Primero: amé escribir este capítulo.
Segundo: parece que tengo una especie de maldición. Hace cinco años estaba escribiendo un fic cuando hubo un terremoto aquí en Chile. Después de tanto tiempo, cuando vuelvo a escribir, hay otro. Es casi una broma. No se alarmen que aquí todo está bien, amigos y familia están bien. El problema está en el norte de mi país. Una verdadera desgracia, la verdad.
Pero aquí estamos en una escapadita. Agárrense.
Sencillamente Correcto
El mes de Marzo terminaba y las flores empezaban a aparecer en los árboles y arbustos. Un sol acogedor invitaba a los alumnos de Hogwarts a pasar el día en los jardines y pasear junto al lago. Pequeños grupos de solitarias nubes surcaban un cielo de azul intenso. Brisa fresca.
Pese a ello, Hermione no tenía ganas de salir del amparo del castillo. Sumirse en los libros y en la confortable soledad de la biblioteca, que en esos días estaba especialmente vacía, siempre era una buena escapatoria. Tenía un libro sobre la mesa, pero no lo leía. Se mordía las uñas con nerviosismo. Miraba hacia el corredor como si alguien la estuviera persiguiendo. Su corazón no dejaba de palpitar con rapidez.
Había conversado con Harry y Ginny acerca de cuándo era más apropiado usar la poción (agradecía el apoyo de su amigo, además de que era de mucha ayuda tener el punto de vista de un hombre, por muy distintos que fueran). Decidieron que no lo hiciera el día inmediatamente después de que lo obtuvo, ya que sería un poco sospechoso y Snape quizá podría descubrirla, cosa que no resultaría para nada ventajosa. Así que lo pospuso... y ese era el problema. Tenía que encontrar una forma de acercarse a él para que cuando llegara el día no fuera rotunda y patéticamente rechazada. Lo pensó mucho, incansablemente. ¿Cómo lo lograría? ¿Tendría que decirle lo que sentía sin ayuda de ninguna poción? ¿Cómo? ¿Cuándo? Las dudas la carcomían por dentro, tanto que ni siquiera era capaz de estudiar con tanta asiduidad como de costumbre, ni poner atención en clases. Su cordura comenzaba a desmoronarse. Temía cada vez que se acercaban los viernes. No era capaz de mirarlo a la cara. No podía hablarle sin que le temblara la voz.
Apoyó la cabeza en sus manos, desesperada.
"No puedo decírselo. Me va a mandar al diablo. No va a querer verme nunca más en su vida". Pero se moría por hacerlo. Necesitaba hacerlo. Si se lo guardaba por un segundo más, lo terminaría gritando en medio del Gran Salón cuando evitaba su mirada, pero de todas formas, y a pesar de sus esfuerzos, sus ojos se encontraban. Era demasiado para ella. Jamás en toda su vida sintió algo así.
"¿Qué importa que me rechace? De todas formas es totalmente imposible que otra cosa suceda". Se había resignado a esa idea. ¿Qué más podría pasar? ¿Que él confesara que también sentía algo por ella y la besara sin miramientos? ¿O que pudiera convencerlo de tener algo con ella?
Apretó los ojos con fuerza. No había otra salida. Se lo diría y ya, y si él no quería a tenerla cerca nunca más, le daba igual. No era una cobarde, y el tiempo corría en su contra, restregándole en la cara que no quedaba mucho para que terminara el año escolar. Sin embargo, el consuelo de que, fuese como fuese, si la rechazaba no volvería a verlo más no era suficiente para aplacar la congoja que le producía sólo imaginarlo. Sentía que no podría superarlo. No podría vivir con ese peso. Pero si no se arriesgaba nunca lo sabría. Confiaba en "Félix".
Y para mayor desgracia ese día era viernes.
"¿Si se lo digo hoy?", pensó en un arrebato de angustia. Tenía la respiración sumamente agitada, como si hubiera corrido un largo tramo. Sabía que el pasar de los días no le traerían las fuerzas que le faltaban para hacerlo, así que, ¿para qué esperar más? Si no lo hacía, la incertidumbre acabaría con ella, y no lo toleraría. Era la única forma de acabar (o empezar) con eso. Frunció el ceño, contrayendo el rostro en una mueca que reflejaba la más absoluta de las convicciones. Lo haría esa noche, no le dejaría cabida a las inseguridades.
"Profesor Snape, estoy enamorada de usted". No.
"Hace un tiempo que siento algo por usted". No.
"Estoy enamorada, profesor. ¿De quién?- dice él. De... usted". No.
Suficiente. Cuando llegara el momento algo se le ocurriría... o eso esperaba. Lo único importante era que él le creyera, que no pensara que sólo decía estupideces de adolescente confundida y encaprichada, que no se alejara de ella. Era lo único que le importaba.
El sol comenzando a esconderse tras unas montañas lejanas era lo más parecido a observar cómo su verdugo se acercaba a ella con una enorme hacha de destellos anaranjados entre sus manos, y las primeras estrellas sus últimos deseos.
Pesadamente se puso de pie, como en cámara lenta. Fue a dejar el libro que no había leído a una estantería. Salió de la biblioteca arrastrando los pies, y se encontró con Ron que justo iba pasando por ahí. La culpa le volvió.
-¡Hermione!- exclamó el chico-. Creí que estarías afuera.
-No- dijo ella, cortante-. Estaba terminando de estudiar- No lo miraba a la cara, simplemente se limitó a seguir su camino hacia la Sala Común como si él no estuviera ahí. Sin embargo, Ron se dirigía al mismo lugar, y caminó a su lado.
-¿Cómo estás?- inquirió al ver el rostro afligido de ella.
-Bien... ¿Y tú?- Hermione devolvió la pregunta por educación.
-¿Segura que estás bien?- insistió Ron, ladeando la cabeza para verle los ojos.
-Sí, Ron- confirmó ella, apretando el paso.
-Has estado muy rara estos días.
-¡Estoy bien, Ron!- El chico levantó las manos mostrando las palmas.
-Está bien... Es sólo que me tienes preocupado- espetó, bajando la vista al suelo, sin dejar de caminar.
-Los exámenes me tienen estresada... es todo- mintió Hermione. No podía soportar la presencia de su ex novio cuando estaba por declararle su amor a otro, le hacía las cosas infinitamente más difíciles.
No hablaron más, y al llegar a la Sala Común, la castaña subió a su habitación con mucha prisa: necesitaba hablar con Ginny. No la encontró en la habitación. Comenzó a desesperarse. Fue al baño y se miró al espejo largamente, estudiando cada una de sus facciones, e intentó arreglarse el pelo lo mejor que pudo, pero sin que fuera demasiado evidente. Volvió al cuarto, tomó el libro que escondía debajo de la almohada y bajó.
Miraba en todas direcciones para dar con su amiga, pero no estaba por ningunta parte. El reloj marcaba la hora indicada para que tuviera que bajar a las mazmorras. No obstante, no lo haría hasta que la encontrara, necesitaba su apoyo más que nunca. Le daba igual llegar tarde, de todas formas quizá sería la última vez que iría con Snape.
Salió por el retrato de La Dama Gorda y esperó en la entrada, caminando de un lado para otro, como un león enjaulado. Pasaban los minutos y Ginny no se dignaba a aparecer. ¿Por qué aún no llegaba si ya había oscurecido? No alcanzó a hacerse más preguntas: la pelirroja caminaba hacia ella junto a Harry. Hermione corrió hacia ellos.
-¿Qué ocurre?- preguntó Ginny, con los ojos abiertos como platos.
-Tengo que hablar contigo- urgió Hermione, lanzándole una mirada furtiva a Harry, él comprendió y pasó por el retrato sin pedir explicaciones.
-¿Pasó algo?- volvió a preguntar.
-Todavía no... pero pasará- sentenció la castaña. Se frotaba las manos, inquieta.
-¿Por qué?- Ginny no comprendía a lo que se refería su amiga, pero no debía ser nada bueno.
-Se lo diré esta noche- soltó sin más rodeos. Su amiga quedó petrificada y con la boca abierta.
-Pe-pero... ¿Estás segura, Hermione?
-Sí. No tiene sentido esperar más, ¿no crees?- Le temblaba la voz a causa de los nervios-. No me queda de otra, Ginny- Exhaló con fuerza.
-¿Usarás la poción?
-No- dictaminó, un tanto resignada-. Es mejor así... Después la usaré.
-Bueno... Tienes razón- dijo Ginny. Se quedaron mirando, la pelirroja esbozó una amplia sonrisa y la abrazó, imprimiendo todo el cariño que podía-. Tranquila. Pase lo que pase sabes que estaré aquí.- Hermione asintió.
-Lo sé... Gracias- Se soltaron y se pasó las manos por la cara para tranquilizarse aunque fuera un poco. Ginny le dio una suave palmada en el hombro. Hermione intentó sonreír, pero no pudo, y se puso en marcha.
-¡Ánimo!- vociferó su amiga, haciendo un gesto con el puño.
Hacía tiempo que no sentía a su corazón palpitar tan fuerte, ni sus temblores tan incontrolables. No era consciente de sus movimientos. Ya se había acostumbrado a hacer ese camino, pero nunca le había parecido más largo. La luna era llena y se podía apreciar con claridad a través de los ventanales. Se preguntaba qué tan tarde llegaría y si Snape la recibiría aunque siempre hubiera llegado a tiempo (y a veces un poco antes).
Se detuvo frente a las escaleras que conducían a las mazmorras. Respiró hondamente y comenzó a bajar. Con lentitud. Escalón por escalón. Rozando las frías paredes de piedra con la yema de los dedos. Al llegar al corredor que daba a su despacho, volvió a frenarse. ¿Y si no era una buena idea? Tal vez sería mejor no ir y darle una buena excusa al día siguiente. Estaba completamente aterrada. Hizo un ademán para girarse, pero se mantuvo en su lugar. Quieta. Mirando al frente. No, no era una cobarde. No supo en qué momento había llegado a la puerta. Mantuvo la mano en alto. No se atrevía a tocar. Lo hizo. Esperó que Snape la hiciera pasar, pero no: la puerta se abrió luego de unos segundos, dejando ver a su alto profesor de Pociones. La miraba frunciendo el ceño, como si le extrañara que estuviera allí.
-Llega tarde, Granger- ¿Estaba enfadado?
-Lo siento, profesor- dijo ella, sin poder sostenerle la mirada.
-Parece que tiene... mejores cosas que hacer- Snape alzó una ceja. Su voz grave-. Puede irse si quiere- Hermione levantó la cabeza como impulsada por un resorte. Esta vez sí pudo verlo a los ojos. Ya no había vuelta atrás.
-No, señor- Al contrario de lo que esperaba, habló firmemente.
-No me haga perder el tiempo, Granger- sentenció Snape, haciéndose a un lado para dejarla pasar. La chica dudó antes de entrar. El espacio que había entre él y la puerta no era suficiente para no tocarlo, así que no pudo evitar rozarlo con el hombro al pasar por el umbral.
No sabía por qué el profesor no había terminado con las clases aún. Habían preparado un montón de pociones distintas y se sentía plenamente capacitada para rendir el examen de ingreso al Ministerio en cuanto se lo pidieran. Claro que jamás se lo diría. Tampoco entendía la paciencia que le tenía a ella más que a los otros: a nadie, jamás, le hubiera permitido, sin importar la circunstancia, que invadiera su espacio personal más de lo necesario (un abrazo... un beso en la mejilla). Se ruborizó al recordarlo. Eran tiempos en los que no sentía nada por él... o eso creía. Si tuviera que hacerlo en ese instante no sería capaz. Caería desmayada por los nervios antes de lograr acercarse un centímetro.
Se percató de un caldero que soltaba humo sobre el escritorio. ¿Había comenzado sin ella?
-¿Qué hace, profesor?- preguntó con honesta sinceridad, apuntando al caldero.
-Una poción que me pidieron- respondió él secamente, yendo hacia su escritorio.
-Ah- Hermione no supo qué más decir. Se paró frente a él, separados por la mesa, como siempre, como cada viernes. Snape alzó los ojos hacia ella.
-Es Veritaserum.
¿Era cierto? ¿Podía el destino tomarle el pelo de esa forma? Consideró seriamente tomar de esa poción para decirle todo sin dudar... pero no. No tomaría la salida fácil. No caería tan bajo. Si lo haría, sería por su propia voluntad.
Asintió con la cabeza. Él seguía observándola, y, aunque ella no lo hacía, lo podía sentir.
-Hoy es luna llena- dijo Snape, y permaneció en silencio, lo que le dio a entender a Hermione que debía concluir la frase. ¿Por qué le daba la oportunidad de sacar a relucir su lado "sabelotodo" si tanto lo odiaba? Rebuscó en su cerebro hasta que dio con la respuesta:
-El Acónito se recoge durante la luna llena- recitó, como si lo estuviera leyendo.
-Como siempre, lo sabe todo- Hermione captó la ironía y sonrió. Ya no le molestaba en absoluto la actitud del profesor hacia ella. En cierto sentido, le hacía un poco de gracia-. Hagrid la tiene.
-¿Debo ir a buscarlo?- preguntó automáticamente. Snape rodeó el escritorio sin dejar de mirarla (¿Por qué lo hacía?).
-Iremos los dos- declaró, y, ante la mirada de asombro de ella, añadió:- No la dejaré sola en mi despacho para que fisgonee a sus anchas otra vez... y no le daré excusas para culparme por si alguien la ve merodeando por el castillo a estas horas.
-Bien- Hermione había vuelto a bajar la cabeza. Snape se encaminó hacia la salida y lo siguió.
Atravesaban los pasillos en completo silencio. A ratos tenía que correr para alcanzarlo, ya que él caminaba mucho más rápido que ella. Sólo se oían sus pasos y el ondear de la negra capa de Snape.
Salieron. La luz de la luna iluminaba tanto que no parecía que fuera de noche. Hermione aspiró el fresco aire nocturno. Estar con él, de noche y a solas, era idílico. El hombre no le daba respiro. Hermione comenzaba a jadear por el esfuerzo que tenía que hacer para seguirlo de cerca. Lo más cerca que podía. Sentía el aroma que destilaba de su cuerpo tras él. Hermione bajó a trompicones por el camino de piedras. Snape parecía flotar. La pequeña luz proveniente de una ventana se apreciaba a sólo unos metros.
Llegaron a la cabaña de Hagrid. Snape cruzó unas breves palabras con él. Rechazó la invitación del guardabosques de tomar algo. Ella lo saludó con una sonrisa tímida detrás del profesor. La "visita" duró poco.
Snape volvió sobre sus pasos con la misma rapidez que antes, pero Hermione permaneció donde estaba. ¿Había un lugar más apropiado para decírselo? Sus pies parecían haber echado raíces al piso. Él se alejaba sin notar que ella no lo seguía. Hizo uso de todas sus fuerzas para ponerse a caminar nuevamente. Atravesaron de vuelta el largo puente de regreso al colegio. Al llegar al patio del reloj, se detuvo otra vez. A esa hora no había ni un alma. No quería entrar, quería evitar a toda costa cualquier mirada curiosa para que sólo ellos dos fuesen testigos de lo que estaba totalmente dispuesta a hacer. Permaneció inmóvil bajo un arco de piedra, amparada por la parcial oscuridad, descubierta por la luna.
Él estaba por entrar al castillo cuando se detuvo, miró por sobre el hombro y giró sobre sus talones al darse cuenta de que la chica no lo seguía. La observó sin moverse, esperando que ella se pusiera en marcha, y al percatarse de que Hermione no tenía intenciones de acercarse, hizo un gesto de desagrado echando la cabeza hacia atrás y fue hacia ella.
Hermione disfrazaba de calma sus dudas. Engañó a sus sentidos por un instante para que no la fastidiaran. Cada paso de Snape sobre el césped le retumbaba en los oídos. Comenzó a marearse. Apretó la mandíbula y las manos. Era como si todo se hubiese congelado a su alrededor. Él estaba al frente.
-¿Qué espera?- inquirió Snape, impaciente.
De nuevo se hundía en la espesura de sus ojos negros, tan refulgentes aquella noche. Tenía la impresión de que, de un tiempo a esta parte, algo había cambiado en ellos. Antes apenas y se miraban por una fracción de segundo, tampoco habían intercambiado más de unas pocas y escuetas palabras... y ahora lo sentía tan cercano, tanto que se le hacía sumamente complicado de describir. Esas cercanías que tenía sólo con ella. Su forma de tocarla aunque fuera por unos segundos, le hacían perder la razón. Tenía la absoluta certeza de que él también lo sentía. De que había podido desenterrar una parte que todos creyeron muerta... y al mismo tiempo había descubierto en sí misma sentimientos que nunca había experimentado. Intuía que él había dejado de verla como una simple "insufrible sabelotodo", y de que, a pesar de lo que dijera, disfrutaba de su compañía tanto como ella. Era una señal.
Y no podía estar tan equivocada.
-Profesor... me estaba preguntando algo- dijo casi en un susurro.
-¿Tiene que ser ahora, Granger?- Snape se cruzó de brazos y alzó una ceja. Ese gesto tan típico suyo que lograba removerla entera por dentro.
-Sí... necesito saberlo- Lo miraba a los ojos sin pestañear.
-Vuelva a su Sala Común. No quiero escucharla- sentenció, dándole la espalda.
-¡Espere! Sólo será un momento- Hermione lo tomó por el brazo para que no se fuera. Recordó cuando el primer día de clases hizo lo mismo y él la alejó de inmediato... pero esta vez sólo se quedó muy quieto y se volteó otra vez para mirarla.
-¿Qué quiere?-Su voz sonaba amenazante... y a ella le encantaba. Ya en ese punto, todas sus inseguridades se esfumaron.
-Es que... quería... ¿Hay alguna forma de saber si lo que uno siente es amor real?- soltó con tono firme. Snape entrecerró los ojos. La chica aún no lo soltaba del brazo.
-¿Por qué?
-Necesito saberlo- repitió la castaña. Sus dedos ya no lo sostenían para que él no se fuera, sino sólo para sentirlo... y el profesor no parecía molesto por ello.
-Amortentia... Me sorprende que no lo sepa- respondió, un tanto confundido.
-Sí, lo sé. Pero... ¿Hay otra manera?
-¿Por qué me lo pregunta a mí? No estoy para sus tonterías- Snape, con su mano libre, tomó la de ella para que lo soltara, pero, por alguna razón, sólo la dejó encima.
-Sé que usted lo sabe... por favor... dígamelo- Hermione hizo lo mismo. En ese momento sus brazos se entrelazaban en todas direcciones. Era algo absurdo.
-Ya basta, Granger- Snape se hizo hacia atrás para zafarse, pero la chica dio un paso al frente, impidiéndoselo.
-¿Cómo puedo saber si estoy realmente enamorada?- preguntó ya con desesperación. Sin darse cuenta se alzó apenas para estar un poco más a su altura.
-Su vida amorosa no me incumbe en absoluto- Los músculos de Snape se tensaron. Lo único que sabía era que debía alejarse de ella cuanto antes.
-Yo creo que sí...- Hermione volvió a apoyar sus pies en el suelo, y aunque quiso, no pudo bajar la vista. Sentía la necesidad de observar cada uno de sus movimientos.
-¿Cómo dijo?
-Que... creo que sí le incumbe, profesor- La castaña esbozó una sonrisa leve y nerviosa.
-¿Y por qué piensa algo así?- ¿Qué hacía hablando de eso con Granger? ¿Por qué le estaba diciendo eso? Estaba tan perplejo que no se podía mover... y seguía tocándola.
-Porque... tiene que ver con usted- Snape entreabrió los labios, dejando en evidencia su estupefacción. Fueron los segundos más largos de sus vidas. Ahí de pie, ambos con las manos sobre los brazos del otro, envueltos por la luz de la luna y el suave cantar de los grillos.
-¿Qué? Vaya a su Sala Común ahora- Era la conversación más extraña que hubiera tenido en su vida (y eso que había tenido miles). Con un movimiento brusco pudo soltarse del agarre.
-Tiene que escucharme- rogó Hermione, y avanzó un paso más. Snape no se movió, pero su sola expresión denotaba una distancia gigantesca entre ellos.
-Lárguese- espetó con voz clara.
-¡No! ¡Escúcheme!- La chica esta vez lo tomó por los hombros, tan fuerte que ni la sacudida de él pudo deshacerlo.
-¡No pienso seguir perdiendo el tiempo en esta estupidez, Granger! ¡Vaya a su Sala Común!- Le dio un manotazo en el brazo para que le sacara las manos de encima. Otra vez fue inútil.
-¡Siento algo por usted, profesor! ¡Le guste o no! ¡Estoy enamorada!
El cerebro de Snape quedó en blanco, sólo con las últimas palabras de ella resonando. Reverberando como una luz cegadora que cubrió todo, que lo paralizó por un minuto interminable. ¿En qué momento pasó? ¿Cuándo se enamoró de él? ¿Cómo? ¿Por qué? Tenía que ser un mal chiste. Tenía que estar burlándose... ¿o no? Su corazón bombeaba sangre con brío, y las palabras de Albus volvieron: "... la oportunidad de ser feliz...". ¿Ser feliz a costa suya? ¿O con ella? Le remordía la consciencia al recordar todas las noches que pasó en vela pensando en ella, en las veces que la quedó mirando sin razón aparente, en las ganas que había tenido de acercarse más, en la vez que la abrazó, cuando ella lo besó. Todo lo hizo sentir culpable. Cometió un error al dejarla acercarse tanto, al no haberla alejado a tiempo. ¿Cómo no pudo darse cuenta? Pero... ¿Cómo pudo haberlo hecho si nunca había pasado por algo así? Por primera vez en su vida una mujer le decía que estaba enamorada de él... y no tenía ni la más remota idea de cómo reaccionar. Sin embargo, había sólo una cosa que podía hacer en una ocasión así: alejarla. Ahuyentarla.
-Las clases se terminaron. Ahora váyase.
-Sólo quiero que lo sepa. Estoy enamorada de usted... y no estoy bromeando. Lo sé desde hace un tiempo- Lágrimas querían asomarse, pero ella no las dejaría, no esta vez.
-Váyase... de inmediato.
-Dígame que no me lo estoy imaginando... dígame que usted también... no sé... piensa en mí- En ese punto estaba absolutamente segura de que era verdad. Si no, ¿Por qué no la había dejado ahí hablando con la pared y ya? Tenía que haber tocado una fibra sensible.
Snape contrajo el gesto en una mueca que no supo leer. ¿Qué estaría pensando? ¿Por qué nunca podía saberlo? Era un hombre muy difícil. Pero le encantaba en todas sus facetas, inclusive aquellas que no era capaz de soportar.
En un último arrebato, lo tomó de las manos y tiró de él para acercarlo. La mansedumbre con que Snape se dejó llevar la sorprendió: esperaba que la retirara de un golpe. El profesor no correspondió al agarre, pero poco le importó. Sus cuerpos casi chocaron. Hermione subió la vista del pecho de él a sus ojos, su expresión de eterno desagrado había desaparecido para dar paso a una más vulnerable. No tenía el ceño fruncido, y sus ojos parecían implorar que no siguiera aproximándose, pero no así sus actos. La chica apretó el agarre suavemente. Si antes había logrado mantener cierto grado de cordura cuando estaba junto a él, ahora se había vuelto loca por completo. La docilidad de Snape, sumado a su gesto de querer que se detuviera y al mismo tiempo que no, le abrieron una puerta que jamás se había abierto.
Sus respiraciones entrecortadas. Sus corazones latiendo desenfrenadamente a ritmo. Sus movimientos erráticos. El desencadenante. Con una mano solto la de él y se aferró a su capa. Con fuerza para no dejarlo ir. Tampoco es que él estuviera intentándolo. Su otra mano aún sosteniendo la suya. El ligero rumor del viento lejano y las copas de los árboles meciéndose a su roce. El roce de ellos mismos. La sensación de que no había mejor momento para vivir que el aquí y ahora. La sensación de que lo que pasara después daba igual. El coraje.
Se puso en puntas de pie. Ya de nada servían los convencionalismos, la farsa, las máscaras. Era algo que iba más allá. Si él no hubiera estado inclinado hacia adelante para mirarla a los ojos, no hubiera podido alcanzar su rostro. Era muy alto. Le temblaba todo el cuerpo.
"Tengo que alejarla... esto no está bien. No es adecuado. Está mal". Por vez primera le ganaron los instintos a la razón... ¡Y tanto que le había costado dominarla! Es que esa joven lo desencajaba. Estaba afuera de todos sus parámetros. Actuaba de forma en la que él no sabía cuál era el siguiente paso a dar.
Y así estaba. Rígido... deseoso.
Hermione cerró los ojos al acortarse la distancia que tanto le sobraba. Tan cerca. Tan... suyo.
"Aún no es mío...", pensó, y sonrió. Entonces no pudo más. Apresuró sus labios a los de él, ya sin ser consciente, sólo dejándose sentir... y lo sintió. Tiró de él nuevamente ante el delicioso tacto. Lo estaba besando. En un beso simple y a la vez tan enorme. Acariciándolo con la boca. Sintió cómo Snape apretó su mano un breve instante y... ¿le devolvía el beso? Percibió un ligero movimiento de sus labios contra los suyos.
Ojos cerrados de un hombre y una mujer permitiéndose lo prohibido. Un beso furtivo en mitad de la noche. Un profesor y su alumna rompiendo todas las reglas de lo éticamente correcto. Dos sombras refugiándose en la penumbra. Perdiéndose, fundiéndose.
¿Cuándo un beso estaba mal? ¿Cuándo los demás lo decían?
No.
Volvió a Snape el embriagador aroma de ella. Granger había tenido el descaro de besarlo, y él la poca compostura de recibirlo y, para colmo, corresponderlo. Se sentía tan bien. No lo podía comprender. Ese extraño revoltijo en el estómago también volvió, junto con la agradable sensación de tenerla cerca. Admitió que hace bastante tiempo había dejado de parecerle una niña que sólo lo fastidiaba para pasar a convertirse en una mujer con la que disfrutaba pasar el tiempo, aunque fuera en silencio. Pero... ¿Amarla? Jamás. Odiaba el amor. Sí le gustaban sus labios, su piel tersa, su pelo revuelto. "No me puede gustar... es una niña...". Pero una niña no hacía eso... una mujer sí.
Si alguien hubiera estado ahí, sólo habría visto un beso que no duró más de diez segundos, algo insignificantemente breve. Claro, si alguien hubiese estado ahí, pero no había nadie. Sólo ellos.
Los segundos más largos. El beso más deseado. El contacto más huidizo.
Snape volvió en sí, abrió los ojos bruscamente y la separó. Con cuidado. Miró los ojos sorprendidos y complacidos de ella. No había arrepentimiendo. En él tampoco, y eso no estaba para nada bien.
Separó apenas los labios. ¿Para volver a besarla? Sí quiso. ¿Para decirle algo? No sabría qué. Esta vez él la tomó por los hombros para alejarla lo más posible, y volver a su zona de confort. Era imposible que aquello hubiera sucedido. Estaba al límite de sus capacidades mentales. Si seguía se volvería loco, aunque sospechaba que ya lo había hecho.
-No vuelva a mi despacho.
La soltó y se dio la vuelta, dejándola ahí, sola, de pie, con el sabor de su beso y la calidez de su tacto.
Y él se perdió de vista dentro del castillo, solo, con el sabor de su beso, la fragancia de su cabello y la calidez de su tacto.
Espero que les guste como a mí me gustó escribirlo. Es más cortito que los demás, pero vaya que tiene contenido xDD
Siempre son bien recibidos sus comentarios. Ha sido un gustazo.
¡Un beso!
