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EN LA ESTACIÓN DE LA CALLE BAKER, ME SENTÉ Y LLORÉ.
Autor: Deco
CAPÍTULO 10: "BOLINES Y ESCOBAS"
Petunia se preguntó más tarde si el obtener una varita en esa ocasión fue una idea muy buena; ya que aunque no funcionaba para ella, tenia fascinados a los niños. Ella pensó que Dudley podría haber dejada tranquila la varita, de estar solo, y hasta era remotamente posible en el caso de Harry. Pero juntos, ellos eran tan curiosos como los gatos de la señora Figg, y dos veces más ingeniosos. Después de descubrir a Dudley haciendo un hechizo usándola (bajo el tutelaje de Pompeyo), y con Harry esperando su turno, Petunia empezó a llevar la varita con ella todo el tiempo.
Pero con el prospecto de la partida de los niños a Hogwarts cerniéndose en el horizonte, Petunia estaba preocupada de que los niños no conocieran a nadie allí, así que le preguntó a la señora Figg si tal vez debería colocarlos en una escuela preparatoria mágica. Seria más sencillo para ellos ajustarse si tenían amigos mágicos antes de ir a Hogwarts, ¿no es así? ¿Sería cara?
La señora Figg la miró dudosa―. Yo sería cuidadosa con eso ―dijo―, puede que haya niños de familias de mortífagos acudiendo, que pueden ser peligrosos. Quizás yo pueda arreglar alguna otra cosa.
Esa 'otra cosa' fue una visita para tomar el té con un niño mágico de la misma edad de Dudley y Harry, y con su abuela; sangres pura, como lo puso la señora Figg, pero sin alianza con los mortífagos.
Pompeyo estaba encantado con esto, y aseó la casa de cabo a rabo. Hasta instó a los niños a colocarse ropa impecable y planchada, Petunia se preguntó como lo habría conseguido, y sugirió -bueno, para ser honestos, demandó- que ella usara una falda, o mejor aun, un vestido. El guardarropa de Petunia sufría por su falta de dinero, su mejor atuendo tenia diez años de antigüedad y colgaba sin gracia de su delgada figura. Pompeyo resopló y chasqueó los dedos; el vestido milagrosamente se encogió para ajustarse a ella. Pero no pudo hacer nada acerca de su antigüedad, Petunia esperaba que los visitantes no lo notaran.
Una vez que tuvo a la vista a Augusta Longbottom, empero, ella se relajó. Se trataba de una mujer anciana vestida con un abrigo adornado con una piel comida por las polillas, y un sombrero que, no es broma, tenia un buitre. Las hombreras enormes de Petunia escasamente podrían competir con eso. Sin embargo, ese conjunto probó ser engañoso. Augusta parecía una mujer orgullosa, moralmente estricta, quien miró a Petunia con desaprobación ante el indudable aspecto muggle de la casa y de la misma Petunia. Y, también a los niños de Petunia. Petunia recordó tarde los comentarios de Lily acerca de los sangre pura, y se preguntó si esto habría sido una buena idea. Suspiró internamente.
En contraste, el pequeño nieto de Augusta era un niño atractivo, pensó Petunia. De cara redonda y tímido, pareció alarmado ante la exuberancia de Dudley y Harry, especialmente del último, quien estaba demostrando –para su condenada mala suerte- las tendencias conversacionales que había heredado de su abuela materna, Marigold Evans.
―¿Qué es eso en su sombrero? ―le preguntó a la señora Longbottom, al sentarse a la mesa del comedor. El té en si estaba impecable, gracias a Pompeyo, aunque algo escaso―. ¿Es un ratonero?
Ella hizo una mueca―. No ―dijo cortante―, un buitre ―las palabras 'niñito maleducado' no fueron enunciadas, pero quedaron colgando en el aire.
―¿Es entonces para Halloween? ―persistió Harry. Los ojos de la señora Longbottom relampaguearon.
―¡Harry! ―exclamó petunia―. ¡Silencio!
―¡No estoy siendo grosero, Tante! Sólo estoy preguntando.
―Estas siendo grosero, y por favor deja de hacer preguntas ―lo reprendió Petunia, deseando que la señora Longbottom tuviera sentido del humor. Un deseo en vano, obviamente. Su huésped se veía cada vez más escandalizada.
Por otro lado, el nieto de Augusta pareció estar muy entretenido, aunque algo sorprendido ante la forma en que Petunia bromeaba con sus niños, y como ellos le respondían.
Y su abuela sintió necesario detallar para toda la mesa lo escasamente que su nieto encajaba dentro de los estándares mágicas de su padre. ¡Allí en frente del mismo niño!
Petunia estaba horrorizada ante esto, e intentó hacer callar a la mujer―. ¿Queda mucho tiempo para eso, no es así?
―Nosotros tememos que pueda resultar ser un squib ―dijo Augusta con hosquedad.
―Yo soy una squib ―dijo Petunia con voz llana―, y no es un destino tan malo ―¿acaso ella había dicho eso? ¿Contradiciendo la historia de toda su vida? Oh, la ironía.
Terminado el té, Petunia sugirió que los niños llevaran a Neville, que era el nombre del nieto, a jugar al jardín. Augusta quedó obviamente alarmada por esta noción, y por los efectos de su descendencia asociándose con esos dos rufianes muggles; ella inventó otro compromiso para el cual definitivamente no podía llegar tarde. Los ojos de Petunia se achicaron, especialmente al notar la decepción evidente de Neville.
―Sólo por quince minutos ―insistió. ¿Insistió? ¿Pero qué estaba haciendo?
Harry y Dudley jalaron de Neville para que atravesara la puerta con gritos de alegría, y jugaron en el jardín cerca de una hora, mientras que Augusta y Petunia conversaban de tonterías en el comedor. Sin embargo, Augusta estaba resentida, y Petunia no se sintió para nada sorprendida de que no recibieran ninguna invitación por parte de los Longbottom.
―La abuela de Neville es un ogro, ¿no es así? ―dijo Harry, después que ellos se fueron.
Petunia pensó que la opinión de Augusta acerca de los modales de Harry, tenían algo de cierto. Tendría que ocuparse de eso.
―¿Por qué dijo que Neville era un squib? ―preguntó Dudley.
―Aparentemente, no tiene estallidos de magia como Harry y tu ―explicó Petunia.
Dudley y Harry se miraron confundidos―. Pero si los tiene ―dijo Dudley―, son como los míos.
¿Una bruja sangre pura que no conocía la diferencia? Petunia estaba asombrada. Y también deprimida ante el resultado de su primera incursión en la vida social del mundo mágico.
).(
Pero la señora Figg no se descorazonó. La próxima vez ella organizó una visita con otra familia mágica. Los Weasley trajeron cuatro niños que fueron escoltados por su madre. Esta vez, Petunia había conminado a los niños a portarse bien, y tanto Pompeyo como ella limpiaron todo lo posible la casa.
Molly Weasley lucia tan excéntrica como Augusta Longbottom, pero era mucho menos opulenta. Ella tenia gemelos de doce años de aspecto rudo, un niño flaco de la misma edad de Dudley y Harry, y un niña que era un año menor que ellos. ¡Y le contó a Petunia que tenia además otros tres hijos mayores! Petunia quedó maravillada de su resistencia.
Los hijos de Molly hicieron comentarios en voz alta acerca de lo bonita y espaciosa que era la casa. Petunia no había podido gastar dinero en la casa por algún tiempo, así que le parecía desvencijada, pero claro, ella no tenia una familia de nueve niños tampoco. Se preguntó como seria La Madriguera (que era el nombre que la casa de los Weasley, de acuerdo a Molly). Los niños de Molly eran ruidosos, pero la niña era muy tímida, escondiendo su cara en una servilleta para esconder su rubor. Ella tenia trenzas colorinas que le recordaban dolorosamente a Lily. Petunia no envidiaba a Molly a sus muchachos, ya que ellos tenia los suyos, pero una niñita . . . oh, sí, le envidiaba eso.
Esta vez, después que los niños fueron a jugar al jardín, Petunia no escuchó gritos, silbidos ni estruendos, lo que según su experiencia significaba problemas. Al mirar para afuera, descubrió que los gemelos habían traído sus escobas y que Dudley y Harry estaba montados en ellas. Bueno, si tu llamaras 'montar' a estar colgando de las manos de una escoba acelerando.
Molly empujó a Petunia a un lado y cargó hacia el jardín. Ella tuvo las escobas en el suelo en segundos y su regaño a los gemelos fue increíblemente largo y sonoro. Dudley y Harry quedaron asombrados por este despliegue (más tarde Petunia pensó con agradecimiento que esto quería decir que ellos debían estar olvidando algunos de los detalles más sórdidos de la vida con Vernon); y después Harry le dijo, sotto voce―. Tante, ¿es que todas las brujas están locas?
Para consternación de Petunia, los oídos agudos de Molly lo captaron, y reuniendo a su prole salió marchando con ellos por la puerta. Los niños Weasley estaban sonriendo y le dieron signos de aprobación a Harry al salir. En contraste, la hermanita parecía estar a punto de expirar de la vergüenza.
Tengo el presentimiento que este encuentro tampoco nos traerá una invitación reciproca.
Molly le dijo a Harry mientras pasaba―. Y la moraleja de esta historia es: nunca te subas a una escoba ajena.
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Los niños sintieron que este era un buen consejo, y como resultado comenzaron a pedir que les comprara una escoba―. Una sola ―dijo Harry―, para que practiquemos antes de ir Hogwarts y no nos veamos como tontos cuando estemos allá.
Petunia podía ver que Dudley estaba igual de ansioso al respecto, aunque decía poco. Pero la compra de la varita había agotado el poco efectivo que tenia, que nunca fue mucho. Los niños sugirieron que la comprara a crédito, poniendo como fianza lo que tendría con la herencia Mayhew, pero Petunia estaba muy en contra de contraer más deudas; ya de por sí estaba en contra de tener una hipoteca demasiado grande.
Y no estoy segura de que podré ser capaz de reclamar esa herencia, aunque su fe en mi es conmovedora.
Pompeyo escuchó el debate con aire de exasperación en aumento, y después un día desapareció. Los niños estaban muy afectados, temían que él se hubiera ido para siempre, como siempre amenazaba hacer. Petunia estaba menos molesta, pero comprendía que siendo el círculo de los niños tan pequeño, resentían cualquier menoscabo en este. Así que fue un alivio ver a Pompeyo regresar, aun cuando venia arrastrando una escoba vieja.
La escoba había pertenecido, sin sorpresa, a Cressida Mayhew, y Pompeyo la había sacado de la mansión. ¿Era robo, si la herencia no le pertenecía de hecho? Puesto que Pompeyo era capaz de enfurruñarse por días sobre ese asunto, y que los niños ya habían visto la escoba, y como resultado estaban como locos, Petunia decidió que no lo era. La escoba, después de todo, estaba en un estado miserable. Se veía muy vieja, y anticuada, de acuerdo a la señora Figg.
Aun así, Petunia tenia renuencia a dejar a los niños cerca de esta, en especial a Harry, en quien nunca podía confiarse con que fuera precavido.
Sin embargo, Pompeyo fue tajante―. Ellos tienen que aprender. Y es mejor que aprendan en casa.
Bueno, Petunia pensó que él podría tener algo de razón; y cuando supo que era común enseñarle a los niños mágicos a montar en escobas a una edad temprana, accedió a ello con renuencia. Pompeyo pudo establecer un encantamiento de entrenamiento sobre la escoba, que no permitía que se elevara a más dos pies del suelo. Petunia se negó a consentir en más. Los niños estaban encantados con esto, y compitieron con el otro para subirse. Y, para sorpresa de Petunia, la señora Figg además sugirió que ella también aprender.
―Esta de broma ―le dijo Petunia.
―No, no bromeo, Petunia. Usted debería intentarlo. Podría ser vital en caso de una emergencia.
―¿Y usted sabe cómo? ―le preguntó sin rodeos.
―Sé como hacerlo, pero no puedo hacerlo yo sola. No tengo suficiente magia.
―¿Y qué le hace pensar que yo sí, entonces?
―Bueno, ¿por qué no intentarlo para averiguarlo?
¿Por qué no, en verdad? Porque no quiero caer con un 'plaf' al pavimento, ese es el porqué.
Sin embargo, los niños acogieron el reto. ¿Cómo podía ser ella una bruja apropiada, protestaron, si no intentaba subirse en una escoba? ¡Ellos querían ser capaces de decirles a esos odiosos de Hogwarts que su madre podía volar como el mejor de ellos! ¿No vas a intentarlo, mamá? ¿Por favor? ¡Tienes que mostrarnos la forma adecuada de hacerlo, Tante! ¡Necesitamos un ejemplo apropiado!
No, no tengo que demostrarles como caer con un plaf, Harry. Tu puedes conseguirlo solito, sin mi demostración. Esto no se encuentra en mi manual parental, se los puedo asegurar.
Pompeyo cruzó los brazos y la miró fijamente. Petunia sabía lo que estaba pensando, y lo que es más, ella sabía lo que estaba a punto de decir.
De modo que Petunia se descubrió arriba del palo de una escoba, vacilando entre sentirse una completa idiota o estar muerta de miedo. Pompeyo había puesto encantamientos que describió como "no-tomar-en-cuenta" para asegurarse que los vecinos no vieran nada, y después chasqueó los dedos.
La escoba pareció salir disparada hacia el cielo, con una aterrada Petunia aferrada a ella con todas sus fuerzas. Los niños animaban. Desde lo que le pareció una enorme altura, Petunia vio que los niños movían los brazos frenéticamente, y a la señora Figg reprendiendo a un Pompeyo que sonreía con superioridad. Ese miserable, asqueroso pequeño...
Y entonces Petunia empezó a volar.
Volar era maravilloso. Era la libertad, y cada momento espectacular que había tenido envuelto en uno solo. Petunia adoró volar. No fue hasta que estuvo por algún tiempo en el cielo que se dio cuenta de otra cosa. Si ella tenia suficiente magia para volar, ella debía ser realmente una bruja. Una bruja con un mal corte de cabello, un viejo suéter deshilachado, jeans añosos descoloridos, y zapatillas gastadas, pero una bruja nada menos.
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