- Creo que tengo que irme… espero que les guste el pastel a tus hermanos… - dijo nerviosa.
- Seguro que les gusta.
Aunque había mostrado templanza al despedirse, su corazón palpitaba pidiéndole salir. Su paso apresurado delataba la profundidad de sus nervios.
Nervios por lo que acababa de ocurrir en la habitación, nervios por llegar a casa, nervios porque alguien pudiera verla, nervios… eso era todo lo que sentía.
Estaba saliendo de la veta, a punto de llegar a la zona de comercios donde su presencia sería normal. Iba por una calle lateral. Evitando a la gente. Ya solo quedaba la última casa y estaría a salvo de los ojos indiscretos. Sabía perfectamente de lo que sería capaz su padre. A ella no le pasaría nada, pero Gale lo pagaría caro.
Sus pasos rápidos, uno, dos, tres… los contaba. Estaba a punto de llegar. Torcería a la derecha, detrás de un cobertizo y ya habría llegado. Pero nunca imaginó lo que encontraría. Una mano la agarró fuerte y la estampo contra la última casa y otra le tapó la boca.
- hola rubita, ¿Dónde vas tan rápido? - Hans Fiedrich. Agente de la paz y un autentico cabrón.
Hans, de un metro setenta, tenía el pelo negro y unos ojos oscuros como el carbón. Su cara picada por cicatrices producto de alguna enfermedad, le confería un aspecto siniestro y desagradable. Como todos los agentes de la paz no era del distrito. Había llegado hacía un par de años desde el distrito 11. No se llevaba bien con el resto de sus compañeros. No compartía la laxitud con la que el resto de agentes actuaba con los comerciantes ilegales del Quemador y sobre todo con los cazadores furtivos que atravesaban la valla impunemente. Como Gale. Pero no era tonto y sabía que su jefe y el alcalde eran clientes habituales, y que sus compañeros disfrutaban con aquella situación. Claro está, el disfrutaba más en el distrito 11 donde podía hacer cumplir la ley. La ley no le importaba pero si le gustaba imponerla. Era un sádico y el dolor ajeno le producía placer.
Aunque nunca había hecho nada, si que se había acercado a Magde en alguna ocasión. No le tocaba, solo le insinuaba obscenidades al oído cuando nadie les miraba. Magde, no le había dicho nada a su padre porque sabía que el castigo que recibiría aquel hombre sería desproporcionado al acto realizado. Pero en ese momento se arrepintió de no haberlo hecho.
- Shhh, calla. No grites, no te haré nada. – susurraba en el oído de Magde. – Te he visto. – Magde temblaba. Si le había visto con Gale, besarse en la calle y luego entrar a su casa, estaban perdidos.
Mientras le tapaba la boca con una mano, con la otra comenzó a manosearla. Le estrujaba los pechos mientras le sonreía. Estaba excitado y Magde podía sentirlo muy de cerca. Magde quería gritar, o tan solo hablar, decir algo, cualquier cosa. Pero no podía. Comenzó a llorar. Temía por Gale y sobre todo, por ella.
La mano de Hans bajó por su cuerpo y se metió por debajo de su vestido, sobando su entrepierna.
- ¿Que pasa rubita, aun estás cachonda o él mierda ese te ha dejado satisfecha? eh, puta. ¿Seguro que no queda para mí? – Susurraba Hans - Mírate, si te viera tu padre. Su dulce niña, con su lindo cabello rubio y sus maravillosos ojos azules. Casi, como un ángel caído del cielo. ¿Qué pensaría de ti si te viera con ese muerto de hambre revolcándote como una zorra? – Hans susurraba en la cara de Magde. Su aliento mezcla de alcohol y café le asqueaban. -Pero tranquila, no llores, yo no se lo voy a decir. Soy tu amigo. ¿Tú eres mi amiga Magde? Eh, ¿lo eres? – Magde afirmó con la cabeza entre temblores y sollozos. – Así me gusta. Tú tampoco dirás nada, ¿verdad Magde? – Magde negó.
La calle principal estaba cerca y se oía a gente. Hans miró varias veces hacia ambos lados y se separó de ella. No sin antes advertirla.
- Ya hablaremos otro día. Y si no quieres que le pase nada a tú muerto de hambre, será mejor que nuestra amistad quede entre nosotros. Eh, mi buena amiga Magde. – le lanzó otra mirada entre sádica y lasciva. – Ahora vete. Tu padre te estará esperando.
Magde comenzó a caminar bajo la mirada del agente de la paz. No podía correr, su cuerpo entero temblaba. Lo que acababa de pasar era una pesadilla. Solo quería llegar a su casa y meterse debajo de la ducha.
Por el camino le saludaron varios comerciantes y ella con la mejor sonrisa que pudo encontrar les respondió.
Entró en su casa y gracias a dios, su padre no había llegado. Se fue directa a su habitación y se metió en la ducha. No se quitó la ropa. Se sentía sucia. Utilizada. Usada. Sobada. Hoy sin duda había sido el mejor y el peor día de su vida.
Se arrancó la ropa y se lavó con ansia. Frotó su piel duramente, pero aun podía sentir las manos de Hans. Se lavó varias veces y salió de la ducha. Recogió su ropa y la tiró a la basura. Bajó a la cocina, preparó la cena, puso la mesa para su padre y volvió a su habitación.
Los nervios le recorrían el cuerpo. Estaba muy nerviosa y no podía relajarse. No podía dejar de pensar en Gale y en Hans. En la hermosa familia de Gale. En como pagarían ellos por su estúpido comportamiento. Pero sobretodo no podía parar de pensar en cómo Hans se cobraría su amistad. El pensar en volver a estar cerca de él, le atormentaba profundamente. Deseaba estar en el bosque con su preciado alcohol. Evadirse. Relajarse. Desaparecer. Solo quería desaparecer, ser borrada del mundo, no haber existido nunca.
Fue directa a la habitación de su madre. Abrió el primer cajón de la cómoda y tomó una de las inyecciones de su madre. Volvió a su habitación y sentada en su cama observó la inyección.
Respiró dos veces y se la clavó en el brazo.
Hola, que os parece como va esto?
