada —le decía Itachi cálidamente—. Tienes que reponerte. Ellos cuidarán bien de él.

—¿Me lo devolverás? —preguntó alarmada.

—Sí, esta noche. Y mañana por la noche. Pero después...

—Después, ¿qué?

—Después tendrás que decidir si te quedas o te vas.

—Yo solo quiero al bebé. Quiero estar con él. No pienso darselos.

—Entonces tendrás que transformarte —Itachi la miró profundamente—. Yo he decidido hacerlo.

—¡No, no es eso lo que quiero!

Itachi se enderezó bruscamente.

—Sakura, te lo he dicho, es el único modo. No podemos permitirte criarlo como a un mortal. Se queda con nosotros. Y si tú quieres quedarte, tendrás que cambiar. De otro modo tendrás que marcharte.

Sakura trató de levantarse de la cama.

—¿Adónde crees que vas?

Él la sostuvo intentando recostarla en la cama, y ella luchó.

—¡Quiero a mi bebé! ¡Nadie va a detenerme!

—Espera. Te lo he dicho, Ino te lo traerá en una hora o así. Vuelve a la cama, te daré un masaje en la espalda.

—¡Me estás mintiendo! ¡No vas a devolvérmelo! —exclamó Sakura, alzando la voz y comenzando a perder el control.

—Yo no miento —contestó Itachi de mala gana—. No tengo por qué. He dicho que te lo traerán luego y así será. Siempre he sido sincero contigo, eres tú quien me ha engañado.

Sakura trató de luchar, pero Itachi era como una muralla. Por fin la sujetó en la cama y colocó la cara sobre la de ella, a sólo pocos centímetros.

—¡Basta! ¡Basta ya!

Sakura gimió inquieta, sin dejar de luchar. Mei entró corriendo en la habitación.

—¿Qué ocurre?

—Está histérica.

Mei le puso una inyección, y en menos de un minuto Sakura se sintió más serena, más indiferente; como si las cosas no tuvieran ya tanta importancia.

—Ino te traerá al bebé enseguida —le aseguró Mei—. Pero primero tienes que dormir, ¿de acuerdo?

Itachi no dijo nada, simplemente la observó, pero sus ojos mostraban desconfianza.

Ella asintió. Apenas podía articular palabras.

—¿Y podré tenerlo mañana? Por favor, solo mañana...

—Sí —contestó Mei—. Luego ya veremos.

Sakura cerró los ojos. Ya verían ellos, pensó mientras se rendía al sueño. Porque no estaba dispuesta a separarse de su hijo ni a permitir que lo transformaran en un vampiro.

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Le dieron al bebé aquella noche y al día siguiente, tal y como habían prometido.

Justo después del amanecer, tras esa segunda noche, mientras estaba a solas con el bebé, Sakura metió la mano por debajo del colchón y sacó el tenedor que había escondido allí. Se acercó a una de las ventanas y comenzó a rasgar la masilla que unía el metacrilato con el marco de la ventana, tarea en la que había estado ocupada dos días. El trabajo resultaba lento y cansado en sus condiciones; tenía que arrimar una silla para hacerlo sentada. La masilla, ya vieja, se descascarillaba. La madera podrida se rajaba y astillaba.

Sakura apoyó el respaldo de la silla contra la plancha de metacrilato ligeramente cóncava. Habían instalado el acristalamiento interior formando una suave curva por motivos de seguridad, para que nadie pudiera escalar y acceder al interior. Pero a nadie se le había ocurrido que quizá alguien quisiera escapar. Sakura siguió rajando y rajando la masilla hasta que la plancha de metacrilato cayó contra el cristal tintado exterior, que finalmente se rompió. Un aire frío entró en la habitación. Si había saltado alguna alarma, era silenciosa.

Le dio el pecho al niño, lo vistió con ropa de abrigo y se lo sujetó fuertemente al cuerpo. Se vistió con toda la ropa que encontró y se arropó con una manta por los hombros.

Atando una sábana a otra, Sakura bajó trepando al exterior. Rodeó el garaje sin hacer ruido para no despertar a la sirvienta y al chofer, que podían estar observando desde cualquier ventana, y entró. Había unos cuantos coches, pero ninguna llave. Entonces decidió desechar esa idea y corrió por el camino de gravilla, lamentando inmediatamente haberse puesto solo un par de calcetines con los zapatos planos de verano. Por fin llegó a la carretera.

Era enero, y hacía frío. Una fina capa de nieve, la primera que veía en Burdeos, cubría la tierra y los pinos. El denso aire creaba una niebla procedente del Atlántico que envolvía los viñedos. Llevaba un par de calcetines doblados a modo de guantes, pero seguía teniendo frío en las manos. Pasaban muy pocos coches, pero Sakura siempre alzaba el dedo pulgar para que pararan. Debido a la niebla, los conductores no la veían hasta casi después de haberla sobrepasado. Y ella sabía que tenía un aspecto desaliñado y extraño, sin abrigo y con montones de prendas de verano y de otoño una encima de otra, y una manta. El bebé pasaba absolutamente desapercibido. Nadie paró.

Entró en el servicio de una gasolinera y dio de comer al bebé. Sus mamas por fin producían leche. Le lavó el pañal y lo colocó en el radiador para que se secara. No había más que dos pañales en el dormitorio, el resto debía de estar escondido en algún lugar de la casa, así que tendría que apañárselas.

Descansaron calientes durante más de una hora. Sakura estaba helada, pero el bebé parecía estar bien. Tenía que cuidar de sí misma si quería cuidar del bebé.

Finalmente consiguió que la llevaran casi hasta Burdeos, y hacia mediodía otro coche la llevó, cruzando el centro de la ciudad, hasta las afueras. No sabía adonde ir. No quería volver a París, porque esa sería la primera opción en la que ellos pensarían. Pero ¿a qué otro sitio dirigirse? Decidió intentar tomar el ferri a Inglaterra en Le Havre, así que preguntó el modo de llegar en otra gasolinera. No iría a Londres, así sería más difícil encontrarla. Tampoco quería pensar demasiado en el futuro.

Sakura consiguió que la llevaran en coche dos largos trayectos. Se sentía como una mendiga, de pie en la carretera con el niño en brazos. A última hora de la tarde comenzó a nevar, así que se vio obligada a resguardarse en otra gasolinera. Aunque el dueño no hablaba inglés, se compadeció de ella. Le dio café y un bocadillo de carne hecho con media barra de pan, y la dejó descansar en su oficina. Sakura dio de mamar al bebé y volvió a cambiarlo. Necesitaba entrar en calor, y no dejaba de mirar al cielo, que comenzaba a teñirse de negro.

Reacia a abandonar aquel refugio, se puso, sin embargo, en pie y volvió a la carretera. Entonces vio una señal de tráfico delante: «Rouen». Más allá había otra: «Le Havre, 150 km». Ya casi estaba en el ferri. No tenía ni idea de cómo iba a pagar el billete, pero se negaba a preocuparse de eso. Tenía muchas otras cosas en qué pensar.

El bebé no lloraba. Lo mantenía bien arropado y caliente, cerca de su corazón. Parecía contento. Sakura lo miraba a menudo, y siempre que lo hacía pensaba que merecía la pena correr el riesgo por él y que ningún sacrificio era excesivo.

—Estamos juntos, eso es lo único que importa —le decía.

Al oscurecer por completo, comenzó a nevar con fuerza. Sabía que su aspecto era el de un mendigo porque pasaban muchos coches, pero ninguno paraba.

Estaba a cincuenta kilómetros del ferri, pero necesitaba parar otra vez para descansar. El parto la había dejado exhausta, le dolían las piernas y los pies, y tenía las manos entumecidas. Además, tenía que dar de mamar y cambiarle el pañal al bebé.

Tomó otra salida, una de tantas, en la que la gasolinera estaba a algo menos de un kilómetro de la autopista. Era el único edificio. Pero al llegar casi gritó. La fachada que daba a la carretera tenía buen aspecto, pero el resto estaba tapado con tablas y todo negro, como si hubiera ardido. No sabía qué hacer: si seguir por la carretera secundaria hasta encontrar el primer pueblo, o volver a la autopista en dirección al ferri. Necesitaba parar, pero no veía dónde. De pronto el bebé comenzó a llorar.

—Calla, pequeñín —susurró Sakura—. Encontraré el modo de solucionarlo.

Sakura lo meció y le cantó una canción que le cantaba su madre de pequeña acerca de unos potrillos.

Se le ocurrió entonces que si conseguía arrancar una de aquellas tablas podría al menos guarecerse de la nieve dentro. Tiró de una de ellas, pero no cedió. Pensó que quizá cabría por una ventana. Retiró los restos de cristales rotos y entró por el hueco.

Dentro olía a chamusquina. Sakura caminó con cuidado entre los escombros en medio de la oscuridad. Algo pasó rozando rápidamente su pie, se golpeó la sien y gritó. El bebé volvió a llorar.

Caminó a tientas por la pared y finalmente llegó a una especie de mostrador. Había una caja metálica en el suelo. La tanteó con el pie, apoyando el peso de toda la pierna, y se aseguró de que la sostendría a ella.

Entonces se sentó, exhausta. Hacía frío dentro, pero menos que fuera. Había perdido la sensibilidad de los dedos de las manos y de los pies, y sabía que esa era una mala señal. Se los frotó, tratando de hacer volver la circulación. Por fin comenzaron a dolerle, sentía como si le pincharan agujas, pero sabía que estaba bien.

Sakura se abrió una tras otra las camisas y guió los labios del niño hacia su pecho. El bebé succionó con fuerza, aparentemente hambriento. Ella también tenía hambre, se sentía débil y agotada, y tenía miedo de estar sangrando. Pero no quería quedarse en aquel lugar oscuro, sucio y frío. Además, no era seguro. En realidad ningún lugar era seguro, y lo mejor era salir cuanto antes de Francia.

—Descansaremos un poco, eso es todo —le dijo al bebé—. Pronto llegaremos a Le Havre.

Con un poco de suerte, de la que no creía haber tenido demasiada hasta ese momento, alguien los llevaría directos al ferri. ¿Y luego? Sakura prefirió concentrarse en restregarse los pies.

Sakura retiró el pañal sucio al bebé y le puso el limpio a tientas, en medio de la oscuridad. Tiró el sucio. No podía lavarlo, y no quería llevarlo encima. Luego se puso en pie y salió de nuevo por la ventana en dirección a la carretera.

Casi había alcanzado la vía de servicio de entrada a la carretera cuando un coche tomó esa salida y se dirigió a toda prisa hacia ella: ¡era la limusina plateada!

Sakura corrió hacia la carretera, pero tropezó en la nieve. El coche la había alcanzado. Itachi salió de un saltó.

Ella intentó correr en otra dirección, pero él la alcanzó.

—¡Suéltame! —gritó ella—. ¡Te mataré si intentas arrebatármelo!

Sakura luchó mientras él la metía en el asiento de atrás del coche. Allí estaban Ino y Gaara, los dos pálidos y malhumorados.

Lágrimas de frustración corrieron por las mejillas de Sakura, que se aferró al bebé.

—Tendrán que matarme para conseguir al niño, porque yo no quiero vivir sin él.

Nadie dijo nada mientras ella sollozaba. Finalmente, Sakura se secó los ojos.

—¿Cómo me encontraron esta vez?

—Por el hombre de la gasolinera. Le preguntaste a qué distancia estaba Le Havre —contestó Gaara.

Con los ojos colorados y la mirada hostil, Sakura dirigió la vista primero a Gaara y luego a Ino. Finalmente, se giró hacia Itachi. La frialdad de su rostro enmascaraba cualquier emoción.

—¡Déjanos ir, por favor! —sollozó en dirección a Itachi—. Te lo estoy rogando a pesar de saber que detestas que te rueguen. Me pondré de rodillas si hace falta. Por favor, si eres capaz de alguna compasión, demuéstramelo.

—No puedo hacerlo —contestó él con voz tensa.

—Entonces conviérteme en un vampiro. No voy a abandonarlo. Haré lo que sea con tal de estar con él.

—Eso tampoco puedo hacerlo.

Sakura se quedó absolutamente paralizada.

—Pero ¿por qué? Dijiste que podías. Solo tenía que decidirme. Ya he elegido.

—No podemos confiar en ti. Yo no puedo confiar en ti. Me has decepcionado demasiadas veces.

—¿Yo te he decepcionado?, ¿de qué estás hablando?

—Tus mentiras hacen de ti una persona peligrosa.

—¡Ino, ayúdame! —rogó Sakura a la rubia.

—Nena, lo haría si pudiera. Pero todo el mundo está de acuerdo en que nos has puesto a todos en peligro —contestó ella, que enseguida desvió la vista, con pesar.

Itachi tomó el teléfono y habló en francés con el conductor. Estaban de nuevo en la autopista, de camino al ferri.

—¿Adónde me llevan?

—Te dejaremos en el primer barco que zarpe y te daremos algo de dinero. Puedes ir adonde quieras —contestó Gaara.

—¡No! No voy a abandonarlo. Soy capaz de matarlo antes que dártelo.

—¡Gaara! —exclamó Itachi, asintiendo en dirección a él.

Entre los dos sujetaron a Sakura. Ella luchó salvajemente, gritó y trató de morderlos a ambos, pero Itachi le sujetó la cabeza contra el respaldo del asiento. Ino destapó al niño y se lo quitó.

El bebé lloró. Sakura se desgarró gritando.

Al llegar al muelle, Gaara salió para comprar un billete de ida y Ino se llevó al niño al servicio para darle de comer y cambiarle de pañal. Sakura se quedó en el coche a solas con Itachi. No podía parar de llorar.

—Te prometo que no haré nada que pueda hacerles daño a ninguno. Por favor, no me hagas esto. Hazme uno de ustedes para que pueda quedarme. Haré cualquier cosa que me pidas. Cualquier cosa. ¡Por favor!

—Ya no está en mi mano —dijo él—. Ahora los otros tienen voz y voto en esto. Tenemos que protegernos a nosotros, y al bebé. Pero, aunque dijeran que sí, yo no estaría de acuerdo. No podría.

—¿Cómo puedes ser tan insensible?, —decía Sakura mientras su corazón se comprimía—, ¿cómo puedes mirarte al espejo?

Itachi no dijo nada, simplemente se sacó un fajo de billetes de la cartera y se lo metió en el bolsillo de la camisa, tendiéndole al mismo tiempo una chaqueta.

—Ponte esto.

Ella no se movió, así que él le metió la chaqueta entre los brazos.

—Gaara se ha llevado tu maleta. El pasaporte está dentro. Te pondré una inyección para que estés tranquila.

—¡Vas a matarme con una sobredosis para robarme a mi hijo! —exclamó ella, lanzándole una mirada horrorizada.

—Es solo un tranquilizante para relajarte.

Volvieron a luchar, pero enseguida él la obligó a apoyar la cabeza sobre el asiento y se la sujetó mientras le inyectaba Valium en la vena del cuello. Le hizo efecto casi inmediatamente. Su respiración se hizo pesada, su mente incoherente. Él ladeó su rostro y la miró a los ojos. Y allí donde el poder del tranquilizante no tenía efecto, el de Itachi comenzó a hacerlo: él borró todo rastro de su memoria.

Sakura lo perdió todo en ese instante.

La llevaron al ferri, y una mujer bonita y rubia coqueteó con el encargado de recoger los billetes para embarcar. La llevaron a una esquina y allí la sujetaron. Sakura lo veía y lo oía todo, pero no podía moverse ni hablar. Lágrimas mudas corrían por sus mejillas; pero no tenía ni idea de por qué.

—Buena suerte, nena —dijo aquella atractiva mujer casi llorando—. Cuidaré muy bien de él, te lo prometo. Todos lo cuidaremos.

Cuidar, ¿a quién?, se preguntó Sakura.

El hombre pelirrojo y la mujer se marcharon, pero el otro hombre de ojos oscuros se quedó hasta que sonó el silbato. Entonces se puso en pie y la miró por última vez, casi reacio a marcharse, como si quisiera decir o hacer algo. Sakura no entendía nada. Él no la perdió de vista por largo rato. Pero luego también se fue.

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Sí, aquí se acaba todo... turum, turum... sólo bromeo, y sé que no da risa. No, ¿cómo creen? No se termina, ni cerca está. Puedo decirles que aquí empieza la segunda parte. Recomendadísima :) Y bueno, qué opinan del capítulo.

Tengo que confesar que me salieron unas lagrimitas cuando lo estaba editando. El final, en sí, me parece... sombrío, quizá. Doloroso, obviamente. Ese tipo de despedidas son insoportables, sniff... Aún así, esperen la continuación, la traeré enseguida ;)

Gracias a todos por sus reviews, sus quejas, sus comentarios y opiniones. Saludos especiales a Harmonie Roux, a Edgyuli, sakkuharuu, Sasu Love For Ever, Azuka no star, Paz, MarianitaUchiha, Tsuki-chan, Mademoiselle, Ana, kurosaki yu, Jenni y a SsitaUchiha.